Sir Crispin C. Tickell: "Sólo hay recursos para 2.500 millones"

Este visionario anticipó en los años 70 el calentamiento global y ha asesorado a los que mandan sobre su impacto en los asuntos mundiales.


NÚRIA NAVARRO
El Periódico

Dibuje lo que nos viene.
La población humana es excesiva en proporción a los recursos. Según los cálculos, sólo hay recursos para 2.500 millones, que es la población que había cuando yo nací.

Pues ya somos 6.700 millones y seguimos sumando.
En los próximos 100 años el número tendrá que caer sustancialmente.

¿Cómo?
Las mujeres deben alcanzar el mismo estatus que los hombres. Eso significará un mayor control de su cuerpo. Dejarán de ser máquinas hacedoras de niños. También hay que buscar una solución para la atención a los ancianos, de modo que no se tengan hijos para que nos cuiden en la vejez. La educación y el acceso a los anticonceptivos son fundamentales. Si se aplican estas reglas a lo mejor podemos reducir la población.

¿A lo mejor? ¿Qué ocurrirá si no?
Que la humanidad solo se podrá reducir por ser vulnerable a las enfermedades, por una erupción volcánica como la que diezmó la población hace 73.000 años, por la caída de un asteroide...

Tengo entendido que es experto en el impacto de asteroides.
Sí. Uno de ellos, el Apophis, se acercará mucho a la Tierra el 14 de abril del 2029. Sólo se acercará.

Escalofriante, de todos modos.
Lo importante es utilizar la inteligencia para reducir la fecundidad humana.

También hay que detener el cambio climático.
Es posible limitar la emisión de gases que provocan el efecto invernadero. Pero el dióxido de carbono se mantiene en la atmósfera más allá de 100 años. El metano, más de 20. Los efectos positivos de los cambios que obremos ahora no los notaremos en los próximos 50 años. Otro aspecto vital es el calentamiento de los océanos. Pero no sabemos lo que sucederá. Hace 12.500 años el calentamiento fue muy acelerado y, de repente, la Tierra se enfrió.

¿Qué pasó?
Se fundieron los glaciares de Norteamérica. El Atlántico Norte se cubrió de agua dulce, y aumentó la tasa de congelación.

Lo más increíble es que usted hablaba de esto en los años 70.
Empecé a atraer la atención sobre la relación entre cambio climático y asuntos mundiales. En 1988 ayudé a Margaret Thatcher a redactar su célebre discurso sobre el agujero de ozono y la lluvia ácida.

La Dama de Hierro, verde no era.
La señora Thatcher era química. Sabía de lo que hablaba. Siempre le ayudé en los asuntos científicos.

Fue la responsable última de las vacas locas.
Estaba presionada por los sindicatos... Pero estaba convencida de que debíamos transmitir el legado del pasado en las mejores condiciones.

¿Y el príncipe Carlos es tan ecológico como pregona?
Tiene un gran liderazgo en temas medioambientales. Los aplica en su propia casa y en su forma de llevar sus asuntos. Es un hombre muy decente. Hace todo lo posible para fomentar el cuidado de la tierra.

¡Ahora entiendo que Isabel II le haya nombrado sir!
Dos veces. La primera fue en su yate, en 1983, cuando visitó México. Puso la espada en mi hombro discretamente. Y la segunda, cuando me jubilé del servicio diplomático. Con ella también he hablado de medioambiente.

Ahora el mundo solo habla de la crisis económica.
Pasará. La crisis climática será mayor que el problema del terrorismo y que las consecuencias de los errores de todos los banqueros.

Acaso todo esté relacionado...
La idea de que el libre mercado es la respuesta a cualquier problema es pura basura. No existe el libre mercado. Todos los mercados están regulados y lo que hay que hacer es mejorar la regulación. Sin embargo, es probable que esta crisis prepare a la gente para afrontar el problema.

¿Y luego?
Las alteraciones empeorarán según el tamaño de la población, el agotamiento de los recursos, la contaminación de las aguas, la destrucción de la biodiversidad...

Acuse usted.
EEUU tiene el mayor número de emisiones per cápita. Los chinos y los indios aumentan el total, pero se han dado cuenta de que no les interesa seguir por ese camino, porque dependen del agua de los glaciares del Himalaya. Pero todo cambiará con el nuevo presidente norteamericano, sea quien sea.

¿Y los demás qué hacemos?
Debemos pensar en que la vida no consiste en consumir más. Y en comprar un coche adecuado, aislar la casa, pensar en el número de hijos, regular los mercados para que no se produzcan estos escándalos...

Nacionalizar para esquivar las crisis


Comunistas, peronistas e incluso falangistas apostaron en sus idearios por la intervención del Estado en la economía



BEATRIZ LABRADOR
Público


Marx y José Antonio. Hitler y Salvador Allende. Perón y Fidel Castro. E, incluso, Ángela Merkel y George W. Bush. Personajes de tendencias ideológicas muy diversas, algunas totalmente antagónicas. ¿Algo en común? Probablemente solo un aspecto dentro de su actividad político-ideológica: su apuesta, de forma coyuntural o como parte estructural de su pensamiento económico y político, por la intervención del Estado en los sistemas bancarios, por nacionalizar, total o parcialmente, la banca.

En cierta forma, todos llegaron a la conclusión -o aceptación a regañadientes, según el caso- de que la "mano invisible" de Adam Smith, aquella que, de acuerdo con el padre de la teoría capitalista, consigue el bienestar social a través de la búsqueda del interés personal, no siempre funciona. Que la libre regulación de los mercados puede fallar. Y que el papel del Estado frente a la economía a veces no puede quedarse en mero observador y juez, al estilo de un Gran Hermano vigilante, sino que debe actuar como parte interviniente, garante de los intereses colectivos, como una gran Supernanny.

Sin embargo, los grandes partidos y corrientes ideológicas que han defendido la nacionalización de la banca llegaron a esa conclusión por caminos muy distintos. Marx y los posteriores sistemas comunistas fueron en busca de la mayor justicia social, la deseabilidad de que el poder económico esté en manos de la colectividad -representada por el Estado- y no de los particulares. El afán del Tercer Reich, que prácticamente se encontró la banca estatalizada tras la República de Weimar, era el absoluto control social. Herman Goering lo expresó así: "El control del dinero, los precios y salarios implica no solo controlar el trabajo de la gente, sino también sus propias vidas. Ningún país puede conformarse solo con hacer parte del trabajo".

En España, los falangistas dirigidos por José Antonio Primo de Rivera fueron, históricamente, los grandes defensores de la nacionalización bancaria. Según decían, era la forma de "transformar esta absurda economía capitalista, donde el que no produce nada se lo lleva todo y el obrero que trabaja y crea riqueza no alcanza la más pequeña participación". Pero el triunfo tras la Guerra Civil del sector franquista supuso de facto la muerte del ideario falangista y el dictador se negó a tocar el sistema bancario.

El caso de Franco

El inmovilismo en el sector, con los arreglos privados entre las grandes entidades, marcó la tónica durante las cuatro décadas franquistas, pero más allá de los Pirineos se vivieron procesos de nacionalización históricos. En Francia, la banca fue estatalizada por De Gaulle tras la II Guerra Mundial, privatizada en décadas posteriores y vuelta a nacionalizar en 1981 como parte del programa del socialista François Mitterrand. E incluso en la cuna del capitalismo, Reino Unido, la idea de la nacionalización bancaria llegó a calar entre los laboristas históricos en 1945. El proceso quedó en un programa de mínimos y solo se nacionalizó el Banco de Inglaterra.

Pero no sólo en Europa Occidental la intervención del Estado en los sistemas bancarios tiene una larga historia. En EEUU, tras el crack de 1929, Roosevelt aprobó su New Deal, que incrementó el esfuerzo fiscal del Estado y puso las bases del intervencionismo en aquellos casos en que se viera perjudicado. En los países de Europa del Este y, por supuesto, en la URSS, la estatalización de la banca fue el proceso lógico durante la Guerra Fría. Si miramos a Suramérica y Caribe, también es difícil encontrar un país que no haya apostado por la nacionalización de la banca en el siglo XX. Aparte del caso de Cuba, también fueron históricas las estatalizaciones de Argentina y México. En el primer caso, se hizo por convicción, pero, en el segundo, surgió como consecuencia de una gran crisis.

Argentina y México

Juan Domingo Perón nacionalizó todo el sistema bancario argentino en 1947. Justificó la intervención con estas palabras: "La economía y el libre mercado son solo afirmaciones para el consumo de tontos e ignorantes. La economía nunca es libre. O la controla el Estado en beneficio del pueblo o la controlan las grandes corporaciones en perjuicio de este". Churchill, escandalizado y herido en su orgullo liberal, declaró que el Gobierno peronista era "la peor dictadura de Suramérica" por estas declaraciones.

Por su parte, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) de José López Portillo en México, ahogado por la deuda externa, decretó la nacionalización en 1982 como un intento de evitar una quiebra global del sistema financiero. Las consecuencias fueron desastrosas y el sector se liberalizó en los noventa. También el Gobierno sandinista en Nicaragua o el de Allende en Chile optaron por procesos de nacionalización en la década de los setenta.

Pero, a mediados de los ochenta, la tendencia privatizadora, fomentada fundamentalmente por los gobiernos de Thatcher y Reagan en Inglaterra y EEUU, se generalizó en todo el mundo. El Muro cayó y el neoliberalismo se consagró como la doctrina económica predominante... hasta ahora: quizá el viento comienza cambiar.

Los ciclos del capitalismo

Los felices años 20 fueron los años del primer capitalismo salvaje. La factura llegó tras el ‘crack' del 29, durante la Gran Depresión, y muchos gobiernos en todo el mundo tuvieron que intervenir en los sistemas financieros para evitar su quiebra. Fue la inauguración de la teoría del ‘too big to fail', (demasiado grande para que falle) la coartada ideológica necesaria para que el Estado rescatase a grandes corporaciones financieras para evitar el pánico social.

La segunda gran ola de nacionalizaciones se produjo tras la II Guerra Mundial. La economía necesitaba inyecciones de liquidez para despegar tras el desastre. A partir de entonces, el sistema capitalista ha fallado de forma cíclica. Las crisis más reciente que han dejado patente que el neoliberalismo y autorregulación de los mercados cuentan con graves fallos han sido la crisis venezolana y el efecto tequila mexicano en 1994, la crisis asiática en 1997, el corralito argentino en 2001 y la actual crisis, la más globalizada y la que quizá marque el fin de un modelo basado en el consumismo desenfrenado.

"Black Ice", AC/DC (2008)



KEPA ARBIZU
Lumpen



Hay diferentes motivos por los que decidirse a comentar un disco. Puede ser por su calidad, por las expectativas puestas en él (cumplidas o no) o simplemente, como es el caso de “Black Ice” de AC/DC, porque hay que hacerlo. Y es así ya que cada nuevo lanzamiento de los australianos trasciende lo meramente musical para situarse en un hecho histórico, el de pertenecer a la discografía de uno de los nombres ineludibles en el rock and roll.

No descubriré nada nuevo si digo que este grupo tiene una peculiaridad y que curiosamente consiste en la casi segura ausencia de novedades en su sonido, nunca han estado sometidos a ningún tipo de evolución esencial que no apareciera ya desde sus primeras grabaciones. Tampoco hay que equivocarse y sentenciar el tema afirmando la supuesta facilidad o el poco mérito en lo que hacen ni proclamando su supuesto agotamiento, simplemente saben que son los mejores en su terreno y no están interesados en ir más allá, donde muy probablemente su calidad bajaría algunos puntos. Ellos son conscientes, sus admiradores lo aceptan, así que nada que objetar.

Para su nueva grabación, 8 años que no teníamos noticias suyas en forma de disco, cuentan en la producción con el popular Brendan O’Brien (artífice del sonido de Pearl Jam, Stone Temple Pilots o Aerosmith). Su habitual querencia a adornar las grabaciones en este caso le ha llevado a disimular en exceso algo inherente al sonido acostumbrado del grupo. Nos encontramos con que las guitarras de los hermanos Young carecen de la fuerza habitual (muy por debajo, por ejemplo, de sus dos anteriores trabajos, “Stiff upper lip” y “Ballbreaker” que tampoco figuran entre los más destacados). También surgen pegas, por los mismos motivos de antes, con la voz de Brian Jonhson (una de las características más reconocibles del sonido de AC/DC), su tono chillón y rasgado aquí aparece por momentos demasiado manso y en unos registros desconocidos y nada favorables.

“Rock and roll train”, la canción que se utilizó como single de adelanto no fue capaz de aclarar cuál era el rumbo por el que discurriría el disco, es un buen tema aplicando los cánones del grupo, coros y guitarras clásicas, pero no llegaba a emocionar de la manera necesaria para adentrarse sin reparos en el resto de las canciones ni tampoco servía para espantarnos. Descubriendo uno tras otro los “cortes” no hay mucho espacio para el optimismo, sólo es verdaderamente destacable la concatenación de tres canciones (“War machine, “Smash N Grab”, “Spoilin’ for a fight”) donde la primera de ellas es el momento más brillante del disco y habría destacado como un perfecto anticipo. Al margen de esto hay una alternancia entre temas insípidos (“Decibel”), algún intento de crear clásicos sin conseguirlo (“She likes rock and roll”) y otros donde se ponen en evidencia los problemas de sonido que antes he comentado (“Rock and roll dream”, “Skies on Fire”).

Es innegable que el disco resulta una oportunidad perdida para hacer una vuelta a los escenarios con un puñado de nuevas canciones vibrantes y habiendo creado grandes expectativas de escucharlas junto a los viejos clásicos. Aun con todo existen muy pocos “peros” que oponer a esta genial banda que simplemente han firmado un disco carente de fuerza en una carrera longeva donde precisamente de fuerza y espíritu no andan escasos.

Obama y el Gatopardo

NAZANÍN AMIRIAN
Público


Alguien sugirió que el hecho de que Calígula nombrase cónsul a Incitato, uno de su caballos, no era tanto una manifestación de su perversidad como una insinuación de que aquel imperio podía seguir su curso al margen del hacer de sus honorables senadores.

En Oriente Próximo, los viejos políticos ya saben que, gobierne quien gobierne en Estados Unidos, nada va a cambiar en aquella azotada y sufrida región. De hecho, al igual que en las anteriores elecciones en EEUU, las próximas no supondrán ningún cambio sustancial en la vida de los excluidos y marginados de la propia superpotencia ni mucho menos para los invadidos y desheredados del planeta, pues saben que “la puerta seguirá girando sobre las mismas bisagras”.Sólo los ingenuos se dejan llevar por un espectáculo en el que Barack Obama actúa como progresista y pacifista y John McCain juega el papel del continuista y el conservador. Es propio de las sociedades víctimas del pensamiento único aplicar un maniqueísmo irreal e irracional a sus ídolos y a sus enemigos: los buenos y los malos, los héroes y los villanos… Las diferencias, pequeñas y de forma, se centran únicamente en asuntos domésticos, mientras comparten las grandes líneas de la infantil batalla de castigar a los malos en la oscura “lucha global contra el terrorismo”, llevada a cabo por Bush hasta sus más graves consecuencias. Una campaña producto de una agenda militar cuya justicia moral y legal y sus consecuencias humanas y políticas no se cuestionan ninguno de los candidatos.

Barack Obama ya lo ha dejado claro, no vaya ser que algún soñador esperase lo contrario: su lema de cambio no afectará a los intereses tradicionales de Washington en Oriente Próximo. Mientras se opone al regreso de los refugiados palestinos a sus hogares y guarda silencio ante el cruel bloqueo económico aplicado por Israel a los civiles de Gaza, garantiza la supremacía militar de su aliado frente a todos los países de la zona, para dejar en un mero plagio de sus antecesores su apuesta “por la creación de un Estado palestino”. Obama ha ido alejándose de sus primeras declaraciones hasta acabar adoptando el discurso bushiano de los últimos años.

Respecto a Irán, pasó de “intentaré un dialogo sin imposiciones para solucionar nuestros problemas”, a “el peligro de Irán es serio y mi objetivo será eliminar esa amenaza”, una vez regresó de la obligada visita a Israel. De nuevo, el viejo cuento del respaldo de un Gobierno al terrorismo y la tenencia de armas de destrucción masiva, aunque de fondo asomará la doctrina Carter de “usar la fuerza si fuera necesario para acceder a los recursos petrolíferos del Golfo Pérsico”, poderosa razón que ha unido a los demócratas y republicanos del Congreso en la decisión de otorgar ingentes millones al Pentágono en apoyo a las operaciones secretas en Irán, además de mantener sobre la mesa un futuro ataque preventivo sobre el país persa.

La única diferencia destacable entre los aspirantes a la Casa Blanca reside en dónde y cómo librar la madre de todas las batallas: ¿cerrar el caso iraquí con más tanques y misiles o controlar el territorio afgano?

No se trata de que estas acciones tengan legitimidad, ni importa el número de bajas. El candidato republicano opta por derrotar no se sabe a quién en Irak, y el candidato demócrata, que antes hablaba del “regreso de los muchachos a casa”, ahora relega esta decisión a los altos mandos militares. Su idea es mantener tropas “residuales” en el país árabe, invisibilizándolas, llevándolas a los cuarteles y a las bases militares de aquel país para después ocuparse de Afganistán y Pakistán, donde el fantasma de Bin Laden servirá para justificar más guerra “contra el terror” y cumplir los verdaderos objetivos de la ocupación en aquel Estado-tapón de Asia Central: crear bases militares en la frontera de China y en las repúblicas ex soviéticas a fin de impedir que Rusia las recupere. De paso, vigilará a Irán; además, utilizará a Afganistán como puente terrestre y corredor de gaseoductos y oleoductos que saldrían de Turkmenistán y del Mar Caspio hacia el Mar de Omán para, así, poder controlar las rutas de energía que mantienen las economías de China, India y Rusia. Para esta empresa, Obama propone enviar 10.000 soldados más en un despliegue militar por la frontera afgano-paquistaní y extender la guerra a Pakistán, “nido de los talibanes” –una peligrosísima aventura–, además de infringir el derecho internacional y atacar el territorio de un país soberano.

¡Que se tranquilicen los poderes militares! Con Obama, sus intereses también estarán a salvo: ejecutará el presupuesto de Defensa de 585.000 millones de dólares, aprobado con mayoría de votos demócratas, uno de los mayores presupuestos militares de EEUU desde la Segunda Guerra Mundial. Como aperitivo, el candidato a la vicepresidencia de Obama, Joe Biden, afirma que Rusia, China e India son las principales amenazas a la seguridad nacional de EEUU. Miedo, seguridad y gastos militares para una nueva Guerra Fría y muchas de alta y baja intensidad.

Los demócratas y las guerrasA pesar de la imagen belicista que ha dado Bush a los republicanos, las grandes intervenciones militares de EEUU en otros países las emprendieron los presidentes demócratas: Woodrow Wilson invadió Nicaragua, Haití y República Dominicana; Harry Truman entró en la historia por autorizar el lanzamiento de la bomba atómica contra los civiles en Hiroshima y Nagasaki, y luego agredió Corea para dejarle al mando a otro demócrata, Kennedy, del ataque a Vietnam; su sucesor, Lyndon Johnson, ordenó la invasión a República Dominicana en 1965 y, más recientemente, Bill Clinton atacó a Haití y Yugoslavia, bombardeó Sudán, Afganistán, Irak y Somalia.

¡Habrá cambios para que todo siga igual!: Obama puede hacer converger las tradiciones demócrata y republicana.

Nazanín Amirian es profesora de Ciencias Políticas en la UNED

Movimientos en torno a Afganistán

TXENTE REKONDO
Gara


Siguiendo el estereotipo del «poli bueno» y «poli malo», los estrategas occidentales quieren presentar la falsa disyuntiva entre la «guerra mala» (Iraq) y la «guerra buena» (Afganistán), tratando de esa forma de cimentar los argumentos que permitieron la ocupación de este segundo país hace siete años.

Con la planificación en marcha para poner fin a medio plazo a la ocupación militar en Iraq, los estrategas occidentales han centrado sus esfuerzos en buscar otra salida a la complicada situación que ellos mismos han desarrollado en Afganistán.

El fracaso de la ocupación internacional es un aspecto clave, y normalmente silenciado. Desde hace siete años, la población afgana ha recibido mil y una promesas de ayuda y lo que que perciben es que la ocupación les ha traído muerte y destrucción. Esa red de estados, agencias no gubernamentales y organizaciones internacionales ha incumplido una tras otra todas las promesas de estos años.

El plan inicial distribuía responsabilidades entre los principales miembros de la coalición ocupante. Así, «EEUU se encargaría de la reforma y construcción del nuevo Ejército afgano; Alemania haría lo propio con la Policía; Japón se ocuparía del desarme, desmovilización e integración de los combatientes; Gran Bretaña lucharía contra el narcotráfico e Italia se encargaría del sistema judicial».

A día de hoy, los analistas señalan que no existe «un mecanismo estratégico que permita la coordinación entre esos actores», una manera muy sutil de decir que esa supuesta intervención humanitaria es un Reino de Taifas en el que cada cual busca su propio beneficio. Los expertos apuntan también la falta de fondos inversores para los proyectos aprobados, alegando en muchas ocasiones que el coste de la ocupación en Iraq ha impedido aportar esas cantidades para reconstruir el país.

En Afganistán es muy peligroso ser afgano, comentaba con ironía un estudiante local, en referencia a las continuas operaciones militares de los ocupantes, pero que también guarda una estrecha relación con el panorama que emerge en el país tras siete años de ocupación.

Las operaciones militares y los partes que les siguen son un verdadero insulto a la inteligencia. Cuando presentan la cifra de bajas de los militares combatientes talibán se abre un abanico de preguntas. Si el número de muertos en la resistencia es tan elevado, y todavía siguen peleando, entonces, ¿cuántos la componen?

Es más probable que muchas de esas víctimas integren la cínica cifra de «víctimas colaterales», es decir, muertes entre la población civil. Y este tipo de situaciones tienen sus consecuencias. Crece el rechazo de la población afgana hacia las tropas extranjeras y aumenta el reclutamiento para las filas de lo que algunos presentan como «un movimiento de resistencia nacional contra la ocupación».

A todo ello se suma una fotografía muy negra, producto de la ocupación, del actual Afganistán. De momento crece el desempleo y las expectativas de encontrar trabajo son muy escasas; el sector público está siendo desmantelado por las propias agencias extranjeras que dicen afrontar la reconstrucción, pero se llevan a los trabajadores más cualificados; esa reconstrucción es mínima, casi inapreciable, con la mayoría de proyectos sin fondos y sin llegar a materializarse; la seguridad es inexistente en casi todas las zonas controladas oficialmente por los ocupantes; y la corrupción se expande por doquier.

Con ese puzzle que la población afgana percibe con nitidez, no es de extrañar que los acontecimientos estén tomando el actual rumbo, que muestra que el tiempo corre contra los deseos de los ocupantes.

Porque está cada vez más claro que las fuerzas de ocupación están perdiendo la guerra, y algunas son conscientes de ello. Las operaciones militares de la resistencia afgana se han extendido estos meses a más zonas, llegando a operar dentro de la capital y en ciudades cercanas. Algunas fuentes apuntan que el control del Gobierno afgano se limita a menos del 30% del territorio, y los enfrentamientos se suceden en zonas teóricamente en manos de la coalición extranjera (norte y este). Además, las carreteras que unen Pakistán con las principales ciudades afganas son continuamente atacadas por los miembros de la resistencia.

De momento, la caracterización de la resistencia es algo que va más allá del tópico de situarla como una expresión de los talibán. Si bien su peso es evidente, existen otros grupos y organizaciones que se han unido para «afrontar la ocupación extranjera». Hoy día la resistencia se muestra políticamente unida, aunque a cierto nivel su coordinación no es muy sólida.

El vacío gubernamental está siendo cubierto con una Administración paralela, una especie de Gobierno alternativo, que cuenta cada vez más con el respaldo de la población afgana, cansada de soportar la ocupación y un Ejecutivo visto como su marioneta.

Dentro de la coalición ocupante se han sucedido en las últimas semanas algunos movimientos y debates interesantes, que reflejan, además, que en su seno se pueden encontrar fisuras. Mientras unos apuestan por incrementar el número de tropas, defendiendo la viabilidad de una victoria militar unida a una mayor intervención en el vecino Pakistán, otros defienden aprovechar la superioridad militar para forzar a la resistencia a negociar, pero descartando a los talibán.

El nombramiento del general Petraeus como máximo responsable militar de la región es una señal en ese sentido. Los dirigentes estadounidenses pretenden aplicar su experiencia iraquí en Afganistán, para lo que será clave el papel de Pakistán.

De todas formas estas estrategias parecen condenadas al fracaso. Como señalan sus detractores, a más tropas de ocupación más objetivos militares para la resistencia, y más situaciones de violencia generadas por los ocupantes, con su consiguiente rechazo de la población.

Para salir de ese círculo vicioso, destacados militares y diplomáticos de la coalición han apostado por la búsqueda de una salida negociada, conscientes de la «imposibilidad de vencer militarmente» y de la consecuente eternización de la ocupación, con los costes económicos y de vidas que conllevaría.

La apuesta por determinados talibán en detrimento de otros parecía, en un principio, buscar la división en la resistencia, pero las noticias sobre los recientes encuentros en Arabia Saudí pueden significar otra cosa. En La Mecca, ha habido reuniones al más alto nivel entre una delegación de once talibán, dos altos cargos del Gobierno afgano y representantes de otros grupos de la resistencia, como el liderado por Gulfadin Hekmatyar, con la mediación de destacadas figuras de la casa real saudí, deseosa de cobrar más influencia en la región y en el mundo musulmán.

Mientras el ministro afgano de Defensa ha señalado que la resolución del conflicto requiere un «acuerdo político con los talibán», y en Gran Bretaña, cualificadas voces han aplaudido la reunión, desde EEUU, los candidatos a la Presidencia se han comprometido a mandar más tropas, apostando por las estrategias más militaristas.

La estrategia de la ocupación ha fracasado y aferrarse a ella implica acrecentar el sufrimiento para el pueblo afgano. Como ha dicho un alto mando militar británico, «el problema real no es militar, sino político», y sólo a través de la negociación podrá ponerse fin a la situación generada, y eso no se debe olvidar, por la intervención extranjera.

Palestina existe en el fútbol



RICARDO MIR DE FRANCIA
El Periódico

Representan a un país que no existe y que cada dos por tres suspende la liga de fútbol debido a los vaivenes políticos. Tienen que jugar sus partidos de casa fuera de sus fronteras. No pueden entrenarse con regularidad o presentarse a todos los partidos de competición internacional porque Israel restringe el movimiento de sus jugadores o les impide salir del país. Este producto de la literatura kafkiana es la selección palestina de fútbol. Pero ayer, por primera vez en su historia, jugó un partido oficial dentro de su territorio.

Para los 6.500 espectadores que llenaron el estadio para presenciar el amistoso contra Jordania, fue uno de esos días de gloria a los que tan poco acostumbrados están. "Me siento casi tan feliz como cuando Arafat regresó a Palestina en 1994. Espero que esto nos ayude a mostrarle al mundo que somos un pueblo que merece un Estado, como cualquier otro", decía el funcionario Naser Sharif frente a uno de los puestos de falafel y frutos secos que ayer colonizaron las afueras del campo.

La dicha era inmensa. Con la inauguración del nuevo estadio Faisal Husein, construido con fondos de la FIFA, la selección palestina se estrenaba en su territorio. La FIFA y el Comité Olímpico Internacional son los únicos organismos que han reconocido a Palestina como país.

Pero, hasta ahora, su selección de fútbol jugaba como anfitriona en Qatar o Jordania por la negativa israelí a dejarles usar su territorio y por carecer de un estadio adecuado a los estándares internacionales.Los jugadores de ambos equipos quisieron sumarse a la solemnidad de la ocasión. Nada más salir a calentar besaron el césped, tal y como hizo Arafat al retornar a Gaza de su exilio en Túnez. Los retratos del difunto rais y los de su sucesor, Mahmud Abbás, colgaban de las vallas, junto a otro inmenso del monarca jordano, Abdulá II, cuyo padre gobernó Cisjordania y Jerusalén Este desde 1948 hasta el inicio de la ocupación israelí, en 1967. Ninguno de los vivos estuvo en la grada, presidida por el presidente de la FIFA, Joseph Blatter, y el primer ministro palestino, Salam Fayyad.

Política y deporte

La trascendencia política del encuentro dejó en un segundo plano lo deportivo. "Blatter ha dicho que a partir de ahora jugaremos todos los partidos en este estadio y eso es muy importante porque obligará a los israelís a dejar entrar en el país a otros equipos. Es una forma de reconocer a Palestina a través del fútbol", decía a este diario Jaled el Jatib, director general del Ministerio palestino de Agricultura.

Pero a la batalla le quedan muchos lances. El nuevo estadio está en Ar Ram, muy cerca de Jerusalén y a la vez muy lejos. Los ocho metros de muro de hormigón construidos por Israel en Cisjordania rodean el campo y lo separan de la ciudad santa. "Siento una alegría incompleta porque, políticamente, esta sede nos aleja de Jerusalén Este como capital palestina", añadía Sharif.

Sobre el césped, los jugadores se partieron el pecho. Esta es una selección atípica, que suele entrenarse en Egipto antes de los partidos oficiales porque Israel prohíbe a muchos de los jugadores de la diáspora --libaneses, sirios, kuwaitís, egipcios-- entrar en los territorios. Los de casa padecen como cualquier palestino. Muchos han visto cómo sus viviendas eran destruidas por el Ejército hebreo. Uno de sus compañeros murió incluso durante una incursión militar. Ayer, sin embargo, todos ellos soñaron con un futuro distinto.

El empate a uno contra Jordania fue lo de menos.

Transformando el espacio masculino del arte



AIDA M. PEREDA
Lumpen


El Museo Reina Sofía hace justicia a una de las activistas artísticas más comprometidas de las últimas décadas, Nancy Spero (Cleveland, Ohio, 1926 -), con una retrospectiva capaz de contagiar la fuerza que desprende su obra. Esta norteamericana, pionera del arte feminista, es artífice de un lenguaje gráfico que toma el cuerpo femenino como herramienta base para formular un discurso en movimiento donde el poder masculino se esfuma en los márgenes.

Sensible a su entorno social, Spero elaboró un discurso político crítico con las atrocidades cometidas en la guerra de Vietnam, con dibujos que irradian una violencia y una obscenidad descarnadas. La escritura cobra especial importancia en sus pinturas, que pueden leerse como si de un libro se tratara. No sólo el título de la muestra, Disidanzas, (tomado de un texto de Hélène Cixous) bebe de referencias literarias. Spero no duda en incluir en sus mensajes citas caústicas del poeta francés Antonin Artaud, borrando las fronteras entre los géneros pictórico y literario.

A la búsqueda de un lenguaje personal

El recorrido, ordenado cronológicamente, parte de 1959, la fecha en la que Spero decide instalarse en París con sus hijos y su marido, Leon Golub (también pintor). En esta época, realizó la serie Black Paintings (1959-1960), un conjunto de piezas figurativas sobre tela. En ellas, predomina una sensación de soledad que refleja la situación que vivía la artista, desconocida y aislada en una ciudad extranjera. Spero explica, que por aquel entonces, su trabajo era la sombra de su tarea como madre. En esta etapa, más existencialista, predominan dibujos sobre fondos oscuros multicapa que giran en torno a diferentes estadios de la vida, siempre en clave femenina (enfermedad, maternidad... ). La artista cuenta que pintaba de noche, mientras sus hijos dormían.

En 1964, cuando la sociedad estadounidense comienza a manifestarse contra la guerra de Vietnam, Spero y Golub regresan a Nueva York. La artista abandona el lienzo y se pasa al papel, cuya fragilidad le permite exteriorizar su condición sexual de una manera más expresiva. Con ello, Spero persigue crear un lenguaje gráfico, específicamente femenino, que represente la capacidad de la mujer para transformar un espacio propio. Coge el papel, lo escupe, lo ralla e incluso lo agujerea. En su serie War (1966-1970), se muestra más libre para gritar su ira ante la masacre, con unas pinturas a modo de manifiesto contra el poder de la violencia, donde lenguas, explosiones y helicópteros protagonizan la crueldad en sus dibujos. Destacan personificaciones en los títulos, como ‘Bomba cagando’ o Bomba tirándose pedos’, que ponen de relieve la responsabilidad humana en los ataques. Aparece el pene como arma, águilas representando al gobierno americano y helicópteros con forma de monstruos, metáforas omnipresentes que ayudan a “mostrar la guerra como una sexualidad obscena y pornográfica”.

En 1969, Spero deja de lado su discurso político y se adentra en los textos del poeta francés Antonin Artaud, con unos poemas pictóricos, de lenguaje directo y punzante, que reflejan su odio contra el panorama artístico. Las Artaud Paintings (1969-1070) son una especie de códices, donde la palabra predomina sobre la pintura. En este mismo estilo, Spero confecciona el Codex Artaud (1971-1972), una pieza múltiple basada en la escritura antigua, que contiene las provocaciones que toma prestadas del controvertido poeta. ('All writing is pigshit').

Su obra Torture of women (1976) recoge su preocupación ante la violencia machista en catorce paneles desenrollados que combinan dibujos y testimonios. Los paisajes, construidos con cuerpos rotos, presentan la mujer en negativos o sombras. Para esta obra, Spero se hace eco de los informes de Amnistía Internacional sobre los crímenes y vejaciones cometidos por régimenes dictatoriales suramericanos. Pero su lucha feminista trasciende también a su vida profesional. Vinculada a las WAR (Women Artists in Revolution), participa en protestas, exigiendo paridad en la representación de hombres y mujeres dentro de los museos.

Con The first language (1981), Spero continúa con un trabajo de grandes dimensiones. Sin embargo, deja de lado la escritura y se sumerge en la expresividad del cuerpo desnudo, haciendo uso de un lenguaje basado en gestos y movimientos. Las figuras femeninas, en ocasiones fragmentadas, crean un peculiar alfabeto, con saltos en el espacio, pero también en la historia, recordando a las pinturas rupestres. Con esta obra, Spero renuncia a expresarse a través de los otros y define su propio lenguaje.

A partir de los años ochenta, Spero se sale del papel y estampa sus figuras en paredes. De esta época, se puede ver en la sala madrileña Let the priests tremble ... (1998), una reproducción de la instalación que Spero ideó para la Ikon Gallery de Londres, donde flotan sinuosas bailarinas acrobáticas. El título, extraído de un ensayo de Hélène Cixous, 'La risa de la medusa', trata de desmontar el equilibrio masculino-femenino.

Poco a poco, Spero va añadiendo color a sus composiciones. Un buen ejemplo de ello es Azur (2002), que comparte título con un poema de Mallarmé. Las siluetas están envueltas por la mezcla de tonalidades en esta secuencia onírica, signo de esperanza de que exista un lenguaje femenino en el que el cuerpo no sea motivo de exclusión del discurso.

En la última sala, la instalación que presentó en la Bienal de Venecia, Maypole: Take no prisoner (2007), cierra el círculo artístico de Spero. Con ella, retoma la reivindicación antibélica de sus orígenes. Se trata de una pieza tridimensional con forma de árbol del que cuelgan cabezas encadenadas. La guerra, esta vez la de Irak, reaparece en el imaginario de una creadora incapaz de apartar los ojos de la injusticia social.


La muestra Disidanzas, que ya ha pasado por el MACBA de Barcelona, se podrá visitar en el Reina Sofía de Madrid hasta el 5 de enero y luego viajará al Centro Andaluz de Arte Contemporáneo de Sevilla.

La cooperación para el desarrollo como forma de colonialismo

RAFAEL CARRASCO QUESADA
Revista Pueblos


Que gran parte del planeta vive bajo límites intolerables de pobreza es un hecho incuestionable. Pero las soluciones que se proponen en innumerables e interminables congresos mundiales, conferencias internacionales, encuentros en la cumbre, simposios universales, o cualquiera que sea el término mediático del momento, pasan siempre por la imitación e imposición de los modelos europeos, extremadamente dependientes de las "leyes del mercado" y la tecnología, y que supone enormes inversiones (financiadas por organismos internacionales a cambio de cumplir planes neoliberales de reestructuración de la economía) y la implantación de pautas sociales, culturales y de consumo en la mayor parte de los casos alejadas de sus formas de vida tradicionales.

Las razones por las que todas las soluciones ignoran completamente cualquier otro tipo de medidas y modelos económicos son múltiples (el carácter "natural" de la economía de mercado, la integración del Tercer Mundo en las esferas internacionales) pero todas coinciden en usar como prueba argumentativa el "éxito" del modelo en Occidente. Sin embargo, un análisis de la situación no basado en una comunión acrítica con las ideas del libre mercado o los intereses de corporaciones occidentales, apunta a una estrategia clara e intencionada: perpetuar la situación económica creada por el colonialismo, camuflándola bajo la promesa del desarrollo.

Desarrollo: origen y difusión del concepto

"El viejo imperialismo - la explotación para beneficio extranjero no tiene ya cabida en nuestros planes. Lo que pensamos es un programa de desarrollo basado en los conceptos de un trato justo democrático. [1]" En 1949, tan sólo cinco años después de la Segunda Guerra Mundial, el liderazgo norteamericano en todos los ámbitos (político, económico, social, cultural) es indiscutible. Su único competidor posible, Europa, se encuentra desgarrado y empobrecido tras una contienda que ha dejado millones de muertos, y gracias a la ayuda norteamericana se prepara para la mayor obra de reconstrucción emprendida hasta la fecha. Fruto de esta situación, los EE UU se sienten con derecho a reivindicar su posición como potencia hegemónica, basándose en su papel como defensores de las libertades, contra el recién vencido nazismo, y contra la expansión del bloque comunista. Para consolidar esta hegemonía, se pone en marcha una campaña política global, la idea de desarrollo, con la acepción que hoy se entiende, y que se presenta por primera vez en su nueva forma en el discurso de toma de posesión (subrayo la carga simbólica del momento elegido, en la línea de las más brillantes campañas publicitarias) del presidente norteamericano Harry Truman. Pero el moderno y humanitario concepto supone una evidente continuidad con el sistema de explotación imperante en el siglo pasado, y en realidad esconde una reformulación de un proyecto occidental de eficacia probada, el colonialismo, o imperialismo, según la terminología marxista.

Apropiándose de una propuesta política y filosófica marxista, la política norteamericana consigue cambiar la percepción que la mayor parte del planeta [2] posee de sí misma, convirtiéndola de la noche a la mañana en subdesarrollada (es decir, no organizada según el modelo norteamericano capitalista-industrial-democrático-consumista) y presentar su programa hegemónico como un proyecto para dirigirla por el camino de la prosperidad y la libertad. Son claves para la aparición del término, tanto el contexto histórico del momento (la Guerra Fría) como una serie de factores y hechos históricos, antecedentes relevantes en su concepción: la colonización de África en el siglo XIX, los intentos de repulsión del comercio europeo en China y Japón, el industrialismo de principios del siglo XX, o el papel del aparato propagandístico de Hollywood, por citar algunos.

Este proceso de difusión propagandística convierte el concepto de desarrollo en una verdad de facto, asumida durante décadas como único paradigma de organización y evolución económica. La noción de desarrollo llega de este modo a equipararse al concepto de evolución, e incluso a utilizarse para definir la actividad humana en general.

La implantación del desarrollo

"A mitad del siglo XX, los comerciantes e inversores europeos podían operar satisfactoriamente dentro del marco político provisto por la mayoría de los Estados indígenas reconstruidos como sus predecesores hubieran querido operar un siglo antes, pero sin tener que hacer frente a los problemas que habían hecho necesario un imperio formal. [3]"El colonialismo imperialista de los siglos XIX y XX, una vez que las economías locales y las sociedades tradicionales se han desmantelado, deja paso a una forma de colonialismo más sutil, menos costoso de mantener a nivel político y militar, más políticamente aceptable y coherente con la defensa a ultranza de la democracia de los países occidentales, y más eficiente para la penetración de los mercados europeos, que cuentan con todas las ventajas en una economía regida por la competencia justa y el mercado libre. Obviamente, son los países con altos niveles de industrialización y producción los más proclives a defender un mercado libre, y a potenciarlo a través del impulso del desarrollo económico.

Este proceso de implantación del modelo de desarrollo se realiza a través de métodos de eficacia probada: destrucción de las economías locales, estrechando al máximo los lazos de dependencia con la antigua metrópoli; favorecimiento de la conversión de elites locales al "desarrollismo", que pasan, convenientemente armadas, a actuar como representantes de las potencias desarrolladoras (los ejemplos son innumerables: Argentina, El Salvador, Chile…); respaldo a golpes de Estado, con el fin de derrocar a gobiernos no favorables, con ayuda de las elites mencionadas anteriormente (tristemente, los ejemplos son también innumerables: Chile, Venezuela, Haití…); intervención militar directa, cuando ninguna de las anteriores medidas ha funcionado. Pero sin duda el método que ejemplifica a este nuevo tipo de colonialismo es el sistema de préstamos con el apelativo de "ayudas", concedidos a las elites pro-desarrollo cuando llegan al poder, y que a cambio pone completamente a disposición de las potencias mercados y recursos naturales y humanos, y que debe ser usado para proyectos que potencien el desarrollo económico, y devuelto en dólares.

Como afirma Goldsmith, no hay razones de peso para defender que los préstamos exteriores, incluso a bajo interés, se traduzcan en crecimiento económico, y mucho menos en erradicación de la pobreza, ni que la deuda puede pagarse aumentando las exportaciones. Entre los países de reciente industrialización, sólo Corea del Sur aceptó préstamos considerables para su salida del subdesarrollo; sin embargo, países típicamente ejemplificados por su rápido ascenso al primer mundo, como Taiwán o Singapur, no recurrieron a enormes préstamos internacionales para conseguirlo [4].

Gran parte de este dinero usualmente se emplea en comisiones a miembros de las elites (de nuevo, innumerables ejemplos: Saddam, Suharto, Marcos), armamento para mantener la represión, y proyectos, en la mayoría de los casos, inviables, contratados a empresas extranjeras. Muchos de los países que recibieron estos préstamos en los 70 fueron dictaduras militares, como Filipinas, El Salvador, Chile o Uruguay, préstamos supuestamente destinados al desarrollo pero en su mayor parte utilizados para financiar operaciones de "contrainsurgencia". De esta manera, países ahora democráticos o en proceso de democratización se encuentran en la terrible situación de tener que destinar gran parte de su PIB a devolver la deuda que sus dictadores contrajeron y gastaron en las armas para su represión. Numerosos analistas económicos y políticos utilizan el término "préstamo inmoral" para denominar esta práctica de "ayuda al desarrollo".

El país receptor suele ver su deuda aumentada hasta el punto de destinar gran parte de su PIB a su pago, y ver su economía intervenida por organismos internacionales al servicio de intereses pro-desarrollo, como el FMI o el Banco Mundial, hasta llegar a la situación de sobreendeudamiento, en la que la deuda de un país sobrepasa su capacidad de pagarla en el futuro. Por cada dólar que se envía en ayuda al África subsahariana, 1,5 se destinan a cubrir el pago de la deuda (Noreen Heertz, The Debt Threat: How Debt is Destroying the World). La deuda media en Latinoamérica supone el 177 por ciento de su producto interior bruto (WEO, 2006).

Una vez que se ha alcanzado esta situación de sobreendeudamiento, el país endeudado se convierte en una colonia de hecho de los países prestamistas, que exigen concesiones económicas de todo tipo, y someten sus débiles economías a drásticas reconversiones, a cambio de exiguas facilidades en el pago de la deuda. La capacidad de las instituciones financieras globales para imponer fuertes sanciones económicas a los países morosos, aniquilando su única fuente de ingresos (la exportación de materias primas), son motivación más que suficiente para que los países endeudados no se retrasen en el pago de una deuda cuyos intereses ya sobrepasan cualquier capacidad de devolución posible.

La intervención directa de las corporaciones transnacionales, que ejercen el control directo de los recursos en lugar de los Estados nacionales (como en la época de colonialismo formal) elimina cualquier tipo de responsabilidad y transparencia en la gestión de los mismos, al mismo tiempo que evita las contradicciones que supone defender la democracia y la igualdad de los pueblos, mientras se condena a la dependencia y la pobreza a la mayor parte de ellos.

Un factor novedoso es la introducción del elemento humanitario, por el que las ONG se erigen en intermediarias entre el país receptor y la ayuda internacional, normalmente en el papel de consultores, con salarios desorbitados para el país receptor, y poco conocimiento del terreno y sus idiosincrasias culturales.

De igual modo, las campañas de ayuda humanitaria tras desastres naturales o conflictos bélicos, antes dirigidas por la ONU con ayuda de ONG, son ahora gestionadas por compañías privadas subcontratadas por los países cooperantes. Bajo la pretensión de reconstruir la zona, la cooperación se transforma rápidamente en una completa reconversión de la economía local, privatizando recursos públicos, y reconstruyendo prácticamente desde cero los países afectados (creando literalmente nuevos territorios) siempre en beneficio de los países "solidarios" o de las corporaciones que estos representan. Shalmali Guttal, un investigador de Bangalore que trabaja para la ONG Focus on the Global South comenta: "Antes teníamos colonialismo vulgar. Ahora tenemos este colonialismo sofisticado, que ellos llaman reconstrucción" [5]. Naomi Klein llama a esta nueva estrategia "capitalismo de desastre".

Los casos son tan numerosos como recientes: Afganistán, Irak, Haití, los afectados por el tsunami de 2005, como Sri Lanka o Tailandia... y no sólo afecta a los países subdesarrollados, como el caso del huracán Katrina en EE UU. Durante la campaña de ayuda humanitaria a los afectados por las inundaciones en Myanmar, y ante la resistencia de la Junta Militar a permitir la entrada a los cooperantes internacionales, la presión internacional fue escalando exponencialmente hasta el punto de conjugar la idea de una intervención militar "justificada" en el país. El hecho de que Myanmar sea la última zona del sudeste asiático en la que las corporaciones no campan a sus anchas es sin duda una mera coincidencia.

La conclusión es simple: en cualquiera de sus nuevas formulaciones, el desarrollo es una forma de colonialismo, ya que comparte sus objetivos y métodos, implementado por compañías multinacionales, elites locales e instituciones globales opacas y no democráticas como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, e impuesto, si es necesario, por la fuerza de las armas. Un análisis comparativo de un número significativo de actuaciones específicas de ambos sistemas de control económico en países en vías de desarrollo debería arrojar evidencia más que suficiente para establecer la validez de esta afirmación.


Notas

[1] Truman, Harry S. (1967): Discurso de Investidura, 20 de enero de 1949, en Documents on American Foreign Relations, Connecticut, Princeton University Press.

[2] Algunos países especialmente del bloque comunista se negaron a reconocerse como subdesarrollados. El director cubano Tomas Gutiérrez Alea satirizó magistralmente la idea americana en su película Memorias del Subdesarrollo (1968).

[3] Traducción propia del texto de Fieldhouse, D. K., Economics and Empire, 1830 to 1914. Macmillan, London, 1984, citado en "Development as Colonialism", The Ecologist Vol. 27 No. 2, March / April 1997.

[4] Goldsmith en The Case Against the the Global Economy and for a Turn Towards Localisation, Earthscan, London, 2001.

[5] Citado en The Rise of Disaster Capitalism, Naomi Klein. Publicado en The Nation, Mayo 2, 2005

La cara antidemocrática del capitalismo, al descubierto

NOAM CHOSKY
Irish Times/Revista Sin Permiso


El desarrollo de una campaña presidencial norteamericana simultánea al desenlace de la crisis de los mercados financieros ofrece una de esas ocasiones en que los sistemas político y económico revelan vigorosamente su naturaleza.

Puede que la pasión por la campaña no sea una cosa universalmente compartida, pero casi todo el mundo puede percatarse de la ansiedad desatada por la ejecución hipotecaria de un millón de hogares, así como de la preocupación por los riesgos que corren los puestos de trabajo, los ahorros y la asistencia sanitaria.

Las propuestas iniciales de Bush para lidiar con la crisis apestaban a tal punto a totalitarismo, que no tardaron en ser modificadas. Bajo intensa presión de los lobbies, fueron reformuladas "para claro beneficio de las mayores instituciones del sistema… una forma de deshacerse de los activos sin necesidad de fracasar o casi", según describió el asunto James Rickards, quien negoció en su día, por parte del fondo de cobertura de derivados financieros Long Term Capital Managemen, su rescate federat en 1998, recordándonos ahora, de paso, que estamos pisando vía ya trillada.

Los orígenes inmediatos del presente desplome están en el colapso de la burbuja inmobiliaria supervisada por el presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan, quien sostuvo la cuitada economía de los años de Bush amalgamando el gasto en consumo fundado en deuda con la toma de préstamos del exterior. Pero las raíces son más profundas. En parte, se hallan en el triunfo de la liberalización financiera de los últimos 30 años, es decir, en las políticas consistentes en liberar a los mercados lo más posible de regulación estatal.

Las medidas tomadas a este respecto, como era predecible, incrementaron la frecuencia y la profundidad de los reveses económicos graves, y ahora estamos ante la amenaza de que se desencadene la peor crisis desde la Gran Depresión.

También resultaba predecible que los reducidos sectores que se hicieron con los enormes beneficios dimanantes de la liberalización llamarían a una intervención masiva del estado, a fin de rescatar a las instituciones financieras colapsadas.

Tal intervencionismo es un rasgo característico del capitalismo de estado, aunque la escala actual es inaudita. Un estudio de los investigadores en economía internacional Winfried Ruigrok y Rob van Tulder encontró hace 15 años que, al menos 20 compañías entre las 100 primeras en el ranquin de la revista Fortune, no habrían sobrevivido si no hubieran sido salvadas por sus respectivos gobiernos, y que muchas, entre las 80 restantes, obtuvieron substanciales ganancias por la vía de pedir a los gobiernos que "socializaran sus pérdidas", como hoy en el rescate financiado por el sufrido contribuyente. Tal intervención pública "ha sido la regla, más que la excepción, en los dos últimos siglos", concluían.

En una sociedad democrática que funcionara, una campaña política tendría que abordar estos asuntos fundamentales, mirar a la raíz de las causas y de los remedios, y proponer los medios a través de los cuales el pueblo que sufre las consecuencias pudiera llegar a ejercer un control efectivo.

El mercado financiero "deprecia el riesgo" y es "sistemáticamente ineficiente", como escribieron hace ya una década los economistas John Eatwell y Lance Taylor, alertando de los peligros gravísimos que entrañaba la liberalización financiera y mostrando los costes en que, por su causa, se había ya incurrido. Además, propusieron soluciones que, huelga decirlo, fueron ignoradas. Un factor de peso es la incapacidad para calcular los costes que recaen sobre quienes no participan en las transacciones. Esas "externalidades" pueden ser enormes. La ignorancia del riesgo sistémico lleva a una aceptación de riesgos mayor de la que se daría en una economía eficiente, y eso incluso adoptando los criterios más estrictos.

La tarea de las instituciones financieras es arriesgarse y, si están bien gestionadas, asegurar que las pérdidas potenciales en que ellas mismas puedan incurrir quedarán cubiertas. El énfasis hay que ponerlo en "ellas mismas". Bajo las normas del capitalismo de estado, no es asunto suyo tomar en cuenta los costes que para otros puedan tener –las "externalidades" de una supervivencia decente— unas prácticas que lleven, como suelen, a crisis financieras.

La liberalización financiera tiene efectos mucho más allá de la economía. Hace bastante tiempo que se comprendió que era un arma poderosa contra la democracia. El movimiento libre de los capitales crea lo que algunos han llamado un "parlamento virtual" de inversores y prestamistas que controlan de cerca los programas gubernamentales y "votan" contra ellos, si los consideran "irracionales", es decir, si son en beneficio del pueblo, y no del poder privado concentrado.

Los inversores y los prestamistas pueden "votar" con la fuga de capitales, con ataques a las divisas y con otros instrumentos que les sirve en bandeja la liberalización financiera. Esa es una de las razones por las que el sistema de Bretton Woods, establecido por los EEUU y la Gran Bretaña tras la II Guerra Mundial, instituyó controles de capitales y reguló el mercado de divisas. (1)

La Gran Depresión y la Guerra pusieron en marcha poderosas corrientes democráticas radicales que iban desde la resistencia antifascista hasta las organizaciones de la clase obrera. Esas presiones hicieron necesario que se toleraran políticas sociales democráticas. El sistema de Bretton Woods fue, en parte, concebido para crear un espacio en el que la acción gubernamental pudiera responder a la voluntad pública ciudadana, es decir, para permitir cierto grado de democracia.

John Maynard Keynes, el negociador británico, consideró como el logro más importante de Bretton Woods el de haber establecido el derecho de los gobiernos a restringir los movimientos de capitales.

Por espectacular contraste, en la fase neoliberal que siguió al desplome del sistema de Bretton Woods en los años 70, el Tesoro estadounidense contempla ahora la libre movilidad de los capitales como un "derecho fundamental", a diferencia, ni que decir tiene, de los pretendidos "derechos" garantizados por la Declaración Universal de Derechos Humanos: derecho a la salud, a la educación, al empleo decente, a la seguridad, y otros derechos que las administraciones de Reagan y Bush han displicentemente considerado como "cartas a Santa Claus", "ridículos" o meros "mitos".

n los primeros años, la gente no se hizo mayores problemas con el asunto. Las razones de ello las ha estudiado Barry Eichengreen en su historia, impecablemente académica, del sistema monetario. Allí se explica que, en el siglo XIX, los gobiernos "todavía no estaban politizados por el sufragio universal masculino, el sindicalismo y los partidos obreros parlamentarios". Por consiguiente, los graves costes impuestos por el parlamento virtual podían ser transferidos a la población general.

Pero con la radicalización de la población y de la opinión pública acontecida durante la Gran Depresión y la guerra antifascista, se privó de ese lujo al poder y a la riqueza privados. De aquí que en el sistema de Bretton Woods "los límites a la democracia como fuente de resistencia a las presiones del mercado fueran substituidos por límites a la movilidad del capital".

El obvio corolario es que, tras la desmantelación del sistema de posguerra, la democracia se ha visto restringida. Se ha hecho, por consiguiente, necesario controlar y marginar de algún modo a la población y a la opinión pública, procesos particularmente evidentes en las sociedades más aproadas al mundo de los negocios, como los EEUU. La gestión de las extravagancias electorales por parte de la industria de relaciones públicas constituye una buena ilustración.

"La política es la sombra que la gran empresa proyecta sobre la sociedad", concluyó en su día el más grande filósofo social norteamericano del siglo XX, John Dewey, y así seguirá siendo, mientras el poder resida "en los negocios para beneficio privado a través de un control sobre la banca, sobre el suelo y sobre la industria, un poder que se ve ahora reforzado por el control sobre la prensa, sobre los periodistas y sobre otros medios de publicidad y propaganda".

Los EEUU tienen, en efecto, un sistema de un sólo partido, el partido de los negocios, con dos facciones, republicanos y demócratas. Hay diferencias entre ellos. En su estudio sobre La democracia desigual: la economía política de la nueva Era de la Codicia, Larry Bartels muestra que durante las pasadas seis décadas "los ingresos reales de las familias de clase media crecieron dos veces más rápido bajo los demócratas que bajo los republicanos, mientras que los ingresos reales de las familias pobres de clase trabajadora crecieron seis veces más rápido bajo los demócratas que bajo los republicanos".

Esas diferencias se pueden ver también en estas elecciones. Los votantes deberían tenerlas en cuenta, pero sin hacerse ilusiones sobre los partidos políticos, y reconociendo el patrón regular que, durante los últimos siglos, ha venido revelando que la legislación progresista y el bienestar social siempre han sido conquistas de las luchas populares, nunca regalos de los de arriba.

Esas luchas siguen ciclos de éxitos y retrocesos. Han de librarse cada día, no sólo cada cuatro años, y siempre con la mira puesta en la creación de una sociedad genuinamente democrática, capaz de respuesta dondequiera, en las urnas no menos que en el puesto de trabajo.

NOTA: (1) El sistema de Bretton Woods de gestión financiera global fue creado por 730 delegados procedentes de 44 naciones aliadas en la II Guerra Mundial que acudieron a una Conferencia Monetaria y Financiera organizada por la ONU en el hotel Mont Washington en Bretton Woods, New Hampshire, en 1944. Bretton Woods, que colapsó en 1971, era el sistema de normas, instituciones y procedimientos que regulaban el sistema monetario internacional y bajo cuyos auspicios se creó el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo (IBRD, por sus siglas en inglés) –ahora una de las cinco instituciones que componen el Grupo del Banco Mundial— y el Fondo Monetario Internacional, que echaron a andar en 1945.El rasgo principal de Bretton Woods era la obligación de todos los países de adoptar una política monetaria que mantuviera dentro de unos valores fijos la tasa de cambio de su moneda. El sistema colapsó, cuando los EEUU suspendieron la convertibilidad al oro del dólar. Eso creó la insólita situación por la que el dólar llegó a convertirse en la "moneda de reserva" para los oros países que estaban en Bretton Woods.

Suite Francesa: Sutilidad Vibrante


AIDA M. PEREDA
Lumpen

Título: 'Suite Francesa' (Suite Française). Autor: Irène Némirovsky. Género: Novela. Traductor: José Antonio Soriano Marco. Salamandra. Barcelona, 2005. 460 páginas. 19 euros.

Irène Némirovsky (Kiev, 1903 – Auschwitz, 1942), hija única de un rico matrimonio judío afincado en Rusia, se vio obligada a huir con sus padres a París en 1919 debido a la victoria bolchevique. Su prestigio como escritora no evitó que unos gendarmes franceses del régimen de Vichy la detuviesen y la enviasen a Auschwitz. Murió ejecutada el 17 de agosto de 1942. Misma suerte corrió su marido, Michel Epstein, tan sólo unos meses después. Sin embargo, sus dos hijas sobrevivieron y lograron salvar una maleta que guardaba algunos de sus enseres, recuerdos familiares y un cuaderno de notas. Con el deseo de no reavivar su dolor, no se atrevieron a leerlo hasta los años 70 y cuál fue su sorpresa al descubrir que no se trataba de un diario íntimo, sino de una novela que su madre no había podido concluir.

Suite Francesa fue publicada en Francia en el año 2004 y por ella Némirovsky recibió el premio Renaudot, otorgado por vez primera a un autor ya fallecido. La frustrada carrera literaria de esta escritora, licenciada en Letras por la Sorbona, se inició en 1929 con David Golder, una obra que estuvo a punto de no ver la luz, puesto que Némirovsky la envió a una editorial francesa de manera anónima. El director de dicha editorial, sorprendido por aquel relato directo e incisivo, tuvo que publicar un anuncio en la prensa para poder conocer a su autora.

Además de una biografía de Chéjov (1946), Némirovsky escribió nueve novelas, entre las que destacan Jezabel (1936) o El vino de la soledad (1935). En 1930 escribió El Baile, una breve novela que gira en torno a la sed de venganza, con un estilo descarnado que impregnará también en Suite Francesa.

Ambientada en Francia en pleno estallido de la II Guerra Mundial, Suite Francesa se trata de una obra que recoge entre sus páginas dos composiciones bien diferenciadas: Tempestad en junio y Dolce. En la primera parte, Némirovsky critica la sociedad francesa de su época mostrando la huida desesperada de los habitantes de París ante los bombardeos. Y en Dolce, la autora relata el recibimiento de las tropas alemanas en Bussy, un pueblecito al sur de Francia, describiendo la forzosa convivencia entre vencidos y vencedores bajo un mismo techo, con la humillación y tensión que ello supone.

Aunque Némirovsky sólo tuvo tiempo de escribir estas dos partes, concibió el proyecto en cinco, como si de una sinfonía se tratase. Esta intención de musicalidad es apreciable en el ritmo acentuado que marca en la narración. En la primera parte, los distintos retratos se alternan a una velocidad un tanto frenética, lo que en una pieza musical correspondería a un tiempo allegro. Tras la tempestad llega la calma, y en la segunda parte, en cambio, los personajes son menos numerosos y el ritmo se relaja, se vuelve más andante.

El reparto coral no le impide ahondar en la psicología de los personajes. De hecho, Némirovsky muestra todos los estratos sociales y no se reduce a hacer una mera exposición, ya que exhibe también sus vilezas, pero sin juicios ni valoraciones, dejando ese análisis en manos del lector. Suite Francesa profundiza en el comportamiento humano en situaciones extremas, en las que el pánico hace brillar sentimientos de egoísmo, avaricia, banalidad u odio. Así, el viaje que emprenden los protagonistas de Tempestad en junio, ya sea en coche, bicicleta o a pie, está plagado de astucias para conseguir agua, comida o gasolina. Dichos comportamientos dejan al descubierto el más puro instinto de supervivencia, que se impone sobre los valores más humanos en contextos de angustia y de peligro. Irène Némirovsky compone de este modo una radiografía de su país de adopción, Francia, en un relato que representa la cobardía de sus habitantes, que primero huyen de la invasión alemana, pero que posteriormente terminan por acoger a los vencedores en sus propias casas. Los invasores no son presentados como bestias, sino como simples hombres cuyo anhelo consiste en regresar a su país para continuar con la vida que llevaban antes de la guerra junto a sus familias.

Esta obra muestra la incidencia del rumbo político de un país en la vida cotidiana de sus habitantes, en su forma de ver el mundo y en sus pensamientos ideológicos. Asimismo, presenta el eterno conflicto entre individuo y comunidad y cuestiona la utilidad del sacrificio personal en beneficio del progreso. Némirovsky contrapone la cobardía de los que huyen y la valentía de los voluntarios que se unen al ejército, el colaboracionismo y la desobediencia ante los invasores, las historias de amor y las venganzas ...

Aunque los acontecimientos históricos que se desatan en la obra son simultáneos a la existencia de la escritora, parece que Némirovsky escribiera desde cierta perspectiva, tal vez la que produce la sensación de una muerte próxima, y no recurre a sentimentalismos baratos. Suite Francesa conmueve precisamente por la conjunción de un tono realista con una sutil ironía.

Josele Santiago y sus menudencias, "Loco encontrao" (2008)

KEPA ARBIZU
Lumpen


Una vez editado su tercer disco en solitario, “Loco encontrao”, parece tiempo de analizar a Josele Santiago sin la rémora de haber formado parte de uno de los grupos españoles más excitantes y salvajes ,“Los Enemigos”, sobre todo teniendo en cuenta que queda bien a las claras que ha construido un sonido con unas características muy particulares (ya apuntadas en su anterior trabajo, “Garabatos”) como es, por ejemplo, la importancia que cobran la guitarra acústica y el piano convirtiéndose en principal acompañamiento con la función de abarcar un abanico amplísimo de sonidos, desde el jazz al rock pasando por el swing.

Para elaborar el disco de nuevo cuenta con su ahora inseparable colaborador Pablo Novoa y las guitarras de David Krahe entre otros. A la hora de analizar el contenido son igual de relevantes los aspectos musicales como los vitales, como el mismo Josele se afana en aclarar. La tranquilidad, el sosiego y cierto optimismo a la hora de enfrentarse a la realidad queda nítidamente reflejado en, por ejemplo, “Baila el viento”, donde sentencias del estilo “Qué placer tan hondo respirar” y el adorno del alegre coro femenino corrobora las nuevas coordenadas personales del otrora cínico cantante. Justo seguido aparece el momento más emocionante del disco, “Vuelo de volar”, canción simplemente perfecta dedicada a los compañeros de profesión desaparecidos (Kike Turmix, Poch, Guille Martín, etc…) pero que hace extensibles a todos los que han pasado por su vida. Un momento verdaderamente emotivo que acongoja casi de la misma manera que desprende cierta serenidad gracias entre otras cosas a un estribillo orquestado al máximo y que nos lleva hasta el clímax de la canción. También hay lugar para composiciones algo más rockeras como es el caso de “Fotocopia” que bien parece el reverso amable de la canción ”Hasta el lunes” de su extinto grupo. No hay que pasar por alto la mezcla de ternura y crudeza que se encuentra en “Fresa y limón” ni el homenaje a Fats Waller (artista que sirve como perfecto ejemplo del nuevo rumbo musical del madrileño) transformando una de sus canciones (Ain’t misbehavin) en una suerte de homenaje castizo (Siendo güeno).

Disco, por lo tanto, que evidencia el actual sitio de Josele Santiago, cercano a las composiciones de Lapido, Quique González o Santi Campos y cada vez menos atado a su pasado “enemigo”. Con todo, uno no puede dejar de lado que sigue sin superar su debut (“Las golondrinas etcétera”) mucho más ecléctico y desordenado pero repleto de fuertes sensaciones.

Expertos europeos admiten que la UE paga la ocupación israelí

RICARDO MIR DE FRANCIA
El Periódico

Tras los acuerdos de Oslo, firmados en 1993, la comunidad internacional, con la Unión Europea (UE) al frente, asumió la financiación de la recién creada Autoridad Nacional Palestina (ANP). Confiaba en que esa autoridad transitoria devendría en breve la columna vertebral de un Estado palestino. Pero han pasado 15 años y el objetivo sigue distante. Ante la frustración reinante por el curso de las actuales negociaciones de paz, europeos y palestinos advierten de que Europa está pagando los costes de la ocupación israelí y perpetuando el statu quo.

La UE es el principal sustento de la ANP, por encima de Arabia Saudí y EEUU. Solo este año ha desembolsado cerca de 550 millones de euros, cantidad que excluye las sumas aportadas individualmente por los estados miembros. Con el dinero del contribuyente europeo se pagan infraestructuras y servicios sociales, combustible y electricidad, pensiones y salarios de profesores, médicos y funcionarios. La gran ironía es que, según la ley internacional, estos gastos debería asumirlos Israel, por su condición de poder ocupante.
Situación provisional

"Claro que estamos pagando la ocupación, todos los sabemos. Pero lo hacemos porque seguimos pensando que será algo transitorio", dice un diplomático europeo. En consonancia con las exigencias de Israel, Bruselas se afana por construir instituciones viables para el futuro Estado palestino. Pero no se atisba el final. Al igual que fallaron los plazos del acuerdo de Oslo y, posteriormente, de la Hoja de ruta, también parece que lo harán los de Annápolis. En 10 meses de negociación, israelís y palestinos no han alcanzado un solo acuerdo. Mientras, Israel no cesa de colonizar tierras y expandir asentamientos.

Entre los funcionarios europeos destacados en la región, algunos piensan que la lluvia de millones a la ANP perpetúa este viaje a ninguna parte. "A Israel le permite seguir dominando el territorio sin pagar por ello y a OLP mantener el poder y los privilegios. El único que no está conforme es el palestino de a pie; pero, como se vio tras invalidar de facto el triunfo electoral de Hamás, su opinión no le importa a nadie", dice una asesora de la UE en Jerusalén.

Escenario poco realista

Si los donantes dejaran de financiar a la ANP, que depende de su ayuda, y esta tuviera que disolverse, como abogan algunos políticos e intelectuales palestinos, Israel debería teóricamente hacerse cargo del bienestar de los más de cuatro millones de palestinos. Nadie cree que sea un escenario realista. "Ni lo hizo en el pasado ni lo hará en el futuro. Hasta 1994, Israel financiaba la ocupación con nuestros impuestos", dice Diana Buttu, exasesora del primer ministro palestino, Salam Fayad, y exportavoz de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

Para muchos palestinos como ella, el papel de Europa en el conflicto es "muy decepcionante". Bruselas condena repetidamente los asentamientos y la ocupación, pero las palabras nunca se traducen en medidas de presión concretas. En junio, sin ir más lejos, los 27 renovaron en bloque y sin condiciones expresas el acuerdo comercial preferencial con Israel. "Europa ha claudicado. En lugar de presionar, ha acabado haciendo lo que Ariel Sharon quería: pagar sin jugar", añade Buttu.

Aun consciente de que la política europea no está dando resultados, otro de sus diplomáticos explica el criterio dominante en Bruselas. "Nos guste o no, prevalece la idea de que cuanto más cerca de Israel estemos, más influencia tendremos".

China inicia una reforma para sacar al campo de la pobreza

Los campesinos, a quienes no ha beneficiado el boom económico, podrán transferir tierras

ANDREA RODÉS
Público

Cubierta de pies a cabeza según la costumbre de los uigur, la minoría étnica musulmana que habita la provincia china de Xinjiang, una mujer recoge algodón recién florecido bajo el sol de octubre en la localidad de Opal. Lleva trabajando en el campo desde primera hora de la mañana. "Hay que recoger el algodón antes de que se marchite", explica la campesina. Espera vender en el bazar cada saco de un kilogramo de algodón por 1 yuan (10 céntimos de euro). No puede desperdiciar ni un gramo, teniendo en cuenta el poco algodón que puede cultivar en la parcela de su familia, que solo mide 50 mu equivalente a 3,3 hectáreas, donde también plantan maíz.

La mujer forma parte de los más de 730 millones de campesinos que el Gobierno chino se ha propuesto sacar de la pobreza a medio plazo. Ayer, el Gobierno anunció una reforma clave para revitalizar las zonas rurales que incluye permitir a los agricultores que alquilen o transfieran la tierra que tienen asignada en usufructo.

En China, la propiedad de la tierra es colectiva desde 1949 y los campesinos obtienen los derechos de explotación de pequeñas parcelas por períodos de 30 años. No poseen la tierra, se quedan con el producto que cosechan en ella. El hecho de no ser propietarios disuade a los campesinos de realizar inversiones para modernizar los cultivos y hace imposible que estos sean rentables.

Pero la situación puede cambiar con la puesta en marcha de la reforma legal del medio rural decidida la semana pasada por la cúpula del Partido Comunista chino (PCCh) en su Plenario anual. El plan pretende proteger los derechos sobre la tierra de los campesinos, modernizar la agricultura y conseguir doblar la capacidad adquisitiva de la población rural en 2020.

Las medidas incluyen la ampliación de los periodos de explotación de la tierra a 70 años, permitir a los campesinos transferir o alquilar sus derechos de usufructo sobre un terreno, o usarlos como avales bancarios.

El primer mercado de intercambio para alquilar o vender derechos de explotación sobre la tierra empezó el lunes pasado en Chengdu y está siendo un éxito, según el diario británico Financial Times, que cita fuentes oficiales.
Algunos analistas internacionales dudan de que las medidas lleguen a aplicarse de forma plena, alegando la falta de acuerdo entre los dirigentes comunistas sobre una reforma encarada a la privatización de la tierra.

Sin embargo, muchos académicos chinos defienden desde hace tiempo que la liberalización del mercado rural es esencial para que los campesinos puedan enriquecerse lo suficiente como para invertir y consumir. Ello, a su vez, estimulará el crecimiento de la economía doméstica ante la crisis mundial, que amenaza con recortar las exportaciones. El objetivo del plan es doblar los ingresos de la población rural desde el nivel actual de 590 dólares por persona y año hasta los 1.200 dólares por persona y año en 2020.

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Expropiaciones forzosas

En Opal todos se conocen. Ninguno de ellos ha salido de Xinjiang. La ciudad más lejana que han pisado es Kashgar, un antiguo enclave de la Ruta de la Seda, con el mayor mercado de la región, a 50 kilómetros de Opal. Por la carretera que une las dos ciudades se ven pasar los modernos vehículos 4x4 de los funcionarios locales.

Según los expertos, la reforma legal de la tierra permitirá ganar seguridad a los campesinos frente a la corrupción de los gobiernos locales. El sistema actual se ha visto plagado de usos abusivos. Los campesinos son víctimas frecuentes de expropiaciones forzosas impulsadas por la especulación inmobiliaria. En ocasiones, los gobiernos locales han confiscado tierras para vendérselas a empresarios con planes de construir viviendas, fábricas o centros comerciales, y han ofrecido una indemnización mínima por la adquisición de las tierras. Por ello, los agricultores son los protagonistas de las miles de revueltas populares que cada año sacuden la China rural y que han generado una creciente preocupación por parte del Gobierno.

Los autocares de comerciantes pakistaníes en busca de ropa y productos electrónicos baratos Made in China pasan por Opal, pero nadie se detiene. Aquí, junto a esta carretera que un día fue un antiguo tramo de la ruta de la seda entre China y lo que es hoy Pakistán, todo el mundo parece a la espera de un boom económico que nunca llega.

La guitarra que afinó el diablo

ENRIC GONZÁLEZ
El País

Yo no creo que el demonio exista. Quizá usted sí crea en su existencia. Acerquemos posiciones: si alguien me convenciera de que hay demonio, apostaría lo que más quiero a que Robert Johnson le conoció personalmente. No por la leyenda, sino por los hechos. La leyenda, muy conocida, dice que Robert Johnson vendió su alma al diablo en el cruce de carreteras de Clarksdale, Misisipi, a cambio de convertirse en el mejor guitarrista del mundo. ¿Los hechos? Casi no hay.

Robert Johnson pasó por la vida como una sombra. Se desconoce su fecha de nacimiento, se desconoce la causa de su muerte (parece probable un asesinato con veneno), y quienes le trataron le recordaban como alguien fugaz, huidizo, sonriente, carente de amigos, en un continuo viaje. En palabras de Martin Scorsese, uno de sus devotos: "Robert Johnson sólo existió en sus discos, fue pura leyenda".

Muchos biógrafos y musicólogos han trabajado durante años para desenterrar algunos datos. La hermanastra Carrie creía recordar que su madre le había dicho que Robert nació el 8 de mayo de 1911 en Hazlehurst, Misisipi. Es posible, pero no existen registros. Dicen que el padre de Robert abandonó a la familia porque un grupo de terratenientes blancos le perseguía para lincharlo. Sí se sabe que en 1929, con 18 años, se casó con Virginia Travis, y que Virginia murió al año siguiente mientras paría.

El músico de blues Son House trató a Robert Johnson en esa época desgraciada, y le recordaba como un guitarrista pésimo, carente del más mínimo talento. Son House contaba que Robert Johnson desapareció durante unos meses, y que volvió convertido en un maestro supremo de la guitarra. Ahí comenzó la leyenda del diablo, de la que el propio Johnson habló alguna vez. Decía que, en efecto, había vendido su alma. Seis de sus canciones hablaban del diablo.

Investigaciones posteriores indican que House no tardó unos meses, sino casi dos años, en rencontrarse con Johnson. En cualquier caso, Robert Johnson aprendió a tocar, cantar y componer ya adulto y en muy poco tiempo. Atención, no estamos hablando de niveles normales. Hablamos del mejor bluesman de todos los tiempos. Hablamos del compositor de Love in vain. Hablamos de un hombre que sólo dejó dos sesiones de grabación y hoy es considerado uno de los mejores guitarristas de la historia. Cuando los Rolling Stones hicieron una versión de Love in vain para el disco Let it bleed, Keith Richards se negó a interpretarla como blues para no incurrir en sacrilegio.

En noviembre de 1936, Robert Johnson grabó varias canciones en San Antonio (Tejas). Entre ellas, Crossroad blues (El blues de la encrucijada). Si la escuchan ("Fui a la encrucijada y caí de rodillas, pedí al Señor, ten piedad, salva, por favor, al pobre Bob") creerán que, en efecto, Johnson sufrió una experiencia terrible en un cruce de caminos, porque en su voz se percibe un terror absoluto. Parece verosímil, y menos sobrenatural, que en una encrucijada hubiera corrido un serio peligro de linchamiento. Al año siguiente, en Dallas (Tejas), grabó otro puñado de canciones. Una de ellas era Love in vain, maravillosa, inmensamente triste.

Robert Johnson murió el 16 de agosto de 1938, a los 27 años, en un cruce de caminos, cerca de Greenwood (Misisipi). Todo hace pensar que fue envenenado. El músico Sonny Boy Williamson, que tocaba con él aquellos días, explicó que alguien puso estricnina en el whisky de Johnson por un lío de faldas. Hay tres lápidas en Greenwood dedicadas a Robert Johnson, sobre tres supuestas tumbas. No parece que ninguna sea auténtica. Se cree (al menos lo cree Sony, que edita sus grabaciones) que el guitarrista fue enterrado bajo un árbol, sin lápida ni cruz, al lado del cruce de caminos.

En su canción Yo y el diablo, Robert Johnson decía: "Enterrad mi cuerpo junto a la carretera, para que mi viejo y malvado espíritu pueda subirse a un autobús de la Greyhound y viajar".
El cruce de las carreteras 61 y 49 en Clarksdale (Misisipi), donde se supone que el diablo afinó la guitarra de Johnson, se ha convertido en lugar de peregrinación.

En 1973 se descubrieron dos fotografías de Robert Johnson, en poder de su hermanastra Carrie. Una de ellas ilustra este artículo. Eso y unas pocas grabaciones es todo lo que hay. El resto es leyenda diabólica.

El papel del Estado francés en África

Txente Rekondo
Gara


En su relación con África, el Estado francés juega, además de la económica y militar, la baza cultural impulsando una alternativa francófona. Treinta y tres países africanos pertenecen a la Organización Internacional de la Francofonía, que hoy y mañana celebra una cumbre en Quebec. El estado francés lleva siglos ejerciendo su influencia en el vecino continente africano. Desde la época de la colonización, pasando por las etapas descolonizadoras y llegando hasta nuestros días, los dirigentes franceses siempre han tenido a África en el punto de mira, y su actuación allí siempre ha venido motivada por la defensa de sus propios intereses.


Tras la independencia de muchos estados africanos, los gobiernos franceses han tenido que adaptar su política a la nueva situación creada. En un principio esos dirigentes se oponían a la autodeterminación africana, pero ante el imparable movimiento de liberación que se avecinaba pronto tuvieron que recular e idear una nueva estrategia.

Para ello pusieron en marcha un complejo sistema que les permitiera mantener su esfera de influencia, sobre todo con una política de acercamiento a los nuevos líderes africanos de determinados estados, así como fomentando o manteniendo la dependencia económica, política y militar de sus antiguas colonias hacia París.

Los pilares básicos de la política francesa hacia África son la exclusividad presidencial, la ausencia de control parlamentario y el consenso entre los diferentes partidos políticos. Como bien señaló François Mitterrand en su día, «soy yo y no mis ministros el que determina la política exterior francesa...Por supuesto que mis ministros manifiestan sus propias opiniones, pero una política que no tenga mi aprobación es impensable».

La importancia económica, militar y cultural es otro aspecto clave en la relación franco-africana. Determinados recursos materiales obtenidos en el continente africano son imprescindibles para la propia capacidad industrial del Estado francés, así como para seguir en su búsqueda de un lugar privilegiado en el escenario mundial. También se presenta el mercado africano como una oportunidad de oro para vender los productos franceses y para potenciar las inversiones de sus empresarios.

Para asegurarse que la relación económica se mantiene y, sobre todo, que es favorable a los intereses franceses, París ha urdido toda una serie de cooperaciones monetarias y asistencia bilateral que le ha permitido controlar firmemente «la política financiera y monetaria de sus aliados africanos».

En muchas ocasiones se ha querido presentar esta situación bajo el manto de la solidaridad y la cooperación, cuando en realidad se ha tratado siempre de de fender los intereses franceses por encima de los deseos o necesidades de los pueblos africanos.

En el ámbito militar, el estado francés ha mantenido una postura dual. Por un lado, a través de «la cooperación militar» ha proporcionado asistencia militar a sus aliados africanos, en muchas ocasiones mediante acuerdos bilaterales, muchos de ellos secretos y todavía en vigor; y, por otro lado, los gobiernos franceses no han dudado en intervenir directamente en determinadas situaciones.

Desde 1962 se han contabilizado cerca de veinte intervenciones militares galas en África, bien en apoyo de los dirigentes africanos «amigos de parís» o bien para afianzar sus intereses. Es curioso que en ocasiones se haya mencionado «la defensa de la democracia y la estabilidad» para justificar dichas intervenciones, mientras que, por ejemplo, la participación francesa en Zaire, durante la crisis de 1996 y 1997, sirvió para apoyar al dictador Mobutu Sese Seko.

El valor geoestratégico de la región es evidente desde el punto de vista militar, de ahí que París mantenga una presencia militar de más de doce mil efectivos, destacando su presencia en Djibuti, Chad, República Centroafricana y Costa de Marfil.

La esfera cultural es otra de las bazas empleadas por París para desarrollar su política hacia el continente africano. El auge de la influencia y presencia anglófona en todo el mundo, y muy en especial en el continente africano, siempre ha sido visto con mucho recelo desde París. De ahí sus intentos por impulsar una alternativa francófona. Lo cierto es que el retroceso y la pérdida de ese «grandeur» del pasado es una enorme losa que incomoda a los dirigentes franceses. Esto, unido a la evidente crisis identitaria que afecta al Estado francés (la creación por Sarkozy de un ministerio específico es una prueba evidente) obliga a París a maniobrar en este ámbito.

Treinta y tres estados africanos pertenecen a la Organización Internacional de la Francofonía y, como señala un experto, «los más beneficiados de los acuerdos suelen ser regímenes dictatoriales». Sin embargo, pese a los esfuerzos franceses, sólo un 15% de la población en esos estados habla francés, lo que corrobora que «esos acuerdos bilaterales y la misma idea de la Francofonía, es más bien un proyecto ligado a las agendas de las elites políticas y no al conjunto de la población».

El enfrentamiento con el mundo anglófono también tiene sus raíces y siempre ha preocupado a los franceses, quienes todavía no se han recuperado del llamado «síndrome Fashoda», cuando sus tropas fueron expulsadas por los británicos en 1898 de un pequeño fuerte en Sudán.

El genocidio de Rwanda a mediados de la década de los 90 fue un episodio que marcará el futuro papel del Estado francés en África. Algunos analistas denominan esta etapa como «el eclipse francés». La polémica en torno a aquellos sucesos está servida. Para unos, el papel del Estado francés en el genocidio es todavía un asunto pendiente, mientras que otros, sobre todo los dirigentes franceses, siempre han negado cualquier participación en él.

De nuevo unas palabras de François Mitterrand de finales de los 90 evidencian el desprecio que siempre han tenido algunos líderes franceses, incapaces de desprenderse de su mentalidad colonialista. El entonces presidente señaló que «en países como ésos el genocidio no es muy importante».

Un informe recientemente publicado en Rwanda acusa directamente a 33 políticos franceses y oficiales del Ejército (incluido Mitterrand) de complici- dad en las matanzas. Es evidente que este documento se ha hecho público en un contexto de enfrentamiento entre ambos estados, pero hoy día numerosos los académicos y analistas apuntan a una participación francesa en aquel genocidio.

Las maniobras políticas, el papel de los servicios secretos galos antes y durante los episodios más sangrientos, la manipulación u ocultamiento de información privilegiada, la participación militar... son algunos aspec- tos que una vez documentados y analizados, no dejan en muy buen lugar al Estado francés.
Lo que muchos de esos analistas echan en cara a París es que pese a su capacidad política y militar para prevenir lo que sucedió y a contar con importante información de servicios secretos, ONU y diferentes ONG, decidió actuar «muy tarde y sin mucha determinación».

En los últimos años se ha producido un ligero giro, pero mientras apuesta públicamente por una participación multilateral, París sigue manteniendo y actualizando sus acuerdos bilaterales, muchos de los cuales, no hay que olvidar, son secretos. Por eso, como señala un escritor africano, los pasos de la actuación francesa en África se pueden resumir en «invadir, intimidar, manipular, enfrentar a los pueblos, expropiar...»