Entrevista a Jean-León Beauvois


ALFONSO SERRANO/CÉSAR DE VICENTE
Périodico Diagonal



El autor de El tratado de la servidumbre liberal (editado por La Oveja Roja este año en español), Jean-León Beauvois, impartió diversas conferencias en Madrid y Sevilla a mediados del pasado diciembre, de forma que pudimos departir con él sobre qué se esconde tras la ilusión de libertad en las sociedades liberales e individuales.

¿Cómo describiría las sociedades de los llamados países occidentales?

Me gusta mucho el concepto de André Bellon, un socialista francés, sobre el ‘totalitarismo tranquilo’. Tampoco están mal el de ‘totalitarismo democrático’ o el ‘totalitarismo rastrero’. Esas expresiones me convienen para caracterizar nuestras sociedades occidentales. Existen formas de ser dominantes, modos de pensar dominantes, que impregnan tanto la vida social como la privada, que transcienden de los debates políticos, y lo hacen en provecho de un status quo social. Éstas características son las de una forma de totalitarismo compatible con las democracias liberales.

A quienes se alejan de esas formas de ser o de esos modos de pensar ya no se les considera como minoritarios, lo que significaría reconocerles un estatus político de adversario potencial, algo útil por tanto para la democracia, sino como memos. El cuerpo social se ha vuelto muy cohesivo en los planos ideológico y normativo, y quienes se alejan de él se convierten en unos inconformistas que hay que aislar o reeducar. Estamos por ello en una era de consensos blandos, modos de pensar dominantes que implican finalmente muy poco contenido, pocas referencias, pero que implican sobre todo juicios de valor. Ponte a decir en nuestras sociedades, por ejemplo, que la economía de mercado o los derechos occidentales de las personas no son la panacea. Inmediatamente pasarás, como poco, por un insensato. Sin embargo, la mayoría de quienes te estigmatizan así serían incapaces de encadenar tres o cuatro ideas consistentes sobre los conceptos de derechos humanos o de la economía de mercado. Es lo que ocurre cuando nos hallamos en una sociedad sin debate, en la que, por tanto, no se pueden elaborar contenidos, pero en la que reina lo que he llamado la propagande glauque [propaganda lúgubre], una propaganda que, a través de los medios, da valor (y sólo valor) a los ‘buenos’ conceptos. Nos gusta algo, y estaríamos locos si no nos gustara, pero seguimos sin saber muy bien de qué se trata.

Uno de sus libros más famosos es Las ilusiones liberales. ¿Cuáles son estas ilusiones del liberalismo?

En ese libro no hablo de las ilusiones económicas con las que nos hemos chocado con bastante fuerza. Hablo de las ilusiones del liberalismo en calidad de doctrina sociopolítica que se inserta en una ideología individualista. Esas ilusiones se apoyan sobre el concepto liberal de individuo, un concepto que se vende como susceptible de compensar los déficits sociales: en cuanto hay un problema, se ‘individualiza’. Hay posiciones sociales portadoras de pobreza e incluso de sufrimiento. Pero ¡ah!, dirán, afortunadamente, si nos olvidamos un poco de lo social, que no es muy interesante, encontramos que los individuos son todos unas entidades profundas, muy majas, con un valor psicológico esencial incluso siendo diferentes unos de otros, etc. Ahí tenemos una buena ilusión, ya que los individuos adquieren su valor de individuos en lo social. La gente socialmente masacrada no puede tener individualidades luminosas: esto es socialmente, e incluso psicológicamente, imposible.

Usted ha hablado de la ‘paradoja de la libertad liberal’. ¿Puede explicarlo un poco?

La paradoja reside en que nuestras sociedades nos hayan enseñado a subrayar el sentimiento de libertad más que la libertad efectiva. Ahora bien, con propagandas la gente llega a sentirse libre en situaciones en las que probablemente no lo son. La prueba se manifiesta cuando vemos a unos y otros hacer las mismas cosas, cosas que sin embargo no les gustan, que no harían espontáneamente. Estos individuos analizan muy mal la libertad que les ofrece una situación. Han aprendido a sobrevalorarla. Y ahí está la paradoja: el sentimiento de libertad afecta muy poco a las conductas, muy poco. La gente que se cree libre hace prácticamente lo mismo que la gente que no piensa serlo. En cambio, los primeros no dan el mismo sentido a su conducta, tienden a darle un significado que va a incitarles a reproducirla. ¿Veis la trampa de las prácticas ‘liberales’? Declarando libre a una persona sometida, se obtendrá de ella tanto como si ésta creyese que está obligada, pero continuará satisfaciéndonos cuando ya no estemos allí.

¿Existe oposición entre liberalismo y democracia? Si es así, ¿por qué?

Creo que la ideología liberal pervierte la democracia. Ella implica, es su definición, que demos más valor a los objetivos individuales que a los colectivos. La democracia implica que los ciudadanos se ocupen de los interesen colectivos, y yo sigo apegado a esa forma de democracia en la que no ha desaparecido la libertad de los antiguos, que es la de poder implicarse en los problemas de los colectivos a los que se pertenece. El liberalismo cuenta más bien con una ‘democracia de opiniones’ en la que la gente no gestiona nada, no se compromete con nada, no tiene por qué considerar los intereses colectivos, pero está siempre lista a dar una opinión poco elaborada, normativa y, si hace falta, egoísta.

Acaba de publicar en el Estado español el Tratado de la servidumbre liberal y el Pequeño tratado de manipulación para uso de gente de bien. ¿Qué planteamientos comunes y diferentes tienen ambos libros?

Coinciden en una idea sencilla: la ilusión de libertad nos juega muy malas pasadas. El Pequeño tratado define e ilustra un conjunto de técnicas de manipulación de los comportamientos que serían estrictamente imposibles sin esta ilusión. Pero los dos libros son muy diferentes. Con el Pequeño tratado, queríamos ser muy pedagógicos, explorar el tema de la manipulación de los comportamientos a través de la descripción de las investigaciones y de las técnicas jugando con la sorpresa. Con el Tratado de la servidumbre liberal he querido tratar un problema mucho más amplio y quizás incluso más desesperante, ya que al fin y al cabo es el de nuestras alienaciones psicológicas en el liberalismo.

Una vida autogestionaria

Usted termina Las ilusiones liberales apelando a una vida autogestionaria. ¿Cómo sería esta vida, según usted?

Para mí, la autogestión es la generalización de la democracia al conjunto del cuerpo social. Es la realización de dos tipos de ideales: implicarse en la conducción de los colectivos a los que pertenecemos, la ‘libertad de los antiguos’, y también la certeza de que cada cual estará tranquilo en su casa, no observado, sin cuentas que rendir, la llamada ‘libertad de los modernos’: el compromiso, vida social, y la opacidad o la vida privada. Nuestras democracias liberales no realizan ni lo uno ni lo otro. La ‘democracia participativa’, cuando se ha ensayado, no ha sido mucho más que una apelación a las posiciones de consumidor. Y la vida privada está amenazada por las diferentes vigilancias tecnológicas que permiten saber lo que pensamos, dónde estamos y con quién.

Ametralladoras se burlan del Arte

Una muestra en el Museo Reina Sofía y el libro «El arte como revuelta» recuerdan la figura del historiador C. Einstein

DELFÍN RODRÍGUEZ
ABC



De Carl Einstein (1885-1940), historiador y crítico, novelista, poeta, ensayista, militante político, intelectual comprometido y tantas veces desbordado por los acontecimientos, incluidos sus participaciones voluntarias en la I Guerra Mundial y en la Civil Española, puede decirse que representa de forma trágica la lucidez del intelectual del siglo XX ante la realidad, cruzada por sueños pendientes de utopías artísticas, estéticas y literarias. Una trágica lucidez que aún conmociona, que inquieta todavía por haber ido dirigida siempre a lo esencial, recorriendo caminos paralelos y contradictorios que afectan tanto al escritor, al crítico, al historiador como al hombre político que asume la vida como horizonte lleno de promesas y que comprueba la miseria y la violencia de la realidad y el espejismo de cualquier futuro en libertad.

Recorrió e inició innumerables sueños y, mientras creía en ellos, pudo vivir y escribir, pensar y expresarse, hasta que la realidad y la misma experiencia del arte y la literatura le confinaron a la geografía vacía de la desconfianza, a la desilusión, incluso a la tragedia de renunciar a su propia lengua y a su vida. Lo primero fue involuntario, lo segundo, no. En 1940 se quitó la vida, atrapado entre la violencia nazi y los Pirineos atlánticos, una frontera que no podía atravesar, no sólo porque las fronteras sirven para eso, sino porque, al otro lado, en la España que salía de la guerra fratricida en la que él mismo había participado en la Columna Durruti, había otro infierno. Y ya había conocido muchos desde la Guerra del 14.

Condenado a no existir. En 1933 se exilia a París, aunque, como él mismo escribiera, un judío germanohablante en Francia estaba condenado a no existir: «Ahora conversaré brevemente conmigo mismo día tras día? En la poesía francesa nunca me sentiré como en casa, porque sueño y pienso en alemán, así que ahora Hitler me ha condenado a ser un completo apátrida y extranjero». Desde esa condición, y después de haber pasado por la Gran Guerra y por su decepción con la República de Weimar, militando en la Liga Espartaquista y seducido por la Revolución Soviética, se compromete como intelectual voluntario en las filas de Durruti y de la CNT/FAI. No sólo leyó una emocionante proclama después del asesinato, en 1936, del dirigente anarquista en Madrid, en la que expresó una idea muy querida de sus convicciones sobre el arte y la vida. Según Einstein, Durruti «había suprimido del vocabulario la palabra prehistórica "yo". En la Columna Durruti sólo se conoce la sintaxis colectiva». Dos años después, sus planteamientos políticos le acercan a Negrín. Es el momento en el que aparecen dos entrevistas suyas en Barcelona, una con el crítico de arte Sebastià Gash, verdaderamente significativa por su posicionamiento ante el surrealismo, en la que no sólo muestra su desprecio por Dalí, sino que incluso desconfía de su admirado Miró.

Gasch le describe de forma tan expresiva y brillante que casi no parece un intelectual, y menos uno de los historiadores del arte de la vanguardia más lúcidos en aquel momento: «Cazador de caza mayor en África, deportista a carta cabal? Y actualmente el único intelectual de fama internacional que lucha en nuestro frente». Precisamente durante esa estancia en Barcelona, para curarse de una herida, le escribe a su amigo el marchante y galerista del cubismo Daniel-Henri Kahnweiler preguntándole cómo puede ser posible seguir escribiendo después de haber luchado en dos guerras. En la entrevista con Gash afirmaría en ese mismo sentido que «las ametralladoras se burlan de los poemas y de los cuadros», lo que no era ajeno a su convicción de que «la cuestión del arte es, ni más ni menos, la cuestión misma de la libertad humana».

Valor cubista. Autor de una novela tan de vanguardia como Bebuquin (1912), en 1910 había viajado por primera vez a París, donde descubre el Cubismo, del que será uno de sus críticos más extraordinarios, poniéndolo de inmediato en relación con el arte africano, sobre el que publicará dos obras memorables como son Negerplastik (1915) y Afrikanische Plastik (1921). Relacionado intensamente con los expresionistas radicales alemanes, además de con los dadaístas berlineses y los pintores de la Nueva Objetividad, también se sumó como crítico e intelectual al ala disidente del Surrealismo, de Masson a Miró, contribuyendo a fundar la revista Documents, de la que sería secretario de redacción un joven e inesperado G. Bataille. Mantuvo una estrecha relación con Braque, Gris y Picasso, además de con otros muchos artistas de la vanguardia, publicando en 1926 una de sus obras fundamentales como es Die Kunst des 20. Jahrhunderts, con sucesivas revisiones hasta 1931.

Figura fundamental para comprender el significado de las vanguardias, Einstein es ahora reivindicado por fin en España, acompañando su apasionante y trágica historia intelectual y vital con más de un centenar de obras que no sólo ponen en valor sus publicaciones e iniciativas editoriales, sino que además se rodean de obras de los artistas que con él tuvieron una relación directa e intensa, así como con una treintena de esculturas africanas de aquéllas que le apasionaron durante toda su vida, mientras seguía con mirada rota y fascinado la experiencia del cubismo. Magnífica e imprescindible.

Cesare Pavese, a la deriva

Lumen edita 'Entre mujeres solas', una novela breve del malogrado escritor italiano


ÁLVARO CORTINA
El Mundo




En 'Entre mujeres solas', Turín es un lugar incierto y triste. La ciudad desmochada por el invierno, paredes de posguerra, mustias, decrépitas, como con sarna, la habitación de un hotel turinés, como una emboscada.

La trama, desnuda, se articula en torno a los grises neorrealistas de un enero que ya ha olvidado la Navidad (la feliz Navidad) pero que tiene muy presente sus fantasmas muertos en combate. Sus millones de fantasmas. Las mujeres hablan aquí unas con otras, en piña, pero no son orgullosas, ni guardan una especie de fraternidad sexista como las de 'Thelma y Louise'. Andan aquí las mujeres muy desconcertadas, removidas y a la deriva.

Cuando aparece Clelia, narradora y protagonista, ya llegando a su hotel, recién venida de Roma, una chica vecina de habitación casi consuma un suicidio por intoxicación con veronal. Sumen ustedes una ciudad extraña, un hotel, un invierno y el intento de suicidio de una jovencita. Pues eso es, básicamente, el universo Pavese. Aquí los personajes son una especie de desecho de varias promesas indebidas, de una frustración latente en cada línea de diálogo.

Cesare Pavese era un animal de hoteles, un solterón nómada. Si él escribió de 'Santuario', de Faulkner, que era una ficción policíaca con pretensiones, se podría decir de él que encontró la pretensión de su novelar en las almas tristes que pululan por la que era su ciudad, Turín, quizá con las que se topaba en el descansillo de su habitación numerada. Como un costumbrismo de naturalezas muertas. Descarrío de invierno el de Pavese, suicida con vocación que imaginaba en 'Entre mujeres solas' el drama del suicidio frustrado.

Suicidio como padecer, como acechanza

En su libro de culto, diario capital, 'El oficio de vivir', escribe: "Es preciso observar bien esto: en nuestros tiempos el suicidio es un modo de desaparecer, se comete tímidamente, silenciosamente. No es ya un hacer, es un padecer". La sombra de este suicidio persigue, como una enfermedad atmosférica, como un posible acceso de cansancio terminal, a la mujer entrada en años que dirige las páginas.

Clelia conoce a varias mujeres, y se cuentan escarceos y trivialidades, conversaciones banales, ellas, locuaces solitarias (en esto el título es muy concluyente), escandalizándose las unas a las otras en un mundo de tedio.

La mirada más adulta de Clelia resulta ser de altivo cinismo, de empático cinismo. Morelli, por su parte, es un conquistador con canas con el que comparte conversaciones y más tedio. Un inquietante desánimo imbuye 'Entre mujeres solas', cuando pesa el silencio entre conversación y conversación, cuando en el desdoblamiento de un espejo se respira enajenación y lejanía. Cuenta Clelia:

"-Conocí a una cajera en Roma -dije- que a fuerza de verse en el espejo, en el espejo de detrás del mostrador, se volvió loca. Creía ser otra".

La guerra forma terroristas

JUAN GELMAN
Cuba Debate



El Pentágono anunció con cierto orgullo que había alcanzado y aun superado sus metas de reclutamiento para el año fiscal 2007/08. En efecto: a fines de julio de este año lo había logrado ya en las cuatro armas –marines incluidos–, la guardia nacional y los cinco cuerpos de reservistas, con un total de más de 200.000 novatos incorporados. Lo que no declara es la calidad de los que se convertirán en soldados: por cuarto año consecutivo, el ejército estadounidense no consiguió que éstos posean el nivel de educación requerido, el bachillerato. No en vano siguen las bajas en Irak y Afganistán.

Ingresa, en cambio, otra clase de gente. Más del 11 por ciento de los reclutas necesitó permisos especiales porque había tenido o tiene diferentes problemas con la ley, un aumento del 8 por ciento en relación con el año anterior y el doble de la tasa registrada en el 2003, cuando EE.UU. invadió Irak (www.alternet.org, 22-12-08). “Es la receta del desastre –señaló Lawrence Korb, ex subsecretario del Pentágono durante el gobierno Reagan–. A largo plazo, puede crear un problema grave para los militares.” Pero metas son metas y hay que cumplirlas. Como sea. Tomando sobre todo en cuenta que el número de desertores se incrementó un 80 por ciento desde el 2003.

Abundan los alicientes económicos: más de la mitad de los reclutados en el período julio/septiembre del año pasado recibieron bonificaciones por valor de 20.000 dólares cada uno, con la obligación de presentarse al cuartel 30 días después del enganche para recibir entrenamiento básico (archives.chicagotribune.com, 11-10-07). Se juega con la pobreza de los jóvenes carenciados y haciendo espejear la posibilidad de una carrera. No sorprende que afroamericanos, latinos, asiáticos y nativos ocupen el 20 por ciento de esa nueva fuerza. La edad de la mayoría va de 18 a 24 años. Pero no sólo.

La Unión Estadounidense de Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés) ha denunciado que se busca atraer a filas a menores de 17 años, violando la Convención de los Derechos del Niño de la ONU: “El Pentágono recluta sobre todo en escuelas secundarias sin límites de edad de los estudiantes que contacta (informe ‘Soldiers of Misfortune’, www.aclu.org, 13-5-08). En el texto de esa investigación se subraya que el Pentágono invierte 6 millones de dólares por año en un videojuego llamado Ejército Estadounidense destinado a menores de hasta 13 años para ‘entrenarlos a usar armas y participar en combates virtuales y otras misiones militares’, enseñarles a disparar rifles automáticos y lanzagranadas y a saltar de un avión”. En septiembre del 2006 ya había 7,5 millones de inscriptos en el juego, con nombre y domicilio. Es un sitio que ofrece la lista ordenadita de potenciales reclutas.

Los líderes de algunos de los más de cien grupos de skinheads, neonazis y supremacistas blancos que medran en EE.UU. aprovechan el bajo nivel de las exigencias militares y alientan a sus miembros a enrolarse. Es un medio para adquirir capacidades operativas que de otro modo no tendrían, financiadas además por el Estado. Los fines de ese entrenamiento pueden verse en el blog www.arianwear.com utilizado por Aryan Wear Forum 14: un neonazi del grupo que firma “Sobibor’s SS” dice que tiene sus razones para ingresar al ejército, pero “por temor a que el gobierno me identifique no las puedo compartir aquí”. Meses antes las había explicado: “El día que se acaben los judíos, el mundo comenzará a arreglarse”. Sobibor fue el nombre de un campo de concentración nazi instalado en Polonia.

La banda skinhead Vinlanders Social Club (VSC) sube fotos a su web y puede verse la de un miembro con vestimenta de combate y manejando un Humvee en algún punto de Irak: “En otra misión de reclutamiento para VSC”, dice el epígrafe. El fundador de Militares de Piel Blanca se presenta como “cabo Burton”, habla de él en www.newsaxon.com y se explaya: “Amo disparar eficazmente a los hachies (iraquíes) con mi M16A2 de servicio”. El neonazi “88Soldado88” escribe en el sitio Sangre & Honor: “Espero que el entrenamiento me prepare para lo que deseo que venga”. El anónimo “Jacob Berg” agrega: “Sí, maté mujeres, sí, maté niños y sí, maté ancianos (en Irak). Pero la razón principal por la que estoy tan orgulloso de eso es porque matando a un tipo de piel oscura, muchos blancos vivirán para ver un nuevo amanecer” (www.splcenter.org, 15-12-08). No comments.

El atentado del neonazi Timothy McVeigh contra un edificio federal de Oklahoma City en 1995 causó la muerte de 168 personas y heridas a más de 500. Fue un ataque al gobierno central ejecutado por un veterano de la guerra de Vietnam. Washington no necesita importar terroristas. Los forma en las guerras que desata y los tiene en casa.

Un viaje al universo rupturista y maldito de la Velvet Underground


FERNANDO NAVARRO
El País


Ignacio Julià escribe la historia de la legendaria banda de Lou Reed y John Cale.

"Fueron la primera banda de rock vanguardista y la más grande. Fueron experimentales de verdad al explorar un territorio desconocido. Sus canciones no sólo sonaban diferentes sino que expresaban sentimientos verdaderos, actitudes y experiencias que nunca antes se habían escuchado en el rock". Con estas palabras, la célebre cabecera británica New Musical Express comenzaba en 1981 su descripción de The Velvet Underground. Por entonces, se cumplía una década de la disolución del grupo más ignorado en su época, pero cuyo legado terminó por situarlo entre los más influyentes de la historia.

En la actualidad, las cosas no han cambiado casi nada: decir Velvet Underground es todavía referirse a la quintaesencia de la ruptura, a la manifestación artística radical, al primer rock urbano y nihilista que acaba con toda inocencia. La trascendencia de la banda formada en 1965 por Lou Reed y John Cale sigue estando vigente.

En marzo de 2009 está previsto que se publique en Estados Unidos la que se antoja como biografía definitiva del grupo, The Velvet Underground Day-By-Day, escrita por el historiador y crítico musical Richie Unterberger. Y en España, Monster Records acaba de publicar Feed-Back, The Velvet Undreground: legend, truth. Ignacio Julià, director de la revista musical Ruta 66 y uno de los mayores expertos de la banda a nivel mundial, ha ampliado la semblanza que escribió hace más de 20 años para recoger por primera vez la historia de la Velvet desde su nacimiento en la Factory de Andy Warhol hasta nuestros días, con un Lou Reed practicando Tai Chi y un John Cale utilizando herramientas de ProTools para grabar discos de ese rock del que siempre huyó. El libro, pendiente de una futura edición en español, es una crónica oral a través de tres décadas de entrevistas con todos sus miembros, incluidos los desaparecidos Sterling Morrison y Nico, musa de Warhol y cantante en el primer álbum.

"Fue un grupo diferente en la escena americana porque albergaba dos estilos: la pasión por el rock de Lou Reed y Sterling Morrison, que partían de Bo Diddley y ese sonido, y el gusto europeo de Cale y Nico, que venían de una tradición de música clásica", explica Julià.

Pensaron en llamarse The Falling Spikes o The Warlocks, pero a Cale y Reed, que compartían apartamento en el 56 de Ludlow Street, les hizo gracia la portada de un libro tirado en la calle que se titulaba The Velvet Underground. En sus páginas se describía la corrupción sexual de la época. Un nombre (terciopelo subterráneo) perfecto para enlazar con las letras de unas canciones en las que se hablaba con crudeza de la heroína, los travestis y los sadomasoquistas que habitaban la parte oscura e intelectual de la ciudad.

En una cultura musical dominada a finales de los 60 por la psicodelia de la Costa Oeste, los velvets se presentaban en EE UU como el envés del sueño del flower power. La vida de la Velvet estaba en las calles, donde se refugiaban desheredados, trasnochadores y vividores.

El álbum del plátano diseñado por Andy Warhol, The Velvet Underground & Nico (1967), basta para medir el impacto artístico. Los chicos de la Factory parieron una obra imperecedera y un fracaso de ventas. Como el siguiente, White Light/White Heat (1968). Y como el resto de discos, ya sin Cale tras los constantes choques de ego con Reed. Era el destino: la Velvet Underground sólo duraría seis años y nunca tendría un éxito, salvo uno: influir en la historia del rock hasta ser parte de ella.

Incisivas incisiones


DELFÍN RODRÍGUEZ
ABC




Son, las fotografías de los grafiti de Brassaï (1899-1984), como la piel de la vida y de la muerte, de la inocencia y de la desesperación, de la pasión y de las revoluciones, dejados olvidados en paredes y muros, lenguajes esquemáticos y rotundos como si fueran -que lo fueron siempre- textos escritos y figurados con la urgencia de la necesidad o del deseo en la superficie de la materia, rudamente, hiriendo expresivamente esas superficies de sacrificio que son los muros en el interior de las ciudades, en su aparente exterior, lo que no es sino la más trágica o inocente de las interioridades, aunque estén en las calles, en lugares suburbanos o céntricos, marginales o monumentales, siempre azarosos, como perdidos y nómadas, «espacios del adentro», como escribiera Henri Michaux y recordara el propio Brassaï en un texto de 1958.

Levedad de una obsesión. Además, los grafiti -que le obsesionaron y apasionaron toda su vida- tienen de antiguo una rara cualidad, y es la de que no pesan, ya que poseen curiosamente la levedad de los grutescos, sin sombras ni volumen, sin profundidad, como no sea los que les proporciona el propio soporte del muro o de la pared en su accidentado existir, o la que les otorga la materia con la que pueden estar hechos, que, a veces, les concede relieve y, otras, la dimensión de la hendidura, tan expresiva de los sentimientos y emociones de la mano -anónima casi siempre- que la realiza, del mismo modo que ocurre con el leve espesor que puede dejar una tiza o un poco de pintura.

Los grafiti fueron confiscados brillante e intencionadamente de su destino efímero gracias a las deslumbrantes fotografías que Brassaï comenzara a realizar al inicio de los años treinta, siguiendo en cierta medida la tradición reciente de los ejemplos de fotografía comprometida con lo cotidiano de Eugène Atget, que ya había apasionado a algunos surrealistas, especialmente a Man Ray. Convertidos en fotografías tantas veces nocturnas, con la luz propia y posible del momento en el que fueran realizados, como en complicidad con los anónimos autores de los grafiti, Brassaï no sólo se convirtió en el insólito «ojo de París», como escribiera su amigo Henry Miller, sino que consiguió, al aislarlos y descontextualizarlos, crear tanto un documento de lo extraño, de lo marginal y periférico, de lo extraviado, de lo más íntimo y sin tiempo del ser humano, como un paseo antropológico tentado por lo primitivo e infantil, por lo originario y lo metropolitano, público y privado a la vez, exterior e interior de lo que no se dice, y, sin embargo, es sentido profundamente, a pesar de sus lenguajes formalmente frágiles pero intensamente potentes e inquietantes, como si fueran el lado oscuro de la vida -el más habitual, sin embargo- de cualquiera, de todos, históricamente reprimido por la sociedad y la cultura, por las convenciones.

Espejo de nosotros mismos. Lo más fascinante es que, cuando Brassaï fotografía los grafiti, los aísla, los separa de los muros, los convierte en obras de arte llenas de misterio, inexplicables, y, sin embargo, tan cotidianas que todos nos reconocemos en ellas, todos hubiéramos podido ser sus autores, como si una pulsión incontrolada recorriera como un temblor la vida y su necesidad de expresarnos de esa manera, de la mesa del estudiante al papel, de la tierra a los árboles, de los muros a las paredes, de las piedras a cualquier recóndita superficie.

Lienzos metafóricos que su fotografía -la fotografía- convirtió en obras de arte, porque supo mirarlos con esa intención y hacerlos coincidir con las obras y los intereses de sus muchos amigos artistas de la vanguardia de entreguerras y después, de Klee a Picasso, de Miró a Man Ray, de Dalí a Dubuffet, de los surrealistas a los informalistas y tachistas, pintores matéricos y otras opciones, incluido el mismísimo Tàpies, que así lo reconocía hace muchos años -y se reproduce en el catálogo un magnífico texto del pintor catalán- o el propio Cuixart. Basta recordar algunas obras de esos años de Dau al Set para comprobarlo.

Se trata -la revolución de Brassaï con sus grafiti- de una extraordinaria coincidencia o complicidad entre la fotografía y el arte de la vanguardia. Lo que habría podido ser entendido como un documento visual (ya fuera sociológico, antropológico o histórico) fue por él transformado en fotografía de vanguardia, en obra de arte, gracias a encuadres y luces, a su condición fragmentaria; al misterio de la materia presentada y representada, a los trazos y hendiduras de las palabras y de las figuras; a sus relieves, con fotografías de luces rasantes, sin tiempo, pero con apasionada tendencia por la nocturna, es decir, artificial o selénica, como hiciera en algunas otras de sus series como la impresionante Paris de nuit (1932), que coincide con las primeras de sus fotografías de grafiti que atrajeron rápidamente a los surrealistas, aunque siempre anduviera con ellos como un compañero de viaje, nómada él mismo.

Primeras veces. Precisamente, en Minotaure publicaría sus primeras fotografías y sus primeros textos al respecto, casi en coincidencia con las que hizo para revelar esculturas involuntarias con el mismo Dalí y para la misma publicación que llevaban sus amigos Tériade y Eluard. Después vendrían la atracción de Dubuffet o Tàpies y de tantos otros por su obra y sus antológicas sobre sus grafiti, primero en el MoMA de Nueva York (1956) y después en el Institute of Contemporary Art de Londres (1958).

Fotógrafo excepcional, escritor, ensayista, corresponsal de prensa, formado también en Berlín, «ojo de París» y amigo -y fotógrafo- de los artistas más decisivos de la vanguardia histórica del siglo XX, Brassaï, como si ya estuviera fuera del tiempo, tan actual como su obra, expone ahora sus grafiti en el Círculo de Bellas Artes.

No sólo creo que es una exposición estelar, sino que además coincide con la de Jean Dubuffet y el idioma de los muros que tanto le debe, y no sólo por su relación amistosa durante los años cincuenta. Imágenes improvisadas, veloces, clandestinas, a veces manchas y otras veces brochazos de rabia, en ocasiones, aprovechados deterioros o agujeros de la piel de la pared, como en un palimpsesto aparentemente destinado al reino de lo que nunca se recuerda, al del olvido, que fueron con Brassaï recuperados para la memoria de manera fascinante.


¿Para cuándo un SMI de rango europeo?

JOSÉ ANTONIO PÉREZ
Rebelión



El último consejo de ministros del año acaba de fijar el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) en 624 euros mensuales. Una más que discretísima cuantía que ha suscitado las críticas de turno. De un lado, los sindicatos, entonando su ritual jaculatoria de que el aumento es insuficiente, aunque no es previsible que éstos se enfrenten al Gobierno por tan poca cosa. De otro lado, los apocalípticos de turno, léase propagandistas de la fe neoliberal, que sostienen que un trabajador que esté cobrando el SMI corre el riesgo de ser despedido si aumenta la cuantía del ingreso.

¿De verdad alguien en su sano juicio puede pensar que un patrón vaya a despedir a su empleado por pagarle 24 euros más al mes? Es posible que el patrón que tenga un asalariado en estas circunstancias se lo pensara dos veces en caso de que el gobierno doblara la cuantía del SMI. Pero cuando lo aumenta en un 4%, porcentaje inferior a lo que van a subir, por ejemplo, las tarifas del transporte madrileño, neoliberalmente gestionado, los lamentos son lágrimas de cocodrilo. Y que conste que doblar el SMI no es ninguna locura: su cuantía es de 1.293 euros en Irlanda, y cifras de ese orden se pagan en Holanda, Reino Unido, Bélgica y Francia en concepto de remuneración mínima.

Casi todos los países miembros de la OCDE tienen establecido algún tipo de salario mínimo cuya cuantía es fijada por el gobierno. La Carta Social Europea recomienda que el importe de esta retribución mínima se sitúe en torno al 60% del salario medio. También en este aspecto España se encuentra a la cola de Europa, como reflejan los datos de Eurostat, la oficina estadística comunitaria.

Una de las promesas electorales que el Rodríguez Zapatero cumplió en su primer mandato fue la de aumentar progresivamente la cuantía del SMI hasta situarlo en 600 euros mensuales en 2008. Cifra que todavía se halla muy lejos de las pautas marcadas por la Carta Social Europea, aprobada por el Parlamento Europeo, que exige que el SMI se sitúe en el 60% del salario medio. Lo que significaría que en España ese suelo mínimo salarial debería ser de 960 euros.

Por sí mismo, un salario mínimo situado en niveles muy bajos tiene una importancia relativa, ya que, salvo para trabajos de bajísima cualificación, nadie acepta un empleo en esas condiciones. En el caso español, la oficina de Eurostat calcula que tan sólo el 0,6% de la población laboral percibe el SMI: unas 130.000 personas, según datos de la Seguridad Social. Por otro lado, este tope mínimo afecta a aquellos convenios colectivos que utilizan el SMI como referencia para diferentes conceptos. El Ministerio de Trabajo calcula que hasta un 5% de los asalariados (alrededor de 800.000 personas) se ven afectados por la subida de esa renta mínima.

Por otro lado, hay empleados que ni siquiera alcanzan la retribución del SMI, sencillamente porque tienen empleos de duración inferior a la jornada normal. Según el sindicato Comisiones Obreras, en mayo de 2008, había en la comunidad de Madrid 704.184 trabajadores cobrando menos del salario mínimo. Entre las profesiones que reúnen estas condiciones destacan los cuidadores de ancianos o niños, reponedores de grandes superficies, teleoperadores, cajeros, camareros y empleadas de hogar, pero también periodistas, informáticos, diseñadores, profesores o becarios. Se trada de empleados que trabajan por horas, a tiempo parcial, con jornadas reducidas y sin horario laboral definido. Los afectados tampoco disponen de convenio colectivo, tienen contratos basura, están subcontratados o al servicio de empresas de trabajo temporal.

La verdadera importancia del salario mínimo consiste en que constituye una referencia moral, política e incluso psicológica para el resto de prestaciones del sistema de protección social. Por ejemplo, existe un consenso generalizado sobre la idea de que, para no desincentivar el trabajo, las prestaciones de auxilio a la pobreza y el subsidio por desempleo deben ser inferiores a un salario normal. Es obvio que cuando se toma como referencia un índice tan bajo con el SMI español, las prestaciones “no desincentivadoras” habrán de ser necesariamente de miseria. Por lo que no es extraño que sus cuantías se sitúen por debajo del umbral de pobreza.

París descubrirá en una muestra el compromiso de Centelles


ELIANNE ROS
El Periódico de Catalunya






El Jeu de Paume expondrá en junio fotos de refugiados españoles en Francia. Las imágenes se exhibirán a finales del 2009 en el Centre d'Art Santa Mònica.


Con la organización de una exposición centrada en las imágenes captadas por Agustí Centelles durante su estancia en el campo de refugiados de Bram, en el sur de Francia, el museo Jeu de Paume de París aborda un tema que continúa siendo un tabú para el país de los derechos humanos: el trato dado a los exiliados de la guerra civil española. La catalana Marta Gili, que desde hace dos años dirige el centro dedicado a la imagen, quiere que la muestra sirva también para dar a conocer al Robert Capa español y su mirada comprometida sobre una cuestión "tremendamente contemporánea".

La misma retrospectiva viajará en el cuarto trimestre del 2009 al renovado Centre d'Art Santa Mònica, ubicado en la Rambla de Barcelona. Gili es consciente de que la exposición, programada para junio en París, rompe "el tabú de cómo vivieron los españoles en el sur de Francia", un asunto tan incómodo e intocable como "la guerra de Argelia". Centelles plasmó las infrahumanas condiciones de vida de los republicanos en el campo de hombres de Bram y en su diario reflejó el sentimiento de desarraigo, abandono y desazón ante el trato recibido por un país que no les acogió con los brazos abiertos.

CUADERNO DE VIVENCIAS

Ambos aspectos se entrelazarán en la muestra parisina, donde las imágenes de Centelles serán proyectadas una tras otra mientras una voz en off leerá fragmentos del cuaderno en el que el fotógrafo narró sus vivencias. Se construirá así un relato que pretende "descubrir el estatus del refugiado" y de la "atrocidad" de un campo visto desde dentro.

"Centelles trata un tema actual, que estamos viendo cada día en los medios de comunicación. Su diario es muy enternecedor", subraya Gili. "Es interesante mostrar cómo en situaciones de conflicto hay siempre una masa de gente que huye, que de repente molesta, que es distinta, tiene otras costumbres, come diferente...", reflexiona la directora.

EL DEBATE DE LA MEMORIA HISTÓRICA

Aprovechando el 70° aniversario de la guerra civil española, Gili se propone trasladar a Francia "el debate sobre la memoria histórica", además de dar a conocer el trabajo realizado por un fotógrafo español que, como tantos otros, quedó tapado por la atención que despertó el conflicto entre reporteros extranjeros del talento de Capa. "Fuera del país nadie conoce a Centelles. Nunca se ha dado importancia a los fotógrafos españoles y es hora de hacer justicia".

La directora del Jeu de Paume ha cambiado la imagen de esta solemne institución parisina combinando exposiciones que atraen a un amplio público, como la dedicada a Richard Avedon, con otras de artistas contemporáneos cuyo trabajo no se limita a la fotografía y que tratan la imagen con los soportes actuales (vídeo, informática).

Avedon se convirtió en el acontecimiento cultural del pasado verano batiendo récords con más de 250.000 de visitantes. Es lo que Marta Gili denomina un "blockbuster o exposición de autorreconocimiento", como lo está siendo ahora la dedicada a Lee Miller, que en menos de un mes ha cautivado a 60.000 personas. Un buen promedio si se tiene en cuenta que el espléndido espacio solo puede acoger a 250 personas al mismo tiempo.

IMAGEN Y DISCURSO

A base de mezclar muestras de nombres legendarios con las de artistas contemporáneos --en este momento, el barcelonés Jordi Colomer--, Gili ha cambiado la imagen del Jeu de Paume, "encasillada en la fotografía", para convertirlo en un centro dedicado a la imagen. "Hay otras maneras de contar el mundo porque hay otros medios. La imagen por sí misma no es interesante, sino el discurso, el relato que pueda suscitar a nivel social, histórico, político, cultural. Es decir, que nos haga pensar".

Una matanza que generará más muertes


TXENTE REKONDO
La Haine





Desde Tel Aviv se ha mandado un claro mensaje a Barack Obama: los dirigentes sionistas de Israel están dispuestos a seguir con su genocidio contra el pueblo palestino.

La última masacre perpetrada por Israel contra la población palestina supone un salto cualitativo y cuantitativo en el enfrentamiento de la región. Las consecuencias de esa matanza se harán más visibles a lo largo de los próximos meses y la inestabilidad se acentuará.

La rabia y estupor que genera esa política de genocidio contra el pueblo palestino contrasta con la condescendencia que algunos medios y sectores muestran ante tamaña brutalidad. Llama la atención que aquellos que hipócritamente dicen defender el valor de la vida humana por encima de todo o que "ningún proyecto vale la vida de una sola persona", prefieren presentar la muerte de cientos de palestinos como las consecuencias "de la guerra", en la que al parecer las únicas víctimas son los militarizados colonos que ocupan las tierras palestinas y los civiles que sostienen un régimen fundamentalista y reaccionario como el sionismo israelita.

Cabría preguntar a esos sesudos analistas que desde la distancia pretenden abordar la realidad del pueblo palestino, si en el caso del estado de Israel, ese proyecto sí puede generarse a costa de las tierras y vidas de todo un pueblo.

La distorsión malintencionada del proceso electoral en Palestina, donde Hamas logró la mayoría parlamentaria en unas elecciones que cumplieron los cánones exigidos en cualquier estado occidental, ha generado una división formal entre los representantes palestinos, sobre todo entre Hamas y Al Fatah. Y los dirigentes sionistas han aprovechado esa situación para aumentar esa fractura política.

Las conversaciones y negociaciones entre Hamas y Al Fatal para buscar una solución a la división política de facto entre Gaza y Cisjordania no eran del gusto de Tel Aviv y cualquier acercamiento palestino suponía un serio revés para la política sionista de "divide y vencerás".

Pero además hay otras claves para afrontar el ataque indiscriminado de Israel y las probables consecuencias en el futuro más inmediato.

La cercanía electoral es una de ellas. El próximo mes de febrero se celebran las elecciones parlamentarias israelíes y es muy probable que el vencedor sea el ultrareaccionario Likud, con su dirigente y halcón sionista, Benjamín Netanyahu, como el principal beneficiario de esta nueva crisis. El posicionamiento de buena parte de la sociedad israelí hacia posturas más reaccionarias y militaristas es algo que se percibe sociológicamente, a pesar de los esfuerzos de pequeñas minorías de ciudadanos que pretenden buscar una salida negociada y definitiva al conflicto con Palestina.

También la clave electoral sobrevuela buena parte de las disputas entre Hamas y Al Fatah. El nueve de enero acaba teórica y legalmente el mandato del presidente palestino, Mahmoud Abbas, quien debería ceder sus poderes al presidente del Parlamento, Abd al-Aziz Dweik, miembro de Hamas. Sin embargo, Abbas no está por la labor y pretende convocar las elecciones presidenciales al mismo tiempo que las parlamentarias (que deberían celebrarse en enero del 2010). Hamas se opone al adelanto de las elecciones parlamentarias, ya que en esta coyuntura, con sus dirigentes y representantes presos el margen para la celebración de unas elecciones libres es mínimo.

La radicalización del movimiento islamista, o de algunas manifestaciones de éste, pueden ser otra de las consecuencias de esta maniobra de Israel. Desde hace algún tiempo se ha venido constatando el flujo de militantes jihadistas desde Iraq a otros países vecinos como Libano, Jordania o Siria. Si en el pasado era movimientos puntuales y de tránsito, ahora se ha podido observar que algunas formaciones han asentado sus operativos en esos estados, y su disposición a actuar dentro de esas fronteras crece cada día.

La presencia de organizaciones salafistas en Palestina es pequeña de momento, pero el apoyo de Arabia Saudí a éstas les puede permitir desarrollar una estructura estable en la zona. Grupos como Jaysh al-Islam (el ejército del Islam) son utilizados para debilitar a Hamas y buscar dificultar la labor política y social del movimiento de resistencia. Esta táctica, ya utilizada en el pasado en Palestina, con otros actores, para debilitar las fuerzas laicas y progresistas palestinas, se ha mostrado con el tiempo muy peligrosa. Alimentar este tipo de organizaciones y utilizarlas en una determinada dirección puede dar frutos a corto plazo, pero con el tiempo pueden acabar volviéndose contra las manos que les alimentan y sostienen.

Los países vecinos también se han mostrado preocupados por el cariz de los acontecimientos, no tanto por el sufrimiento de "sus hermanos palestinos" a los que hace tiempo abandonaron a su suerte, sino por las consecuencias que pueden generarse para sus propios intereses. El auge de vías electorales como la de los Hermanos Musulmanes en Egipto o Jordania, ponen muy nerviosos a los gobiernos colaboracionistas de la zona, y este tipo de matanzas no hace sino alentar las posturas de las organizaciones islamistas, tanto las de carácter armado como las electorales.

Los "vendedores y apologistas" del cambio de Obama se van a encontrar con una nueva oportunidad para la especulación interesada. Una mirada detallada a los apoyos que ha recibido en campaña el futuro presidente de Estados Unidos, y los nombramientos que ha realizado en su equipo de gobierno, nos permite observar cómo el lobby sionista ha movido fichas y ha colocado importantes figuras en el nuevo gobierno estadounidense. De ahí que aventurar un giro o un cambio de Washington hacia la política en la región es una somera ingenuidad o una indeclarada mala fe.

Unido al cambio presidencial en EEUU también cabría interpretar el ataque israelí. Ya que desde Tel Aviv se ha mandado un claro mensaje al futuro ocupante de la Casa Blanca, y éste no es otro que los dirigentes sionistas en Israel están dispuestos a seguir con su genocidio contra el pueblo palestino, y para ello, Washington debe seguir siendo el colaborador internacional que esa política de aniquilamiento necesita.

La "operación plomo sólido" lanzada por Israel tiene los visos de repetir los errores del pasado, y más allá del dolor y la rabia esta estrategia sionista está condenada nuevamente al fracaso, como lo han estado las anteriores campañas y masacres cometidas por Israel. Hamas ha demostrado su capacidad para continuar celebrando manifestaciones masivas, como la concentración de hace unos días en Gaza, además el movimiento islamista ha sido capaz de reponerse a cada golpe asestado por las fuerzas israelíes, y "cada comandante o dirigente preso o muerto, es sustituido por otros inmediatamente", dando muestras de la capacidad de generar una estructura capaz de hacer frente a una de las maquinarias militares más poderosas del planeta.

A pesar de todo, el escenario futuro no seguirá el guión de los halcones de Israel. Por un lado la capacidad de regeneración del pueblo palestino y de movimientos como Hamas se ha demostrado constantemente. Por otro lado, el apoyo de Tel Aviv a la política colaboracionista y corrupta de Abbas acabará siendo la puntilla para un movimiento como al Fatah, al que algunos lo consideran "en situación terminal". Sin un programa político reconocible, sin una dirección legitimada, al mismo tiempo fragmentada y corrupta; como bien señalaba un militante de al Fatah en Ramallah, "mientras nos estamos desintegrando, Hamas espera a que esto ocurra. Tenemos unos dirigentes que no podemos reemplazar y unas bases a las que no podemos satisfacer".

Además, el acercamiento de Abbas a Israel le hace ser percibido cada vez más como un claro colaboracionista de la ocupación, algo que la mayor parte de la población palestina rechaza con contundencia, tal y como lo hacen todos los pueblos sometidos y ocupados en otras partes del mundo.

El proyecto fundamentalista y sionista que representa el estado de Israel ha abierto nuevamente "las puertas del infierno" tras su ataque contra Gaza, pero esa dinámica genocida puede acabar volviéndose en su contra, y ese fuego y dolor que tan alegremente lanza contra Palestina puede quemar el propio proyecto

Joan Brossa, la poesía más allá del papel


ALBERT LLADÓ
Revista de Letras




Poesía, teatro, circo, magia, ópera, escultura… Para Joan Brossa, el arte y la comunicación estética no tenían género ni fronteras. El 30 de diciembre se cumple el décimo aniversario de su muerte y, por ello, desde Revista de Letras hemos querido recordar su inconformismo creativo y su, indiscutible, genialidad.

El nuevo surrealismo (1943-1950)

Joan Brossa participa, con sólo 17 años, en la Guerra Civil. Allí, se aficiona a la escritura. Y en 1941, cuando vuelve a Barcelona, conoce al poeta J.V. Foix, que le influye profundamente. Es la época que conoce, también, a Joan Prats y Joan Miró, y que se interesa cada vez más por las lecturas de Freud. Para expresar las ideas que le vienen del subconsciente, empieza a hacer poemas visuales con imágenes que llama “hipnagógicas”.

En 1948, crea la revista “Dau al set” con artistas como Antoni Tàpies, Joan Ponç, Joan-Josep Tharrats y Modest Cuixart, entre otros. Es entonces cuando, aparte de escribir versos y prosas breves, se interesa por el teatro, que define como “poesía escénica”. Los diálogos de los personajes, que parecen absurdos y sin trascendencia, le sirven para seguir investigando en temas como el amor, el paso del tiempo o la muerte.

El compromiso político (1950-1960)

Separar la obra de Brossa en etapas claramente marcadas, tal vez, es un error. Pero es cierto que, sin dejar de escribir sonetos o sainetes, los años cincuenta son la época donde se agudiza su compromiso político, el interés por la cotidianidad y la defensa de la patria catalana, coaccionada por el franquismo. Pasa de hablar del subconsciente a obsesionarse por la realidad más cercana y asfixiante.

Es el contacto con el poeta brasileño Joao Cabral de Melo lo que le hace iniciar un camino estético que poco tiene que ver con lo que hacían otros poetas del momento, inmersos en el post simbolismo. Joan Brossa no está de moda, es muy desconocido todavía, pero esta denuncia de la realidad política más oscura hace que utilice cada vez más la oda sáfica, que antes habían utilizado Verdaguer o Guimerà.

La búsqueda de la esencia (1960-1975)

Cada vez más, el poeta se da cuenta del poder representativo de las letras. Ve en el blanco del papel más protagonismo y comienza una búsqueda hacia la síntesis más radical. Encuentra las esencias en la poesía visual que, poco después, sí le hará famoso.

Son años de experimentación. Hay que investigar nuevos lenguajes y collabora, habitualmente, con artistas plásticos. Recoge este pensamiento, donde reconoce la poesía visual como una excelente forma de expresión contemporánea, en “La poesía en presente”, en los Juegos Florales de 1985. Sin dejar de utilizar la métrica tradicional en algunos de sus textos, trabaja más el poema objeto.

El Brossa público (1975-1998)

Joan Brossa es conocido, sobre todo, a partir de los años ochenta. Y lo es, aunque ha escrito más de trescientas obras de teatro y más de ochenta textos literarios, por su obra plástica y como el maestro moderno de la poesía visual.

A raíz de la “Exposición antológica de poesía visual y poemas objeto” en la Fundación Miró, en 1986, Brossa se convierte en un hombre público con un ritmo de trabajo frenético. Los ayuntamientos, y varios arquitectos, le empiezan a hacer encargos y, por ello, es fácil encontrar obras suyas en las calles de Cataluña y en el extranjero, en países como Alemania o Cuba.

Alienación social y global


FERNANDO CASTRO FLÓREZ
ABC




Uno a uno, con dificultad, una serie de sujetos caminan por encima de moldes para encofrado hasta la maqueta de un edificio en una especie de fábrica destartalada. Allí miran de frente, podría decirse que «posan» y desaparecen en un fundido cinematográfico. Retratos de sin techo, alquilados e hipotecados es una sedimentación más de la preocupación política de Chen Chieh-jen, que ha sabido mostrar, desde su tremendo vídeo Lingchi (2001), hasta Tribunal militar y prisión (presentado en el ciclo Producciones del MNCARS este mismo año), la relación entre fotografía, sufrimiento colectivo e impotencia social. En un texto reciente se preguntaba cómo se pueden dar a conocer y reflejar las voces «discrepantes» que existen hoy entre las razas, las sociedades y las distintas clases.

Chen Chieh-jen está convencido de que en Taiwán se aplicaron las técnicas de la «neurocirugía» para anular el pensamiento crítico y mantener sometida a la población. Incluso con el disfraz neoliberal, continua la Ley Marcial. El artista, sumamente riguroso, compone un obsesivo autorretrato de la sociedad amordazada que, al mismo tiempo, asiste estupefacta a los rituales «conmemorativos». Y toca un tema que es tan agudo en su país como en el nuestro o en el resto del planeta: la dificultad para conseguir una vivienda o poder pagarla. Tal vez hemos perdido la posibilidad hasta de escandalizarnos cuando los Estados acuden a «salvar» a los bancos y a las instituciones que son uno de los agentes de la miseria abismal en la que nos precipitamos. La sobria escenificación de los individuos encaminándose hacia la «promesa de felicidad» que supone un bloque de viviendas está llena de amargura. Los rostros desolados y los restos acumulados en torno a la «construcción» revelan que no hay aquí ninguna esperanza mesiánica.

Delito individual. «Considerada la naturaleza del juego actual -apunta Zygmunt Bauman en Trabajo, consumismo y nuevos pobres-, la miseria de los excluidos -que en otro tiempo fue considerada una desgracia provocada colectivamente y que, por lo tanto, debía ser solucionada por medios colectivos- sólo puede ser redefinida como un delito individual». Los pobres no son únicamente los marginados de la sociedad de consumo; más bien son los enemigos declarados de la sociedad.

En la lógica de la exclusión es determinante la figura del pobre como aquél que no puede ajustarse a la norma, sujetos frente a los que la sociedad reacciona con una mezcla de temor y repulsión pero también con misericordia y compasión. Nos complace pensar que la pobreza es un «destino» o una determinada relación (o falta de ella) con los bienes, cuando es un estatuto social. Necesitamos volver a los excluidos, literalmente invisibles, mantenerlos permanentemente fuera de lugar, ajenos a nuestro efecto de club. Al mismo tiempo, los medios «se acercan» constantemente a la miseria, aunque, como señaló Walter Benjamin, hay en esa práctica «fotográfica» un afán por convertir en objeto de consumo el dolor ajeno y la desigualdad.

Los medios arrojan carnaza a la mala conciencia occidental, buscando conmover ante espectáculos de dolor que incluso llegan a calificarse como «inexplicables» o inhumanos, cuando pertenecen a nociones antagónicas a las manejadas. Pierre Bordieu señaló que la fotografía misma no es más que la reproducción de la imagen que fabrica un grupo de su propia integración, y, por tanto, podríamos señalar que las de la pobreza muestran lo que está desintegrado, aquello que sólo puede reaparecer en una «liturgia visual» que es propiamente un escamoteo. Acaso los sin techo sean parte del encofrado sobre el que caminan precariamente en el vídeo de Chen Chieh-jen, esto es, su (in)existencia es el límite que mantiene los deseos y los miedos del domicilio.

Podríamos aceptar, con Kracauer, que la planetarización de los medios de comunicación y la conversión de la mirada en «dispositivo fotográfico» abrieron una tendencia a la destrucción de los procesos cognitivos y mnemónicos. Y, sin embargo, nosotros estamos fascinados por lo tipológico, entregados gozosamente al mal de archivo. Los homeless son sujetos que han quedado fuera de ese archivo que ofrece legitimidad; su precaria existencia está sometida a la ficha y a la pérdida: a lo penal y a lo psiquiátrico. Chen Chieh-jen, que se crió frente a una prisión militar en Taiwán, no ceja en su empeño de intentar comprender o retratar el poder político y mediático que «conserva el orden social».

Esclavos y alienados. Chen Chieh-jen hace visible el esclavismo y la alienación de la economía global. Sus «actores» saben lo que están haciendo porque no son otra cosa que gente que apenas puede pagar el miserable espacio en el que viven e, incluso, uno de ellos carece de techo. En realidad, ya nada puede cubrirnos. Acaso lo que vemos retratado en el video de Chen sea la multiplicidad e indiferenciación del Homo Sacer. La vida está expuesta a una violencia sin precedentes, incluso cuando lo que hipnotiza al común sea lo descaradamente banal. El estado mental contemporáneo es catatónico; ha bastado con encementar la tierra hasta sus confines, con vender el sueño sórdido de la vida adosada, con hipotecar toda esperanza. Ahora algunos se rasgan las vestiduras, pero sabían de sobra que el sistema (una basura) no tenía ningún crédito.

Calla el dramaturgo rebelde Harold Pinter



JESÚS ALEJO
Milenio




Artista comprometido, el poeta y dramaturgo británico, galardonado en 2005 con el Nobel de Literatura murió a los 78 años.

No pudo asistir a recibir el Premio Nobel de Literatura, en 2005, por recomendaciones de su médico, pero ello no le impidió pedir un juicio contra el presidente estadunidense, George W. Bush, y contra el primer ministro británico, Tony Blair, en la Corte Penal Internacional en La Haya por crímenes de guerra en la invasión a Irak.

“La invasión a Irak fue un acto de bandidos, un acto de terrorismo de Estado abierto, que demostró el desprecio absoluto por el principio del derecho internacional”, dijo en aquel momento.Dicho discurso, grabado por Harold Pinter poco antes de ingresar al hospital, refleja la estatura política e intelectual del dramaturgo, considerado como la espina dorsal del teatro británico y, en particular, una voz rebelde, un activista político muy crítico, en especial con los gobiernos de Londres y Washington.

El escritor y dramaturgo británico, falleció el miércoles por la noche a los 78 años tras una larga batalla contra el cáncer, dio a conocer su segunda esposa. “Era un gran hombre y fue un privilegio vivir con él durante más de 33 años. Se quedará para siempre en nuestra memoria”, declaró Antonia Fraser al anunciar el fallecimiento del creador, a causa de un cáncer de esófago diagnosticado en 2002.

El autor de obras como La fiesta de cumpleaños, traducida por Carlos Fuentes en México, El regreso a casa o El guardián nocturno, por mencionar sólo unas cuantas de las más de 30 que conforman su bibliografía, también fue poeta, actor y guionista.Pero ante todo fue el eje del teatro británico, donde se impuso con un inequívoco estilo hecho de pausas, modismos y juegos de palabras para intentar clarificar las personalidades de los protagonistas de sus obras. Para Pinter, el silencio podía expresar incluso más violencia que la palabra más dura.

La Academia Sueca reconoció al autor británico por sus “obras, en las que descubre el precipicio que hay detrás de los balbuceos cotidianos y que irrumpe en los espacios cerrados de la opresión”.“Estoy muy conmovido. Es algo que no esperaba para nada en ningún momento”, comentó un Pinter ya frágil de salud a la puerta de su casa en Londres, tras conocer que le habían concedido el Nobel, en 2005.

Ciudadano del mundo

Hijo de un sastre judío, Pinter nació el 10 de octubre de 1930 en Hackney, un barrio popular del este de Londres.

El éxito le llegó con El guardián nocturno, obra que transformaría en guión cinematográfico para ser filmada en 1963. Años después volvió a dejarse seducir por el cine al escribir otros guiones como el de La mujer del teniente francés.Su estilo muy peculiar, que incluye largos silencios y la jerga de su barrio, causó tal impacto en su época que el prestigioso Oxford English Dictionary acuñó el término “pintoresco” para referirse a él.

Este artista comprometido era considerado un rebelde antiimperialista y defensor de los derechos humanos, que si bien llegó a pedir la comparecencia ante la Corte Internacional de Justicia de Tony Blair y George Bush por haber desencadenado la guerra en Irak, ya desde los años ochenta había sido un crítico mordaz de la política del presidente estadunidense Ronald Reagan y de Margaret Thatcher, entonces primera ministra británica.

Más tarde Pinter descargó su ira contra la acción de la ONU en Kosovo (1999), la invasión norteamericana de Afganistán (2001) y la guerra en Irak (2003), describiendo a Tony Blair como “un idiota lleno de ilusiones” y calificando a Bush de “criminal de guerra”.

Harold era un personaje en política, un polemista que libró una lucha sin cuartel contra la política exterior estadunidense y a veces contra la británica. Pero en la vida privada, era el más leal de los amigos y un hombre rebosante de generosidad. “Era tan gran hombre como gran dramaturgo”, dijo de él su amigo y biógrafo Michael Billington, a la televisión Sky News.

Durante su vida, Harold Pinter se sintió obligado a tomar partido político como “ciudadano del mundo”, con lo cual abrazó causas como el desarme nuclear, la defensa de Cuba frente al embargo estadunidense y el rechazo del bombardeo de la OTAN en Serbia en 1999.

Dramaturgo, director, actor, poeta y activista político, Harold Pinter dejó dicho que su vida literaria no fue más que “una vida de placer, desafío y entusiasmo”. La agente literaria de Pinter, Judy Daish, dio a conocer que sus funerales serán privados, sin especificar la fecha.

Claves

Lúcido e intransigente

Harold Pinter fue un intelectual con posicionamientos políticos claros, que defendía sin ambages. El presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, recordó a ese rebelde antiimperialista y defensor de los derechos humanos como un “humanista lúcido, intranquilo e intransigente”, y con un “temperamento contestatario y heterodoxo”.

“El premio Nobel atribuido en 2005 significó una consagración tardía para su inmensa obra, pero también un homenaje al valor y al compromiso de un hombre contra todas las formas de barbarie, un hombre que renunció al confort de la notoriedad para caminar siempre sobre la cuerda floja.”

El dramaturgo, disidente y presidente checo Vaclav Havel subrayó que “fue de gran importancia la solidaridad que Harold Pinter manifestó hacia mí y hacia mis amigos en la época de nuestra resistencia” contra el régimen comunista desaparecido en 1989.

Descubriendo al vampiro del soul


ALFONSO CARDENAL
El País




Nos adentramos en Vampisoul, uno de los sellos españoles con más proyección en el extranjero.

Vampisoul nació en 2003 por iniciativa de Iñigo Pastor y desde entonces se ha convertido en todo un referente en la edición de música negra que va consolidándose en los mercados extranjeros. Se dio a conocer con el brillante recopilatorio Back to Peru sobre la escena psicodélica peruana de finales de los sesenta. Desde entonces su trabajo se ha enfocado en dos direcciones, recopilar y rescatar. Tanto editan una obra perdida de algún grande olvidado, como crean su propia recopilación de la música que se hacía en un lugar en un momento determinado de su historia. "Hay una necesidad de reeditar montones de cosas que son desconocidas para el gran, pequeño y mediano publico. Así de sencillo", ese es el leitmotiv de Vampisoul, explica Pastor.

Un inmenso trabajo a sus espaldas, bucear, descubrir y conseguir. Una auténtica tesina sobre la música del siglo XX. Para ello ha ido recuperando a figuras como Joe Batan o Billy Preston a la par que se sumerge en escenas underground de medio mundo. Y poco a poco van consiguiendo un catalogo digno de aplauso. En vinilo y en CD, con la misma etiqueta que invita a la colección y asociando su marca a un signo de calidad.

Su objetivo es claro, se trata de "llegar a hacer ediciones lo mas dignas posible, a la altura del valor música de la propia obra. Para ello contactamos con las personas más cercanas posible a dichos géneros, artistas o compañías..." Toda una odisea que termina con la concesión de los derechos. "La cuestión es dar con los propietarios de esos derechos". Nada sencillo contando que Vampisoul edita obras de hace décadas y de países a kilómetros de distancia.

Por desgracia estos proyectos cuesta asentarlos en España. "Las ventas en el estado español son mínimas. Tenemos distribución directa en países como Sudáfrica, Nueva Zelanda, Canadá o Japón", señala Iñigo. Ideas parecidas cuajan, sin embargo, fuera de España. Soul Jazz Records en Inglaterra se ha asentado en los mercados."Esta muy bien lo que hacen. Quizá hayan hecho demasiado hincapié en el reggae, aunque es de entender porque el catalogo con el que han dado, de Studio 1, es infinito. Aparte de ser un género masivo en Reino Unido".

Ahora se habla de crisis en la industria, de la muerte del CD, pero no todas las necrológicas son tan fúnebres. Vampisoul propone un giro de guión y para ello se dirige a un consumidor diferente, a gente con la mente abierta que aprecie la música por encima del nombre de la firma, que quiere aprender, investigar y descubrir, y de ese modo Vampisoul se presenta como uno de los filtros más adecuados. Desde la música de los negros de Uruguay, pasando por África, el Caribe o el jazz más clásico. La mayoría son artistas desconocidos que bien pueden pasar a formar parte de la vida de los que se atreven a hacerse con uno de sus preciados recopilatorios. Sólo se necesita un paso para redescubrir la música, atreverse a conocer al vampiro del soul.

Bernard Madoff, el estafador de Wall Street, da un poderoso golpe de mano a favor de la justicia social


JAMES PETRAS
Rebelión



Una introducción a la superestafa

Bernard “Bernie” Madoff, corredor de bolsa de Wall Street, antiguo presidente del NASDAQ y venerado inversionista, ha confesado su autoría en el mayor fraude de la historia, un chanchullo de 50 mil millones de dólares. Bernie era conocido por su generosa filantropía, especialmente a favor de las causas sionistas, judías e israelíes. Este personaje, que durante los años sesenta había sido socorrista playero, inició su andadura en las finanzas reuniendo ahorros de colegas, amigos y familiares en el entorno de los judíos más ricos de los suburbios de Long Island, Palm Beach, Florida y Manhattan, bajo la promesa de un rendimiento moderado, continuo y seguro de entre el 10 % y el 12 %. Madoff cubría cualquier posible retirada de fondos según el denominado “método de Ponzi” o estafa piramidal, es decir, echando mano del dinero de nuevos inversores, quienes literalmente le suplicaban que los desplumase. Llegó a gestionar en persona un mínimo de 17 mil millones de dólares. Durante casi cuatro décadas se creó una clientela que incluía a algunos de los bancos y compañías inversoras más importantes de Escocia, España, Inglaterra y Francia, así como los principales fondos de inversión libre de Usamérica. Se hizo con casi todos los fondos de activos netos de prósperos clientes privados, que obtenía a través de corredores de bolsa pagados a comisión. Su clientela incluía a muchos multimillonarios de Suiza, Israel y otros países, así como los fondos de activos netos más importantes de Usamérica (RMF Division of the Man Group and the Tremont). Muchos de los riquísimos estafados habían prácticamente "forzado" a Madoff a tomar su dinero, ya que éste imponía rigurosas condiciones a los clientes potenciales: insistía en que viniesen recomendados por miembros de su clientela, que depositasen cantidades sustanciales y que le garantizasen su solvencia. La mayoría se consideraban afortunados cuando sus fondos pasaban a las arcas del respetado… estafador de Wall Street. El mensaje de Madoff era siempre el mismo: su fondo de inversión estaba cerrado... pero como venían recomendados por gente del mismo entorno (miembros del consejo de administración de organizaciones benéficas judías, recaudadores de fondos para Israel, country clubs de alta clase, etc.) o eran amigos de un amigo, de un colega o un cliente, aceptaría el dinero.

Madoff estableció consejos consultivos con miembros distinguidos, contribuyó enormemente a museos, hospitales y selectas organizaciones culturales. Era un miembro prominente de exclusivos country clubs de Palm Beach y Long Island. Su reputación se vio realzada por los resultados de sus fondos, que jamás declararon pérdida alguna, lo cual es un argumento fundamental para atraer a inversionistas millonarios. Compartía con su acaudalada clientela de judíos y gentiles un estilo de vida aristocrático, con una mezcla de filantropía cultural y discreta especulación financiera. “Engatusaba” a sus colegas con una suave pero autoritaria apariencia de “maestría”, recubierta de un barniz de colegialidad entre ricachones, de una profunda implicación con el sionismo y de amistades de toda la vida.

El megafondo de Bernie compartía muchas características con los recientes chanchullos financieros: un rendimiento elevado y constante, inigualado por cualquier otro corredor de bolsa; ausencia de supervisión por parte de terceros; una compañía de contabilidad en la sombra físicamente incapaz de auditar sus multimillonarias operaciones financieras; un control personal de las operaciones de correduría de bolsa comerciante y una confusión absoluta en lo relativo a sus inversiones. Los ricos y famosos, los inversionistas más sofisticados, los consultantes de elevado salario, los máster en administración financiera de Harvard y todo el ejército de reguladores de la US Security and Exchange Commission (SEC) pasaban por alto las similitudes de Madoff con otros defraudadores, y ello porque estaban totalmente implicados en la cultura corrupta del “agarra el dinero y vete pitando” y del “si sacas tajada no hagas preguntas”. La reputación de suprema sabiduría que aureola a un supuestamente próspero judío de Wall Street alimentó el autoengaño y los estereotipos de gentiles multimillonarios.

La gran estafa

El fondo de inversión de Madoff sólo operaba con una clientela limitada de multimillonarios que mantenían en él su dinero a largo plazo; las ocasionales retiradas de fondos eran de poco monto y fácilmente cubiertas por medio de peticiones de más inversión a nuevos inversionistas deseosos de acceder al fondo de Madoff. Los grandes inversionistas a largo plazo mantenían sus capitales para dejarlos en herencia a sus herederos o para su jubilación. Los ricos abogados, dentistas, cirujanos, profesores distinguidos de las mejores universidades y otros que en algún momento hubiesen necesitado retirar algo de sus fondos para una boda ocasional de altos vuelos o para la ceremonia de madurez adolescente judía (bar mitzvah) de alguno de sus hijos con invitados famosos podían hacerlo, porque Madoff no tenía problemas a la hora de recaudar más fondos entre los ricos propietarios de fábricas de confección de ropa, cuyos asalariados cobran jornales de miseria, de peligrosos empacadores de carne y de siniestros señores barriobajeros. Madoff no era ningún Robin Hood, sus contribuciones a organizaciones filantrópicas y benéficas le facilitaban el acceso a los ricachones que formaban parte de los consejos de administración de las instituciones receptoras y probaban que él era “uno de ellos”, una especie de compañero íntimo de la misma clase elitista. La sorpresa, el pavor y los ataques cardíacos que han seguido a la confesión de Madoff de que su negocio era una estafa piramidal han provocado tanta rabia por el dinero perdido y el descalabro de la clase pudiente como por la vergüenza de saber que los mayores y más perspicaces estafadores mundiales de Wall Street habían sido estafados por uno de los suyos. No solamente han sufrido grandes pérdidas, sino que la imagen que tenían de sí mismos como ricos que lo eran por su inteligencia y su “linaje superior” ha quedado totalmente destrozada: de pronto se han visto abocados al mismo destino de los pendejos a quienes ellos estafaron, explotaron y desposeyeron en su ascensión a la cima. No hay nada peor para el ego que un respetable estafador sea estafado por otro estafador todavía mayor. Por eso, muchos de los que más han perdido se niegan a dar sus nombres o a poner cifras a las cantidades evaporadas y tratan de recuperarlas con la ayuda de sus abogados.

El lado positivo de la megaestafa de Madoff (la mano involuntaria de la justicia)

Incluso si es comprensible que los superricos y acaudalados, que han perdido buena parte de su jubilación y de sus fondos de inversiones sean unánimes en su condena y en sus lamentaciones por el abuso de confianza de que han sido víctimas, y que los editoriales de todos los periódicos y semanarios de mayor prestigio se hayan unido al coro de críticos moralistas, las acciones de Madoff merecen muchas alabanzas, incluso si tales alabanzas no van dirigidas a su conducta fraudulenta. Vale la pena enumerar los resultados positivos involuntarios de la estafa de Madoff:

En primer lugar, la desaparición de más de 50 mil millones de dólares disminuirá enormemente la financiación sionista usamericana de los asentamientos coloniales israelíes en los Territorios Ocupados, disminuirá los fondos que el lobby sionista AIPAC destinaba a comprar votos de congresistas y a la financiación de campañas de propaganda a favor de un ataque preventivo militar de Usamérica contra Irán. La mayoría de los inversionistas tendrán que disminuir o eliminar su compra de bonos del tesoro israelí, que subvencionan el presupuesto militar del Estado judío.

En segundo lugar, la estafa ha desacreditado todavía un poco más los altamente especulativos fondos de inversión libre, que ya se tambaleaban a causa de retiradas masivas de dinero para enjugar grandes pérdidas. Los fondos de Madoff estaban entre los más respetados y seguían atrayendo a nuevos inversionistas, pero las últimas revelaciones podrían acelerar su desaparición. Sus promotores tendrán por fin que dedicarse a un trabajo honrado y productivo.

En tercer lugar, el fraude a gran escala y a largo plazo de Madoff no fue detectado por la Securities and Exchange Commission (SEC), y ello a pesar de al menos dos comisiones de investigación. Eso hace que la credibilidad de la SEC esté por los suelos. Su enorme fallo demuestra la incapacidad de las agencias reguladoras capitalistas para detectar grandes fraudes. Este fracaso plantea la cuestión de si habrá alternativas a la inversión en Wall Street que protejan mejor los ahorros y los fondos de pensión.

En cuarto lugar, la larga asociación de Madoff con el NASDAQ, del que fue director mientras robaba miles de millones de sus clientes, sugiere que los miembros y los líderes de esta Bolsa de Valores son incapaces de reconocer a un sinvergüenza y están dispuestos a pasar por alto el comportamiento criminal de “uno de los suyos”. En otras palabras, el público inversionista ya no podrá nunca considerar que ocupar un cargo de dirigente del NASDAQ es un signo de probidad. A partir de Madoff habrá que buscar un colchón de matrimonio de gran tamaño para guardar con seguridad los restos de los ahorros familiares.

En quinto lugar, señalaré que los asesores de inversiones de los mayores bancos europeos, asiáticos y usamericanos que gestionaban miles de millones de fondos, actuaron sin la menor diligencia en el caso de las operaciones de Madoff. Aparte de las enormes pérdidas bancarias, decenas de miles de superricos influyentes y acaudalados han perdido toda su fortuna. El resultado es una pérdida absoluta de confianza en los bancos más importantes y en los instrumentos financieros, así como un descrédito general de la “pericia de los expertos”. Esto debilita el dominio financiero del comportamiento inversionista y propicia la desaparición de un importante sector de la parásita clase “rentista”, que se enriquece sin producir bien alguno ni proporcionar servicios necesarios.

En sexto lugar, como la mayoría del dinero robado por Madoff proviene de las clases altas de todo el mundo, su comportamiento ha reducido las desigualdades: se trata del “mayor nivelador” que ha existido jamás desde que se introdujo la imposición progresiva. Al arruinar a multimillonarios y llevarlos a la bancarrota, Madoff ha disminuido su capacidad de utilizar su fortuna para influenciar a los políticos en su favor, lo cual aumenta las posibilidades de influencia política de los sectores económicos menos agraciados de la sociedad de clases... e involuntariamente refuerza la democracia frente a los oligarcas financieros.

En séptimo lugar, al estafar a amigos de toda la vida, a inversionistas del mismo grupo étnico y religioso, a miembros de country club estrechamente seleccionados por su origen étnico e incluso a miembros de su familia, Madoff ha demostrado que el capital financiero no respeta ninguna de las devociones de la vida diaria: grandes y pequeños, sagrados y profanos, todos están subordinados a las reglas del capital.

En octavo lugar, entre los muchos inversionistas arruinados de Nueva York y New England hay un cierto número de señores barriobajeros (magnates de la construcción inmobiliaria), propietarios de fábricas de confección de ropa (fabricantes de ropa de diseño y juguetes) y otros que apenas pagaban el salario mínimo a las mujeres e inmigrantes que trabajaban para ellos, que solían expulsar de sus hogares a arrendatarios pobres y habían esquilmado las pensiones de sus empleados antes de trasladar sus empresas a China. En otras palabras, la estafa de Madoff ha sido una especie de venganza “divina” laica por delitos pasados y presentes contra la clase trabajadora y los pobres. Ni que decir tiene que este involuntario Robin Hood no redistribuía entre sus empleados el dinero que afanaba, más bien reinvertía una parte en obras de beneficencia que incrementaban su imagen filantrópica y en recompensar a algunos de sus inversionistas iniciales para mantener en pie su fraude piramidal.

El noveno lugar, Madoff ha asestado un severo golpe a los antisemitas que proclaman que existe una “estrecha conspiración judía para defraudar a los gentiles”: ese bulo ha desaparecido para siempre. Entre las principales víctimas de Bernard Madoff están sus amigos y colegas judíos más íntimos, gente que compartió con él mesa y mantel en banquetes de Pascua judía y que frecuentaba los mismos templos de altos vuelos en Long Island y Palm Beach.

Bernie era muy selectivo a la hora de aceptar clientes, pero se basaba en su riqueza, no en su origen nacional, raza, religión o preferencia sexual. Era muy ecuménico y un firme abogado de la globalización. No hay nada etnocéntrico en Madoff: le ha robado mil millones de dólares al banco anglo-chino HSBC y varios miles de millones a la sucursal holandesa del banco belga Fortes. Mil cuatrocientos millones eran del Royal Bank of Scotland, del banco francés BNP Paribas, del español Banco de Santander, del japonés Nomura, por no mencionar los fondos de inversión libre en Londres y Usamérica, que han admitido su participación en Bernard Madoff Investment Securities. De hecho, Bernie era el emblema del estafador moderno, políticamente correcto, multicultural e internacional. La facilidad con la cual los superricos de Europa le aflojaban sus fortunas ha provocado el siguiente comentario de un consultante financiero de Madrid: “Robar a los españoles más ricos era tan fácil como matar focas con un palo…” (Financial Times, 18 de diciembre de 2008 p. 16).

En décimo lugar, la estafa de Madoff dará lugar a una mayor autocrítica y a una actitud menos confiada hacia quienes se presenten como expertos financieros. Entre los judíos que hagan la autocrítica, a partir de ahora ya no confiarán en corredores de bolsa sólo por el hecho de que apoyan ciegamente a Israel y son generosos contribuyentes de los fondos sionistas. Eso ha dejado de ser una garantía adecuada de comportamiento ético, equivalente a un certificado de buena conducta. De hecho, los corredores de bolsa que son propagandistas excesivamente ardorosos de Israel y que prometen rendimientos siempre altos a sus afiliados sionistas podrían levantar sospechas a partir de ahora: la pretensión de que “lo que es bueno para Israel...” puede muy bien ocultar un nuevo fraude.

En undécimo y último lugar, la desaparición del imperio de Madoff y de sus acaudaladas víctimas judías liberales afectará negativamente las contribuciones a las 52 organizaciones judías usamericanas más importantes, a numerosas fundaciones de Boston, Los Ángeles, Nueva York y otros lugares, así como al ala militarista Clinton/Schumer del Partido Demócrata (Madoff los financió a ambos, así como a otros congresistas defensores incondicionales de Israel). Puede que esto permita un mayor debate en el Congreso sobre la política en Oriente Próximo sin los habituales ataques vociferantes.

Conclusión

La estafa y el comportamiento fraudulento de Madoff no se deben a ningún problema ético personal. Son el producto de un imperativo del sistema y de la cultura económica en que se mueven las instancias más elevadas de nuestra estructura clasista. La economía de las acciones, de los fondos de inversión libre y de todos los “sofisticados instrumentos financieros” es en su totalidad un sistema piramidal que no se basa en producir y vender bienes y servicios. Se trata más bien de apuestas financieras al crecimiento futuro de un papel, una acción, que sólo representa la promesa de que futuros compradores permitan la distribución de dividendos.

El “fracaso” de la SEC es totalmente predecible y sistémico: los reguladores han sido seleccionados por los regulados, están en deuda con ellos y aplazan sus veredictos, sus auditorías y cualquier reclamación. Están estructurados para “no ver las señales” y evitar una regulación excesiva de sus superiores financieros. Madoff funcionaba en un medio como el de Wall Street, que permite cualquier cosa, donde la impunidad de los megarrescates financieros y las megaestafas es la norma. Como estafador individual, lo único que ha hecho es estafar a algunos de los mayores estafadores institucionales que le hacían la competencia en Wall Street. Todo este sistema de recompensas y prestigio está controlado por los más hábiles a la hora de hacer malabarismos en los libros de cuentas, de difuminar los rastros de las operaciones y de desplumar a las víctimas voluntarias que llaman a sus puertas “pidiendo” que las desplumen. ¡Un hombre de bien, eso es Madoff!

En cuestión de días, un solo individuo, Bernard Madoff, le ha asestado un golpe mucho mayor al capital financiero global, a Wall Street y al lobby sionista usamericano del “Israel en primer lugar” que toda la izquierda de Usamérica y Europa juntas durante los últimos cincuenta años. Ha logrado reducir más las enormes desigualdades económicas en Nueva York que todos los gobernadores y alcaldes demócratas y republicanos, blancos, negros, cristianos y judíos, reformistas y ortodoxos durante los últimos dos siglos…

Algunos teóricos derechistas de la conspiración están diciendo que Bernie es un agente secreto islámico-palestino (de Hamás) enviado para socavar deliberadamente los cimientos financieros del Estado judío de Israel y de sus patrocinadores y fundaciones más generosos, acaudalados y poderosos. Otros dicen que es un marxista aún no salido del armario, cuyas estafas estaban cuidadosamente diseñadas para desacreditar a Wall Street y canalizar miles de millones hacía organizaciones radicales clandestinas. Al fin y al cabo, ¿sabe alguien dónde están los miles de millones desaparecidos? Contrariamente a los expertos de la izquierda, a los blogueros y manifestantes, cuyas fervorosas y públicas actividades no afectaban en absoluto a los ricos y poderosos, Madoff ha asestado sus golpes donde más les duele: en sus megacuentas bancarias, en su confianza en el sistema capitalista, en su autoestima y, sí, también en su pobrecito corazón, que ahora está al borde del infarto.

¿Quiere esto decir que nosotros, en la izquierda, deberíamos crear un Comité de Defensa de Bernie Madoff y exigir un rescate parecido al del secretario del tesoro Henry Paulsen, que acaba de salvar a sus amigotes del Citibank? ¿Deberíamos pedir “rescates iguales para estafadores iguales”? ¿Deberíamos propiciar su partida (o su derecho al retorno) a Israel para evitar que lo juzguen? Ha causado tantas víctimas judías que le sería difícil retirarse en Israel.

No hay razón alguna para hacer barricadas por Bernard Madoff. Basta con que reconozcamos que ha prestado un servicio histórico involuntario a la justicia popular al quebrantar algunos de los pilares financieros de un injusto sistema de clases.

Post scriptum

¿Se debe a pura y simple admiración o será a causa de vínculos ocultos con Madoff que Michael Mukasey, el actual fiscal general, se haya abstenido de la investigación? Otros de igual importancia e influencia están seguramente vinculados al caso Madoff, no sólo las “víctimas”. Nos estamos enfrentando a un caso muy serio de razones de Estado… Nadie puede creer que una sola persona pueda por sí sola hacer una estafa de este calibre y duración. Y tampoco ningún investigador serio se cree que 50 mil millones de dólares hayan podido simplemente “desaparecer” o ser transferidos a cuentas bancarias personales.

Aproximación a J.G. Ballard. El forense del nuevo milenio


JUAN MANUEL SANTIAGO
Periódico Diagonal



El 2 de noviembre se clausuró ‘J.G. Ballard, autopsia del nuevo milenio’, una exposición que acogió el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) durante casi cuatro meses sobre la vida y obra de un visionario de la cultura de finales del siglo XX y principios del XXI

No deja de ser extraordinario que la vida y trayectoria de un escritor se expongan en un museo de arte contemporáneo. No obstante, la estructura de la exposición disipó todas las posibles reticencias que pudiera tener el espectador más centrado en su obra literaria. El montaje definitivo, sabiamente elaborado por el comisario Jordi Costa y el asesor Marcial Souto, tuvo en cuenta la agitada vida de Ballard, aportó gran cantidad de ejemplares de sus obras y de las revistas en las que aparecieron sus relatos y contó con un extenso componente audiovisual: fragmentos de películas basadas en sus obras, entrevistas, muestras de arte inspirado en su obra e incluso una selección de cortometrajes realizados con teléfono móvil.

Al salir, el espectador se quedaba con la sensación de que gran parte de la iconografía finisecular no podría entenderse sin los parajes desolados, retrato de la decadencia de las clases medias británicas o viajes alucinantes al fondo de la mente. Ballard ha sido el gran cronista de ese futuro que transcurrirá dentro de cinco minutos, y su mirada es la del extrapolador que anticipa el colapso de un modo de vida, el occidental, mediante detalles en apariencia nimios: la podredumbre moral que emana de una urbanización de élite, una guerrilla urbana orquestada en torno a un centro comercial de provincias, el componente fetichista que emana del hermanamiento entre sexualidad y tecnología propiciado por los accidentes automovilísticos… El mundo en decadencia que nos presenta Ballard está lleno de piscinas abandonadas cubiertas de hojas secas, automóviles encallados en las cunetas de autovías, aviones herrumbrosos y osamentas de gigantes profanadas en medio de una playa.

Sin embargo, por muy imaginativo o fantástico que pueda parecer el imaginario ballardiano, tiene una sólida base real. Pocas experiencias más desconcertantes encontrará el lector asiduo de ciencia- ficción que adentrarse en dos novelas semiautobiográficas, El imperio del sol y La bondad de las mujeres, y en la recién aparecida autobiografía, Milagros de vida. Acostumbrado a leer al Ballard de los helechos prehistóricos encaramados a los rascacielos de la gran ciudad abandonada o las embarcaciones atoradas en el lecho seco de un río antaño caudaloso. Esta terna nos ofrece una cantidad de datos realmente esclarecedores sobre su vida y obra.

Vida de ciencia-ficción Nacido en Shanghai en 1930, James Graham Ballard padeció la Segunda Guerra Mundial en un escenario poco frecuentado por la literatura: los campos de prisioneros que el Ejército japonés instaló en China. Su primera adolescencia transcurrió en Lunghua, entre prisioneros de guerra británicos y estadounidenses, en un mundo que le resultaba ajeno por partida doble (por saberse alienígena en una civilización hermética como la china y alienado por la ocupación japonesa). Fue evacuado a Gran Bretaña y estudió Medicina, hecho que se puede inferir de la frialdad casi entomológica con que presenta hechos tan cotidianos como la muerte, pero abandonó la carrera por una de sus pasiones, la aviación.

Después de servir en las fuerzas de la RAF acantonadas en un campamento de la OTAN en Canadá (otro paraje desolado), contrajo matrimonio, encontró trabajo en una revista científica (tarea que le sirvió para comenzar a extrapolar y urdir historias de ciencia-ficción), enviudó a tempranísima edad debido a una infección que contrajo su esposa en la alicantina playa de San Juan (y ahí tenemos la base de sus vívidos retratos de los complejos vacacionales decadentes y de los personajes atormentados por la pérdida de seres queridos), se granjeó las iras de los sectores conservadores británicos (con un relato de título tan transgresor como Por qué quiero joder a Ronald Reagan, publicado cuando aquél era gobernador de California) y tuvo que ser criado por sus tres hijos menores de edad (pues la agitada vida cultural y artística del Londres de los años sesenta lo abocó a una vorágine de amor libre, drogas y revistas vanguardistas de ciencia-ficción).

La vida de Ballard, igual que su obra, nos narra desde dentro el proceso de dinamitación de la sociedad pequeñoburguesa a manos de sus propios miembros guerrilleros urbanos en estado latente que tienen que fichar en la oficina, tomarse el té de las cinco bajo el retrato oficial de la reina y, quién sabe, tal vez dejarse matar en un centro comercial o en la plácida seguridad de sus chalets con circuito cerrado de seguridad.

La obra de Ballard consigue hermanar un género popular, la ciencia ficción, con la “alta literatura”, y lo convierte en uno de los escasos autores de género fantástico (con William Gibson y P.K. Dick) que, además del hecho anecdótico de que la Enciclopedia Britannica les dedique un adjetivo (“ballardiano”), han conseguido establecerse como referentes de la cultura universal contemporánea. Su influencia se puede rastrear en la cultura underground (uno de cuyos fetiches es la recopilación de relatos La exhibición de atrocidades, que incluso dio título a una canción de Joy Division), la comunidad audiovisual (gracias a sus adaptaciones), el mundo artístico (son de sobra conocidas su devoción por el surrealismo y la reconstrucción, que él mismo patrocinó, de un cuadro de André Delvaux del que sólo quedaba una fotografía en blanco y negro) y, por supuesto, por el mundo de la ciencia ficción (al que ha dado algunas de sus obras maestras), pero que ahora, en sus últimos días de vida (padece un cáncer inoperable con varias metástasis), se extiende al gran público. Por estos motivos, la exposición de homenaje que se ha celebrado en el CCCB resulta hoy más necesaria que nunca

LECTURAS IMPRESCINDIBLES

El mundo sumergido (1962) Inicia la “serie de los desastres naturales”; menos espectacular que La sequía o El mundo de cristal, constituye uno de los puntos culminantes de la ciencia-ficción de advertencia. Fue la obra que le permitió profesionalizarse y contactar con la mítica revista New Worlds, desde la que se gestó la New wave, el movimiento que acercó la ciencia- ficción a las vanguardias artísticas y literarias de los ‘60. Ésta y las demás novelas de la serie mantienen toda su vigencia, pues no dejan de referirse, en clave simbólica y con múltiples referencias a la pintura surrealista, a lo que hoy llamamos cambio climático.

Playa terminal (1974) A falta de una edición de sus cuentos completos en castellano, esta recopilación es una manera inmejorable de adentrarse en su ficción breve. Contiene los relatos aparecidos en New Worlds y otras publicaciones del circuito underground anglosajón. Muestra a un Ballard en estado puro. Hay cuentos tan valiosos como El gigante ahogado, Bilenio o La Gioconda del mediodía crepuscular. También merecen la pena recopilaciones como Fiebre de guerra, Vermillion Sands o Pasaporte a la eternidad.

Crash (1973) Los hombres no somos más que cyborgs, productos híbridos de sexo y tecnología. El automóvil como metáfora de la potencia sexual y de los sueños reprimidos de la clase media. Adaptada al cine en dos ocasiones, Crash inaugura la “serie de las catástrofes urbanas”, que continúa con La isla de cemento y Rascacielos. El Ballard de los ‘70 está más preocupado por las consecuencias del impacto humano sobre el paisaje urbano y por la manera en la que la tecnología afectará a nuestro comportamiento. Protagonizada por el propio autor, abre una corriente de metaficción que culmina en las últimas novelas de Philip K. Dick y se puede rastrear en autores tan dispares como Javier Marías o Enrique Vila- Matas. Furia feroz (1988) Esta novelita corta contiene, en sus 140 páginas de letra holgada, más ideas provocadoras y más mala leche que el resto de la “serie de las catástrofes sociales” (Noches de cocaína, Super- Cannes, Milenio negro y Bienvenidos a Metro-Centre). La desaparición de los adolescentes de una urbanización de lujo y la muerte de los adultos que la habitaban nos adentra en un estremecedor retrato social