Daulte y Verenose nos miran feroces

JOSU MONTERO
Gara


Yes we can» ha sido el lema del primer electo mulato, un lema que se propaga por un mundo globalizado y tan necesitado de una buena dosis de optimismo. Más dura será la caída. Estrenada en Broadway el invierno pasado, David Mamet sitúa la acción de «Noviembre» en el mismísimo Despacho Oval de la White House, en la recta final de unas elecciones en las que el presidente tiene todas las de perder. Pero Charles Smith y sus colaboradores están dispuestos a recurrir a todo tipo de triquiñuelas y marrullerías de grueso calibre y propias de estafadores sin moral ni escrúpulos con tal de remontar en las encuestas. Un precedente es su película «Cortina de humo» -con De Niro y Hoffman- en la que al presidente le montan una guerra para tapar un lío erótico. El gracejo desenfrenado de Mamet nos sirve ahora una farsa que no puede menos que lindar peligrosa y divertidamente con el absurdo. Mamet viene directamente de esa línea dramática que pasa por Chejov, Beckett y Pinter; como ellos, Mamet sabe muy bien que el lenguaje no es una herramienta de comunicación, sino una letal arma de manipulación y de poder.

Guionista, director de cine y, sobre todo, dramaturgo, Mamet (Chicago, 1947) es un experto en lanzar auténticas cargas de profundidad en las que nadie se salva. «Glengarry Glen Ross» es una feroz y acelerada sátira anticapitalista; en «Oleanna» se plantea qué hace una generación antiautoritaria y antiinstitucional ocupando el poder y las instituciones. «Edmond» es una comedia salvaje que lleva cuestiones como el deseo, el sentido de la vida o la felicidad hasta unos límites insospechados e incómodos. En «Una vida en el teatro», por medio de los encuentros en el camerino entre un actor que termina y otro que empieza, despelleja el mundo de la interpretación; lo mismo que hace en «Speed-the-plow» -traducida al castellano como «Métele caña», y protagonizada en Broadway por Madonna- con el más que irrespirable y lleno de trepas universo Hollywood. En «El matrimonio de Bostón» parece trasladar al ámbito de las relaciones lésbicas el maquiavelismo de «Las amistades peligrosas». El propio dramaturgo ha definido este «Noviembre», que hoy llega al Festival de Santurtzi con Santiago Ramos como el presidente Smith, como un cartoon, una de esas endiabladas y delirantes películas de dibujos animados. Y es que a la jocosa y demoledora luz de este «Noviembre», entendemos mucho mejor los desmanes de la administración de EEUU o los últimos sucesos en el sistema financiero. Mamet es también un divertido y agudo cronista de sí mismo y de sus experiencias en el teatro y en el cine: «La ciudad de las patrañas», «Verdadero y falso. Herejía y sentido común para el actor» o el reciente «Godzilla contra Bambi». En el primero de ellos afirma: «El entretenimiento ha dejado de ser una manera de emplear el ocio para convertirse en la dieta básica de la existencia. Es un analgésico/anestésico y una apología de la sociedad posindustrial. Es el opio del pueblo del que hablaba Marx».

Espiando a los Beatles

DIEGO A. MANRIQUE
El País

Fueron mucho más que un fenómeno sociocultural. Para las autoridades británicas, el cuarteto supuso también un filón exportador de música, moda y estilo de vida. Pero había que atarlos en corto. La policía les espió y controló, como demuestran los papeles secretos que acaban de salir a la luz. Un tesoro oculto durante años.

Los National Archives, alojados en Kew Gardens, a cuarenta minutos del centro de Londres, son una de las joyas de la Corona británica. Literalmente: sus contenidos tienen crown copyright. Pero también están abiertos a sabuesos curiosos como el italiano Mario J. Cereghino, coautor de libros de investigación como el reciente Che Guevara: top secret. Se le ocurrió indagar lo que allí había sobre los Beatles y ha encontrado un pequeño tesoro.

Para las autoridades británicas de la década de los sesenta, los Beatles fueron mucho más que un fenómeno sociocultural: supusieron un alivio para la balanza de pagos. Abrieron un insospechado apartado exportador, que abarcaba desde la música pop hasta la moda y el turismo relacionados con el swinging London.

Los vientos políticos soplaban a su favor y traían aromas proletarios: el Gobierno conservador, humillado por el escándalo Profumo, fue reemplazado en 1964 por un Gabinete laborista, con Harold Wilson -miembro del Parlamento por Liverpool- como primer ministro. Treinta años antes de que Tony Blair se arrimara al brit pop, el astuto Wilson se subió rápidamente al carro de los Beatles. Buscó oportunidades para fotografiarse a su lado y se encargó de que, en 1965, Isabel II les nombrara MBE (miembros de la Orden del Imperio Británico). Tal honor se administraba con tacañería: no se extendió a su manager, Brian Epstein, posiblemente a causa de su reconocida homosexualidad. Aun así, la distinción causó una polémica muy british: varios veteranos de la II Guerra Mundial devolvieron sus medallas al palacio de Buckingham, alegando que se sentían insultados al encontrarse en compañía de unos "melenudos chillones".

Los Beatles también proporcionaron quebraderos de cabeza a los burócratas del Foreign Office. A principios de 1964, un parlamentario preguntó por un feo incidente que tuvo por escenario la Embajada británica en Estados Unidos. Tras un concierto en el Washington Coliseum, los músicos recibieron una invitación para conocer la embajada, donde se celebraba aquella noche un baile de caridad. La noticia se difundió y muchos fans se apuntaron al evento. Cuando los Beatles aparecieron en el salón de baile, fueron avasallados por docenas de personas. Alguien sacó unas tijeras y cortó un mechón de la melena de Ringo Starr, que luego confesó sentirse aterrado ante un acoso tan inesperado.

Según el Daily Express, la hija de un diplomático era quien manejaba la tijera. Los responsables de Asuntos Exteriores removieron el cielo con la tierra hasta lograr determinar que la culpable era una estadounidense de 18 años; localizaron igualmente una carta del representante, Brian Epstein, en la que agradecía al embajador David Ormsby-Gore la hospitalidad demostrada durante su visita a la capital de EE UU.

Convertidos en respetables miembros de la Orden del Imperio Británico, las giras de los Beatles generaron informes reservados sobre sus andanzas por otros países. El correspondiente a la visita a Japón en 1966 tiene siete folios extremadamente detallados, donde se hacen cálculos sobre los costes del despliegue policial (30.000 libras) y se reconoce que despertaron oposición tanto en los periódicos comunistas como en sectores nacionalistas; estos últimos lamentaron que actuaran en el Budokan, un recinto reservado hasta entonces a las artes marciales japonesas. El autor del informe, el encargado de negocios de la embajada, consideraba que fue un gran éxito comercial y sugería que la industria textil británica aprovechara la pasión por la estética mod y la moda Carnaby Street. Sólo se criticaba a los Beatles por la brevedad de sus conciertos: "Tocaron media hora mientras [el pianista Arthur] Rubinstein, que por las mismas fechas se presentaba en Tokio, ofreció un recital completo". Pero, se aseguraba, los miembros del cuarteto defendieron gallardamente el pabellón imperial: se mostraron "simpáticos, ingeniosos y dotados de talento".

Un dossier del Tesoro británico también revela que podían ser unos ingenuos. En el verano de 1967, sus abogados solicitaron 120.000 libras esterlinas en divisas para la compra de Aegos, una isla griega de 320.000 metros cuadrados, más unos islotes cercanos. Esa cantidad incluía la renovación de cinco casas de pescadores, donde se supone que vivirían idílicamente los Beatles y sus acompañantes, junto a la playa y los olivares.

La petición desató gran debate en el departamento. Se reconocía la aportación de los Beatles a la economía británica (estimada en unos 27 millones de libras) y su necesidad de tranquilidad para crear, pero el principal problema residía en que en el Banco de Inglaterra sólo quedaban 30.000 libras del fondo destinado a la compra de propiedades en el extranjero. Eran tiempos de control extremo sobre el movimiento de capitales.

Lo extraordinario es que nadie se planteó las dimensiones políticas del hecho de que los Beatles se instalaran, aunque fuera para temporadas breves, en Grecia. Pocos meses antes, un cónclave de coroneles había dado un golpe militar e instalado una dictadura particularmente idiota y cruel. En el círculo de los Beatles se había colado Alexis Mardas, un ingeniero electrónico que era hijo precisamente de un oficial de inteligencia comprometido con la junta golpista.

Todavía faltaba más de un año para que los Beatles (o John Lennon, para ser más exactos) se politizaran. Además, el régimen de los coroneles no resultaba particularmente aberrante para el Gobierno británico, que -desde la II Guerra Mundial- armó y alentó a los sectores anticomunistas de la sociedad griega, tolerando incluso las actividades de escuadrones de la muerte en Chipre.

El citado Mardas había fascinado a los músicos con varios artilugios de su creación y se ganó el apodo de Magic Alex. Fue nombrado responsable (y accionista) de Apple Electronics, una división de la empresa grupal, que debía comercializar sus inventos. Pero Magic Alex fue incapaz de sacar adelante sus ocurrencias y se estrelló cuando prometió a los Beatles un recinto para grabar con 78 pistas (en Abbey Road se trabajaba entonces con mesas de cuatro pistas); no logró un estudio funcional.

El proyecto de refugiarse en Grecia naufragó en el otoño de 1967. Tenía demasiado de fantasía a lo Guillermo Brown -¡cuatro músicos trabajando aislados, al sol del Egeo!- y finalmente se desechó cuando surgieron gastos extras y complicaciones legales por la parte griega. El último certificado del Banco de Inglaterra ratifica que no se usaron las divisas (56.000 dólares) destinadas a la adquisición de la isla.

Un inciso: Alexis Mardas protagonizó algunas otras aventuras infames en la biografía de los Beatles, como intentar seducir a Cynthia Lennon para allanar el camino al divorcio de John. En los setenta, tras renunciar a su puesto en Apple, Alexis se reinventó como experto en seguridad. Desarrolló un blindaje para coches supuestamente infalible y se alió con Constantino, el depuesto rey de Grecia, para vender sus sistemas de protección a diferentes monarquías (aparentemente, el príncipe Juan Carlos envió un automóvil a Inglaterra para que fuera blindado, lo que no pudo hacerse). El negocio se frustró cuando el sultán de Omán y el rey Hussein de Jordania comprobaron que, sometidos a fuego graneado, los vehículos "mágicos" podían explosionar.

Algunos de los documentos recuperados por Mario J. Cereghino incluyen recortes de prensa: funcionaba un servicio que escudriñaba los periódicos en busca de noticias de posible interés para los diferentes departamentos gubernamentales. Conviene saber que, en 1968, los Beatles dejaron de poseer su implícita inmunidad. Coincidió con la radicalización de Lennon, conmocionado por el Mayo francés y otras revueltas políticas. El 18 de octubre, la policía encontró marihuana en su piso y, en compañía de Yoko Ono, fue detenido. Lennon consumía drogas, pero aseguraba que, en aquella ocasión, todo fue un montaje; el responsable, el muy temido detective Pilcher, terminaría más tarde en la cárcel. El asunto se cerró con una multa de 150 libras, pero crearía peliagudos problemas a Lennon en los setenta, cuando la Administración de Nixon quiso expulsarle de Estados Unidos.

Era un aviso. Uno de los documentos recuperados por Cereghino es obra de la Policía Metropolitana, que respondía a la denuncia de George William Colmes, un contable de 64 años que declaraba ser aficionado a visitar exposiciones de pintura y escultura. El 17 de enero de 1970, de camino a su oficina, pasó delante de la London Arts Gallery, en el número 22 de New Bond Street. Se anunciaba Bag one, una muestra de litografías de John Lennon. Lo que vio allí le escandalizó y corrió a contárselo a un sargento de la comisaría más cercana:

"Los primeros dibujos parecían infantiles. Pero los otros me horrorizaron. Eran caricaturas exageradas y distorsionadas que reproducían relaciones sexuales de naturaleza repulsiva y desagradable. Sinceramente, me indignó y me enfermó que una mujer fuese retratada en semejantes posturas. Me sentí contaminado por el mero hecho de ver esos dibujos. El pensar que un hombre pudiera usar así a su esposa, ni siquiera se trataba de una modelo desconocida, convierte la institución del matrimonio en una farsa. Si pienso que mi madre, mi mujer o mi cuñada podrían ser reducidas a algo semejante por Lennon o los que organizaron la exposición, me pregunto adónde ha ido a parar la decencia".

Aparentemente, no fue el único visitante indignado (según una interpelación parlamentaria, podrían estar teledirigidos para facilitar la intervención policial). Al día siguiente, una delegación de Scotland Yard visitó la exposición con intenciones poco amistosas: se decretó su clausura y se confiscaron ocho litografías de contenido sexual. En la denuncia por obscenidad a los propietarios de la galería se especifica que "las litografías ilustran la relación de Lennon con Yoko Ono, su matrimonio y su consecuente actividad sexual. Se observan los siguientes actos: 1. Yoko Ono hace una felación a John; al dorso está la leyenda: 'El instrumento de John en la boca de Yoko'. 2. John le hace un cunnilingus a Yoko. 3. John tiene relaciones sexuales con Yoko; al dorso leemos: 'John posee a Yoko por detrás'. 4. Alguien ejecuta un cunnilingus a Yoko mientras otra figura le besa el seno. 5. Las otras cuatro ilustran a Yoko en poses desmañadas que enfatizan su vagina".

La fiscalía insistió en que el nombre de Lennon atraía a un público joven a la galería y que el artista buscaba un beneficio económico como un vulgar pornógrafo: cada litografía se vendía a cuarenta libras. De paso, también mencionaba su condena de 1968 por posesión de cannabis. Sin embargo, el juez tenía muy presente el follón provocado por el proceso a El amante de lady Chatterley y el caso fue rechazado.

Lo que todavía no ha salido a la luz pública es el seguimiento de John Lennon por el servicio secreto británico, el MI5. Nunca se ha confesado oficialmente tal vigilancia, pero el FBI estadounidense ha reconocido poseer copias de esos informes, que se niega a revelar por proceder de "un Gobierno extranjero". Un espía inglés arrepentido, David Shayler, tuvo oportunidad de hojear los legajos de Lennon y ha contado que allí se detallaba que había financiado diversas causas izquierdistas, incluyendo el Workers' Revolutionary Party, grupo trotskista que contaba con Vanessa Redgrave en sus filas. También pagó multas a manifestantes que protestaban contra el apartheid surafricano y subvencionó a Michael X, un autoproclamado líder del black power que terminaría ahorcado en Trinidad, por el asesinato de una mujer blanca. Lo que despertó la mayor hostilidad fue su identificación con los católicos de Irlanda del Norte; se ha sabido que Lennon estuvo dispuesto a dar un concierto a favor de las familias de prisioneros del IRA.


El último documento hallado en los National Archives es el más frío, pero, con sus ristras de cifras, transmite una cierta melancolía. Llegó al Tribunal Supremo y se sumó a la demanda de Paul McCartney contra sus tres compañeros, materializada el último día de 1970. Con fecha 20 de abril de 1972, la empresa de auditoría Arthur Young McClelland Moores presentaba las cuentas de The Beatles and Co. correspondientes a los años 1970 y 1971. Parafraseando a Lennon, era la confirmación de que "el sueño había acabado".

"Un asesinato piadoso", J.M. Guelbenzu (Alfaguara, 2008)


LUIS GARCÍA
Literaturas.com


«Quien una vez abre los ojos, nunca vuelve a dormir tranquilo»


Dos vertientes narrativas viene trabajando José María Guelbenzu con cierta asiduidad: De un lado, novelas como Un peso en el mundo, un auténtico tratado literario por cuanto significó en su carrera un punto de inflexión en una manera de ver y entender la literatura. De otro, obras aparentemente menores pero de igual densidad sicológica que la anterior como No acosen al asesino, La muerte viene de lejos, El cadáver arrepentidoo la reciente Un asesinato piadoso, que encuadradas erróneamente en el genero negro vienen a demostrar la ineficacia de los mismos a la hora de enjuiciar una novela. Y digo que están encuadradas erróneamente en el género negro ya que creo llegado el momento de diferenciar novelas clásicas del mismo (Hammett, Chandler, etc) con estas otras más cercanas a la literatura de suspense o policiaca como el propio autor reconoce. Y es que no por tener un muerto, un investigador y un asesino, debemos hablar de novela negra.

Centrándonos en la obra, ya tenemos de nuevo a la Juez Mariana De Marco, la protagonista de las novelas anteriormente citadas, destinada en esta ocasión en una reconocible ciudad del Norte de España, G..., y de nuevo nos vamos a encontrar con su intuición e ímpetu observador a la hora de investigar un asesinato aparentemente “domestico”.

Creo necesario hacer una observación antes de nada. Aunque Un asesinato piadoso pueda leerse de una forma independiente, pierde fuerza su interpretación si no se han leído las obras anteriores (de hecho los guiños a éstas son constantes), ya que la trasformación sufrida por su protagonista, su ambición profesional y su madurez, no sería entendible de otra forma.

La trama de Un asesinato piadoso es sencilla: un hombre aparece degollado en una endogámica ciudad del norte de España y el crimen parece cometido por su suegro en un malentendido intento por hacer justicia ante los supuestos malos tratos del fallecido con su esposa. Un asesinato piadoso, sin duda: venganza o justicia. Pero estamos en la ciudad de Gijón, por mucho que el autor pretenda disimularlo, una ciudad costera en la que todos se conocen y ningún crimen pude pasar desapercibido, mucho menos el de el miembro de una destacada familia local, y fiel reflejo de esa España profunda que no tiene por qué ubicarse necesariamente en el interior. La novela avanza y se enreda como un rompecabezas, como uno de esos acertijos de nuestra infancia en los que nada parece lo que es, y en donde todos, abuelos, viuda, suegra, parecen tener un motivo para romper la relación de Cristóbal, el asesinado, con su esposa, la desconsolada viuda que “decide suicidarse” en un momento dado para aliviar la carga de su padre y asesino. Y todo salpicado con muestras de afecto de la propia juez hacia la niña huérfana, la hija de Covadonga, con su devenir constante por una ciudad desconocida, y por los devaneos amorosos que mantiene con un ignoto personaje totalmente secundario en la novela. Incluso el propio Guelbenzu se permite el irónico desliz de auto-homenajearse por boca de la protagonista Mariana De Marco cuando ésta compra un ejemplar de Cuento de Viejas, de Arnold Bennett, (pag. 218) siguiendo los consejos literarios de un “autor contemporáneo” tan recalcitrante lector de la novela del siglo XIX como ella. Pero el terrible descubrimiento de la verdad llevará a la Juez Mariana De Marco al convencimiento de que la Justicia también oculta entre sus fauces una siniestra cara, y la hará dudar incluso de la eficacia de la misma a la hora de impartirla, porque “el hecho monstruoso es que de hacerlo con ecuanimidad estaría contribuyendo a condenar a una inocente”.

Una ocasión más para ver crecer “narrativamente” a la protagonista en esta cuarta entrega de la saga, que es tanto como ver crecer a su autor. ¿Irá la vencida a la quinta entrega y otorgará a la Juez Mariana De Marco el poder que sin duda busca, quizás en la Audiencia Nacional?. ¿O volverá Guelbenzu por los fueros de Un peso en el mundo con esa novela de amor con la que lleva atascado varios años?. Estaremos atentos.