Flora Tristán: Paseos por Londres. La aristocracia y los proletarios ingleses (Global Rhythm, 2008)

FRANCISCO FUSTER
Ojosdepapel.com


La historia de la filosofía suele encuadrar a pensadores y obras, por escuelas o tradiciones, siguiendo una clasificación más o menos justificada. Sin embargo, existe un reducido género de autores que, bien por el eclecticismo de las influencias presentes en su obra, bien por el carácter asistemático de su pensamiento, se resisten a esta canónica taxonomía. Dentro de este selecto grupo de outsiders, muchos de ellos autodidactas, se sitúa por derecho propio, la obra de la feminista y socialista francesa, Flora Tristán (1803-1844). A caballo entre el socialismo utópico de Owen, Fourier o Saint-Simon, y el socialismo científico de Marx y Engels, el pensamiento de Flora Tristán marca un hito indiscutible en la genealogía del feminismo y del socialismo, al establecer en su análisis de la opresión de la mujer, una relación de afinidad entre la situación de la clase obrera y la del sexo femenino en su conjunto, unificando así por primera vez, los objetivos emancipadores de dos colectivos acosados por un mismo mal: el capitalismo.

Esta idea de la vinculación entre las condiciones de la clase más oprimida –el proletariado– y las del sexo más oprimido –la mujer–, recorre las páginas de trabajos como Paseos por Londres, Peregrinaciones de una paria y sobre todo, su obra más conocida e internacional: La Unión Obrera. Es concretamente en esta última, donde encontramos la que es quizá –junto a la unión de mujer y proletariado–, la teoría de Tristán que más repercusión ha tenido en la historia del pensamiento social contemporáneo: la definición del proletariado como una única clase universal y la propuesta de un internacionalismo obrero como forma de acabar con la explotación capitalista. En este sentido, Tristán se desmarca de los socialistas utópicos –entre los cuales se la suele situar–; si estos consideraban que eran las clases sociales superiores las encargadas de construir una sociedad ideal, ella hará recaer sobre el proletariado toda la responsabilidad como agente del cambio revolucionario y como clase portadora de la emancipación social.

Dos ideas tan originales como estas, la relación proletario-mujer y el primer proyecto de una internacional obrera, podrían haber valido un lugar entre los grandes, un sitio destacado entre los nombres ilustres del pensamiento occidental. Pero no ha sido así. Ironías de la vida, una obra tan ecléctica y rica como la de Flora Tristán quedó en tierra de nadie, epigonal respecto a un socialismo utópico ya desfasado y pionera respecto a un socialismo científico que aún no existía como tal, que aún no contaba con ese herramienta teórica llamada materialismo histórico. La llegada de esos trasatlánticos del pensamiento que fueron Marx y Engels, engulló sin compasión unos méritos que, aún hoy, siguen sin serle reconocidos a esta autora. La idea del internacionalismo obrero de Tristán, es exactamente la misma que propone el Manifiesto Comunista. La idea del capitalismo como causa última de la opresión de la mujer, es idéntica a la que después encontramos más elaborada en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

Lejos de ese Londres idealizado de postal, cuna de la Revolución Industrial y sede del distinguido Parlamento Británico, el Londres de mitad del siglo XIX es para Tristán un nido de vicios, el hábitat natural de una corrupción institucionalizada y una explotación capitalista que tortura y deja morir de hambre a veintiséis millones de proletarios y desdichados.

A esta inconveniente coyuntura cronológica de su obra, se une el hecho de que, desde la muerte de la propia Tristán, sus libros han tardado mucho en publicarse, de forma que la primera edición española de La Unión Obrera no vio la luz hasta fecha tan tardía como el año 1977. Poco a poco, y sobre todo gracias a la labor de sus compatriotas franceses, la reedición de sus obras y la publicación de biografías y de su correspondencia, se está tratando de paliar este vacío historiográfico. En esta línea que trata de dar a conocer a esta importante filósofa del feminismo socialista, y dentro de un contexto más general de recuperación y reedición de clásicos del pensamiento que parecen compartir algunas editoriales, se inscribe la feliz iniciativa de la editorial catalana Global Rhythm, que acaba de editar por primera vez en España, una de las obras más logradas de Flora Tristán, en una cuidada edición con prólogo de Mario Vargas Llosa, quien ya narró en su día la vida de Tristán y de su nieto, Paul Gauguin, en la novela El paraíso en la otra esquina.

Paseos por Londres (Promenades dans Londres, 1840) no es la obra más conocida de su autora, no es la más citada ni la más traducida. Sin embargo, coincido con alguna biógrafa de Flora Tristán en admitir que es quizá su obra mejor escrita, la más lograda desde el punto de vista del lector. Como se puede deducir por su título, el libro recoge las impresiones de la autora durante una visita a la capital británica, sus opiniones y juicios críticos sobre todo aquello que conforma la sociedad inglesa. Como el Tocqueville de La Democracia en América, Tristán se propone mostrarnos el armazón de la sociedad londinense, pasando por alto la imagen externa e idílica, para profundizar en lo más oculto, en el backstage de una metrópolis gigantesca. El resultado es –eso sí– muy diferente al que obtuvo el francés en su periplo americano. Si Tocqueville veía en los Estados Unidos una sociedad modelo en muchos sentidos, más avanzada y democrática que la europea, Flora Tristán en cambio, dibuja un Londres terrorífico y dantesco al que califica como “la ciudad monstruo”. Lejos de ese Londres idealizado de postal, cuna de la Revolución Industrial y sede del distinguido Parlamento Británico, el Londres de mitad del siglo XIX es para Tristán un nido de vicios, el hábitat natural de una corrupción institucionalizada y una explotación capitalista que tortura y deja morir de hambre a veintiséis millones de proletarios y desdichados.

A lo largo de sus más de trescientas páginas, vemos pasar ante nosotros el horror de unas estampas infrahumanas. El lujo ostentoso de la aristocracia inglesa, la explotación ejercida por los patronos capitalistas sobre el lumpen londinense y el triste espectáculo de una ciudad corrupta, se unen en un relato con inequívoca vocación de denuncia: “mi libro es la exposición del gran drama social que Inglaterra despliega ante el mundo; os da a conocer el despiadado egoísmo, la indignante hipocresía, los monstruosos abusos de esa oligarquía inglesa, tan poderosa y tan culpable ante el pueblo. […] Vosotros juzgaréis si la nación inglesa está destinada a sacudirse el yugo, a regenerarse, o si esa gran nación debe acabar en una aristocracia cruel y podrida y un pueblo envilecido y misérrimo” (p. 31).

A lo largo de diecisiete capítulos (más otros ocho más cortos incluidos en un apartado final bajo el epígrafe “Apuntes”) Tristán da un recorrido completo y minucioso a la sociedad londinense –desde la descripción del clima de la ciudad, al carácter de los londinenses o su forma de vestir– en el que, sin embargo, destacan por su crudeza y realismo algunos episodios
Considera Flora Tristán, que la imagen de ese Londres magnánimo y cosmopolita, capital de un país y de todo un Imperio Británico, no es más que un espejismo, una imagen superficial de fausto y boato. Ahora bien, esta imagen sublime, forjada por los relatos de una burguesía impresionada por esas aglomeraciones industriales inconcebibles, ocultan una “cara b” desconocida, un país de miseria, de prostitución y corrupción sin límites: “Los viajeros fashionables del continente se detienen en los barrios elegantes de Londres sin sentir curiosidad por observar esa considerable parte de la población (aproximadamente la mitad) que vive del trabajo en los talleres. Tampoco visitan el campo de Irlanda ni los distritos manufactureros de Inglaterra. Desconocen que en la metrópoli numerosos barrios esconden todas las miserias, vicios y males que puedan aquejar a la humanidad. Van a Richmond, a Windsor, a Hampton Court; ven los suntuosos palacios, los magníficos parques de la aristocracia y, de vuelta a su país, tachan de exageración y de mentira los relatos del observador que, yendo más allá de las apariencias, ha visto la inmoralidad sin límites a la que puede conducir la sed de oro y la horrible miseria de un pueblo reducido al hambre y a la cruel opresión de la que es víctima” (p. 35).

Esta denuncia se estructura como una sucesión de estampas sobre diferentes temas. A lo largo de diecisiete capítulos (y otros ocho más cortos incluidos en un apartado final bajo el epígrafe “Apuntes”) Tristán da un recorrido completo y minucioso a la sociedad londinense –desde la descripción del clima de la ciudad, al carácter de los londinenses o su forma de vestir– en el que, sin embargo, destacan por su crudeza y realismo algunos episodios. En concreto, Tristán dedica una quinta parte del libro a describir la vida en tres cárceles de la ciudad, lugares a los que pudo acceder con dificultad y tras pedir varios permisos que le permitieron contemplar “la confusión que reina en esas cloacas de la civilización inglesa” (p. 144). Y si dantesca es la descripción del sistema penitenciario inglés, no menos espantoso es el cuadro que pinta Flora Tristán de la prostitución en Inglaterra. En el capítulo “Las mujeres públicas”, hallamos un catálogo de los horrores a los que se ven sometidas las prostitutas de la city, muchas de ellas niñas captadas en la calle y obligadas a prostituirse para poder comer.

Igualmente, y como no podía ser de otra forma, le mujer inglesa también le merece a la autora un análisis individualizado. El espíritu de fuerte crítica social y denuncia que recorre todo el libro se concreta en una conclusión previsible: “En el país del más atroz despotismo, donde alabar la libertad ha estado mucho tiempo de moda, la mujer se halla sometida por los prejuicios y por la ley a las más indignantes desigualdades” (p. 277). Para Tristán, es la amoralidad del materialismo británico, la causante de esta condena de la mujer a un papel subordinado: “¡Nada hace tan patente el materialismo de esta sociedad inglesa como el estado de nulidad al que los hombres reducen a sus compañeras! Si las cargas sociales son comunes al hombre y a la mujer, ¿por qué estos señores excluyen a la mujer de la sociedad y la condenan a llevar una vida de vegetal?” (p. 283). En este capítulo dedicado a la mujer, encontramos la única referencia de la autora a una de las influencias en su obra que ella siempre reconoció: la pionera obra de Mary Wollstonecraft, Vindicación de los Derechos de la Mujer; obra cuya lectura –como leemos en todas las biografías de Flora Tristán–, ejerció una notable influencia en su orientación feminista hacia el estudio de la opresión de la mujer, heredando de Wollstonecraft su valoración de una educación en igualdad con el hombre como factor fundamental y absolutamente necesario para la emancipación de la mujer.

La obra de Flora Tristán sobre Londres tiene el mérito innegable de ser uno de los primeros análisis sociológicos de la realidad de una gran urbe europea, sentando un importante precedente para un género de denuncia social de la corrupción en las ciudades .

Todo eso y mucho más es lo que hallamos en Paseos por Londres. Es el olor de la ciudad, el aire viciado que se respira fuera de los ambientes selectos, lejos de las famosas y elitistas carreras de caballos de Ascott que, en un cruel ejercicio de comparación, también son descritas con detalle, haciendo más terrible si cabe el contraste de dos mundos antagónicos. Es un retrato despiadado y una diatriba brutal, pero es también otra cosa. Paseos por Londres es la venganza de una mujer desencantada, impotente ante una situación que la supera, que no es capaz de concebir.

Como el reverso de una misma moneda, Tristán nos muestra la otra cara de la falsa moral victoriana, la trastienda y los bastidores de una sociedad hipócrita y artificial, irónicamente puritana; una sociedad por completo entregada a la apariencia y la fachada, una ciudad como Londres, donde esplendor y miseria coexisten en un mismo espacio urbano. Una ciudad y una sociedad en la que, según dice la autora, se ha perdido ya cualquier valor: "¡Cosa extraña!, la moral no existe en ninguna parte; ya no se cree ni en la castidad, ni en la probidad ni en ninguna de las acepciones de la palabra virtud; nadie se deja engañar por la apariencias y, a pesar de todo, siguen ocultando las costumbres nacionales” (p. 280)

Paseos por Londres no tiene el rigor crítico ni el potencial teórico que pueda tener La situación de clase obrera en Inglaterra (1845) de Engels, un libro mucho más documentado y sistemático, escrito con posterioridad al de Tristán –que posiblemente Engels leyó– y con una intención más metódica. Aun así, la obra de Flora Tristán sobre Londres tiene el mérito innegable de ser uno de los primeros análisis sociológicos de la realidad de una gran urbe europea, sentando un importante precedente para un género de denuncia social de la corrupción en las ciudades, que daría obras tan significativas y estudiadas hoy, como la serie que Lincoln Steffens dedicó a las ciudades estadounidenses, luego agrupada bajo el título La vergüenza de las ciudades. A eso se une el hecho de su realismo y el acierto de unas descripciones que nada tienen que envidiar a las excelentes páginas que Dickens dedicara al Londres victoriano en Oliver Twist o David Copperfield. Para los amantes de Londres, los amantes de los libros sobre Londres y los interesados en conocer la cara oculta de una gran metrópolis de mitad del siglo XIX –lo que no se dice en los libros sobre la Revolución Industrial o sobre la noble historia de la Gran Bretaña–; para todos ellos, el libro de Flora Tristán es una lectura necesaria, una verdad inexcusable.

"La ciudadanía debe decir cómo quiere cambiar el sistema"

Entrevista a Enric Duran, líder de movimientos sociales. Cree que la reunión del G-20no ha servido porque el capitalismo no se ha tocado

MAGDA BANDERA
Público


Escondido en algún lugar del planeta, el denominado Robin Hood de los bancos ha seguido la reunión del G-20 desde el ordenador con el que responde a Público. Enric Duran, nacido en Vilanova i la Geltrú (Barcelona) hace 32 años, se adelantó una semanas al debate sobre la necesidad de controlar la banca con un ejemplo práctico. En septiembre hizo público cómo había logrado 492.000 euros en créditos a pesar de no tener avales, sólo a base de fingir una nómina y realizar transferencias periódicas a sus cuentas.

Su objetivo era usar el dinero para financiar a colectivos sociales y publicar Crisis, una revista en la que explica el modo en que "la banca usa su privilegio para crear dinero de la nada, para especular con las necesidades básicas de la gente y promover el endeudamiento". Mientras espera que las 18 denuncias presentadas contra él no prosperen, celebra que su iniciativa haya animado a otros colectivos a "construir alternativas sociales al modelo capitalista". Desde la semana pasada, promueve una huelga de usuarios de banca (www.17-s.info).

¿Cómo valora la reunión del G-20?

Es más de lo mismo. Dicen que con los acuerdos que han tomado van a parar la crisis y que han dado respuestas estructurales para que algo así no vuelva a suceder, pero mienten a conciencia. No se han tocado los fundamentos del capitalismo. Se mantiene las principales líneas del neoliberalismo, el sistema financiero, el libre mercado, el crecimiento económico como fin, los paraísos fiscales… El único cambio significativo es el reequilibrio de poder que implica que países emergentes participen en las decisiones a través del G-20.

¿Y las promesas de control y transparencia?

Ofrecen lo que algunos países ya están haciendo o no deberían de haber dejado de hacer. Mienten al prometer transparencia mientras, como Zapatero, permiten a los bancos mantener el anonimato en las operaciones de rescate a las que se acojan.

¿Qué implica que la presunta "refundación" del capitalismo la diseñen sólo políticos y banqueros?

Lo de refundar el capitalismo fue sólo un titular mediático de Sarkozy. En realidad, en lo que coinciden los países del G-20 es en coordinarse para parar la crisis y adoptar medidas para impedir un nuevo casino financiero. Además, el modo de plantear la "refundación" es antidemocrático. Ninguno de los políticos incluyó las medidas propuestas en Washington en su programa electoral y no han sugerido referéndums para pedir a la ciudadanía su opinión ante una situación excepcional.

¿Cómo debería reformarse el capitalismo?

Debemos afrontar mucho más que una crisis económica, está en juego el futuro de la humanidad y del planeta. Es vital cambiar hacia una forma de vida sostenible y el destino de ese proceso no es compatible con el capitalismo. Durante la transición hacia el nuevo paradigma, deberíamos nacionalizar el sistema financiero y lograr que la actividad económica vuelva a ser cada vez más local. Se trata de salir progresivamente de la globalización de los mercados.

¿Cuál debe ser el papel de la ciudadanía?

Debemos ser conscientes del poder que tenemos si nos unimos. Movilizarnos en la calle es un buen camino, nos permite encontrarnos, pero debemos llevar esa acción colectiva hacia lo más básico: ayudarnos para alojarnos, trabajar, comer, aprender, etc... Es necesario rehacer las relaciones comunitarias. La mayor parte del cambio hacia otra sociedad está en nuestras manos.

¿La indignación de algunos ciudadanos al ver las ayudas a la banca puede incitarles a movilizarse?

Esta claro que sí. Ahora los políticos están empezando a hablar de medidas orientadas a ayudar a la gente común. El objetivo es mantenernos ligados a los bancos y conservar la paz social. Quieren que todo siga igual ante el miedo a las movilizaciones sociales.

¿Qué deberían haber hecho los gobiernos ante la crisis?

Dejar que quebraran una parte de los bancos y nacionalizar los más importantes, y a partir de ahí transformar el sistema financiero. Convertir los pisos hipotecados en suelo público y asegurar que nadie pierde la casa ni sus ahorros básicos. Apoyar a las empresas necesarias para el proceso de transición hacia un sistema sostenible, como las que benefician al medio ambiente. Y si cierran empresas de coches, ayudar a los trabajadores a montar cooperativas que construyan transporte público, por ejemplo.

¿Se puede vivir sin la banca tradicional?

A corto plazo existen alternativas de banca ética donde abrir una cuenta y domiciliar la nómina. También hay opciones de inversión y ahorro, social y ecológicamente adecuadas. A medio plazo, habría que crear cooperativas financieras de ámbito local para ayudar a la gente a sacar adelante sus proyectos productivos. A largo plazo, debería construirse un sistema financiero justo y adecuado a las necesidades de la gente y del planeta, donde el dinero ya no sea una forma de acumulación de poder y riqueza, sino una herramienta para vivir mejor.

Identidad y familia social según Olivier Assayas

IRATXE FRESNADA
Gara



Para Assayas, Jean Luc Goddard, todo un tótem, es un creador de aforismos. Pero aún así, se reconoce «hijo profesional» de la Nouvelle Vague, por la labor de aquellos cineastas dice hacen películas. Olivier Assayas se interesa por el paso del tiempo, por las crisis y los cambios de valores que afronta la humanidad. Sin embargo, en sus películas deja libre el camino para que el espectador vea mas allá de lo mostrado.

Su producción se ha caracterizado siempre por una valiente actitud trasgresora en cuanto al estilo de sus filmes y por una elogiable postura anticonformista respecto a la industria.El cine es, para Assayas, un espacio para el arte en constante mutación. Para él, la experimentación forma parte del juego. Juego del que han surgido filmes tan memorables como «Paris S'evelle» o «Finales de agosto principios de septiembre» o tan desconcertantes como, «Demonlover».El que fuera compañero de viaje (su marido y director) de la sofisticada Maggie Cheung, regresa ahora a las pantallas con «Las horas del verano», una cinta en la que nos habla de una y muchas cosas al mismo tiempo.

A través de una película de actores, sencilla en su planteamiento, pero compleja en sus intenciones, el realizador galo nos cuenta la historia de tres hermanos en la cuarentena que heredan una excepcional colección de obras de arte del siglo XIX. La muerte de la madre y el reparto de la herencia desencadenan una crisis entre ellos que les llevará a enfrentarse a los recuerdos compartidos y al valor que cada uno de ellos les otorga. Juliete Binoche, Charles Berling y Jeremie Renier encabezan el reparto de un filme que forma parte de un proyecto que homenajea al Museo de Orsay (en 2006 celebró su veinte aniversario). El resultado del último trabajo del director galo nos invita a reflexionar sobre conceptos como la identidad, la familia, el arte y la globalización en el siglo XXI.

En «Las horas del verano», el director de «Irma Vep» vuelve a hablarnos del desarraigo, del paso del tiempo, de la muerte en definitiva. Desde una narración cuidada y efectiva, a través de una historia sencilla, Assayas convierte lo cotidiano en algo poético y trascendente. Finalizada la etapa de promoción de «Las horas del verano», Assayas prepara su nuevo proyecto sobre Ilich Ramírez Sánchez, «El Chacal». El guión, que coescriben Assayas y Dan Frank, está basado en las investigaciones periodísticas que siguieron la pista del personaje, un personaje oscuro, pero con una historia fascinante que ya tiene quién la rescriba otra vez.

Literatura y nihilismo social

VÍCTOR GÓMEZ PIN
El País



En un artículo de opinión publicado en este diario, Mario Vargas Llosa enfatizaba el hecho de que, pese al aparente caos en que anda empantanada la economía mundial, el sistema no se halla en peligro, y ello por la razón simple de que no habría alternativa alguna al mismo "aunque les duela a los nostálgicos de las economías estatizadas y su inevitable corolario, la dictadura totalitaria". Dura amalgama -en boca de un gran escritor- para los que sólo experimentan la primera "nostalgia".

En cualquier caso, si éste es el único sistema posible cabe preguntarse cómo se ha llegado a esta situación. Algunos estarían aún tentados de responder que por razones intrínsecas al sistema mismo. No es ésta la tesis del escritor, quien evoca a Adam Smith y la metáfora de la locomotora: las crisis son inevitables sólo cuando el capitalismo se sale de los rieles, tomando alguna dirección arbitraria. Y ello no ocurre por azar, sino por intervención humana: los que lanzaron las subprime y otros expedientes eran, además de avariciosos y canallas, irresponsables, por introducir en la vida financiera entes de ficción.

Vargas Llosa ofrece una analogía, digamos en contrapunto, con lo que pasa en la novela. Hubo un tiempo en el que los lectores habrían empezado a sospechar de la ficción literaria sustentada en la narración. El olvido en que habría caído -a juicio del autor- el Nouveau Roman mostraría que tal sospecha era infundada y que la legitimidad de la literatura reside precisamente en la ficción, una ficción que tiene sus exigencias internas, pero que no están sometidas a la realidad natural y ni siquiera determinada por las estructuras básicas de la organización social, estructuras a las cuales sí respondería la economía: "Fuera de la novela y el arte, vivir en la ficción, sea en política o economía, es un suicidio", escribe.

El día anterior a la publicación del artículo de Vargas Llosa tuve oportunidad de ver en La Pedrera de Barcelona una exposición dedicada al artista ruso Alexandr Ródtxenko. Nacido en San Petersburgo en 1891 y fallecido en Moscú en 1956, Ródtxenko tuvo gran complicidad con Maiakovski. Ambos veían en la Revolución de Octubre, una suerte de generalización de las exigencias de veracidad que les movían a revolucionar el universo artístico. Para el poeta cada revolucionario era un espejo de lo que le movía a intentar innovar el lenguaje poético, y el único destinatario legítimo de sus versos. Siguiendo el lema "gasto mínimo, racionalidad máxima", Maiakovski escribe pequeños poemas loando las virtudes de la economía colectivizada, poemas que Ródtxenko inserta en sus vanguardistas construcciones gráficas. La intención es tocar a la vez la sensibilidad artística y la conciencia social.Sabido es que la pareja Maiakovski-Ródtxenko no pudo mantener su entusiasmo. Hacia 1930, los grupos artísticos de vanguardia son abolidos. Ródtxenko se limita a hacer fotografías para una editorial estatal. Maiakovski escogerá un final dramático. Ninguno de los dos ha repudiado el proyecto comunista, pero por una de esas tragedias de la historia de los hombres, el país que encarna el ideario de emancipación de la condición humana, amenazado por poderes externos y por las dificultades inherentes a la propia empresa, canaliza su energía hacia el control paranoico de un enemigo interior, cuyo peso real se ve agigantado por la paranoia misma. Ello acontece, paradójicamente, en los años mismos en los que el capitalismo se enfrentaba a una crisis que conmovía sus cimientos, y que tendría como resultado la conocida renuncia a la democracia por parte de la burguesía industrial y financiera

Es muy difícil juzgar lo que estaría pasando en el alma del país de los ciudadanos soviéticos en esos terribles años treinta. El suicidio de Maiakoski, el paso a segundo plano de Ródtxenko, y de tantos otros, son quizás el símbolo del desmoronamiento a la par del proyecto revolucionario y del ideario que vinculaba intrínsecamente emancipación social e imbricación del arte en la vida cotidiana. Mas si en 1930 en el mundo social de Maiakovski quizás ha quebrado ya el sueño del "hombre total", tal sueño perduraba fuera de la Unión Soviética para muchos de los que se enfrentaban a las consecuencias en sus vidas de la debacle del 29. Perduraba en aquellos que luchaban no sólo por salir individualmente del atolladero, sino para establecer un mundo en el que pantanos como ése no fueran ya posibles.

Tal vez todo fuera un espejismo. En cualquier caso, hoy ya no hay rastro de la Unión Soviética y se proclama que el capitalismo no tiene alternativa. Y en este horizonte único, la vida cotidiana, la vida marcada por la inserción en los mecanismos productivos y en las exigencias de la economía, a veces es afectada por brutales turbulencias, cuyas principales víctimas serán, según Varga Llosa, "los países con menos defensas y las personas con escasas o nulas reservas". Para aquel que se siente abandonado, la caída en el nihilismo es la perspectiva más probable. Pues los valores del mercado sólo son susceptibles de movilizar nuestros espíritus si el mercado no nos deja en la cuneta. La reflexión es muy sencilla: "el mercado me ha arrinconado a los arcenes... y no tengo otra perspectiva que el mercado mismo". Y efectivamente se generará esa nueva "era de la sospecha" a la que el escritor se refiere; sospecha estéril, puesto que relativa a lo que se considera el único de los mundos posibles... frente al cual se elevará -para los afortunados- el universo ficticio de las creaciones del espíritu.

André Malraux, tan comprometido en su juventud con las causas más nobles de la vida política de su tiempo, pero sinuoso y ambiguo en ese crepúsculo coincidente con responsabilidades de ministro, no dejó sin embargo nunca de considerar que algo en el arte trascendía las vicisitudes miserables de la vida de los hombres y aun de los pueblos, que en el arte cada uno de nosotros tenía la oportunidad de reconciliarse con su humanidad; simplemente, para él, arte y política circulaban ya por caminos paralelos. No otra cosa parece creer Vargas Llosa cuando sostiene en su artículo que las prodigiosas síntesis de la imaginación que son alimento de la literatura son veneno para la política y la economía.

Y, sin embargo, será difícil erradicar la nostalgia de ese arte imbricado en la vida de los hombres y que, en situaciones como las actuales, permitiría simplemente no caer en el nihilismo. No estoy en absoluto defendiendo la subordinación del arte a imperativos de otro orden. Afirmo con Proust que del verdadero fruto del arte se alimenta la comunidad aun sin saberlo y que proclamar el carácter ético de las propias motivaciones creadoras es equipararse al fariseo que loa su propia sinceridad; convencido de que, al igual que la auténtica buena acción, el verdadero arte es ético sin proclamarlo. Mas en base a la convicción griega de que el hombre sólo puede actualizar su esencia en el marco de la polis, pensar en la humanización a través de la obra de arte exige pensar en la dignidad del marco social en el que tal obra se despliega. Pues para el arte, la mera aspiración a ser realizado incluye la connotación de ser compartido y ello no es posible más que en la emergencia, ya sea fugitiva, de un momento de interparidad... en la libertad.

Ésta es la base de lo que se ha dado en llamar arte comprometido. Y desde Los fusilamientos del 3 de mayo al Guernica, pasando por Fidelio hay ejemplos admirables de tal exigencia.
Víctor Gómez Pin es catedrático de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona.