Loudon Wainwright III, "Recovery" (2008)

KEPA ARBIZU
Lumpen




Los Wainwright son actualmente dentro de la música la familia más importante y mediática. Esto último no lo digo para restar méritos a sus integrantes, los tienen y muchos. Rufus, el más famoso, es un “excesivo” cantante pop, Martha, una "crooner" trágica. Ambos son habituales de las páginas de todo tipo de prensa, suelen aparecer, entre otras cosas, lanzándose parabienes y alabando la calidad del otro. Siempre excluyen de esa puja al original de la saga, Loudon Wainwright III. Puede entenderse desde una perspectiva afectiva, la relación entre padre e hijos ha sido siempre bastante intempestiva, pero en lo referente a lo estrictamente artístico, me parece un debate baldío, el genio de la familia es Loudon III.

Cantautor folk en los años 70 disputó fama y un mismo espacio creativo con estrellas de la talla de Dylan, Ochs, Tim Buckley, etc... Con un estilo sobrio, tendente al dramatismo pero altamente poético, Loudon tendría muy pocos momentos de éxito y cuando llegaban era en otra de sus facetas, la cinematográfica, donde su intervención, por ejemplo, en la serie MASH, le haría bastante popular.

Desde sus inicios hasta el día de hoy ha estado siempre en activo, cierto que a diferentes ritmos según la época, pero nunca ha dejado de realizar discos. Ahora se presenta con Recovery. No se trata de un trabajo nuevo al uso. Está compuesto por una reinterpretación de temas suyos del pasado, más concretamente de sus tres primeros discos. Para algunos puede suponer un handicap para no acercarse al cantautor norteamericano el hecho de no tener la oportunidad de descubrir nuevas composiciones. Creo que harían muy mal en tomar esa decisión. Intentar remodelar viejos temas es verdad que tiene su dosis de riesgo, no hay más que recordar el horror que ha publicado Tony Joe White este mismo año remezclando alguno de sus clásicos. Pero no son casos comparables, aquí no hay juegos florales ni intentos para convencer al joven moderno de adentrase en su tortuoso mundo

Joe Henry es el encargado de producir este disco, seguramente hoy por hoy el más capacitado para conseguir sonidos tan envolventes y emotivos partiendo del rock. Y sin duda vuelve a conseguir sus propósito, reconstruye el viejo estilo de Loudon, sobrio, pausado pero potente, dotándole de mayor empaque, adornado algo más (sin llegar a saturarlo) y creando emociones más fuertes aunque no necesariamente de mayor intensidad. El “nuevo traje” de las canciones está hecho bajo esas premisas.

La dylaniana, originalmente, “Black uncle remus” se convierte en un potente blues. “School days” partiendo de la austeridad cobra nuevos tintes por su leve orquestación. El himno a uno de sus variados vicios, “The Drinking song”, sigue manteniendo su potencia primigenia. “Muse blues” saca el lado más acelerado y canalla del cantante y “Motel blues” se transforma en una sobrecogedora oda lasciva.

Buen momento para acercarse a la muy desconocida figura de Loudon III escuchando su acertada actualización de muchos de sus temas. Estoy seguro de que la mayoría no podrá evitar inmiscuirse en su larga carrera y descubrir los muchos, y casi todos gratificantes, detalles de su obra. Es necesario conocer y apreciar a una de las voces importantes de los atribulados 70.

La Pedrera exhibe los cuadros ignorados de Mercè Rodoreda


GEMMA TRAMULLAS
El Periódico de Catalunya


Corría el año 1950 y en una buhardilla del número 21 de la calle Cherche-Midi, en el barrio latino de París, Mercè Rodoreda cosía, escribía cartas y cuentos, y pintaba sobre la única mesa de la habitación. Allí creó casi toda su obra plástica, unos 150 lienzos, que quiso exponer en dos ocasiones, sin conseguirlo. La muestra L'altra Rodoreda: pintures & collages, que hoy se abre en la sala L'Entresòl de La Pedrera, descubre una parte del legado ignorado de la escritora: 33 pinturas y colajes que, según la comisaria, Mercè Ibarz, "tienen valor por sí mismas para estar en la colección del Museu Nacional d'Art de Catalunya o del Museu d'Art Contemporani de Barcelona".

La mayoría de los cuadros, que están sin fechar y sin titular, son propiedad de la familia Borràs-Gras y seis pertenecen al Institut d'Estudis Catalans. Ibarz defiende que casi todos son autorretratos, mujeres de ojos inocentes y alucinados por las consecuencias de la guerra, que recuerdan a La Colometa de La plaça del Diamant. También remite a la segunda guerra mundial un colaje hecho con nombres de alemanes muertos que forman una figura humana sobre la que la autora ha pegado una amplia sonrisa roja.

MIRÓ, PICASSO Y KLEE

El exilio de Mercè Rodoreda (1908-1983) quedó amortiguado por el ambiente artístico parisino. Su estilo es directo y expresivo, de apariencia sencilla, y tiene influencias de Miró, Picasso, Klee, Kandinsky y el art brut. Pero el objetivo de la exposición no es mostrar la técnica más o menos virtuosa de la artista, sino explicar el efecto que tuvo el proceso de creación de los cuadros en la definición de su literatura posterior a la guerra.

Primero en París y después en Ginebra, Rodoreda pintó para sobrevivir --necesitaba dinero para ella y para el hijo que había dejado en Barcelona en 1936--, pero sobre todo pintó para poder escribir. Tras el trauma de la guerra civil, el exilio y la segunda guerra mundial, pasó varios años sin poder dedicarse a la ficción, aunque nunca dejó de cartearse. A finales de los 40, se atrevió con cuentos y poesía, pero no tenía fuerzas para atacar una novela.

En una carta de 1948, Rodoreda explica a Anna Murià que quiere hacer novelas sobre la ocupación nazi de Francia. Sin embargo, diez años y muchos cuadros después, su primera novela, Jardí vora el mar (1959), es una evocación de Joan Miró, y posteriormente escribirá sobre la posguerra en Barcelona y el afán de libertad. Esta actitud, ligada a su actividad pictórica en París, invadirá el escenario literario por el que ha pasado a la historia. Tras ganar el premio Víctor Català, en 1957, Rodoreda ya solo utilizó la mesa para escribir.