Bernard Madoff, el estafador de Wall Street, da un poderoso golpe de mano a favor de la justicia social


JAMES PETRAS
Rebelión



Una introducción a la superestafa

Bernard “Bernie” Madoff, corredor de bolsa de Wall Street, antiguo presidente del NASDAQ y venerado inversionista, ha confesado su autoría en el mayor fraude de la historia, un chanchullo de 50 mil millones de dólares. Bernie era conocido por su generosa filantropía, especialmente a favor de las causas sionistas, judías e israelíes. Este personaje, que durante los años sesenta había sido socorrista playero, inició su andadura en las finanzas reuniendo ahorros de colegas, amigos y familiares en el entorno de los judíos más ricos de los suburbios de Long Island, Palm Beach, Florida y Manhattan, bajo la promesa de un rendimiento moderado, continuo y seguro de entre el 10 % y el 12 %. Madoff cubría cualquier posible retirada de fondos según el denominado “método de Ponzi” o estafa piramidal, es decir, echando mano del dinero de nuevos inversores, quienes literalmente le suplicaban que los desplumase. Llegó a gestionar en persona un mínimo de 17 mil millones de dólares. Durante casi cuatro décadas se creó una clientela que incluía a algunos de los bancos y compañías inversoras más importantes de Escocia, España, Inglaterra y Francia, así como los principales fondos de inversión libre de Usamérica. Se hizo con casi todos los fondos de activos netos de prósperos clientes privados, que obtenía a través de corredores de bolsa pagados a comisión. Su clientela incluía a muchos multimillonarios de Suiza, Israel y otros países, así como los fondos de activos netos más importantes de Usamérica (RMF Division of the Man Group and the Tremont). Muchos de los riquísimos estafados habían prácticamente "forzado" a Madoff a tomar su dinero, ya que éste imponía rigurosas condiciones a los clientes potenciales: insistía en que viniesen recomendados por miembros de su clientela, que depositasen cantidades sustanciales y que le garantizasen su solvencia. La mayoría se consideraban afortunados cuando sus fondos pasaban a las arcas del respetado… estafador de Wall Street. El mensaje de Madoff era siempre el mismo: su fondo de inversión estaba cerrado... pero como venían recomendados por gente del mismo entorno (miembros del consejo de administración de organizaciones benéficas judías, recaudadores de fondos para Israel, country clubs de alta clase, etc.) o eran amigos de un amigo, de un colega o un cliente, aceptaría el dinero.

Madoff estableció consejos consultivos con miembros distinguidos, contribuyó enormemente a museos, hospitales y selectas organizaciones culturales. Era un miembro prominente de exclusivos country clubs de Palm Beach y Long Island. Su reputación se vio realzada por los resultados de sus fondos, que jamás declararon pérdida alguna, lo cual es un argumento fundamental para atraer a inversionistas millonarios. Compartía con su acaudalada clientela de judíos y gentiles un estilo de vida aristocrático, con una mezcla de filantropía cultural y discreta especulación financiera. “Engatusaba” a sus colegas con una suave pero autoritaria apariencia de “maestría”, recubierta de un barniz de colegialidad entre ricachones, de una profunda implicación con el sionismo y de amistades de toda la vida.

El megafondo de Bernie compartía muchas características con los recientes chanchullos financieros: un rendimiento elevado y constante, inigualado por cualquier otro corredor de bolsa; ausencia de supervisión por parte de terceros; una compañía de contabilidad en la sombra físicamente incapaz de auditar sus multimillonarias operaciones financieras; un control personal de las operaciones de correduría de bolsa comerciante y una confusión absoluta en lo relativo a sus inversiones. Los ricos y famosos, los inversionistas más sofisticados, los consultantes de elevado salario, los máster en administración financiera de Harvard y todo el ejército de reguladores de la US Security and Exchange Commission (SEC) pasaban por alto las similitudes de Madoff con otros defraudadores, y ello porque estaban totalmente implicados en la cultura corrupta del “agarra el dinero y vete pitando” y del “si sacas tajada no hagas preguntas”. La reputación de suprema sabiduría que aureola a un supuestamente próspero judío de Wall Street alimentó el autoengaño y los estereotipos de gentiles multimillonarios.

La gran estafa

El fondo de inversión de Madoff sólo operaba con una clientela limitada de multimillonarios que mantenían en él su dinero a largo plazo; las ocasionales retiradas de fondos eran de poco monto y fácilmente cubiertas por medio de peticiones de más inversión a nuevos inversionistas deseosos de acceder al fondo de Madoff. Los grandes inversionistas a largo plazo mantenían sus capitales para dejarlos en herencia a sus herederos o para su jubilación. Los ricos abogados, dentistas, cirujanos, profesores distinguidos de las mejores universidades y otros que en algún momento hubiesen necesitado retirar algo de sus fondos para una boda ocasional de altos vuelos o para la ceremonia de madurez adolescente judía (bar mitzvah) de alguno de sus hijos con invitados famosos podían hacerlo, porque Madoff no tenía problemas a la hora de recaudar más fondos entre los ricos propietarios de fábricas de confección de ropa, cuyos asalariados cobran jornales de miseria, de peligrosos empacadores de carne y de siniestros señores barriobajeros. Madoff no era ningún Robin Hood, sus contribuciones a organizaciones filantrópicas y benéficas le facilitaban el acceso a los ricachones que formaban parte de los consejos de administración de las instituciones receptoras y probaban que él era “uno de ellos”, una especie de compañero íntimo de la misma clase elitista. La sorpresa, el pavor y los ataques cardíacos que han seguido a la confesión de Madoff de que su negocio era una estafa piramidal han provocado tanta rabia por el dinero perdido y el descalabro de la clase pudiente como por la vergüenza de saber que los mayores y más perspicaces estafadores mundiales de Wall Street habían sido estafados por uno de los suyos. No solamente han sufrido grandes pérdidas, sino que la imagen que tenían de sí mismos como ricos que lo eran por su inteligencia y su “linaje superior” ha quedado totalmente destrozada: de pronto se han visto abocados al mismo destino de los pendejos a quienes ellos estafaron, explotaron y desposeyeron en su ascensión a la cima. No hay nada peor para el ego que un respetable estafador sea estafado por otro estafador todavía mayor. Por eso, muchos de los que más han perdido se niegan a dar sus nombres o a poner cifras a las cantidades evaporadas y tratan de recuperarlas con la ayuda de sus abogados.

El lado positivo de la megaestafa de Madoff (la mano involuntaria de la justicia)

Incluso si es comprensible que los superricos y acaudalados, que han perdido buena parte de su jubilación y de sus fondos de inversiones sean unánimes en su condena y en sus lamentaciones por el abuso de confianza de que han sido víctimas, y que los editoriales de todos los periódicos y semanarios de mayor prestigio se hayan unido al coro de críticos moralistas, las acciones de Madoff merecen muchas alabanzas, incluso si tales alabanzas no van dirigidas a su conducta fraudulenta. Vale la pena enumerar los resultados positivos involuntarios de la estafa de Madoff:

En primer lugar, la desaparición de más de 50 mil millones de dólares disminuirá enormemente la financiación sionista usamericana de los asentamientos coloniales israelíes en los Territorios Ocupados, disminuirá los fondos que el lobby sionista AIPAC destinaba a comprar votos de congresistas y a la financiación de campañas de propaganda a favor de un ataque preventivo militar de Usamérica contra Irán. La mayoría de los inversionistas tendrán que disminuir o eliminar su compra de bonos del tesoro israelí, que subvencionan el presupuesto militar del Estado judío.

En segundo lugar, la estafa ha desacreditado todavía un poco más los altamente especulativos fondos de inversión libre, que ya se tambaleaban a causa de retiradas masivas de dinero para enjugar grandes pérdidas. Los fondos de Madoff estaban entre los más respetados y seguían atrayendo a nuevos inversionistas, pero las últimas revelaciones podrían acelerar su desaparición. Sus promotores tendrán por fin que dedicarse a un trabajo honrado y productivo.

En tercer lugar, el fraude a gran escala y a largo plazo de Madoff no fue detectado por la Securities and Exchange Commission (SEC), y ello a pesar de al menos dos comisiones de investigación. Eso hace que la credibilidad de la SEC esté por los suelos. Su enorme fallo demuestra la incapacidad de las agencias reguladoras capitalistas para detectar grandes fraudes. Este fracaso plantea la cuestión de si habrá alternativas a la inversión en Wall Street que protejan mejor los ahorros y los fondos de pensión.

En cuarto lugar, la larga asociación de Madoff con el NASDAQ, del que fue director mientras robaba miles de millones de sus clientes, sugiere que los miembros y los líderes de esta Bolsa de Valores son incapaces de reconocer a un sinvergüenza y están dispuestos a pasar por alto el comportamiento criminal de “uno de los suyos”. En otras palabras, el público inversionista ya no podrá nunca considerar que ocupar un cargo de dirigente del NASDAQ es un signo de probidad. A partir de Madoff habrá que buscar un colchón de matrimonio de gran tamaño para guardar con seguridad los restos de los ahorros familiares.

En quinto lugar, señalaré que los asesores de inversiones de los mayores bancos europeos, asiáticos y usamericanos que gestionaban miles de millones de fondos, actuaron sin la menor diligencia en el caso de las operaciones de Madoff. Aparte de las enormes pérdidas bancarias, decenas de miles de superricos influyentes y acaudalados han perdido toda su fortuna. El resultado es una pérdida absoluta de confianza en los bancos más importantes y en los instrumentos financieros, así como un descrédito general de la “pericia de los expertos”. Esto debilita el dominio financiero del comportamiento inversionista y propicia la desaparición de un importante sector de la parásita clase “rentista”, que se enriquece sin producir bien alguno ni proporcionar servicios necesarios.

En sexto lugar, como la mayoría del dinero robado por Madoff proviene de las clases altas de todo el mundo, su comportamiento ha reducido las desigualdades: se trata del “mayor nivelador” que ha existido jamás desde que se introdujo la imposición progresiva. Al arruinar a multimillonarios y llevarlos a la bancarrota, Madoff ha disminuido su capacidad de utilizar su fortuna para influenciar a los políticos en su favor, lo cual aumenta las posibilidades de influencia política de los sectores económicos menos agraciados de la sociedad de clases... e involuntariamente refuerza la democracia frente a los oligarcas financieros.

En séptimo lugar, al estafar a amigos de toda la vida, a inversionistas del mismo grupo étnico y religioso, a miembros de country club estrechamente seleccionados por su origen étnico e incluso a miembros de su familia, Madoff ha demostrado que el capital financiero no respeta ninguna de las devociones de la vida diaria: grandes y pequeños, sagrados y profanos, todos están subordinados a las reglas del capital.

En octavo lugar, entre los muchos inversionistas arruinados de Nueva York y New England hay un cierto número de señores barriobajeros (magnates de la construcción inmobiliaria), propietarios de fábricas de confección de ropa (fabricantes de ropa de diseño y juguetes) y otros que apenas pagaban el salario mínimo a las mujeres e inmigrantes que trabajaban para ellos, que solían expulsar de sus hogares a arrendatarios pobres y habían esquilmado las pensiones de sus empleados antes de trasladar sus empresas a China. En otras palabras, la estafa de Madoff ha sido una especie de venganza “divina” laica por delitos pasados y presentes contra la clase trabajadora y los pobres. Ni que decir tiene que este involuntario Robin Hood no redistribuía entre sus empleados el dinero que afanaba, más bien reinvertía una parte en obras de beneficencia que incrementaban su imagen filantrópica y en recompensar a algunos de sus inversionistas iniciales para mantener en pie su fraude piramidal.

El noveno lugar, Madoff ha asestado un severo golpe a los antisemitas que proclaman que existe una “estrecha conspiración judía para defraudar a los gentiles”: ese bulo ha desaparecido para siempre. Entre las principales víctimas de Bernard Madoff están sus amigos y colegas judíos más íntimos, gente que compartió con él mesa y mantel en banquetes de Pascua judía y que frecuentaba los mismos templos de altos vuelos en Long Island y Palm Beach.

Bernie era muy selectivo a la hora de aceptar clientes, pero se basaba en su riqueza, no en su origen nacional, raza, religión o preferencia sexual. Era muy ecuménico y un firme abogado de la globalización. No hay nada etnocéntrico en Madoff: le ha robado mil millones de dólares al banco anglo-chino HSBC y varios miles de millones a la sucursal holandesa del banco belga Fortes. Mil cuatrocientos millones eran del Royal Bank of Scotland, del banco francés BNP Paribas, del español Banco de Santander, del japonés Nomura, por no mencionar los fondos de inversión libre en Londres y Usamérica, que han admitido su participación en Bernard Madoff Investment Securities. De hecho, Bernie era el emblema del estafador moderno, políticamente correcto, multicultural e internacional. La facilidad con la cual los superricos de Europa le aflojaban sus fortunas ha provocado el siguiente comentario de un consultante financiero de Madrid: “Robar a los españoles más ricos era tan fácil como matar focas con un palo…” (Financial Times, 18 de diciembre de 2008 p. 16).

En décimo lugar, la estafa de Madoff dará lugar a una mayor autocrítica y a una actitud menos confiada hacia quienes se presenten como expertos financieros. Entre los judíos que hagan la autocrítica, a partir de ahora ya no confiarán en corredores de bolsa sólo por el hecho de que apoyan ciegamente a Israel y son generosos contribuyentes de los fondos sionistas. Eso ha dejado de ser una garantía adecuada de comportamiento ético, equivalente a un certificado de buena conducta. De hecho, los corredores de bolsa que son propagandistas excesivamente ardorosos de Israel y que prometen rendimientos siempre altos a sus afiliados sionistas podrían levantar sospechas a partir de ahora: la pretensión de que “lo que es bueno para Israel...” puede muy bien ocultar un nuevo fraude.

En undécimo y último lugar, la desaparición del imperio de Madoff y de sus acaudaladas víctimas judías liberales afectará negativamente las contribuciones a las 52 organizaciones judías usamericanas más importantes, a numerosas fundaciones de Boston, Los Ángeles, Nueva York y otros lugares, así como al ala militarista Clinton/Schumer del Partido Demócrata (Madoff los financió a ambos, así como a otros congresistas defensores incondicionales de Israel). Puede que esto permita un mayor debate en el Congreso sobre la política en Oriente Próximo sin los habituales ataques vociferantes.

Conclusión

La estafa y el comportamiento fraudulento de Madoff no se deben a ningún problema ético personal. Son el producto de un imperativo del sistema y de la cultura económica en que se mueven las instancias más elevadas de nuestra estructura clasista. La economía de las acciones, de los fondos de inversión libre y de todos los “sofisticados instrumentos financieros” es en su totalidad un sistema piramidal que no se basa en producir y vender bienes y servicios. Se trata más bien de apuestas financieras al crecimiento futuro de un papel, una acción, que sólo representa la promesa de que futuros compradores permitan la distribución de dividendos.

El “fracaso” de la SEC es totalmente predecible y sistémico: los reguladores han sido seleccionados por los regulados, están en deuda con ellos y aplazan sus veredictos, sus auditorías y cualquier reclamación. Están estructurados para “no ver las señales” y evitar una regulación excesiva de sus superiores financieros. Madoff funcionaba en un medio como el de Wall Street, que permite cualquier cosa, donde la impunidad de los megarrescates financieros y las megaestafas es la norma. Como estafador individual, lo único que ha hecho es estafar a algunos de los mayores estafadores institucionales que le hacían la competencia en Wall Street. Todo este sistema de recompensas y prestigio está controlado por los más hábiles a la hora de hacer malabarismos en los libros de cuentas, de difuminar los rastros de las operaciones y de desplumar a las víctimas voluntarias que llaman a sus puertas “pidiendo” que las desplumen. ¡Un hombre de bien, eso es Madoff!

En cuestión de días, un solo individuo, Bernard Madoff, le ha asestado un golpe mucho mayor al capital financiero global, a Wall Street y al lobby sionista usamericano del “Israel en primer lugar” que toda la izquierda de Usamérica y Europa juntas durante los últimos cincuenta años. Ha logrado reducir más las enormes desigualdades económicas en Nueva York que todos los gobernadores y alcaldes demócratas y republicanos, blancos, negros, cristianos y judíos, reformistas y ortodoxos durante los últimos dos siglos…

Algunos teóricos derechistas de la conspiración están diciendo que Bernie es un agente secreto islámico-palestino (de Hamás) enviado para socavar deliberadamente los cimientos financieros del Estado judío de Israel y de sus patrocinadores y fundaciones más generosos, acaudalados y poderosos. Otros dicen que es un marxista aún no salido del armario, cuyas estafas estaban cuidadosamente diseñadas para desacreditar a Wall Street y canalizar miles de millones hacía organizaciones radicales clandestinas. Al fin y al cabo, ¿sabe alguien dónde están los miles de millones desaparecidos? Contrariamente a los expertos de la izquierda, a los blogueros y manifestantes, cuyas fervorosas y públicas actividades no afectaban en absoluto a los ricos y poderosos, Madoff ha asestado sus golpes donde más les duele: en sus megacuentas bancarias, en su confianza en el sistema capitalista, en su autoestima y, sí, también en su pobrecito corazón, que ahora está al borde del infarto.

¿Quiere esto decir que nosotros, en la izquierda, deberíamos crear un Comité de Defensa de Bernie Madoff y exigir un rescate parecido al del secretario del tesoro Henry Paulsen, que acaba de salvar a sus amigotes del Citibank? ¿Deberíamos pedir “rescates iguales para estafadores iguales”? ¿Deberíamos propiciar su partida (o su derecho al retorno) a Israel para evitar que lo juzguen? Ha causado tantas víctimas judías que le sería difícil retirarse en Israel.

No hay razón alguna para hacer barricadas por Bernard Madoff. Basta con que reconozcamos que ha prestado un servicio histórico involuntario a la justicia popular al quebrantar algunos de los pilares financieros de un injusto sistema de clases.

Post scriptum

¿Se debe a pura y simple admiración o será a causa de vínculos ocultos con Madoff que Michael Mukasey, el actual fiscal general, se haya abstenido de la investigación? Otros de igual importancia e influencia están seguramente vinculados al caso Madoff, no sólo las “víctimas”. Nos estamos enfrentando a un caso muy serio de razones de Estado… Nadie puede creer que una sola persona pueda por sí sola hacer una estafa de este calibre y duración. Y tampoco ningún investigador serio se cree que 50 mil millones de dólares hayan podido simplemente “desaparecer” o ser transferidos a cuentas bancarias personales.

Aproximación a J.G. Ballard. El forense del nuevo milenio


JUAN MANUEL SANTIAGO
Periódico Diagonal



El 2 de noviembre se clausuró ‘J.G. Ballard, autopsia del nuevo milenio’, una exposición que acogió el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) durante casi cuatro meses sobre la vida y obra de un visionario de la cultura de finales del siglo XX y principios del XXI

No deja de ser extraordinario que la vida y trayectoria de un escritor se expongan en un museo de arte contemporáneo. No obstante, la estructura de la exposición disipó todas las posibles reticencias que pudiera tener el espectador más centrado en su obra literaria. El montaje definitivo, sabiamente elaborado por el comisario Jordi Costa y el asesor Marcial Souto, tuvo en cuenta la agitada vida de Ballard, aportó gran cantidad de ejemplares de sus obras y de las revistas en las que aparecieron sus relatos y contó con un extenso componente audiovisual: fragmentos de películas basadas en sus obras, entrevistas, muestras de arte inspirado en su obra e incluso una selección de cortometrajes realizados con teléfono móvil.

Al salir, el espectador se quedaba con la sensación de que gran parte de la iconografía finisecular no podría entenderse sin los parajes desolados, retrato de la decadencia de las clases medias británicas o viajes alucinantes al fondo de la mente. Ballard ha sido el gran cronista de ese futuro que transcurrirá dentro de cinco minutos, y su mirada es la del extrapolador que anticipa el colapso de un modo de vida, el occidental, mediante detalles en apariencia nimios: la podredumbre moral que emana de una urbanización de élite, una guerrilla urbana orquestada en torno a un centro comercial de provincias, el componente fetichista que emana del hermanamiento entre sexualidad y tecnología propiciado por los accidentes automovilísticos… El mundo en decadencia que nos presenta Ballard está lleno de piscinas abandonadas cubiertas de hojas secas, automóviles encallados en las cunetas de autovías, aviones herrumbrosos y osamentas de gigantes profanadas en medio de una playa.

Sin embargo, por muy imaginativo o fantástico que pueda parecer el imaginario ballardiano, tiene una sólida base real. Pocas experiencias más desconcertantes encontrará el lector asiduo de ciencia- ficción que adentrarse en dos novelas semiautobiográficas, El imperio del sol y La bondad de las mujeres, y en la recién aparecida autobiografía, Milagros de vida. Acostumbrado a leer al Ballard de los helechos prehistóricos encaramados a los rascacielos de la gran ciudad abandonada o las embarcaciones atoradas en el lecho seco de un río antaño caudaloso. Esta terna nos ofrece una cantidad de datos realmente esclarecedores sobre su vida y obra.

Vida de ciencia-ficción Nacido en Shanghai en 1930, James Graham Ballard padeció la Segunda Guerra Mundial en un escenario poco frecuentado por la literatura: los campos de prisioneros que el Ejército japonés instaló en China. Su primera adolescencia transcurrió en Lunghua, entre prisioneros de guerra británicos y estadounidenses, en un mundo que le resultaba ajeno por partida doble (por saberse alienígena en una civilización hermética como la china y alienado por la ocupación japonesa). Fue evacuado a Gran Bretaña y estudió Medicina, hecho que se puede inferir de la frialdad casi entomológica con que presenta hechos tan cotidianos como la muerte, pero abandonó la carrera por una de sus pasiones, la aviación.

Después de servir en las fuerzas de la RAF acantonadas en un campamento de la OTAN en Canadá (otro paraje desolado), contrajo matrimonio, encontró trabajo en una revista científica (tarea que le sirvió para comenzar a extrapolar y urdir historias de ciencia-ficción), enviudó a tempranísima edad debido a una infección que contrajo su esposa en la alicantina playa de San Juan (y ahí tenemos la base de sus vívidos retratos de los complejos vacacionales decadentes y de los personajes atormentados por la pérdida de seres queridos), se granjeó las iras de los sectores conservadores británicos (con un relato de título tan transgresor como Por qué quiero joder a Ronald Reagan, publicado cuando aquél era gobernador de California) y tuvo que ser criado por sus tres hijos menores de edad (pues la agitada vida cultural y artística del Londres de los años sesenta lo abocó a una vorágine de amor libre, drogas y revistas vanguardistas de ciencia-ficción).

La vida de Ballard, igual que su obra, nos narra desde dentro el proceso de dinamitación de la sociedad pequeñoburguesa a manos de sus propios miembros guerrilleros urbanos en estado latente que tienen que fichar en la oficina, tomarse el té de las cinco bajo el retrato oficial de la reina y, quién sabe, tal vez dejarse matar en un centro comercial o en la plácida seguridad de sus chalets con circuito cerrado de seguridad.

La obra de Ballard consigue hermanar un género popular, la ciencia ficción, con la “alta literatura”, y lo convierte en uno de los escasos autores de género fantástico (con William Gibson y P.K. Dick) que, además del hecho anecdótico de que la Enciclopedia Britannica les dedique un adjetivo (“ballardiano”), han conseguido establecerse como referentes de la cultura universal contemporánea. Su influencia se puede rastrear en la cultura underground (uno de cuyos fetiches es la recopilación de relatos La exhibición de atrocidades, que incluso dio título a una canción de Joy Division), la comunidad audiovisual (gracias a sus adaptaciones), el mundo artístico (son de sobra conocidas su devoción por el surrealismo y la reconstrucción, que él mismo patrocinó, de un cuadro de André Delvaux del que sólo quedaba una fotografía en blanco y negro) y, por supuesto, por el mundo de la ciencia ficción (al que ha dado algunas de sus obras maestras), pero que ahora, en sus últimos días de vida (padece un cáncer inoperable con varias metástasis), se extiende al gran público. Por estos motivos, la exposición de homenaje que se ha celebrado en el CCCB resulta hoy más necesaria que nunca

LECTURAS IMPRESCINDIBLES

El mundo sumergido (1962) Inicia la “serie de los desastres naturales”; menos espectacular que La sequía o El mundo de cristal, constituye uno de los puntos culminantes de la ciencia-ficción de advertencia. Fue la obra que le permitió profesionalizarse y contactar con la mítica revista New Worlds, desde la que se gestó la New wave, el movimiento que acercó la ciencia- ficción a las vanguardias artísticas y literarias de los ‘60. Ésta y las demás novelas de la serie mantienen toda su vigencia, pues no dejan de referirse, en clave simbólica y con múltiples referencias a la pintura surrealista, a lo que hoy llamamos cambio climático.

Playa terminal (1974) A falta de una edición de sus cuentos completos en castellano, esta recopilación es una manera inmejorable de adentrarse en su ficción breve. Contiene los relatos aparecidos en New Worlds y otras publicaciones del circuito underground anglosajón. Muestra a un Ballard en estado puro. Hay cuentos tan valiosos como El gigante ahogado, Bilenio o La Gioconda del mediodía crepuscular. También merecen la pena recopilaciones como Fiebre de guerra, Vermillion Sands o Pasaporte a la eternidad.

Crash (1973) Los hombres no somos más que cyborgs, productos híbridos de sexo y tecnología. El automóvil como metáfora de la potencia sexual y de los sueños reprimidos de la clase media. Adaptada al cine en dos ocasiones, Crash inaugura la “serie de las catástrofes urbanas”, que continúa con La isla de cemento y Rascacielos. El Ballard de los ‘70 está más preocupado por las consecuencias del impacto humano sobre el paisaje urbano y por la manera en la que la tecnología afectará a nuestro comportamiento. Protagonizada por el propio autor, abre una corriente de metaficción que culmina en las últimas novelas de Philip K. Dick y se puede rastrear en autores tan dispares como Javier Marías o Enrique Vila- Matas. Furia feroz (1988) Esta novelita corta contiene, en sus 140 páginas de letra holgada, más ideas provocadoras y más mala leche que el resto de la “serie de las catástrofes sociales” (Noches de cocaína, Super- Cannes, Milenio negro y Bienvenidos a Metro-Centre). La desaparición de los adolescentes de una urbanización de lujo y la muerte de los adultos que la habitaban nos adentra en un estremecedor retrato social

¿Quién es Mugabe?


Lumpen



En los últimos días leemos este titular repetidamente "EE UU retira su apoyo al Gobierno de unidad en Zimbabue y cierra toda alternativa que no sea la salida del presidente, Robert Mugabe, del poder". Sobra decir que en estos temas los estamentos internacionales hacen seguidismo de la política norteamericana y por lo tanto su opinión en la práctica no difiere mucho. Dado lo rotundo del aviso y de la poca información que encontramos del personaje en cuestión, se hace urgente conocer quién es y cuál es la situación actual, y de la que proviene Zimbabwe. Para eso, y para sacar cada uno sus propias conclusiones al margen de lo que dicen los políticos y demás, rescatamos un artículo escrito originalmente en el "Global Research" por F. Wiliam Engdahl y publicado por Rebelión en agosto:

El mayor pecado de Mugabe

Global Research (Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández)



Robert Mugabe, el Presidente de Zimbabwe, preside uno de los tesoros minerales más ricos del mundo, la región del Great Dyke, con una franja geológica que atraviesa todo el territorio desde el noreste al suroeste. El motivo auténtico de la piadosa preocupación de la Administración Bush durante estos últimos años por la situación de los derechos humanos en Zimbabwe no se debe al posible fraude en la elección de Mugabe o a las expropiaciones realizadas en las granjas de los colonos blancos. Más bien responde al hecho de que el Sr. Mugabe ha estado calladamente haciendo negocios, muchos negocios, con el único país que virtualmente tiene necesidades sin límite de las materias primas estratégicas que Zimbabwe puede suministrar: China. El Zimbabwe de Mugabe a sitúa, junto con Sudán, en el escenario central de la nueva guerra entre Washington y Pekín por el control de los minerales estratégicos de Africa, mientras Moscú juega un papel secundario en el drama. Las apuestas están en marcha.

El Presidente de Zimbabwe, Robert Mugabe, es un hombre muy, muy malo. Eso es lo que todos deducimos cuando leemos los periódicos o escuchamos los pronunciamientos de George W. Bush, del anterior Primer Ministro británico Tony Blair y, más recientemente, de Gordon Brown. A los ojos de todos ellos, ha pecado intensamente. Le acusan de ser un dictador; de que ha expropiado, a menudo con violencia, las granjas de los blancos como parte de una reforma agraria; proclaman también que ha amañado su reelección mediante el voto fraudulento y la violencia y que ha arruinado la economía de Zimbabwe.

Sin embargo, si Robert Mugabe merece estar en la lista de honor de villanos de Washington junto con Fidel Castro, Saddam Hussein, Milosevic, Admadineyad y Adolfo Hitler, no es esa la razón por la que Washington y Londres han hecho del cambio de régimen en Zimbabwe la prioridad número uno de su política hacia África.

El que parece ser su pecado tiene que ver más con sus intentos por escapar de la dependencia y servidumbre neo-colonial anglo-estadounidense y buscar un desarrollo económico nacional independiente del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. Su pecado auténtico parece ser el hecho de que se ha vuelto hacia una nación que ofrece créditos gubernamentales y préstamos blandos sin condiciones para el desarrollo económico: la República Popular de China.

Los relatos de los medios de comunicación occidentales tienden a omitir la segunda parte –mucho más importante-, conformada por el inmenso tira y afloja entre los intereses anglo-estadounidenses y China para hacerse con el control de las inmensas riquezas minerales de Zimbabwe. Deberíamos no olvidar nunca que para Washington siempre hay “buenos dictadores” y “malos dictadores”. La diferencia radica en si un determinado dictador sirve, o no, a los intereses nacionales de Washington. Mugabe pertenece, con toda claridad, a la última categoría.

El legado de Cecil Rhodes

Zimbabwe es el nombre de lo que se llamó Rhodesia durante la era del imperialismo británico de hace un siglo. El nombre de Rhodesia provenía del estratega imperial británico y minero Cecil Rhodes, fundador de las becas Rhodes para Oxford, y autor de un plan para que la Reina de Inglaterra ejerciera su control privadamente sobre una inmensa zona africana que iría desde Egipto a Sudáfrica. Cecil Rhodes creó la Compañía Británica de Sudáfrica, siguiendo el modelo de la Compañía de las Indias Orientales, junto con su socio, L. Starr Jameson, de la Jameson Raid , de tan infausto recuerdo, para explotar las riquezas minerales de Rhodesia. Controlaba lo que se denominó después Rhodesia del Norte (Zambia) y Rhodesia del Sur-Nyasalandia. El modelo implicaba que el gobierno británico asumiría todos los riesgos para defender militarmente el saqueo de Rhodes, mientras que éste y sus banqueros londinenses, sobre todo Lord Rothschild, que era un socio muy estrecho, se llevarían todas las ganancias del negocio.

Rhodes, un experimentado geólogo, sabía bien que había una falla geológica notable que iba desde la desembocadura del Nilo, en el Golfo de Suez, hacia el sur a través de Sudán, Uganda, Tanzania, de lo que hoy se llama Zimbabwe, hasta llegar a Sudáfrica. Rhodes había instigado ya varias guerras para conseguir el control de los diamantes de Kimberley y el oro de Witwatersrand en Sudáfrica. Y había descubierto ese fenómeno geológico en la década de 1880, junto con exploradores de empresas alemanas. Lo llamaron el Valle del Great Rift.

Rhodesia, al igual que Sudáfrica después de las sangrientas guerras Boer, fue ocupada por colonos blancos para asegurar las futuras ganancias minerales para los intereses aliados de la City de Londres, principalmente los de la poderosa familia Oppenheimer y sus empresas de oro y diamantes en la región.

En 1962, cuando Africa vivió el impulso por la liberación nacional del dominio colonial, una oleada calculadamente apoyada por la “potencia no colonial” de Washington, Rhodesia fue uno de los últimos bastiones, junto con la antigua colonia británica Sudáfrica, del dominio del Apartheid blanco. Los blancos en Rhodesia constituían sólo el 1-2% de la población total, por eso sus métodos para mantenerse en el poder eran absolutamente despiadados.

El Primer Ministro de la supremacía blanca, Ian Smith, prefirió declarar en 1965 la independencia de Rhodesia respecto a Gran Bretaña antes que llegar al más ligero compromiso para compartir el poder con los nacionalistas negros. Gran Bretaña consiguió sanciones comerciales de Naciones Unidas para forzar a Smith a doblar las rodillas. A pesar de las sanciones, Smith tuvo un considerable apoyo por parte de los intereses comerciales conservadores en Londres. El británico Tony Rowland, jefe del conglomerado minero Lonrho, se aseguró el grueso de sus beneficios africanos de las minas de cobre de Rhodesia y de las empresas bajo el régimen de Smith. La City de Londres sabía muy bien de las riquezas que atesoraba Rhodesia. La cuestión era como asegurar un control duradero. Los patrocinadores de Smith en Rodhesia tenían poco interés en dárselo todo a Londres.

En 1980, tras una larga y sangrienta lucha, el dirigente de la Coalición del Frente Popular Africano Negro, Robert Mugabe, ganó de forma abrumadora las elecciones como primer Primer Ministro de una nueva Zimbabwe. Veintiocho años después, el mismo Robert Mugabe está siendo cada vez más atacado por Occidente, especialmente por el antiguo amo colonial de Zimbabwe, Inglaterra, incluyendo fuertes sanciones económicas diseñadas para llevar al país al borde del colapso y para obligarle a abrir la economía a la inversión extranjera (léase anglo-estadounidense y aliados). Irónicamente, la cuestión no parece muy distinta de la de la era de Ian Smith: el control de los recursos por parte de Londres y EEUU y los esfuerzos de Zimbabwe para resistirse a ese control.

El Great Dyke

En Zimbabwe, una parte del rico Great Rift es llamado el Great Dyke, una zona intrusiva que es un tesoro geológico que se extiende a lo largo de 530 kilómetros desde el noreste al suroeste del país, y que en algunos lugares tiene hasta 12 kilómetros de ancho. Un río corre a lo largo de la falla y la región es volcánicamente activa. Ahí yacen también inmensos depósitos de cromo, cobre, platino y otros metales.

El Departamento de Estado de EEUU, así como Londres, es consciente de los inmensos minerales y otras riquezas de Zimbabwe. En un reciente informe sobre el país se afirma:

“Zimbabwe cuenta con ricos recursos minerales. Las exportaciones de oro, asbestos, cromo, carbón, platino, níquel y cobre podrían llevar un día a una recuperación económica… El país está ricamente dotado de una bolsa de gas metano que está aún por explotar.

Con atractivos internacionales como las Cataratas Victoria, las ruinas de piedra del Gran Zimbabwe, el Lago Kariba, y una inmensa vida salvaje, el turismo ha sido históricamente una segmento importante de la economía y ha contribuido a la entrada de divisas. Sin embargo, el sector se ha contraído de forma aguda desde 1999, debido a la imagen internacional de decadencia del país (sic).

Recursos Energéticos

Con un considerable potencial de energía hidroeléctrica y abundantes depósitos de carbón para centrales de energía termal, Zimbabwe depende menos del petróleo como fuente energética que la mayoría de otros países de parecida industrialización, pero importa todavía de los países vecinos el 40% de la energía eléctrica que necesita, sobre todo de Mozambique. Sólo alrededor del 15% del consumo energético total de Zimbabwe se resuelve a través del petróleo, que es importado en su totalidad. Zimbabwe importa alrededor de 1.2000 millones de litros de petróleo al año. Zimbabwe tiene también importantes reservas de carbón que se utilizan para generar energía y los depósitos de bolsas de metano recientemente descubiertos en la provincia de Matabeleland son mayores de los hasta ahora conocidos campos de gas en el Sur o Este de Africa. En años recientes, la deficiente administración económica y las escasas reservas de divisas han provocado serias carencias de fuel”.

En resumen, cromo, cobre, oro, platino, un inmenso potencial de energía hidroeléctrica e inmensas reservas de carbón es lo que está en juego en Zimbabwe para Washington y Londres. El país tiene también reservas de uranio aún no cuantificadas, algo de lo que hay una gran demanda actual para la producción de energía nuclear.

Últimamente ha quedado muy claro que mientras el tenaz Mugabe controle las cosas, los socios comerciales preferidos de Zimbabwe no son los anglo-estadounidenses sino los chinos. Ese parece ser el pecado mayor de Mugabe. No está siguiendo el programa trazado por George W. Bush y sus amigos. Su pecado real parece ser el de haberse vuelto hacia Oriente en vez de hacia Occidente en búsqueda de ayuda inversora y económica.

La conexión china
Durante la Guerra Fría , China reconoció y apoyó a Robert Mugabe. En años recientes, a la vez que la búsqueda de China de materias primas seguras hacía que su diplomacia se intensificara, las relaciones entre ambos países fueron fortaleciéndose cada vez más. Según los medios de comunicación chinos, China ha invertido en Zimbabwe más que en cualquier otra nación.

Retrocediendo hasta julio de 2005, mientras Tony Blair atornillaba aún más las sanciones contra Zimbabwe, Mugabe voló a Pekín para reunirse con los altos dirigentes chinos, donde, según se informó, solicitó un préstamo de emergencia por valor de 1.000 millones de dólares USA y pidió que se incrementara la implicación china en la economía.

Esa colaboración empezó pronto a dar frutos. En junio de 2006, empresas de propiedad estatal de Zimbabwe firmaron una serie de acuerdos en los campos de la energía, minería y agricultura con compañías chinas por valor de miles de millones de dólares. El mayor acuerdo se firmó con la China Machine-Building International Corporation, con un contrato por valor de 1.300 millones de dólares en minas de carbón y generadores de energía termal en Zimbabwe, a fin de reducir las carencias eléctricas del país. La compañía china ha construido ya centrales térmicas en Nigeria y Sudán y se ha implicado en proyectos mineros en Gabón.

En 2007, el gobierno chino donó maquinaria agrícola a Zimbabwe por valor de 25 millones de dólares, que incluían 424 tractores y 50 camiones, como parte de un préstamo de 58 millones de dólares al gobierno de Zimbabwe. La administración Mugabe había anteriormente expropiado granjas de propiedad blanca y se las había dado a los negros, dañándose la maquinaria durante el proceso. A cambio del equipamiento y de los préstamos, el gobierno de Zimbabwe enviará 30 millones de kilos de tabaco a la República Popular de China.

Otros acuerdos entre Zimbabwe y China incluían uno entre la Zimbabwe Mining Development y la China ’s Star Communications, para formar una empresa mixta en el sector de la minería del cromo, financiada por el Banco de Desarrollo de China. Zimbabwe también acordó importar equipamiento agrícola, para construir carreteras y para regadío de la China National Construction y de la Agricultural Machinery Import and Export Corporation y el China Poly Group. Zimbabwe depende también de China para las importaciones de equipamiento para telecomunicaciones, hardware militar y muchos otros aspectos importantes que no puede ya importar de Occidente debido a las sanciones auspiciadas por los británicos.

Las relaciones son ya tan importantes que la policía de Zimbabwe tiene una sección dedicada a China para proteger los intereses chinos en el país.

En abril de 2007, el presidente de la alta institución de asesoramiento político de China, Jia Qinglin, director del Comité Nacional de la Conferencia Consultiva Política Popular de China, voló a Harare para reunirse con Mugabe. A esa reunión le siguió la Cumbre de Cooperación China-Africa en Pekín en 2006, en la que el gobierno chino invitó a los presidentes de más de cuarenta estados africanos a discutir sobre sus relaciones. Africa se ha convertido en una prioridad económica y diplomática para China y su economía.

En aquella época, Pekín logró una invitación abierta para ayudar al desarrollo de las minas inactivas en el país. El portavoz adjunto del Parlamento de Zimbabwe pidió más inversión china en el sector minero del país, según la agencia china de noticias Xinhua. Se cambiaron las leyes mineras de Zimbabwe para permitir que el gobierno redistribuyera concesiones mineras que no estaban siendo explotadas.

La minería genera la mitad de los ingresos por exportaciones de Zimbabwe. Es el único sector del país que todavía tiene inversores extranjeros después del colapso del importante sector agrícola. Las compañías occidentales con concesiones mineras en Zimbabwe no están explotándolas. “Hacemos un llamamiento al gobierno chino para que venga con toda su fuerza a explotar estos minerales”, dijo al funcionario de Xinhua Kumbirai Kangai, Portavoz Adjunto del Parlamento.

Kangai aseguró a los potenciales inversores chinos que no se expondrían a acciones legales si asumían las concesiones retenidas por las compañías occidentales.

Pocos meses después, en diciembre de 2007, la compañía china Sinosteel Corporation, adquirió una participación del 67% de los Holdings Zimasco, el principal productor y exportador de ferrocromo de Zimbabwe. Los Holdings Zimasco son el quinto mayor productor de ferrocromo carbonado del mundo y están produciendo 210.000 toneladas de ferrocromo con alto contenido en carbón por año, casi todo él obtenido del Great Dyke, hasta representar el 4% de la producción global de ferrocromo.

Zimasco tiene también las segundas mayores reservas de cromo del mundo, después de Sudáfrica. Fue anteriormente propiedad de Union Carbide Corporation, y ahora es parte de Dow Chemicals Corp.

¡Oh, oh! ¡Qué forma de sonar las alarmas en los círculos de Londres y Washington a causa de esas noticias!

China considera claramente a Africa como la parte fundamental de su plan estratégico, sobre todo por sus reservas petrolíferas y materias primas vitales como cobre, cromo y níquel. El continente se está convirtiendo al mismo tiempo también en una zona importante para los productos manufacturados chinos. Pero la batalla por las materias primas está en el corazón de la lucha, y es la razón real, según se cuenta, de la reciente decisión de Washington de formar en el Pentágono un Mando separado para África.

Controlar el auge económico de China es una prioridad estratégica no declarada de la política militar y exterior de Estados Unidos y lo ha sido desde antes del 11 de Septiembre de 2001. El único punto delicado del asunto es el hecho de que China, con sus alrededor de 1.7 billones de reservas en divisas exteriores, de las que se cree que la mayoría son valores del Tesoro estadounidense, podría provocar un pánico total alrededor del dólar y un mayor colapso de la economía de EEUU si decidiera, por razones políticas, que es demasiado arriesgado continuar manteniendo sus cientos de miles de millones de deuda en dólares estadounidenses. En efecto, al comprar deuda del gobierno estadounidense con sus excedentes comerciales, China ha estado financiando indirectamente las políticas estadounidenses en contra de los intereses nacionales chinos, como en el caso de la guerra de Iraq, o incluso los alrededor de 100 millones de dólares que el Departamento de Estado de Condi Rice se gasta anualmente en el Tibet.

China se niega a seguir las normas del juego neo-colonial anglo-estadounidense. No busca la aprobación del FMI o del Banco Mundial antes de negociar con los países africanos. Concede préstamos blandos sin importarle quien gobierna el país. En esto no se diferencia de Washington o Londres. Los chinos ven la influencia estadounidense menos afianzada en África que en el resto del mundo, por tanto, África ofrece oportunidades únicas para que China busque sus intereses económicos.

Esto puede ser, o no, cínico. Puede que sea Realpolitik. Si con ello se consigue que ciertos países africanos puedan utilizar a China como contrapeso político a la dominación unilateral anglo-estadounidense del continente, quizá puedan salir beneficiados, dependerá de cómo utilicen ese beneficio.

Pero ha sido claramente a la economía china a la que le ha resultado extremadamente positivo el acceso de su país a minerales económicamente vitales, así como también al petróleo de lugares como Darfur, el sur de Sudán o Nigeria.

Las riquezas mineras han situado una vez más a Africa en el centro del escenario de la batalla entre Oriente y Occidente. Sin embargo, en esta ocasión y a diferencia de la era de la Guerra Fría , Pekín juega con mejores cartas y Washington le sigue muy de lejos.