Tras los pasos de los desheredados del sueño americano



El fotógrafo Jean Christian Boucart explora las ciudades más peligrosas de EEUU


ISABEL REPISO
Público



Una serie fotográfica para señalar lo olvidado. El último proyecto del fotógrafo Jean Christian Bourcart (Colmar, 1960) lo ha llevado a Camden (New Jersey), considerada una de las diez ciudades más peligrosas de Estados Unidos. “Tenía ganas de hablar de ese 15% de la población estadounidense que vive en condiciones de pobreza. Gente que posee eventualmente un coche o una casa, pero que está a punto de perderlos”, dice el artista a Público.

Bourcart se refiere a un colectivo de personas que no interesa porque infringe el primer mandato del capital: consumir. El fotógrafo tenía ganas de trabajar sobre la miseria, así que googleó el ranking de las ciudades más peligrosas en su ordenador y se desplazó hasta Camden (un suburbio de Philadelphia) para explorarla in situ.

La raíz del trabajo de Bourcart es intuitiva. El mecanismo que lo mueve hacia un tema u otro es puramente pasional, “un deseo o una curiosidad”, explica él mismo, que lo ha llevado a fotografiar desde las ruinas de Sarajevo (Besieged, 1993) a los clubs de intercambio de parejas en Nueva York y París (como en su serie The forbidden city, 1998-2001).

A finales de la década de los noventa empezó a investigar un terreno evidente, pero no muy explotado: el coche como hábitat. “Me di cuenta de que había un hueco que llenar con ese tema”, confiesa. Y Traffic tomó forma. La serie, realizada en las carreteras de Estados Unidos, huía de las connotaciones que la publicidad atribuye a los coches –que juega con conceptos como “aventura” y “sueños”– para quedarse con el lado más real de las cuatro ruedas: la gente que pasa media vida en ellos trabajando.

Humano, sobre todo


Acostumbrado a trabajar bajo el mismo cielo, su único trabajo realizado en un espacio cerrado es Human after all (2008), una serie repulsiva que utiliza la fealdad física para evocar un mal social y que se basa en una teoría: los seres humanos se camuflan continuamente en sus relaciones con los demás. Para ello Bourcart reunió a sus amigos en el salón de su casa, los pintó y los enmascaró.

“Busco en el exterior situaciones o personajes que ilustren mi mundo interior”, sostiene Bourcart. En este sentido, su producción constituye una radiografía de sí mismo. Pero también un trabajo de documentación antropológica que, lejos de pasar desapercibido para sus colegas, le ha reportado un World Press Award en la categoría de Arte y el premio europeo Gilles Dusein.

La literatura sobre música vive un 'boom' en plena crisis del disco

RAMÓN VENDRELL
El Periódico


Global Rhythm encabeza la nueva hornada de editoriales que han sacado al género del olvido
Textos como la biografía de The Stooges de Jaime Gonzalo elevan el nivel de la prosa rock española

No es jauja pero lo parece porque venimos de la indigencia. Nuevas, a lo sumo jóvenes editoriales de libros de música popular o con colecciones dedicadas a este nicho como Global Rhythm Press, Milenio, Robinbook, Discos Crudos, Lenoir, Gamuza Azul (de hecho consagrada a textos de artistas de rock), Quarentena, Zona de Obras y T&B Editores suministran un flujo de cultura musical impresa desconocido en España.

A la bonanza también contribuyen títulos publicados ocasionalmente por discográficas indies, por ejemplo Acuarela (las memorias de Johnny Cash y Johnny Rotten), Munster (Escupidos de la boca de Dios, biografía de La Banda Trapera del Río escrita por Jaime Gonzalo) y Penniman (Ohhh, my soul!!! La explosiva historia de Little Richard, de Charles White). La apertura en Barcelona (Castillejos, 284) de Lenoir, librería especializada en el género además de editorial, certifica el buen momento que vive esta literatura.

"UN VACÍO TERRIBLE"

Global Rhythm Press es el mascarón de proa del (pequeño, tampoco exageremos) fenómeno editorial. Julián Viñuales se decidió a fundar la firma porque no se considera un bicho raro. "Como aficionado a la música en concreto al jazz y a los libros sobre música, detecté que había un vacío terrible en esta materia", dice. Intuyó que no era el único en sentirse desatendido y acertó.
Viñuales apostó por mejorar "buenos intentos" previos, a la postre fracasados, como la colección Juglares de Júcar y la editorial La Máscara. "Es fundamental hacer una óptima edición del texto y del libro", dice.

El editor hizo una "machada suicida" con la adquisición del primer volumen de Crónicas (2005). Las grandes casas, cuenta Viñuales, solo van a por "los tiros fijos", y las memorias de Bob Dylan lo eran. Hubo numerosas ofertas, pero la de Global Rhythm "no admitía discusión". El problema fue conseguir el dinero para cubrirla. Lo logró. El libro ha vendido 14.000 ejemplares en castellano y 2.000 en catalán. Además, ha dado a la editorial prestigio internacional. Así, Viñuales recibió el manuscrito en inglés de la nueva novela de Nick Cave antes de la feria de Fráncfort y lo adquirió para España, explica, con la segunda oferta más baja.
Rumbo a la gloria, las memorias de Woody Guthrie, es el último título de una marca dedicada sobre todo a la traducción de autobiografías y biografías clásicas, de las que despacha una media de 3.000 ejemplares.

Un clásico instantáneo de la literatura rock es Combustión espontánea. Un instante de eternidad y poder (Discos Crudos), palpitante biografía de The Stooges escrita (o parida, y no sin dolor) por Jaime Gonzalo y que en dos meses ha agotado la primera edición. "Es un grupo que ha afectado a mi vida y solo podía contar su historia desde un enfoque íntimo", dice Gonzalo. Enfoque bienvenido porque redunda en reveladoras, definitivas páginas sobre la banda en general e Iggy Pop, su cabecilla, en particular. "Tengo la suerte y la desgracia de conocer a Iggy Pop y he accedido a su verdadera personalidad, tanto en los momentos gloriosos como en los mezquinos", dice el codirector de la revista musical Ruta 66.

Gonzalo ya no ve sentido a las otrora habituales biografías "de pupitre", esto es, carentes de experiencia personal del autor, contacto directo con el biografiado y análisis. En su escéptica opinión ("a ver cómo evoluciona"), el auge de los libros sobre música se debe a que internet ha devaluado la música hasta el punto de que esta "ha dejado de interesar por sí sola", pero a la vez ha incrementado "el interés por todo lo relacionado con la música, como documentales y textos".

VENTAS

La librería Lenoir hace el 80% de sus ventas a través de la red, según Àngel Ardèvol, el propietario de la tienda y director de la editorial del mismo nombre. Ardèvol publica traducciones y, cada vez más, obras de autores españoles. Meritorios son Los Salvajes y yo, de Gaby Alegret, el cantante del conjunto de los 60, y Peter Hammill & Van Der Graaf Generator, de Marcelo Gobello. "Pero son libros minoritarios", dice Ardèvol.

El superventas de la editorial vasca Discos Crudos es Por favor, mátame. La historia oral del punk, de Legs McNeil y Gillian McCain, con 5.000 ejemplares, mientras que en Robinbook El sonido de la ciudad, de Charlie Gillett, uno de los textos fundacionales de la historiografía del rock, ha alcanzado los 8.000. "Son libros que van haciendo su camino, nunca best-sellers", dice Martí Pallàs, editor de Robinbook, para la que Jordi Bianciotto está escribiendo una ambiciosa historia del rock en tres volúmenes, de los que de momento ha visto la luz Guía universal del rock. De 1990 hasta hoy. Según Gonzalo, "escribir estos libros en España es un acto de amor, no negocio". Mas no faltan autores dispuestos a escribirlos ni editoriales dispuestas a editarlos.

Chema García, el nuevo ‘Sundance Kid’

LUIS MURILLO ARIAS
Soitu



28 años, ex redactor publicitario, empleado del INEM soñando sin querer soñar con un futuro detrás de una cámara. Éste es el perfil de Chema García, director del único cortometraje español que compite esta semana en el Festival de Cine Independiente de Sundance. Antes que él ya estuvieron otros jóvenes cineastas en la famosa estación de esquí y para todos significó un punto de inflexión en sus vidas.

Su obra, 'El ataque de los robots de Nebulosa-5', en su segunda incursión en el mundo del cortometraje después de 'Miau', que no tuvo mucho éxito en los festivales españoles, pero algo más a nivel internacional. Con 'El ataque...' ha logrado el reconocimiento del circuito festivalero de cortometrajes con numerosas selecciones y bastantes premios. Su carrera ha sido tal, que tuvo que plantearse una importante decisión en su vida: romper con su antiguo trabajo de redactor publicitario y dedicarse por completo a la distribución del corto. "La hago yo mismo, es un trabajo bestial, de descargarte las bases de los certámenes, hacer las copias en DVD y enviarlas por correo".

Ese trabajo ha sido posterior al de escribir, dirigir y producir el cortometraje... ¿Qué faceta le gusta más? "Escribir es jodido y solitario. Lo paso mal hasta físicamente. Lo dejo todo clarísimo para el rodaje y el montaje, hago a la vez el guión literario y el técnico". Escribir y rodar está muy bien, pero lo que le gusta de verdad a Chema es comer.

Recorriendo restaurantes de media España

"El corto me ha permitido viajar a sitios en los que no había estado como Galicia, Extremadura y Andalucía". Recordemos que Chema es de Elche y vive en Elche y que lo que más recuerda de los festivales no son los festivales, ni los premios, ni las actrices que ha conocido. Lo que más recuerda es los homenajes gastronómicos que se ha metido entre pecho y espalda por algunos lugares de España y en el extranjero. A la pregunta de cuál es el plato que más se come en Sundance ni contesta. ¿Por? Porque no está en Sundance, está en Elche. El Festival no pagaba el viaje y se va a tener que conformar con seguirlo por Internet. El presupuesto es muy ajustado, el paro aprieta, la crisis crece y el dinero de los premios ha dado para cubrir los gastos del kinescopado de la película. No hay pasta para ir a Sundance.

Pero Chema es un tipo optimista por naturaleza: "He hablado con Xavi Serra, que estuvo en Sundance con Álex Pastor, y me ha dicho que al final el mercadeo de películas y productoras y distribuidoras tiene más que ver con largometrajes que con cortometrajes". Eso sí, desde la selección en el festival norteamericano, varias productoras españolas se han puesto en contacto con él para preguntarle por sus próximos proyectos. Sobre los posibles contactos en Estados Unidos, no quiere pensar en ello, pero... "Mi teléfono está encendido. Eso sí, mi nivel de inglés... Ejem... Mejor un e-mail".

Lo que consiguieron los que le han precedido

Lo máximo que te puede dar estar seleccionado en Sundance, aparte de, por supuesto, poder ganar el premio, es hacer que tu corto le guste a un productor norteamericano, especialmente independiente, no seamos ambiciosos, y que te llame para hacer otro corto o, quizá, los más afortunados, un largo.

Chema tiene dos espejos en los que fijarse. Por un lado, el mediático Nacho Vigalondo, que después de varios premiadísimos cortometrajes, uno de ellos, '7.35 de la mañana', estuvo incluso entre los nominados a los Óscar, se presentó en Sundance el año pasado con 'Los cronocrímenes'. Eso fue mucho antes de que la película se estrenara en España y de la nominación al Goya al Mejor Director Novel. "En Sundance se anunció el 'remake' de mi película en Estados Unidos", dice el director cántabro, que ahora sopesa diferentes ofertas para dirigir en el país norteamericano. Eso sí, para Vigalondo "estar en Sundance fue un sueño, aunque no pude ver ninguna otra película, estaba demasiado ocupado promocionando la mía".

Álex Pastor, por su parte, se alzó con el premio al mejor corto en Sundance en 2006. A partir de ahí, todo vino rodado. En 10 días, Álex y su hermano David habían vendido su primer proyecto largo a Paramount Vantage y se fueron a vivir a Nueva York. "En nuestro caso fue sorprendentemente sencillo, pero es la excepción", admiten. 'Carriers' tiene buena pinta, pero a estas alturas todavía no se ha estrenado en España. "Es una 'road movie' con envoltorio de thriller sobre cuatro jóvenes intentando escapar de una epidemia global; poco a poco vemos cómo en esa lucha por la supervivencia se enfrentan unos a otros".

Y eso que entre sus rostros se encuentra los actores, Piper Perabo o Chris Pine, una futura megaestrella gracias a su participación en el 'Star Trek', de J. J. Abrams. Por otro lado, se rumorea que los hermanos Pastor adaptarán al cine la novela 'La piel fría' de Albert Sánchez Piñol, un éxito mundial traducido a 25 lenguas. Los elementos, una isla hostil, seres extraños que surgen del océano, miedo a lo incierto, fuerzas incomprensibles, misterio, batallas a vida o muerte, explosiones... Esto nos suena a algo, pero estamos un poco 'Perdidos'.

Chema sigue soñando y esperando a que suene el teléfono mientras espera la llegada del día en que acudirá a Clermont—Ferrand en Francia para vender su cortometraje a distribuidoras de otros países. Le deseamos suerte.

Southside Johnny, días de vino y rosas en Asbury Park


JOSÉ L. FERNÁNDEZ
La Ruta Norteamericana




Algunos artistas parecen condenados a figurar como simples notas a pie de página en la historia de la música, y ese es el lugar que ocupan, a día de hoy, el incansable Southside Johnny y sus Asbury Jukes. Siempre a la sombra de Bruce Springsteen, sus trayectorias correrán paralelas hasta mediados de los 70, y juntos definirán un sonido único. Ese Rock nocturno y evocador, de inequívoco acento soul, que acabará conociéndose como Jersey Shore Sound, y dando lugar a la escena de Asbury Park.

Una auténtica revolución sonora que se gestó en la deprimida New Jersey de finales de los 60, tan ajena a modas musicales como hostil a cualquier tipo de manifestación artística basada en el individualismo. Tan cerca y a la vez tan lejos de la gran urbe neoyorkina y su cielo estrellado de neón. Una pesadilla suburbana, tocada por un paisaje de chimeneas, casas prefabricadas e industria pesada, al abrigo de la cual se desarrollaban unas vidas tan grises como la polución que impregnaba el aire. Un lugar del que huir, antes de engrosar la abultada lista de derrotados por el reverso tenebroso del sueño americano. Por ello no es de extrañar que los vibrantes ritmos del soul y el primigenio rhythm and blues calasen hondo entre la juventud local, mayoritariamente proletaria y de origen italoamericano.

Entre ellos, nuestro protagonista, que pronto cambiaría su nombre real, John Lyon, por el de Southside Johnny, para iniciar una efimera carrera como armonicista de blues en varias de las diversas bandas locales. Allí entablaría amistad con un jovencísimo Bruce Springsteen, por entonces una promesa en ciernes, y con el tercero de los héroes de Asbury Park: Steven Van Zandt, más conocido como Little Steven, en aquel momento un asilvestrado guitarrista de rhythm & blues, hoy en día mano derecha de Springsteen y parte irreemplazable en la E Street Band, así como estrella televisiva gracias a su papel en la serie Los Soprano.

Eran tres musicos muy diferentes: Southside Johnny pretendía destacar como bluesman, Little Steven venía del garage y se veía a sí mismo como un rockero, y Springsteen pronto se revelaría como uno de los mejores songwriters de su época. Sin embargo, les unía su pasión por el soul clásico que dominaba la radio musical en aquellos días. Sus caminos se separarían en el futuro, pero seguiría existiendo un vínculo muy especial entre ellos, que permanece intacto a día de hoy.

La influencia que tuvo el soul en aquella generación de músicos va más allá de lo anecdótico. Y es que quizá aquellos jóvenes no compartiesen el origen de los artistas negros a los que idolatraban, pero no era necesario haber crecido en el ghetto para sentir como propias las historias que éstos relataban: la dureza de la vida cotidiana y la marginalidad, quizá no motivada por diferencias raciales, pero común a una esclavitud que ya no necesitaba de cadenas. La de los salarios miserables, el alto desempleo y la falta de esperanza. Donde el futuro es una cadena de montaje; el bar de la esquina; el lento discurrir del tiempo tras el mostrador del negocio familiar. Allí estaba el poder redentor de la música, listo para emerger como última tabla de salvación para aquellos que se resistían a aceptar unas cartas marcadas de antemano.

Springsteen se lanzaría en solitario y firmaría con CBS, y Southside Johnny se pondría al frente de su propia banda de soul, los Asbury Jukes. Un caótico conglomerado de los músicos más salvajes de aquella escena, en la que destacaba, además de su feroz sección de viento, la fuerza escénica de nuestro protagonista, quien, lejos de los manierismos de tantas estrellas rockeras de la época, pretendía recoger el testigo de los grandes soulmen del pasado. Su música no era en absoluto sofisticada, ni sus canciones pretendían retratar a una generación. Pero tenía el músculo intrumental, la efervescencia volcánica y la urgencia de ese gospel pagano llamado soul.

Noches que ardían a ritmo de >, <Long tall Sally>, <In the midnight hour> o los viejos jingles de las Shangri-Las, jukebox imaginario de una era de inocencia y romanticismo perdida en el tiempo. Cantos de sirena capaces de hacer perder la cabeza a tantos neoyorquinos que cruzaban el Hudson buscando una cura para la impostura, la afectación arty y vulgaridad disfrazada de nihilismo, reconciliándose con una forma de entender la música que parecía olvidada.

Cuando el Boss se ganó su apodo publicando Born to run, la industria puso sus ojos en Asbury Park, y los Jukes tuvieron su oportunidad. Para la historia quedan esos I don’t want to go home y This time it’s for real, aparecidos en 1976 y 1977 respectivamente, y en los que Bruce y Little Steven se involucraron a fondo a pesar de ser ya estrellas consagradas. Hay aquí temas inéditos de Springsteen cedidos a su viejo amigo, como <The fever> o <Love on the wrong side of town>, así como fantásticas composiciones de Van Zandt y versiones de viejos hits <Hearts of stone>, supuso un paso adelante al basarse en material propio, y es sin duda su álbum más sólido. Pero los Jukes siempre fueron una banda de directo, y nada como el doble <Reach up and touch the sky>, para iniciarse en su sonido.

Con la llegada de los 80, su estela se iría apagando lentamente, mientras decisiones erróneas y producciones mediocres desvirtuaban la esencia de su música. A principios de los 90, se produjo la esperada reunión de los tres reyes de New Jersey, tras más de diez años sin tocar juntos, y el álbum <Better days> contó con Springsteen y Steven Van Zandt como miembros honorarios de la banda. En mi trayectoria como periodista musical he tenido la ocasión de entrevistar tanto a Little Steven como al propio Southside Johnny, y ambos recordaban ese reencuentro como uno de los momentos más emocionantes de sus respectivas carreras.

Una vida no tan rosa

La reedición de las memorias de Edith Piaf aporta nuevos datos sobre su vida


ALEJANDRO ARTECHE
Soitu




Fue una de las grandes de la canción francesa. Una de sus canciones, 'La vie en rose', es conocida mundialmente incluso por los que no sepan nada de la vida o de quién fue Edith Piaf.

En 1958, se publicó 'El baile de la suerte', su autobiografía, que ahora llega a nuestras librerías convenientemente actualizada. Conservando el prólogo que en su momento escribiera el gran amigo de la cantante Jean Cocteau, para la que llegó a escribir una obra de teatro y que cuenta la leyenda murió de pena el mismo día que enterraban a la Piaf, el libro se enriquece en esta edición con las notas a pie de página de Marc Robine.

La lejanía en el tiempo deja que las cosas reposen y los datos se puedan contrastar. 'El baile de la suerte' no es una autobiografía al uso. En ella, Edith Piaf cuenta su vida y sus recuerdos según le van viniendo a la memoria. Hace saltos en el tiempo para volver luego al pasado, casi no da fechas y genera un poco de caos en algunos momentos para poder ubicar en el tiempo la anécdota que está contando.

Quizá porque estas memorias se publicaron con el fin de la guerra muy reciente, Piaf pasa casi por encima por su participación en el conflicto como madrina de un campo de prisioneros franceses en Alemania y de cómo iba allí a cantarles. Con ayuda de las notas de Marc Robine descubriremos a una Edith Piaf aventurera, colaboradora con la resistencia, que aprovechaba esas actuaciones en los campos de concentración para suministrar mapas y documentación falsa a prisioneros para que pudieran escapar. Algo de lo que ella nunca presumió.

Discreta en su vida privada, Piaf habla sin problemas del trabajo y sus viajes, pero a sus amigos los menciona de pasada, por no hablar de sus romances, los conocidos y los supuestos y en donde hay nombres como Marlon Brando, Georges Moustaki o Charles Aznavour entre otros y de los que no suelta prenda.

Siempre hizo lo que quiso y logró mantener la cabeza a flote contra viento y marea. Aunque terminase creyéndose sus propias mentiras y exageraciones y haciendo de momentos de su vida, convenientemente maquillados, recuerdos reales. Pero ella era así, la tomabas o la dejabas. Qué se puede esperar de alguien que a tres años de su muerte grabó un título como 'Non, je ne regrette rien (no me arrepiento de nada)'.

Que nadie espere encontrarse en 'El baile de la suerte' una lista de escándalos, cotilleos o desmadres. Es la vida de Edith Piaf contada por ella misma y a su manera y todos sabemos que nadie habla mejor de uno que uno mismo, ¿verdad?

'El baile de la suerte' es la historia de una parte de la historia de la canción francesa, de la cultura europea. Interesante de descubrir y ahora, con las anotaciones aclaratorias de Marc Robine, más esclarecedora.

Es cierto que tuvo una infancia muy desgraciada y que sus comienzos no fueron nada fáciles, pero también es cierto que ese desamparo y esa fragilidad de su menos de metro y medio de estatura sirvieron para crear el personaje y forjar la leyenda. Piaf se apoya en eso y son bastantes los momentos en los que incurre en su autobiografía en mentiras, olvidos o exageraciones que, con la documentación existente en la actualidad y las reacciones que provocó la primera edición en los 50 de este libro, son convenientemente corregidas por Robine.

En algunos momentos, el lector está ansioso por terminar alguna de las aventuras que relata Edith Piaf para ir a comprobar cómo pasó realmente y ver que los recuerdos que brotan de la cabecita de la pequeña francesa no distan mucho de parecerse a las fantasías o maquinaciones de muchas de nuestras folclóricas.

Es curioso que en 'El baile de la suerte' Edith Piaf hable mucho de bastantes canciones de su repertorio, pero prácticamente no haga mención a su gran éxito 'La vie en rose', cuando ésta fue creada en el 46. Tampoco cuenta nada de cómo llegó a colaborar a mediados de los 50 con los compositores habituales de Elvis Presley, Leiber y Stoller, de los que grabó un tema y es una pena, porque sería curioso.

De la mano de la Piaf, nos sumergiremos en una Francia de entreguerras, con miseria, pero con una población con afán de superación. El mágico mundo de los autores de canciones, los cabarets y los teatros.

El caso de Tarnac: un orden de derecho psicótico

Jean-Claude Paye
Gara



El caso de Tarnac es ejemplo de un proceso rápido de subjetivación del orden jurídico. Se persiguió por terrorismo no sobre la base de un delito material determinado, sino en función de una virtualidad construida por el imaginario del poder. El 11 de noviembre de 2008, en el marco de «la operación Taïga», 150 policías rodearon Tarnac. Simultáneamente, hicieron registros en Rouen, París, Limoges y Metz. La interpelación de diez jóvenes es ante todo un espectáculo destinado a crear el temor.

Su arresto estaría relacionado con actos de sabotaje de las líneas de la SNCF, que causaron, el 8 de noviembre, el retraso de algunos TGV de la línea París-Lille. Los actos malintencionados, el arrancamiento de varias catenarias, fueron calificados de terroristas, a pesar de que en momento alguno amenazaron la vida humana. La acusación, que afirma disponer de numerosos indicios, particularmente escritos y la presencia de cinco sospechosos cerca de las líneas saboteadas en el momento de los hechos, reconoce no tener ningún elemento material de prueba.

Es su perfil lo que justifica la inculpación. Fueron arrestados porque «mantienen discursos muy radicales y vínculos con grupos extranjeros», y menciona entre ellos que «participan de forma regular en manifestaciones políticas», por ejemplo: «en las marchas contra el fichero Edvige y contra el reforzamiento de las medidas sobre inmigración». En cuanto a su lugar de residencia, se designa como un «lugar de agrupamiento, de adoctrinamiento, una base de retaguardia para las acciones violentas».

Aunque serían «los duros de una célula que tenía como objetivo la lucha armada», la mayoría fueron liberados inmediatamente, algunos condicionalmente y otros asignados a residencia, pero quedaron inculpados. Sólo el «jefe» y su acompañante permanecerán encarcelados. Este 26 de diciembre la Corte de Apelación de París ha anuló, a requerimiento del Ministerio Fiscal, la orden de puesta en libertad de Julien Coupat. La petición de liberación de su acompañante había sido previamente rechazada.

El discurso del poder procede a un doble desplazamiento: de simples actos de sabotaje, como puede haberlos, por ejemplo, en un movimiento social, son calificados de terroristas y estos actos son necesariamente atribuidos a los jóvenes de Tarnac, a pesar de que la Policía reconoce la ausencia de cualquier elemento material de prueba. La imagen del terrorismo erigida por el poder crea una realidad que sustituye a los hechos. Éstos no son negados, pero les es denegada toda capacidad explicativa. Los actos de sabotaje no pueden ser sino un hecho de personas designadas como terroristas. El acto de denominar, anterior a cualquier procedimiento de evaluación objetiva, invierte ésta y la encierra en la imagen, en una forma vacía.

La ausencia de elementos materiales que permite perseguir a los inculpados no es negada, pero la necesaria prevalencia de los hechos es invertida aprovechando la preeminencia de la imagen construida por el poder. La postura de Madame Alliot-Marie, recogida en un informe de la Direction Centrale du Renseignement Intérieur, es particularmente interesante: «Han adoptado el método de la clandestinidad», asegura la ministra. «Nunca utilizan teléfonos móviles y residen en aquellos puntos donde es muy difícil para la policía dirigir las búsquedas sin pasar desapercibida. Se las arreglaron para mantener, en la ciudad de Tarnac, relaciones amistosas con gente que podía advertirles de la presencia de extraños». Pero la ministra reconoce: «No hay rastro de atentados contra personas».

Estas declaraciones resumen bien el conjunto del caso. Lo que convierte a estos jóvenes en terroristas es su modo de vida, el hecho de que quieran escapar de la máquina económica y que no adopten un comportamiento de sumisión «proactiva» en los procedimientos de control. No tener teléfono portátil se convierte en un indicio que establece las intenciones terroristas. Restablecer el vínculo social es igualmente un comportamiento incriminatorio, puesto que esta práctica reconstruye el vínculo simbólico y permite colocar un muelle en el despliegue de la omnipotencia del Estado.

En las declaraciones de Madame Aliot-Marie, la referencia a los hechos, en ausencia de cualquier indicio material probatorio, no puede ser integrada racionalmente, y engendra la fase del delirio, una reconstrucción de la realidad con la imagen del terrorista como soporte.

Este proceso es igualmente visible en los informes policiales, en los cuales opera, a nivel de lenguaje, toda una reconstrucción fantasmal de la realidad. Así, como indicio material probatorio de la culpabilidad de los inculpados, la Policía habla de «documentos que precisan las horas de tránsito de los trenes, municipio a municipio, con horario de salida y llegada en las estaciones». Un horario de la SNCF se convierte así en un documento particularmente inquietante, cuya posesión implica necesariamente la participación en deterioros contra la compañía de ferrocarriles. Así mismo, una escalera se convierten «material de escalada» y, así, su posesión es un elemento de cargo.

Esta construcción psicótica no es un simple hecho de las autoridades francesas. Es compartida por Bélgica. El 27 de noviembre tuvo lugar una detención, registros e incautaciones en casa de los miembros del comité belga de apoyo a los inculpados de Tarnac. El mandato de registro mencionaba la «asociación de malhechores y deterioros en grupo». Poseer documentos relativos a un comité de apoyo, según el informe del momento, puede autorizar persecuciones y, en todo caso, asocia a sus poseedores con la investigación llevada en Francia.

La puesta en escena de la detención y de la inculpación de los «autónomos de Tarnac» es un fenómeno que revela no solamente un cambio radical del orden jurídico, sino también una mutación más profunda, la del orden simbólico de la sociedad. La inversión del rol de la ley es en sí mismo el fenómeno de una perversión de la ley simbólica.

Los procedimientos puestos en escena representan uno de los aspectos más significativos de la tendencia imprimida por la «lucha contra el terrorismo», a saber, que un individuo es señalado como terrorista no porque haya cometido unos actos determinados, sino simplemente porque es denominado como tal.

El poder tiene la posibilidad de crear una nueva realidad, una virtualidad que no suprime, sino que suplanta los hechos. La debilidad del movimiento social, la quiebra de la función simbólica explica la falta de freno a la omnipotencia del Estado, que se muestra como imagen globalizante, como figura maternal. A un orden social neurótico que se revela contradictorio lo sustituye una estructura psicótica, un orden que suprime todo conflicto, toda posibilidad de confrontación subjetiva.

El caso de los «autónomos» de Tarnac no tiene gran cosa que ver con la vieja noción de enemigo interior y la estigmatización tradicional de los opositores políticos. Aquí no se ataca a una ideología determinada, a una forma de conciencia, sino simplemente al cuerpo, a unos comportamientos, a la negativa a abandonarse a la maquinaria económica. No se trata entonces de desmantelar una vanguardia, sino de mostrar que el rechazo al hacer del dinero, a evitar los dispositivos de control o la voluntad de rehacer las relaciones sociales constituyen una forma de infracción, la más grave que existe en nuestra sociedad, un acto terrorista. Esto concierne a todos y cada uno, y no solamente a una minoría.

La muerte que levantó a los estudiantes contra la dictadura


Se cumplen 40 años del fallecimiento del universitario Enrique Ruano. Pese a que el régimen lo intentó presentar como un suicidio, la familia no duda de que se trató de un asesinato policial


MIGUEL ÁNGEL MARFULL
Público



"Es curioso cómo un Estado autoritario no pudo impedir que en la sociedad hubiese gérmenes de hombres libres", escribía Gregorio Peces-arba en 1994, al cumplirse 25 años de la muerte de Enrique Ruano en Madrid.

En enero de 1969, Peces-Barba impartía clases de Filosofía del Derecho en la Universidad Complutense de Madrid. Enrique Ruano tenía 21 años y estudiaba quinto de Derecho cuando fue detenido por la Policía política de la dictadura (la Brigada Político-Social) a las doce y media de la noche del 18 de enero de 1969. Era militante del Frente de Liberación Popular, el Felipe. Se encontraba en un bar, junto a su novia y dos personas más, que también fueron arrestadas. Ruano fue acusado de actividades subversivas contra el régimen de Franco.

Franco decretó el estado de excepción para intentar acallar las protestasDespués de tres días de interrogatorios -eufemismo con el que la policía edulcoraba la práctica de la tortura-, Enrique fue conducido a un piso del centro de Madrid para realizar un registro junto a tres agentes. Allí sucedió todo.

"Lo mataron, lo asesinaron"

Enrique Ruano subió esposado hasta el séptimo piso del número 60 de la calle Príncipe de Vergara entonces General Mola. Según los policías que lo acompañaban, emprendió una carrera hacia la salida de la casa y "sin llegar a la escalera, se arrojó a un patio interior, falleciendo en el acto", como asegura el escueto informe policial que recoge la versión oficial de los hechos. ¿Se arrojó? Su historia es un relato en el que la mentira y la difamación se entremezclan con la complicidad de todas las instituciones que sostuvieron el edificio del franquismo.

Fraga presionópara que la prensasólo difundierala tesis del suicidio"Lo mataron, lo asesinaron. Siempre pensé que lo habían asesinado y no he cambiado de opinión en 25 años", aseguraba el abogado José María Mohedano, amigo de Enrique Ruano, en la conmemoración del 25 aniversario de su muerte. Sigue pensando lo mismo, igual que la familia y amigos del primer universitario caído en la larga agonía del franquismo. Recordando estos hechos, Joaquín Leguina habla también, sin paños calientes, de "crimen".

"Ocurrió, y con aquel Gobierno colaboraban personas tenidas hoy, en democracia, por respetables. No fue un error ni un accidente, sino el resultado de un ambiente y de la impunidad que todo régimen totalitario genera a favor de sus agentes y en contra de los ciudadanos", escribió el ex dirigente socialista.

Impacto de bala

La familia de Ruano consiguió reabrir el caso 20 años después. La primera autopsia que se le practicó, en 1969, localizó una herida "contusa redondeada" en una clavícula, que los forenses del régimen atribuyeron a un clavo contra el que habría impactado en su caída.

En 1991 se exhumó el cadáver de Ruano. Tenía serrado ese trozo de hueso, que, 40 años después, no ha aparecido. Contiene la clave para descartar definitivamente que su muerte fuera un suicidio, como oficializó la propaganda de la dictadura, orquestada por el entonces ministro de Información, Manuel Fraga. Una versión que rechaza la familia de Ruano, que no duda que fue un crimen perpetrado por el régimen franquista.

El segundo informe forense desestima la hipótesis del clavo y asegura que pudo ser una bala lo que penetró en el cuerpo del joven. Los tres policías que lo condujeron al registro, convertidos ya en comisarios, se sentaron en el banquillo en 1996 para responder por estos hechos, pero fueron absueltos. El voto discrepante de una de las magistradas del tribunal asegura que el joven fue asesinado y recibió un disparo antes de precipitarse desde una altura de siete pisos.

"Era un hombre completo y cabal", escribía sobre Ruano uno de sus profesores un año después de su muerte. Las protestas que siguieron a su fallecimiento obligaron a la dictadura a declarar el estado de excepción. La calle comenzaba a ganar el pulso al franquismo, pero muchos cayeron sacrificados por el camino. Cuarenta años más tarde, su familia se resiste a que un velo de amnesia cubra estos hechos.

"¿Qué quiere esta gente, que llama de madrugada?"

“Què volen aquesta gent / que truquen de matinada?” La cantautora María del Mar Bonet puso música en 1969 a estos versos del poeta catalán Lluís Serrahima (¿Qué quiere esta gente / que llama de madrugada?). ‘Esta gente’ era la policía del franquismo. De madrugada detuvo a Enrique Ruano. El tema volverá a sonar el 20 de enero, a las siete de la tarde, en el Paraninfo de la Universidad Complutense de Madrid, para conmemorar el 40 aniversario del “asesinato por la Policía franquista” de Enrique Ruano.

Así se encabeza la convocatoria que realizan “sus amigos y amigas”, mediante una simple octavilla como tantas que se lanzaron sobre las aceras de la dictadura. No es la primera vez que se reúnen para recordar a Enrique; mantienen muy viva su memoria. Un galardón para estudiantes de Derecho lleva su nombre. Premia trabajos relacionados con los derechos humanos.




La impunidad de la dictadura

José María Mohedano: abogado, amigo y compañero de Enrique Ruano

La muerte del valeroso e idealista estudiante Enrique Ruano fue uno de los asesinatos más siniestros del franquismo. Al crimen se unió la inmundicia de incluir en el sumario, como pieza de convicción, unas notas íntimas de Enrique requisadas por la Policía durante el registro de la casa de sus padres. De esta manera, la causa penal se instruyó por suicidio para, desde el primer momento, exculpar de la autoría del asesinato a los policías.

Y a su muerte horrible se añadió una de las páginas más negras y más abyectas del periodismo de la dictadura: divulgar y manipular a través del diario ABC, en perfecta coordinación con la Policía y con el Ministerio de Información que dirigía Manuel Fraga, aquellas notas íntimas o terapéuticas.

Al crimen se añadía la infamia y el escarnio de la vida íntima. Todo fue tan escandaloso que hasta un conocido periodista del régimen se atrevió a escribir que se había cometido una macabra villanía.

Cuando en 1994 se reabrió el sumario gracias al empeño de la familia de Enrique y de su abogado, a nadie se le podían ocultar las dificultades materiales para conocer la verdad sobre los hechos ocurridos 25 años antes. Es preciso tener en cuenta que en el año 1969, a la familia nunca se le permitió tener en la autopsia a un médico de su confianza y que no se hizo comprobación alguna de las armas de los policías para determinar el origen de una herida contusa redondeada de siete milímetros de diámetro con fractura de clavícula, producida por un objeto de las características de una bala.

Sin embargo, los esfuerzos de la familia de Enrique no fueron vanos. En primer lugar, despejaron la nebulosa sobre el falso suicidio. Quedó también claro que los franquistas habían destruido y ocultado pruebas. Y una juez estimó que los hechos eran constitutivos de asesinato, pero que no se podía condenar a los policías procesados por no estar demostrado cuál de ellos había sido el autor del disparo.

Y, sobre todo, se dejaron al descubierto las abundantes complicidades que el franquismo fue capaz de generar para garantizarse la defensa y la impunidad de los suyos, los criminales que mataron a un joven indefenso y pacífico.