Contra la "pensión" de los músicos

Rebelión ante la propuesta de la UE de que el «copyright» suba de 50 a 95 años





GONZALO SUÁREZ
La Razón



Quedan menos de tres años para que la joya de la corona de la industria discográfica deje de estar protegida por la ley. El 5 de octubre de 2012 se cumplirán 50 años de la publicación de «Love Me Do», el primer sencillo de los Beatles. Según la normativa vigente, la canción dejará de tener «copyright» ese mismo día. Y así ocurrirá con el resto de éxitos del grupo, que pasarán al dominio público según alcancen el medio siglo de vida.

La inminencia de la fecha ha puesto en marcha la maquinaria de la UE. La Comisión ya trabaja en una directiva para extender el «copyright» de las grabaciones musicales de 50 a 95 años. Pero la idea ha irritado a grupos de consumidores y asociaciones de internautas de toda Europa, que acaban de lanzar una campaña en contra del proyecto.

«La industria dice que la extensión del «copyright» beneficiará a los intérpretes y a los músicos de estudio, pero no es cierto: sólo dará millones de euros a las principales discográficas», denuncia la plataforma.

Un monopolio temporal

En esencia, el «copyright» es un pacto entre la sociedad y los propietarios de los derechos de una obra. A cambio de difundir sus creaciones, éstos obtienen un monopolio temporal y pueden demandar a quienes exploten sus obras sin permiso. Pero cuando caduca el plazo, sus trabajos pasan al dominio público, como las obras de Mozart. Eso ya ha ocurrido con algún tema de la era pop como «Move It» (1958), de Cliff Richard, uno de los principales activistas a favor de esta reforma legal. En realidad, la caducidad del «copyright» no afecta a todos los artistas por igual.

Así, Paul McCartney seguirá recibiendo derechos hasta 70 años después de su muerte como autor de sus canciones. Sin embargo, sí que dejarán de cobrar quienes sólo las interpretaron (Ringo Starr) y la discográfica que las editó (EMI).

Y el problema se agudizará en los próximos años, pues la industria discográfica comenzó a despegar hace precisamente medio siglo.

En su borrador, la Comisión asegura que los principales damnificados serán los músicos de estudio de los años 60. Según sus cálculos, unos 7.000 intérpretes en cada uno de los países grandes de la UE perderán todos sus ingresos por derechos. «Me comprometo a hacer todos los esfuerzos para que estos artistas tengan unos ingresos dignos», proclamó el Comisario para el Mercado Interior, Charlie McCreevy, al presentar el proyecto.

Pero sus argumentos no convencen a organismos de todo tipo, entre ellos la Unión Europea de Radiodifusión. En un detallado informe, sus expertos aseguran que este colectivo no mejorará sus condiciones con el cambio de normativa: el 80 por ciento de los artistas recibirían menos de 26 euros al año.

«Los beneficios recaerán principalmente en los intérpretes más ricos y las compañías discográficas», dice la entidad. El Gobierno británico ya intentó aprobar una ley similar hace un par de años, pero la idea descarriló durante su tramitación. Primero, porque inflaría la factura sobre los consumidores de obras antiguas.


Y también porque complicaría la situación de infinidad de piezas «huérfanas», cuyos derechos de propiedad está en disputa.

«Todos los estudios apuntan a que la extensión supone elevados costes para el consumidor y beneficios imperceptibles para la comunidad creativa», admitió el informe encargado por el Ejecutivo durante el trámite de la norma. Ante este debate, los activistas «anti-copyright» han organizado una campaña paneuropea en la Red contra la iniciativa de la Comisión. Además, la semana que viene se reunirán con los europarlamentarios para convencerles de los efectos «nocivos» que la extensión tendría sobre la economía comunitaria.

Bilbao: mierda, rock n' roll

ALEJANDRO ARTECHE
Soitu




Bilbao. Mierda, rock n’ roll!! Ese era el grito de guerra de MCD, uno de los grupos punk bilbaínos punteros de la década de los 80 y que podía servir para resumir la historia de la música en una ciudad industrial como Bilbao.

Álvaro Heras Gröh formó parte en los 90 de la escena musical bilbaína al ser miembro de Bonzos, uno de los grupos estrella del denominado Getxo Sound, y los Painkillers. Tras dejar los escenarios se dedicó a investigar en la escena musical bilbaína. Sus orígenes en los 60 con grupos famosos en todo el país como Los Mitos y locutores radiofónicos como José María Íñigo, hasta la actualidad. Todo este trabajo lo ha publicado en forma de libro, 'Lluvia, hierro y rock n’ roll (historia del rock en el Gran Bilbao de 1958 al 2008)' , un completísimo trabajo de investigación que casi lo convierte en un estudio antropológico. "La idea surgió a comienzos de 2003, nos cuenta Álvaro. Los grupos en los que tocaba se habían separado y sentía la necesidad de seguir implicado en un proyecto que tuviese que ver con la música. Se me ocurrió la idea del libro y tras darle muchas vueltas vi que tenía ganas, tiempo y fuerzas, así que me lancé".

Álvaro tiene en la actualidad 36 años y, evidentemente, hay mucho de lo que aparece en el libro que no ha podido vivir en primera persona. Por ello se limita a ser mero espectador, lo mismo que el lector, y deja el protagonismo a todos los que participaron en la creación de la escena musical bilbaína que van desarrollando la historia con sus recuerdos, declaraciones y anécdotas de un modo parecido al que se hiciera en la historia del punk americano "por favor, mátame". Álvaro tenía bien claro cómo desarrollar el libro. "Cuando abordas un proyecto de este tipo no te planteas cuestiones como la edad que tienes o si viviste o no épocas o periodos de tiempo sobre los que vas a escribir. Por esa regla de tres nadie escribiría. Yo sabía que iba a ser complicado pero también sabía cómo hacerlo. Intuía que todo iba a ser cuestión de tiempo, entusiasmo y perseverancia".

Contando con la ayuda de los archivos personales de músicos, periodistas y gente relacionada con la música, el libro de Álvaro Heras está plagado de fotografías, entradas y afiches de conciertos y mil y un detalles curiosos. Así descubrimos que a mediados de los 70 en discotecas bilbaínas actuaban en directo artistas de la talla de Tom Jones o Billie Davis en pleno éxito de sus carreras o que por su Pabellón de Deportes lo hicieran grupos como Suzi Quatro, Electric Light Orchestra o Uriah Heep y que en 1973 una discoteca organizaba una convención Gay Power con proyección de vídeos de Bowie, Sweet y Lou Reed. ¡Casi nada para una ciudad de provincias en plena dictadura!

En plena expansión turística que está sufriendo en los últimos años Bilbao, cualquiera podría pensar que han sido todo facilidades a la hora de poder editar el libro. Mientras otras ciudades han tenido todo tipo de ayudas institucionales a la hora de promover sus 'movidas', Álvaro se ha encontrado con muchas puertas cerradas, hasta el punto de tener que crear Ediciones Sirimiri para que su trabajo de cinco años pudiese ver la luz. "El libro lo he tenido que autoeditar pidiendo un crédito. Fue muy decepcionante encontrarme con la pasividad de las instituciones y entidades a las que acudí en busca de apoyo; léase Ayuntamiento de Bilbao, BBK, Fundación Euskaltel, etcétera. Teniendo en cuenta la cantidad de recursos que se mueven últimamente para promover el rock en Bilbao (Bilborock, BBK Live Festival, Concurso Villa de Bilbao) me pareció que un proyecto de este alcance tenía que ser atractivo por fuerza, pero no fue así. Lo cierto es que sólo mostraron cierto interés desde la Diputación Foral de Bizkaia, cuando después de decirme que no, se les cayó un proyecto que tenían aprobado y se vieron forzados a llamarme para cubrir el hueco. Las condiciones de edición que me ofrecieron me parecieron tan lamentables que sintiéndolo en el alma tuve que decirles que no por pura dignidad de autor. En ese momento me di cuenta de que nadie me iba a ayudar. Decidí seguir adelante en solitario y opté por la autoedición".

Prácticamente podríamos decir que todos los que han tenido algo que ver en la música bilbaína en los últimos cincuenta años están en el libro contando sus aventuras. Desde lo difícil que era conseguir una guitarra eléctrica en los 60, cómo la policía entraba en una tienda para obligar a retirar del escaparate la portada de un disco de Jimmy Hendrix o cómo en los primeros 80 era imposible encontrar ropa negra y los punks tenían que ir a la sección de viudas de El Corte Inglés. Las Vulpes contando todo lo que significó el escándalo de 'Me gusta ser una zorra' en su carrera (paliza de los seguratas del Rockola en el camerino a las chicas incluida) o cómo ser moderno y llevar cresta significaba que por la calle te insultasen hasta los abertzales en plena manifestación al grito de "¡así vais a levantar Euskadi!", Kike Turmix paseándose por los bares con txapela vasca y chupa de cuero por no hablar de cómo se pasó de despreciar e ignorar a los músicos y rockeros a utilizarlos como arma electoral y crear el famoso "martxa ta borroka" de la izquierda radical. Courtney Love embarazada y puesta hasta las cejas de todo lo ilegal posible montando escándalos en los hospitales bilbaínos y siendo atada a la cama de uno de ellos mientras su marido actuaba con Nirvana, o cómo los que llevaban pelo largo en los 60 eran insultados desde los autobuses al grito de "maricón", son algunas de las muchas historias que incluye Álvaro en su libro.

Una completa y exhaustiva relación de todos los conciertos celebrados en la ciudad, no sólo los institucionales sino incluso los realizados en locales privados, algunos de ellos como los míticos Bolos o Yoko Lennons (donde Alaska y los Pegamoides celebraron su último concierto como grupo) ya desaparecidos, lo que hace ver que ha habido una agotadora labor de investigación para hacer una crónica lo más completa posible y que 'Lluvia, hierro y rock n’ roll' pueda ser considerado casi una enciclopedia y manual de consulta en sus casi 500 páginas de apretada escritura.

"Me pasé horas y horas en las casas del crítico Fernando Gegúndez o Eduardo Ranedo, colaborador musical de Radio Euskadi consultado viejos fanzines y escuchando maquetas. Las bibliotecas públicas (la de Bidebarrieta y la Foral de Bizkaia, ambas en Bilbao, y la Biblioteca Nacional en Madrid) me fueron muy útiles para consultar prensa antigua: diarios como El Hierro, La Hoja del Lunes de Bilbao, Egin o La Gaceta del Norte entre otros. ¡La de horas de hemeroteca que he metido!" recuerda Álvaro.

Tras lo laborioso de entrevistar, investigar y redactar el libro, el trabajo no ha terminado para Álvaro Heras. Además de estar presentándolo a los diferentes medios, al ser su propio editor tiene que hacer todo el trabajo y ahora se encuentra en la fase más pesada: la de distribuir el libro en la mayor cantidad de librerías y locales posibles. El trabajo no ha terminado aún. "De momento la cosa va sobre ruedas. Apenas ha pasado un mes desde que salió y en breve, si la cosa continúa así, cubriré gastos y podré pagar el crédito, con lo cual me doy por satisfecho, dice Álvaro. Los comentarios y las reseñas en prensa están siendo muy positivos, me suelen llamar de diferentes emisoras para hacer entrevistas. La distribución a mano y a pie de calle está siendo muy dura pero la gente está respondiendo muy bien. Estoy muy contento de ver que el enorme esfuerzo ha merecido la pena".

Cualquiera que tenga un mínimo interés por la música nacional o la historia del rock, tiene en 'Lluvia, hierro y rock n roll' una lectura obligada. Que nadie piense que al ceñirse sólo a la música bilbaína el libro puede ser localista. Para nada. Es una interesantísima obra de consulta para cualquiera que quiera ampliar conocimientos sobre una importante parte de la historia musical española.

"El final del desfile" La vanguardia nostálgica

CARLOS PARDO
Público



Aparece la primera traducción al castellano de 'El final del desfile', la obra maestra de Ford Madox Ford

Si, como dice Anthony Burgess en la contracubierta de esta edición, El final del desfile es "la mejor novela jamás concebida por un escritor británico", ¿en qué estaban pensando los editores para que aún permaneciera inédita en castellano? ¿Les asustaba su tamaño monumental? Quizá las razones de este olvido haya que buscarlas en la propia figura de Ford Madox Ford, ensombrecida por su labor de activista literario y por la comparación con su amigo Joseph Conrad, con quien escribió Los herederos (1901) y Romance (1905). El oportuno rescate de la editorial Lumen, en la magnífica traducción de Miguel Temprano García, promete ser uno de los acontecimientos literarios del año.

El activista nostálgico

Ford Hermann Hueffer nació en 1873 en Merton, Condado de Surrey, sudeste de Inglaterra. Nieto del pintor prerrafaelita Ford Madox Brown en cuyo honor cambió su nombre fue uno de los artífices de aquello que los anglosajones llamaron modernism, y que nosotros llamamos vanguardia: la ruptura con los esquemas tradicionales emprendida por novelistas como Virginia Woolf y James Joyce. Ford dirigió las influyentes revistas The English Review y The Trans-atlantic Review, en las que colaboraron autores como Ezra Pound, Gertrude Stein y ErnestHemingway.

Pero todo la urgencia que pusiera en las revistas, en su obra narrativa se convierte en cuidado de una parte vulnerable de la tradición, nostalgia de un mundo a punto de desaparecer. En Ford, que compuso con flashbacks y bien asimilados monólogos de conciencia novelas como El buen soldado (1915), la tradición nunca suena anticuada. Es un escritor entre dos mundos, un novelista bisagra entre el gran estilo del siglo XIX y su ruptura.

Cómo ser inglés

Sin entrar en si es la mejor novela británica, debemos decir que El final del desfile (1924-1928) es una novela grande por su ambición y sus resultados. También por su extensión, pues con más de mil páginas compone una tetralogía (o trilogía alargada inútilmente, al decir de Graham Green) que puede leerse como la historia del declive del mundo victoriano.

En palabras del narrador: "Se ha dicho que la peculiar costumbre de reprimir las emociones coloca a los ingleses en desventaja en los momentos de gran presión inesperada. En las cuestiones menos importantes del curso general de la vida se comportarán de modo impecable sin inmutarse por nada, pero ante la súbita confrontación con cualquier cosa que no sea un peligro físico es fácil de hecho, es casi seguro que se vengan abajo". La presión inesperada será la Primera Guerra Mundial, en cuya olla se calientan las relaciones íntimas de los cuatro protagonistas.

La caricatura y la vida

Silvia y Christopher Tietjens son un matrimonio en crisis. Él, de buena familia aunque de modales imprevisibles, es una especie de "hombre sin atributos". Ella es una especialista en rechazar a los hombres, empezando por su marido, al que odia. Los otros son Macmaster, el arribista amigo de Tietjens, y Valentine Wannop, una joven sufragista con la que Tietjens comenzará una relación narrada con belleza.

Pasaremos de una estructura teatral que favorece el tópico cuatro personajes actuando en situaciones bien perfiladas con gran tensión dramática a una mayor complejidad en la que se cruzan la guerra, la usura, el honor y el tema omnipresente: el dinero. El dinero que corroe a los personajes y convierte la novela en una magistral crítica del mundo por venir. El final del desfile puede leerse como la continuación británica de La montaña mágica, pero a la despedida del humanismo de Thomas Mann le añade Ford la ironía del superviviente.


Música, Política y ser Negro en EE UU


FERNANDO BLANCO
Revista Pueblos



Will.I.Am compone para el candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos el tema Yes, we can [Sí, podemos]. John Rich, un cantante country, escribe Raisin’ McCain [Aupando a McCain], que el candidato republicano adopta para sus mítines a sugerencia de su hija, Meghan McCain. Uno es el candidato de los que han batallado durante los ocho años últimos contra el conservadurismo belicista encarnado en George W. Bush. Son, entre otros muchos, Bruce Springsteen, Billy Joel, Jackson Brown o Neil Young. El otro refleja los valores de la América del Norte tradicionalista, aferrada a unos principios muy propios de la música country, excepción hecha del trío femenino Dixie Chicks.


Música y política han conocido esencialmente momentos de agudas disonancias desde el final de la I Guerra Mundial. La guerra en Vietnam, la segregación racial, la lucha de los trabajadores y hoy la guerra en Irak son hechos de una tensa confrontación entre poder político y movimientos sociales a los que la música ha puesto la banda sonora. En septiembre pasado, el músico de rock Neil Young, uno de los más combativos contra la política del saliente presidente estadounidense, presentó en el Festival de Cine de San Sebastián la película CSNY/Déjà vu, basada en la gira contra la guerra en Irak que realizó por Estados Unidos en 2006 en compañía de sus antiguos compañeros, Crosby, Stills y Nash. Obama es el que se ha postulado en contra de la intervención en Irak. Si a la Casa Blanca llega Barak Obama, daría la puntilla a la revitalización del denostado espíritu de la guerra de Vietnam experimentado desde que el sillón presidencial lo ocupa George W. Bush. No en vano su sucesor en el partido republicano, John McCain, lleva a gala su pasado como destacado en Vietnam. La canción compuesta por John Rich para él habla de esos tiempos, de cómo defendió el honor de los Estados Unidos, de cómo soportó su tiempo de prisionero de guerra, de las secuelas de la tortura en uno de sus brazos. Por cosas del destino, el 16 de septiembre último moría en un hospital de Los Ángeles el autor del himno más feroz contra la guerra de Vietnam, Norman Jesse Whitfield. Se trata de War, que interpretó Edwin Starr y que también recogió en sus directos Bruce Springsteen con la E Street Band.

El carácter de denuncia, explícita o con mensajes sobreentendidos, germina en la música negra principalmente en géneros como el blues, los cantos espirituales y el jazz, para luego calar esta semilla en el rock, soul, folk y funk tras la II Guerra Mundial. Philippe Paraire, crítico musical, cuenta en su magnífico libro 50 años de música rock que el blues nació "en un periodo de extrema miseria para el pueblo negro de los Estados Unidos: linchamientos, crisis del algodón, industrialización de la agricultura sureña, éxodo rural masivo, segregación de los guetos, trabajos forzados y derechos civiles inexistentes. Esos años 20 y 30 (del pasado siglo) han dejado en las letras del blues inicial la huella de la desesperación de un pueblo obsesionado por el hambre, el paro, la enfermedad". Ahora bien, el blues insiste mucho sobre "el placer, el alcohol, la separación de las parejas, la soledad de los vagabundos". Es verdad: el blues exhibe el lado hedonista de un pueblo obligado a sufrir en silencio, una vía de escape del padecimiento diario en las grandes plantaciones sureñas y en los guetos de las urbes en el norte industrial. Ylos espirituales negros y el gospel son el asidero religioso.

‘Fruta extraña’y PCUSA

Pasaron muchas décadas hasta que el padrino del funk, James Brown, proclamó Say it loud, I’m black and I’m proud [Dilo alto, soy negro y estoy orgulloso]. Antes, el trompetista Louis Armstrong fue detenido por negarse a ceder su asiento a una persona blanca en un autobús en la ciudad de Memphis. Muchos años en el que el más famoso club de jazz neoyorquino, el Cotton Club, contrataba a los mejores músicos negros para clientes exclusivamente blancos. Tiempos previos a la II Guerra Mundial, cuando el estilo swing movía hasta el paroxismo del deleite el cuerpo de una sociedad golpeada por la crisis de 1929. Años tenebrosos en donde, siguiendo a Martin Smith, sólo dos voces se alzaron contra la segregación racial y los linchamientos amparados por el poder político en Washington y los gobernadores de los distintos Estados y las policías locales. Una fue la gran cantante de blues y jazz Billie Holiday, que cantó la escalofriante canción Strange Fruit [Fruta extraña]. La canción fue escrita por un maestro de escuela blanco y judío llamado Abel Meeropol. Dos jóvenes negros, Thomas SIP (18 años) y Abram Smith (19 años), fueron golpeados y colgados de un árbol en Indiana, 1930. La foto la vio Meeropol y le inspiró estos versos:

"Los árboles del Sur
tienen una fruta extraña,
sangre en las hojas y sangre en la raíz,
un cuerpo negro colgando en la brisa sureña,
fruta extraña colgando de un álamo".

El segundo fue Duke Ellington, concienciado militante de la causa negra y participante en actos convocados por el Partido Comunista de Estados Unidos (PCUSA) contra el fascismo y el racismo. Otros músicos blancos también se oponían a la política racista de los gobiernos estadounidenses. Benny Goodman –clarinetista blanco especializado en swing–, por ejemplo, dirigió uno de los primeros grupos musicales que integraba a negros y blancos y se negó a actuar ante públicos segregados. La presión popular se trasladó a los estudios de Hollywood para que incluyeran caras negras en sus películas. Los estudios contrataron a Duke Ellington, Count Basie –el verdadero ‘Rey del Swing’, aunque negro– y Louis Armstrong en la parte musical. Y sí, existió un Partido Comunista hasta su depuración tras la II Guerra Mundial. Aliado de los sindicatos y su lucha por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores a través del Congres of Industrial Organisations (CIO). Artistas negros de la talla de Dizzy Gillespie, Charles Mingus, Max Roach o Miles Davis simpatizaron con las causas defendidas por el PCUSA. Llegó la Guerra Fría a partir de 1948. La ley Taft-Haley purgó a los comunistas de los sindicatos. El resto corrió a cargo del Comité de Actividades Antiamericanas del senador Joe McCarthy y su fanática obsesión contra la "infiltración comunista" en el cine y en la música. El actor, deportista y cantante Paul Robeson, una persona de un talento extraordinario –cita Martin Smith-, fue convocado en 1956 ante el Comité mcCarthiano. Ahí declaró: "Queréis cerrarle la boca a todo negrazo que se atreva a decir basta y luchar por los derechos de su gente". El Gobierno le retiró el pasaporte, su nombre pasó a la lista negra, no pudo hacer giras, su carrera se hundió y murió en la más absoluta ruina en 1976.

Cambio de escenario

El primer álbum de jazz que retrata en su portada al movimiento de los derechos civiles de los negros lo publica Max Roach. Se titula We insist! Freedom Now Suite (1960) y se ve sentados a la barra de un bar para blancos a tres jóvenes negros. John Coltrane tocó en citas del Comité Estudiantil de Coordinación No Violenta y en apoyo a Luther King. Compuso el tema ‘Alabama’ en homenaje a las cuatro niñas negras asesinadas el 15 de septiembre de 1963 al explotar una docena de cartuchos de dinamita en la iglesia baptista de la ciudad de Birmighan, en Alabama. El acto fue planeado por racistas blancos en un intento de aterrorizar a los manifestantes pro-derechos civiles.

Los movimientos folk y folk rock de los 50 y los 60 se situaron en la senda de la América del Norte incómoda al poder presidencial. Canciones políticas, cantos sindicales y pacifistas (ver Pueblos nº 33), de denuncia de la violencia racial y de la discriminación…, son temas abordados por Guthrie y su discípulo Pete Seeger, esenciales para la formación musical de Bob Dylan o Joan Baez. No obstante, la música negra de los sesenta no fue nunca, en general, explícitamente comprometida. A los artistas negros les costaba ya bastante atraer al público blanco, y se quedaban en una reserva prudente, pero sí hay ciertas canciones entendidas en doble sentido: Dancing in the street [Bailando en las calles], de Martha and The Vandellas, era entendida como una llamada a la rebelión (los manifestantes cantaban la canción modificando el estribillo, que se convertía en Fighting in the streets [Luchando en las calles]). Respect [Respeto], de Otis Redding, más que una canción de amor era una llamada a considerar a los negros como seres humanos que hay que "respetar". Freedom [Libertad], de Aretha Frankling, era más clara, y el arriba apuntado tema de James Brown.

En las tripas de Bacon


PEIO H. RIAÑO
Público




El grito de Francis Bacon (1909-1992) sale de lo más profundo de su estómago. Las materias convulsas que revuelven los cuerpos que retrata, de cientos de recortes de periódico, de libros desmigados y de miles de revistas apiladas en el pequeño estudio en el que habitó desde el verano de 1961 hasta su muerte, en el número 7 de Reece Mews de la ciudad de Dublin.

Era una pequeña habitación de 6 x 4 metros, “repleta de desperdicios en montones”, recuerda Barbara Dawson, directora de la galería municipal de Dublín The Hugh Lane, que recibió la donación en 1998. “Comenzamos a trabajar como si de una excavación arqueológica se tratase”, cuenta Jacobs en el prólogo del libro Francis Bacon. Archivos privados, que edita La Fábrica, y que aparecerá en las librerías el 2 de febrero, justo un día antes de la inauguración de la que será la gran exposición del año del Museo del Prado (con permiso de Sorolla).

Precisamente, la comisaria de la muestra en la pinacoteca nacional, Manuela Mena, explicó a Público que ésta “no será una exposición fácil”, en referencia a la crudeza del imaginario del pintor irlandés.

Meses atrás, cuando la gran retrospectiva del artista echó a andar en la Tate Modern de Londres, su comisario Matthew Gale avisó de que “Bacon emerge de la tradición europea, la reta, la revisa y la socava. Así se labra un puesto indiscutible en la evolución de la Historia del Arte”. Bacon volverá al Prado, para señalar el curso natural de su educación. Sin crispaciones, porque para Manuela Mena, entre Bacon y el resto de la colección del Prado no hay disparidad.

“Las veces que venía al Museo del Prado no veía ninguna línea que dividiese su trabajo de la pintura anterior al siglo XIX. Se plantaba delante de un cuadro de Velázquez, como si estuviese compitiendo con él”, explica para señalar la continuidad creativa. Para cuando se abran las puertas de la gran muestra, recomienda, para hacerla más digerible, dejar a un lado la visión del horror del pintor y meterse en la materia de su pintura, “leer la cronología, los textos de las salas, leer para no llevarnos la primera visión del horror de su pintura”.

Barbara Dawson señala que “lo que se encuentra bajo la superficie es igualmente importante que lo que se puede ver”. El material se acumulaba por capas en su estudio. Partes emborradas con pegotes de pintura, otros materiales redibujados o desgarrados aposta, varias fotos arrugadas hasta crear una silueta distorsionada…

Hoy padecería el síndrome de Diógenes. Acumulaba y acumulaba, y aunque hizo varias limpiezas de su particular documentación, en esos casi 30 años que estuvo en el pequeño estudio, siempre estuvo repleto de lo que para cualquiera fuera de la mente y las tripas de Bacon serían desperdicios a montones.

Como en su casa

Así que todo apunta a que una de las paradas obligadas y que más comentarios de la exposición suscitará será la sala dedicada a su estudio. Será el espacio menos convencional de toda la exposición del Prado, donde habrá vitrinas con parte de la documentación que bullía por los cuatro costados de aquel estudio minúsculo. De las paredes colgarán dibujos y bocetos, a pesar de que él dijera en vida que no hacía dibujos preparatorios, que se tiraba a bocajarro a la tela directamente. Tras morir, en dicho estudio, se encontraron esos breves dibujos. En este lugar, entre las casi 70 pinturas que componen la extensa retrospectiva, intimaremos con el artista, conoceremos sus referencias, descubriremos intereses y, quizá, lancemos conclusiones sobre por qué tanto dolor, tanto desgarro y tanto grito.

El archivo visual de Bacon contiene más de 7.000 objetos. Y los estudios de los mismos están aún en pañales. Sin embargo, si partimos de las pruebas que van saliendo a la luz, poco a poco, “podemos afirmar que dichos objetos son fundamentales para comprender en toda medida los métodos de Bacon, su vocabulario pictórico”, cuenta Martin Harrison, el editor del catálogo razonado de las obras del pintor, que en la actualidad prepara el comisariado de una exposición sobre los últimos trabajos de Bacon, Death Shadowing Life, que se inaugurará en el museo Hermitage de San Petersburgo en 2010. Este especialista cree que son materiales reveladores.

¿Y qué es lo que se puede encontrar entre todos esos montones? Referencias a Velázquez, Miguel Ángel, Rembrandt y a los estudios sobre la figura cinética de Edward Muybridge. Como explicó el propio Bacon en una ocasión: “En realidad, Miguel Ángel y Muybridge se entremezclan en mi mente”. La iconografía baconiana incluye temas distintos a la figura humana. De hecho, desde su infancia, a Bacon le fascinó la carne que se colgaba en las carnicerías. “Cuando entre en una carnicería, siempre me sorprende no ser yo el que está ahí colgado, en lugar del animal”, dijo el pintor.

Todo vale

Bacon se hacía con imágenes de todo tipo. Quién podría llegar a pensar que un libro sobre técnicas de golf podría interesarle. Ese libro guarda un significado especial, mayor de lo que en un principio podría parecer, según Martin Harrison, porque Bacon llevó el diagrama de una postura de golf a su cuadro Dos hombres trabajando en el campo, de 1971, en el que lo añadió como detalle. Es más, fue preguntado por esas flechas direccionales que empezó a incluir en sus obras a partir de ese mismo año, a lo que él contestó que las había sacado de un manual de golf. Debió de ser de las pocas veces que se mostró conciso al revelar algo sobre su trabajo.

Una fotografía gigante presidirá la sala del Prado dedicada al estudio, para que el espectador pueda imaginarse las verdaderas dimensiones en las que se movía Bacon para pintar. Sobrecogedor.

De hecho, una de las principales críticas a esta misma exposición en la Tate fue la falta de sensibilidad al utilizar salas muy amplias para cuadros que fueron pintados en un cuchitril. Aquí han primado los espacios más cerrados y se han colgado las obras más bajo de lo normal para que el visitante no pueda escapar de ellas. Para quedar atrapado en sus obsesiones.