Revolución en la historieta. La oscuridad de los héroes


DIEGO MARINELLI
Revista de cultura Ñ



Desde hace tiempo, en las librerías americanas y europeas es habitual encontrar estantes dedicados a la novela gráfica, rebosantes de obras de cómic de diferentes partes del mundo. Lo curioso es que no están junto a las góndolas de literatura infantil, tapados por gigantografías de Harry Potter ni conviviendo con revistas de figuritas autoadhesivas de personajes de Cartoon Network, que es el entorno que las historietas aún tienen en la mayor parte de las tiendas de libros argentinas.

La irrupción de la categoría novela gráfica en las grandes ligas del mercado editorial da cuenta de una revolución en el universo de las historietas que se viene gestando desde hace décadas y que está logrando que este género, históricamente asociado con el gusto juvenil, sea considerado de una vez por todas como un universo narrativo para adultos. En esto mucho tiene que ver la constante aparición de obras de gran calado, complejas tanto en lo narrativo como en lo visual, que reflexionan sobre temas tan diversos y "maduros" como la guerra de Irak, las relaciones personales en la era digital y la angustia frente a la existencia en las sociedades postindustriales, entre tantos otros.

Incluso, destacados críticos literarios internacionales han llegado al extremo de señalar que las novelas gráficas están desplazando hoy a la novela convencional en la tarea de captar el espíritu de la época, argumentando que el lenguaje de la historieta contemporánea se ajusta como un guante a la cultura visual y fragmentada que en nuestras vidas impusieron Internet y sus derivados. Por eso no es casual que Jimmy Corrigan, el chico más inteligente del mundo , un vanguardista comic-book del norteamericano Chris Ware, haya sido elegido como el libro del año del Guardian Book Award, el prestigioso galardón británico que en el pasado han obtenido pesos pesados como el escritor J. G. Ballard. Y ése es sólo un ejemplo entre tantos de la legitimación que la historieta está teniendo dentro del territorio de la literatura.

Siempre atentos a los cambios en la dirección del viento, los astutos ejecutivos de Hollywood son quienes en este momento están sacando mayor tajada de la revolución narrativa producida en el campo del cómic. Cualquiera que pegue un vistazo de tanto en tanto a la cartelera de los cines habrá podido comprobar cómo en los últimos años las pantallas se poblaron de innumerables relatos tomados de series de historietas, desde la intimista y contracultural American Splendor (basada en los cómics de Harvey Pekar) hasta superproducciones pochocleras como Hulk , Iron Man y El Hombre Araña , además de algunas adaptaciones de cómics de alta reputación como V de Vendetta y Sin City .

Entre todo este magma se destaca –por su impacto en taquilla y por su densidad artística– El caballero oscuro , la última edición de la saga de Batman que va camino a convertirse en una de las películas más vistas de la historia y que está profundamente influenciada por una serie de historietas de Frank Miller. Y dentro de poco le seguirá los pasos la versión cinematográfica de la legendaria Watchmen , una novela gráfica creada por Alan Moore, dirigida por Zack Snyder, el mismo que ya llevó 300 a las pantallas.

Precisamente estos dos cómics – El regreso del caballero oscuro y Watchmen – y sus autores –Frank Miller y Alan Moore– son considerados como los padres de la definitiva conversión de la historieta en un género literario con mayúsculas. A mediados de la década de 1980, ellos fueron los que sentaron las bases de un nuevo mundo en el que los buenos dejaron de ser tan buenos y los malos tan malos, para comenzar a confundirse entre sí. Culminando un proceso que inició Stan Lee en los años 60, la dupla Miller-Moore plasmó una nueva identidad de héroes problematizados y oscuros, incapaces de reconocer con claridad la diferencia entre el bien y el mal en una sociedad compleja y cargada de conflictos, una sociedad cada vez más parecida a la real.

En esos relatos, el lenguaje de la historieta perdió definitivamente toda su inocencia para incorporar elementos como la coyuntura política, la manipulación ejercida por los medios de comunicación, el pánico ante la autodestrucción de la humanidad en los tiempos de la Guerra Fría y la crisis de los grandes relatos que marcaron al siglo XX. En honor a la verdad, no es que de repente Miller y Moore descubrieran la fórmula de la Coca Cola. Otros autores de distintas partes del mundo (en Europa e, incluso, en la Argentina) ya venían planteando este tipo de elementos de ruptura en sus obras, pero la diferencia, la enorme diferencia, es que ellos detonaron la bomba en el corazón del sistema: las revistas de superhéroes.

Fue justo a mediados de los años 80 cuando Frank Miller recibió el encargo de dar un poco de vida a la alicaída serie Batman . El tipo venía precedido de un cierto aura de creador visionario tras la publicación de Ronin , un libro en el que fundió las tradiciones del cómic americano y el manga japonés, así que aceptó el encargo con la condición de tener libertad para darle una vuelta de tuerca a la historia del hombre-murciélago. Apuntando sin vueltas a una franja de lectores adultos, Miller presentó la historia de un Batman ya jubilado, navegando entre la depresión, el alcoholismo y las tendencias suicidas, que observa de reojo cómo su Ciudad Gótica se ha convertido en un campo de batalla entre bandas callejeras de cierta estética punk y las ineptas fuerzas policiales. El ruido de fondo es un país gobernado por un Ronald Reagan entre cómico y macabro que se prepara para enfrentar un inminente ataque soviético.

La televisión es uno de los protagonistas excluyentes de la trama, ya que a través de los constantes flashes que van atravesando la historia, el lector puede ver cómo el gobierno inyecta altas dosis de propaganda en las mentes de los ciudadanos para justificar cualquier mentira con tal de detener el peligro comunista. También por ese medio, la población de la ciudad asiste a los debates acerca de si Batman es un noble justiciero o un fascista amante de la mano dura que es, en realidad, la otra cara de la moneda de la violencia social. En el Batman de Miller, Ciudad Gótica es claramente un espejo metafórico de las sociedades occidentales de finales del siglo pasado: un sitio dominado por la tensión y la paranoia en el que los enemigos interiores pueden ser tanto o más peligrosos que los exteriores. Un escenario que sonaría muy familiar y curiosamente actual, si el peligro soviético se trocara por la asechanza del terrorismo islámico.

Héroe parapolicial

En ese contexto, Batman aparece como una especie de líder mesiánico que termina comandando a un ejército parapolicial dispuesto a imponer el orden y, también, a vengarse de una sociedad enferma y amoral. Al cabo, lo que hace Miller en este libro es dar el parte de defunción a los héroes clásicos de la historieta y los muestra incapaces de encontrar su sitio en tiempos confusos en los que los villanos son cada vez más difíciles de reconocer. La moraleja es que un presidente enfebrecido por la locura armamentista y capaz de destruir el planeta con sólo apretar un botón es infinitamente más peligroso que malvados de opereta como el Guasón y Harvey Dos Caras. Como escribió en su momento un crítico de la revista Rolling Stone: "Este Batman va mucho más lejos de la simple iconografía de la historieta, es el símbolo violento de la disolución del idealismo norteamericano".

La identidad atormentada y moralmente ambigua de Batman concebida por Frank Miller es la que inspiró a Tim Burton para llevar al cine su propia visión del mito del hombre-murciélago, allá por 1989. Christopher Nolan, el director de las dos últimas películas de la serie ( Batman Inicia y El caballero oscuro ) eligió hacer hincapié en Batman Año Uno , otro libro de Miller en el que se cuentan los años de infancia y juventud de Bruce Wayne, enriqueciendo su relato cinematográfico con conceptos y tramas tomadas de otras historietas como The Killing Joke , de Alan Moore y Brian Bolland , y El largo Halloween de Jeph Loeb y Tim Sale. El común denominador de todas ellas es partir desde la idea de que la muerte, la crueldad y las dudas morales también forman parte de la psyche de los héroes, tal como ocurre con el resto de nosotros.

Si bien Alan Moore podría haberse ganado un lugar en el Olimpo del cómic gracias a obras como The Killing Joke , V de Vendetta o From Hell , es por Watchmen que este británico comenzó a ser reconocido como uno de los grandes autores de ciencia-ficción contemporáneos. Pensada desde el vamos como una novela hecha y derecha, esta historieta protagonizada por una pandilla de superhéroes retirados y sin poderes de ninguna clase comenzó a publicarse en 1986. Apenas dos años más tarde recibió el Premio Hugo, el más importante dentro del género de literatura fantástica y, en 2005, la revista Time la eligió como una de las cien mejores obras literarias escritas en lengua inglesa durante el siglo XX.

El porqué de tantas palmaditas en la espalda reside en que Watchmen logró reunir y sistematizar toda una serie de nuevos elementos temáticos y formales que no solamente expandieron los límites del lenguaje de la historieta, sino que fueron incorporados también por creadores de otras artes como la literatura y el cine. Dibujada por Dave Gibbons, la narración de Watchmen se organiza en una furiosa sucesión de flashbacks y saltos temporales, con diferentes microhistorias que se abren, se cierran y se vuelven a abrir hasta poner al lector al borde de un ataque de pánico. "Esta manera de romper la linealidad de la narración se adelanta una década a las tendencias del cine de los 90 que irrumpieron con Pulp Fiction , de Tarantino", señala Carlos Scolari, autor del libro Cómic y cultura de masas en los años 80 . "Y con ella Moore lleva a su grado máximo el desequilibrio psicológico de los superpersonajes, mostrándolos como seres humanos en los límites de la locura y reflexionando sobre la caótica realidad del fin de siglo".

El escenario de la obra cumbre de Alan Moore es una ucronía, una realidad alternativa en la que los Estados Unidos han ganado la guerra de Vietnam gracias a la ayuda del Dr. Manhattan, el único personaje en todo el libro que posee alguna clase de superpoderes: un científico nuclear que tras un accidente recibe el don de manipular a su antojo la materia. Sin embargo, eso no lo convierte en un superhéroe de vieja escuela, comprometido con el bien común y las causas justas. Por el contrario, completamente ensimismado en devaneos metafísicos, el Dr. Manhattan no siente un apego particular por la humanidad y se plantea seriamente dejarla desaparecer si estalla una guerra nuclear entre los Estados Unidos y la Unión Soviética que parece estar a punto de acontecer. Al igual que en el Batman de Miller, los ciudadanos de a pie ven a los superhéroes de Watchmen como a un grupo parapolicial y peligroso, que solamente es uno de los tantos indicadores de la demencia que los rodea. Who watch the Watchmen? (¿Quién vigila a los vigilantes?) es un graffitti que aparece pintado en las paredes de la ciudad, una Nueva York plasmada en tonos oscuros y amenazantes.

Otro de los aspectos que hacen tan vertiginosa e interesante la trama de Watchmen es su intensa intertextualidad. A lo largo de todo el libro, las viñetas de la historieta se cruzan permanentemente con diferentes géneros textuales como recortes de revistas, diarios personales, fichas policiales, letras de canciones de Bob Dylan y Elvis Costello, y referencias a autores como William Burroughs y Joseph Conrad y a íconos de la cultura pop, como las películas de Rambo. Esta manera de construir el relato uniendo informaciones fragmentarias y laterales a la trama apareció mucho tiempo antes en el universo creativo de autores como Alberto Breccia y Héctor G. Oesterheld, pero es en la obra de Alan Moore donde alcanzó proporciones realmente revolucionarias.

Considerada como uno de los estratos más altos alcanzado por el lenguaje de las historietas, Watchmen fue publicada por DC Comics entre 1986 y 1987 como una serie de 12 entregas. Sin embargo, el gran impacto se produjo cuando fue reunida en un solo libro y presentada bajo el formato de novela gráfica, con el que ha vendido decenas de miles de ejemplares en todo el mundo durante los últimos veinte años.

El quiebre protagonizado por Miller y Moore en los años 80 abrió la puerta a la popularización de un nuevo tipo de relatos que transformaron radicalmente la manera de entender a las historietas. Desde entonces, los viejos arquetipos se desmoronaron y dieron pie a la aparición de una nueva clase de autores que, en su mayoría, abandonaron por completo el entramado de los superhéroes y hoy desarrollan obras que se mueven dentro de ámbitos temáticos de los más diversos, desde literatura del yo y la crónica periodística, hasta la novela histórica y, por supuesto, la ciencia-ficción.

Es cuestión de tiempo. Tarde o temprano, las librerías argentinas acabarán por comprender la enorme transformación que se ha producido en el mundo de las historietas, de tal forma que las obras de esta nueva generación de autores acabarán llegando a sus estanterías y, luego, a las manos de una nueva generación de lectores. Sabiendo que se trata de un proceso inevitable, quizás sea hora de ir empezando.

Las raíces de la guerra de Afganistán

VICENÇ NAVARRO
Sistema




El nuevo Presidente de EE.UU., el Sr. Barack Hussein Obama, ha indicado que una de sus intenciones es pedir a sus aliados de la NATO que aumenten su contribución a la guerra del Afganistán. De ahí la urgencia de que la población española esté informada sobre el origen de aquel conflicto. Por desgracia, la gran mayoría de los medios de información españoles han dado una versión sesgada de lo ocurrido en aquel país.

La primera vez que Afganistán apareció en los medios de información españoles fue en los años ochenta cuando tales medios se refirieron a la intervención de EE.UU. para parar la invasión de aquel país por parte de la Unión Soviética. Afganistán corría el peligro de transformarse en una colonia más del imperio soviético, lo cual fue impedido por la intervención estadounidense en apoyo a las fuerzas de liberación que luchaban en contra de un gobierno títere, satélite del existente en la Unión Soviética. Esta es la versión más generalizada de lo que ocurrió en Afganistán en la década de los años ochenta y después.

La segunda vez que Afganistán apareció en tales medios fue cuando, menos de un mes después del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de Septiembre de 2001, las fuerzas armadas de EE.UU. atacaron el régimen talibán existente en aquel país, provocando su caída y sustitución por un gobierno, nombrado en la práctica por el gobierno federal de EE.UU. Hasta aquí la versión oficial, reproducida en los medios de información y persuasión españoles. Tales versiones, sin embargo, (y muy en particular la primera) no se corresponden con la realidad. Y es de una enorme importancia y urgencia que se corrija tal versión, dando a conocer la historia real de aquellos hechos. Existen varios libros que han informado críticamente de la versión de los hechos promovida por los medios de persuasión e información dominantes en EE.UU. y Europa. Entre ellos destaca el informe Afganistán, Another Untold Story, de Michael Parenti, publicado en Znet.

¿QUÉ PASÓ EN AFGANISTÁN?

Afganistán, uno de los países más pobres del mundo, estuvo regido hasta la década de los años setenta por un sistema feudal en el que el 75% de la tierra era propiedad del 3% de la población rural. Era un sistema basado en una enorme explotación, causa de la enorme pobreza de su población. Pero donde hay explotación suele haber también resistencia. Y en los años sesenta las fuerzas opositoras a aquel régimen feudal (gobernado por una monarquía) establecieron el Partido Democrático Popular (PDP) que lideró la resistencia que forzó el derrocamiento de la Monarquía en 1973, siendo ésta sustituida por un gobierno que fue, además de ineficaz, corrupto, autocrático y poco popular. El PDP había tenido la fuerza para exigir la destitución y abdicación del Rey pero no había tenido la suficiente fuerza para cambiar el régimen. La insatisfacción con el régimen, sin embargo, alcanzó tal nivel que en el año 1978 hubo gran número de movilizaciones populares que forzaron la dimisión del gobierno. Y parte del Ejército no resistió tales movilizaciones. Antes al contrario, las apoyaron, estableciéndose así el primer gobierno popular dirigido por el PDP y liderado por un poeta y novelista nacional, Noor Mohammed Taraki, (el García Márquez de Afganistán). El PDP fue el partido gobernante que inició gran número de reformas incluyendo la legalización de los sindicatos, el establecimiento de un salario mínimo, una fiscalidad progresiva, una campaña de alfabetización, y reformas en las áreas sanitarias y de salud pública que facilitaron el acceso de la población a tales servicios. En las áreas rurales, facilitó el establecimiento de cooperativas agrícolas. Una reforma que también tuvo un enorme impacto fue la de favorecer la liberación de la mujer, abriendo la educación pública a las niñas además de a los niños, y facilitando la integración de la mujer al mercado de trabajo y a la universidad. Como escribió el diario San francisco Chronicle (17 de Noviembre de 2001) “bajo el gobierno PDP, las mujeres estudiaron agricultura, ingeniería y comercio en la Universidad. Algunas mujeres tuvieron puestos en el gobierno y siete de ellas fueron elegidas al Parlamento. Las mujeres conducían coches, viajaban libremente y constituían el 57% de los estudiantes universitarios”. El profesor John Ryan de la Universidad de Winnipeg, experto en economía agrícola y conocedor de Afganistán ha indicado que la reforma agraria iniciada por aquel gobierno tuvo un enorme impacto en el bienestar de las poblaciones rurales. Tal gobierno eliminó también el cultivo del opio (Afganistán producía el 70% del opio consumido para la producción de heroína).

Ahora bien, tales reformas generaron unas enormes resistencias por parte de aquellos grupos cuyos intereses estaban siendo afectados negativamente. Entre ellos, tres grupos dirigieron la oposición. Uno fueron los terratenientes propietarios de grandes explotaciones agrícolas; el otro fueron los líderes religiosos, que se opusieron por todos los medios a que las mujeres se emanciparan; y un tercer grupo fueron los traficantes de opio. En ayuda de tales grupos vinieron Arabia Saudí, el estado fundamentalista que aporta ayuda a los fundamentalistas islámicos; el Ejército del Pakistán, temeroso que las reformas afganas contaminaran a las clases populares del propio Pakistán y, como no, el gobierno federal de los Estados Unidos.

¿POR QUÉ EL GOBIERNO FEDERAL DE EEUU?

Hay que subrayar que incluso la CIA, la agencia de espionaje del gobierno federal de EE.UU. había reconocido el carácter popular y autónomo del PDP y nunca (durante el periodo que tal fuerza política batalló en contra del régimen feudal) se refirió al PDP como “agente de Moscú”. Era plenamente consciente que tal fuerza política respondía a una demanda propia que tenía su propia independencia y autonomía. A pesar de ello, y antes de que la Unión Soviética interviniera en Afganistán, el gobierno federal de EE.UU. estaba financiando las fuerzas extremistas y fundamentalistas afganas que estaban intentando sabotear las reformas que el gobierno PDP (incluyendo las escuelas públicas en las zonas rurales que educaban a las niñas). El señor Brzezinski, del Consejo Nacional de Seguridad del Presidente Carter, ha admitido que el gobierno estadounidense financió a las guerrillas extremistas que realizaron tales actos de sabotaje, quemando, por ejemplo, las escuelas públicas. Es más, el gobierno federal de EE.UU. alentó un golpe miliar en contra del gobierno PDP que tuvo lugar brevemente en 1979 y que asesinó a Tarak y a miles de dirigente del PDP antes de que militares próximos al PDP retomaran el poder.

La hostilidad del gobierno federal de EE.UU. hacia las reformas del gobierno PDP se basaba, en parte, en la oposición del gobierno de EE.UU. hacia la nacionalización de la tierra y otras intervenciones que entraban en conflicto con el ideario del gobierno federal estadounidense, reformas que, además, contaban con el asesoramiento de técnicos procedentes de la Unión Soviética. El gobierno de EE.UU. estaba preocupado por la posible expansión de la influencia soviética. Detrás de tal apoyo había un anticomunismo fundamentalista, reflejado en la figura de Brzezinski (un polaco anticomunista fundamentalista), que consideraba que el objetivo fundamental de la política exterior de EE.UU. debiera ser eliminar la influencia de la Unión Soviética en el mundo, a costa de lo que fuera, incluyendo a costa de apoyar algunas de las fuerzas más retrógradas y reaccionarias existentes en el mundo, como eran los fundamentalistas musulmanes afganos.

La alianza de EE.UU., Arabia Saudí y Pakistán era enormemente poderosa y amenazaban la continuidad del gobierno del PDP. De ahí que el gobierno pidiera ayuda a la Unión Soviética, ayuda que fue rechazada en varias ocasiones, hasta que por fin, el gobierno de la URSS aceptó enviar fuerzas armadas en ayuda del Ejército Afgano (leal al PDP) que estaba en contra de las guerrillas fundamentalistas de Mojahidden (Islamic guerrilla fighters) apoyadas por EE.UU., Arabia Saudí y Pakistán.

LA ENTRADA DEL EJÉRCITO SOVIÉTICO EN AFGANISTÁN

Por fin, en 1979, el gobierno de la Unión Soviética aceptó la petición del gobierno PDP de enviar tropas en ayuda del ejército en contra de aquella movilización de fuerzas internacionales que estaban cuestionando su estabilidad y viabilidad. En parte esto era también lo que deseaba el gobierno federal de EE.UU. pues inmediatamente se tomó tal invasión como excusa para movilizar el mundo musulmán en contra del apoyo de la URSS a un gobierno lacio, progresista y deseoso de modernizar el país. EE.UU. y Arabia Saudí, las fuentes de la reacción, gastaron 40 billones de dólares en apoyo de los Mojahidden, a los cuales se unieron 100.000 musulmanes fundamentalistas procedentes del Pakistán, Arabia Saudí (incluido Bin Laden), Irán y Argelia, armados y asesorados por la CIA.

Diez años más tarde las tropas soviéticas abandonaron Afganistán. La guerra, sin embargo, continuó tres años, período en el que el gobierno PDP continuó siendo popular, y ello a pesar de los enormes destrozos de la infraestructura del país, resultado de la gran hostilidad de la alianza reaccionaria. Incluso después del colapso de la URSS, el gobierno continuó gobernando un año más, a pesar de no recibir armas que pudiera utilizar para defenderse de las fuerzas extremistas apoyadas por los gobiernos de EE.UU., Arabia Saudí y Pakistán. Una vez más, tal como ocurrió en la República Española, la falta de armas fue la causa de que la oposición venciera aquel conflicto, iniciándose un gobierno de los Mujahidden que iniciaron una enorme represión, pillaje, con ejecuciones en masa, cerrando las escuelas públicas, oprimiendo a las mujeres en campañas de violación sistemática, destruyendo las zonas urbanas. En un informe de Amnistía Internacional del 2001 esta acusó a los Mujahidden de “violar sistemáticamente a las mujeres como manera de aterrorizar a las mujeres y a la población, y como recompensa a las tropas”. El gobierno inició de nuevo el comercio del opio, con la ayuda de los servicios de inteligencia paquistaníes y de la CIA (que trabajaron conjuntamente, en apoyo de los mujahidden) convirtiendo Afganistán en el mayor productor de heroína del mundo. Varias de las fuerzas militares Mujahidden dejaron Afganistán y fueron a luchar a Algeria, Chechenia, Kosovo y Cachemira iniciándose así la red terrorista en defensa del fundamentalismo musulmán.

Una fracción de los Mujahidden fueron los talibanes, el grupo más fundamentalista de tal alianza, que por su fanatismo, disciplina y crueldad se impusieron acabando con gobernar amplias zonas del país y por último tomaron el poder. Prohibieron la música, las escuelas, la educación lacia, las bibliotecas y cualquier síntoma de modernización. Establecieron orden, ejecutando a todos aquellos que creaban desorden desde oponentes políticos a ladrones comunes. Impusieron las Burkas como vestimenta a las mujeres y prohibieron a los hombres que se afeitaran. Mujeres fueron privadas de derechos, incluido el de educarse, y aquellas que fueron consideradas inmorales eran apedreadas y quemadas vivas. Por otra parte terminaron las violaciones de las mujeres por los Mujahidden y también la producción de opio. Este gobierno talibán contó con el apoyo del gobierno federal del Presidente Clinton. Según Ted Rall (“it is about oil”. San Francisco Chronicle. Nov.2, 2001), el gobierno de EE.UU. pagó hasta el año 1999 el salario de los funcionarios talibanes y no fue hasta el año 2001, cuando a raíz del ataque a las torres gemelas, que el presidente Bush -a fin de movilizar el apoyo de la población estadounidense al bombardeo de Afganistán- denunció el tratamiento de las mujeres en Afganistán. Más tarde, incluso la señora Laura Bush se convirtió en feminista y denunció tales abusos. El 11 de Septiembre significó el fin de la alianza talibán-U.S. y la caída del gobierno talibán sustituido en Diciembre 2001 por otra facción pro-US de los Mujahidden que inició la lucha contra los talibán. La producción de opio apareció de nuevo.

Una pregunta que exige respuesta es ¿cómo podía EE.UU. apoyar al gobierno talibán, sabiendo de su apoyo a Bin Laden y al grupo de terroristas (que había sido financiado en su origen por EE.UU.)? ¿Cómo es que el gobierno talibán nunca había sido declarado “un gobierno que apoyaba el terrorismo”? Una de las razones es que de haber hecho esto hubiera significado que las compañías pretolíficas estadounidenses no pudieran haber firmado un acuerdo con el gobierno talibán para construir un oleoducto que permitiera el transporte del petróleo de Kazajstán y Turkmenistán al Océano Índico. En realidad, el apoyo hubiera continuado de no haber ocurrido el 11 de Septiembre. Y desde entonces la historia es bien conocida.

En todo este proceso, se ha olvidado de que si se hubiera permitido que el gobierno PDP hubiera hecho las reformas que el país necesitaba, no habría habido “invasión” soviética de Afganistán, no habría habido guerra de Afganistán, no hubiera habido Bin Laden y Al Quaeda y no hubiera habido un 11 de Septiembre. Y es esta precisamente la verdad que se oculta. La historia habría seguido otros derroteros. Probablemente habría surgido Al Quaeda, pero el lugar y el formato habrían sido diferentes. En el fondo del conflicto está la resistencia del gobierno federal de EE.UU. (y sus aliados y muy en especial Arabia Saudí), y su oposición a las reformas progresistas y laicas. Ni que decir tiene que existen otras causas de la existencia del terrorismo islámico. Pero esta resistencia hacia las reformas necesarias y urgentes lideradas por grupos laicos y progresistas es una de las causas más importantes. La oposición a la enorme explotación que existe en el mundo musulmán se ha canalizado a través de fuerzas enormemente reaccionarias en las que el fundamentalismo religioso se ha promovido para parar las movilizaciones populares laicas que habrían reducido y eliminado tal explotación.


Pioneros del country-blues: Skip James


JAVI
Requesound



Estamos ante uno de los pioneros y uno de los grandes intérpretes del blues del Delta. No podemos decir que haya sido olvidado pero sí, como pasa con todos sus contemporáneos, eclipsado de alguna manera por Robert Johnson y su gran leyenda. Sin embargo sus composiciones, su estilo a la guitarra y por supuesto su sobrecogedora voz están a la altura del gran Johnson. Entremos en materia:

Nehemiah "Skip" James nace en enero de 1918 en la plantación de Whitehead, cerca del pueblo de Bentonia (Mississippi). A los 12 años comienza a tocar la guitarra y el piano influído por un vecino llamado Henry Stuckey de quien aprende su característico estilo guitarrístico que pronto personaliza: arpegios entrecortados con frecuentes rupturas del ritmo, afinación en re menor abierto y sin usar el slide -punto en que más se diferenciaba de otros estilos de blues del Delta- que desemboca en lo que se llamará el Bentonia sound.

Pocos años más tarde, Skip, como excepción a la mayoría de sus vecinos y compañeros, tiene opción de iniciar sus estudios pero entre sus opciones -la docencia, su vocación de pastor y la música- elige esta última y se traslada a Jackson, capital del Mississippi. Comienza así a tocar por los bares de la ciudad y en 1931 el cazatalentos H.C. Speir lo envía a los estudios Paramount en Wisconsin donde Skip James graba 26 temas en tres días, entre los que se encuentran varias de sus mejores composiciones, entre ellas las enormes "Devil got my woman" y "Hard times killing floor".

Sin embargo, la discográfica quebró y Skip apenas sacó provecho económico. De vuelta a los garitos malviviendo como pianista en Jackson se entera que su amigo Johnny Temple se había trasladado a Chicago y obtenía un gran éxito comercial con "Evil devil blues", versión del "Devil got my woman" del propio Skip. Poco despues tambien Robert Johnson graba otra versión del mismo tema al que llamó "Me and the devil blues". Decepcionado y amargado, James se traslada a Texas, deja la música, se hace reverendo y se dedica a diversos oficios para subsistir, como obrero, minero, granjero o leñador.

No es hasta 1963, treinta años despues, cuando Skip, en una habitación de un hospital donde está ingresado por un tumor, recibe la inesperada visita de tres blancos norteños -Josh Fahey, Bill Barth y Henry Vestine- que están buscando a viejos bluesmen olvidados. Pocas semanas despues, James actúa en el festival de Newport antre miles de jóvenes blancos realizando una actuación memorable pese a que en los 30 años que habían pasado desde que había abandonado la música apenas había tocado la guitarra.

A partir de aquí, Dick Waterman se ocupa de Skip durante los últimos años de su vida en los que graba varios discos de gran nivel como Today! (Vanguard), Greatest of the Delta blues (Biograph) o Devil got my woman (Vanguard), con revisiones de sus primeras grabaciones y nuevas composiciones, y realiza varias gloriosas actuaciones. Además, la versión de Cream de su "I'm so glad" ayudó a pagar sus gastos médicos y terminó su vida con una cierta solvencia económica. En 1969, Skip moría de cáncer y el mundo se quedaba sin uno de los más personales y grandes pioneros del blues del Delta.

Su elegancia tocando la guitarra, con un estilo complejo, donde predominaba un virtuoso fingerpicking a tres dedos y su voz evocadora y sensual todavía las podemos escuchar en sus grabaciones de los 60 y en la reedición de sus grabaciones del 31 bajo el nombre de "The complete early recordings" (Yazoo). Para reconocer sus cualidades como pianista, podemos acercanos al álbum póstumo "Skip's piano blues".