De botiquín a gigantesco polvorín


Las medicinas caducadas que llevamos a la farmacia no se destruyen. Son arrojadas a un gran vertedero en Galicia, que ya tiene 12.000 toneladas.

PACO REGO
El Mundo



Una alambrada marca la frontera. A un lado, los montes verdes que dan cauce al río Lengüelle, afluente del Tambre que da de beber a Santiago de Compostela. Al otro lado, el vertedero exclusivo donde se deberían incinerar todas las medicinas caducadas de España. Una bomba de relojería a cielo abierto. Doce mil toneladas de fármacos (penicilinas, barbitúricos, hormonas, anticonceptivos...) mezclados con basura urbana en descomposición. Seis años de silencio.

-Las camionetas llegaban a diario cargadas de medicamentos caducados, sin las cajas, y se vaciaban directamente al basurero.

Habla a Crónica quien ha sido testigo directo de una barbaridad medioambiental sin precedentes. El escenario, el vertedero público de Areosa, en el municipio coruñés de Cerceda, propiedad de la Xunta de Galicia. Algo muy gordo ha fallado. Detrás de la alambrada, en realidad, hay un auténtico botiquín explosivo: fármacos contaminantes que podrían filtrarse hasta las aguas; bacterias que podrían hacerse resistentes a las penicilinas...

El desastre también tiene su vertiende crematística. Cerca de 45 millones de euros, el dinero invertido por la industria farmacéutica desde 2002 para que los medicamentos en desuso no se tiren a un contenedor o por los desagües de las casas, han terminado en la basura. El plan, pionero en Europa, para organizar de una vez por todas la recogida y destrucción de fármacos desechados falla en su último y definitivo eslabón: la incineración.

-¿Por qué no se han quemado en estos años?

-Porque no había, ni hay, los hornos adecuados para quemar las medicinas. No hay capacidad ni para todos los residuos comunes -añade la misma fuente.

-¿Lo sabían los jefes?

-Sí. Todo el mundo, en mayor o menor grado, era consciente de que muchas cosas se estaban haciendo mal. Lo que pasa es que nadie quiere perder su trabajo. Todos, incluidos los trabajadores, saben que se la juegan.

Hay miedo en el vertedero. Amenazas de muerte, vertidos incontrolados a un río, despidos, investigaciones de la Guardia Civil en marcha...Y toneladas de medicinas recogidas durante seis años en las 20.500 farmacias de todo el país que en verdad no se han incinerado.¿Quién responde ahora de tamaño escándalo? ¿Cómo explicar a los ciudadanos que todas esas medicinas viejas que llevaban a la farmacia de su barrio, confiados en que así se destruirían y no terminarían dañando el medio ambiente, han acabado mezcladas con basura común en un vertedero gallego?

«Nosotros somos los primeros en sentirnos engañados. La incineración es parte fundamental de un programa ecológico que hemos puesto en marcha y que ellos [los gallegos] se comprometieron por escrito a realizar. No entiendo qué ha podido pasar. Son unos irresponsables», dice apretándose los puños sobre la mesa Juan Carlos Mampaso, el máximo gestor del Sistema integrado de gestión y recogida de envases (Sigre).

Todo arranca en 2002. Se vende a bombo y platillo a la opinión pública. Unos contenedores cilíndricos, pintados de blanco y verde, señalan en las boticas repartidas por toda la geografía nacional el lugar preciso para depositar los fármacos sobrantes.Era el primer paso de una cadena de recogida diseñada al detalle con criterios ecológicos. Alrededor de 140 almacenes, diseminados por las principales capitales, y una amplia flota de camionetas (las mismas que abastecen a las farmacias) completan la tarea.

El plan funciona. O eso parece. Diez toneladas de medicinas salen cada día rumbo a Galicia. Su destino es la planta de clasificación y selección que una empresa privada, Danigal, que se ocupa de la gestión de residuos, tiene muy cerca del vertedero público coruñés. Allí, siguiendo la hoja de ruta establecida por Sigre, cliente de Danigal, el cartón y los plásticos se separan para su posterior reciclado. Hasta ahí, todo correcto. Otro cantar es el destino que se les daba a las medicinas, según se descubre ahora. Al no incinerarse los residuos, todo el plan de las farmacéuticas se derrumba como un castillo de naipes. Los gestores del Sigre ya preparan la querella contra Danigal, a la que contrató para llevar a cabo su plan completo, conscientes del duro golpe que se venía dando a sus espaldas a un programa ecológico modélico en el que han arrimado el hombro las 17 comunidades y el Gobierno central.

Lo que ahora Sigre saca a la luz ya había sido gritado, con poco éxito, desde algunas formaciones políticas y sindicales gallegas.«Lo hemos denunciado en el Parlamento y pedido al consejero de Medio Ambiente que explique por qué se ha consentido semejante barbaridad», asegura el responsable de medioambiente del PP en Galicia, Jaime Castiñeiras. «Aquí huele a podrido, y no sólo por las basuras», añade Enrique Llames, jefe del área ecológica de CCOO.

Son pocos los que están dispuestos a dar la cara. Crónica ha intentado varias veces hablar con el consejero de Medio Ambiente, Manuel Vázquez, Pachi, como le llaman sus paisanos. «El señor Vázquez nada tiene que ver con este asunto», zanjan desde su gabinete, en Santiago de Compostela. Una respuesta cuanto menos sorprendente, pues el polémico basurero pertenece a la Sociedad Gallega de Medio Ambiente (Sogama), creada por la Xunta, y mantiene acuerdos con Danigal.

El pasado 29 de diciembre, ocho agentes del Seprona, el grupo de la Guardia Civil encargado de perseguir delitos ecológicos, registró la sede de Sogama -su presidente, José Alvarez, tampoco ha querido dar explicaciones a este suplemento- y se incautó de diversos archivos de ordenador y documentos oficiales de la sociedad dueña del basurero. Buscaban, al parecer, indicios de «un delito continuado contra el medioambiente y los recursos naturales» provocado por residuos tóxicos procedentes del vertedero.De hecho, Sogama sólo estaría depurando la tercera parte de los líquidos sucios de su planta.

¿Qué pasaría si estos líquidos fueran a parar al río Lengüelles, situado a poco más de 500 metros del vertedero, cargados de restos de medicamentos?

«La mezcla de fármacos y residuos urbanos en un vertedero produce reacciones químicas cuyo resultado es impredecible», asegura Raúl Vieira, bioquímico de profesión y uno de los mayores expertos en el tratamiento de residuos peligrosos. «Incluso se pueden generar virus y bacterias que en contacto con una gran masa de medicamentos sin tratar se hagan resistentes. Es el caso de las penicilinas». ¿Y si alcanzasen el río? «No hay depuradora que los frene. Y peor aún si los fármacos proceden, como en este caso, de un vertedero. Se produce un cóctel químico que actúa como lo hacen las hormonas. Son los llamados disrruptores endrocrinos.Ya ocurrió en el río Llobregat y los peces, por ejemplo, cambiaron de sexo». Y en las personas, ¿qué pasaría? «Todavía es pronto para saberlo. Esto es como jugar a la ruleta rusa», concluye Vieira.

Ramón Pérez Mariño, ex jefe del área Técnica de Sogama, nunca ha jugado con balas aunque las ha recibido en forma de amenazas.Sus continuas denuncias sobre el mal estado del vertedero -y de las prácticas irregulares de sus superiores-, no sólo le han llevado al paro. Lo acredita un documento en poder de Crónica.En él, Mariño asegura ante el Seprona de la Guardia Civil de A Coruña (19-12-2008) que el jefe de planta del vertedero, José Antonio Ribeiro, «le amenazó de muerte». Dice más: «No era la primera vez que lo hacía».

El testimonio de otro defenestrado lo corrobora. El ya ex abogado del área jurídica y de personal de Sogama, José María Hernández Sanmamed, certifica tres días después (22-12-2008) en las mismas dependencias de la Benemérita, que ya en mayo de 2006 fue testigo directo de las brutales amenazas. Ocurrió, dice, en mayo de 2006 a la salida de un restaurante y en presencia del consejero delegado de Sogama, Francisco Bustío (abandonó su cargo el pasado octubre).«Ribeiro, al tiempo que le profería diversos insultos, le amenazó diciéndole que le iba a matar». Y añade el letrado: «Todas estas amenazas vienen como consecuencia de que Mariño exigía el cumplimiento con exactitud de la gestión del vertedero [...]. Y esto molestaba a Ribeiro, que lo que pretendía era realizar barbaridades dentro del vertedero».

Al otro lado de la alambrada el silencio es ley. Hay miedo dentro y fuera del vertedero. Una bomba química podría estallar.

Sólo falta saber cuándo.

La resistencia que acabó con la mili


Se cumplen 20 años de la primera declaración colectiva de insumisión, el más exitoso movimiento de desobediencia

JAVIER SALAS
Público


Los pioneros de un mundo sin guerras son los jóvenes que rechazan cumplir el servicio militar", aseguran que dijo Albert Einstein. En España, los pioneros dieron su gran salto el 20 de febrero de 1989: 57 jóvenes objetores en busca y captura se presentaron ante las autoridades militares para reafirmar su negativa a realizar el servicio militar y su insumisión a la legislación de objeción de conciencia. Se cumplen dos décadas, por tanto, de la constitución de uno de los movimientos de desobediencia civil con más éxito, pues logró su objetivo final: acabar con la mili.

De aquellas historias de huelgas de hambre y penas de cárcel, ha pasado mucho tiempo, pero no están completamente olvidadas. Este mismo mes, un joven de Vilafranca del Penedès, David Sánchez, estuvo a punto de ingresar en prisión por su pasado como insumiso. Condenado a dos años de cárcel en el año 2000 por desórdenes públicos en una manifestación antifascista, estuvo a punto de ir a la cárcel por sus antecedentes por el delito de insumisión. Un delito que, según la legislación vigente, debía de haber sido cancelado de oficio como todos los antecedentes penales derivados de esa insumisión, incluso en el supuesto de sentencias ejecutadas. Aun así, a la magistrada del juzgado de lo penal de Barcelona le pareció oportuno servirse de estos antecedentes, ya inexistentes, para mandar a prisión al joven antisistema.

Los pioneros, víctimas de Franco

Aunque el primer insumiso español fue Antonio Gargallo Mejía, un testigo de Jehová que fue fusilado durante la Guerra Civil por rehusar integrarse en el ejército franquista, el movimiento insumiso español tiene sus orígenes en los últimos años del franquismo. En 1972, tuvo lugar el primero de los dos consejos de guerra a los que se enfrentó Pepe Beunza, el verdadero pionero. Él no alegó motivos religiosos, como hacían los testigos de Jehová: "Ellos esperaban la llegada del fin del mundo para resolver los problemas", recuerda Beunza, "pero se trataba de cambiar el mundo, aquí y ahora, no de esperar a su final".

Procesado por la legislación militar del franquismo, Beunza no tenía derecho a un alegato final que sí tuvieron sus herederos durante la democracia. Aun así, trató de leer un discurso ante el tribunal que le juzgaba. "Creo que estamos ante un signo de los tiempos, un signo beneficioso que ustedes no podrán frenar ni con cárceles ni con castigos", es una de las frases que Beunza no pudo declamar. Sólo le dejaron leer 15 líneas.

"Fue una lucha muy dura", reclama, "que yo viví por aquellos tiempos muy en solitario". El insumiso pasó casi tres años en distintas prisiones por su apuesta decidida por la resistencia no violenta en una época en la que "la lucha armada todavía estaba muy mitificada", recuerda.

La lucha iniciada en el 89 creó un movimiento de objeción de conciencia donde hasta el momento sólo había aislados mártires de la causa. "Entre todos, cumplimos más de 1.000 años de cárcel", asegura Beunza. Un esfuerzo humano de lo más generoso, el de los objetores, que logró recoger sus frutos para todos los demás ciudadanos mucho antes de lo imaginable.

Pasaron 16 años hasta que se aprobó la ley que reconocía el derecho a la prestación social sustitutoria. Una ley que no cubría las expectativas de los objetores más radicales, que se reconvirtieron en insumisos a esa regulación, pero sí las de la mayoría silenciosa hasta entonces de los españoles. En 1988, para atender a la primera hornada de objetores, Cruz Roja ofertó 500 plazas; diez años después, ya había más objetores que soldados de reemplazo. Aunque los planes para la definitiva profesionalización del Ejército estaban pensados para mucho más tarde, los responsables políticos y militares se vieron obligados a adelantarlo. "Se estuvo a punto de conseguir el sueño de todo antimilitarista: que no acudiera nadie a un reemplazo", recuerda Beunza entusiasmado.

La esperada reforma

En 1992, fue aprobada la Ley de Reforma del Servicio Militar, que remitía los casos de insumisión a la jurisdicción civil, pero que, en cambio, aumentaba las penas a 28 meses de cárcel. Fue a partir de entonces, a mediados de los noventa, cuando los insumisos se enfrentaron a un momento decisivo. Perico Oliver, profesor de historia contemporánea en la Universidad de Castilla-La Mancha, recuerda que el ministro de Justicia e Interior, Juan Alberto Belloch, trató de criminalizar el movimiento. "El PSOE, con Belloch al frente, intentó relacionar insumisión con ETA, con radicales abertzales, tratándonos con desdén y desprecio. Pero sólo éramos un grupo de antisistemas", dice Oliver.

El éxito de la objeción de conciencia se llegó a menospreciar desde el Gobierno llamándola "objeción de conveniencia", a pesar de que la propia Constitución recoge expresamente este derecho en su artículo 30.2: "La ley fijará las obligaciones militares de los españoles y regulará, con las debidas garantías, la objeción de conciencia, así como las demás causas de exención del servicio militar obligatorio, pudiendo imponer, en su caso, una prestación social sustitutoria".

En cualquier caso, los insumisos tenían un último as en la manga. Supieron jugar esa mano acumulando fuerzas a partir de otros movimientos sociales en crisis y apostando por valores pedagógicos a los que la sociedad no se podía resistir. La paz y la no violencia, frente a la mala imagen de un Ejército que en los años ochenta arrastraba una imagen demasiado relacionada con el franquismo, comenzaron sumar una jugada ganadora.

Con el paso de los años, fue al gobierno que presidió José María Aznar (PP) a quien le correspondió firmar la defunción definitiva del servicio militar obligatorio en España. La ciudadanía había dictado su veredicto mucho tiempo antes: el servicio militar no era más que "la puta mili" y el Ejército profesional, una necesidad apremiante por la falta de nuevas vocaciones.

El ritmo de chicago

'Blues', jazz y 'rock and roll'. El espíritu de la música tiene un nombre, Chess Records, y una ciudad, Chicago. Allí se forjó la leyenda de Chuk Berry, Muddy Waters o Etta James. Una película, 'Cadillac records', recrea esta historia.

DIEGO A. MANRIQUE
El País



Fue la canción oficiosa de las celebraciones de la toma de posesión de Barack Obama. El propio presidente y su esposa abrieron el baile mientras la diva Beyoncé cantaba At last. Aparte de su lectura sentimental ("al fin, el cielo se ha vuelto azul"), el tema funcionó como cordón umbilical con Chicago, la ciudad que sirvió de plataforma a la carrera política de Obama.

At last era originalmente un número de una película musical de 1941, pero se identifica con la carnosa voz de Etta James. Y Etta fue la gran cantante femenina de Chess Records, una de las cumbres artísticas de la ciudad de Chicago. La del sello Chess es una epopeya fascinante en la que coincidieron dos sectores marginados de la sociedad estadounidense: judíos y negros. En el principio están los hermanos Leonard y Philip Chess (originalmente, Czyc), nacidos en Motele, en Polonia. Llegaron a Chicago en 1928, sin saber inglés pero con ganas de prosperar.

¡Chicago! Dicen que el nombre deriva de una palabra india que significaba "el lugar con mal olor". Se trataba de una ciudad genuinamente estadounidense: dedicada a hacer negocios, corrompida hasta la médula, orgullosa de sus logros. Los Chess podían haber terminado en la delincuencia, pero desembocaron en el negocio del entretenimiento, otra actividad en la que no contaba el antisemitismo. Ya se sabe que fueron judíos los que crearon Hollywood, pero también -y esto es menos reconocido- los que fundaron las discográficas independientes.

En 1950 había 500.000 negros en Chicago. Huidos de los Estados sureños, soportaban la discriminación al estilo norteño: pagaban alquileres más altos que los blancos y tenían peores alojamientos. Pero constituían un mercado sólido, algo que no pasó desapercibido para los Chess. Comenzaron con licorerías y pronto tuvieron un alborotado local nocturno, el Macomba Lounge. Allí aprendieron la jerga del gueto y se habituaron a lidiar con las erupciones de violencia, la prostitución, las drogas. También descubrieron que la música era elemento indispensable en la dieta de los afroamericanos.

Leonard Chess, un inmigrante judío de primera generación, se convirtió en el hombre clave del blues de Chicago cuando esta música rural se electrificó y se codificó en el prototipo que, por ejemplo, los Rolling Stones han utilizado durante cerca de 50 años.

Muddy Waters, de nombre verdadero McKinley Morganfield, fue la sólida piedra sobre la que se construyó Chess Records. Campesino de Misisipi, el folclorista Alan Lomax le grabó en una plantación y, una vez que se escuchó en el fonógrafo, decidió que prefería ganarse la vida cantando. Instalado en Chicago, advirtió que las tabernas del South Side eran demasiado ruidosas. Se pasó a la guitarra eléctrica y formó un grupo contundente, por donde pasaron futuras estrellas como Jimmy Rodgers, Little Walter, Otis Spann, James Cotton. Cuando viajaron por vez primera a Inglaterra, aterraron al público con su imperiosa música lúbrica.

Y no habían visto nada. Detrás vino otro labrador de Misisipi, Chester Burnett, alias Howlin' Wolf, una montaña de hombre que parecía tener apetitos ilimitados y que traía ecos del Sur profundo. Lo de Lobo Aullador resultaba un apodo perfecto: cuando se oye al Tom Waits más intenso, ahí está la sombra de Chester. Intensamente competitivo, le robaba músicos a Muddy Waters y no le impresionó hallarse en 1971 grabando The London sessions con la aristocracia del rock británico, desde Eric Clapton hasta Ringo Starr.

A mediados de los cincuenta, Chess Records era un imán para los músicos negros más ambiciosos. Por recomendación de Muddy Waters, allí se presentó Chuck Berry. Pertenecía a otra generación: nacido en Saint Louis, había pasado por un reformatorio, tenía un oficio (peluquero), sabía leer y escribir. Estaba lo suficientemente integrado en el estilo de vida estadounidense para poder escribir irresistibles odas a las autopistas, al instituto, a los amores juveniles, al mismo país (Back in the USA). Sin pretenderlo, desarrolló la temática esencial del rock and roll y creó himnos al nuevo estilo, de Roll over Beethoven a Rock and roll music, sobre unas estructuras esbeltas e impetuosas.

Con Berry se poetizaba la existencia de los teenagers. En Chess, su única competencia por el mercado juvenil era la de Bo Diddley. Otro nativo de Misisipi, sus ritmos ofrecía un show llamativo: tocaba una guitarra rectangular y contaba con una dama llamada La Duquesa entre sus acompañantes. No tuvo grandes éxitos entre el público blanco, pero el ritmo que lleva su nombre -con resonancias tribales- se infiltró en el rock y allí se ha quedado.

Con genuina inconsciencia, los Chess y sus artistas estaban cambiando el mundo. Sus hallazgos musicales -y literarios- impactaron especialmente en Europa. En su primer viaje a Estados Unidos preguntaron a los Beatles qué querían conocer; respondieron que a Muddy Waters y Bo Diddley. Un reportero expresó el desconcierto general: confundido por el nombre de Muddy Waters [aguas cenagosas], preguntó dónde estaba aquel lugar. Paul McCartney perdió su afabilidad: "¿Ustedes no conocen a su propia gente famosa?".

En realidad, los Beatles fueron hijos musicales de Chuck Berry, algo ejemplarizado por el antipático incidente de Come together: John Lennon tuvo problemas legales por citar versos de You can't catch me, una de tantas canciones automovilísticas de Berry. Los Rolling Stones eran los verdaderos alumnos de esta Escuela de Chicago. Su mismo nombre deriva de un tema que Muddy Waters grabó en 1950. Y el germen del grupo está en un encuentro de Mick Jagger y Keith Richards en un tren allá por 1960. Los Stones aprovecharon su primera gira por Estados Unidos para conocer el estudio de Chess. Allí grabaron, entre otros temas, un instrumental titulado 2120 South Michigan, que era precisamente la dirección de la compañía.

La leyenda negra de Chess Records está sustentada sobre la realidad. Como todas las discográficas de la época, se esforzaba en pagar lo mínimo a los artistas y no alardeaba de discos de oro, ya que eso hubiera supuesto abrir sus libros a los inspectores de la asociación que certifica las ventas.

Había, sin embargo, muchos matices. Leonard Chess tenía modos paternalistas y cuidaba de sus artistas más allá de lo exigible en una relación contractual. Por ejemplo, su mismo abogado se enfrentaba a las demandas de paternidad que regularmente se presentaban contra Muddy Waters. También se esforzó en proteger a Etta James, vulnerable por su condición de adicta a la heroína: Chess se ocupó de que disfrutara de una casa en Los Ángeles, pero se reservó el título de propiedad, que Etta no recibió hasta después de que Leonard falleciera. "Hizo bien", reconoce la cantante en su autobiografía: "La hubiera vendido."

Cuando la compañía desapareció, hubo mucha amargura. Bo Diddley, que no rentabilizó su fama, se quejaba de que apenas recibió compensación por los derechos de unas canciones que han tenido mil versiones. Por su parte, Muddy Waters y Howlin' Wolf demandaron a Arc Music, la editorial de Chess. Especialmente indignado estaba Willie Dixon, el contrabajista y compositor que ejerció de productor en infinidad de sesiones. Se vengó a su manera, comprando el edificio de la compañía en el 2120 de la Michigan Avenue e instalando allí un museo dedicado al blues de Chicago.

Pero Dixon también reconoce que aquella monumental música no hubiera sido posible sin la tenacidad, la tacañería, la energía de Phil y Leonard Chess. Los hermanos se turnaban: uno se quedaba en las oficinas mientras el otro viajaba y se ocupaban de "engrasar" la relación con los locutores radiofónicos, decisivos para su música. Hasta en ese asunto delicado se aprecia la inteligencia de los Chess. A finales de los cincuenta, cuando la "payola" (el pago por radiar determinados discos) se convirtió en escándalo nacional, ellos salieron indemnes: declaraban a Hacienda cada soborno, disimulado como "servicios de consultoría".

Excepto por algún atraco, los Chess disfrutaban de un salvoconducto invisible para manejarse por los barrios más hostiles al hombre blanco. Era conocida su filantropía: donaban mucho dinero a Israel, pero también extendían cheques a las asociaciones que exigían plenos derechos para los afroamericanos. Carecían de prejuicios: Bobby Charles, cantante de Luisiana (y compositor del memorable See you later alligator), todavía recuerda el pasmo de los hermanos cuando descubrieron, en su primer viaje a Chicago, que habían fichado -por recomendación del dueño de una tienda- a un artista blanco.

Las luces y las sombras de Chess Records están reflejadas en varios libros. Sus sellos satélites, como Checker y Cadet, se hicieron un hueco en el mundillo del jazz, con best seller de Ahmad Jamal y Ramsey Lewis. Se adaptaron a la era del soul con gloriosas grabaciones de Etta James, Fontella Bass, Billy Stewart, los Dells, Sugar Pie DeSanto. Hasta comercializaron discos hablados: los sermones de C. L. Franklin (el padre predicador de Aretha).

Resulta paradójico que, vista su influencia, se les resistiera el mercado del rock, donde estaban las grandes cifras. Hacia allí intentó reconducirlos Marshall Chess, el hijo de Leonard. Pero Chess Records no tenía la distribución y las conexiones necesarias para jugar en esa división. Las grandes hazañas de Chess se acabaron en 1969. Leonard había adquirido emisoras de radio y deseaba entrar en el negocio de la televisión. Chess tuvo la desdicha de caer en las manos de GRT. Como los actuales gigantes de Silicon Valley, GRT se había enriquecido con un adelanto tecnológico -las cintas de audio- y quería diversificarse. Los Chess aceptaron ceder sus 8.000 masters por un precio más que razonable; como parte del pago recibieron 20.000 acciones de GRT, que resultaron papel mojado.

La historia eterna: los nuevos dueños no entendían las peculiaridades del negocio discográfico y se cargaron el tinglado. El 15 de octubre de 1969, Leonard -que se había comprometido a seguir ejerciendo la dirección- se enteró de que Chess Records estaba sin fondos y no pagaba las facturas de los proveedores: GRT desviaba los ingresos hacia sus propias cuentas. Se indignó, armó una bronca y se marchó de las oficinas. Estaba conduciendo su coche cuando sufrió un ataque al corazón. No era el primero, pero ese día no sobrevivió. Como dijo Muddy Waters en el cementerio, entre lágrimas: "Se acabó, Leonard. Ya no hay compañía, ya no hay nada". Habían terminado dos décadas prodigiosas. La nueva Chess, con oficinas en Nueva York, agonizó y en 1975 fue liquidada por una cantidad ridícula.

'Cadillac records' se estrena el próximo viernes.

Morrissey, trazados pop sobre filo rockero


PABLO CABEZA
Gara



El próximo miércoles 18 de febrero se pone a la venta «Years of refusal», el noveno disco en solitario de Morrisey, álbum que prolonga una carrera que inició con «Viva hate», aún coloreado por la fuerte herencia Smiths, rasgos que fueron diluyéndose, en la medida que el solista fue despojándose de la influencia de Marr. Veinte años después de aquella descorazonadora decisión para miles de seguidores, Morrissey se presenta ante su público con un disco dirigido en especial a ellos, a sus fans e incondicionales. Oyentes que han crecido con sus cadencias, inflexiones de voz y textos dramáticos siempre cuidados.

Morrissey posee una de las voces más singulares de la historia del rock. Con ella ha conquistado la voluntad de una generación y con ella, gastada finamente en un taller de orfebrería, regresa a la escena. Crecido entre el pop y el rock, «Years of refusal» vuelve a ser la síntesis inocente de aquellos primeros años en los que admiraba a solistas como Marianne Faithfull y Sandi Shaw y aquellos otros en los que descubrió la actitud punk-rock a mediados de los setenta.

Final a borbotones

El cierre del álbum con «I'm OK by myself» refleja y condensa todas las vivencias de Morrissey. Se inicia como si Sinatra se levantara de la tumba bien pálido, pero con voz serena y rica en colores. Juega Morrisey con los tonos, seduce y da un paso hacia el lado sucio del rock, donde la composición se desvanece entre la épica y lo mayestático. El escenario se encuentra a oscuras, un haz blanco se inclina sobre un Morrissey con traje gris, quien sin perder la sobriedad de su estampa, tuerce sus gestos entre una interpretación excedida y sensual. Hoy, es su mejor momento.

Previamente, el veterano de Manchester toma aliento y resuelve su primer reto del disco con una excelente interpretación vocal entre el rellano y el aprieto. «Something is squeezing my skull» se cierra violenta y cruel, en un territorio poco explorado por Steven Patrick. Morrissey quien ya adelanta que para «Years of refusal» ha elegido trabajar con diferentes superficies, donde guitarras y ritmo marcan el destino final de sus turbulentas melodías.

Aligera tensión con «Mama lay softly on the riverbed» y «Black cloud», pegada al recuerdo de su etapa al lado de Smiths. «I'm throwing my arms around Paris» es posiblemente uno de los momentos más inspirados. La batería llega motorizada, en realidad como en casi todo el disco, en verdad un bárbaro detrás de ella; los arreglos de cuerda suavizan la presión y cierran un corte inspirado. Extraña que Morrissey haya permitido que «Years of refusal» incluya dos canciones ya aparecidas -como novedad- en su anterior recopilatorio, «Greatest hits», pero aquí están «All you need is me» y «That's how people grow up», de regular aspecto.

En «When I last spoke to Carol» el depresivo vocalista se enfrenta a una tentación común en muchos artistas anglosajones, derivar hacia una especie de mezcla folclórica entre el rock y lo latino vía México.

«It's not your birthday anymore», «You were Good in your time», con un Morrisey desencajado, y «Sorry doesn't help» se recuperan las formas imaginables. Todo regresa a su cauce de olmos, donde las canciones se vacían siguiendo un rumbo, en ocasiones, demasiado común.

La producción del disco le ha correspondido a Jerry Finn, con quien Morrisey trabajó en «You are the quarry», de 2004, y en «Greatest hits», 2008. Lejos de la sorpresa de que Morrissey eligiera de nuevo a un experto en rock californiano (Bad Religion, Offspring, Blink 182...), la noticia saltó cuando el 9 de agosto del pasado año, un derrame cerebral acabó con su vida a los 39 años.