Qué bonito, pero qué duro es ser 'hippy'


Comunas y ecoaldeas atraen a quienes buscan modos de vida alternativos - Sin dinero, sin tecnología y, a menudo, sin títulos de propiedad


JULIÁN DÍEZ
El País



En tiempos difíciles, se extiende un sueño: romper con todo. Acabar con la inestabilidad laboral, con la dependencia del Euríbor o la baja calidad de los alimentos que consumimos, buscando una vida más sencilla y con satisfacciones más básicas. Desde hace décadas, cientos de personas han apostado por ese camino alternativo; aunque con irregular fortuna, esas sociedades distintas conviven con la nuestra.

La opción de las comunas anarquistas urbanas, en las que se sigue manteniendo relación continua con la ciudad y existe el problema del conflicto con la ley, no satisface a estos émulos de Henry David Thoreau, el escritor estadounidense que vivió dos años solo en una cabaña y escribió después: "Fui a los bosques porque (...) quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida (...) para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido".

Las dificultades son enormes: una exposición directa al clima a la que no está habituado el que vive en la ciudad, la necesidad de adquirir conocimientos con los que convertirse en autosuficiente... Y, en el caso de entrar en una sociedad ya existente, las incertidumbres a la hora de insertarse en un grupo muy cerrado al exterior, del que es difícil informarse previamente, y en el que la relación estrecha hace chocar con frecuencia las personalidades. La mayor parte de los experimentos apenas alcanzan el segundo invierno, la estación en que las dificultades afloran en toda su crudeza.

Resulta difícil calcular cuántas personas en España han optado por dar la espalda a la sociedad convencional. No hay datos al respecto. Si nos atenemos a los participantes en algunas reuniones como la de Ecoaldeas del pasado verano y a la actividad en páginas webs, y se aplica un redondeo al alza realista, se puede hablar, como mucho, de unas 2.000 personas.

Esa reunión de Ecoaldeas, con presencia de 30 iniciativas, se celebró en una de las poblaciones de este tipo pioneras en España: Matavenero, en las montañas de El Bierzo (León). Desde hace unos pocos años es posible acceder a ella con buen tiempo por una pista de tierra, construida por la empresa que gestiona un parque eólico cercano. Pero el camino queda helado en invierno y el acceso sólo puede hacerse a pie, tras horas de caminata desde la localidad de San Facundo.

Matavenero y la vecina Poibueno, dos poblaciones abandonadas, comenzaron a ser ocupadas hacia 1989, en una iniciativa en la que tuvieron importante protagonismo ecologistas alemanes. Los pueblos, muy aislados en un valle escarpado, llevaban años abandonados, y los primeros repobladores vivían en tipis indios en lugar de reedificar sobre las casas, que habían ardido en sucesivos incendios. Su aislamiento, que dificultó el desarrollo de la comunidad, posiblemente ha hecho posible su supervivencia: nadie reclamó las ruinas, progresivamente ocupadas, las autoridades pasaron por alto su existencia, y hoy forman parte aceptada del paisaje de la comarca.

La mayor parte de los habitantes de Matavenero, que han llegado a ser 120 pero ahora andan más bien por la mitad, trabaja fuera del pueblo, ayudando en tareas agrarias o en la construcción, o vendiendo la artesanía que elaboran allí. Los niños -han nacido 35 desde la ocupación del pueblo, incluso hay algún nieto de fundadores- bajan al colegio de San Facundo. En las últimas heladas, sin embargo, buena parte de los habitantes que estaban fuera no pudieron volver durante días.

La comunidad toma las decisiones en un consejo, por votación, y por lo demás, cada cual hace su propia vida; existe la propiedad privada y se usa el trueque para cambiar bienes y servicios. Los nuevos deben permanecer un año viviendo en alguna de las casas comunes rehabilitadas antes de que el consejo les autorice a construir la suya: en particular, se quiere que sufran un invierno -con duchas en la cascada del río incluidas-, para evitar abandonos.

Las normas comunes son, sobre todo, de carácter ecológico: prohibición de motores en el interior de la localidad, uso de paneles solares para conseguir energía eléctrica, se desaprueba el consumo de alcohol fuerte, tabaco o drogas; y empleo de letrinas secas, en las que los desechos se utilizan para compost. Sólo existe un teléfono en el pueblo y sólo se atiende una hora al día. Hay una jornada de trabajo comunal, el jueves; en esas sesiones construyeron el llamado Dome, en el que se celebró la reunión de Ecoaldeas. Entre los asistentes a esa reunión se encontraban representantes del proyecto valenciano Puente del Arco Iris. Una veintena de adultos -con una decena de niños- están a punto de formar una cooperativa para adquirir una finca de 100 hectáreas a unos 40 minutos de Valencia, y marcharse a vivir, confían, durante esta primavera.

"No hay ningún modelo similar al que nosotros queremos desarrollar, ahora mismo, en España", explica uno de sus fundadores, Manuel Alamar. En su casa y terrenos adjuntos, los integrantes del grupo practican la albañilería -incluyendo la construcción con materiales alternativos como balas de paja- y la agricultura.

La diferencia básica entre Puente del Arco Iris y otros proyectos es su deseo de convertirse en modelo, su mayor conexión con la sociedad; por ejemplo, piensan llevar a cabo todo su desarrollo legalmente, "sin la tensión que supone estar ocupando ilegalmente un lugar", pagando impuestos y llevando a cabo todas las gestiones que correspondan. Alamar se entusiasma cuando explica sus motivaciones para escapar del contexto urbano: "Estoy seguro de que hay mucha gente que, cada día, se pregunta si vale pena trabajar 40 años en algo que no le gusta para pagar la hipoteca de un piso minúsculo o si compensa estar siempre esforzándose para conseguir tan poco. Vivir es mucho más sencillo. Esperamos demostrárselo a mucha gente que tiene esas dudas".

El terreno que pronto comprarán los cooperativistas de Arco Iris no tiene la calificación de suelo urbanizable, muy costosa. Les sale a 10.000 euros por adulto, reembolsables en caso de abandono de la comunidad. Vivirán inicialmente en unas ruinas comunales, para luego ir construyendo poco a poco, con prudencia para no vulnerar las leyes urbanísticas. Hablan de compartir bastantes propiedades, no sólo vivienda: también coches o ciertos bienes. Esperan vivir de la agricultura, así como de tareas diversas por la comarca, e incorporar paulatinamente -a medida que se acerquen a los 100 habitantes que tienen como objetivo- labores como educación y alojamientos rurales.

"No nos da miedo trabajar, pero esperamos, a medio plazo, conseguir una gran calidad de vida con un esfuerzo no muy grande", explica Alamar, que está "impaciente" por echar ya su primer partido de fútbol con los compañeros, en su propia tierra. Admite cierta "preocupación espiritual" considerando la espiritualidad "como algo personal y de sentido común, sin que te aleje de la familia o los amigos". Además, pondrán en práctica las tres erres básicas de la vida ecológica: reciclar, reducir y reutilizar.

La crisis económica ha hecho que más gente se interese por el proyecto. "A veces hemos comentado que llegamos dos o tres años tarde, que si tuviéramos ya toda esa andadura podríamos cumplir nuestro objetivo de servir también de ejemplo para otras personas que tengan nuestras mismas inquietudes. Las dificultades administrativas son grandes, pero creo que estamos encontrando ya un camino que puede ser útil para otros". Diversas comunidades en distintos puntos de Europa, como Findhorn, en Escocia, o Sieben Linden, en Alemania, llevan décadas de existencia con un funcionamiento similar.

Además de las ecoaldeas, existen otras comunas de corte más ligado al hipismo o los movimientos contraculturales de los años sesenta, en particular en las islas Baleares, aunque ninguna ha tenido una vida continuada desde entonces. La navarra Lakabe, considerada como decana de las ecoaldeas -fue creada en 1980-, supone, por su combatividad y longevidad, una suerte de eslabón perdido entre esas comunas y las actuales.

También existen otras comunidades, ligadas al cristianismo. Al fin y al cabo, históricamente, los que deseaban retirarse del mundo encontraban la salida en el monacato. Además de las conocidas comunidades de religiosos ordenados, existen otras a las que tienen acceso seglares, incluyendo parejas.

La más afamada en España es Turballos, en la serranía de Alicante. Sus portavoces se niegan a permitir el acceso de periodistas a sus instalaciones, aunque sí invitan a título personal a quienes les llaman para visitarles. Fundada hace 30 años por el sacerdote Vicente Micó, se declara "Comunidad Ecuménica, de la No Violencia y Desnuclearizada". Residen de forma fija una veintena de personas. El pueblo ha sido bellamente restaurado y mantiene buenas relaciones con sus vecinos.

La vida de Turballos se reparte entre la oración y el trabajo, con cuyos frutos se mantienen. Siguen la ideología de un italiano discípulo de Gandhi, Giuseppe Lanza del Valle, que falleció en la comarca tras una vida aventurera en lo mundano y lo espiritual. "Nos esforzamos para limitar nuestras necesidades y no caer en el consumismo que contribuye a la explotación del Tercer Mundo". La comunidad es estrictamente vegetariana, y realiza una jornada de ayuno y silencio los viernes. Los rezos no responden estrictamente a la ortodoxia católica actual: "Acogemos a toda persona independientemente de sus creencias religiosas, respetando su camino y su fidelidad a su tradición".

Además de las alternativas ecológicas y espirituales, otras apuestas siguen vivas en algunos puntos de España. Es el caso de Marinaleda, localidad de Sevilla de 2.700 habitantes, famosa por ser el origen del Sindicato de Obreros del Campo, y en la actualidad prácticamente comunista. El fundador del Sindicato, Juan Manuel Sánchez Gordillo, es alcalde desde hace casi tres décadas con mayorías absolutas imbatibles. Tras años de lucha, Marinaleda consiguió expropiar las 1.200 hectáreas de un cortijo propiedad del Duque del Infantado. El producto de la tierra -alcachofas, pimientos, aceitunas- se transforma en ocho cooperativas que dan trabajo a todo el pueblo. Oficialmente, no hay desempleo y todos cobran lo mismo, algo más de mil euros.

El pueblo afrontó el problema de la vivienda con métodos similares: todo el suelo rústico fue municipalizado y se abrió la puerta a que cualquier residente se construyera su vivienda de 90 metros cuadrados, con la ayuda de albañiles del ayuntamiento. El propietario paga los materiales y luego una renta vitalicia de 15 euros al mes.

Sánchez Gordillo es acusado poco menos que de estalinista por sus rivales políticos, y es un hecho que en las últimas ocasiones en que representantes destacados de otros partidos pasaron por Marinaleda hubo desórdenes públicos notables. Sin embargo, él exhibe la situación de su pueblo y argumenta que en él se da el mejor ejemplo contra la crisis: "Esto no ha sido más que la demostración del fracaso total del libre mercado. La única alternativa es el empleo público. En cuanto al Gobierno, que deje de dar dinero a los bancos, y ayude al pequeño campesino y al jornalero".

La vida roja de Marinaleda se extiende a lo cotidiano, por ejemplo con un calendario propio de festividades. La Semana Santa, es allí la Semana por la Paz, con actuaciones de Paco Ibáñez o Jarcha en lugar de procesiones. Ni siquiera los domingos son exactamente festivos. Una o dos veces al mes, se convoca una jornada de trabajo. "Apenas se pagan impuestos, pero de vez en cuando hay que reunirse todos para hacer obras públicas. Yo me paseo el día antes por el pueblo con un megáfono para avisar, y casi todo el mundo contribuye, salvo que tenga algún problema personal", afirma el alcalde.

Van Gogh "la nuit"

Ámsterdam se rinde a la poética nocturna del genio


ISABEL FERRER
El País


Según la leyenda, Vincent van Gogh (Groot-Zunder, Holanda, 1853; Auvers-sur-Oise, Francia, 1890) se tocaba con un sombrero lleno de velas encendidas para pintar de noche. Tal era su necesidad de captar los tonos cambiantes de la luz, que ni siquiera las tinieblas le obligaban a cerrar su caballete. Vincente Minnelli plasmó esa escena mítica en su película sobre el pintor (El loco del pelo rojo) poniéndole al actor Kirk Douglas un gorro chorreante de cera caliente en la cabeza.

El museo que lleva el nombre del artista holandés en Ámsterdam no ha podido comprobar la veracidad de la historia, pero sí que ha conseguido un objetivo largamente acariciado: reunir por vez primera en una exposición los cuadros nocturnos del genial pintor, con el más famoso de todos ellos, Noche estrellada, como absoluto polo de atracción.

Apropiadamente titulada Van Gogh y los colores de la noche, la cita cumple otra función que permitirá sonreír al personal de la sala hasta el próximo 7 de junio, fecha de la clausura: el cuadro Noche estrellada ha favorecido toda clase de conjeturas cósmicas sobre el día en que el artista plantó una luna en cuarto creciente sobre un cielo retorcido; pero la obra, acabada en 1889, no está en Holanda, sino en Nueva York, en el Museo de Arte Moderno (MOMA).

Así que cuando los visitantes inquieren en Ámsterdam por la tela -y es la pregunta más repetida- se les dice con resignación que cuelga en Estados Unidos. "Por eso es un gozo tenerla ahora aquí, y haber podido trabajar con el MOMA en esta exposición, que recoge la fascinación de Van Gogh por el crepúsculo y los nocturnos", afirma Axel Rüger, director del museo holandés. La colaboración ha sido intensa y con una oferta doble. Los cuadros estuvieron en Nueva York y ahora llegan a Ámsterdam como única plaza europea para su disfrute.

Hay varias sorpresas para el visitante entre los 32 lienzos, 19 trabajos sobre papel y cinco bocetos reunidos en la muestra. Dividida en cuatro apartados temáticos, la exposición arranca con los atardeceres, recorre luego la vida campesina, la siembra, y se cierra con "la poesía de la noche". Ya en el primero, destacan dos piezas cedidas por el Museo Thyssen-Bornemisza, de Madrid. Se trata de Paisaje nocturno (1885) y Estibadores de Arlés (1888), unas escenas con un sosiego que no suele atribuirse al artista. Hijo de un pastor protestante y aspirante él mismo a predicador, la noche presentaba un enorme reto para el espíritu de Vincent Van Gogh. Era el momento del recogimiento, la reflexión y el descanso. De igual modo, suponía la lucha contra la tentación de pintar, a la que sucumbía, en lugar de preparar sus sermones.

En el museo holandés, el paso de la noche oscura a la noche luminosa es bien palpable. Junto a la negrura de iconos holandeses fechados hacia 1885, como la casi mística Familia comiendo patatas y Casita de campo, pueden verse crepúsculos y trigales franceses arrebatados, de 1888. De La siega, otro tema esencial, hay tres versiones reunidas por primera vez desde 1984.

Para cuando se llega al punto álgido de la visita, la mano de Van Gogh revela la intensidad que le ha hecho famoso. Porque no sólo Noche estrellada es un frenesí de pinceladas, empaste y una luna amarilla como un sol. "La fascinación de la noche no le abandona nunca, pero en Francia, cuando llega la luz de gas, la vida cambia. Los bares abren todo el día y quiere captar hasta el último destello, a oscuras. Por eso pinta terrazas de cafés en plena madrugada y monta sus aperos frente al río Ródano, en Arlés, buscando reflejos en el agua", afirma Maite van Dijk, investigadora del MOMA, que ha colaborado en el catálogo de la muestra.

Es posible que Vincent Van Gogh nunca llevara un gorro de velas puesto, pero sí apareció citado en el diario de Arlés como "el tipo que pinta de noche en la calle".

"Sea lo que sea, estoy contra ello"

Es el lema de un nuevo grupo de escritores anglosajones con sede en Internet que está revolucionando la industria editorial. No tienen reglas ni manifiestos, pero la Generación Offbeat reclama su lugar en la escena literaria

INÉS MARTÍN RODRIGO
ABC



La industria editorial es aburrida, está embotada y estreñida, desprende un cierto tufillo rancio y amenaza con eliminar todo fragmento de imaginación que aún quede en la mente del lector menos conformista. No es una sentencia categórica de un crítico cabreado con el ultimo best seller que ha llegado a sus manos, ni siquiera la reflexión concienzuda de un intelectual con complejo de Nostradamus. Es el pensamiento y la bandera literario revolucionaria de un nuevo grupo de escritores con sede en la Web y que se (auto)definen como Generación Offbeat.

Qué menos se podía esperar de los potenciales sucesores de Charles Bukowski, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William S. Burroughs y compañía. Autores todos ellos enraizados en la libertad y el compromiso con ser fiel a uno mismo, filosofía de la que dieron buena cuenta en sus años de lucha literaria con las armas de las que disponían. Las armas de la razón hecha palabra y empleada en defensa de la paz, en contra de la Guerra de Vietnam o como sagaz discurso contra el recalcitrante conformismo de la sociedad de la época.

Una generación pegada a los libros

Los años han transcurrido y el discurso se ha transformado, al igual que las armas para evocarlo y defenderlo. Pero la raíz prendió con fuerza en una generación de jóvenes que creció leyendo el “Junky” de Burroughs, “uno de los mayores trabajos literarios sobre el mundo de la droga, al lograr algo que muchos libros que le siguieron fueron incapaces: habló del modo de vivir de un drogadicto”, en palabras de Tony O’Neill, escritor offbeat por excelencia. Y es que Burroughs describió el oscuro laberinto de la drogadicción sin ejercer de falso predicador para el lector, sin miedo a llamar a cada cosa por su nombre. Porque, le pese a quien le pese, un heroinómano no será nunca un pervertido al que adoctrinar. Así, llamando a las cosas por su nombre y leyendo, sobre todo leyendo, empapándose de los popes del movimiento beat fue como este grupo de autores fue regando su propio discurso.

Un discurso que se vertebra en un nuevo y excitante trabajo de ficción, que corre riesgos y que, cada vez con más intensidad, empieza a generar demanda en cuantos lectores se topan con él casi sin pretenderlo. Y es que, demasiado ácidos, diferentes y afilados para la industria editorial tradicional, la generación offbeat se esconde (de momento, aunque cada vez menos) en los amplios (y libres) márgenes de la Web y en alguna que otra editorial independiente.

El origen del movimiento

El primero en usar el término offbeat (y por tanto quien lo acuñó) fue Andrew Gallix, redactor jefe y responsable de la revista literaria online 3:AM Magazine (puestos a hacer comparaciones, valdría decir que sería algo así como el New Yorker de los offbeats). De eso hace ya casi tres años aunque, como el propio Andrew reconoce, “el movimiento llevaba bastante tiempo emergiendo. Es un poco lo que pasó con el punk o los nuevos románticos, al principio no tenían nombre por lo que mucha gente desconocía su existencia”.

Un desconocimiento que se fue disipando a medida que los grupos fueron proliferando en el ciberespacio. Eran escritores, guionistas, periodistas, bloggers, artistas… con un interés común por la literatura pura (sin artificios), que empezaron a gravitar alrededor de 3:AM y a organizar lecturas, conciertos e incluso festivales. “Fue en esos eventos donde comenzaron a establecerse las relaciones –explica Gallix-. La primera vez que fui consciente de que había aparecido un nuevo movimiento fue en el baño de Filthy Macnasty’s (uno de los pubs londinenses preferidos por Pete Doherty), cuando Lee Rourke (escritor y a la postre integrante de la Generación Offbeat) se abalanzó sobre mi y empezó a hablar de la enorme revolución literaria que habíamos iniciado. Aquello fue realmente el comienzo de todo”.

Un inicio virtualmente surrealista para un movimiento con integrantes de carne y hueso. Son muchos los offbeats que, incluso sin saberlo, engrosan la lista de esta generación pero, si hubiera que etiquetar al movimiento como tal cabría decir que se caracteriza por la variedad de voces y estilos y la ausencia de reglas (aquí no hay manifiestos). “A pesar de la diversidad, muchos escritores offbeat comparten características. La mayoría son británicos, treintañeros y creen que la escritura es mucho más que un mero entretenimiento”, enfatiza Gallix. Y sienten la música como elemento catalizador y de equilibrio.

Una lista repleta de talento

La lista es interminable y suena francamente bien. Noah Cicero (novelista estadounidense a medio camino entre Samuel Beckett y The Clash), Ben Myers (autor inglés mezcla de Richard Brautigan con Lester Bangs), Adelle Stripe (poeta londinense heredera del cinematográfico “realismo de fregadero” de Sidney Lumet), el propio Andrew Gallix (el Rimbaud de la Red), Tom McCarthy (novelista estadounidense afanado en la deconstrucción de una nueva idea de novela), HP Tinker (joven inglés al que comparan con Pynchon y Barthelme), Tao Lin (el aventajado protegido de Miranda July –a quien pronto veremos publicada en nuestro país gracias a Seix Barral-, con todo lo que eso supone hoy en día) y los primeros (parece que las grandes editoriales empiezan a tomar apuntes) que aterrizarán en España: Chris Killen, cuya novela “The Bird Room” será publicada este año por Alfabia, y Heidi James y Tony O’Neill, ambos con la editorial El Tercer Nombre.

Todos ellos influidos por el particular lirismo de Tom Waits, Lou Reed, Scott Walker o David Bowie, de la misma manera que estos sintieron la influencia de los autores de los que la Generación Offbeat es heredera. Aunque también están los que prefieren huir de las comparaciones. Tal es el caso de Heidi James, para quien la comparación es un poco “perezosa, basada en el hecho de que evitamos formar parte de la corriente principal”. Esta joven autora británica, que en marzo publicará su primera novela en España (“Carbono”, Ed. El Tercer Nombre) y que se confiesa fascinada por Lynne Tillman, Clarice Lispector, Marie Darrieussecq, Angela Carter o Virginia Woolf, es dueña de su propia editorial en Reino Unido, Social Disease. Con ella, que debe su nombre a la famosa frase de Andy Warhol -“Tengo una enfermedad social. Tengo que salir todas las noches”-, Heidi se ha convertido en uno de los estandartes de la Generación Offbeat al publicar “literatura única y genuina al margen de su valor en el mercado”.

Un movimiento coordinado

La propia Heidi James, en una prueba evidente de que el movimiento está coordinado y sabe hacia dónde se dirige, ha publicado en Reino Unido a autores como HP Tinker o Lee Rourke pero, sobre todo, a Tony O’Neill, el máximo exponente de los offbeats. Este joven neoyorquino, devoto de Bukowski, responsable de una prosa brutalmente descarnada, ex heroinómano, miembro de bandas como The Brian Jonestown Massacre, ha publicado ya cuatro novelas (la última, “Colgados en Murder Mile”, llegará a España en primavera) y se erige en líder (sin pretenderlo) del movimiento con ansias de seguir reclutando adeptos.

Como su propio nombre (offbeat) indica, una generación extraña e inusual de escritores, para los que la Red es su campo de acción, con espíritu punk y ganas de comerse la industria literaria tal y como ahora está concebida. El mundo anglosajón ya ha sido testigo de los primeros bocados. En España está al caer, ¡y ni siquiera es una generación! Que tiemble Zafón.