El Futurismo cumple cien años


MANUEL ANTÓN
Hoy es Arte



Un día como hoy, 20 de febrero, hace cien años, el diario parisino Le Figaro publicaba en primera página el Manifiesto Futurista firmado por Filippo Tommaso Marinetti (1876-1944). En él se aseguraba que la vanguardia futurista iba a ser la vanguardia definitiva, pues aspiraba a revolucionar la vida y el arte a base de velocidad, peligro, ruido, violencia y simultaneidad.

El manifiesto es una poesía y una arenga que Marinetti lanza a la juventud italiana que desee acompañarle en la terminante labor de destrucción que debía hacerse con todos los sentidos de tradición. Una llamada que tuvo rápida respuesta en Italia, donde inmediatamente artistas de toda clase dieron multitud de formas a la poética de Marinetti. Algunos acabaron recorriendo caminos muy distintos, como muestra por ejemplo la vuelta al orden de Severini, y otros, los más consecuentes con los preceptos del movimiento, no regresaron de las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Fuera del ámbito italiano, fue Marinetti en solitario quien encarnó no sólo el futurismo sino el mismo concepto de vanguardia. Nunca está de más resaltar que, en abril de 1909, Ramón Gómez de la Serna dio a conocer el futurismo en Madrid desde las páginas de Prometeo. El hecho indica una fascinación insólita hacia el poeta italiano, hasta el punto de que un escritor joven de un país en absoluto moderno fuera capaz de mostrar a su entorno intelectual la vanguardia más radical del momento.

Richard Huelsenbeck, uno de los fundadores y máximos difusores del Dadaísmo, le describió como un “gran mago literario del futuro que sabe jugar al golf tan bien como charlar sobre Mallarmé o, si es preciso, hacer consideraciones en el campo de la filología clásica, y al mismo tiempo sabe a qué dama de la alta sociedad podría proponer un vis a vis”.

Marinetti, dandi de la vanguardia

Esta fascinación es perfectamente comprensible, pues el futurismo aportó muchísimos fundamentos a la vanguardia, entre prematuras performances y música a base de ruidos y conceptos. Pero también es cierto que Marinetti fue un hombre-espectáculo que aprovechaba cualquier ocasión para publicitarse. Forma parte de esa estirpe de dandis extremos de la vanguardia que cuenta entre sus miembros a personajes como Alfred Jarry, Jacques Vaché o Arthur Cravan.

Y, sobre todo, a Gabriele D’Annunzio (1863-1938), base fundamental de las energías futuristas que ya promulgaba la esperanza en el superhombre y cierto principio prematuro de acción pura cuando Marinetti aún no había escrito una línea, y que alcanzaría actos de un radicalismo que incluso relativiza la virulencia de la proclama futurista. Marinetti pregonó un nuevo espíritu que adquiriría multitud de formas hasta cristalizar con la misma intensidad en actos tan contrarios como matarse en las trincheras o bailar en el Cabaret Voltaire, pero D’Annunzio simbolizó el extremo más aterrador del exabrupto vanguardista con un acto sin precedentes: la declaración del Estado Libre de Fiume.

Organización política de Fiume

Fiume, actual Rikeja, Croacia, era un puerto del Imperio Austrohúngaro, con numerosa población italiana, que al finalizar la Gran Guerra se cedió a Yugoslavia. D’Annunzio, que ya había perdido la visión de un ojo combatiendo, se opuso a esta cesión y tomó la ciudad con un puñado de soldados. La ofreció al gobierno italiano y éste, presionado por los aliados, respondió cercando la ciudad con su ejército. D’Annunzio proclamó entonces, en 1920, el Estado Libre de Fiume.
Lo que sin duda debió admirar a Marinetti fue la organización política de Fiume, una amalgama de fascismo en la práctica y poesía subjetiva en la teoría, en la que tenían cabida tanto los planes expansionistas más beligerantes como las propuestas más disparatadas de educación estética. Hoy se sabe que Mussolini organizó a sus “camisas negras según los esquemas que D’Annunzio justificaba en Fiume como poesía transformada en política, como acción de vanguardia.

Afán de cambio inmediato

También es conocida la relación de Marinetti con el fascismo, que entendía a través de D’Annunzio y que se dedicó a defender con cada vez mayor vehemencia. Un extremo que a priori puede parecer poco o nada de acorde con el talante cosmopolita y progresista que se le supone a una vanguardia, pero que sin embargo fue peligrosamente real. Por eso Boccioni fue un futurista íntegro, que murió de acción pura en la trinchera. Y es que la Gran Guerra fue un creador natural de extremistas en todos los ámbitos, desde dadaístas hasta nazis. D’Annunzio, que se alistó con más de cincuenta años, es un perfecto caso de ello. Desde ese punto de vista, Marinetti viene a ser sólo una personificación más de un espíritu con demasiado afán de cambio inmediato, y no el profeta absoluto de la acción.

Claro que, en 1909 Mussolini aún escribía en periódicos socialistas y D’Annunzio era sólo un poeta, no un guerrero mítico. En esas tempranas fechas el único en Europa que se atrevía a ofrecer veladas en las que se golpeaba a los asistentes era Marinetti. Mucho antes que Dada o El Surrealismo, Marinetti se divertía con conceptos estéticos absolutamente insolentes, mientras conseguía que incluso la periferia cultural europea se hiciese eco de sus ideas, en lo que supuso la colocación de la primera piedra de las vanguardias en España.

Por los caminos oscuros

Pero no por ello dejaría de admirar a D’Annunzio cuando éste realizó su acto futurista supremo, la organización de un Estado bajo los preceptos esenciales de la fiebre vanguardista. Un acto irreversible que al autor David B. le sirvió como contexto de Por los Caminos Oscuros (Futuropolis, 2007-2008.), cómic que fantasea sobre la vida en Fiume de manera grotescamente plausible.

Puede considerarse la obra como conclusión de todo lo expuesto, precisamente porque se desarrolla en medio de una atmósfera enrarecida, una especie de limbo entre la locura vanguardista más espontánea y sus peores consecuencias. Un escenario poblado de seres enloquecidos por los pasados combates, que se matan a la primera ocasión, que agrupan por instinto libros en forma de trinchera y que están constantemente peleándose en masa. Seres que comienzan, sin saber muy bien las causas, a transformar su estética en dictadura, aparentemente convencidos de que esa es la única manera de revolucionar la vida y el arte a base de violencia, peligro y velocidad.

Organizaciones sociales exigen el cierre de los CIE

PABLO RODRÍGUEZ
Periódico Diagonal



El 30 de enero, las autoridades impidieron el acceso a un CIE a una comitiva de representantes de entidades de defensa de los derechos humanos, pese a tener un permiso del Ministerio del Interior. Un ejemplo más del secretismo sobre lo que sucede en ellos.

Los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE) son establecimientos de carácter no penitenciario, dependientes del Ministerio del Interior, a través de la Dirección General de la Policía, en los que se lleva a cabo durante un máximo de 40 días la retención cautelar y preventiva de extranjeros sometidos a expedientes de expulsión o de devolución.

Tras la promulgación de la primera Ley de Extranjería en 1985, miles de inmigrantes han pasado por ellos. Pese al secretismo que los rodea, los testimonios de quienes han sido internados coinciden en relatar constantes abusos policiales y pésimas condiciones de vida. Su ocultamiento permanente sólo está siendo roto por el trabajo de algunas organizaciones sociales o de particulares.

En noviembre de 2007 los relatos de un grupo de internas del CIE de Aluche, en Madrid –que afirmaban por ejemplo: “Nos tienen aguantando hambre y cuando nos dan comida se encuentran pelos, gusanos, excrementos de ratas y restos de cucaracha” – encendieron las alarmas de diversas organizaciones sociales.

Éstas impulsaron la creación de la Plataforma ‘Cerremos los CIE’, compuesta actualmente por las Oficinas de Derechos Sociales (ODS) que trabajan en la red Ferrocarril Clandestino, y también por entidades como Acsur Las Segovias, Médicos del Mundo, SOS Racismo Madrid y la Comisión de Ayuda al Refugiado (CEAR), entre otras. Esta Plataforma, gracias al contacto directo con detenidos y familiares, trabaja en dos frentes: la denuncia de violaciones a los derechos humanos en estos centros y la visualización, hacia el resto de la sociedad, de lo que allí ocurre.

En abril de 2008, la Plataforma organizó una manifestación ante el CIE de Aluche. La difusión de la convocatoria entre los internos hizo que un grupo de ellos se declarase en huelga de hambre. Esta vez, los inmigrantes, que lograron contactar con activistas de la Plataforma, pudieron dar a conocer su situación.

Durante una semana la denuncia de lo que ocurría en el CIE ganó importantes espacios en los medios de comunicación españoles y de otros países, que se enteraron, a la luz de los testimonios, de lo que estaba pasando con sus paisanos emigrados. El Gobierno se vio obligado a hablar del tema. Hasta un sindicato de policía emitió un comunicado rechazando las acusaciones de maltrato difundidas.

A día de hoy, estos “Guantánamos europeos”, como los llaman las organizaciones sociales, siguen siendo unas cárceles a las que nadie puede tener acceso y apenas pocos familiares y amistades de las personas detenidas logran visitar bajo estrictas medidas policiales. Pocas veces los abusos pueden denunciarse de forma inmediata. La casi nula posibilidad real de proteger a quien denuncie el trato recibido allí limita el campo de actuación.

“Quienes denuncian, casi automáticamente encuentran como respuesta su expulsión. Y si no son deportados, ya en libertad, la gente tiene miedo de caer otra vez en manos de la policía, y prefieren el silencio”, cuentan desde la Plataforma.

Ni siquiera los familiares quieren levantar la voz contra lo que consideran “un trato despectivo” de la policía mientras esperan visitar a quien está detenido. ¿Denunciar aún a riesgo de la expulsión de la persona detenida? O, lo que es igual de preocupante, ¿denunciar aún existiendo la posibilidad de una represión contra esa persona? Preguntas de difícil respuesta, que tampoco embajadas y consulados contestan ya que hasta ahora se han mantenido sumidos en un preocupante silencio. Los que sí hablan son las voces amparadas en la seguridad de la distancia de su país de origen. Insultos, golpes, celdas de castigo, vejaciones, enfermedades que no se tratan, alimentación deficiente, deportaciones de personas esposadas y amordazadas, configuran el abanico de denuncias que desde la Plataforma se vienen recolectando a la espera de que un día se haga justicia.

Derecho de inspección

Simultáneamente, a nivel europeo la red Migreurop, creada en 2005 para pelear contra los CIE en todo el continente europeo, viene trabajando en una “campaña de fiscalización y transparencia en los Centros de Internamiento de Inmigrantes”. Y precisamente, el 30 de enero, las autoridades policiales impidieron la entrada al CIE de Aluche (Madrid) a una comitiva de representantes de las entidades que integran esta red en el Estado español. La delegación había recibido autorización por escrito del Secretario de Estado de Seguridad, pero una orden de la Comisaría General de Extranjería impidió finalmente su paso. La visita se enmarcaba en una jornada de fiscalización a todos los CIE de Europa, impulsada por Migreurop. Según denuncia esta red, los dos únicos centros europeos donde se vetó la entrada de comitivas fueron los de Aluche y Milán, en Italia. La campaña de inspección, aclaran, no significa que ya no pidan el cierre de estos Centros, sino que toman la posibilidad de acceso de la sociedad civil para controlar el trato dispensado en estos lugares, como un paso previo.

Según el artículo 62 del proyecto de reforma de la Ley de Extranjería presentado por el Gobierno, se posibilitará a los detenidos “entrar en contacto con organizaciones no gubernamentales y organismos nacionales, internacionales y no gubernamentales de protección de inmigrantes”. Pero, ¿quiénes podrán entrar? ¿En qué condiciones? ¿Qué protección habrá para quienes denuncien? Demasiadas dudas, tantas como testimonios de abusos se suceden.

Especial novela policiaca

Acorde con los tiempos de crisis y violencia que sufrimos, la novela policiaca está más de moda que nunca, cuantitativa y cualitativamente hablando. La cosecha literaria es abrumadora, al punto que, según los editores, uno de cada cuatro libros que se venden en España es una novela negra. De Poe a Carlos Salem, El Cultural repasa hoy los grandes hitos de un género considerado hasta hace poco menor y que hoy reivindican los autores más destacados. Además, enfrentamos en un cara a cara singular a cuatro grandes damas del misterio: Sue Grafton, Donna Leon, Alicia Giménez Bartlett y Mercedes Castro.


DAVID TORRES
El Mundo


En diciembre de 1841, Edgar Allan Poe (Boston, 1809-Baltimore, 1949) publicó en la revista “Graham's Magazine” Los crímenes de la rue Le Morgue, el relato donde dio carta de ciudadanía a Auguste Dupin, el abuelo de todos los detectives, un tipo elegante, irónico y frío que mediante un impecable análisis deductivo descubrió que los brutales asesinatos habían sido obra de un orangután enloquecido armado con una navaja.

Poe fue el Homero del género policíaco: su detective no sólo era un diletante de monstruosa inteligencia que se burlaba de la policía sino que también contaba, para narrar sus aventuras, con un interlocutor no tan despierto. Arthur Conan Doyle (edimburgo, 1859, Crowborough, Sussex, 1930) elevó la fórmula a su máxima perfección con la invención de Sherlock Holmes y Watson (uno de los binomios míticos de la literatura) y llevó al extremo la arrogancia intelectual del detective revistiéndolo de una lupa, una gorra y una pipa.

Muchos y variopintos han sido los homenajes que, desde los libros, el cine y la televisión, se han hecho al inquilino misántropo y morfinómano de Baker Street 221B (el penúltimo de ellos es médico, adicto a las pastillas y toca el piano en lugar del violín), pero la prole literaria del personaje alcanzó sus momentos más altos en la figura del padre Brown, el inolvidable y bonachón sacerdote ideado por G. K. Chesterton (Londres, 1874-1936), y del pedante y rollizo Hercules Poirot, el detective belga obra de Agatha Christie (Tor-
quay, 1891-1976).

Ambos llevan hasta el paroxismo las situaciones rocambolescas, los misterios imposibles y los razonamientos acrobáticos que desembocan en una solución asombrosa y cristalina. En las manos de estos artífices, el crimen se convierte en un juego de salón, un pasatiempo especulativo que por lógica debía desembocar en el más difícil todavía. Jorge Luis Borges (que usó algunos trucos del género en algunos de sus relatos) se juntó con Adolfo Bioy Casares para pasárselo en grande con don Isidro Parodi, un recluso que solucionaba enigmas irresolubles sin moverse de la celda donde estaba preso.

La misma voluntad de parodia y vasallaje anima las creaciones del escocés Michael Innes (1906-1994), cuyo inspector Appleby siempre riza el rizo de la paradoja. Dicho de otro modo, nacido en los Estados Unidos, el género se trasplantó a Gran Bretaña y allí floreció, madurando entre tazas de té, crucigramas y humo de pipa. Pero en el regreso a la tierra natal, el policíaco se oscureció, adquirió músculos, bebió alcohol, pasó de los salones de alta sociedad a los turbios callejones de las grandes urbes. En una palabra, se volvió “negro”.

Dashiel Hammett (Saint Mary County, 1894-Nueva York, 1961) dio a luz a Sam Spade, un tipo solitario, duro, desengañado y lo bastante cínico como para entregar a la justicia a la mujer que ama. Raymond Chandler (Chicago, 1888-la Jolla, California, 1959) suavizó la aspereza de Spade en la figura de Philip Marlowe, el detective de Los Angeles cuyas ácidas réplicas bien podía haber firmado Groucho Marx y que, sin embargo, no acepta casos de divorcio. De Hammett y de Chandler viene una larga y compleja estirpe de escritores que usaron el género negro no tanto para resolver un misterio como para descubrir la podredumbre del entramado social y las miserias del alma humana.

El fin del sueño americano

Ross McDonald (Los Gatos, California, 1915-Santa Barbara, California, 1983), James M. Cain (Annapolis, Maryland, 1892-University Park, Maryland, 1977), Chester Himes (Jefferson City, Missouri, 1909-Moraira, España, 1984), Lawrence Block (Buffalo, Nueva York, 1938) y James Ellroy (Los ángeles, 1948), entre muchos otros, bucean cada uno a su estilo por las aguas putrefactas del sueño americano. Jim Thompson (Oklahoma, 1906-California, 1977), el Philip K. Dick del género, descubrió que el asesino podía esconderse dentro del héroe y levantó un delirante mapa de la psicopatía. Thompson definió con precisión el mecanismo esencial de una novela negra: “Hay treinta y dos maneras de contar una historia y yo las he probado todas, pero sólo hay una trama: las cosas no son lo que parecen”.

De regreso a Europa, el detective americano se institucionalizó, se afilió al cuerpo de policía, abandonando el altivo y secular desprecio de Dupin y Holmes por sus colegas de uniforme. El belga Georges Simenon (Lieja, 1903-Lausana, 1989) esculpió al comisario Maigret, que mordisquea tercamente su pipa mientras intenta familiarizarse con el entorno de la víctima. La inglesa P. D. James (Oxford, 1920) apadrinó al inspector Adam Dalgliesh, comandante de Scotland Yard y hombre de gustos refinados que escribe poesía en sus ratos libres. En Suecia, de la mano de Henning Mankell (Estocolmo, 1948), surgió el inspector Kurt Wallander, un cincuentón divorciado y enfermizo que suele comenzar sus investigaciones con una reunión en equipo y luego las acaba solo.

Adiós, quiosco, adiós

Ian Rankin (Cardenden, Escocia, 1960) alumbró en Escocia a John Rebus, otro inspector divorciado, indisciplinado y terco como una mula, que escucha música rock en lugar de ópera. En la Barcelona de la Transición, Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939-Bangkok, Tailandia, 2003) creó a Pepe Carvahlo, tal vez el más célebre de los detectives de por libre europeos, a quien el siciliano Andrea Camilleri (Porto Empedocle, 1925) homenajeó parafraseando el apellido de su creador en la figura del comisario Montalbano.

El género ha pasado de adornar los kioscos a copar escaparates en las grandes librerías. Lejos están los tiempos en que Jim Thompson tenía que matarse para llegar a fin de mes: hoy Mankell, Donna Leon (Nueva Jersey, 1942) o Fred Vargas (París, 1957), traducida a 32 lenguas, son invitados de honor en cualquier congreso literario. Conan Doyle despreciaba el éxito mundano de Holmes hasta el punto de hacerlo desaparecer en una catarata, pero tuvo que resucitarlo. Unas décadas después, un teórico de la literatura tan ilustre como Umberto Eco vistió a Holmes y a Watson con hábitos de monje medieval, inaugurando un cruce genético -el “policíaco-histórico” - que está muy lejos de acabar. Hoy los descendientes de Auguste Dupin circulan por la Roma imperial, por la Alemania nazi y hasta por las profundidades del espacio. Pero nunca hay que olvidar que este humilde artefacto literario que proclama la razón como instrumento de indagación supremo empezó, en un atrevido esbozo de la teoría de Darwin, con un mono y una navaja.

Tras la estela de Carvalho

Desde la aparición de Pepe Carvahlo en Yo maté a Kennedy (1972) y Tatuaje (1974) de Vázquez Montalbán, la novela negra en España no ha dejado de crecer y ramificarse, de parir personajes y sagas, y de buscar cada vez más lectores entre un público que al principio sólo admitía detectives con nombre inglés. Es cierto que, antes del inolvidable ex agente de la CIA, gastrónomo por vocación y pirómano poético, habían surgido algunos intentos de adoptar el género negro en España (uno de los más serios fue El inocente de Mario Lacruz) pero la férrea censura franquista obligaba a que la acción se situara en parajes imaginarios.

Tras la estela de Carvahlo, a comienzos de los 80, surgió una hornada de narradores que utilizaría el género negro para poner al descubierto las contradicciones y miserias de la España de la época. De la mano de Juan Madrid (Málaga, 1947), el detective Toni Romano husmea en los bajos fondos de la capital desde la primera novela de la serie, Un beso de amigo (1980). Por esos mismos años, Andreu Martín (Barcelona, 1949), un verdadero todoterreno de la literatura de género, logra una cínica exploración de la venganza en Prótesis. González Ledesma (Barcelona, 1927) y Jorge Martínez Reverte (Madrid, 1948) dan a luz, respectivamente, a los inspectores Méndez y Gálvez, dos perfectos ejemplos de la descreída fauna de las comisarías.

Ritos de muerte

Con tales fundamentos a su espalda, los escritores de la siguiente generación podrían ensayar nuevas fórmulas narrativas y así, Fernando Marías (Bilbao, 1958) desarrolla una intensa trama de thriller en Esta noche moriré (1992), mientras que Javier Azpeitia (Madrid, 1962) logra un híbrido entre lo policíaco y psicológico en Hipnos (1996) y Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963) cruza la novela negra con la ciencia-ficción en Sangre a borbotones (2002). Más respetuosos con las convenciones del género, Alicia Giménez Bartlett (Almansa, 1951) y Lorenzo Silva (Madrid, 1966) , darían cada uno a su modo un nuevo rumbo al género: la primera con la aparición de la inspectora Petra Delicado en Ritos de muerte (1996) y el segundo con la pareja de guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, cuyo protagonismo en El lejano país de los estanques (1998) dio comienzo a una exitosa saga “benemérita”.

Recién llegados

Las últimas incorporaciones no hacen sino confirmar la salud de un género que, lejos del desprecio académico de los primeros tiempos, cada vez atrae a más lectores. Y a más escritores: desde algunos veteranos, como los argentinos Raúl Argemí (Buenos Aires, 1946) y Carlos Salem (Buenos Aires, 1959) , hasta otros más jóvenes, como los debutantes Antonio Jiménez Barca (Madrid, 1966) y Mercedes Castro, está claro que el negro nunca pasa de moda.