«No hay libertad sin «software» libre»



DAVID MORÁN
ABC



Su intención es cambiar las reglas del juego informático, aunque sabe que no lo tiene nada fácil. Fundador del Proyecto GNU y la Free Software Foundation, Richard Stallman (1953) lleva más de dos décadas aireando las bondades del software libre y luchando a brazo partido por convertir el mundo virtual en un espacio de libertad y solidaridad. Para ser libre, asegura, hay que romper las cadenas del software privativo, eslogan que el norteamericano repite con la tozudez y convicción de quien se sabe gurú y visionario. Mitad ingeniero y mejor filósofo, la mejor manera para entender los planteamientos teóricos Stallman es recurriendo a una de sus más célebres analogías: si un cocinero tiene completa libertad para modificar una receta a su antojo, ¿por qué no va a poder hacerse lo mismo con un programa informático?

¿En qué punto de implantación se encuentra actualmente el «software» libre?

Es difícil decirlo, porque no hay mapa del proceso. Es un cambio social que se hace por primera vez, por lo que se puede decir «estamos aquí». Es una lucha por la libertad, una lucha en la que nos enfrentamos a enemigos fuertes sin saber si la libertad finalmente ganará. Ni siquiera está clara la manera de luchar que funcionará. Hay que probar varias estrategias.

Aún así, en los últimos años ha habido avances significativos.

Desde hace unos años, los sistemas libres son más fáciles de usar, algo que no ocurría hace diez años. El cambio más reciente es que hay regiones que han decidido migrar al software libre. En España, por ejemplo, Andalucía y Extremadura han migrado sus escuelas públicas, y eso es muy importante, porque una escuela nunca debe enseñar el uso de un programa privativo, ya que es enseñar a sus alumnos a ceder su libertad. La escuela no debe fomentar eso, aunque sea lo que ocurre en la mayoría del mundo.

En este sentido, ¿hasta qué punto es importante la implicación de las administraciones públicas en el desarrollo e implantación de este «software» libre?

En términos cualitativos, nada es más importante que migrar las escuelas públicas, pero las agencias públicas también deben usar software libre, ya que una agencia pública hace su informática para los ciudadanos y tiene el deber de asegurarse siempre el control sobre su informática para velar por los intereses de esos ciudadanos. Nunca debe permitir que una mano privada se apodere de la computación pública, y usar un programa privativo es ceder el control al desarrollador del programa.

¿Qué es lo que hace que un usuario de «software» libre tenga más libertad que un usuario de «software» privativo?

Un programa es libre porque respeta la libertad del usuario. Ahí están las cuatro libertades esenciales: ejecutar el programa como se desee, estudiar el código fuente y modificarlo, hacer copias y distribuirlas y publicar o distribuir las versiones modificadas. Quien tiene estas libertades es más libre. Es una lógica muy sencilla.

En alguna ocasión ha dicho que el «software» libre también puede desempeñar un papel importante a la hora de conseguir avances sociales relativos a la sanidad o el medio ambiente.

No diría que conseguir una sanidad pública que funcione es imposible sin software libre, pero sí que digo que la libertad es imposible sin software libre. No quiero intentar reducir todos los problemas sociales al software privativo; hay otros problemas más o menos independientes. No se trata de decir que el cielo se desplomará por culpa del software privativo, aunque sí que es bastante malo.

Llegados a este punto, ¿es más difícil educar a las nuevas generaciones o reeducar a todos aquellos que han crecido utilizando «software» privativo?

No creo que sea tan difícil cambiar. Sobre todo para usuarios no muy expertos, ya que lo que necesitan aprender no es tanto. Es más complicado si hablamos de usuarios muy especializados, ya que tendrían que aprender de nuevo muchas más cosas. En cambio, un usuario ordinario no tendrá problemas en migrar al software libre.

Un «software» libre que usted insiste en diferenciar del «open source» o «software» de código abierto.

Como filosofías son completamente diferentes. El software libre comienza desde la libertad y la solidaridad social. La razón de acuñar el término open source era dejar de mencionar la ética y la libertad del usuario como meta. Quienes comenzaron a usar ese concepto lo que deseban era dejar de hablar de esas ideas y construyeron otra filosofía que no criticaba éticamente el software no libre. No decían que distribuir software privativo era malo. Decían que un programa sin las cuatro libertades probablemente no podrá funcionar tan bien, pero sólo probablemente.

Da la sensación que actualmente todo lo relacionado con las nuevas tecnologías avanza mucho más deprisa que las leyes de propiedad intelectual y los derechos de autor.

No se debe decir nunca propiedad intelectual: ese término es un engaño. Lleva un prejuicio en la palabra propiedad. Si el asunto es, por ejemplo, el derecho de copia, no se debe considerar como propiedad, ya que es un sistema de incentivo artificial. Para buscar bien los asuntos de derecho de autor hay que considerarlos según el motivo del sistema. El término propiedad sugiere otro marco conceptual que es incorrecto, ya que alza los intereses del autor sobre los intereses del público, y el interés público en lo más importante en todos lo relativo a los derechos de autor.

Supongo que es obligado acabar hablando del canon digital.

La idea de recoger dinero sobre discos vírgenes u otras cosas para apoyar a los artistas me parece bien, pero no es lo que hace la SGAE. Hay que eliminar el canon y reemplazarlo por un impuesto del Estado con el que la SGAE no tenga relación. El Estado debe distribuir el dinero directamente y de un modo eficiente a los artistas y sólo a los artistas, nunca a las organizaciones ni a las empresas. Sugiero, por ejemplo, calcular el dinero para cada artista según la raíz cúbica de su éxito. Así, si un artista A tiene mil veces el éxito de un artista B, A recibirá diez veces más el dinero de B, por lo que la mayoría del dinero no lo recibirán sólo las grandes estrellas, sino que se podrá subvencionar a muchos artistas.

Entrevista a Francisco Brines

"Nunca he escrito un poema sabiendo de antemano lo que quería decir"

Una edición crítica de Las brasas, su primer libro, con el que ganó el Adonais, subraya la coherencia de la obra del poeta, un clásico vivo de la generación de los cincuenta




JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
El País



A Francisco Brines (Oliva, Valencia, 1932) le gusta hablar. Hablar de sí mismo, no tanto. Tal vez por eso, antes de la entrevista propone una comida; más tarde, una visita a una exposición sobre la India moderna en el IVAM. Brines observa cada pieza detenidamente. Apenas rompe su silencio para comentar la conmoción que le produjo El río, la película india de Jean Renoir. Poeta de la generación de los cincuenta, premio Nacional de las Letras en 1999 y miembro de la RAE -sillón X- desde 2001, Brines es uno de los últimos maestros vivos de la poesía española. Medio siglo después de que ganara el Premio Adonais con Las brasas, un libro que le ayudó a ordenar Vicente Aleixandre, una enjundiosa edición crítica de Sergio Arlandis devuelve a las librerías el primero de los siete libros de un autor que publicó el último, La última costa (Tusquets), hace 14 años. Brines tiene un poemario casi completo y ninguna prisa por terminarlo. Algo maltrecho del corazón pero de una lucidez inagotable, comenta: "Me gustaría tener tiempo para otro libro. Si no, éste será el último".

Su primer libro ya fue el de un poeta maduro, nada primerizo.

Yo tenía 26 años, quizás 25, y había escrito desde los 14. Todo lo anterior es prehistoria y aprendizaje. Luego ha resultado que en ese libro estaban las mismas constantes que en los restantes. Mi interés ha partido siempre del intento de arañar enigmas. Me interesa la poesía como búsqueda de un conocimiento sobre la naturaleza humana y sobre el enigma de la vida, la poesía como salvación de momentos concretos. Tenemos unos puntos constantes que nos dan la sensación de identidad, pero si reflexionamos un poco nos damos cuenta de que hemos sido muchos. De niños apenas tenemos nada. Quizá el poeta tiene la capacidad de asombro. Sólo desde esa capacidad uno puede escribir.

¿Cómo era España en 1959?

Había un ambiente gregario, pero había gente crítica que se relacionaba con otros que pensaban como ellos. Con eso se iba tirando. Incluso en los regímenes totalitarios aflora la capacidad de excepción de los individuos. No irá con una pancarta por la calle porque tiene instinto de conservación, pero por dentro se siente individuo. Ahora, ¿que la educación podía haber dado resultados mejores? Sin duda.

¿Qué suponía ganar el Adonais?

Mucho. Era el premio de la joven poesía. Ya había dado a conocer a poetas de la generación anterior como Hierro, Vicente Gaos o José Luis Hidalgo y había empezado a dar a conocer a Caballero Bonald, luego a Claudio Rodríguez. Más tarde, a Valente, a José Agustín Goytisolo, a Ángel González... El premio tuvo la fortuna de acertar en los poetas y eso interesó a los lectores.

¿Y por qué un premio tan importante deja luego de tener relevancia?

Primero, porque empiezan a aparecer otros premios. Luego, porque, aunque hubo títulos muy buenos, aparecieron libros epigonales. Además, cuando aparecen los novísimos la colección está ciega para esa poesía, que tenía cosas flojas pero otras francamente buenas. Un premio nunca puede quedarse parado. Tiene que moverse en paralelo a la poesía de su tiempo. Debe estar atento a los cambios.

¿Cuál es el Adonais de hoy? ¿El Loewe?

No. Al Adonais iban poetas prácticamente inéditos. Al Loewe van inéditos pero también gente muy conocida. Éste es un momento en que las tendencias son muy diversas. No hay ninguna dominante como pasaba en la posguerra. Ahora convive una poesía intimista con una realista, con una metafísica y con una poesía de lenguaje.

Cuando usted empezó dominaba la poesía social. ¿Fue un límite para una escritura como la suya, más intimista?

No. La poesía es buena o mala. Hay poesía social muy buena: Vallejo, España, aparta de mí este cáliz es maravilloso. El problema es que la mayor parte de la poesía social de entonces lo que hacía era poner en verso lo que se hablaba en el café. Era una traslación en verso de reflexiones, confesiones o creencias usuales en la gente. No me interesaba mucho porque yo en la poesía siempre busco un motivo de revelación, descubrir algo que yo no sé de antemano. Nunca he escrito un poema sabiendo lo que quería decir.

Pero todo poema expresa una moral.

Vivimos un mundo de minorías. La poesía es una gran defensa del individuo y de la individualidad del ser humano. Como se habla desde la vida y desde las emociones y tenemos parecidas alegrías y tristezas, el lector en la poesía no se busca a sí mismo sino que busca la verdad del otro. Cuando lees a alguien que puede ser incluso lo contrario que tú y, por la emoción estética, asientes al contenido, se establece algo muy importante: la tolerancia. Así, si un creyente lee un poema agnóstico y se emociona, ese creyente se hace tolerante, aunque sea por un momento. De la misma manera que si un lector ateo lee a San Juan de la Cruz, puede que no crea en la mística, pero sí creerá en el hombre que se apoya en ella.

Toda su poesía tiene un poso elegiaco. ¿Los momentos luminosos no producen poemas?

Lo importante es la vida. Y el momento de verdad importante es la despedida de la vida. La primera gran experiencia de pérdida es el tránsito de la niñez a la adolescencia, con la pérdida del sentimiento de la inmortalidad. Los niños se sienten inmortales, para ellos no existe la muerte. Cuando experimentas que la muerte existe y es fatal es cuando la finitud de la vida se impone como el gran tema. El hombre es tiempo.

Hace unos años volvió a vivir al campo, a la casa en que escribió Las brasas. ¿Las sensaciones de ahora se parecen a las que aparecen en el libro?

No. Ya no soy el adolescente que miraba la aparición de las estrellas y se le llenaban los ojos de lágrimas. Desgraciadamente, el mundo está estrenado ya. El llanto es más seco. Tengo el mismo amor a la vida, pero también he aprendido a tener resignación. En ese sentido, el mundo está bien hecho. Vamos de la niñez a la vejez, hacia un cansancio mayor en el que pensamos que es natural abandonar las cosas de aquí. Hay finales también tremendos. Por eso soy partidario de la eutanasia, porque amo la vida, porque pienso que la vida es digna. Yo no quiero la decrepitud. La vejez, sí, que es buena y tiene cosas que desconocía. He perdido muchas cosas, pero he ganado otras.

Nick Cave y Mick Harvey, dos son mejor que uno

La –por muchos esperada– salida de Mick Harvey de los Bad Seeds de Nick Cave, no debe poner a nadie triste: Cave se las sabe apañar muy bien solo –o con otros acompañantes– y ganamos a Harvey para la causa solista. Y dos, ya se sabe, son mejor que uno. En este artículo, recordamos el camino andado por ambos en los últimos años.


JUAN JOSÉ ORDÁS FERNÁNDEZ
Efe Eme



Triste noticia la de hace unas semanas. Mick Harvey abandona a los Bad Seeds y su patrono, Nick Cave. Y efectivamente, se veía venir desde muy lejos.

Harvey formó parte de The Birthday Party, la banda que acabaría transformándose en los Bad Seeds y en la que ejercía como fiel escudero de Cave. Y es que “Las malas semillas” siempre fue una banda con entidad propia, dominada por el australiano pero subterfugio de fuertes personalidades creativas.

Desde sus inicios, el grupo mostró un componente instrumental poderoso, librando batallas sonoras frente al público, desembarcando canciones en normandas y ficticias contiendas, con un Capitán al frente tan duro como eficaz. Eran el perfecto vehículo para que Nick Cave diera rienda sueltas a los demonios y espíritus que le torturaban, para que conquistara el amor y para que firmara discos sencillamente perfectos. ¿Existe un disco flojo en la trayectoria de Cave junto a sus Semillas? La respuesta es fácil: No. Tanto si firmaba el trabajo pertinente junto a la banda como si se hacía acompañar de ellos para estampar su firma solista, la personalidad de individuos como Blixa Bargeld, Martyn P. Casey, Thomas Wydler o el propio Mick Harvey se hacía notar, dando un apoyo esencial a su líder.

Pero en toda contienda hay bajas. Desde su creación como soporte de Cave la pérdida de miembros ha sido una constante en la carrera de los Bad Seeds. Entre los primeros en abandonar la nave se encontraban individuos de creatividad fulgurante como Kid Congo Powers, Hugo Race o Barry Adamson, músicos capaces de crear carreras en solitario notables más allá de los límites marcados por un tipo tan brillante y mordaz como es Cave.

Y es que, incluso siguiendo desde la lejanía la trayectoria del australiano, es imposible no preguntarse cómo es capaz de aglutinar en su banda a tipos de tanto carácter y talento como los que le han acompañado en el pasado y le acompañan en el presente. Quizá ahí se encuentra la ventaja y desventaja de Nick Cave como soberano: Extremadamente fuerte como para someter a los lobos y posiblemente poco proclive a una fórmula semidemocrática. Es difícil culparle. Tratar a la vez con músicos del carisma y la fuerza de Blixa Bargeld, Warren Ellis o Harvey no debe ser sencillo, mucho menos encauzar la creatividad de dichos sujetos hacia un mismo fin. Más difícil aún si ese fin es el tuyo y no el suyo.


TIEMPOS DE CAMBIO

Desde finales de los años 80 los Bad Seeds habían ido adquiriendo estabilidad. No sólo no perdían miembros sino que aumentaban la plantilla, profundizando en su sonido y añadiendo nuevas dimensiones a su propuesta. Los teclados de Conway Savage, la percusión del imponente Jim Sclavonous y el experimental violín de Warren Ellis se añadieron al núcleo duro conformado por el bajista Martin P. Casey, el batería Thomas Wydler y los guitarristas –multiinstrumentistas–Blixa Bargeld y Mick Harvey. Incluso en el maravilloso No more shall we part las legendarias hermanas McGarrigle (mamá y tía de Rufus Wainwright) posaron como coristas en el libreto interior. Fue una época de crecimiento espectacular a nivel creativo, con un Cave excelso pariendo pieza memorable tras pieza memorable, dando forma a trabajos tan espectaculares como Let love in, Murder Ballads, The boatman’s call, el citado No more shall we part o Nocturama. Todos perfectos en su concepto y con los Bad Seeds a pleno rendimiento. Ciertamente el romanticismo comenzó a ganar peso frente a la agresividad, ¿pero qué importaba si las expectativas se colmaban una y otra vez?

Sin embargo, tras la publicación de Nocturama Blixa Bargeld anunció su salida del grupo. Una de las principales figuras del grupo lo abandonaba para dedicarse en pleno a su otro grupo, los experimentales Einsturzende Neubauten. Desde sus tiempos con Cave en The Birthday Party, Blixa había sido una figura equiparable a Mick Harvey. Un lugarteniente para Cave, un apoyo y una presencia esencial. Para la historia quedaba su dueto junto a su jefe en la soberbia “The weeping song” o su excelencia y maestría a la hora de suplir las tareas vocales en vivo de Nelly Minogue cuando ejecutaban “Where the wild roses grow”, el dúo que la estrella del pop grabó junto a Cave y los Bad Seeds en Murder ballads. Sin embargo Bargeld no fue sustituido por otro guitarrista, sino por el órgano de James Johnston (ex Gallon Drunk).

Asimismo, Warren Ellis comienza a perfilarse como un elemento cada vez más importante en escena. Creativamente comenzó a despuntar en No more shall we part y en el primer disco sin Bargeld, el excelente Abbatoir blues/The lyre of Orpheus, comienza a integrar instrumentos al margen del violín. Sorprende que, tras la salida de alguien tan esencial como Bargeld, Cave compusiera una nueva obra maestra, un disco doble del que no sobraba nada. En el tour correspondiente los temas del su última creación juegan un papel fundamental y funcionan a la perfección junto con los clásicos. La influencia gospel se traslada al escenario mediante unos efectivos coristas, la banda se mantiene en excelente forma con Warren Ellis como clara mano derecha de Cave y todo queda registrada en un lujoso DVD.

En 2005, un año después de la edición de Abbatoir blues/The lyre of Orpheus, Mick Harvey entrega One man’s treasure su primer disco en solitario como tal. Anteriormente había editado un par de interesantes trabajos versioneando en inglés a Gainsbourg, pero su primer esfuerzo solista es el citado One man’s treasure, un ábum de matrícula de honor en el que ofrece inspiradas piezas de su puño y letra. A este le seguiría en 2007 Two of diamonds, esta vez centrándose en versiones y también recomendable aunque menos inspirado que su hermano mayor.

No sabemos hasta qué punto estos discos en solitario habrán influido en su salida de la banda de Cave, pero seguro permitieron a Harvey dar rienda suelta a una creatividad que cada vez se encontraba menos con la del líder. El último lanzamiento de Nick Cave and The Bad Seeds con Harvey en sus filas fue Dig, Lazarus, dig, una nueva obra maestra editada en 2008 de la que ya dimos cuenta hace casi un año en EFE EME. Anteriormente Cave había puesto en marcha Grinderman, un brutal y genial grupo alternativo a los Bad Seeds en el que Harvey no fue invitado a participar.

Durante la promoción de Dig, Lazarus, dig, Cave argumentó que su alejamiento compositivo de Mick Harvey se debía a la distancia. Cave reside en Londres, Harvey en Australia y Warren Ellis en Francia, por lo que es más sencillo para el líder de los Bad Seeds componer junto al violinista que junto a su ya ex escudero. Harvey aportó su visión a la música de Cave, así como su pericia a la hora de tocar la guitarra, el bajo, los teclados o la batería, habiéndose registrado todas estas facetas en distintas canciones del su ex jefe.

Le echaremos de menos, aunque esperamos con ganas un nuevo trabajo solista y estamos seguros de que el genio de Cave no se resentirá tras su salida. Estamos hablando de dos pesos pesados y ha sido una suerte tenerles trabajando juntos durante tanto tiempo. Aun así, el día en que Bargeld y Harvey regresen al redil será una jornada de celebración.

"El camino del tabaco", Erskine Caldwell



SR. MOLINA
Solodelibros



Si hay un elemento que convierta a “El camino del tabaco” en una novela magistral, no les quepa duda que ése es su protagonista, Jeeter Lester. Sin él, este libro podría considerarse un simple remedo de algunas obras faulknerianas (”Santuario”, por ejemplo) que retratan el derrumbamiento de toda una sociedad. El retrato despiadado e inmisericorde que hace Erskine Caldwell del sur estadounidense del primer tercio del siglo XX pasa por acercarse a la figura de Jeeter, una creación incomparable, a la altura de otros grandes protagonistas literarios.

Lester es un granjero arruinado de Augusta, antiguo recolector de algodón para un potentado local que acabó por marcharse del campo cuando la tecnología hizo inviable el cultivo. Incapaz de adaptarse a la nueva situación, Jeeter se niega a abandonar la casa en la que vive con su mujer, Ada, su madre y dos de sus hijos más jóvenes, Ellie May y Dude; arquetipo del campesino ignorante y cerril, este hombre contempla el derrumbe a su alrededor de todo aquello que conoce y que le es familiar, pero no mueve un solo dedo para evitar quedar atrapado en la miseria resultante.

Jeeter es bruto y obtuso, pero no es eso lo que le convierte en el ser despreciable que Caldwell retrata; en realidad, su debilidad reside en su vileza, en la mezquindad absoluta que encarna. Aunque la crueldad se muestra de forma explícita en varios pasajes (la muerte de la abuela Lester, por ejemplo, o el atropello de un negro por parte de Dude mientras conduce un automóvil nuevo), el autor no carga las tintas demasiado en este aspecto. Sin embargo, sí lo hace al definir el carácter indolente y ruin de Jeeter, un hombre que prefiere robar a un amigo un saco de nabos antes que ponerse a trabajar en la carbonería o en las hilanderías de la región.

Debatiéndose entre su congénita estulticia y una picaresca concepción de la supervivencia, el protagonista prefiere aguardar a que ocurra algo que le salve; las constantes alusiones a Dios y la confianza que parece depositar en la Providencia, no obstante, son rasgos de la finísima ironía que Caldwell despliega para mostrar al lector la hipocresía de ese viejo sur que dibuja: una sociedad en la que la religión y los principios morales se ostentaban en público, pero se menospreciaban (y pisoteaban) en privado.

Lester confía en una resolución inopinada, pero su miseria moral es palmaria: acepta que la hermana Bessie, una predicadora charlatana e independiente, se case con su hijo adolescente y medio retrasado sólo por el placer de montar en su coche nuevo y también con la esperanza de retozar con ella; tras la huida de una de sus hijas, casada con un vecino —por dinero—, empuja a Ellie May a amancebarse con él con la esperanza de que le consiga comida gratis…

Jeeter, como vemos, es un ejemplo de una tierra desolada y anclada en el pasado, una tierra que no supo adaptarse a la evolución y que trataba de perpetuar sus viejos logros en un tiempo en el que la sociedad afrontaba retos de futuro. Caldwell nos muestra a un hombre que se niega a vivir si no es con sus propias reglas: unas reglas decimonónicas, imposibles de aplicar en una época en la que los carros dejaban paso a los automóviles. La miseria moral de este protagonista, expresada con unos diálogos mezquinos y grotescos, y puesta de relieve con unas actitudes casi surrealistas (el momento del robo de los nabos es inigualable, o la escena en que la hermana Bessie declara que «los predicadores siempre tienen que estar en contra de algo»), es el eje que utiliza el autor para ilustrar la podredumbre moral de toda una sociedad.

El declive y el anhelo por las glorias pasadas se hacen carne gracias a esa familia de desgraciados, unos seres que rozan la imbecilidad y la ignominia, pero que también muestran todo lo que el ser humano guarda de perverso dentro de sí.

Aunque la prosa de Caldwell esté muy lejos de la del ya citado Faulkner (o incluso de otras grandes escritoras sureñas, como Carson McCullers o Flannery O’Connor), lo cierto es que su aridez y la peculiar utilización de los diálogos hacen de “El camino del tabaco” una obra muy digna, espléndida en algunos momentos: una fábula moral oscurecida por la crueldad y el sarcasmo, pero tan real como la misma vida