Willie Nile, el eterno secundario


ALEJANDRO ARTECHE
Soitu




Si hubiera que utilizar un símil pugilístico para definir a Willie Nile, este sería el de fajador del rock 'n’ roll, un tipo duro que sabe aguantar todos los golpes y sigue ahí, sobreviviendo y peleando sin fin.

La historia de Willie Nile es la del eterno secundario. Grande, con talento y buen hacer, pero sin el toque de suerte en el momento oportuno que le lance a lo más alto. Su trabajo es de gran calidad y comparable al de un Bob Dylan o Bruce Springsteen, pero sin suerte. Ha tenido oportunidades y ha grabado discos con las discográficas que procedían en el momento adecuado como Columbia o Arista. Ha tocado en los 70 en el CBGB y ha tenido de público a lo más granado del rock, pero nunca ha conseguido la energía suficiente para el despegue.

De familia musical —su abuelo era pianista de artistas conocidos en la época como el cantante-actor Eddie Cantor—, Willie Nile se crió escuchando los discos que compraban sus hermanos mayores y que atronaban en el tocadiscos de casa a todas horas. Elvis, Fats Domino, Buddy Holly… En Nueva York vivió la explosión del punk en los 70 y se trataba con gente como Patti Smith y el grupo Television. Su acento nasal al cantar hizo que le consideraran el nuevo Dylan y tras el éxito de sus dos primeros discos fue requerido por los Who para que abriera sus conciertos por todo Estados Unidos.

Para 1991, sólo llevaba grabados tres discos y entremedias tuvo la desagradable experiencia de ver cómo los Rolling Stones plagiaban uno de sus temas para el álbum 'Emotional rescue', sin que pudiera hacer nada por evitarlo ya que su propia discográfica le presionó para no denunciarles.

Bono, Lou Reed, Graham Parker o la mano derecha de Springsteen, Little Steven, calificaron su disco de 1999 'Beautiful wreck of the world' como uno de los diez mejores del año. Desde entonces nada de nada, hasta que hace un par de años aparecía 'Streets of New York'.

Rock n’ roll de los de siempre, de los que huelen y saben a calles de Nueva York, pantalones vaqueros gastados, camiseta y botas. Canciones por las que no pasa el tiempo y suenan eternas desde el primer momento que las oyes. Desde el primer guitarrazo de 'Welcome to my head', la canción que abría el disco, te das cuenta que la obra de Willie Nile es América en estado puro. Estribillos contagiosos, ganas de lucha y mucha, mucha vitalidad.

Adam Duritz, de los Counting Crows hablaba en su blog de lo apasionante que había sido asistir a uno de los conciertos de presentación de 'Streets of New York' y no es para menos. 'Asking Annie out' (canción que puedes escuchar en el podcast de Trepidación titulado 'Nos vamos de concierto') es un gran single, algo grande con esos fraseos arrastrados que le hacen parecer un Dylan metiendo los dedos en el enchufe y un piano y una guitarra que convierten el tema en un hit absoluto.

'The day I saw Bo Diddley in Washington Square', con violines y cadencia a cantinela de borrachines irlandesa, el twang guitarrero de 'When one stands' que hace que no dejes los pies quietos, el rock duro de 'Whole world with you' o la impresionante versión del 'Police on my back' de los Equals de Eddy Grant que supera incluso a la realizada por los Clash, son otras de las canciones contenidas en 'Streets of New York'.

Con un disco cargado de tan buenas canciones, Willie Nile estuvo de gira y de ahí sacó las grabaciones para 'Live fom the streets of New York', un disco más dvd en directo editado el pasado año con la banda que le acompañó en directo y donde está Andy York, el guitarra de John Mellencamp.

Ahora Nile vuelve a España a presentar este disco en directo —ya estuvo tocando el anterior en Madrid el año pasado— en las siguientes fechas de marzo:

Valencia, viernes 6 marzo . Sala Wah Wah, 22.30 h.

Hostalets de Balenyà (Barcelona), sábado 7 marzo. Rockódrom, 22.30 h.

Piedrafita de Jaca, Valle de Tena (Huesca), domingo 8 marzo. Albergue de Piedrafita, 22 h. (Reservas: tel. 974 487 627)

Algeciras (Cádiz), martes 10 marzo, Escuela Politécnica Superior, 20.30 h.

Huelva, miércoles 11 marzo. Gran Teatro, 21.00 h.

Madrid, jueves 12 de marzo. Moby Dick, 21.30 h. Grupo invitado: Los Madison

Avilés (Asturias), sábado 14 de marzo. Auditorio Casa Cultura, 20.30 h.

Una extensa lista de conciertos para que no puedas poner ninguna excusa para no ver al que fue considerado el cruce entre Bob Dylan, Patti Smith y Buddy Holly.

Proudhon y la ‘demoacracia’


RAFAEL CID ESTARELLAS
(Jefe de la unidad de comunicación de ANECA)
Público


Hay aniversarios que no tienen quien les escriba. Darwin, el sabio que facilitó la base teórica para romper amarras con el creacionismo, está siendo justamente celebrado en su doscientos cumpleaños. También Lincoln, el presidente norteamericano que desde la política acabó con la segregación racial, tiene su merecida cuota de reconocimiento. Pero apenas ha tenido eco el bicentenario de otro coloso de la emancipación, Pierre Josep Proudhon (1809-1865), el tipógrafo francés que acuñara el término anarquía como sinónimo de no-autoridad para identificar una escuela de pensamiento que pretendía pasar por la izquierda al liberalismo y al socialismo mediante la acción directa y el autogobierno de la sociedad civil. A los liberales, por su solipsismo de mercado, y a los socialistas, por su enrocamiento estatista. Y sin embargo, a pesar de ese desdén, la historia le reivindica. El suicidio del socialismo de Estado, tras su holocausto económico y vital; el no menos trágico derrumbe del neoliberalismo de mercado; y la búsqueda de una salida de urgencia refundando un poscapitalismo subvencionado deberían suscitar una renovada atención intelectual sobre el hombre que desbrozó caminos para que la sociedad industrial cambiara de base sin sacrificar la libertad ni renunciar a la conquista de la felicidad. Una utopía está para cuantos, desde Thomas Hobbes a Carl Schmitt, creyeron imposible un imaginario colectivo sin representación política exclusiva, que empezó a dejar de ser ucrónica cuando, primero en el mayo del 68, y ahora en la Grecia del siglo XXI, los movimientos populares irrumpieron enarbolando proclamas demoacráticas.

Autodidacta, hombre de acción, obrero orgulloso, político desengañado, agitador de muchedumbres, periodista, escritor, revolucionario romántico y misógino confeso, todo eso fue Proudhon. Pero, igual que Carlos Marx decía respecto a sus seguidores, el padre del anarquismo nunca fue anarquista, sino simplemente proudhoniano. En esta lábil distinción se esconde en buena medida la aún insuficientemente reconocida actualidad de su pensamiento. Porque Proudhon, precursor de la dialéctica y del socialismo científico, no edificó su proyecto transformador desde la “nada teórica”. Inmerso en la realidad de su tiempo, soportando por experiencia propia las contingencias de la clase trabajadora, jamás dejó que sus convicciones, incluso las más arraigadas sobre la negatividad del autoritarismo y el decisionismo, le llevaran a erigirse en un doctrinario ni en un líder. Proudhon era “revolucionario, pero no atropellador”.Universalmente reconocido en la frase “la propiedad es un robo”, que tantas lecturas merecería hoy ante vorágine depredadora de banca y gobiernos, Proudhon sigue siendo un gran desconocido. Aunque, por su trayectoria personal y por su obra, se trata de uno de los más importantes renovadores de la democracia que ha existido y quizás el primero que supo ver que la emancipación política y la lucha contra la explotación económica eran inseparables. El propio Marx, amistoso rival primero y luego su principal increpador, le dedicó 60 elogiosas páginas en su Sagrada Familia y saludó la edición de Qué es la propiedad afirmando que “la obra de Proudhon tiene para la economía social moderna la misma importancia que la obra de Sieyés Qué es el tercer estado tiene para la política moderna”, y que “su libro es el manifiesto científico del proletariado francés”.

El desprestigio de la política profesional y el déficit de legitimidad que su sistemática corrupción acarrea fue anticipado en su día por el autor del Sistema de las contradicciones económicas o Filosofía de la miseria, quien entendía que la única respuesta sostenible ante la barbarie capitalista radicaba en la democracia económica, una iniciativa transformadora que sólo podía promover un proletariado “fuera de toda legalidad, actuando por sí mismo, sin intermediarios”. Lejos del pretendido ingenuismo con el que se le ha querido fosilizar, en Proudhon hay un pensador honesto, vigoroso y comprometido que vio en la humanidad de los productores, el federalismo y el mutualismo los factores para el auténtico progreso social. Un librepensador radical que diferenció entre la injusta y usurpadora propiedad de los medios de producción y la necesidad de la posesión como atributo de la dignidad individual; que criticó la mitificación de las huelgas en situación de desigualdad de fuerzas respecto al capital porque podían debilitar al proletariado al aumentar su miseria, y que, consecuente con su activismo, creó un banco del pueblo para facilitar el crédito gratuito. Todo para desarrollar el proyecto de su vida, “la idea de la nueva democracia”, como dejó dicho en el prólogo de La capacidad política de la clase obrera, libro escrito un año antes de su muerte y editado póstumamente.

Por ello no se entiende su solapamiento a nivel académico e histórico y la obstinación por desmerecerlo. La pretendida caducidad del legado de Proudhon queda desmentida por la frecuencia de las expresiones de acción directa en calles y pueblos, hoy Lebrija, ayer Atenas. Porque el mapa no es el territorio. La insistencia en calificar de desregulación a la causa del crac en ciernes, juzgando anomía lo que en realidad ha sido una acción Estatal unilateral en toda regla, y la contumacia en explorar alternativas en una vuelta al Estado-patrón (regulación), podrían estar en la raíz de ese prejuicio hacia Proudhon y lo que significa. Se olvida que la crisis sistémica actual no es una perturbación económica más, sino una crisis civilizatoria, y que cualquier remedio que no implique salirse del sistema puede resultar baldío. Proudhon lo previó. Por eso la centralidad de la ética anarquista como compromiso de responsabilidad y su llamamiento a la acción directa solidaria para organizar la convivencia de abajo arriba en base al trabajo productivo. Esa es la vigencia de Proudhon y su demoacracia. Porque cuando todos gobiernan (democracia) nadie manda (anarquía).

Obama defiende su "Guantánamo" en Afganistán

JAMES COGAN
World Socialist Web Site (Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández)


La administración Obama ha insistido en que los prisioneros que están siendo indefinidamente detenidos sin juicio alguno en una prisión estadounidense en la base aérea de Bagram, en Afganistán, no tienen derecho a impugnar su detención ni el trato que se les aplica en los tribunales estadounidenses.

El pasado viernes [20 febrero], en un caso presentado en el tribunal del distrito federal sobre cuatro detenidos en Bagram, el Departamento de Justicia de Obama mantuvo la proclama de la administración Bush de que los hombres eran “combatientes enemigos” y que los tribunales estadounidenses no tenían jurisdicción en tales casos. “Tras considerar la cuestión”, escribió en un informe el Fiscal Adjunto en funciones General Michael Hertz, “el gobierno se adhiere a su posición anteriormente articulada”.

Tras llegar al poder, Obama ha tratado de reparar el daño que el centro de detención de la Bahía de Guantánamo ha causado en la imagen del imperialismo estadounidense. Anunció su cierre y declaró públicamente “Nosotros no torturamos”. Ahora, la posición real de su administración está clara. Mientras los supuestos “sospechosos de terrorismo” no sufrirán más maltrato en Guantánamo –que los tribunales estadounidenses dictaminaron finalmente que era territorio estadounidense y sometido a supervisión legal-, atrocidades semejantes podrán perpetrarse sin control alguno en Afganistán y en muchos más lugares.

Jonathan Hafetz, de la Unión de Libertades Civiles Americanas, comentó a Associated Press: “Ahora han abrazado [la Casa Blanca de Obama] la política de Bush de que se pueden crear prisiones al margen de la ley”.

Según se informa, el centro de detención de Bagram está reteniendo al menos a unos 600 prisioneros. Se sabe que hay otras prisiones estadounidenses operativas en otras ciudades afganas, como Kandahar, Jalalabad y Khost. En ellas los detenidos jamás son llevados ante un tribunal; no ven ni escuchan las supuestas pruebas en su contra y no pueden acceder a abogado alguno. Allí se les mantiene, sometidos al antojo del ejército estadounidense. Sólo reciben visitas de representantes de la Cruz Roja, a quien no se permite informar de las condiciones de vida allí.

En algunos casos, incluidos los hombres involucrados en la actuación del tribunal federal mencionada al principio, los detenidos son atrapados en otros países como “sospechosos de terrorismo” y después “entregados” a Afganistán. Los cuatro demandantes fueron entregados desde Yemen, Túnez, Tailandia y Pakistán. A uno de ellos se le lleva reteniendo sin cargos desde hace ya seis años. El gobierno británico admitió la pasada semana que había enviado a dos nacionales pakistaníes detenidos en Iraq a Afganistán por “sospechar” que pertenecían a una organización islamista.

El grueso de los detenidos en Bagram son afganos detenidos por el ejército estadounidense por sospechar su pertenencia a la resistencia armada anti-ocupación emprendida por los talibanes y otros grupos.

Esos “combatientes enemigos” no están protegidos por la Convención de Ginebra para los prisioneros de guerra, que afirma: “No se podrá infligir a los prisioneros de guerra tortura física o moral ni presión alguna para obtener datos de la índole que fueren. Los prisioneros que se nieguen a responder no podrán ser amenazados ni insultados ni expuestos a molestias o desventajas de ningún género”

Según un informe de Naciones Unidas sobre Afganistán [publicado el pasado mes de febrero], ex detenidos de Bagram han informado de haber sido repetidamente sometidos a interrogatorios que implicaron tortura y maltrato por no contestar a preguntas o firmar confesiones. Se les mantuvo en celdas atestadas con hasta quince o veinte hombres más. Según manifestaron, se utilizaban en el campo todos los infames métodos desplegados en Abu Ghraib en Iraq y en Guantánamo. A finales de 2002, dos detenidos murieron en Bagram tras ser físicamente torturados por el personal militar estadounidense.

Una vez que las agencias de inteligencia y el ejército estadounidenses dan por terminado su trabajo con ellos, traspasan a docenas de detenidos para que les juzguen los tribunales establecidos por el gobierno afgano títere de EEUU. Un informe de 2008 de Human Rights First describía así esos juicios:

“Bajo las leyes afganas, se acusaba a los detenidos de delitos que iban desde traición y destrucción de las propiedades del gobierno a amenazas a la seguridad de Afganistán. Los juicios solían durar de treinta minutos a una hora y los acusados eran sentenciados a penas de prisión de entre tres a veinte años… sin que allí hubiera presente testigo alguno de la acusación, ni afirmaciones extrajudiciales de testigos que pudieran apoyar las acusaciones y casi ninguna o ninguna prueba física de las acusaciones… Esos juicios violan tanto la ley de procedimiento criminal afgana como los estándares internacionales establecidos para un juicio justo”.

Cuando abogados defensores protestaron por la falta de pruebas, al parecer los fiscales contestaron que el ejército de EEUU no habría detenido al acusado en cuestión si no hubiera sido culpable. El pasado mes, los familiares de los detenidos dijeron al Telegraph británico que la mayoría de los prisioneros habían sido detenidos en base a falsas informaciones proporcionadas por rivales tribales o enemigos de la familia.

Mientras la administración Obama despacha más tropas hacia Afganistán para asegurar los intereses estadounidenses en Asia Central, se prepara para ampliar la capacidad del centro de detención de Bagram. Se han destinado 60 millones de dólares para ampliar el campo y que pueda albergar hasta 1.100 prisioneros. Varios cientos más de personas, de dentro y fuera de Afganistán, se esfumarán en el agujero negro legal creado por Bush y mantenido ahora por Obama, en nombre de una fraudulenta “guerra contra el terror”.

Weegee, la foto cruda


PEIO H. RIAÑO
Público




Esta es la historia de un niño judío, hijo de rabino, que llega a Nueva York con su familia desde un pequeño pueblo polaco (hoy ucraniano), en 1910. Para entonces ya se había cambiado su nombre por el de Arthur. No sería el definitivo. Tenía 11 años y quería salir adelante y prepararse un éxito a su justa medida, al corte norteamericano, trabajando duro en lo que fuera. En 1917 está en un estudio como asistente de fotógrafo, y cuatro años más tarde en el cuarto oscuro del New York Times, aunque pronto decide cambiarse a Acme Newspictures, la agencia que provee de imágenes a los tres diarios de Nueva York: Daily News, World Telegram y Herald Tribune. En 1935, harto de su invisibilidad, se echa a la calle de la ciudad, como fotoperiodista freelance. Entonces empieza la leyenda.

Nace Weegee, que es como suena la pronunciación de güija en inglés, porque decían de él que acababa su trabajo antes de que la Policía limpiase la escena del crimen, en algunos casos incluso antes de que ellos llegaran. No estaba en contacto con el más allá, tenía permiso para copiar la frecuencia de la radio de la Policía metropolitana.

Pero lo que significa realmente Weegee, quedará aclarado en la Fundación Telefónica de Madrid, desde el próximo jueves, en la primera gran exposición del artista en España. Horror y morbo. Un zapato debajo de la rueda de un coche, un cuerpo bajo un montón de hojas de periódicos, dos mafiosos rematados a balazos con un plato de espaguetis recién servido. Weegee es la realidad de serie B. Ya fuera asesinato, ajuste de cuentas, accidente de tráfico, incendio, detención o cualquier episodio de violencia callejera, que no pasaba desapercibido para el olfato de este fotógrafo.

Para atender la nocturnidad de la ciudad como se merecía, es decir, como una sala de urgencias, se había preparado en su coche el apartamento más pequeño de todo el Lower East Side: llevaba en el maletero de su Chevrolet la máquina de escribir, bombillas para el flash, película, unos cigarros puros, salchichón y mudas. "Weegee captó la noche de Nueva York cuando la ciudad se volvía desolada y asustadiza", escribe el editor de la antología Brooklyn Noir, Tim McLoughlin, en un volumen de la colección.

La noche febril

Weegee hizo de la noche un símbolo y una condición humana. Fue incansable, locuaz e invasor, se atrevió a cruzar con su cámara las horas más peligrosas, se coló con descaro en sesiones de cines para sorprender a novios en pleno magreo, retrató la crispación social, los conflictos raciales, el malestar por la falta de trabajo en los peores momentos de depresión tras la II Guerra Mundial. No tuvo reparos en mofarse de la clase rica en medio del panorama de escasez, porque en sus fotografías les hacía quedar como monstruos, como una mercancía dislocada.

Oportunista, sensacionalista y mirón. Todo eso fue Weegee y a mucha honra. Oportunistas, sensacionalistas y mirones también quienes no pueden dejar de admirar las fotos más crudas del periodismo gráfico. No tiene problemas con la metáfora, porque sólo quiere enfrentarse con el fatal acontecimiento. La suya es la escuela cruda de la realidad, a la que le basta con un instante para enfocar, encuadrar y flash. Eran los orígenes del disparo callejero y del auge de la cámara Speed Graphic, esa maravilla portátil que golpeaba al sujeto a flashazos. "Su estilo está marcado por un extraordinario realismo; sin embargo, el cuidado compositivo no le importaba tanto", escribe el crítico Klaus Honnef sobre el fotógrafo.

Weegee llegó a la fotografía cuando todavía la fotografía no había maleado al sujeto y era capaz de convocar la mirada limpia y cruda de miles de personas, por ejemplo, que abarrotaban la playa de Coney Island en el verano de 1940. Son fotos de cuando la gente iba con sombrero y el blanco y negro tenía otro color.

Una adicción fatal

Durante casi 25 años la foto fue su misión, su obsesión y su adicción. Hasta que cambió la mirada, y torció el gesto, y varió el camino por el que transitaba desde hacía años y se acercó a Hollywood, hambriento de fama. Allí conoció a Kubrik, quien en 1964 lo llamó para que le ayudase con la fotografía en ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú, y sirvió a Peter Sellers de inspiración en el acento de su papel del Doctor Strangelove.

Pero antes de que Weegee pretendiera ser un artista, fue el primer fotoperiodista desgarrado, dentro de una generación de fotógrafos que rompió con la ortodoxia, y ofreció una visión personal de la cara menos maqueada de la ciudad. Como las tomas que Walker Evans captó entre los usuarios del metro neoyorquino, entre 1938 y 1941. Él no portaba una aparatosa Speed Graphic, sino una 35 mm escondida bajo su abrigo.

En 1948 el fotoperiodista Eugene Smith explicó que cualquier fotógrafo debe asumir la responsabilidad de sus obras y los efectos de estas, porque cuando su obra sea una deformación de la realidad, "será también un crimen contra la humanidad". Aun en temas poco importantes hay que adoptar esta actitud, pues "la fotografía (y la leyenda al pie) son lo que moldea la opinión", Weegee desnudó la ciudad y cumplió con la humanidad.