"Beware", Bonnie "Prince" Billy (2009)


KEPA ARBIZU
Lumpen




Bonnie "Prince" Billy puede ser considerado el “gurú” del sonido tan de moda hoy en día (incluso se echa de menos algo de criba en dicho estilo) basado en la actualización del country-folk. Es decir, con las bases de esa música construir una visión personal con estilos y modos actuales. Él fue uno de los primeros, y tanto por su calidad como por su continuada carrera, empezando a mediados de los noventa y activa hoy en día, así lo tiene merecido.

Ya sea con su alias, con su nombre verdadero (Wild Oldham) o en formato grupo, Palace Brothers (más tarde derivaría en Palace, Palace Song), lleva más de diez años sacándole jugo a la música tradicional americana, buscando entre sus rendijas y moldeando sus sombras para recrearlo a su modo particular. A veces sufriendo de incontinencia musical, en tres años entre discos de estudio y directos ha editado cinco, pero siempre dando pasos para apuntalar su mirada singular. Para ser sinceros entrar en ella no es una tarea fácil. Nos toparemos con historias de muerte, violencia y sobre todo mucha soledad. A todo ello colaboran tanto sus influencias musicales, desde Johnny Cash hasta Dylan o Neil Young, como su carácter taciturno, poco dado a las apariciones públicas y a ventilar su vida pública, cosa que choca frontalmente con su otra labor y según él su verdadera pasión, el cine.

Su nuevo disco bajo el pseudónimo Bonnie "Prince" Billy, "Beware", es en cierto modo una vuelta al sonido country más clásico. En ese sentido, el de basarse en la parte más ortodoxa de una raíz musical, tiene puntos comunes con lo hecho en su proyecto Palace Brothers. Esta vez, su mirada siempre misteriosa y algo apocalíptica viene adornada con elementos de la música americana tradicional, como son el violín, los coros de acompañamiento y la guitarra slide.

Para su nuevo trabajo ha contado con un montón de colaboradores de los que sobresale el ex componente de Wilco Leroy Bach y otro desconocido y multidisciplinar genio como es John Langford. Incluso en esta ocasión, y es novedoso, se ha preocupado de hacer algo de promoción en los medios, no sin cierta dosis de cinismo en tal acción (precisamente demostrando lo poco rentable de dicho acto dentro de este ámbito).

Como ya he dicho, la mayoría de las canciones tienen un sonido añejo y siguen los parámetros más clásicos, así es que "Beware your only friend", "You can’t hurt me now" o "I am goodbye", son una lección y un catálogo de ritmos e instrumentación de épocas pasadas, composiciones que recuerdan a las interpretadas por estrellas como Johnny Cash, Hank Williams o Emmylou Harris. “Death final” continúa dentro de la misma senda, con las mismas bases, pero con un tono más oscuro y melancólico. “Heart’s arms” es un precioso llanto dramático. "There is something I have to say" se sostiene a la perfección, casi únicamente con su voz y guitarra, creando una atmósfera estremecedora y que podía pertenecer a alguno de sus primeros discos.

Desde su discográfica y demás sitios cercanos al artista se había definido al disco como definitivo, de mayor ambición y más completo. Están en su misión de vender el producto y nosotros en la de llegar a nuestras propias conclusiones. Sin desmerecer el resultado final, tal propaganda peca de exagerada, no nos encontramos ante una de sus más logradas obras pero desde luego es siempre gratificante adentrarse en un ser tan complejo y conmovedor como Oldham.

El psicópata y los periódicos amarillos de James Ellroy

Ediciones B presenta 'El asesino de la carretera' del maestro de la novela negra


ÁLVARO CORTINA
El Mundo




Martin Michael Plunkett fue un joven precoz. Su carrera de perversión comienza en 1965, cuando cambia a su madre las pastillas de fenobarital por bencedina, y la bombilla del techo por una menos potente. Mientras leía un cómic de su amado Sombra Sigilosa, su madre apareció drogada, farfullando cosas sobre los comunistas y la salvación. Acto seguido se suicidó en la bañera. El pequeño Martin avisó calmosamente a algún hospital.

Después, con los años, Plunkett llegaría a ser uno de los asesinos en serie más prolíficos de América. De esto se ocupa la ficción 'El asesino de la carretera', del gran James Ellroy.

Esta novela es del año 86, y aparece por primera vez en Ediciones B. Como es recurrente en este autor brillante y anacrónico, la historia se vuelve al pasado reciente de América, a los periódicos caducados y amarillentos, y a fotos de gente fumando, quizá con un sombrero en la mano.

"Yo mataba por capricho monetario, por gratificación biológica y para que el dolor me abandonara".

Lo cierto es que nunca queda muy claro el móvil de la criatura de Ellroy, quizá su motivación fue la falta de móvil, la pura y simple reivindicación del capricho. Verdugo arbitrario, Plunkett, alto, mojado en pesadillas nocturnas, nunca olvidó a Sombra Sigilosa. Escribía "S.S" con navaja en muchos cadáveres. 'El asesino de la carretera' contiene sus especiadas confesiones, impudorosas y minuciosas, como de hazaña sexual.

Está regada además con artículos ficticios de periódicos locales o magazines de Kentucky, Maryland, Iowa, Michigan, Nebraska o austeros informes policiales que dan cuenta de los crímenes y de las escenas y de las víctimas. Ellroy termina incluyendo los diarios del agente Dusenberry, del Grupo Especial del FBI contra Asesinos en Serie, por eso de la tensión del ratón y el gato. 'El asesino de la carretera' es un compuesto intercalado, vibrante y barroco.

El método de Martin Plunkett era muy variable. Recorrió los estados de la América de la contracultura y del hippismo en su "Muertemóvil". Rebanaba gargantas autoestopistas, o abría boquetes con su 357 Smith and Wesson y recogía después los casquillos. Cuidaba mucho los detalles.

"Hombres, mujeres, viejos, jóvenes, guapos, feos, todos tenían grandes bocas abiertas que gritaban: Ámame, fóllame, mátame". Plunkett en su coche, oyendo radios regionales, surcando la Ruta 66, era un Dios cruento, anónimo, sigiloso, imparable como la nube de un hongo nuclear.

Aprendió mucho de sus primeros hurtos con cincel y ganzúa en Los Ángeles. Cuando cientos de personas abandonaron sus hogares para velar al defenestrado Bobby Kennedy frente a su hospital, él se frotaba las manos. En prisión coincidió con Charles Manson:

"Aunque nunca había creído en Dios, empecé a rezarle cada noche; le rogaba que me llevara a Charlie, para ver sus ojos oscuros y saber qué presagiaban para los míos". Manson no le impresionó con su palabrería esotérica. Le dijo que en el 'Álbum Blanco' de los Beatles y en la Biblia se encuentra todo, y Martin le despreció. Un personaje de ficción que desprecia a uno real. Ellroy hace que su invención tropiece con la Historia y salgan chispas.

Otros compañeros de profesión

Corre infinidad de aventuras en sus confesiones sin arrepentimiento. Su estela de caza se confunde con otras. En los informes se menta al "Asesino del Tarot" (véase 'Zodiac'), al "Descuartizador de Richmond", al "Pistolero de Pittsburg", al "Estrangulador de Hillside" o al "Homicida del Hudson".

Sólo "El Matarife de Madison" deja en él impronta de admiración y frustración de idilio interrumpido. Muy memorable la charla del protagonista con el sargento Ross en aquel ventisquero perdido de Wisconsin.

'En el camino', 'On the road', es una novela que recorre el vientre de América (la Ruta 66) en un viaje de confusa liberación. El asesino en serie de 'Killer on the road' (título original de esta novela) personifica también una huida antisocial, pero no una liberación. Martin Michael Plunkett vive esclavizado por proyecciones de comics que no cesan en algún compartimento de su cabeza, por imperativos y palabras torcidas susurradas por el archivillano Sombra Sigilosa o por su novia Lucretia.

Más avanzada la novela, mantiene Plunkett largas conversaciones con el sargento Ross, en un recinto húmedo y abisal de la conciencia. A veces le zumbaba la cabeza de la agitación, recordaba una y otra vez la extraña noche de Wisconsin, en un bucle de ventisca y nieve.

James Ellroy dibuja a su megalómano con sueño difícil como si estuviera siendo fiel a una realidad del pasado de sus recortes de periódicos amarillentos, y no a su propia lucidez para la ficción. Invención pura camuflada entre los pliegues de su innegable don para la verosimilitud, para la autenticidad de las mentiras bien contadas.

El secreto de lo imperecedero, el espíritu de la música

Sobre la belleza de la película "Neil Young: Heart of Gold" de Jonathan Demme


RAGTIME WILLIE
Requesound




“Es un largo camino el que he dejado atrás / es un largo camino el que me queda por delante / si persigues cada sueño / podrías perderte” (“The Painter” Neil Young)

El edificio del Ryman Auditórium es el templo musical para los aficionados al “country”. Situado en Nashville, la ciudad norteamericana en donde se han sucedido acontecimientos capitales para el desarrollo del rock and roll, ciudad de encuentros artísticos, de corrientes expresivas fascinantes.

El Ryman es un sitio con aroma. Impregnado por espíritus musicales del pasado. Poblado de fantasmas pero, sobre todo, guardián de un espíritu secular, un sentimiento indeleble que pervive más allá de modas, más allá de las generaciones sucesivas.

Un espíritu que Neil Young siempre quiso atrapar. Para la presentación mundial del disco “Prairie Wind”, Young eligió ese lugar bendito, lugar en el que han tocado desde el verdadero inspirador del espíritu de la música de Nashville, el malogrado y genial Hank Williams, hasta Elvis Costello, pasando por The Byrds o Bruce Springsteen. Young nunca había tocado allí.

Young, una vez que empezó a grabar el mencionado álbum, conoció que sufría de un aneurisma cerebral. El álbum se comenzó a grabar en Nashville, aunque el proceso tuvo que interrumpirse para que Young entrara en el quirófano por dos veces. Después de eso, Young finalizó el álbum. Paralelamente, entró en contacto con el cineasta Jonathan Demme, autor de una película inolvidable, “Stop Making Sense”, la hipnotizante actuación de los Talking Heads que condensó tres días de conciertos en el Teatro Pantages de Hollywood.

Demme siempre fue un admirador de Young y juntos decidieron abordar la filmación de la premiére mundial del álbum “Prairie Wind” en Nashville, en el Ryman Auditórium, en agosto de 2005, durante dos noches consecutivas.

Neil Young es un músico que concibe la música como una celebración, como una comunión, como una conjunción espiritual entre almas diversas. Esas almas convergen en el Ryman Auditórium y todas y cada una explica, en su viaje por carretera hacia Nashville, las circunstancias vitales que les llevaron a tocar con Young. El propio Neil confirma su concepción de una actuación en directo: no busca el virtuosismo sino la empatía, la comunicación espiritual y, por encima de todo, la amistad. Deja completamente claro que todos los músicos con los que se va a reunir en Nashville han sido, son amigos.

Una luna de agosto casi carnosa, enmarca el comienzo de la actuación de Neil Young. Como si de un decorado se tratara, la luna transmite su energía en el exterior del Ryman. El espíritu encarnado en la poderosa, a veces terrorífica, energía de la naturaleza.

La película se centra, casi en su integridad, en el concierto. La integración de los músicos, la complicidad intacta, la integración espiritual.

Demme no filma a la audiencia. No hay ni un solo plano que delate que estamos en un auditorio con público. Solamente los aplausos, las reacciones, el entusiasmo se puede escuchar. El público se esconde en la negrura, es una masa informe sin rostro.

Planos intensos de Young. Planos que abarcan el colectivo de músicos que acompañan al canadiense. Entre ellos, la figura de Spooner Oldham, envolvente pianista y organista sureño que ha acompañado a muchos de los grandes, comenzando por mi amada Aretha Franklin; Emmylou Harris, la cantante y guitarrista country que protagonizó momentos inolvidables junto a Gram Parsons; y, sobre todo, Ben Keith, el slide, el pedal steel que ha acompañado a Young durante más de tres décadas, con sus manos artríticas fabricando magia para los oídos.

Young se acompaña de una sección de viento (comandada por el gran Wayne Jackson, trompetista del mejor soul sureño de los sesenta), de una sección de cuerda, de un coro gospel…todo ello en función de la canción, remendando sonidos de reminiscencias propiamente americanas.

Y el propio Young quien, en un momento del concierto, antes de interpretar “This Old Guitar”, presenta la guitarra acústica que sostiene en sus manos: Una Martin D28 Herringbone de 1941, la misma guitarra que sonó en manos de Hank Williams en un concierto en el mismo escenario, allá por 1951. Young se erige en el receptáculo del espíritu de Williams, en su receptáculo y en su vehículo de emisión.

Además de presentar en su integridad el “Prairie Wind”, Young desgrana temas clásicos de su repertorio en la segunda mitad de los conciertos. Particularmente conmovedora es la versión que realiza de su “I’m a child”, el tema que compuso cuando todavía estaba en Buffalo Springfield: esa manera de sacar chispas de su acústica, desgastada, sobada pero con un sonido particularmente conmovedor.

Young destila buen humor, comparte confidencias y anécdotas con ese público desconocido que no conseguimos ver en el film. Un tipo que se erige en superviviente.

La vida es una cuestión de supervivencia. Afrontar otro día, aún a pesar de desgarros existenciales, aún a pesar de contar con una salud penosa, aún a pesar de que la juventud ha pasado de largo sin ni siquiera darnos cuenta, es una cuestión de supervivencia.

Y la supervivencia es una cuestión, fundamentalmente, espiritual. Es una cuestión anímica, interna, sentimental. El espíritu permanece fuera del mundo material. Y Neil Young transpira ese espíritu, compartido por los músicos que tocan con él.

El Young que, de manera desgarradora y durante los ensayos, interpreta, con su propia alma desnuda, en los títulos de crédito finales, “The Old Laughing Lady”. El músico que, una vez acabada su interpretación, enfunda su guitarra con dificultad, se cala su sombrero de ranchero y camina tranquilamente hacia un fundido en negro.

En un momento del film, justo antes de atacar su clasico “Old Man”, Young enfatiza que es, y ha sido, un afortunado. Bienaventurados aquellos que tienen la fortuna de atesorar una vida interior tan sólida que, a pesar del declive físico, a pesar de todas las vicisitudes que la vida nos presenta, su alma permanece asentada para pervivir a través de los tiempos, a través del abrumador concepto de eternidad.

Y esta película tan hermosa habla de eso: el milagro de la música, la simplicidad mágica de un puñado de amigos que comparten sus espíritus para provocar una catarsis de tal intensidad emocional, que hará que nadie que haya asistido a tan bello testimonio, permanezca indiferente.

Todavía hacen falta películas tan agresivamente bellas como ésta para reivindicar la música y los músicos con mayúsculas.

Viajeros al tren de Paul Delvaux

Una muestra del pintor en Lieja sobre el mundo ferroviario coincide con la apertura de una estación de Calatrava


ÁNGELES GARCÍA
El País




Pasajeros apresurados, andenes atestados de gente. Los adioses de los que se quedan en tierra y las locomotoras que avanzan entre nubes de humo. Motivo de inspiración artística de primer orden, las estaciones de tren centran la obra del pintor Paul Delvaux (1897-1994). Su universo nace y muere en torno a las vías del tren. Uno de los artistas más amados por los belgas (con permiso de Magritte) colocó la mística de la locomotora como eje de sus complicadas y misteriosas composiciones. A veces por encargo y casi siempre por deseo propio.

Es lógico que una ciudad como Lieja, la más importante de la región belga de Valonia, ame a Delvaux. Aquí, en pleno centro de Europa, las vías del tren articulan la vida de sus habitantes. No extraña tampoco que el símbolo de la estación y su poder metafórico (esa plataforma hacia el exterior) sea el tema de la primera gran exposición del nuevo museo de la ciudad, el Grand Curtius.

Como bienvenida a la retrospectiva, un centenar de obras para revisar el genio de Delvaux, el gran "pintor de estaciones", la ciudad también estrena la estación de alta velocidad Lieja-Guillemins, diseñada por Santiago Calatrava. La obra pública más importante que en estos momentos tiene el arquitecto español en Europa. Tanto en los óleos como en los dibujos de Delvaux, la mezcla se repite: una locomotora, los fríos andenes y una aún más fría mujer en primer plano. Vestida o desnuda, su aspecto siempre es hierático. Regine Rèmon, comisaria de la exposición, explica el origen de esta obsesión de Delvaux por las estaciones como una metáfora perfecta de la soledad que el artista arrastró a lo largo de su vida. "Despreciado por el universo de los surrealistas capitaneados por Breton", expone la comisaria, "él prosiguió su camino en solitario frente a todos".

De formación académica, utilizó su conocimiento detallado del dibujo para reproducir objetos cotidianos dentro de historias como la ocupación nazi. La comisaria señala que el artista dominaba el dibujo pero no la pintura. Tal defecto se hace sentir en gran parte de su obra. Y provoca que muchos cuadros no se conserven en las mejores condiciones y que deban exponerse sólo parcialmente iluminados.

Incluida en la red ferroviaria de la gran velocidad como eje fundamental europeo (une París, Bruselas y Alemania), la estación de Calatrava emplea a fondo sus habituales y efectivas armas curvas. Concebida como una catedral de vidrio y acero, su coste ha alcanzado los 280 millones de euros. Sus cinco andenes están rodeados de 10.000 toneladas de acero y cubiertos con 32.000 metros cuadrados de vidrio. Fiel a su estética, ni una sola línea recta aparece a los ojos del espectador. Las sinuosas formas conforman un gigantesco pez que busca dar cobijo en su vientre a los miles de usuarios de una de las estaciones con más actividad de Europa.

Las obras de la terminal han estado permanentemente en boca de los 200.000 habitantes de Lieja desde que comenzaron, hace nueve años. El primer problema surgió en los cimientos. La porosidad de la tierra era mayor de la esperada y todo se complicó más de lo habitual. Solucionado el conflicto inicial y cumplidos los trabajos, los responsables de la obra se enfrentan a un último escollo: la rectificación del gran vestíbulo debido a que la altura de la entrada principal resulta un poco escasa en algunas de sus partes. Se espera que en mayo la estación traiga la alta velocidad a Lieja. Hay muchas esperanzas puestas en que la ciudad cobre protagonismo en la telaraña centroeuropea con la llegada de este nuevo vecino de sinuosas formas.

Entrevista a Coque Malla




AIDA M. PEREDA
Lumpen



El que fuera líder de Los Ronaldos nos habla de su nuevo disco, 'La hora de los gigantes' (2009).

Han pasado cinco años desde que publicaste 'Sueños', ¿por qué tanto tiempo? ¿has querido tomarte un descanso tras la gira con Los Ronaldos?

Hombre, eso es fundamental. Son muchas cosas. Yo siempre he tenido este ritmo de composición de los discos, un ritmo bastante lento. Con Los Ronaldos sacábamos disco cada dos años y pico cuando lo habitual era un año o año y medio. No soy un compositor que tenga doscientas canciones en un baúl y las vaya sacando. Voy a por cada disco. Cuando lo termino no vuelvo a plantearme el componer hasta que no quiero hacer el siguiente disco. No voy componiendo habitualmente. Mi ritmo es ese y en el caso de 'Sueños' y en este disco, bueno, es evidente que lo de Los Ronaldos tuvo mucho que ver, además hicimos las cuatro canciones nuevas del EP este de Subterfuge y… supongo que otra razón importante es que a mí lo que me gusta es tocar, entonces el disco casi es una excusa para salir a tocar. Es casi como un trámite, hay que hacer otro disco para tener motivos para hacer otra gira. Y entonces supongo que prolongo todo lo que puedo el tiempo de la gira porque es lo que me gusta, estar por ahí viajando rodeado de músicos y subiéndome a escenarios a tocar.

He leído en otras entrevistas que has disfrutado con el proceso de creación de este álbum, ¿en qué sentido?

En todos los sentidos. 'Sueños' estuvo sometido a mucha disciplina porque me planteé la idea de escribir un disco sobre los sueños. Y tuve que ser muy disciplinado para que todo el disco hablara de eso, no sólo el disco, sino también el libro, los escritos que había, la portada, las fotos… con todos esos elementos tenía que expresar la idea de los sueños, cómo entiendo yo la irrealidad y la relación con la irrealidad. Y era muy esclavo eso también y a veces era una putada, porque a lo mejor salía una canción y decías no, esto no tiene nada que ver con eso, y tenía que desecharla. Y con este disco lo que he hecho es decir "paso de todo, lo que salga que salga y me voy a divertir". Entonces el proceso de componer ha sido muy divertido, muy liberador. El equipo que ha formado el disco ha sido increíble. Los músicos que han tocado en el disco (Daniel Parra, Laura Gómez, Nico Nieto y Mauro Mietta) se lo han tomado como algo personal. Nos lo hemos pasado como enanos grabando. Ha habido muchas risas, ha habido momentos duros también porque sino no habría salido un disco así. Ha habido momentos fuertes, intensos, pero ha sido muy gratificante. Hemos grabado en directo también, tocando todos a la vez en el estudio y te lo pasas como un enano. Bueno, 'Sueños' también estuvo grabado así pero aquí ha habido una energía especial.

Dices que de todos los discos que has grabado en tu vida este es el que más se parece a los discos que te gusta escuchar, ¿es sólo cuestión de márketing?

Bueno, es márketing, pero es que es verdad. Yo creo que todos los músicos, cuando nos dan por primera vez el cd con las mezclas terminadas, llegamos a casa corriendo, ponemos nuestros discos favoritos, le damos al stop y ponemos el nuestro a ver si aguanta la comparación. Y este lo ha aguantado que te cagas, vamos. Llegaba a casa, me ponía Brown Sugar y le daba al stop y ponía el mío y aguantaba el tirón en cuanto a sonido. Suena que te cagas. Es el disco que mejor suena de todos los que he hecho en mi vida, pero con diferencia además, sin desmerecer los demás. Suena muy bien.

En los ochenta en cambio la producción dejaba un poco que desear, ¿no?

Sí, en los ochenta había unos vicios y unas cosas horribles.

¿Crees que has quitado esos vicios, que sólo eran cuestión de la época?

Sí, gracias a Dios hace mucho que me los quité (sonríe). ¡Gracias a Dios!

¿Sientes que has vivido una evolución desde que comenzaste tu andadura personal con ‘Soy un astronauta más’ en 1999 hasta este tercer disco?

No sé si es una evolución en un camino recto. Son discos distintos. Con el 'Astronauta' me metí en un camino, con el 'Sueños' en otro y con éste en otro. A mí éste es el que más me gusta de los tres.

¿Tal vez porque está más reciente?

Sí, es más reciente, pero me da la sensación de que dentro de unos años también va a ser el que más me guste de los tres. Yo creo que los discos que uno va haciendo no son un camino en una dirección y el primer disco no es el primer paso, el segundo el segundo y el tercero el tercero. Son viajes distintos. Cada uno tiene su universo particular.

¿De qué manera crees que el hecho de haber pertenecido a Los Ronaldos ha podido influir en tu carrera en solitario?

Hombre, totalmente, ¡cómo no va a influir! Es mi vida. He crecido con Los Ronaldos, he aprendido a ser músico con Los Ronaldos, he aprendido a ser persona con Los Ronaldos y he aprendido un montón de cosas con Los Ronaldos. ¡Cómo no voy a aplicar eso! Y me siento orgulloso además de ellos. Es un buen saldo el que saco de Los Ronaldos, buenísimo. Y por supuesto que ahí está todo. Están Los Ronaldos, está mi familia, están mis vivencias, están mis amigos, está todo. Y Los Ronaldos han sido una parte fundamental de mi vida. Durante muchos años eran el centro absoluto de mi vida.

¿Y cómo es vuestra relación ahora? ¿Seguís en contacto después de la gira?

Fatal (dice riéndose). ¡Qué va, nos llevamos de la hostia! De hecho, Ricardo, el batería de Los Ronaldos, ha grabado una canción del disco, 'Me olvido de ti', porque una canción tan funky y con tanto baile necesitaba esos redobles mágicos de Ricardo. Y no me ha defraudado, el cabrón nos puso los pelos de punta a todos.

En 2004 te fuiste de gira con Los Ronaldos. ¿Cuál fue el motivo de vuestra vuelta, sentíais nostalgia?

Sí, la gira duró tres años. Empezó con un concierto en Sol cuando la sala celebraba su 25 aniversario. No hubo un motivo muy concreto, fue una serie de casualidades. Influyó mucho un concierto homenaje que nos hicieron en el Siroco Pereza y otras tres bandas de Madrid. Hicieron versiones de nuestras canciones y nos invitaron a que fuéramos. Y al final, de una manera improvisada nos subimos los cuatro y tocamos ‘Árboles cruzados’ y ‘Si os váis’. Y fue tan flipante lo que sentimos que dijimos "vamos a hacer algo". Y luego coincidió además que la compañía sacó un recopilatorio y entonces se fueron dando una serie de circunstancias que al final acabaron en tres años de gira.

¿Cuál fue la sensación al volver a tocar canciones que ya teníais un poco olvidadas pero que la gente todavía coreaba?

Pues fue alucinante. Nos lo pasamos como enanos. Nos llevamos como nunca nos habíamos llevado. Siempre hemos sido de llevarnos muy bien, la verdad que Los Ronaldos siempre hemos sido muy familia, Ricardo era amigo de toda la vida de mi hermano mayor. Pero bueno, hemos tenido problemas, hemos tenido momentos malos. Pero en estos tres años no han existido los problemas, era todo super relajado, nadie quería discutir, así que fue una gozada.

Hablando un poco de tu nuevo disco, ‘La hora de los gigantes’, que coincide con el título de la última canción, ¿a qué te refieres con esta expresión? ¿quiénes son los gigantes?

Los gigantes son aquellos que deciden que el miedo no les paralice, que deciden sacudirse el miedo de encima y caminar. El miedo yo creo que es...

(Nos interrumpe un desconocido que quiere enseñarle unos carteles que ha hecho, queda en verlos cuando terminemos esta entrevista)

¿Te suelen parar mucho?

La verdad es que últimamente poco y es un gusto. Pasé una época que tenía lo peor de la fama y nada de lo bueno. Y ahora es un gusto, porque tengo reconocimiento y tengo público en los conciertos, pero casi nadie me conoce. Está muy bien.

Bueno, estábamos hablando de quiénes eran los gigantes...

Sí, eso. Yo creo que el miedo es inherente al ser humano. Vivimos rodeados de mucho miedo y vivimos con mucho miedo dentro. Los gigantes son los que vencen el miedo y deciden hacer cosas que les hagan bien y que les hagan sentirse bien. Entonces ésta es la hora de hacer las cosas bien, de sentirse bien y de dejar de buscar respuestas a preguntas que no la tienen y dedicarse a vivir.

¿Y crees que has superado tus miedos personales?

El miedo no se acaba de superar nunca del todo, siempre tenemos miedo a algo, pero sí que uno puede aprender a vivir a pesar del miedo.

Pensé que en 'La hora de los gigantes' hacías referencia al riesgo que conlleva sacar otro disco, el miedo a cómo lo va a recibir la gente...

No, para eso soy muy poco miedoso, para eso soy totalmente insensato y arrojado, no me da ningún miedo, las nuevas aventuras, al revés, me ponen muchísimo. Quizá son otras cosas más particulares.

¿Puede decirse que es un disco más optimista?

Sobre todo más ligero, más de no comerse el coco, de no buscar respuestas, de simplemente expresarse libremente y positivamente. Por ejemplo ‘Cuídate’ es una canción que habla de una ruptura sentimental pero de una manera positiva, es como "ciao y que te vaya bien".

Las letras son más directas, tienen menos metáforas y menos simbolismos que en ‘Sueños’, en el que el propio tema lo pedía.

Sí, es una forma muy liberadora. Antes, cuando quería decir algo me comía el coco para decir eso pero decirlo de otra manera. En este disco ha sido muy liberador, es decir, quiero decir algo pues lo digo así. Y no busco metáforas ni busco vueltas. No sé por qué he tomado esta decisión, la he tomado simplemente. Me he puesto a escribir y me ha salido así, tampoco ha sido nada premeditado.

También es un poco más rockero, ¿no?

Sí, hay gente que piensa que no. Yo creo que es un disco rockero, yo creo que todos los que lo hemos hecho somos muy rockeros, hemos mamado rock’n’roll como bellacos y se nota. Quizás las estructuras no sean tan rockeras porque no son tan secillas, no son de tres acordes. Pero el sonido de las guitarras, la manera de cantar y la actitud, sobre todo, la actitud a la hora de enfrentar una canción... Somos rockeros y está ahí, no lo podemos evitar. El rock’n’roll además es muy amplio. Hay fans de Los Ronaldos que dicen "joder, es que no es tan rockero"... Sí es rockero, pero es que el rock’n’roll lleva desde los años 50 y se ha hecho de todo. Los Beatles lo cambiaron todo y los Stones también y el rock’n’roll tiene diez mil secciones y diez mil apartados y al final el rock’n’roll está en otro sitio, no está en la marcha y en la distorsión, está en una cosa más interna yo creo.

Y hablando un poco de las canciones... El optimismo también se ve en la primera, ‘Hasta el final’, que invita a salir de una mala etapa y arriesgarse.

Sí, habla de lo que habla el disco, de lo que hablábamos. De mudanza, de cambio, de empezar otras cosas, de arriesgarse y de ir hasta el final sin miedo. De poner un poco de orden y de limpieza, que está muy bien. A veces el caos mola un huevo, no necesariamente tiene que ser una mala etapa lo que se deja detrás, sino una etapa distinta. A veces mola un huevo tirarlo todo por el suelo y abandonarse. A veces es maravilloso y sanísimo. Y a veces mola también hacer la comidita, tenerlo todo limpito y fumarse un cigarro al sol.

En ‘Berlín’ también hablas de volver a empezar, de mudanza... Es la canción más desnuda, con ese ritmo de tiovivo.

Sí, tiene un ritmo de 3 por 4, que es el ritmo del vals. Es una canción de viaje. Es algo que siempre tengo en la cabeza, el intentar la aventura de vivir en otro sitio. Siempre he vivido en Madrid, siempre ha sido mi ciudad. Me apasiona Madrid pero siempre estoy con la idea de vivir la aventura de ser ciudadano de otra ciudad y esta canción habla de eso.

¿Y por qué Berlín?

Berlín es un símbolo, es una palabra preciosa, sonora... parece que suena una campanita al final. Aparte es una ciudad maravillosa, amable... Tiene cuatro veces el tamaño de Madrid pero la mitad de población. No sé, es una ciudad maravillosa, pero vamos, no estoy pensando en mudarme a Berlín concretamente.

¿Y en mudarte a otra ciudad?

Sí, en mudarme a otra ciudad sí es muy posible. Quizá a Buenos Aires. Es una ciudad que me llama... oigo desde allí: "¡Cooooqueee, Coooqueee!", con acento argentino (ríe). Y ocurrirá, yo creo que en algún momento ocurrirá. Se ha adelantado Xoel, de Deluxe, que se ha ido allí a vivir y a tocar, el cabrón me ha robado la idea, pero bueno, le perdonaré (sonríe).

‘She’s my baby’, ‘Abróchate’ y ‘Me olvido de ti’ tienen un toque más descarado, recuerdan más a la etapa de Los Ronaldos, ¿no crees?

Sí, eso siempre sale. Yo creo que de alguna manera en todos los discos ha salido. Quizás en ‘Sueños’ no porque lo tuve prohibido, esa disciplina de la que hablábamos antes. Pero en el ‘Astronauta’ también hubo canciones muy rockeras, muy ronalderas, muy stonianas, como ‘Paula’, como ‘Mentiras’… y aquí han salido también. Como me he dejado libre, me he quitado esa disciplina que me impuse en ‘Sueños’, ha salido lo que tengo dentro. De hecho, ‘Abróchate’ es una canción que yo imaginaba mucho más popera, me la imaginaba como una balada de éstas de Roy Orbison, tipo ‘You gotta it’. Lo que pasa es que Mauro (el guitarrista) la cogió, y como es un rockero empedernido, le metió ese rodex, que la llevó directamente de cabeza al rock’n’roll de los Stones y dije "pues venga, vamos a ir por aquí".

‘Hace tiempo’ recurre a un estilo al que no nos tienes acostumbrados.

Sí, es una ranchera, es un capricho. En un momento dije, "cómo me apetece hacer una ranchera" y escuché varias rancheras de gente que me gusta. Beck por ejemplo tiene unas rancheras increíbles en ‘Imitations’, un disco muy acústico, muy tranquilito. Iván Ferreiro tiene varias rancheras, una en especial que es ‘Son preciosos nuestros besos’, maravillosa. Y tuve el capricho de "yo quiero mi ranchera también". Y empecé a tocar el beat de la ranchera y salió esto.

¿Cómo será la gira de ‘La hora de los gigantes’?

Vamos a ir muy despacito y vamos a tocar en sitios muy pequeños. Me siento como empezando , así que me apetece que la gente sienta que estoy como empezando. Quiero ir poco a poco y estar todo este año y el que viene tocando.

Y en el ámbito del cine, tu último trabajo ha sido en ‘Íntimos y extraños’ (2008), pendiente de estreno.

Se estrenó en el festival de Valladolid, ganó el premio del público y me imagino que Rubén Alonso, que es el director, estará ahí batiéndose el cuero para estrenarla en condiciones. Supongo que se estrenará en salas este año, pero no lo sé.

¿Y cuál es tu papel en la película?

Son tres historias independientes de tres parejas. Tienen una especie de hilo conductor, pero no están conectadas unas con otras. Y yo hago el papel masculino de una de las parejas, junto con Blanca Levín, que es una actriz chilena maravillosa. Es una estrella, aquí no la conocemos pero es una actriz grande. Y bueno, la película es bastante desesperanzadora. Tiene algo de agresiva, de violenta. Se centra en la parte más violenta de las relaciones de pareja. Violenta no sólo de golpes, sino también violenta verbal e internamente, esa violencia continua que hay en una relación cuando la pareja no funciona.

¿Tienes algún proyecto a la vista?

Ahora mismo no. Tengo un proyecto que se llama ‘La hora de los gigantes’ y no quiero saber nada más, porque me apetece muchísimo tocar. No, si ahora dijese que sí a una película tendría que pararlo todo y ni se me pasa por la cabeza. Ni que me llamase Coppola (sonríe). Bueno, Coppola… (se ríe).

Entonces, si tuvieras que elegir entre la música y el cine…

Obvio. Yo soy músico. En la música cuento mis historias, hablo de lo que me pasa a mí y en el cine soy un instrumento para hablar de lo que le pasa a otro. Y sobre todo que a mí lo que me gusta es estar encima de un escenario y esa libertad del escenario que en el cine es otra cosa, es apasionante también, pero es otra cosa.

Se me ocurre que puedes hacer una película en la que puedas cantar, un biopic al estilo del de Ray Charles o Johnny Cash.

¡Vete tú a saber, por qué no! (ríe).

Joaquin Phoenix dijo que dejaba el cine y se pasaba a la música…

¿Ah sí? ¿Ves? ¡Si es que la música mola mucho más!

La teta asustada

El miedo antes de nacer

QUIM CASAS
Dirigido por...




Primero ganó en Sundance-2006 con su primer largometraje, Madeinusa, una película definida por su directora, Claudia Llosa, como muy barroca (y balbuciente, añadiría). Ahora ha sido premiada en Berlín-2009 con su segundo film, La teta asustada, un viaje del miedo a la libertad que debe hacerse con equipaje más ligero, también en boca de la realizadora. De Sundance y después Rotterdam, cunas varias de todos los cineastas primerizos que quieren triunfar como independientes para después lograrse un porvenir más holgado, a Berlín, uno de los festivales categoría A. De una cinta barroca y pintoresca a otra mucho más desnuda en el plano narrativo, aunque esa consideración debe ponerse un poco en cuarentena. En todo caso, dos films bastante más similares de lo que evidencian las palabras de su directora, donde la densidad exótica, por definirlo de alguna manera -y siempre desde la perspectiva europea-, prima muchas veces sobre otros factores.


La teta asustada habla del miedo y de la recuperación, de los años de sometimiento y de los tiempos de liberación, de la humillacion y de la dignidad, del Perú en general y de la castigada cultura quechua en particular. Lo hace en clave realista a partir de un hecho, de un detalle global, que no lo es tanto. La madre de la protagonista del film fue represaliada y violada en tiempos del terrorismo de estado. Su teta se asustó, y ese es el síndrome que da título a la película, una enfermedad que se transmite a través de la leche materna, pero también un estado de ánimo, la cristalización dolorosa del sufrimiento y la violencia que esparcen la guerra y el terrorismo militar y que afectó especialmente a las mujeres indígenas del Perú. Para remediarlo, Fausta ha colocado una patata en su vagina; el tubérculo como escudo, la realidad pura y dura (un miedo atávico) y una nota de realismo mágico, aunque trasmutado en necesidad, en obligación. Cuando su madre muere, después de la larga letanía de cánticos en su lengua natal con la que se abre el film, Fausta hace todo lo posible para que tenga un entierro como se merece. De esta manera, el naturalismo y la urgencia -la búsqueda de un ataúd y del lugar adecuado donde cavar un hoyo, la sensación de devolverle a la madre tras su muerte aquella dignidad que le fue arrebatada en vida- se funden con ese toque mágico tan difícil de describir, porque es y no es fantasía: la patata en la vagina, la idea de que Fausta lo sabe y lo experimenta todo porque contempló desde el útero materno la violación de la madre y el asesinato del padre. Fausta supo, desde el mismo umbral de la vida, que la existencia venidera sería tan pesada como la más pesada de las losas.

Claudia Llosa, directora de origen peruano-italiano, nacida en Lima pero afincada desde hace cinco años en Barcelona, sobrina del escritor Mario Vargas Llosa y del también director Luis Llosa -aunque de momento, nada que ver entre ellos: a su tío cinematográfico se deben títulos como El especialista, con Stallone - Stone y Anaconda, con Jennifer López-, sostiene el tiempo fílmico a su manera y hace de los contrastes uno de los principales elementos de La teta asustada. El viaje de Fausta en busca de un féretro es un viaje de contrastes, pero también lo es su existencia en el pueblo, lo que sabe y lo que calla, la relación con el resto de familiares, los miedos que quiere olvidar y los temores a los que, después de la muerte de su madre, no tiene más remedio que hacer frente. Para Llosa, La teta asustada es un film sobre la recuperación de la autoestima. Y ese es uno de los procesos mejor explicados a lo largo del relato: Fausta, como representación casi universal del lacerado pueblo peruano, el que estuvo sometido al régimen del terror desde los años setenta hasta los noventa, debe forzosamente recuperar la autoestima si quiere seguir adelante y enterrar con la dignidad que merece a la madre muerta. La presencia de ésta es alargada tanto en lo ético como en lo físico: su cadáver reposa en la cama familiar durante todo el tiempo que emplean la joven protagonista y un amigo para conseguirle un buen funeral, ceremonia que corre en paralelo a las de las bodas que organiza el tío de Fausta, y en las que ésta participa como un alma en pena, como una figura desclasada en un mundo ultrajado.

Asegura la directora que el proceso que experimenta Fausta es equiparable al del propio país, surgiendo del oscurantismo para dejar atrás, en la medida de lo posible, el miedo y la ignorancia. No se trata de cicatrizar una herida abierta, sino de curarla, ya que el proceso no ha hecho más que empezar y el procedimiento es lento, quizás insufrible. En consonancia con ello, La teta asustada es un película de métrica pesada, poética y rugosa, pero en exceso dilatada, que va del primer plano de un rostro que ocupa toda la pantalla a planos generales de una realidad social que debe partir de cero, del individuo a la colectividad, del miedo personal al horror de todo un país. A veces se acoge a la idea del barroquismo de Madeinusa, aunque Llosa ha pretendido todo lo contrario, y el barroquismo desnivela la balanza y hace que prestemos atención a lo pintoresco en detrimento de lo esencial. El film divaga, en definitiva, siendo curioso pero no completo, yendo de un lado a otro, dándose golpes consigo mismo, mostrando una tensión sin tensar la cuerda, haciendo de la indefinición también un estilo propio y logrando, y esa es una de las cosas más interesantes del trabajo de Claudia Llosa, explicar cosas varias de una cultura ancestral sin que tengamos nunca la sensación de estar ante un tratado cinematográfico de etnografía folclórica o arqueología cultural.

"Tenemos que buscar al Pinochet de la pobreza"


Entrevista a Estebán Beltrán, director de Amnistía Internacional. Pide que no compremos seguridad "como animal de compañía"


MAR CENTENERA
Público



Lo peor para los derechos humanos son las excepciones", destaca Esteban Beltrán, director de la sección española de Amnistía Internacional (AI). En los últimos años la prohibición de la tortura se ha levantado excepcionalmente para interrogar a presuntos líderes terroristas. La libertad de circulación se ha restringido temporalmente durante cumbres del G-8 susceptibles de numerosas protestas sociales. El derecho a defenderse ante un tribunal ha quedado anulado por tiempo indefinido para los "combatientes ilegales" retenidos en Guantánamo... "Cuando juntas todas las excepciones se convierten en regla y se produce el recorte de libertades actual", subraya Beltrán. En el incisivo libro Derechos torcidos (Debate) el director de AI reflexiona a título personal sobre las violaciones más flagrantes de derechos humanos actuales.

Si el terrorismo no es la mayor amenaza mundial, tal y como ha repetido EEUU una y otra vez ¿cuál es?

El terrorismo es una amenaza real, pero la principal amenaza de EEUU es el propio EEUU. A pesar de que el terrorismo ha sido percibido como la mayor amenaza del mundo y que todo se ha sido articulado alrededor de ello, como Guantánamo, las detenciones secretas, la carrera de armamento, al final, la guerra contra el terrorismo no nos ha dado más seguridad y nos ha restringido libertad, así que tenemos lo peor de los dos mundos. Ahora hay una posibilidad real de cambio, pero dependerá de que la gente no vuelva a comprar seguridad como animal de compañía.

El nuevo director de la CIA, Leon Panetta, tampoco descarta la tortura en casos extremos.

Sí, pero rechaza la tortura, algo que no hizo su predecesor. Hay que esperar, pero teniendo claro que la tortura no se puede justificar nunca. Si alguien admite que ha habido torturas, debería ser detenido, pero esto no ocurre, es lo sorprendente, muestra la impunidad de todo el proceso.

¿Cuáles deben ser las prioridades de Obama?

Tiene que investigar lo que ha ocurrido en los últimos ocho años, porque no puede quedar en la impunidad.

¿Quienes deberían ser los primeros en sentarse en el banquillo de los acusados?

Hay dos tipos de violaciones de derechos humanos cometidas en estos años. De las que todo el mundo habla son centros de detención de presos, Guantánamo, recorte de libertades. EEUU se está convirtiendo en una demodura, en una democracia que tiene en su interior el germen de la dictadura. También Venezuela, o Reino Unido, donde el ministro del Interior ahora puede decidir mantener a alguien en arresto domiciliario de por vida. Pero está habiendo otras violaciones de derechos humanos de las que nadie habla.

¿Cuáles?

El derecho a la salud, a la educación, a tener una vivienda son derechos que también se han deteriorado, lo que demuestra que es mentira que crecimiento económico significa disminución de la pobreza. Debemos llevar la pobreza al ámbito de los derechos humanos y encontrar a los responsables. Igual que en el siglo XIX se toleraba la esclavitud, pero a nadie se le ocurría apadrinar a un esclavo sino combatir la esclavitud, nadie debería apadrinar un pobre, sino combatir la pobreza.

¿Cómo?

Desde la abolición legal. Hay que llevar la pobreza a las constituciones y a los códigos penales para que así todas las leyes que se aprueben tengan que ir destinadas a abolirla.

¿El derecho a la alimentación incluido por algunos países latinoamericanos en sus constituciones es un primer paso en esa dirección?

Sí. También hay que fijarse en Suráfrica. Los enfermos de sida no tenían acceso a los retrovirales porque eran demasiado caros, pero el Tribunal Supremo exigió al Gobierno que le trajese las cuentas del Estado si decía que no tenía dinero y le obligó a producirlos a un precio inferior. ¿Y por qué? Porque el derecho a la salud está en la Constitución surafricana. Cuando alguien te tortura, tú tienes dónde acudir, pero si violan tu derecho de la vivienda o a la salud, dónde vas? La justicia internacional era un sueño, parecía imposible, pero todo cambió cuando Pinochet se despertó en Londres por orden de un juez español y fue detenido por crímenes cometidos en Chile. Ahora necesitamos encontrar al Pinochet de la pobreza.

¿Quién es ese Pinochet?

Hay que identificar a los autores de políticas que conscientemente violan los derechos humanos. Por ejemplo, el sátrapa de Zimbabue [Robert Mugabe] que usa los cereales para reprimir a la oposición, o los líderes israelíes que han dado permiso para demoler más de 6.000 viviendas palestinas desde el año 2000. ¿A nadie le extraña que haya mil millones de personas que pasan hambre a diario pero nunca nadie haya comparecido ante la Justicia por ello? A mí sí.