El último genio loco del Pop

Daniel Johnston, el Don Quijote del Pop Estadounidense, reaparece con «At Home Live», colección de grabaciones caseras registradas hace una década que recuperan el espíritu original y espartano de sus primeros casetes autoeditados


DAVID MORÁN
ABC




Se habría dejado cortar una mano por escribir el All You Need Is Love de los Beatles. En serio: cuando era joven empezó a vestirse y peinarse como si fuese un Beatle y modificó su acento para hacerse pasar por nativo de Liverpool, algo que, de puertas hacia fuera, debía parecer ridículo. Pero no para él. En su cabeza, Daniel Johnston (Sacramento, 1961) era un Beatle. El quinto o el sexto, quizá. No pregunten.

Niño prodigio. Porque Johnston, igual que su música, no se rige por las leyes de la normalidad. Es un genio loco, pero loco de verdad. No hay metáforas ni línea poética que separe la cordura de la genialidad en un músico que ha tenido que convivir durante buena parte de su vida con un trastorno bipolar y una larga lista de obsesiones que arranca en The Beatles y toma caminos cada vez más insospechados para desembocar en el fantasma Cásper, el Capitán América, el número nueve o el Diablo.

¿Algo más? Ahí va: Johnston empezó a sufrir depresiones crónicas en su infancia, empeoró con un primer mal de amores del que nunca ha acabado de curarse y trató de combatir sus fantasmas dedicándose al arte en cuerpo y alma. Filmó películas caseras, ilustró sus primeras grabaciones con cómics propios -de ahí nace el célebre dibujo que ilustra este artículo y que sirvió de carátula para la cinta Hi, How Are You-, grabó todo tipo de reflexiones? Fue, en fin, un niño prodigio que, como Brian Wilson y Syd Barret, tuvo que aprender a convivir con un cerebro delicadillo y a conciliar su talento con sus entradas y salidas de instituciones mentales o su trabajo limpiando mesas en un McDonalds.

Este es el equipaje que el autor de Speeding Motorcycle arroja de nuevo al vacío discográfico en At Home Live, colección de grabaciones caseras que recuperan al Johnston más destartalado, entrañable y enigmático. Poco importa que en los últimos años haya pulido su trabajo creando discos vigorosos y aseados bajo la batuta de Mark Linkous (Sparkelhorse), Paul Leary (Buthole Surfers) o Kramer y haya colaborado con Yo La Tengo, Jad Fair y miembros de Sonic Youth; At Home Live es, con sus ladridos de perro y sus cuerdas desafinadas, un viaje al pasado que recupera el espíritu de aquellas grabaciones primerizas y espartanas que el californiano grababa en su casa y distribuía puerta por puerta en casetes manufacturados.

Un cómplice. Disponible únicamente en formato digital, no hay en At Home Live banda de acompañamiento, ni productor ni nada que se le parezca. Sólo una guitarra y un piano que suenan como una hormigonera averiada, una voz aniñada estrangulada por el paso del tiempo, y la cámara del artista visual Stephen Tompkins, cómplice de Johnston y responsable de haber puesto en circulación estas grabaciones domésticas registradas en 1999.

Así, entre versiones desenfocadas y magulladas de I Hate Myself, Love, The Spook o Silly Love, esta grabación en directo compone el enésimo retrato de un artista que es imposible reducir a unos simples trazos; un músico en constante pulso entre la genialidad y la demencia; entre el culto artístico y el anonimato forzado. Un genio del pop, el último quizá, capaz de firmar resplandecientes canciones como Walking The Cow o I Live For Love y, acto seguido, rechazar un contrato discográfico de Elektra por considerar que un sello que tiene entre sus filas a Metallica tiene que ser necesariamente satánico.

La oveja eléctrica


BERNARDO FERNÁNDEZ BEF
Letras Libres




Seguramente la obra narrativa del norteamericano Philip K. Dick (1928-1982) es conocida por millones de personas gracias a Blade Runner (Ridley Scott, 1982), adaptación libérrima de su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Considerado por críticos y colegas como uno de los mejores escritores anglosajones de la segunda mitad del siglo XX, en vida jamás gozó ni de lejos del prestigio que su obra le acarrearía de manera póstuma. Ello sin duda se debió a su elección temática: Dick escribió casi cincuenta novelas y más de cien cuentos, en su mayoría de ciencia ficción.

Él mismo contaba que decidió escribir historias de este subgénero por la facilidad para venderlas en el circuito de las revistas dedicadas al tema. Corrían tiempos en los que un narrador profesional podía vivir de la colocación de sus relatos en un gran abanico de publicaciones, que iban desde las muy prestigiosas hasta las de gusto francamente dudoso. A esta última categoría pertenecían las que publicaban historias de robots y viajes espaciales.

Protagonista de una vida atormentada marcada por la adicción a las anfetaminas, siempre a medio camino entre la lucidez y la demencia, sus biógrafos coinciden en que Dick lamentó siempre su encasillamiento en un gueto que a mitades del siglo XX era “confundido por algunos críticos con un urinal”, en palabras de Kurt Vonnegut, Jr., otro prófugo de la ciencia ficción.
Lector de Dostoievski y Proust, así como de los griegos clásicos, las ambiciones literarias de Dick para dar el salto al mainstream literario se vieron frustradas cuando sus editores le dijeron que era imposible publicar libros serios de un autor identificado como de subgéneros. Así, Dick hubo de dejar en vida varias de sus novelas realistas archivadas en el cajón; varias de ellas habrían de publicarse después de su muerte.

Si bien obtuvo los máximos premios y galardones dentro de la ciencia ficción (incluyendo los premios Hugo y Nebula), lo anterior resulta lamentable si se compara la narrativa de Dick con la de cualquier otro autor emblemático del género de ese mismo periodo. Basta poner a su lado cualquier libro de Isaac Asimov o Arthur C. Clarke para que, en comparación, la prosa de estos últimos resalte por su aridez, por decir lo menos.

Esta minuciosa, casi obsesiva construcción de novelas costumbristas en mundos raros es lo que habría de distinguir el corpus narrativo de Dick del de cualquiera de sus colegas norteamericanos; debido a ello el novelista polaco Stanisław Lem lo llamó “un visionario entre charlatanes” y su compatriota Ursula K. Le Guin fue tan lejos como para decir que en Dick los norteamericanos tenían “a nuestro propio Borges”.

Pese a mi debilidad por Dick, dudo que su estatura literaria se pueda (o siquiera se deba) comparar con la del argentino. Me atrevo a afirmar, sin embargo, que su narrativa alcanza el punto de calidad más alto en sus novelas. Dick es un autor de largo aliento.

Su trabajo novelístico ha tenido recientemente el mayor reconocimiento crítico que puede tener un autor en su país: nueve de sus novelas han sido recopiladas en dos volúmenes dentro de la prestigiosa colección Library of America, colección editada por el National Endowment for the Arts del vecino país, que incluye entre sus títulos las más prestigiosas obras de la literatura norteamericana.

En una colección que incluye a autores que van desde Herman Melville hasta Philip Roth, de Walt Whitman a Isaac Bashevis Singer, Dick destaca como una oveja negra (eléctrica, desde luego) en un rebaño de blancas.

En el selecto catálogo de Library of America, sólo H.P. Lovecraft se movió en el mismo circuito editorial, mientras que los autores policiacos Dashiell Hammett y Raymond Chandler publicaban en el urinal de al lado.

Sin duda el propio Dick hubiera apreciado la ironía de la situación: los volúmenes de sus novelas son los que han vendido más ejemplares en menos tiempo de toda la colección. Sus nuevos vecinos de estantes son poetas laureados y narradores bendecidos con el reconocimiento canónico de la crítica norteamericana.

Por otro lado, las novelas compiladas en ambos volúmenes son una muestra selecta del mejor trabajo narrativo del autor. A saber, en el primero (número 173 de la colección) se antologan The Man in the High Castle, The Three Stigmata of Palmer Eldritch, Do Androids Dream of Electric Sheep? y Ubik, mientras que en el segundo (número 183) se editan Martian Time-Slip, Dr. Bloodmoney, Now Wait for Last Year, Flow My Tears, the Policeman Said y A Scanner Darkly, esta última adaptada recientemente al cine y todas ellas traducidas y editadas en algún momento en castellano.

El reconocimiento a la obra de Dick, si bien tardío, ofrece una oportunidad a los lectores para acercarse a la obra inquietante de una de las mentes más lúcidas, si bien delirantes, de la narrativa contemporánea, más allá de cualquier etiqueta genérica. ¿No es, después de todo, uno de los encantos de la literatura, construir mundos coherentes y personajes sólidos, por extraños que estos sean? Para ello nadie mejor que Philip K. Dick.

Asesinatos y campos de concentración: Una tragedia descomunal se está produciendo en Sri Lanka

ARUNDHATI ROY
[Traducido del inglés para La Haine por Felisa Sastre]



El horror que está en marcha en Sri Lanka ha sido posible gracias al silencio que lo rodea. Casi no existe información en los principales medios de información indios, e incluso en la prensa internacional, sobre lo que está sucediendo allí. El por qué, debería ser motivo de grave preocupación.

A partir de la escasa información que se filtra, parece que el gobierno de Sri Lanka se está sirviendo de la propaganda sobre la “guerra contra el terrorismo” como tapadera para desmantelar cualquier rastro de democracia en el país, y cometer crímenes inconfesables contra el pueblo tamil.

Basándose en el principio de que todo tamil es un terrorista salvo que él o ella puedan probar lo contrario, zonas civiles, hospitales y refugios están siendo bombardeados y convertidos en zona de guerra. Estimaciones fiables establecen el número de civiles atrapados por encima de los 200.000. El ejército de Sri Lanka está avanzando, armado con tanques y aviones de combate.

Mientras tanto, existen informes oficiales relativos a varios “establecimientos de acogida” para albergar a los tamiles desplazados en los distritos de Vavuniya y Mannar. Según un informe del Daily Telegraph, esos establecimientos “serán centros de retención forzosa para todos los civiles que huyen de los combates”. ¿Se trata de un eufemismo para decir campos de concentración?

Mangala Samaraveera, ex primer ministro, declaró al Telegraph: “Hace unos meses el Gobierno empezó a registrar a todos los tamiles de Colombo basándose en que podrían ser una amenaza para la seguridad, pero esa actuación podría tener otros objetivos, como los nazis en los años 1930. Básicamente están tachando de potenciales terroristas a toda la población civil tamil”.

Habida cuenta de su objetivo declarado de borrar del mapa a los Liberation Tigers(1) del Tamil Eelam(2), la malevolente destrucción de civiles y “terroristas” parece indicar que el gobierno de Sri Lanka está a punto de cometer lo que podría llegar a ser un genocidio. Según una estimación de la ONU, ya han sido asesinados varios miles de personas. Otros miles más están gravemente heridas. Los pocos informes de testigos presenciales que han salido a la luz son descripciones de pesadillas infernales.

Lo que estamos presenciando, o deberíamos decir que está sucediendo, en Sri Lanka- y que tan eficazmente se está ocultando a la opinión pública- es una descarada y abierta guerra racista. La impunidad con la que el gobierno de Sri Lanka puede cometer esos crímenes, en realidad encubre el prejuicio racista profundamente arraigado que es precisamente lo que en primer término ha llevado a la marginación y alineación de los tamiles de Sri Lanka. Ese racismo tiene una larga historia- de ostracismo social, bloqueo económico, pogromos y torturas. La naturaleza brutal de una guerra civil que dura décadas, iniciada como una protesta pacífica, tiene sus raíces ahí.

¿Por qué este silencio? En otra entrevista, Samaraveera decía que “hoy, los medios de información independientes son prácticamente inexistentes en Sri Lanka”. Él hablaba de los escuadrones de la muerte y de “secuestros con furgonetas blancas” que habían “aterrorizado” a la sociedad. Los disidentes, entre ellos varios periodistas, habían sido secuestrados y asesinados. La Federación Internacional de Periodistas acusa al gobierno de Sri Lanka de servirse de una combinación de leyes antiterroristas, desapariciones y asesinatos para silenciar a los periodistas.

Existen inquietantes pero no confirmados informes de que India está prestando material y apoyo logístico al gobierno de Sri Lanka en estos crímenes contra la humanidad. Si los informes son ciertos, es algo vergonzoso. ¿Qué pasa con los gobiernos de otros países? ¿Pakistán? ¿China? ¿Qué están haciendo para mejorar o para empeorar la situación?

En el Estado indio de Tamil Nadu, la guerra en Sri Lanka ha inflamado los ánimos y ha provocado la inmolación de diez personas. La cólera y la angustia públicas, auténticas en gran parte, otras cínicas por la manipulación política, se han convertido en un asunto electoral.

Resulta extraordinario que está preocupación no haya llegado al resto de la India. ¿A qué se debe el silencio en nuestro país? Aquí no existen “furgonetas blancas para secuestrar”, el menos no en relación con este asunto. Dada la envergadura de lo que está sucediendo en Sri Lanka, el silencio es inexcusable. Más aún habida cuenta de la larga historia de irresponsable implicación en el conflicto por parte del gobierno indio, a favor unas veces y en contra otras de una de los dos partes. Algunos de nosotros, incluida yo misma, que deberíamos haber hablado claro mucho antes, no lo hemos hecho simplemente por falta de información sobre la guerra.

Así que, mientras los asesinatos continúan, mientras se encierra en campos de concentración a decenas de miles de personas, mientras otras 200.000 se enfrentan a la hambruna, y se espera que ocurra un genocidio, existe un silencio letal en este enorme país.

Se trata de una tragedia humanitaria descomunal. El mundo debe intervenir. Ahora. Después será demasiado tarde.