"Fork in the road", Neil Young (2009)


KEPA ARBIZU
Lumpen




Aunque suene a argumento repetitivo, el hecho de no ver copadas las publicaciones y suplementos musicales con la noticia del nuevo disco de Neil Young, evidencia el nivel de enfermedad, casi terminal, en el que se encuentran la mayoría de ellas.

Llevaría mucho tiempo, y palabras, explicar cuál es la importancia del canadiense en la música actual. Por decirlo de una manera tajante, sin él, el conglomerado hoy tan de moda llamado “americana” perdería a uno de sus pilares esenciales, lo mismo sucedería con muchos de los iconos de la modernidad. No seré tan severo de preconizar su “no aparición” pero sí que les faltaría un ingrediente clave.

Neil Young nunca ha tenido un discurso ampliamente elaborado ni es el hombre más coherente, políticamente hablando. Son conocidas sus contradicciones, hay que recordar, por ejemplo, su apoyo a Ronald Reagan. Lo que también es verdad, es que siempre ha dicho y ha arremetido contra todas las cosas que convenía necesario sin importale la época, ni el pensamiento dominante en ese momento. Criticó duramente el colonialismo español que arrasó con el continente americano, se enarboló la bandera del feminismo en alguna canción y más recientemente, censuró severamente el mandato de Bush.

Ahora, haciendo caso a esos que le llaman el “último hippy”, vuelve a centrar su mirada en el ecologismo y en el respeto al planeta para crear un disco conceptual, “Fork in the road”, basado en la necesidad de despreciar el monopolio del petróleo y pensar en la utilización de otras energías. La historia es la de un hombre que viaja en su viejo coche por todo América sin utilizar el "oro negro".

Es una perfecta metáfora de lo que significa Neil Young hoy en día. No se resigna a ser simplemente un viejo dinosaurio enquilosado en épocas pasadas. Quiere ser parte de la actual sociedad y poner en evidencia sus contradicciones e injusticias. Además, su portada, otro pequeño guiño a la misma idea, es una imagen congelada del vídeo casero que colgó en internet.

Estilísticamente, el disco deja de lado casi por completo cualquier reminiscencia del country. Aquí, como ya hiciera en otros momentos de su carrera, afila las guitarras y arremete con dureza un sonido rockero. “When world collide” sirve como introducción, casi instrumental sólo adornada con un estribillo,marca el camino que seguirá el resto de composiciones. “Fuel line” es un derroche de sonido al estilo hard rock con tintes sureños, la voz suena con fuerza y desafiante. "Just singing a song” pertenece a esas melodías típicas de Young. Canción dura, cambiante en el ritmo y con estribillos más suaves y adornados por coros. “Johnny Magic” fue la canción que sirvió como adelanto y es la más movida gracias a su ritmo "rockandrollero" . Muy extraña resulta “Cough up the bucks”, canción clásica interrumpida con algo parecido a un rapeo. El experimento no sale tan mal parado como se podía esperar. "Get behind the wheel” es un blues de tipo texano en el que Neil Young no encuentra ningún problema para ejecutarlo con maestría. “Off the road” y “Light a candle” son los únicos dos respiros que hay en el disco. La segunda, un acercamiento al country resuelto de manera magistral. Para terminar, “For in the road” sirve como resumen de un trabajo de mucha fuerza y que, en este caso, suena a mezcla de hard rock y boggie.

Se trata de un disco creado para un momento muy determinado, seguramente no estamos ante una de esas creaciones que durarán a lo largo de los años. Aun así, eso no es óbice para no disfrutar y paladear una nueva colección de canciones de uno de los poco genios que nos quedan.

‘Netherland’ es una excelente novela sobre las consecuencias del 11-S en Nueva York

La última revelación de las letras americanas, Joseph O’Neill, nació en Irlanda y creció en Holanda antes de instalarse en Nueva York. En ‘Netherland’ utiliza el paisaje moral de la Gran Manzana después del ataque a las Torres Gemelas como metáfora del desmoronamiento de una pareja. Una brillante reflexión sobre la identidad y las dificultades de adaptación con el críquet como trasfondo



JORDI PUNTÍ
El Periódico de Catalunya




Una semana después del atentado contra las Torres Gemelas, en septiembre del 2001, escuché por la radio en Nueva York la confesión de un oyente. Tras la tragedia, decía, él y su mujer aún no habían mantenido relaciones sexuales: se sentían culpables de disfrutar mientras había tanta gente sufriendo. La identificación me pareció ingenua y exagerada, pero tenía su cosa. De la misma forma que, históricamente, los apagones generales se traducen nueve meses más tarde en un aumento de la población, no es extraño que las desgracias de gran magnitud social y mediática –terremotos, atentados, inundaciones– terminen usurpando el estado de ánimo de las personas. La poesía de la experiencia lo llama correlato objetivo.

CRISIS DE PAREJA

El punto de partida de Netherland, subitulada en castellano El club de críquet de Nueva York, la espléndida novela de Joseph O’Neill (Cork, Irlanda, 1964), contiene una identificación similar, aunque más justificada. El narrador, Hans, es un holandés que trabaja como analista económico en Londres. En 1999, él y su mujer, inglesa, se trasladan a Nueva York y al cabo de un tiempo tienen un hijo. Como viven en la parte baja de Manhattan, justo después del ataque del 11 de septiembre no pueden volver a casa y se refugian temporalmente en el Hotel Chelsea. Este estado provisional acaba afectando los cimientos de la relación y la mujer decide volver a Londres con su hijo. En un primer momento ella pone como excusa el terror que siente ante la posibilidad de un nuevo ataque, pero cuando él dice que volverá con ella, sale a la luz la insatisfacción amorosa. No, él tiene que quedarse. El narrador escribe: «La misma vida se había vuelto incorpórea. Mi familia, la columna vertebral de mis días, se había desmoronado. Estaba perdido en un tiempo de invertebrado». La identificación con las Torres Gemelas es efectiva.

El Nueva York de después del atentado es el paisaje moral en que el protagonista deambula desorientado. Si su aflicción se vuelve más soportable es gracias a la galería de personajes que conviven con él en el Hotel Chelsea y, sobre todo, a su afición por jugar al críquet. A través de este deporte, sin tradición en Estados Unidos y que solo practican varias minorías étnicas, conoce a Chuck Ramkissoon. Chuck es un antillano metido en mil negocios y que tiene el sueño de construir un gran estadio de críquet en Nueva York. Hans, que es el único jugador blanco de su equipo, va narrando los pliegues de esta extraña amistad. Como contrapunto, el lector accede también a un repaso de sus viajes a Londres, para rehacer el matrimonio, y a los recuerdos de su infancia en Holanda que le suscita el críquet.

Con estos mimbres, Joseph O’Neill trenza una brillante reflexión sobre la identidad y las dificultades de adaptación. ¿Qué nos define mejor, el lugar donde vivimos o el lugar donde hemos nacido? Chuck representa el inmigrante que quiere asimilarse a cualquier precio para formar parte de una idea de éxito. Hans, en cambio, lucha contra la sensación de fracaso. Su relato mantiene siempre un tono lírico y escéptico, y solo el personaje de su esposa –malhumorada y cruel– resulta un poco esquemático. Escrita con un gran virtuosismo estilístico, de corte tradicional, Netherland fue una de las 10 mejores novelas del pasado año en Estados Unidos y lo podría ser también aquí.

¿Policía antidisturbios o disturbios causados por la policía?

GEORGE MONBIOT
SIn Permiso/The Guardian



El pasado 1 de abril las protestas contra la reunión del G20 en Londres se encontraron con un fuerte despliegue policial. Utilizando una táctica conocida como la "tetera" (kettle), la policía metropolitana de Londres acordonó a 4.000 manifestantes en las calles circundantes al Banco de Inglaterra, sin lavabos públicos ni agua corriente, durante varias horas. Quienes quisieron abandonar el cerco fueron obligados a identificarse y ser fotografiados por la policía. El objetivo de esta táctica es que los ciudadanos se lo piensen dos veces antes de participar en futuras protestas, pues habrán de decidir si quieren ser encerrados durante ocho horas sin alimentos ni agua ni presencia de los medios de comunicación y, al abandonar, ser fotografiado y obligado a identificarse. Las protestas terminaron con más de 100 detenidos.

Los alborotadores están otra vez a la orden del día. Vestidos de negro, con sus rostros parcialmente tapados, algunos de ellos parecen únicamente interesados en la confrontación violenta. Es como si estuviesen caldeando el ambiente deliberadamente, provocando y provocando hasta que estalla una pelea. Pero no se trata de una turbamulta. Esta gente están actuando claramente de manera coordinada. Hay otra cosa que los delata. Todos llevan el mismo eslógan: Policía.

La policía ha estado hablando durante semanas de estallidos de violencia en las protestas contra la reunión del G20. Enviaron comunicados a los periodistas y a las empresas en la City de Londres sobre las diabólicas intenciones de los defensores del medio ambiente que querían protestar allí, pero rechazaron la posibilidad de que estos manifestantes pudiesen consultar los comunicados para dar su versión de la historia. También rechazaron a los manifestantes cuando trataron de explicar a la policía que es lo que querían hacer.

Por el modo en que los agentes se pertrecharon con todo el equipo antidisturbios y arremetieron contra una multitud pacífica esta tarde, parece casi como si estuvieran tratando de asegurar que sus predicciones se tornasen una realidad. Parece que sus jefes no han leído o considerado el informe del comité parlamentario sobre derechos humanos de la semana pasada sobre el mal uso de la fuerza policial contra los manifestantes. "Aunque reconocemos que los agentes de policía no deberían ser situados en posiciones de riesgo de heridas graves", decía el informe, "el despliegue de la policía antidisturbios puede caldear innecesariamente el ambiente en las protestas."

Pero siempre ha habido un conflicto de intereses inherente en la policía. Se supone que la policía previene el crimen y mantiene seguras las calles. Pero si tienen demasiado éxito en su tarea, se quedan sin trabajo. Tienen un poderoso interés en exagerar las amenazas y, quizá, en asegurarse de que en ocasiones esas amenazas se materializan. Esto podría explicar lo que he visto en una protesta tras otra, donde manifestaciones pacíficas se convertían en una desagradable trifulca cuando la policía cargaba. La violencia salvajamente desproporcionada e innecesaria que en ocasiones he visto desplegar a la policía a duras penas podría estar mejor diseñada para provocar una reacción.

Si es así, no pierden nada. Puede que los parlamentarios les echen un rapapolvo o que reciban las quejas de la comisión de la policía a tal efeco. Nada de ello parece preocuparles. Inculcando la idea en la opinión pública de que las calles pueden estallar en una violencia catastrófica en cualquier momento de no ser por los gruesos cordones policiales que rodean hasta a la manifestación más amable, establecen la necesidad de una fuerte presencia policial. Mientras la opinión pública viva con miedo, ningún gobierno se atreverá a recortar el presupuesto de la policía.

Neonazis. Las marchas racistas quedan impunes


Madrid ha acogido en el último año una decena de protestas radicales en las que se incumplió sin castigo el Código Penal

SUSANA HIDALGO
Público



La denuncia de que los neonazis campan a sus anchas por Madrid llega tanto de grupos antifascistas como de las ONG Movimiento contra la Intolerancia, SOS Racismo y asociaciones de inmigrantes Aesco. Todos coinciden en acusar a la Delegación del Gobierno de Madrid de permitir que el colectivo se manifieste sin problemas en la capital.

En el último año, al menos una decena de grupos de ultraderecha (Democracia Nacional, Falange o Movimiento Patriótico Socialista) han desfilado por las calles de la ciudad. Pese a que casi todas esas marchas terminaron en trifulca, la Delegación del Gobierno no tiene previsto un mayor control sobre estos grupos.

El último ejemplo es del sábado 28 de marzo en el Puente de Vallecas (Madrid). Medio millar de neonazis se manifestaron con permiso de la Delegación del Gobierno y del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, las instancias que tienen que dar su consentimiento a las protestas callejeras.

Los manifestantes llevaban bates de béisbol y cascos de la Policía, insultaron a inmigrantes, se burlaron de Carlos Palomino (vecino de Vallecas asesinado hace dos años por un ultraderechista) y entonaron lemas nazis. Todos estos actos están penados con la cárcel en el Código Penal, tanto por provocación al odio (Artículo 510) como por difusión de delitos de genocidio (Artículo 607).

Cruce de la M-30

Las ONG de defensa de los derechos humanos habían avisado del peligro de autorizar una marcha de ese tipo. Sin embargo, los agentes de la Unidad de Intervención Policial, los antidisturbios, encargados de vigilarla no identificaron a ningún manifestante de la ultraderecha. Sí detuvieron, en cambio, a una veintena de antifascistas que participaban en una contramanifestación.

"Los fascistas cruzaron la M-30 sin que nadie les parase. Mientras, vecinos de Vallecas eran cacheados y obligados a ponerse de cara a la pared", aseguran varios testigos. Además, los fascistas cambiaron sobre la marcha el recorrido que les había impuesto la Delegación del Gobierno y pasaron a propósito por Vallecas, el barrio donde vivía Palomino. Allí corearon gritos como: "¡Carlos, pardillo, devuélvenos el cuchillo!".

Como protesta, unos 25 antifascistas ocuparon el pasado miércoles la sede del PSOE en el Puente de Vallecas. Poco después, enviaron un vídeo en el que mostraban su acción "pacífica" y denunciaban "la complicidad absoluta y descarada del PSOE y la Policía con los grupos neonazis".

"El 28 de marzo, se incumplieron varios artículos del Código Penal y la Policía no identificó a ninguno de los fascistas", denuncia Esteban Ibarra, portavoz de Movimiento contra la Intolerancia. Esta ONG pide que la Policía filme las manifestaciones para luego tener pruebas, tal como se hizo en la Librería Europa en Barcelona hace unos meses.

Ante la polémica, un portavoz de la Delegación del Gobierno remite a las declaraciones que hizo el martes pasado su responsable, Soledad Mestre. La delegada anunció un expediente sancionador a Movimiento Patriótico Socialista (partido político que organizó la marcha) por no cumplir el recorrido. Nada más.

Mestre justificó la autorización a la marcha porque la petición no incumplía la ley. Y así era; los convocantes, como es lógico, nunca propagan sus ideas en el escrito de solicitud para sus protestas. Por ejemplo, el lema de esta última era: "La crisis que sufre el obrero, que la paguen los banqueros". Delegación del Gobierno también se justifica en que en ocasiones ha prohibido estos actos, como pasó recientemente en Alcalá de Henares .

Cascos de la policía sobre las cabezas rapadas

Algunos participantes en la manifestación que el sábado 28 de marzo organizó en Madrid un partido de la ultraderecha (Movimiento Patriótico Socialista) portaban cascos de la Policía, según reconocieron 3 S. H. MADRID fuentes policiales al observar fotografías que están circulando por Internet. “Estos cascos de motorista son los que utiliza la Policía de Proximidad, aunque a los de la fotografía les falta la pegatina oficial de la Policía”, confirmaron fuentes policiales. Además, dichas fuentes agregaron que uno de los participantes en la marcha por Puente de Vallecas [en la fotografía adjunta] llevaba también los guantes que utiliza la Policía de Proximidad. A partir de ahí, hay varias opciones. “Los cascos de motorista pueden haber sido robados o bien comprados en Internet”, afirman fuentes policiales. Existe una página web de venta de parafernalia policial y militar donde se pueden comprar por 74 euros. Hay una tercera vía: que entre los manifestantes hubiese también policías o familiares dee estos. La ley impide a estos profesionales manifestarse con el uniforme o portando útiles de trabajo. Los antidisturbios no identificaron a ningún ultraderechista, así que no hubo detenciones.

"Hay un doble rasero según la ideología"

Entrevista a Jaume Asens, abogado y vocal de la Comisión de Defensa del Colegio de Abogados

- La Delegación del Gobierno en Madrid argumenta que da el visto bueno a las marchas ultraderechistas porque, en sus peticiones, no incurren en ninguna ilegalidad. ¿Habrá que hacer unos mayores controles?

- Seguramente, sí. Debe, no obstante, examinarse con cautela cada caso. No puede restringirse el derecho de manifestación así como así. Lo que no es de recibo es que se permitan esas marchas mientras se prohíban las abertzales o se quiera encarcelar por ofensas a la unidad de España a los que portestan quemando banderas rojigualdas o retratos reales.

- ¿Le consta si en alguna marcha de la ultraderecha se ha detenido a alguien por hacer apología del nazismo o llevar simbología nazi?

- No me consta. Hay, en ese sentido, un doble rasero institucional respecto al tipo de manifestación que sea. En Barcelona, está muy presente el 12 de octubre de 1999: mientras unos nazis-skins, detenidos por agresiones racistas, quedaban en libertad, los antifascistas que protestaban en contra terminaron en prisión.

- ¿Cree que hay suficiente interés en España, policial y judicial, para controlar a la ultraderecha?

- El odio es un sentimiento libre, pero la apología del nacionalsocialismo o la incitación al odio racial es otra cosa. Existe una extraña permisividad hacia estos actos y eso contrasta con la creciente criminalización penal de ciertas críticas o ideas políticas. El caso de la viñeta humorística de 'El Jueves' es un claro ejemplo.