Elvis Perkins: "Una canción es energía concentrada en cuatro minutos"


Foto de Gregory Pérez

FERNANDO NEIRA
El País

Aunque no le reconozcan, es evidente que este Elvis Perkins no puede ser sino un artista. Le delata el cuidado desaliño de esa media melena, las gafas de pasta con cristales tintados en amarillo, la bufanda de mercadillo bohemio, ese pañuelito que asoma por la americana y, por si quedara algún atisbo de duda, la armónica amarrada al cuello. "Es mi collar estilo Bob Dylan", bromea un hombre que dice sentirse más cómodo escribiendo canciones que explicándolas.

Tiene 33 años y una biografía que siempre comienza mencionando a sus ilustres padres. Él era el actor Anthony Perkins, fallecido en 1992; ella, la fotógrafa de moda Berry Berenson, viajaba en uno de los aviones que se estrellaron contra las Torres Gemelas el 11-S. Casi inevitable que su primer disco, Ash Wednesday (Miércoles de Ceniza, 2007), encerrase un buen puñado de meditaciones sombrías y atormentadas. Las cosas han cambiado ligeramente con In dearland (En tierra querida), su álbum recién publicado, que anoche presentó en la sala El Sol.

¿Llegará el día en que las crónicas se refieran a Anthony Perkins como "el padre de Elvis Perkins"?

Sería agradable, pero no lo sé. Lo dudo. Papá dejó una impresión enorme en el subconsciente colectivo y yo he crecido a la sombra de esa huella. Él se marchó hace tiempo, mucho antes de que yo comenzara a grabar mi música. Por eso se me hace un poco extraño hablar de él en este contexto.

¿Pasó mucho miedo la primera vez que vio Psicosis?

Uhm, vaya pregunta. No, no tuve miedo; ni siquiera recuerdo con nitidez cuándo fue esa primera vez. Pero mi padre se tomaba con mucho humor la repercusión que tuvo la película. Mucha gente se le acercaba por la calle o en los actos públicos y le decía: "Gracias a usted, mi esposa no ha vuelto a meterse en la ducha". Eso sí, yo no puedo ver ese largometraje con los mismos ojos que usted o que cualquier otro. Aún hoy me impacta y extraña contemplar a mi propio padre, tan joven, actuando en esa cinta maravillosa.

A juzgar por el tono luminoso de In dearland, ¿vuelve a ser ahora un hombre feliz?

Moderadamente feliz. Bueno, no estoy seguro. La felicidad es un cúmulo de emociones fugaces y yo intento capturarlas viviendo en paz conmigo mismo y no pensando demasiado ni en el pasado ni en el futuro. En el nuevo disco asoman nuevas vibraciones, es cierto. No llegan a ser canciones felices, pero sí más divertidas.

¿Ash Wednesday le ahorró muchas sesiones en la consulta del psicoterapeuta?

Algunas, pero tuve que acudir de todos modos. La angustia o el duelo son percepciones muy extendidas; incluso los medios de comunicación les dedican grandes reportajes. Sin embargo, a mí sólo me ayudó la catarsis de la escritura. Fue una bendición poder expresarme en un idioma propio, lidiar con los problemas a mi manera.

Rodeado de actores, diseñadores o fotógrafos en la familia, ¿no le quedó más remedio que hacerse artista?

Uf, no estoy seguro de que exista el destino, pero es cierto que nunca podría haber sido abogado, por ejemplo: no tengo la mollera preparada para esas cosas. Al final repites lo que ves, igual que el hijo del carpintero acaba desarrollando buena mano con la madera. Es una cuestión de evolución y supervivencia.

¿Se considera un joven del siglo XXI?

Hace poco me lo preguntaba, precisamente, porque no estoy nada seguro de conocer la respuesta. Podría incluir cajas de ritmos en mi música o aplicar a mi voz un programa de afinación automática, pero no me interesa demasiado. Lucho por ser yo mismo, sin más lecturas entre líneas, y las canciones que me gustan son éstas.

Sólo que ahora dispone de una banda estable a su alrededor.

Sí, y eso ya sirve para ampliar un poco el espectro de influencias y hacerlo algo más resplandeciente.

¿Confía en que una canción le pueda cambiar a alguien la vida?

Todo lo que conoces o escuchas cambia tu percepción de la realidad. Incluso cuando vas tranquilamente paseando por la calle, puedes cruzarte con un rostro o una mirada que te cambie el día. Mucho más una canción, que es energía concentrada en cuatro minutos, magia de alto voltaje. Creo firmemente en el poder sanador e inspirador que una buena canción pueda transmitirle a una buena persona.

Hoy acaba su gira europea. ¿Le agota la carretera o aún tiene fuelle?

A veces puede fatigarte el trasiego o la obligación de tocar en tal sala de nueve a diez y media de la noche. Pero la música es un material demasiado poderoso y misterioso como para que le prestemos mayor atención a estas otras minucias.

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NANDO SALVÁ
El Periódico de Catalunya




–A diferencia de lo que sucede en muchos biopics sobre el mundo del rock, usted no ha enmarcado la historia de Ian Curtis alrededor de una colección de números musicales.

–No creo que Control sea un biopic, porque no es una película sobre Joy Division. Es la historia de un chico que resulta convertirse en cantante de esa banda, así que, inevitablemente, hay una parte de la película en la que Joy Division debe estar presente, pero el centro es exclusivamente Ian Curtis. un joven que perdió el rumbo y vivió un amor realmente dramático. Por eso integré los conciertos en su historia personal, y no lo contrario.

–¿Por qué cree usted que acabó suicidándose?

–Creo que el principal motivo fue su epilepsia. Sufría increíbles cambios de humor a causa de los efectos secundarios de las medicinas que tomaba. Además, no paraba de beber alcohol. Era consciente de que el grupo no podría contar con él para los conciertos, por el riesgo a que sufriera ataques sobre el escenario. Tampoco podía sostener a su bebé. Todo eso creció demasiado en el interior de su cabeza.

–¿Trató usted de dibujar paralelismos visuales entre el estilo interpretativo de Curtis sobre el escenario y su epilepsia?

–Sí, hay quien dice que sus movimientos en escena estaban basados en su epilepsia. No lo sé, nunca he visto a nadie de quien pudiera haberlos copiado. La importancia de mostrar a Joy División en la película también estaba en el hecho de que Ian se convertía en alguien totalmente diferente cuando estaba en el escenario, y era vital mostrar esa parte de su carácter.

–¿Por qué rodó Control en blanco y negro? ¿Quizá para ser fiel a su propio estilo fotográfico?

–Mi recuerdo de Joy Division es en blanco y negro. Si uno mira las fotografías y demás imágenes disponibles de la banda, un 99% de ellas son en blanco y negro. En los años 70 y principios de los 80, las revistas de música se imprimían a un solo color.

–¿Qué tuvo de rescatar de su experiencia personal para rememorar esa época?

–Cuando era joven era muy melancólico, en parte porque en los 70 la música tenía un significado muy distinto. La primera escena de la película, en la que Ian vuelve a casa con un disco bajo el brazo… ese soy yo. Estaba conectado con el mundo a través de los discos, de sus portadas. En la época del vinilo uno tenía sensaciones que no pueden percibirse con un cedé. Cómo el disco gira, cómo cruje al hacerlo. Es encantador, lleno de vida. Los cedés no están vivos.

–¿Es cierto que inicialmente rechazó hacer esta película por miedo a ser encasillado como alguien cuyo trabajo está siempre relacionado con la música?

-Insisto en que Control no es una película de música, sino una historia de amor que incluye algo de música. Del mismo modo, mi fotografía no es solo musical. Me siento insultado cuándo la gente me etiqueta como un fotógrafo del mundo del rock, porque eso define solo lo que se ve en la imagen, no cómo esa imagen fue tomada. Tengo retratos de Nelson Mandela, de Allen Ginsberg, de Miles Davis, de Bono, de Isabella Rossellini… No es solo fotografía musical.

–¿Es extraño para usted ser ahora reconocido mundialmente como cineasta, cuando ha estado dirigiendo vídeos musicales desde hace tiempo?

–Sí, pero los videoclips son casi como un pasatiempo, el cine es algo mucho más serio. Con las películas uno puede cambiar la percepción que la gente tiene de las cosas, lograr un impacto emocional. Solo recuerdo un video musical que me impactara de ese modo, y es Hurt, de Johnny Cash.