J. G. Ballard, escritor y gran visionario moderno


El autor de 'El imperio del sol' falleció ayer a los 78 años


JACINTO ANTÓN
El País




El soñador de catástrofes se ha adentrado en el más ignoto de los territorios devastados: el escritor británico James Graham Ballard, uno de los grandes visionarios del siglo XX, considerado el último de los surrealistas y maestro de la ciencia-ficción más literaria, falleció ayer, 19 de abril, a los 78 años, a consecuencia del cáncer de próstata que sufría. El autor había revelado su enfermedad, y que no esperaba curación, en su autobiografía Milagros de vida (Mondadori), aparecida el año pasado. Ballard era viudo desde que su esposa, Mary Ballard, falleció trágicamente en 1963 en Alicante durante unas vacaciones en familia. El escritor sacó adelante a sus tres hijos y desde hace cuarenta años mantenía una relación de pareja con Claire Walsh, que lo ha acompañado hasta la muerte.

Ballard, nacido en 1930 en Shanghai, donde sus padres eran miembros de la colonia británica, tuvo una infancia exótica y aventurera en China al vivir la invasión japonesa y verse recluido con su familia en un campo de concentración. Esa experiencia dramática la narró en su novela más conocida, la autobiográfica El imperio del sol (1984), que Spielberg convirtió en película. Ballard regresó a Reino Unido de adolescente y nunca pudo adaptarse al mundo gris y cerrado de la sociedad británica de posguerra. Estudió Medicina, y la anatomía y la disección forman parte integrante de su literatura, a veces de una perturbadora fisicidad y sexualidad. También se enroló en la fuerza aérea (RAF) donde realizó el curso de piloto, y el imaginario de los aviones y el vuelo -especialmente lo relacionado con la caída de los fulgurantes aparatos- aparece en sus textos.

Las imágenes, sueños y experiencias traumáticas de la China devastada por la guerra le acompañaron toda la vida y formaron en buena medida su mundo creativo, caracterizado por una conexión tremendamente fructífera con el inconsciente que se expresaba en una capacidad asombrosa para el simbolismo y las metáforas.

Los edificios deshabitados, los night-clubs y hoteles abandonados, las piscinas vacías, los desiertos... son algunos de los no-lugares oníricos que pueblan los sensacionales cuentos y novelas de Ballard, cuya lectura provoca una sensación escalofriante, a la vez de extrañeza y reconocimiento. En una ocasión, entrevistado por quien firma estas líneas, el escritor, que tras la muerte de su mujer pasó una época abismal de alcohol, desesperación y sexo, afirmó que no necesitaba drogas para imaginar sus mundos, algunos de los cuales tienen una luminosidad lisérgica: "No hay droga como la mente". Algunos críticos vieron en su escritura un elemento enfermizo, malsano y perverso. Sus muchos admiradores, en cambio, destacan su capacidad de avizorar el futuro y escrutar en las profundidades de nuestras almas, sondeando los elementos más tenebrosos, pero también los más conmovedores y extraordinarios.

Admirador de los pintores surrealistas, de Magritte, de Dalí, de De Chirico, de Delvaux sobre todo, de los que su universo imaginario es muy deudor, Ballard estuvo muy interesado por el mundo artístico y se vinculó a los movimientos vanguardistas de los sesenta. En una ocasión, incluso organizó una exposición de automóviles destrozados en accidentes, un tema que le obsesionaba y que sublimó en su novela Crash (1973), llevada al cine por David Cronenberg. De su época experimental, en la que no dudó en acercarse a la pornografía y rodear su escritura de elementos morbosos y alucinatorios, son libros inclasificables como La exhibición de atrocidades.

Varias de sus obras más conocidas giran en torno a catástrofes que amenazan la Tierra y conducen a los personajes a una regresión psicológica, a un apocalipsis interno que no deja de tener un elemento de regeneración. Novelas como El mundo sumergido, La sequía o El mundo de cristal, imaginan la civilización abocada a su fin respectivamente por inundaciones, falta de agua o un extraño fenómeno que cristaliza la naturaleza. El año pasado, el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona le dedicó una magnífica exposición que revisaba todos los aspectos de su obra. Ballard era consciente de que se moría y sus últimos tiempos los ha pasado colaborando con su médico en una suerte de experimento literario en torno a su enfermedad, del que no se sabe si sus frutos verán la luz pública.

Obama exonera a los torturadores de la CIA

PATRICK MARTIN
World Socialist World Site (Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández)




El presidente Barack Obama anunció el pasado miércoles que los agentes de la CIA implicados en los casos de torturas a prisioneros durante los últimos siete años no van a ser enjuiciados ni castigados. Cuando el Departamento de Justicia hizo públicos los memorandos en los que se documentaban con todo tipo de detalles espeluznantes las directrices seguidas por la administración Bush en los interrogatorios, la Casa Blanca dejó claro que ni quienes ordenaron la tortura, ni quienes la ejecutaron, tendrían que enfrentarse a la justicia.

La Oficina del Asesor Jurídico, un brazo del Departamento de Justicia estadounidense, fue quien escribió, en 2002 y 2005, los cuatro memorandos publicados el miércoles. Forzó su publicación un tribunal que estableció una fecha tope para la misma en un juicio del Acta por la Libertad de Información promovido por la Unión por las Libertades Civiles Americanas (ACLU, por sus siglas en inglés).

La ACLU denunció el comunicado de la Casa Blanca de Obama excluyendo cualquier enjuiciamiento de los torturadores. Anthony Romero, Director Ejecutivo de la ACLU dijo que los memorandos “proporcionan pruebas más irrefutables aún de que los funcionarios de la administración Bush, al más alto nivel del gobierno, autorizaron y dieron su bendición legal a actos de tortura que violan tanto el derecho internacional como el estadounidense”.

El documento de los memorandos detalla los métodos empleados contra treinta prisioneros –un número mayor del anteriormente admitido- que incluían simulación de ahogamiento, palizas y patadas, estamparles la cabeza contra un muro, bofetadas, mantenerles de pie durante largos períodos de tiempo, desnudez forzosa, sujeción prolongada con grilletes, privación de sueño, privación de alimento y amenazas contra los miembros de la familia de un detenido.

El Fiscal General Eric Holder, oficial jefe para la aplicación del derecho estadounidense, defendió la decisión de no cumplir las leyes contra la tortura diciendo: “En una época de grandes desafíos y de alarmante desunión, nada vamos a conseguir gastando nuestro tiempo y energía en tratar de perseguir las culpas del pasado”.

El director de la CIA Leon Panetta, un ex congresista demócrata y ex jefe del gabinete de la Casa Blanca con la administración Clinton, envió un mensaje a los empleados de la CIA que habían declarado que la CIA, bajo la administración Bush, había “repetidamente solicitado y repetidamente recibido seguridades escritas por parte del Departamento de Justicia de que sus prácticas eran totalmente acordes con las leyes y obligaciones legales de los Estados Unidos. Esas operaciones fueron también aprobadas por el presidente y los directivos del Consejo de Seguridad Nacional y asimismo se informó de las mismas a los representantes del Congreso”.

La declaración de Panetta subraya una de las principales consideraciones de la Casa Blanca de Obama. Cualquier esfuerzo serio para someter a enjuiciamiento los “sitios negros” de la CIA –las prisiones secretas establecidas como parte de la “guerra contra el terror” de la administración Bush- expondría de forma inevitable a los dirigentes demócratas del Congreso, incluyendo a la Portavoz de la Cámara, Nancy Pelosi, y al líder de la mayoría en el Senado, Harry Reid, a sanciones criminales porque ellos sabían, y aprobaron, los brutales métodos ordenados por Bush y Cheney.

La administración Obama no sólo se niega a enjuiciar a los funcionarios de la CIA, dijo Panetta, además el Departamento de Justicia proporcionará asesoramiento legal gratis a todo aquel que se vea “sometido a investigación en relación con esas operaciones”. Esto significa que el gobierno estadounidense representará y defenderá a los torturadores de la CIA en caso de que tuvieran que enfrentarse a una investigación por parte del Congreso, a juicio civil por parte de sus víctimas, o a acciones judiciales bajo el derecho internacional, tales como la Convención Internacional contra la Tortura, de la cual Estados Unidos es signatario. El gobierno estadounidense pagará también cualquier sentencia condenatoria contra agentes de la CIA que implique indemnización por daños.

El mismo Obama envió una carta a todos los empleados de la CIA explicando su decisión de publicar los memorandos sobre la tortura, una acción a la que se oponían Panetta y el ex director de la CIA Michael Hayden. Escribió: “Es necesario que esos memorandos se publiquen en función de nuestro compromiso con el imperio de la ley”. Ese compromiso se extiende sólo a producir unas hojas de papel –publicadas con nombres y redactadas con otros detalles comprometedores- pero no se refiere a imponer ahora algún tipo de sanción contra quienes cometieron esos crímenes espantosos.

El texto de la declaración de Obama emitido por la Casa Blanca es la típica mezcla de hipocresía, demagogia y mentiras que está caracterizando los principales pronunciamientos del nuevo presidente. Obama nunca utiliza en él la palabra tortura, sustituyéndola por una serie de eufemismos que los medios repitieron después como papagayos y donde la palabra “tortura” aparece sólo en las citas de los críticos ante la decisión de la Casa Blanca.

Obama afirma: “En una de mis primeras actuaciones como presidente, prohibí que EEUU utilizara esas técnicas de interrogatorio porque socavan nuestra autoridad moral y no nos proporcionan mayor seguridad”. En realidad, esa prohibición no es absoluta y es esencialmente un gesto cosmético con el objetivo de restaurar la “autoridad moral” de una potencia imperialista que ha perpetrado crímenes de guerra masivos.

Deshaciéndose en disculpas ante la CIA por publicar los documentos, Obama se apresuró a tranquilizar a las agencias de inteligencia expresándoles que siguen contando con su apoyo, declarando: “En un mundo peligroso, Estados Unidos debe desarrollar en ocasiones operaciones de inteligencia y proteger la información clasificada por motivos de seguridad nacional. He luchado ya por ese principio en los tribunales y lo volveré a hacer en el futuro”.

Obama describe a los torturadores de la CIA como gentes “que llevaron a cabo sus tareas confiando con buena fe en el asesoramiento legal del Departamento de Justicia de que no serían sometidos a enjuiciamiento”. Esto recoge los ecos de la defensa de “fue en cumplimiento de las órdenes recibidas” que el Tribunal de Nuremberg rechazó cuando los criminales de guerra nazi intentaron acogerse a la misma.

Nadie necesitaba un memorando para que le dijeran que los métodos empleados en los “sitios negros” de la CIA eran brutales, repugnantes y criminales. Esa es la razón por la que la CIA y sus protectores están utilizando tácticas obstruccionistas frente a los tribunales mucho después de que esos detalles vieran la luz a través de filtraciones a la prensa basadas en los relatos de quienes sobrevivieron a esos interrogatorios, así como a los hallazgos del Comité Internacional de la Cruz Roja.

La mayor parte del comunicado de Obama está dedicado a glorificar a la “comunidad de la inteligencia”, en un lenguaje que parece haberse hecho eco, palabra por palabra, de las de Bush y Cheney: “Los hombres y mujeres de nuestra comunidad de inteligencia sirven valientemente en las líneas del frente de un mundo peligroso. No se reconocen sus logros ni se saben sus nombres, pero debido a sus sacrificios, todos y cada uno de los estadounidenses viven más seguros. Debemos proteger sus identidades con el mismo empeño con que ellos protegen nuestra seguridad y debemos proporcionarles confianza en que pueden hacer sus tareas”.

La verdad es que las agencias de inteligencia de la CIA cometen asesinatos, torturas, subversiones y provocaciones en interés no del pueblo estadounidense sino de la elite gobernante financiero-corporativa estadounidense. La CIA es vilipendiada por todo el mundo como “Asesinato Incorporado” estadounidense, que ha derrocado gobiernos en nombre de Washington, instigado guerras civiles y establecido dictaduras militares país tras país.

La declaración de Obama contiene una abyecta cobardía al doblegarse ante el poder de los aparatos de inteligencia/militar y adoptar su historia de violencia y contrarrevolución, como promete en el comunicado: “Haré siempre cuanto sea necesario para proteger la seguridad nacional de Estados Unidos”.

Para terminar, el presidente de EEUU declara: “Este es un momento de reflexión y no de castigo… no ganaremos nada empleando nuestro tiempo y energías en buscar culpas por el pasado. Nuestra grandeza nacional va incrustada con la capacidad de EEUU para corregir su curso en concierto con nuestros valores fundamentales y avanzar con confianza. Es por eso por lo que debemos resistir a las fuerzas que nos dividen y marchar juntos en nombre de nuestro común futuro”.

¡Qué cínica basura! ¡Como si pudiera acabarse con la tortura exonerando a los torturadores y ocultando sus crímenes a la gente!

El mensaje es claro: cualquiera que exija responsabilidades por los crímenes cometidos bajo la administración Bush (y continuados bajo la administración Obama) está actuando para “dividir” a la nación.

Al declarar una amnistía para quienes perpetraron acciones que –incluso según la administración Obama- constituían tortura y eran ilegales, la Casa Blanca está sancionando una actividad criminal a través del estado. Esto supone dar carta blanca a los aparatos de inteligencia y militar para que utilicen cualquier método ilegal que se les antoje.

Obama, al doblegarse ante las fuerzas más reaccionarias del estado está reforzando el inmenso y siempre creciente poder que ese “estado dentro del estado” ejerce sobre todos los aspectos de la política del gobierno. Es una demostración más de la descomposición terminal de la democracia estadounidense.

David Byrne: "Bush fue un Midas al revés: arruinó todo lo que tocó"

Desde que en 1974 sacudió la escena musical internacional con The Talking Heads, el músico estadounidense David Byrne (1952) no ha dejado de mostrarse como paradigma del artista multidisciplinario. Moviéndose entre el clasicismo y la vanguardia, a través de la música, las artes plásticas y visuales, o ahora desde la blogosfera, Byrne es siempre apuesta de modernidad. Ahora recorre el mundo con una nueva gira y habla de todo: música, política, tecnología




BRUNO GALINDO
La Vanguardia/Clarín




'Hogar', 'casa', 'día' y, sobre todo, 'vida': estas palabras se repiten obsesivamente en 'Everything That Happens Will Happen Today', el disco que ha grabado junto a Brian Eno. ¿Podemos decir que se enfoca en la relación confort/ vacío de la vida urbana contemporánea? Y más allá: ¿podemos afirmar que esa es una obsesión recurrente en sus letras desde Talking Heads?


-Sí, supongo que me repito mucho, como si a través de algún conjuro esas palabras tan cargadas pudieran revelarse a sí mismas. Esas palabras resuenan de un modo diferente dependiendo del contexto y del periodo de nuestras vidas, la hora del día, nuestra salud: Nuestra Historia. Y aunque se repiten, hoy significan algo y mañana algo distinto. El confort y la estabilidad son algo que deseo pero que al mismo tiempo temo. Quiero ser hogareño y estar entre amigos en un lugar seguro, pero también tengo un pánico, posiblemente irracional, a que la comodidad sofoque la creatividad. Esta podría ser una perspectiva protestante, y eso que no me he criado en esa religión. Nací en Escocia y crecí en los Estados Unidos, así que todo eso ya debería haberse borrado.

-Las ilustraciones del disco también recrean esas palabras: se ven los planos de un hogar perfectamente equipado, pero frío y vacío.

-Fue una idea brillante de Stefan (Walter, el ilustrador): la imagen de una casa perfecta pero también algo inquietante. La perspectiva es ligeramente errónea, la textura es imperfecta y hay indicios de apocalipsis: la imagen borrosa de un hombre con prismáticos que asoma por una ventana, el jardín con esos misteriosos respiraderos que conducen a un sótano... Es el mismo conjunto de emociones desparejas de las canciones: comodidad y terror, apocalipsis y esperanza. Son ideas contradictorias, pero eso debe ser lo que siento. Esas cosas coexisten.

-"En estos tiempos agitados aún puedo ver / Podemos utilizar las estrellas para guiarnos en el camino", canta en 'One fine day'. Hay algo postindustrial pero al mismo tiempo positivo en el disco. ¿Lo sigo?

-Exacto: ser guiado por las estrellas en tiempos difíciles implica para mí un regreso a la Tierra y un respeto a las fuerzas naturales, en las que también podemos creer. Las estrellas están donde vivimos y estarán ahí por malos que sean nuestros días. Otra canción, The river, dice: "El bosque está vivo, nos pide participar". Es lo mismo: somos parte de inmensos ciclos y debemos participar más que dominar. Intentar explicarlo suena más dogmático de lo que es, pero esa es la idea que anida en esos versos.

-Brian Eno representa - y usted también-la quintaesencia del artista pop total. ¿Cuál es, desde su punto de vista, su mayor talento?


-Brian odia el trabajo detallista. Ve las cosas desde una panorámica amplia, ya sea una pista, una canción o cualquier otra cosa. Sabe que unas veces hace falta algo sencillamente estúpido. Para tratarse de alguien tan aparentemente analítico como él, responde a las cosas de un modo bastante visceral. La intelectualización viene después.

-Han contado que coincidieron en trabajar este disco bajo dos referentes comunes: el gospel y la electrónica. ¿Está África- continente cuya pulsión rítmica descubrieron al pop en los discos de Talking Heads hace casi 30 años-siempre presente cuando trabajan juntos?

-De un modo u otro los últimos cien años han marcado una era clave para África, así que no estamos solos. No me refiero a ritmos africanos complejos, presentes en el hip hop, el funk, la salsa, las rumbas... El ritmo está incluso en el pop global. ¿Puedes imaginar el groove en la música pop si la raíz africana no hubiera entrado en contacto - a través de ciudades portuarias: de la esclavitud-con culturas europeas e indígenas? ¡No habría!

-Sobre la tecnología, ¿somos tan esclavos de esta como predijo cierta literatura a mitad de siglo XX?

-Sí, hay un puñado de CrackBerries (en el argot, adictos a la BlackBerry y a las berries en general), aunque también hay mucha gente que no está abrumada por la tecnología, o que la pervierte para satisfacer sus propias necesidades. Yo no estoy en Facebook ni Twitter. Apenas tengo tiempo para contestar mis emails. Con el software musical, Photoshop y todas esas herramientas, es seductoramente fácil montar fotos, editar música y hacer mil cosas que antes consumían mucho tiempo. My Life in the Bush of Ghosts (1981) se habría hecho en una semana en Logic o ProTools. Pero había y hay algo especial en la calidad hecha a mano del original. Los tempos son humanos, las voces tienen resbalones, el pitch lo hicimos lo mejor que pudimos. Ahora que la perfección es posible vemos que tal vez no es la perfección lo que queríamos a toda costa. Es posible trabajar con las nuevas herramientas y no perder de vista qué es lo que da alma a una obra. Pero ahora también es más fácil perder esa calidad. La tentación de cliquear el ratón y hacer todo tecnológicamente correcto es peligrosamente cercana.

-¿Se marcaron la meta de hacer un disco clásico como aquel revolucionario 'My life in the Bush of Ghosts'?

-Uno nunca sabe si está grabando un disco clásico,¿cómo saberlo? Bush of Ghosts tenía un dogma: cada fragmento vocal tenía que ser una voz encontrada. Este disco fue menos riguroso. Trabajamos bajo una ley silenciosa por la cual yo no interferiría en las pistas de música de Brian y él no me diría qué melodías o letras debía escribir. Ese era el juego. Me alegró ver hacia donde iba el proyecto: canciones simples, casi folkies. No en la dirección que yo les hubiera dado, pero para eso colaboramos.

-En los últimos años ha dado la impresión de que su relación con la música era más periférica: que sobre todo la ha observado, editado, escrito sobre ella... ¿Necesitaba un descanso, o ver qué dirección tomaba con la revolución tecnológica y el desastre discográfico?

-¿No habrá dado esa impresión porque mis álbumes han sido mal promocionados? Nunca he parado de publicar discos, aunque no todos de la misma calidad. Durante doce años también he presentado la música que me ha influenciado en mi discográfica Luaka Bop. Fue un gozo, hasta que el colapso de los grandes sellos que la distribuían empezó a ser una verdadera pesadilla. Así que abandoné mi sello - ¡mi propio sello!-y dejé a mis compañeros de fatiga al cargo. No sé cuál será el nuevo modelo de distribución de música: todo sigue a la deriva. Tengo claro que el antiguo no es fiable, aunque aún hay remanentes: los sellos de música clásica, por ejemplo. Pero los nuevos modelos no satisfacen a todos. Algunos artistas necesitan grandes presupuestos para sus proyectos, otros pueden trabajar en su dormitorio, otros subsisten con lo que ganan en los conciertos y otros son puras criaturas de estudio.

-Disculpe mi descuido, he advertido que hay otro disco de 2008 en su haber: la banda sonora de 'Big Love: Hymnal' para la serie de la cadena HBO. ¿Qué puede decir de este disco instrumental?

-Estaba en casa, en Nueva York, trabajando en el disco con Eno, cuando me llamaron para componer algunas canciones para la serie. Pensé que sería un desafío interesante y propuse que toda la partitura estuviera inspirada en los Himnos Mormones, puesto que toda la serie transcurre alrededor de un mormón fundamentalista y sus tres esposas. Aparte de los dramas y absurdeces, pensé que era importante que se sintiera que los personajes basaban sus decisiones en su espiritualidad, y que la partitura-himno reforzara esa idea. Fue un fallo y un acierto. Esos himnos inventados eran demasiada meta. Te sacaban de los pequeños dramas de la casa y te metían en asuntos filosóficos y morales mayores. Se volvió una distracción de la narración. Ups...

-Hace año y medio publicó en 'Wired' un artículo sobre del futuro de la música grabada: 'Estrategias de supervivencia para artistas emergentes... y megaestrellas'. ¿Qué diría hoy sobre el mismo tema?

-Que la música grabada creativamente es saludable como forma artística y como modo de difusión, pero que como negocio está acabada. Desde el punto de vista del artista hay más oportunidades que nunca, pero desde el de las grandes discográficas, no. Es interesante la batalla entre YouTube y Warner Music. Estos ven que YouTube saca millones del negocio publicitario por conectar al usuario con vídeos y canciones de su repertorio, por lo que naturalmente quieren un porcentaje. Por otro lado, el público sólo ve cómo desaparecen los vídeos de YouTube y cómo les acosan por postear material protegido. Los editores alegan que luchan por sus artistas, pero ¿alguna vez compartieron con ellos los millones que recibieron de MTV? No.

-Una de las pocas formas artísticas en las que no se ha explayado es la literatura. ¿Le interesa la narrativa contemporánea? ¿Se identifica con el escritor, editor y agitador literario Dave Eggers?

-Eggers es un amigo. Adoré su último libro; creo que la canción One Fine Day fue inspirada por la lectura de Qué es el qué. Actualmente solo leo no ficción. Estoy terminando de escribir "Bike diaries", un libro con pensamientos sobre ciudades del mundo tras haberlas conocido sobre mi bicicleta. Bloguear ha sido una gran válvula de escape para escritores como yo, que pueden verse en apuros con formas narrativas mayores. Me gusta porque es una nueva forma de escribir: puedes añadir enlaces, imágenes y vídeos cortos. El texto es sólo un elemento más.

-Últimamente ha colaborado con músicos como Tom Zé, N.A.S.A., Dirty Projectors... ¿Me falta alguno? ¿Y cuáles vienen?

-Falta una versión de Brazilian Girls que he hecho para el proyecto BPA de Norman Cook llamada Toe Jam. Durante años he estado trabajando en Here Lies Love,un proyecto de teatro musical (sobre la que fuera primera dama de Filipinas, Imelda Marcos, en colaboración con Fatboy Slim). He grabado a un cantante diferente en cada canción, y hay veintidós. Ya está terminado.

-En una entrevista que le hice en abril del 2001, vaticinó: "George W. Bush nos devolverá a la guerra fría en pocos meses. Todo el progreso de diez años se echará a perder". Le pido un pronóstico sobre la era Obama.

-Bush fue un Midas al revés: arruinó todo lo que tocó. ¡Incluso montando en bicicleta arrolló a la gente! Su guerra contra el terror ya ha demostrado ser del todo contraproducente: ha triunfado como estrategia para incrementar el terrorismo y hacer del mundo un lugar más peligroso. ¡Misión cumplida! En cierto sentido ha triunfado, porque ahora puede proclamar que se necesita más al ejército que nunca. Gracias en parte a la intervención norteamericana tras la caída de la URSS, Rusia es ahora un gigante corrupto, beligerante y más desigual que nunca. China atesora la deuda de EE. UU., y de alguna manera nos mantiene a flote, pero ¿durante cuánto tiempo? Sólo el que necesiten para recuperar su dinero, sospecho. Pobre Obama: tiene una papeleta complicada. Pero sabe que ahora la gente está más receptiva al cambio y a replantearse viejos modelos ineficaces.

-¿Cómo cree es visto Estados Unidos desde Europa?

-Las noticias desde Estados Unidos acostumbran a estar filtradas. Hasta el Katrina, el mundo no se imaginaba la extrema pobreza y miseria de mi país. Tenemos ciudades insostenibles, donde la gente tiene verdaderas dificultades para salir adelante. Obama es real. Mira lo que ha hecho inmediatamente: cerrar las oficinas oscuras de la CIA, ponerle una fecha de cierre a Guantánamo, asignar dotaciones económicas para infraestructuras.

-Háblenos de su nueva gira. La novedad es que la banda incorpora bailarines; a veces, todo un ballet.

Decidí ver si había un hilo que pudiera conectar el nuevo material con el viejo (Bush of Ghosts, Talking Heads, Catherine Wheel) en el que trabajamos Brian y yo. Resultó que existe cierta conexión, y que puedes escucharla mejor en vivo. Eso se convirtió en el dogma para el concierto. Luego me pregunté qué es lo último que yo esperaría de un show en vivo, y la respuesta fue: bailarines. Todo el mundo piensa en Madonna o J-Lo cuando se trata de baile y pop. A mí me inspiraron unas películas japonesas (Funky Forest y El sabor de té) y un concierto de Sufjan Stevens. Invité a tres coreógrafos para que cada uno trabajara dos canciones de su elección. Yo creo que funciona. Puede parecerte que la grabación no es muy radical o no abre un camino nuevo, pero tal vez el concierto sí lo haga.