Entrevista con David Moody, autor de "Odio"


SCYLA


Minotauro publicó el pasado marzo la novela "Odio", de David Moody, cuyos derechos cinematográficos fueron adquiridos por Guillermo del Toro. El director Juan Antonio Bayona (director de "El orfanato") rodará la película, que promete ser espectacular.

Hoy os traemos una entrevista que el equipo de Scyla ha hecho al autor de la novela, en la que nos habla de como se le ocurrió la idea, y que pueden encontrar los lectores en ella.

Scyla: En marzo pasado, Minotauro publicó “Odio” (‘Hater’), una novela que impresionó mucho a gente de la talla de Guillermo del Toro (director de la adaptación de “El Hobbit” de J.R.R. Tolkien, “Hellboy” o “El laberinto del fauno”. Cada autor tiene sus propios referentes, en la literatura, el cine, los cómics,… ¿Cuáles son los tuyos? ¿Soñabas con ser escritor –o un referente para otros- cuando eras niño?

David Moody: Me convertí en un obseso del horror y la ciencia ficción a muy temprana edad –¡demasiado, probablemente!-. Leí muchos cómics de Marvel y crecí viendo clásicos de la televisión británica del género de la ciencia ficción como ‘Dr Who’, ‘Quatermass’, ‘Space 1999’, ‘Blake’s 7’ y otros. Pero fueron las películas de terror las que de veras me influenciaron. Solía bajar las escaleras a escondidas para ver los clásicos universales del terror (Drácula, Frankenstein, El hombre lobo...) y películas de serie B de la década de los cincuenta, como “El día del fin del mundo”, “El terror no tiene forma” y ‘The Brain from Planet Aros’, no clásicos para la mayoría, ¡¡pero muy divertidos de todas formas!! Entonces descubrí un trío de directores que me mostraron el camino de los gustos que tengo sobre el cine y la forma de contar historias en general: George A. Romero, John Carpenter y David Cronenberg.

Supe desde muy joven que quería contar historias. Deseaba hacer películas pero no tenía la experiencia, el dinero o el equipo para hacerlo. Siempre he escrito historias, así que se convirtió en algo natural trasladar las ideas que tenía para películas en historias para novelas.

Scyla: Las películas de terror y post-apocalípticas son una constante en su vida, especialmente “El día de los trífidos” y el clásico de H.G. Wells “La Guerra de los Mundos”, por no hablar de “La noche de los Muertos Vivientes”. ¿Porqué estas historias le impresionaron? ¿cree que esos guiones podrían convertirse en realidad?

David Moody: No creo que puedan llegar a ser una realidad, ¡pero no lo sé a ciencia cierta! Lo que me fascina de las historias relacionadas con el fin del mundo es la reacción de la gente ante situaciones tan increíbles. Creo que la gente normalmente vive creyendo que lo que está ahí siempre permanecerá en el mismo lugar mañana, y eso no ocurre siempre. No sabemos que nos deparará el futuro, y creo que es interesante preguntarse que podría venir a continuación.

Scyla: En “Odio”, usas la violencia como forma de criticar a la sociedad, a través de un personaje que no está acostumbrado a ella. Pero la violencia tiñe nuestra vida y nuestros actos, está por todas partes. Algunas veces la sufrimos y otras la utilizamos para conseguir lo que queremos, en diferentes grados. ¿Es violenta la naturaleza humana?

David Moody: Creo que, por desgracia, los humanos son violentos por naturaleza, aunque la mayoría de la gente es capaz de mantener sus impulsos bajo control. Hay cosas que todos necesitamos y queremos, y hacemos todo lo que podemos para conseguirlas. Cuando la situación se pone fea y nuestras vidas están en juego, creo que la mayoría de la gente es capaz de volverse violento para sobrevivir. Sólo hay que echar un vistazo al mundo animal, ¡la violencia extrema es parte diaria de las vidas de millones de criaturas!

Scyla: El cine es tu principal referente… cuando escribes, ¿piensas en imágenes o en conceptos? ¿cómo afectan tus referentes cinematográficos a tus libros? ¿cómo creas tus personajes, partiendo de personas de carne y hueso?

David Moody: Como decía, siempre quise hacer películas, así que la forma en que escribo es muy simple y visual. Antes de comenzar a escribir una historia, intento cerrar los ojos y visualizarla como una película. Pero aunque mi trabajo sea visual en el origen, el punto inicial de cada historia es el concepto. Desde esa idea inicial, los personajes, las situaciones y la acción se despliega.

Mis personajes surgen de muchas Fuentes. Algunas son autobiográficos. Danny McCoyne en “Odio”, por ejemplo, está en la misma situación en la que me encontré hace unos diez años, así que fue bastante sencillo escribir de forma convincente sobre sus problemas y frustraciones. Trabajaba en la industria de las finanzas, y obserbé a muchos miembros del equipo. A menudo las cosas que hacían y la forma en que reaccionaban ha podido haber afectado de forma indirecta a algunos de los personajes. ¡Escribir ficción de terror también es una buena terapia! Cuando la gente me molestaba en el trabajo, me los imaginaba como personajes y les daba una muerte horrible.

Scyla: En “Odio” gente normal comienza a transformar su personalidad, y llegan a convertirse en psicópatas. ¿Esto podría ser una evolución del ser humano? Somos animales civilizados... ¿algún día el animal puede ganar la batalla de la misma firma que en el libro?

David Moody: He de tener cuidado en como respondo a esta pregunta, ya que la naturaleza de “el odio” y sus efectos son cosas que se examinan con mucho más detalle en el segundo y tercer libro de la serie.

Creo de veras que es un tema fascinante. Si el control y la civilización nos son extirpados... ¿nos convertiríamos en animales de nuevo? ¿sería eso algo malo? Por el momento, podríamos argumentar que la inteligencia o el dinero significan poder. En “Odio”, esto cambia.

Scyla: Guillermo del Toro como productor y Juan Antonio Bayona como director están adaptando “Odio” al cine. ¿Trabaja como asesor en la película, le han consultado? ¿qué piensa sobre el proyecto?

David Moody: La película está en un estado de desarrollo muy temprano, y me gustaría estar involucrado, pero de momento no es así. Creo que un director se enfrenta a un reto cuando adapta una novela. El autor tiene a menudo una visión muy distinta sobre como debe verse la historia en el cine, y no tiene porque ser compartida por la del director. Creo que los novelistas no deberían involucrarse demasiado en las adaptaciones de sus libros.

En este proyecto no estoy involucrado. He sido un gran fan de Guillermo del Toro durante muchos años (desde que vi “Cronos” al principio de los años 90 del pasado siglo), y “El orfanato” de J.A. Bayona es maravillosa, con mucho movimiento. No podría pedir mejor equipo creativo para la adaptación de “Odio”.

Scyla: Antes de esta novela, publicó ‘Autumn’ en internet. Ninguna editorial quería publicarla en papel. Y fue un éxito... ¿No cree que a veces las editoriales no pueden reconocer libros que podrían ser éxitos o en su mayoría estos casos son impredecibles?

David Moody: Bueno, realmente no es que nadie quisiera publicarla, en realidad no la ofrecí a ninguna editorial. Había publicado un libro antes de ‘Autumn’ que apenas vendió y estaba desencantado con la industria editorial. Así que cuando finalicé ‘Autumn’ decidí que intentaría que la leyera la mayor cantidad de gente posible. Al final, casi medio millón de personas se la descargaron de mi web.

La apuesta sin duda valió la pena. Escribí varias secuelas de ‘Autumn’ y las publiqué yo mismo. La adaptación del primer libro ha sido rodada (se estrenará el próximo año, protagonizada por Dexter Fletcher y David Carradine) y las novelas han sido compradas por mi editorial en EE.UU.

Scyla: “Odio” es el primer libro de una serie. ¿Podría hablarnos sobre el siguiente?

David Moody: El segundo libro se titula ‘Dog Blood’ (“Sangre de perro”). Continúa la historia de Danny McCoyne, que intenta averiguar que le ha sucedido a su familia, en particular a su hija. Es una historia más ambiciosa aú nque “Odio”. El primer libro se concentraba en Danny y su familia. El segundo focaliza más su atención en que le ocurre a la sociedad y como millones de personas intentan sobrevivir al “odio”.

Scyla: ¿Qué escritores le han influenciado, además de Wells y Wyndham?

David Moody: Sin duda, esos dos autores son mis dos grandes influencias. No soy un gran lector en este momento. Creo que el cine me ha influenciado más que la literatura, como comentaba antes, George A. Romero, John Carpenter y David Cronenberg tuvieron un gran efecto sobre mi y mis libros. Cuando era adolescente, devoraba muchos de los primeros trabajos de Stephen King y James Herbert.

Dicho esto, ahora intento ponerme al día con mis lecturas. Hace poco disfruté mucho con ‘The Road’, de Cormac McCarthy y releyendo la trilogía de los Trípodes, de John Christopher.

Scyla: ¡Gracias por atendernos, ha sido un placer!

David Moody: Encantado. ¡Ha sido un placer también para mi!

Objeciones al desarrollo: Una mirada crítica al concepto de progreso

YAYO HERRERO
Revista Pueblos




La mayor parte de la sociedad podría estar de acuerdo con la idea de que en los últimos dos siglos, y sobre todo en las últimas décadas, el conocimiento científico ha avanzado de una forma impresionante. En todas las áreas del pensamiento: física, matemáticas, química, biología, economía, sociología, etc. han sido descubiertas nuevas teorías, leyes o postulados cuya aplicación ha creado una enorme variedad de artefactos, máquinas, compuestos químicos, medicamentos, instituciones, nuevos negocios, etc. que han cambiado aspectos sustanciales de la vida.

Curiosamente, a la vez, vemos cómo casi todo lo imprescindible va a peor. Las reservas pesqueras en todo el mundo disminuyen rápidamente debido a las extracciones masivas; los suelos pierden paulatinamente la capacidad de producir alimentos; el petróleo, imprescindible para mantener nuestra organización productiva y económica, se agota; el cemento y el hormigón fraccionan y deterioran los ecosistemas; el agua, el aire y el suelo se envenenan debido a la contaminación química; las desigualdades sociales se profundizan porque existe una apropiación obscena de bienes y riqueza por parte de una minoría; la articulación social que garantizaba los cuidados en la infancia, en la vejez o a las personas enfermas se está destruyendo, entre otras cosas, porque hombres y mujeres dedican la mayor parte de su tiempo a trabajar para el mercado; lo que se llama democracia se ha convertido en un sistema hegemónico que dispone de medios de difusión masivos, y una enorme maquinaria tecno-militar capaces de convencer por las buenas o por las malas...

¿Cómo es posible que de forma paralela a la generación de tanto conocimiento, a la vez que se han ido descubriendo tantas cosas que antes permanecían ocultas, y al mismo tiempo que nacían más y más universidades, laboratorios o centros de investigación, las variables que explican la vida se hayan ido deteriorando progresivamente? ¿Por qué el agua, el aire, los territorios, la fertilidad del suelo, los mares, la biodiversidad o la vida comunitaria se han ido destruyendo al mismo ritmo acelerado con que aparentemente aprendíamos sobre ellos? ¿Por qué en esta situación de crisis global la ciudadanía continúa creyendo firmemente que nuestra sociedad sigue un camino lineal desde un pasado de atraso y superstición hacia un futuro emancipador de mayor bienestar?

Para virar esta trayectoria que conduce al colapso es preciso reflexionar sobre la noción de progreso que tienen las sociedades occidentales, una noción que se basa en la separación entre cultura y naturaleza, y que ha contribuido a construir una esfera social, tecnológica y económica que ignora el funcionamiento de los sistemas naturales y crece, como un tumor, a costa de ellos.

Saber de dónde venimos para poder cambiar

La génesis del modelo de pensamiento occidental hunde sus raíces en la Modernidad. Este período, época de indudables avances, en la que se consigue desvincular el pensamiento del poder religioso, se proclaman los Derechos del Hombre y el concepto de ciudadanía (masculina) comienza a abrirse paso, es también el momento en el que se consolida el modo de relación entre los seres humanos y la naturaleza que han dado lugar a la actual crisis ecológica.

En efecto, es en este momento histórico cuando se ponen las bases del actual sistema tecnocientífico que se desarrolló a unas velocidades incompatibles con los procesos de la Biosfera que sostienen la vida, y al servicio de un modelo socioeconómico que sólo considera riqueza lo traducible a valor monetario y que necesitaba crecer de forma exponencial.

La ciencia moderna se constituyó en el supuesto de que el pensador podía sustraerse del mundo y contemplarlo como algo independiente de sí mismo, siendo el conocimiento generado absolutamente objetivo y, supuestamente, neutral y universal. La revolución científica condujo a conceptuar la naturaleza como una enorme maquinaria que podía ser diseccionada y estudiada en partes. La naturaleza pasaba así a ser considerada un autómata sujeto a unas leyes matemáticas eternas e inmutables que determinan su futuro y explican su pasado.

En la actualidad sabemos que este modelo diseccionador, que ha sido tan útil para aplicar en la industria, ha resultado enormemente dañino para la vida sobre la Tierra. La lógica de las cosas muertas no sirve para entender el mundo vivo. En un ecosistema, vegetales, animales y microorganismos cooperan intensamente y, por ello, no puede ser comprendido estudiando cada parte por separado.

La visión atomizada y dispersa de la realidad tiene importantes repercusiones en nuestro entorno. Muchas decisiones en temas de ordenación del territorio, de creación de infraestructuras o de lanzamiento de productos químicos o transgénicos al medio, alteran una compleja maraña de relaciones con consecuencias imprevisibles. Estas actuaciones basadas en un conocimiento fragmentado, en muchas ocasiones ignoran la densa red de relaciones que conecta todo lo vivo y la emergencia de fenómenos que no tienen explicación y ni siquiera son visibles para una mirada reduccionista.

A pesar de que la propia ciencia desautorizó hace muchos años la mecánica clásica o la separación entre cultura y naturaleza como visiones que pudiesen explicar la complejidad del mundo, estas miradas siguen fuertemente arraigadas en los esquemas mentales de nuestra sociedad y continúan estando presentes en muchas de las aplicaciones tecnológicas e industriales de vanguardia.

Una concepción del saber como objetivo y universal, la oportunidad de difundirlo que ofrecieron los procesos colonizadores y la tecnología adecuada para poder hacerlo, han hecho de la ciencia occidental el sistema de conocimiento hegemónico, ante el que cualquier otro es considerado tradición o, a lo peor, superstición. De este modo, se olvida que ha habido, y hay, otras muchas formas de aproximarse al conocimiento que han demostrado su utilidad y cuya validez es equiparable a la de la ciencia "oficial" (pensemos en la conservación de los bosques de muchos pueblos indígenas o la eficacia energética de muchos tipos de arquitectura vernácula).

Un progreso lineal e ilimitado

La revolución científica e ideológica que instaura el proyecto de la Modernidad se amplía y se asienta en el Siglo de Las Luces, momento en el que se afianza la cultura occidental como visión generalizada del mundo. En este período, por una parte aparecen los ideales de la Ilustración basados en la libertad intelectual y el desarrollo del conocimiento emancipado de la Iglesia; por otro, surgen dos fenómenos asociados: el capitalismo y la Revolución Industrial. Fundamentalmente en manos de la economía liberal, la ciencia y su aplicación, desvinculadas de la ética gracias a su halo de objetividad y neutralidad, se ponen al servicio de la industria incipiente y del capitalismo, consiguiendo unos aumentos enormes en las escalas de producción, gracias a la disponibilidad de la energía fósil, primero el carbón, y posteriormente, y hasta hoy, el petróleo. El capitalismo y la Revolución Industrial, con la poderosa tecnociencia a su servicio, terminaron instrumentalizando los ideales de la Ilustración e imponiendo unas relaciones entre las personas y también entre los seres humanos y la Naturaleza, guiadas por la utilidad y la maximización de beneficios a cualquier coste.

El concepto de progreso humano se fue construyendo, por tanto, basado en el alejamiento de la naturaleza, de espaldas a sus límites y dinámicas. El desarrollo tecnológico fue considerado como el motor del progreso, al servicio de una idea simplificadora que asociaba consumo con bienestar, sobre todo en las últimas décadas, en las que la sociedad de consumo se ha autoproclamado como la solución para todos los problemas humanos. El lema "si puede hacerse, hágase" se impuso, sin que importasen los para qué o para quién de las diferentes aplicaciones. La ocultación de los deterioros sociales y ambientales que acompañaban a la creciente extracción de materiales y generación de residuos, hicieron que se desease aumentar indefinidamente la producción industrial, creando el mito del crecimiento continuo.

La palabra progreso dotaba de un sentido de satisfacción moral a esta tendencia de la evolución sociocultural. Se consideró que todas las sociedades, de una forma lineal, evolucionaban de unos estadios de mayor "atraso" –caza y recolección o ausencia de propiedad privada– hacia nuevas etapas más racionales –civilización industrial o economía de mercado– y que en esta evolución tan inexorable y universal como las leyes de la mecánica, las sociedades europeas se encontraban en el punto más avanzado. Al concebir la historia de los pueblos como un hilo de secuencias que transitaba del salvajismo a la barbarie, para llegar finalmente a la civilización, los europeos, empapados de la convicción etnocéntrica de constituir la "civilización por excelencia", expoliaron los recursos de los territorios colonizados para alimentar su sistema económico basado en el crecimiento. Sometieron mediante la violencia (posibilitada por la aplicación científica a la tecnología militar) y el dominio cultural a los pueblos colonizados, a los que se consideraba "salvajes" y en un estado muy cercano a la naturaleza.

Esta concepción de progreso, vigente en el presente, ha sido nefasta para los intereses de los pueblos empobrecidos y para los sistemas naturales. La idea de que más es siempre mejor, la desvalorización de los saberes tradicionales, la concepción de la naturaleza como una fuente infinita de recursos, la reducción de la riqueza a lo estrictamente monetario y la fe en que la tecnociencia será capaz de salvarnos en el último momento de cualquier problema, incluso de los que ella misma ha creado, suponen una rémora en un momento en el que resulta urgente un cambio de paradigma civilizatorio.

Cambiar no es una opción

En un planeta con los recursos finitos, es absolutamente imposible extender el estilo de vida occidental, con su enorme consumo de energía, minerales, agua y alimentos. El deterioro social y ambiental no son subproductos del modelo de desarrollo, sino que son una parte insoslayable de ese tipo de desarrollo. Nos encontramos, entonces, ante una crisis civilizatoria, que exige un cambio en la forma de estar en el mundo. Los modos de producción de bienes y necesidades de la sociedad industrial, han colaborado en la configuración de las relaciones entre las personas. Si la dinámica consumista y la obtención del beneficio en el menor plazo dirigen la organización económica, esta misma lógica se instala en los procesos de socialización y educación, determinando finalmente que las metas a alcanzar por cada individuo se orienten hacia la acumulación, olvidándose de poner en el centro el propio mantenimiento de la vida.

Hoy, el progreso es afrontar la incompatibilidad esencial que existe entre un planeta Tierra con recursos limitados y finitos, y un sistema socioeconómico, el capitalismo, que impulsado por la dinámica de la acumulación del capital, se basa en la expansión continua y conlleva de forma indisoluble la generación de enormes desigualdades. Se trata de establecer un "nuevo contrato social" que involucre a hombres y mujeres como parte de la naturaleza y seres interdependientes.

Progresar será, por tanto, transitar de una lógica de guerra contra las personas, los pueblos y los territorios a una cultura de paz que celebre la diversidad de todo lo vivo, que permita a todas las personas el acceso a los bienes materiales en condiciones de equidad y que se ajuste a los límites y ritmos de los sistemas naturales. Vivir con menos es una exigencia física que impondrá la limitación de los recursos materiales. Vivir bien con menos y en condiciones de justicia y equidad, es un camino que hay que señalar, sumando mayorías que puedan resistir, exigir e impulsar un cambio. Esta nueva visión permitirá establecer alternativas, recuperar lo valioso que perdimos y explorar caminos inéditos que permitan vivir en armonía social y en paz con el planeta. Muchas personas, en todos los continentes, lo están haciendo ya.