El último 'cowboy' de la familia

Heredero de una tradición musical que se remonta a muchas carreteras secundarias, Justin Townes Earle continúa la tradicción paterna por los sonidos de raíces. La mitología popular y el respeto por las influencias descansan en su álbum Midnight at the movies



FERNANDO NAVARRO
El País




Si Justin hubiese sido un formidable contable o un destacado hombre de negocios, su padre se habría llevado un buen disgusto. Aunque siempre podría haber causado peores tormentos. "Más le hubiese molestado si perteneciera al Partido Republicano", añade entre risas. Es lo que sucede cuando eres el primogénito de Steve Earle, posiblemente el cowboy más independiente, aguerrido y antirrepublicano de la escena folk de Estados Unidos. Pero lejos de convertirse en una preocupación, Justin Townes Earle (Nashville, Estados Unidos, 1983) ha salido a su padre.

No es un calco pero se le parece mucho. Tanto que no le importa marcar a las claras y desde el principio un territorio compartido bajo su nombre artístico. Con los apellidos Townes Earle, Justin, 25 años, sintetiza sus influencias y las de su padre, que fue discípulo aventajado del legendario Townes Van Zandt, del que adquirió la inspiración para ofrecer genuina música americana. "Como mi padre, Townes Van Zandt es el verdadero motivo por el que quise escribir canciones. Él, Woody Guthrie y Bruce Springsteen son las principales referencias que tengo", reconoce Justin en una conversación por teléfono desde Nueva York.

Según las biografías de ambos, el nombre de Townes también resume la existencia más excesiva de los varones Earle. Con tan sólo 19 años, Steve conoció en persona a Van Zandt en Houston y de su héroe personal también aprendió a vivir al límite de las circunstancias, a caballo entre el alcohol, la heroína y el crack. Adicciones que tardó media vida en superar mientras intentaba sacar unos dólares en garitos de Tejas, pasaba por la cárcel o grababa discos repletos de cicatrices y country rock arrollador. Y, al igual que su padre, Justin también pasó, aunque más fugazmente, su propia travesía del desierto: "Dejé de beber y probar cualquier droga hace cinco años, hasta que un día un amigo me llevó al hospital". Fue el momento en que Justin abandonó las drogas, que, según reconoce, le habían impedido hasta entonces centrarse en la música. Pero no fue el único motivo por el que este chico de padres separados tardó en enfundarse una guitarra. "He pasado casi toda mi vida con mi madre más que con mi padre. Y mi madre odia a los músicos (risas). No crecí en un ambiente realmente muy musical, rodeado de guitarras o tocando canciones en el salón. Algunos amigos tenían una guitarra, pero yo no. Era mi padre el que las tenía pero se las llevó cuando yo tenía dos años. Y, desde entonces, supongo que mi madre no quiso saber nada de canciones en casa (risas)", explica.

Su vocación tenía que llegar antes o después. Intérprete y compositor, en la línea tradicional de songwriter americano, por la sangre de los Earle corre la música. Él y su padre no son los únicos que se dedican en cuerpo y alma a los auténticos sonidos de raíces. La hermana pequeña de Steve y tía de Justin, Stacey Earle, es una de las más lúcidas representantes estadounidenses del folk delicado y sincero. "Mi abuelo era músico y su hermano tocaba muy bien el piano, así que supongo que la música era la mejor salida que ha habido en mi familia", cuenta el último de los Earle en componer sus propios temas. Pero, puestos a tirar del hilo, hay más nombres interesantes que salen al echar un vistazo al álbum familiar. Stacey toca y canta con su marido, Mark Stuart, un veterano multiinstrumentista que ha estado a las órdenes del propio Steve y de otros grandes del género como Steve Forbert o el difunto Freddy Fender. Y desde hace unos años Steve gira e incluso compone algún tema con su actual pareja, Allison Moore, una de las voces más finas de Nashville, aparte de ser hermana de la magnífica cantautora Shelby Lynne. En palabras de Justin, Moore es su segunda madre, "el último ingrediente de la familia". Todo queda por tanto en casa.

De alguna manera, Justin, con ese gorro a lo Hank Williams, se presenta como una formidable consecuencia del legado aún vivo de su padre, un músico que ha mordido tantas veces el polvo en su propio mundo de forajido como canciones humanas e intensas acostumbra a componer en su camino por el alambre. "Mi padre está lleno de consejos. Más de los que te puedas imaginar. Da reglas y consejos sobre cómo escribir una canción, la necesidad de leer libros y, sobre todo, siempre te recuerda que nada funciona si no lo dejas madurar dentro de ti", señala. Esa rigurosidad, propia de una tradición musical que se remonta a muchas décadas atrás, en carreteras secundarias y caminos polvorientos, es la base misma de un carácter, un modelo artístico independiente con denominación de origen, cada vez más difícil de encontrar en un mapa musical dominado por los imperativos comerciales y la galopante amnesia colectiva. Justin pone un ejemplo con uno de los pioneros: "Sólo tienes que preguntar a la gente quién es Woody Guthrie. Es muy triste. Un hombre que significa lo que significa y no suelen situarlo. Es el verdadero campeón de la música americana. Creo que es una especie de fortuna si un día puedes escuchar y sentir una canción como This land is your land. ¡Y a muchos cuando les suena se creen que es un músico de Nueva York! Les dices que es de Oklahoma y te dicen: 'Es un jodido okie' (nombre con el que se conocía a los habitantes de las Grandes Llanuras durante la época de la Gran Depresión)".

Siente la misma desazón cuando habla de Nashville, su ciudad natal. Desde hace muchos años, la cuna del country es una metrópoli jerarquizada, rendida al funcionamiento del negocio, pantomima de su gloriosa historia, donde es más importante llevar un sombrero que tener algo que decir con el corazón y tres acordes. Como antes hicieron Johnny Cash o Willie Nelson, su padre fue uno de esos outlaws que jugó a ser bandido en pleno fuerte vaquero. "Nashville ha cambiado muchísimo y nunca más será como antes. Está irreconocible y no es la ciudad donde crecí. Antes vivían 200.000 personas y ahora viven un millón, está llena de edificios. El orgullo de Nashville ha desaparecido. Creo que sólo un grupo de personas muy reducido hicieron por mantener la esencia, entre ellas mi padre, pero el resto sólo aspiraban a ser famosas. La mayoría no escriben canciones, sólo buscan fama. Son impostores", se lamenta Justin.

La mitología popular y el respeto por las influencias descansan en su obra. No cae en el simple revival. Así lo testifica en su reciente álbum, Midnight at the movies, su segundo trabajo individual tras el brillante The good life. En ambos muestra un compendio de estilos tradicionales, que de forma sencilla e inteligente recorre ese pasado sonoro y vital desde el hillbilly candente de Ray Price hasta el alternative country más moderno de Whiskeytown. "Escribo canción por canción, sin pensar en un sonido general para el disco. Creo que tengo muchas influencias, desde el blues hasta Chet Parker", asegura. Pero en la enciclopedia americana por fascículos musicales, Justin Townes Earl se sitúa en una tímida escena contemporánea de fascinantes regeneradores del folk sureño y de la East Coast con gente como The Felices Brothers y Old Crow Medice Show. De hecho, algunos miembros de esas bandas colaboran en su disco e incluso Justin suele girar a menudo con Cory Younts, cantante de The Felice Brothers, en estrictos conciertos de hillbilly. "Ha crecido con un grupo de músicos alrededor muy bueno. Me siento muy orgulloso y feliz. Son muy buenos amigos y es magnífico que gente de mi edad o próximos a ella se basen en las raíces de la música americana", afirma.

Más que una sencilla página traspapelada, todos ellos, desde estos amigos a los miembros de su familia, son parte de la evolución de una historia, la de la música popular norteamericana, que se escribe cada día más en los márgenes pero con grandes letras. Hay una canción paradigmática al respecto en el nuevo álbum de Justin. Se llama They killed John Henry. Hace referencia a John Henry, personaje de leyenda y protagonista de canciones, cuentos y novelas americanas por simbolizar el esfuerzo del hombre contra las desalmadas tecnologías. Con sus manos y una maza, este héroe folclórico lucha hasta la muerte contra la máquina por clavar más rieles en las vías del ferrocarril. Es una tarea humana épica ante la devastadora fuerza de los tiempos. Justin lo explica: "Estaba buscando la forma de retratar a mi abuelo y su pasado. Siempre andaba contándome todas esas historias de John Henry y otros cuentos de héroes del pueblo americano. Y hay gente de la que hablo que ha intentado acabar con la figura de mi abuelo". Pero, a la vista de los resultados, no lo consiguieron. Y en la familia Earle hay una certeza: lo que no te mata, te hace más fuerte.

El Reino Unido elige a una mujer como poeta nacional

La escritora, icono del lesbianismo, refleja el día a día en sus poemas. Carol Ann Duffy rompe con 341 años de dominación masculina en el cargo


BEGOÑA ARCE
El Periódico de Catalunya




La poesía, como la alta cocina, ha sido, salvo excepciones, territorio casi exclusivamente masculino. La designación, ayer, de Carol Ann Duffy como poetisa laureada y rapsoda oficial del Reino Unido es una gran primicia, largamente esperada. En los 341 años que han transcurrido desde la creación este curioso cargo honorífico, ninguna mujer había ocupado la plaza. Conocida y apreciada por la gracia y sensibilidad de sus escritos, capaces de llegar al gran público, Duffy dijo «haber meditado mucho» la aceptación de la honorable distinción. «Lo veo como un reconocimiento a las grandes mujeres poetas», declaró a la BBC.

La escritora, de 53 años, se convierte también en la primera poeta laureada nacida en Escocia. El título lo ostentará durante 10 años a cambio de un salario simbólico de 6.500 euros, que donará a un proyecto de promoción literaria. Nacida en Glasgow, hija de padre escocés y madre irlandesa y educada en la religión católica, Duffy siempre quiso escribir.

Licenciada en Filosofía, ya figuraba como favorita en las quinielas cuando, hace una década, el entonces primer ministro Tony Blair tuvo que proponer un poeta para el puesto que había quedado vacante tras la muerte de Ted Hughes. En el último momento, Blair optó por Andrew Motion, temiendo que las clases medias biempensantes no asimilaran el nombramiento de una mujer que, además, no esconde su lesbianismo.

ANTECEDENTES GAIS

¿Es que no había habido antes ningún poeta laureado gay? Alguno hubo, ciertamente, pero no llegó a salir del armario y la sociedad hizo la vista gorda. «No soy una poeta lesbiana, signifique eso lo que signifique», había dicho en el pasado Duffy, que tiene una hija de 14 años. «Si soy un icono del lesbianismo y un modelo, me parece estupendo, pero es algo que no me preocupa. Yo me defino a mí misma como poeta y como madre».

Sus poemas hablan de personajes y problemas contemporáneos, y reflejan los tiempos en que vivimos y la cotidianidad. «Al igual que Beckett, siento que toda poesía es una plegaria», ha dicho la escritora, que describe los versos como «una serie de momentos intensos» que, a diferencia de la narrativa, «no se construyen con hechos, sino con emociones». También defiende un lenguaje simple «pero utilizado de una manera complicada», lo que quizás explique que sea leída en las escuelas y esté considerada como la poeta viva más popular del Reino Unido.

PREMIO T. S. ELIOT

«Sus poemas tienen humor y en ellos las combinaciones de ritmo y métrica son claras y pueden ser descodificadas por los lectores», afirma el profesor John Mullan. Con su último libro para adultos, Rapture, una serie de poemas amorosos íntimos, la autora logró el prestigioso premio T. S. Eliot.

Duffy vive en Manchester, donde es profesora en la universidad. Su nuevo cargo no implica obligaciones, pero del poeta laureado se espera que consagre con sus versos los grandes acontecimientos del país o de la monarquía, algo que Motion, su antecesor, califica como “una tarea increíblemente difícil e ingrata”. La recién designada tendría que preparar alguna composición especial en el caso de que, en la próxima década, el príncipe Guillermo decidiera casarse, o si falleciera algún miembro destacado de la realeza.

Un grito contra la violencia

El asesinato de la poeta Nadia Anjuman fue el desencadenante de La piedra de la paciencia, la novela del afgano residente en Francia Atiq Rahimi premiada con el Goncourt. Dos libros más, de otros autores, ofrecen un panorama sobre Asia Central



BORJA HERMOSO
El País




El tipo que mira por la ventana acodado a una mesa del bar Le Fumoir parece enrolado en la fiel militancia de la extravagancia indumentaria, extravagancia orientalista aliñada con un inconfundible toque rive gauche. Mientras deposita el sombrero de ala ancha en la silla, se acaricia la perilla y reordena su inmenso fular entre los pliegues de la chaqueta, las sonrisas abiertas de Atiq Rahimi (Kabul, 1962), que luego serán carcajadas sonoras, van escapando ya por los ventanales que van a dar a la espalda del Louvre.

Es una de esas tardes de París en las que todo parece en orden: los libreros del Sena despliegan su cachivache literario, una pareja de enamorados pasa con las manos entrelazadas; mamás con niño exhiben en los parques la insolente vigencia de su belleza y los camareros de esta brasserie se esfuerzan, tradición obliga, en su magisterio de antipatía consciente, sin ellos París no es París. Y sin París, Atiq Rahimi no sería el mismo Atiq Rahimi.

La ciudad transformó por completo a aquel hombre, hijo de buena familia (su padre fue gobernador al servicio de la monarquía afgana) y educado en el Liceo Francés de Kabul; aquel veinteañero que en 1984 se echó a las montañas nevadas para huir de un Afganistán ocupado por los soviéticos, un joven confuso que dejaba atrás su patria y a su familia para vivir una vida incierta. Un cuarto de siglo después de aquella llegada a Pakistán, de la muerte de su hermano a manos de los muyahidin y de su posterior petición de asilo político en Francia ("es increíble e indescifrable asistir al paso del tiempo", murmura), Rahimi es un parisiense de pro, y ahora también un miembro de la crème literaria: Syngué sabour (La piedra de la paciencia), que ahora se edita en España, se alzó con el Premio Goncourt el pasado mes de noviembre. Una recompensa simbólica en lo económico (10 euros) pero multimillonaria en prestigio y como espaldarazo a una carrera literaria.

"Mi editor me llamó un día y me dijo que estaba en la lista de candidatos al Goncourt; yo le dije que no me vacilara, pero me dijo que era verdad", recuerda divertido. "La verdad es que, al colgar el teléfono, lo primero que me dije a mí mismo fue: 'Ya está, les hace falta alguien exótico, el afgano de turno, por ejemplo'. Pero luego me alegré mucho. Ahí empezó toda una tournée de encuentros con público, con estudiantes sobre todo, y me di cuenta de que me preguntaban por mi relato, no por mi nacionalidad o mi exotismo..., eso me dio mucha confianza".

Atiq Rahimi protagonizó un curioso episodio al día siguiente de ganar el premio. El Gobierno de Sarkozy, en colaboración con el británico, pretendía fletar un vuelo chárter para expulsar a medio centenar de ilegales afganos que se habían refugiado en Calais. "El Quai d'Orsay (Ministerio de Asuntos Exteriores francés) acababa de publicar un comunicado ensalzando mi libro como una obra de hermanamiento entre culturas... ¿y de repente iban a echar a todos esos pobres refugiados?". Así que, recién estrenada la gloria literaria, a Rahimi no le tembló el pulso para redactar otro comunicado, exigiendo que la expulsión no tuviera efecto. Y no lo tuvo.

En su opinión, se mereció el premio después de una ingente tarea al servicio del idioma... francés. "Creo que el hecho de que el francés no sea mi lengua materna y de que tuviera que hacer un enorme esfuerzo de cuidado del lenguaje, influyó en los miembros del jurado; Bernard Pivot dijo que mi libro era 'una aventura dentro del idioma'. Cuando escribo en francés reviso cada palabra, me replanteo cada frase, cada ritmo, es un trabajo parecido al del orfebre... Yo trato de quitar lo superfluo, de ir directo a la esencia, me obsesiono por colocar cada palabra allí donde tiene que estar y no en otro lado... y compruebo que muchos escritores franceses no hacen ese trabajo, que sueltan en sus relatos frases banales, que practican la retórica pura".

La primera novela de Rahimi escrita en francés tras tres anteriores en lengua persa -Terre et cendres (Tierra y cenizas, Lengua de Trapo y La Magrana en catalán), Les mille maisons du rêve et de la terreur (Laberinto de sueño y angustia en Siruela; Les mil cases del somni i del terror en La Magrana) y Le retour imaginaire- es un salvaje poema en prosa sobre la relación de una mujer con su esposo moribundo, un soldado de Dios que lleva tres semanas en coma con una bala incrustada en la nuca. Una fábula sobre la pérdida y la redención con pasajes como éste:

"El sol se pone. Las armas despiertan. Esta noche, de nuevo, se destruye. Esta noche, de nuevo, se mata. La mañana. Llueve. Llueve sobre la ciudad y sus ruinas. Llueve sobre los cuerpos y sus heridas".

De la ternura a la ira y de ésta a la desesperación ("¡llevamos diez años casados y sólo desde hace tres semanas he podido compartir algo contigo!"), la mujer del relato aprovecha la crueldad del contexto para ir expresando ante el cuerpo inerte e inerme de su compañero todo su arsenal de amores y odios, de deseo y de angustia, venganza y miedo. Son los martillazos que, con el mismo diapasón con el que desgrana las cuentas de su rosario, va sacudiendo la protagonista contra esa piedra de la paciencia que, según la mitología persa, actúa como una esponja de todas nuestras miserias humanas: una piedra a la que se confiesa todo lo inconfesable... hasta que un día la piedra estalla y entonces llega la salvación.

El germen de la historia se sitúa en 2005, cuando la poeta afgana de 25 años Nadia Anjuman, amiga del escritor, era asesinada salvajemente por su marido en Herat. A ella va dedicado el libro: "Su muerte provocó en mí un ataque de rabia que todavía sigue vivo", murmura el autor de La piedra de la paciencia, que recuerda con la mirada perdida: "Los caminos de la violencia y sus efectos en la historia de mi país de origen son indescifrables. El marido de Nadia no era ningún talibán, sino un hombre culto y educado, alguien que había aceptado que ella acudiera a reuniones literarias con hombres y mujeres. Pero un día, la madre de Nadia fue a ver al marido y le dijo: 'Nosotros te la hemos entregado ¿y tú le dejas arrastrarse de esa forma por las calles? ¡Vergüenza para ti!'. Y le exigió que la encerrara. Pero él la mató. Con todo esto quiero decir que en Afganistán, como en otros países de la zona, hay un sistema social que empuja a la gente a la violencia".

La narración comprimida en estas 120 páginas supone, para el lector, un paseo por la cuerda floja que separa los abismos del amor y del horror, todo es de una forma pero susceptible de ser de otra de inmediato, parece que los inciertos fantasmas de la sangre pueden entrar en cualquier momento en esa habitación "pequeña, rectangular y asfixiante a pesar de sus paredes de color claro".

Soterrada presencia de una violencia que obsesiona a Rahimi, que insiste una y otra vez sobre el tema: "La gente no nace violenta, ciertas circunstancias le hacen violenta. Observe usted el caso de Zidane y su cabezazo en el Mundial. ¿Qué genio de la dramaturgia mundial hubiera podido imaginar una escenografía así? Ninguno, porque Zidane es un individuo pacífico. Y si ese dramaturgo lo hubiera imaginado, le habrían acusado de exagerar. La realidad, está claro, sobrepasa la ficción. Y dentro del sistema, hay situaciones concretas que sacan a pasear la bestia feroz que llevamos dentro, y de la que ya habló Shakespeare".

Un poco por rendir homenaje a su amiga asesinada y un poco por saldar viejas deudas con anteriores libros, como Tierra y cenizas, en el que el protagonismo femenino era meramente testimonial, Atiq Rahimi fue cambiando sobre la marcha el rumbo de su nueva novela: "Al principio mi historia trataba de un hombre en coma cuidado por su mujer; él no podía expresarse, hablar, actuar, pero sí oía lo que su esposa le iba diciendo, y yo quería que ese hombre muerto en vida nos transmitiera todos sus pensamientos, lo que se le pasaba por la cabeza al oírla, quería meterme en su mente. Pero a medida que fui escribiendo fue el personaje de ella el que lo fue devorando todo, me di cuenta de que era ella a quien yo quería dar voz. Una cuestión ética, si se quiere...".

Admite sin problemas el escritor la posible deuda de justicia poética con su obra anterior: "Es cierto, en Tierra y cenizas (que, por cierto, dio lugar a una película homónima dirigida por el propio Rahimi y que fue premiada en Cannes hace cinco años) la mujer sólo está en la imaginación de los personajes masculinos, pero esa presencia imaginaria llega a molestar al hombre; en Laberinto de sueño y angustia sí hay un personaje femenino, pero tampoco sabemos casi nada de ella, no se confiesa, no se revela..., así que ahora, con La piedra de la paciencia, le llega por fin el turno a la mujer que se revela".

Era cuestión de tiempo. El escritor Atiq Rahimi mira de reojo a sus orígenes orientales y decide ajustar cuentas con ciertas visiones cultural-religiosas: "Los talibanes y los fundamentalistas podrán dar a la cuestión todas las vueltas que quieran, pero el ser humano ¿dónde toma forma?, en el vientre de la mujer. Y eso, a pesar de que muchas mitologías hayan intentado por todos los medios manipular la creación y robarle el protagonismo a la mujer, asegurando que si ella procedía de la costilla izquierda del hombre, que si tal y que si cual... Pero el caso es que no: venimos de la mujer. Y no hay más que acercarse de nuevo a contemplar la gran pintura de Gustave Courbet El origen del mundo, con ese sexo femenino en primer plano elevado a categoría fundacional, lleno de fuerza... Nosotros, los hombres, sentimos envidia de esa fuerza femenina".

Desde la caída de los talibanes en 2001, Atiq Rahimi viaja con frecuencia a su país, ya sea para colaborar con un canal de televisión, Tolo TV; para buscar localizaciones con vistas a futuras nuevas películas o, simplemente, para charlar con la gente de la calle. Rahimi, que dirige en Kabul varios talleres de escritura de guión cinematográfico y televisivo, es hoy un personaje popular en su país de origen pese a haber elegido París para vivir.

Entre otras razones, su celebridad se debe a dos programas de la televisión afgana de los que él es la alma máter: una telecomedia protagonizada por universitarios ("sobre fondo de intriga amorosa, es en el fondo una metáfora de la historia de mi país, con todas sus guerras, sus intransigencias religiosas y sus políticos corruptos", explica) y una especie de Operación Triunfo a la afgana.

"Vuelvo regularmente a Afganistán, lo necesito", reconoce, "allí hablo muchísimo con la gente, sobre todo con los jóvenes, y trato de descubrir sus frustraciones, por ejemplo las frustraciones sexuales, producidas por una absoluta falta de educación y de información".

Ante la mirada cómplice de las camareras de Le Fumoir (su verdadero cuartel general en París), el ganador del Goncourt empieza a desgranar un anecdotario afgano cuyo cliente más agradecido es él mismo, que ríe sin parar. "Uno de esos jóvenes me preguntó un día si era verdad, como había oído, que en Europa había una pastilla que te permitía alargar la potencia amorosa todo el tiempo que quisieras. Cuando le dije que sí se quedó boquiabierto. Yo he solido llevarles no la pastilla, pero sí preservativos y les digo: 'De entrada, esto te calma un poco al hacer el acto sexual... ¡y encima solucionáis el problema de sobrepoblación! Para ellos, el preservativo es como el descubrimiento de América".

-Así que si un día les lleva una caja de Viagra...

-¡Habrá una revolución en toda regla!

Con un tono a medio camino entre la ternura y la preocupación, el escritor expone su visión de algunos de los traumas de una sociedad plagada de carencias educativas y culturales: "La otra revolución actual entre los jóvenes afganos es el cine porno. Lo ven a escondidas, en la televisión por satélite o en Internet. Eso les perturba mucho, imagínese, nunca han recibido una educación sexual. Mire, una vez cogí un taxi en Kabul y me pasó algo increíble. El joven taxista llevaba en el coche un cartelito que decía: 'El amor no es pecado'. Entonces quise hablar de eso con él y el diálogo fue así, más o menos:

- ¿Te has enamorado alguna vez?

-Sí, una vez, locamente.

-¿Te casaste con ella?

-No.

-Pero ¿por qué?

-Porque si ella se enamoró de mí, eso quería decir que se podía enamorar de cualquiera...

Hay que decir que la cuestión sexual interesa sobremanera a Atiq Rahimi. Y cual remedo de Freud, se trastabilla en la conversación buscando y sirviendo explicaciones sexuales para todo tipo de cuestiones. Rahimi sostiene, y eso le preocupa, que "es facilísimo follar, dificilísimo hacer el amor, facilísimo disparar y dificilísimo besar, por eso hay tantas violaciones en las guerras, porque cuando el deseo amoroso no puede expresarse, surge la violencia". Asumido el papel de la violación como una prolongación del castigo, Rahimi sostiene: "No es casualidad que el fusil tenga esa forma fálica, ni que tirar tenga ese doble significado de disparar y de tirarse a alguien".

El autor de Tierra y cenizas está convencido de que para corregir todas esas lagunas educativas que, según él, asuelan su patria, sólo existe un camino: la cultura. "Los fusiles no salvarán mi país, eso ya se ha demostrado. Si existe un único factor capaz de cambiar el mundo, ése es la cultura. Y lo estamos viendo hoy, por desgracia: la política y la economía nos han llevado al abismo, no por casualidad, sino porque la lógica política lo permite todo, abre la puerta a todos los excesos, y la economía lo justifica todo en meras cifras. Al final, lo único que nos aporta virtud y seña de identidad es nuestra forma de ser, de hablar, de comer, de vestirnos, todo eso es cultura, leer un libro o ver una película tiene en nosotros un efecto de espejo, nos enseña cómo somos". "Otra cosa distinta", añade, "es que con la cultura se puede manipular a la gente, eso está históricamente demostrado..., pero eso demuestra también su eficacia como arma. Por eso los dictadores nunca reprimen la economía, siempre reprimen la cultura".

Llegado a ese punto, el occidentalizado y afrancesado Atiq Rahimi lanza sus dardos contra el papel desempeñado en Oriente por los timoneles de la política mundial. "Hasta el momento, la actuación de Europa y Estados Unidos con relación a países como Afganistán, Irak o Irán es un enorme fracaso. Su estrategia se ha reducido exclusivamente al plano político-militar, en ningún momento se han preocupado de aplicar estrategias culturales, educativas y sociales. Occidente no se ha parado un segundo a pensar cómo podría instaurarse en Afganistán una identidad cultural que una a la gente. En mi país, la cultura ha sido destruida, la gente no sabe escribir, los afganos ya no saben quiénes son, el único valor es la religión..., y así no hay nada que hacer, no hay referencias sólidas".

Sudáfrica, tras la victoria del ANC

TXENTE REKONDO
Gara




El 22 de abril millones de personas acudieron a las urnas en Sudáfrica en las cuartas elecciones democráticas del país desde el fin del apartheid. Los resultados volvieron a mostrar el inmenso apoyo del pueblo sudafricano al ANC y al programa electoral que defendía.

Durante los meses previos a las elecciones en Sudáfrica se ha desarrollado una campaña política y mediática para intentar acabar con el apoyo popular que sustenta los gobiernos del Congreso Nacional Africano (ANC).

La constitución de un nuevo partido, presentado como la alternativa al ANC y que estaría formado por cuadros y militantes escindidos del mismo, ha sido uno de los pilares de esa campaña. El Congreso del Pueblo (COPE) es fruto de una campaña elitista de antiguos dirigentes del ANC que vieron cómo el giro estratégico que supuso la conferencia de Polokwane acababa con las ansias de poder personal de ciertos miembros de la clase política dispuestos a aprovechar el apoyo popular en beneficio propio y de una minoría social privilegiada.

Algunos medios locales y extranjeros activaron la campaña a través de acusaciones, que hasta la fecha se han demostrado falsas, contra la nueva dirección del ANC y centrada, sobre todo, en su presidente, Jacob Zuma.

La controvertida figura de Zuma ha sido el eje del discurso contra el ANC, y buena parte de las acusaciones de corrupción por parte de los medios de comunicación, así como los errores que el propio ANC ha cometido en el pasado, son una clara muestra del cinismo de esos medios, ya que la política del ANC en los últimos años ha estado dirigida por esos mismos políticos que han abandonado la coalición y que han sido los verdaderos protagonistas de lo que ahora se pretende achacar a Zuma.

Tras el congreso de Polokwane y la conferencia política que le precedió, las cumbres de mayo y octubre de 2008 han supuesto una clara respuesta a las maniobras conspirativas de los disidentes, al tiempo que se ha aprobado una serie de principios políticos en apoyo a las clases más desfavorecidas de Sudáfrica y que se han incorporado al manifiesto reciente del ANC.

En este contexto, el propio Zuma se ha convertido, en cierta medida, en el símbolo de ese movimiento destinado a poner fin a las políticas y ambiciones personales de personajes como Thabo Mbeki. En estos momentos nadie duda de que el próximo hombre fuerte de Sudáfrica es Zuma, una persona que contrasta con su predecesor, lo que probablemente haya contribuido a su triunfo electoral. Así, no oculta el color de su piel, a la vez que reconoce abiertamente su modesto pasado. Su educación y autoformación se labró en los años que estuvo preso en Robben Island durante el apartheid.

Su pasado en la guerrilla del ANC, en la que llegó a ser el responsable de Inteligencia, le ha dotado de un importante carisma, al tiempo que se ha mostrado como un astuto negociador durante el conflicto con los zulúes (etnia a la que pertenece y que en esta ocasión ha votado mayoritariamente por él).

Sin embargo, los que no han ocultado su rechazo al ANC no se han dado por derrotados. Si primero fue la campaña contra Zuma, luego apuntaron a cierta debacle electoral del partido sudafricano y, sobre todo, no dudaron en confundir sus deseos con la realidad. Ahora, tras la victoria abrumadora del ANC vuelven a la carga tergiversando datos.

Pretenden presentar el apoyo del 66% como muestra del «retroceso del ANC» y de la pérdida de apoyo entre determinados sectores del país, ocultando que en 1999 el apoyo fue del 64%. También pretenden mostrar el no haber logrado dos tercios de los escaños parlamentarios como un claro fracaso en el intento del ANC de alcanzar la mayoría para reformar la Constitución (algo que han negado públicamente sus dirigentes).

Incluso deforman la realidad de Sudáfrica para situarla dentro de su estrategia contra el ANC. Así, aluden al supuesto hecho estratégico del voto étnico, cuando la realidad de Sudáfrica se muestra mucho más compleja, y si bien Zuma ha sido capaz de aglutinar el voto de su propia etnia, no ha ocurrido lo mismo con el grupo de Mbeki, los xhosa, (a los que en algunos círculos sudafricanos se referían irónicamente en el pasado como la «xhosa nostra»), entre quienes el apoyo al ANC ha rondado el 70% en esta ocasión.

Algunos cambios en el escenario sudafricano antes de las elecciones eran evidentes. Y también aquí esos sesudos analistas buscaban contradicciones en el ANC. El aumento del censo entre los más jóvenes, la llamada generación del móvil que no habría vivido directamente el apartheid, era un factor para restar votos al ANC. Como también querían poner en el debe las carencias que todavía afronta Sudáfrica (desempleo, sida...) e incluso pretendían presentar los síntomas de la crisis mundial como un error más de las políticas del ANC.

La alianza de fuerzas progresistas en torno al ANC -el Partido Comunista de Sudáfrica (SACP), el sindicato COSATU y las propias juventudes del ANC-, ha venido impulsando desde hace meses ese giro hacia políticas progresistas, tal y como demanda la sociedad sudafricana en su mayoría. La necesidad de movilizar a las masas del país y de mantener el pulso movilizador han sido y serán claves en el futuro del gigante africano a medio plazo.

Se ha querido poner fin a la acumulación de poder en manos de esa élite que hasta hace poco ha controlado el partido y Sudáfrica en beneficio propio, y para ello se ha llamado a la creación de comités locales en las ciudades y pueblos con el fin de que sean quienes impulsen las transformaciones que Sudáfrica todavía tiene que afrontar.

La lucha contra la corrupción y el crimen organizado, la asistencia sanitaria para la población, acabar con el analfabetismo, hacer de la educación un asunto social y profundizar la reforma agraria con un reparto más justo de la tierra y un mayor control de la producción alimenticia para combatir el hambre, son algunos de los desafíos del nuevo gobierno sudafricano.

Y es ahí donde se hace imprescindible la participación popular, para influir a través de esos comités y plataformas en las decisiones gubernamentales, de forma que el propio Gobierno sea consciente de que sin su participación no se pueden llevar adelante los retos marcados.

El ANC representa los deseos y aspiraciones de millones de personas, ninguna otra realidad política o social en el país tiene una conexión tan directa con el pueblo. Frente a quienes abandonan el proyecto cuando sus propuestas han sido derrotadas, las bases del ANC han dado innumerables muestras de democracia interna y, sobre todo, han optado por Zuma, pero dejando claro que si éste no cumple lo que las bases piden «no dudarán en optar por otra persona», porque por encima de proyectos personalistas están los hombres y mujeres del ANC.

Como decía un político local, tras varios años postapartheid, «la primera década ha beneficiado principalmente al capital, ya es hora de que la segunda década de libertades sea la de los pobres y de la clase trabajadora».