Hermanos Marx: cuando el surrealismo aprendió a reír gracias al cine

El ochenta aniversario del estreno de la primera película de los Hermanos Marx -«Los cuatro cocos» (1925)-, sirve de excusa perfecta para rememorar el ácido y surrealista discurso de un trío irrepetible y referencial para el mundo de la comedia.



KOLDO LANDALUZE
Gara




A pesar de haber coqueteado con todos los medios artísticos posibles, los Hermanos Marx siempre quedarán ligados a nuestra retina del recuerdo gracias a la serie de explosivas y anárquicas comedias que protagonizaron durante el decenio de 1930. Curtidos en la cantera del vodevil y en los teatros de Broadway, su irreverente discurso físico y verbal ha subvertido el tiempo y la caducidad influyendo notoriamente en diversas generaciones posteriores de aficionados que no han olvidado su vitriólico sentido del humor y, sobre todo, en buena parte de aquellos actores cómicos que han indagado en las posibilidades del gag surrealista.

Los Hermanos Marx aprovecharon al máximo la oportunidad de un medio -el cine- que ya había aprendido a hablar; un factor decisivo con el que no pudieron contar en sus inicios los grandes maestros de la etapa muda como fueron Charles Chaplin y Buster Keaton. A pesar de esta ligera «ventaja» que tuvieron, los Marx pasan por ser únicos e irrepetibles en la historia del cine y no admiten comparación alguna con el resto de colegas de escena, ni siquiera con los más actuales, ya que poseían una idiosincrasia personal -sobre todo Groucho- que inevitablemente se fundía con su profesión: Cuando el sonido de la claqueta y la voz del director anunciaban un alto en el rodaje, ellos seguían actuando.

El grupo original de estos cómicos incluía a cinco miembros: Leonard (Chico), Arthur-Adolph (Harpo), Julius-Henry (Groucho), Milton (Gummo) y Herbert (Zeppo). Todos ellos siguieron la tradición familiar como artistas, entrando en el negocio del espectáculo a una edad muy temprana y gracias a su padre, un modesto sastre de origen judío llamado Samuel Marx, quien, preocupado por la escasa rentabilidad que le reportaba su negocio, decidió que sus hijos se dedicaran al oficio de la farándula y el espectáculo. El primero que siguió el consejo paterno fue el precoz Julius-Henry, quien por entonces contaba con catorce años de edad. Al poco tiempo, y formando ya un grupo musical, se incorporó el resto de la familia, incluida su propia madre, Minnie.

Según cuentan las crónicas de la época, la primera declaración de intenciones seria por parte del clan Marx cobró forma en el año 1912, en el transcurso de una actuación celebrada en una olvidada localidad de Texas. Hasta este instante, la prole malvivía recorriendo el país en salas de tercera fila y con muy poco éxito. Aquella noche mágica de 1912, una mula que se encontraba en los alrededores tuvo la buena idea de escaparse y salir a escena en cuanto los hermanos iniciaron un nuevo número musical. Mientras ellos cantaban, el público salió detrás del animal olvidándose por completo de la actuación, lo cual motivó el enfado general de la prole cantarina, especialmente de Groucho, quien empezó a lanzar chistes mordaces contra los espectadores.

Jaleado por sus hermanos, Julius-Henry se empleó a fondo y elaboró un cuidado repertorio de ácidos comentarios que no tardaron en hacer efecto entre el respetable. Para sorpresa de todos, el público, en lugar de enfadarse, creyó que aquel recital de chistes formaban parte del número y rompieron a reír y aplaudir entusiasmados. Aquella noche nacieron al mundo de la comedia los cinco hermanos Marx: Groucho, Zeppo, Harpo, Chico y Gummo. El resto no fue más que la lógica prolongación de lo que ocurrió en aquella barraca de feria tejana.

En 1923 produjeron su primera revista musical, «I'll say she is», a la que siguieron «The Cocoanuts» y «Animal Crackers». Broadway saludó con los brazos abiertos al telúrico quinteto y éste recompensó semejante muestra de afecto con un encadenado de rotundos éxitos. El idilio entre los Marx y Broadway se vio alterado cuando, en 1926, entró a escena la poderosa productora de cine Paramount para ofrecerles un suculento contrato que no pudieron rechazar.

Con anterioridad ya habían intentado producir con sus propios ahorros una comedia titulada «Humorisk», rodada en apenas dos semanas, la cual ni siquiera llegó a ser culminada. Algunos biógrafos insisten en que llegó a terminarse y que fue estrenada, pero con tan poco éxito que el propio Groucho compró todas las copias y las quemó. El solo hecho de pensar que esta película tan mala fuera exhibida, precisamente cuando atravesaban una excelente racha creativa, suponía un serio contratiempo para su carrera meteórica. Este suceso y la muerte de su madre, Minnie, en 1929, produjeron una gran depresión en el seno familiar.

Afortunadamente, la sonrisa se asomó de entre el flamante mostacho de Groucho cuando la Paramount dio vía libre a la adaptación cinematográfica de su número musical «The Coconauts» («Los cuatro cocos»). Bajo la dirección de Joseph Santley y Robert Florey, esta película se convirtió en un inesperado éxito de taquilla que los catapultaría a la fama. Después llegaron «Animal Crackers» («El conflicto de los Marx») y «Horsefeathers» («Plumas de caballo»), ambas dirigidas por Norman Z. Leod.

En el año 1933 ocurrió una de esas habituales paradojas tan típicas del cine. Quizás envalentonados o, simplemente, porque confiaban ciegamente en sus posibilidades, los Marx Brothers lanzaron un arriesgado reto a sus seguidores y rodaron uno de sus mayores logros creativos: «Duck Soup» («Sopa de ganso»). Contra todo pronóstico, la película se convirtió en un sonoro fracaso, lo cual provocó que la Paramount rompiera su contrato y Zeppo abandonara a sus hermanos para abrir una oficina dedicada a la contratación de actores. En el listado de actores manejada por Zeppo nunca figuraron sus tres hermanos, porque consideró que ya habían tocado fondo.

Por fortuna, la Metro Goldwyn Mayer no pensó lo mismo y les propuso rodar dos películas. De esta forma, nació la que para muchos de sus aficionados es la pieza cumbre del trío: «A Night in the Opera» («Una noche en la ópera»). La imperecedera escena del camarote y el contrato infinito de la parte contratante figuran entre algunos mejores hallazgos creativos que incluye esta pieza magistral de la comedia del año 1935 que consiguió superar el mayor reto de la época: arrancar una sonora carcajada a la gélida y divina Greta Garbo.

A esta película siguió «Un día en las carreras» (1937), dirigida por Sam Wood. Después emigraron fugazmente a la compañía RKO para protagonizar «El hotel de los líos» (1938) y retornaron a la Metro para participar en «Una tarde en el circo», «Los hermanos Marx en el Oeste» y «Tienda de locos». Corría el año 1941 y los Marx consideraban que los estudios cada vez confíaban menos en ellos. Por ese motivo, decidieron separarse para prolongar sus carreras respectivas en solitario.

Groucho se decantó por la radio, mientras que Harpo y Chico retornaron a la comedia teatral. En esta época, Harpo rodó una película en solitario titulada «Stage Door Canteen» y Groucho decidió coquetear con la diva del inabarcable sombrero de frutas, Carmen Miranda, en «Copacabana».

Siempre unidos, incluso en la fatalidad, decidieron reunirse nuevamente para salvar del caos financiero que padecía su hermano Chico por culpa del juego y las faldas y rodaron para la United Artist «Una noche en Casablanca» y «Amor en conserva», en la que Groucho arrimó su seductor bigote a los labios carnosos de una por entonces desconocida Marilyn Monroe.

En 1957 rodaron «La historia de la humanidad» y ya nunca más se asomaron desde el otro lado de la pantalla en formato de trío. Groucho prolongó su relación con el medio en películas como «Skidoo», de Otto Preminger; «Mr. Music», de Richard Hayden; «Don Dólar», con el soso Frank Sinatra y la volcánica Jane Russell; «A girl in Every Port» de Chester Erskine y, finalmente, «Una mujer de cuidado», de Frank Thaslin. Siempre inquieto, Groucho buscó nuevas fronteras en un medio emergente llamado televisión y entre 1941 y 1961 participó en el programa «Apueste por su vida» y en «The Mikado».

Los dos hermanos restantes se desvanecieron y salvo Chico, que hizo para la televisión «Nex to no Time» en 1958, se desvincularon por completo del voraz mundo del espectáculo.

Por fortuna, siempre contaremos con el recuerdo fresco e imborrable de un cigarro gigantesco asomándose por entre un mostacho pintado, los bolsillos inabarcables de un mudo con peluca rubia y un tipo con gorrito incomprensible que padecía incontinencia verbal.

Carlos Giménez, viñetas de la calle y el recuerdo

Podría ser el primer dibujante en lograr el Príncipe de Asturias. Con 'Paracuellos' envolvió la triste realidad de la España de la posguerra



FRAN CASILLAS
El Mundo




La piel de Carlos Giménez todavía no ha olvidado el frío, el hambre ni la violencia congénita de la posguerra. Sus poros se rebelaron exudando la tinta que unta 'Paracuellos', un tebeo epidérmico, que envuelve la triste realidad de aquella España desprovista de color. Esta saga áspera y autobiográfica catapultó el prestigio de Giménez, Medalla de Oro de las Artes en 2003 y que ahora aspira al Príncipe de Asturias.

Nunca antes un dibujante de historietas había optado a este galardón, pero la propia industria del cómic se ha encargado de promover y respaldar su candidatura. Para reflexionar sobre este hito y rememorar sus logros, el artista recibe a elmundo.es en su casa de la calle Atocha.

A lo largo de la entrevista, Giménez usa hasta tres pares de gafas distintos. Décadas de empuñar el lápiz bajo el flexo han mermado su vista, pero sus ojos enseñan sin velo al granuja bohemio. "El Príncipe de Asturias no cambiaría mi vida ni mi modo de trabajo. Además, no creo que ni yo ni nadie del tebeo vaya a recibir un premio así. Para mí, ya es suficiente honor que un grupo de amigos y profesionales hayan propuesto mi candidatura".

Desprende humildad, pero a Giménez lo contempla una trayectoria trufada de méritos. El más importante, haber moldeado un artista a partir de su propia biografía. Porque su infancia no fue fácil: al poco de nacer murió su padre, y cuando su madre enfermó de tuberculosis lo separaron de sus hermanos para internarlo en un colegio de Auxilio Social.

'Los tebeos eran de las pocas alegrías'

Aquel lugar era el bastión último de una sociedad lastrada por la pobreza y la incultura. "Gobernaban los que habían quemado libros durante la guerra, la censura era tremenda", rememora Giménez. "Los tebeos eran una de las pocas alegrías que llegaban a la escuela, y encontrarte con historietas que hablaban de amistad, de solidaridad, de aventuras y geografías exóticas... Era una válvula de escape de la triste realidad".

Las historietas suplieron esa carencia de afecto y cultura que acusaba Giménez, quien tomó la determinación de convertirse en dibujante. Entró en contacto con la profesión como ayudante de Manuel López Blanco ("mi maestro, el que me enseñó a caminar por la vida"). Su talento no tardó en emerger y pronto rubricó viñetas en series de aventuras y ciencia ficción como 'Delta 99' o 'Gringo'.

'Dani Futuro', otra saga de fantasía, es considerada por el propio Giménez como un punto de inflexión en su carrera. Se había instalado en Barcelona, centro neurálgico de la historieta española, porque como suele repetir, "para comer hay que estar en la cocina". Giménez alcanza la madurez como artista, y empieza a escribir sus propios guiones para facturar genuinos tebeos de autor.

Dueño absoluto de sus historias, Giménez se destapa como un autor intrépido, revolucionario. Rompe todos los esquemas abordando temas sociales en sus tebeos, que ya no se dirigen a un público exclusivamente juvenil. Con 'Barrio', 'Historias de Sexo y Chapuza' o 'Los Profesionales', Giménez apuesta por el costumbrismo y equipara el cómic a la mejor literatura.

'Siempre me baso en la realidad'

Este órdago triunfa de la mano de 'Paracuellos', cuatro álbumes donde evoca las amarguras de su infancia en los colegios de Auxilio Social: "Siempre me baso en la realidad, necesito creerme las historias que cuento. Y si me las invento, sé que son mentira. Tengo que partir de un hecho cierto".

Las viñetas de 'Paracuellos' hablan de miseria y sordidez, desnudan conciencias agredidas y despiertan ternura por los niños protagonistas. Era un tebeo innovador, arriesgado, y muchas editoriales dijeron que no. "Amaika imprimió finalmente algunas páginas, que inexplicablemente llegaron a un editor francés, el de Fluide Glacial. Se interesaron por mi trabajo y contactaron conmigo para publicar el material. La serie recibió buenas críticas y desde entonces se ha vendido en varios países".

Aquel éxito apuntaló el ascendente de Giménez, que por aquella época había acuñado otra obra de referencia, 'España Una, Grande y Libre'. Recopilación de sus historias de crítica política para 'El Papus', el álbum documenta detalladamente la historia de la Transición, algo de lo que Giménez "no era consciente" en un primer momento. "Mis amigos me dicen: 'La memoria histórica la inventaste tú, pero no sabías que se llamaba así'".

Padre del cómic social, cronista histórico e infatigable cruzado por los derechos de autor, Giménez se resiste al elogio. El Príncipe de Asturias puede elevarlo a la cumbre, pero él se reivindica como un hombre con los pies en el suelo. "Más que un artista, me considero un contador de cuentos recogidos de la calle. Al estilo del trovador medieval que iba por los pueblos cantando las historias que recababa por el camino".

¿Por qué un hambre galopante en el siglo XXI y cómo erradicarla?


DAMIEN MILLET y ÉRIC TOUSSAINT

Mondialisation.ca (Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos)



¿Cómo explicar que en el siglo XXI sigamos enfrentándonos al hambre? Uno de cada siete habitantes del planeta sufre hambre de forma permanente

Las causas son conocidas: una profunda injusticia en la distribución de la riqueza, el acaparamiento de tierras por parte de una reducida minoría de grandes propietarios. Según la FAO, 963 millones de personas padecen hambre en 2008. Estructuralmente, estas personas pertenecen paradójicamente a la población rural. En su mayoría son productores agrícolas que no poseen propiedades o las tierras suficientes, ni los medios de sacarles partido.

¿Qué ha provocado la crisis alimentaria de 2007-2008?

Hay que destacar que en 2007-2008 hay 140 millones personas más que padecen hambre. Este aumento neto se debe a la explosión del precio de los productos alimenticios. En muchos países este aumento del precio de venta de los alimentos al por menor es de aproximadamente un 50 %, a veces más.

¿Por qué un aumento semejante? Para responder a esta pregunta es necesario entender lo que ha pasado desde hace tres años y, a continuación, establecer unas políticas alternativas adecuadas.

Por una parte, los poderes políticos del norte han aumentado sus ayudas y sus subvenciones a los agrocarburantes (erróneamente llamados “biocarburantes”, aunque no tienen nada de bio). Por ello, se ha hecho rentable sustituir los cultivos alimenticios por cultivos de forraje y de oleaginosas, o desviar una parte de la producción de grano (maíz, trigo...) para la producción de agrocarburantes.

Por otra parte, tras el estallido de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos y después del rebote en el resto del mundo, la especulación de los grandes inversores (fondos de pensiones, bancos de inversión, hedge funds…) se ha desplazado a los mercados bursátiles donde se negocian los contratos de los productos alimenticios (principalmente tres Bolsas de Estados Unidos especializadas en mercados a plazo de los granos: Chicago, Kansas City y Minneapolis). Por consiguiente, es urgente que los ciudadanos actúen para que se prohíba por vía legal la especulación de los alimentos… Aunque la especulación a la alza haya acabado a mediados del año 2008 y los precios en los mercados a plazo hayan caído después en picado, los precios al por menor no han seguido el mismo movimiento. La aplastante mayoría de la población mundial dispone de unos ingresos muy bajos y sufre todavía las dramáticas consecuencias de la subida de los precios de los alimentos en 2007-2008. Las decenas de millones de pérdidas de empleos anunciados para 2009-2010 a escala mundial van empeorar la situación. Para contrarrestar esta situación es necesario que las autoridades públicas ejerzan un control de los precios de los alimentos para hacer que bajen.

El aumento del hambre en el mundo no se debe por el momento al cambio climático. Pero este factor tendrá unas consecuencias muy negativas en el futuro en términos de producción en ciertas regiones del mundo, en particular las zonas tropicales y subtropicales. La producción agrícola en las zonas templadas debería verse menos afectada. La solución consiste en una acción radical para reducir brutalmente las emisiones de gas de efecto invernadero (el GIEC recomienda una disminución del 80 % de las emisiones para los países industrializados y del 20% para los demás).

¿Es posible erradicar el hambre?

Erradicar el hambre es totalmente posible. Las soluciones fundamentales para alcanzar este objetivo vital pasan por una política de soberanía alimenticia y una reforma agraria. Es decir, alimentar a la población a partir de los esfuerzos de los productores locales al tiempo que se eliminan las importaciones y exportaciones.

Es preciso que la soberanía alimentaria sea el centro de las políticas de las decisiones políticas de los gobiernos. Hay que basarse en explotaciones agrícolas familiares que utilicen técnicas destinadas a producir los productos denominados “bio” (u “orgánicos). Esto permitirá además disponer de una alimentación de calidad: sin Organismos Modificados Genéticamente (OMG), sin pesticidas, sin herbicidas, sin abonos químicos. Pero para lograr este objetivo es necesario que más de tres mil millones campesinos puedan acceder a una cantidad suficiente de tierra y trabajarla por cuenta propia en vez de enriquecer a los grandes propietarios, a las transnacionales de la agroindustria y a los comerciantes. También es necesario que dispongan, gracias a la ayuda pública, de medios para cultivar la tierra (sin agotarla).

Para ello es necesaria una reforma agrícola, reforma que siempre falta de manera cruel, ya sea en Brasil, Bolivia, Paraguay, Perú, Asia o en algunos países de África. Esta reforma agraria debe organizar la redistribución de las tierras prohibiendo las grandes propiedades privadas y proporcionando apoyo público al trabajo de los agricultores.

Es importante destacar que el FMI y sobre todo el Banco Mundial tienen una enorme responsabilidad en la crisis alimentaria porque ellos recomendaron a los gobiernos del sur suprimir los silos de grano que servían para alimentar el mercado interior en caso de insuficiencia de oferta y/o de explosión de los precios. El Banco Mundial y la FMI presionaron a los gobiernos para que suprimieran los organismos de crédito público a los campesinos y han empujado a estos a las garras de prestamistas privados (con frecuencia grandes comerciantes) o de bancos privados que tienen unas tasas usureras. Esto ha provocado el endeudamiento generalizado de los pequeños campesinos, ya sea en India, Nicaragua, México, Egipto o en muchos países del África subsahariana. Según investigaciones oficiales, el fuerte endeudamiento que afecta a los campesinos indios ha sido la causa principal del suicidio de 150.000 campesinos en este país en los diez últimos años. Precisamente en este país el Banco Mundial se esforzó con éxito para convencer a las autoridades de que suprimieran las agencias públicas de crédito a los agricultores. Y eso no es todo: en el curso de los últimos 40 años, el Banco Mundial y el FMI también han presionado a los países tropicales para que reduzcan su producción de trigo, arroz y maíz y lo sustituyan por cultivos de explotación (cacao, café, té, plátano, cacahuete, flores...). Finalmente, para rematar su trabajo a favor de las grandes sociedades de la industria alimentaria y de los grandes países explotadores de cereales (empezando por Estados Unidos, Canadá y Europa occidental) han presionado a los gobiernos para que abran de par en par sus fronteras a las importaciones de alimentos que se benefician de generosas subvenciones por parte de los gobiernos del norte, lo que provoca la quiebra de muchos productores del sur y una reducción muy fuerte de la producción alimenticia local.

En resumen, es necesario poner en marcha la soberanía alimentaria y la reforma agraria. Hay que abandonar la producción de los agrocarburantes industriales y prohibir las subvenciones públicas a quienes los producen. También hay que volver a crear en el sur almacenes públicos de reservas de alimentos (en particular, de granos: arroz, trigo, maíz…), (re)crear organismos públicos de crédito a los agricultores y restablecer una regulación de los precios de los alimentos. Hay que garantizar que las poblaciones de bajos ingresos se pueden beneficiar de precios bajos para alimentos de calidad. El Estado debe garantizar a los pequeños productores agrícolas unos precios de venta suficientemente altos para permitir mejorar netamente sus condiciones de vida. El Estado debe desarrollar también los servicios públicos en los medios rurales (sanidad, educación, comunicaciones, cultura, “bancos” de semillas…). Los poderes públicos son perfectamente capaces de garantizar a los consumidores de alimentos unos precios subvencionados y, a la vez, a los pequeños productores agrícolas unos precios de venta lo bastante elevados como para que dispongan de unos ingresos suficientes.

¿Este combate contra el hambre no forma parte de un combate mucho mas vasto?

No se puede pretender seriamente luchar contra el hambre sin atacar las causas fundamentales de la situación actual. La deuda es una de ellas y los efectos anuncio sobre este tema, frecuentes en los últimos años, como durante las cumbres del G8 o del G20, apenas enmascaran que este problema sigue existiendo. La crisis global que afecta hoy al mundo agrava la situación de los países en desarrollo frente al coste de la deuda al tiempo que en el sur se preparan nuevas crisis de la deuda. Esta deuda ha llevado a un empobrecimiento general de los pueblos del sur, que con frecuencia están provistos de considerables riquezas humanas y naturales. La deuda es un saqueo organizado al que es urgente poner fin.

En efecto, el mecanismo infernal de la deuda pública es un obstáculo esencial para la satisfacción de las necesidades humanas fundamentales, entre las que está el acceso a una alimentación decente. La satisfacción de las necesidades humanas fundamentales debe primar, sin duda alguna, sobre cualquier otra consideración, geopolítica o financiera. En el plano moral, los derechos de los acreedores, rentistas o especuladores carecen de peso en relación a los derechos fundamentales de seis mil millones de ciudadanos, avasallados por este mecanismo implacable que representa la deuda.

Es inmoral pedir a los países empobrecidos por una crisis global de la que ellos no son en absoluto responsables que consagren una gran parte de sus recursos a reembolsar a acreedores acomodados (ya sean del norte o del sur) en vez de a satisfacer estas necesidades fundamentales. La inmoralidad de esta deuda se desprende también del hecho de que con frecuencia ha sido contraída por regímenes no democráticos que no han utilizado las sumas recibidas en el interés de sus poblaciones y que con frecuencia han desviado masivamente el dinero, con el acuerdo tácito de los Estados del norte, del Banco Mundial y del FMI. Los acreedores de los países más industrializados han prestado dinero con conocimiento de causa a regímenes con frecuencia corruptos. No tienen derecho a exigir a los pueblos que reembolsen estas deudas inmorales e ilegítimas.

En resumen, la deuda es uno de los principales mecanismos por medio de los cuales se opera una nueva forma de colonización en detrimento de los pueblos. Viene a añadirse a ataques históricos por parter también de los países países ricos: la esclavitud, el exterminio de las poblaciones indígenas, el yugo colonial, el saqueo de materias primas, de la diversidad, de la experiencia de los campesinos (por medio del patentado en beneficio de las multinacionales de la industria alimenticia del norte de los productos agrícolas del sur, como el arroz basmati indio) y de los bienes culturales, la fuga de cerebros, etc. Definitivamente, es el momento de sustituir la lógica de la dominación por una lógica de la redistribución de riqueza en una preocupación por la justicia.

El G8, el FMI, el Banco Mundial y el Club de París imponen su propia verdad, su propia justicia, de la que ellos son juez y parte a la vez. Frente a la crisis, el G20 ha tomado el relevo y trata de volver a situar a un FMI desacreditado y deslegitimado en el centro del juego político y económico. Hay que acabar con esta injusticia que beneficia a los opresores, ya sean del norte o del sur.

Un montón de imágenes rotas. T. S. Elliot, "La tierra estéril"


JAIME SILES
ABC




Hay poetas cuya comprensión no exige ni una sola nota: tal es la simplicidad de su sistema y la inmediatez de su lenguaje. Pero hay otros -como Euforión de Calcis, Licofrón o Persio- que necesitan muchas, sin que estas agoten por completo su sentido o clarifiquen sus referencias lo bastante. T. S. Eliot, aunque escribe en inglés y no en una lengua antigua, es un poeta alejandrino con una idea muy clara de los diversos mecanismos que intervienen en el proceso de composición, y su texto es un continuo palimpsesto que requiere una clave de lectura que ilumine su código y que sirva de cifra al lector.

El hecho de que él mismo anotara su texto indica no tanto sus hábitos de pedante erudito -así lo vio una parte de su generación- como su deseo de dirigir el sentido de la lectura de su obra, al tiempo que configuraba un mosaico fragmentario, en el que la naturaleza del fragmento no era la que le confirieron los románticos, sino un espejo de las ruinas de la modernidad producidas por la guerra del 14. Consciente como Valéry, pero más sofisticado que este, concibió su escritura como un producto de la tradición actualizada por el fluir continuo de la Historia, que ajusta el amplio corpus cultural de aquella, más que a la voluntad de un individuo, al dictado estilístico de cada concreta situación.

Infierno espiritual. Eliot -como Homero, Virgilio y Dante, tres de sus máximos y confesados referentes- realizó una catábasis al infierno espiritual de su época -la de entreguerras- que, tal vez mejor que nadie, interpretó. Creyente en un mundo de incrédulos, construyó un significativo tapiz en el que hizo ver la falta de significado de las cosas. Por eso, como sucede en Aleixandre y supo ver en él Carlos Barral, hay un Eliot poeta social, sólo que desde el conservadurismo.

El aparato no tanto crítico como referencial que, en 1922, puso a The Waste Land no ha hecho desde entonces sino aumentar, aunque este aumento no sea del texto en sí, sino del contingente referencial del mismo, que ha sido pasto de la devoción de múltiples estudiosos. La edición de Jaime Tello amplía el de otras versiones de las que disponíamos, al incorporar al conjunto de las notas, que ya forman parte del libro, no sólo las que el propio Eliot puso sino otras -a veces convincentes y otras, más discutibles y dudosas- que ha ido añadiendo la investigación.

Angustia y desolación. Pero no es ese el único mérito de esta nueva versión: está también -y diría que en grado no menor- el de la propuesta de cambio de su título, que aquí se hace y que sustituye el que Ángel Flores acuñó. Tello prefiere La tierra estéril en vez de La tierra baldía, que es como la editorial Cervantes de Barcelona publicó la obra en 1932. Razones no le faltan e incluso parece más acorde con el pensamiento de su autor, ya que da cuenta de uno de los elementos esenciales del libro que, unos años después, The Hollow Men (1925) desarrollará: el sentimiento de angustia y de desolación en un universo despojado de todos los valores y en el que el ciclo de las estaciones, que regía el ritmo de las antiguas sociedades agrícolas, había dejado ya de funcionar, abandonando al ser humano a la inseguridad de una tierra de nadie improductiva, destruida por la guerra y sin esperanza de renovación.

Eso es lo que enmarcan y describen los versos 18 y 19 del primer movimiento -«¿Qué raíces son las que arraigan, qué ramas crecen / de estos escombros pétreos?». Y esa es la pregunta que se hace la persona poética colectiva, que ha perdido la voz y no puede «decir ni imaginar» porque sólo conoce «un montón de imágenes rotas».

Esas imágenes rotas constituyen el material con que trabaja Eliot y sobre ellas proyecta la sensación de no estar «ni vivo ni muerto», de la que extrae su visión postbélica de Europa y su definición del mundo occidental, objetivadas ambas en esa «Ciudad Irreal / bajo la parda niebla...» en la que resuena Baudelaire, como en el slang cockney de parte del segundo movimiento se adivinan los ecos de la lengua coloquial de Laforgue. Eliot siguió a ambos, pero en el segundo movimiento incorporó a Petronio, logrando una mixtura de estilos y niveles de lenguaje de tanta belleza como complejidad.

El deliberado prosaísmo del tercer movimiento contrasta con el lirismo del cuarto, y todos ellos se integran en un horizonte antropológico, preciso y difuso a la vez, en el que los ritos suplen a los mitos y en los que sólo habita y vive lo irreal, identificado aquí con una serie de grandes ciudades. El tema del otium calamitosum de los clásicos de la Antigüedad se mezcla con el de la muerte del amor y el silencio como idioma de las relaciones intersubjetivas, los abortos provocados y el egoísmo de una no menos estéril sociedad que sufre las consecuencias de todo ello.

Estilos de vida. Eliot se permite hacer un juego de espejos en el que las clases sociales aparecen cada una con su estilo de vida y su correspondiente forma de expresión. El más intenso -y también el más arriesgado- tal vez sea el segundo movimiento, que es también el que más experimenta y ahonda en la dicción. Pero la crítica ha subrayado, sobre todo, el primero y el último: aquel, por ser una precisa estampa de un momento; este, porque, con sus consejos, abre una vía hacia la salvación. El lector puede elegir cualquiera de ellos: la versión de Tello es tan intensa como convincente.

25 años después de la primera reforma laboral se sigue en la misma línea de precariedad y despido barato


La única solución que aparece para enfrentarse a la crisis es hacer una nueva reforma laboral. La reclaman los empresarios con fuerza y, al final, el Gobierno español y las centrales sindicales estatales entrarán. ¿Qué más quieren los empresarios? Prepararse para la siguiente crisis: necesitan deshacerse del empleo con más facilidad, que la negociación colectiva no les interrumpa sus planes y cotizar menos. Tres ingredientes que chocan de manera frontal con los intereses de los trabajadores, que son los que, en realidad, están pagando las consecuencias de la crisis con despidos.

JUANJO BASTERRA
Gara




Este año se cumplen 25 años de la primera reforma del mercado laboral. Se han producido hasta cinco importantes cambios en la normativa laboral en ese periodo, concretamente en 1984, 1994, 1997, 2001 y 2006, y estamos a las puertas de la sexta. Antes, con la aparición del Estatuto de los Trabajadores, se produjo una serie de recortes en los derechos de los trabajadores en 1980. En todos estas modificaciones, las condiciones de trabajo se han visto perjudicadas: aumentó la precariedad laboral, se modificaron a la baja las prestaciones por desempleo y hubo recortes en las prestaciones por bajas por enfermedad profesional; se abarataron los costes por despido; se crearon los contratos de aprendizaje, la mayoría en fraude de ley; y, entre otros muchos cambios, se ampliaron los años de cotización real a la Seguridad Social, de quince a diecisiete años y medio, para tener derecho a una pensión.

En realidad, todas las modificaciones han sido un losa más contra la clase trabajadora, que ha salido perdiendo mucho. En este momento, en plena crisis económica, los empresarios quieren más desregulación del mercado laboral para despedir con facilidad y más barato. Lo llaman «contrato único con indemnizaciones por despido a coste creciente»; que los salarios no se incrementen por encima de la inflación, aunque las empresas obtengan enormes beneficios económicos, y que los convenios colectivos estén controlados a nivel estatal para que la acción sindical no genere diferencias importantes entre territorios y en zonas que no controlan. También quieren una casi eliminación total de las cotizaciones y, a nivel fiscal, pagar menos impuestos. Son elementos que ya se producen, por lo que de profundizarse en esa línea los empresarios y grandes empresas no pagarían impuestos.

Al fin y al cabo, como reconocen ELA y LAB, que encabezan la convocatoria de la huelga general del próximo día 21, se trata de echar sobre la espalda de los trabajadores las consecuencias de la crisis económica que no han generado los asalariados y sí, en cambio, el poder financiero, económico y empresarial, que es el que más ayudas del sistema público está obteniendo. Mientras, los trabajadores engrosan las listas de paro y aumentan las personas en exclusión y en la pobreza. La historia se repite en este cuarto de siglo de forma gradual. En cada una de las reformas, se ha profundizado en una pérdida de derechos de la clase trabajadora. Isabel Otxoa, profesora de la UPV-EHU, realizó un informe sobre «El recorte de derechos en las reformas laborales», que publicó la Fundación Manu Robles-Arangiz, en el que afirma que «la empresa flexible abarata costes, ajustando al máximo su actividad a la demanda de cada momento. Para ello, reduce su plantilla a la mínima expresión, pero a la vez necesita dotarse de amplias posibilidades de utilizar trabajadores que, sin pertenecer a su núcleo estable pueden ser contratados y despedidos ágilmente». Ahora, quieren más.

1984, primera reforma

En este sentido, Otxoa recuerda que «esta forma de gestión ha requerido en el pasado procesos de expulsión de la mano de obra considerada excedente, y en el futuro también convierte la inestabilidad en el empleo en un elemento estructural». De hecho, «en el marco físico de la empresa, la propia condición asalariada se relativiza y difumina a través de la imposición de fórmulas de prestación de servicios que encubren frecuentemente una relación laboral: personal becario, en prácticas, faltos autónomos y otros». La primera reforma se aprobó en 1984 y contó con el apoyo inicial de UGT. Permitió ampliar los contratos laborales de duración determinada y su extensión en puestos estables. Fue la primera vez en que se introdujeron elementos de flexibilidad que no estaban reconocidos en el Estatuto de los Trabajadores, elaborado en 1980. Provocó una rotación elevada de parados.

En 1992, se aprobó la Ley de Medidas Urgentes sobre Fomento de Empleo y Protección por Desempleo, que redujo las prestaciones por desempleo, así como su acceso. En este momento, las oficinas del Inem acogen, con datos cerrados de marzo, a 159.401 desempleados en Hego Euskal Herria. En un año, 53.287 personas han engrosado las listas del paro, lo que supone un incremento del 50%, y en la actualidad la tasa de desempleo se encuentra en el 11,6% que, aunque es menor a la media española, es una de las tres más altas de las diferentes regiones de la Unión Europea. Es el porcentaje más elevado desde el año 2000. Otro dato que va en consonancia con esas reformas laborales es que 57.476 personas en paro no reciben prestación económica ni subsidio alguno.

En la segunda reforma laboral de 1994 se dio paso a la rotación elevada de los contratos de trabajo, con la aparición de las empresas de trabajo temporal, que mantienen una captación en el mercado laboral vasco del 24% de la contratación temporal, por encima de los 180.000 contratos temporales anuales.

Isabel Otxoa señala que se alargó el período de prueba de los nuevos contratados de quince días a dos meses, «para el personal no cualificado se multiplicó por cuatro la posibilidad de la empresa de prescindir de un trabajador sin más explicaciones». También da cuenta de un problema adicional como es «la falta de intervención de la autoridad en el control de la contratación temporal irregular», dejando al trabajador en la necesidad de acudir a los juzgados para lograr la estabilidad del puesto de trabajo. En esta reforma se profundizó en el proceso de temporalidad.

Las administraciones públicas y los empresarios se dieron cuenta de que para reducir las enormes tasas de paro que arrastraba el mercado laboral vasco había que permitir la rotación del empleo, antes ya se habían mermado las condiciones de acceso a las prestaciones. Esta reforma fue posterior a la dura crisis económica de 1993. Entonces, los empresarios lograron también que se les permitiera que los nuevos trabajadores «no entraran a la empresa con las mismas condiciones ni de trabajo ni de salario, ni de mejoras sociales, creando trabajadores de primera, segunda y tercera clase». Esta situación se ha mantenido en el tiempo. Así ha ocurrido que Hego Euskal Herria tiene una tasa de temporalidad que casi duplica a la media europea, ya que se encuentra alrededor del 28%, frente a un 15% de la UE.

Sin estabilidad laboral

Aunque sus firmantes aseguran que las diferentes reformas se realizan para conseguir la estabilidad temporal, ninguna lo ha conseguido. Menos en esa de 1994, porque más del 90% los contratos fueron temporales. Esa tasa se mantiene en este momento, lo que demuestra que la precariedad laboral sustituyó en buena parte al paro, pero en la etapa de crisis actual se demuestra que ese empleo es el primero que se pierde, después los de los expedientes de regulación. Las pretensiones de los empresarios son, sin duda, llegar a la extensión de los contratos de trabajo a esos niveles para que no tengan impedimento, cuando llegue otra crisis, en deshacerse de quienes les estorban para mantener los beneficios económicos que han decidido de manera previa.

En 1997, se produjo la tercera reforma pactada. Contó con un acuerdo amplio entre los sindicatos UGT, CCOO, la patronal y el Gobierno español. Se redujeron los costes del despido y se introdujo un nuevo contrato indefinido más barato en caso de que la empresa se desprendiera de él. Tal es así, que el Banco de España recoge entre sus estadísticas que los costes de indemnización por despido en 2008 se encuentra en los niveles más bajos de los últimos siete años. Así se establece que el coste medio por despido alcanzó los 8.190 euros, un 12,26% inferior al coste de 2007.

Este empeoramiento de las condiciones de trabajo, del salario y de la contratación laboral llevó a la mayoría sindical vasca a convocar en 1999 una huelga general, para hacer frenar a la patronal y al gobierno y reivindicar la jornada laboral de las 35 horas.

De 2002 a 2007, la indemnización por trabajador despedido se mantuvo en torno a los 9.000 euros de media, pero en 2008 se redujo a 8.190 euros. El efecto de la temporalidad y la precariedad, unido a esa reforma del coste de despido a la baja para favorecer a los empresarios ha ofrecido los datos que la patronal necesitaba, aunque en este caso todavía quieren que sea más barato. En ese período de siete años, en el año 2004 el coste medio se situó en 11.3210 euros por trabajador despedido, es decir, 3.180 euros más que en 2008, lo que da una muestra de que esa combinación de reducción de la cuantía con el incremento de la temporalidad perjudica al trabajador.

La cuarta reforma se realizó en 2001 y empeoró las condiciones de contratación. En protesta se realizó una huelga general el 19 de junio en Hego Euskal Herria y otra el 20 de junio en el Estado español. La más reciente modificación se firmó en junio de 2006 y apostó por apoyar de forma económica la conversión de contratos de trabajo temporales en indefinidos. Su resultado es bastante bajo porque, para llevar adelante esa operación se destinaron más de 4.500 millones en ayudas a los empresarios, y, sin embargo, la tasa de temporalidad en Hego Euskal Herria apenas se ha reducido y los contratos de trabajo temporales siguen superando el 90% del total, según recogen los datos oficiales.

El diálogo social se convierte en «una trampa» que sólo beneficia a los empresarios

Estos días, previos a la huelga general del 21 de mayo, la mayoría sindical vasca está preguntando para qué está sirviendo el diálogo social y concluyen que «se ha convertido en una trampa», dado que sólo beneficia a los empresarios.

La realidad es así. Una comparativa de las últimas reformas laborales muestra con claridad esa situación. Los trabajadores han perdido derechos sociolaborales y, a la vez, en este largo período de quince años de crecimiento económico los salarios reales se han reducido y los empresarios han acumulado mayor riqueza. J. BASTERRA

Cronología de las reformas

La que nos viene 2010

Estamos a las puertas de una nueva reforma laboral. La crisis económica tan grave existente está atrasando la puesta en escena de la nueva reforma laboral hasta que se frene la caída de la economía, pero los empresarios ya han puesto encima de la mesa sus objetivos: reducir las indemnizaciones por despido y un sistema de entrada y salida al empleo bajo sus necesidades de producción.

La primera, en 1984

Las reformas laborales siempre han rondado tres elementos: reducir las garantías del empleo fijo entre los nuevos trabajadores e intentar deshacerse de aquellos que tienen más antigüedad en la empresa. Así en 1984 se avanzó en ampliar los supuestos de los contratos estables e introdujo elementos de flexibilidad, que después profundizó la de1994, con la entrada de las ETT.

DESPIDO BARATO EN 1997

La tercera reforma laboral importante llegó en 1997. Se introdujeron mecanismos para despedir más barato y rápido. Se creó un nuevo contrato indefinido que no genera tanta estabilidad y el coste del despido es inferior. En 2001 hubo otra que empeoró las condiciones de contratación laboral y en 2006 se firmó otra con el objetivo no cumplido de reducir de forma importante la temporalidad. Los trabajadores no mejoraron, aunque sí los bolsillos de los empresarios que lograron 4.500 millones en ayudas para convertir temporales en fijos.