Wu Ming. La máquina de crear mundos


GUILLERMO ZAPATA y ÁNGEL LUIS LARA
Ladinamo



Muchos se preguntaban qué había sido de Luther Blisset, el colectivo de escritores que sorprendió al mundo editorial europeo hace unos años con la novela Q (Mondadori, 2000). Para empezar cambiaron de seudónimo: desde 2003 firman como Wu Ming (“sin nombre” en chino). Tras publicar 54 (Mondadori, 2003), vuelven a la carga con una nueva novela: Manituana (Einaudi, 2007).

Vuestro nuevo proyecto es una trilogía en torno a la Revolución Americana. ¿Cómo surgió la idea?

Nunca hemos escrito un libro igual al anterior. En cada uno de nuestros proyectos nos cuestionamos nuestro propio método de trabajo colectivo. Teníamos en mente una novela ucrónica (“qué hubiera ocurrido si...”) que se desarrollase en la Norteamérica de la segunda mitad del siglo XIX, dentro de un continuum temporal en el que la Revolución Americana aún no habría tenido lugar. Sin embargo, finalmente decidimos transformar la ucronía en una novela histórica aparentemente no ucrónica ambientada en el periodo de la revolución. Queríamos contar los hechos adoptando un punto de vista heterodoxo: el de los indios iroqueses, la Liga de las Seis Naciones o Haudenosauneo, cuyo significado es “el pueblo que construye casas largas”. La pregunta de la que hemos partido es precisamente la que América se ha hecho tras el 11-S: ¿por qué nos odian? Inicialmente el libro tenía tres tramas diferentes, pero nos dimos cuenta de que era imposible gestionar todo ese material, así que cada una de esas tramas se ha convertido en el episodio de una trilogía. Manituana es el primer volumen.

Os habéis tomado unos años antes de editar este nuevo trabajo...

En Manituana hay una frase, casi un aforismo: “Cuando todo ocurre rápidamente, aprende a ser lento”. Trabajamos y razonamos con una perspectiva de largo plazo, hacemos proyectos a varios años vista. El Luther Blissett Project fue un plan quinquenal (1994-1999). Más tarde llegó una primera fase de desarrollo de Wu Ming, que va desde Asce di guerra a las novelas que escribimos individualmente, pasando por 54. Después nos hemos dado un periodo sabático, dos años en los que no hemos aparecido en público y nos hemos centrado en trabajar en Manituana. La verdad es que no tenemos prisa, es siempre una mala consejera. Nos gusta la historia de la civilización y entendemos nuestro trabajo en continuidad con el de los antiguos narradores y chamanes. Nos vemos en movimiento, insertos en un largo arco temporal que va del neolítico a nuestros días.

Habéis traducido al castellano los relatos paralelos que han ido apareciendo como "aproximaciones" a Manituana. ¿Con qué intención nacen? ¿Cómo se relacionan con el resto de la obra?

Estos relatos han ido apareciendo en nuestra página web desde diciembre de 2005 a marzo de este año. El objetivo es “construir mundos” y hacer salir el libro del propio libro. Pretendemos que tanto Manituana como el conjunto de la trilogía de la que forma parte sean únicamente el núcleo duro de una gran nebulosa transmediática formada por muchos relatos “laterales”, dramatizaciones, digresiones, imágenes, sonidos y construcciones colectivas. La página web que habéis preparado sobre la novela es de lo más completo que hemos visto en mucho tiempo, ¿Qué relación buscáis entre el texto del libro y la propia web? Nos gusta contar historias que exploren mundos, mitos, posibilidades. Un universo narrativo puede tener muchas entradas: al escribir una novela se privilegia una de ellas, pero eso no implica forzosamente la exclusión de las demás. Además, un universo narrativo necesita de cerebros como una planta necesita de agua. Por eso no se trata solamente de vender miles de copias de la novela, lo más importante es hacerla vivir, crecer, fructificar. Para eso sirven los proyectos de colaboración que activamos: se pueden escribir relatos, producir sonidos, dibujar ilustraciones. Si pensamos que hombres y mujeres juntos pueden mejorar el mundo, entonces debemos hacer lo posible para que los lectores puedan mejorar nuestro universo de historias.

El libro sale al mercado con una licencia Creative Commons. En ese sentido, seguís fieles a vuestra apuesta por la llamada “cultura libre”. ¿Cómo veis la evolución del movimiento en los últimos años?

Las experiencias empiezan a multiplicarse. Otros autores han adoptado fórmulas copyleft para sus textos. Todas las grandes editoriales italianas han publicado materiales con licencias de este tipo. El suplemento literario de La Stampa, un gran periódico de tirada nacional en nuestro país, sale cada semana con un epígrafe de ese tipo y en formato PDF accesible desde la web del diario. El próximo paso debería venir de los editores, algunas colecciones podrían proponer a los autores la publicación de sus materiales con licencia Creative Commons y, solamente en caso de rechazo, licenciarlos a través del copyright tradicional.

En los últimos dos años los textos explícitamente políticos ligados a prácticas concretas de los movimientos sociales, como los que dedicasteis a las movilizaciones de Génova contra el G8 o la gran manifestación de Florencia en el primer Foro Social Europeo, han ido desapareciendo de vuestra producción literaria. ¿Qué ha sido de esas narraciones a pie de calle?

Solamente un escritor separado de la realidad puede ser ajeno a las transformaciones sociales y políticas que lo rodean. Lo cierto es que los movimientos sociales viven fases alternas, de emergencia y visibilidad primero, de inmersión y sedimentación más tarde. Ahora estamos en una de esas fases de segundo tipo, que no se caracteriza tanto por las manifestaciones oceánicas y la participación “concentrada”, cuanto por la difusión subterránea y el conflicto localizado. Es el momento en el que tiene mayor importancia hacer bien el propio trabajo, entendido como producción y construcción de imaginarios. En 2003, al día siguiente de la invasión de Irak, publicamos un texto titulado “Bush perderá la guerra”. Después nos encerramos en el laboratorio Wu Ming durante tres años, para idear el proyecto narrativo más ambicioso que hemos emprendido, que nos llevará seguramente hasta 2011 y cuyo primer paso es Manituana. Ha sido un período duro en el que no sólo hemos reflejado las reflexiones sobre lo que estaba ocurriendo en el mundo en nuestro boletín telemático (Giap), sino que han confluido en la propia narración en la que estábamos trabajando. Hoy Bush está perdiendo la guerra y nosotros resurgimos con la primera novela de una trilogía dedicada a América. Manituana aborda precisamente el tema de la guerra, de la guerra americana en particular, a partir de sus orígenes.

Michael Winterbottom: "La muerte es algo que nos incomoda"

El director británico estrena ‘Génova’, drama íntimo que habla de la pérdida y la culpa, y de la necesidad de sobreponerse a ellas


NANDO SALVÁ
El periódico de Catalunya



–Es lógico que su nueva película se llame Génova, porque la ciudad es un personaje más. ¿Qué le atrajo de ella?

–Es una respuesta vaga, lo sé, pero es simplemente que una vez visité el lugar, me gustó, y me gustó la idea de hacer una película allí. La historia podría transcurrir en cualquier otra parte, porque su núcleo es una familia, rota por la muerte de la madre, que se muda a una ciudad extraña. Es cierto, eso sí, que la parte vieja de Génova, con sus laberínticas calles, posee una atmósfera muy especial, un misterio muy hermoso pero también inquietante. Para mí es la versión física de la confusión emocional de mis personajes.

–Eso explica que, por momentos, la película use elementos del cine de terror.

–Más bien de thriller psicológico, diría yo. Es una película en la que no sucede nada, pero que contemplas con preocupación porque en todo momento temes que algo les pasará a los protagonistas. Génova es una ciudad que no conocen, con la que no sienten conexión, en la que no tienen amigos. Tratan de comenzar una nueva vida y se hallan en un pequeño limbo, vagando perdidos, buscando algo.

–¿Qué buscan?

–Una forma de lidiar con la pérdida. A Mary, la hija pequeña, se le aparece el fantasma de su madre. Joe [Colin Firth], el padre, se agarra al día a día como si su vida dependiera de ello, como si pararse a pensar en su propio dolor pudiera ser catastrófico. Aunque no lo veamos, está claro que este hombre y sus hijas han llorado mucho y han sufrido, pero en Génova asistimos a su reconstrucción, porque no importa lo desesperados que estemos tras una tragedia, tenemos que seguir desayunando y yendo a trabajar.

–De forma central o secundaria, la muerte está presente en casi todas sus películas, ¿por qué?

–La muerte me intriga porque es el tabú más grande que existe en nuestra sociedad. Cuando eres un niño, los mayores te mantienen alejado de los funerales y cualquier otro ritual relacionado con la muerte porque piensan que presenciarlos te puede trastornar, y de alguna manera esas celebraciones se convierten en secretos oscuros. La muerte es algo que nos incomoda, que no nos resulta fácil encarar, y por eso tampoco sabemos muy bien, por ejemplo, cuál es el protocolo para tratar con personas de luto. Queremos que esas personas superen el dolor, que sean divertidas de nuevo, porque no sabemos cómo lidiar con su pérdida.

–Andrew Eaton, productor de Génova y su colaborador habitual, asegura que, al leer el guión, detectó en la historia muchos elementos autobiográficos [Winterbottom está divorciado de la escritora Sabrina Broadbent, con quien tiene dos hijas].

–Tonterías (risas). Cuando eres padre te empiezas a preocupar por cosas nuevas y distintas, y eso fue lo que me atrajo del proyecto. Probablemente no habría hecho la película si no fuera padre, pero es una ficción, nada autobiográfico. Por supuesto, si eres padre tu experiencia viéndola es distinta.

-Génovaes su 16ª película en 14 años. ¿Por qué rueda tantas?

–Lo que ocurre es que siempre tengo ideas que quiero desarrollar y me resulta mucho más fácil y divertido estar haciendo una película que no estar haciéndola. Porque si no estoy haciendo una, eso significa que estoy en medio de los preparativos de una, y ése es un proceso que me aburre enormemente. Además, hago películas de forma razonablemente simple y barata, y eso ayuda. Si necesitas 50 millones de libras para rodar, es más duro que si necesitas cinco millones.

Sacando a Antonio Ferres del Purgatorio

Recibe un homenaje por el 50 aniversario de su primera novela 'La piqueta'


ÁLVARO CORTINA
El Mundo




Antonio Ferres situó el drama de 'La piqueta' (1959) en esta época en que Madrid que se despide de la primavera con eclosión húmeda de insectos y de alergia. El realismo social comporta una recreación en un Orcasitas periférico, con arroyuelos podridos, excedentes de miseria y ambiente fabril. Estación en fuga ésta, que llena los jardines de la Universidad Complutense de Madrid de nubes de polen.

Este medio siglo de 'La piqueta', primera novela del autor, ha servido para celebrar dos sesiones de congreso, reivindicación y homenaje. Los ponentes, que fueron muy variados, se detuvieron en el rescate del olvido de Ferres y de toda una generación de neorrealismo concienciado a la sombra de los formalismos de Sánchez Ferlosio o Martín Santos.

Había un sano frentismo estético en aquella inquieta camarilla de editores, escritores, críticos... Se buscaba luz en tamaña injusticia y Ferres, allí presente, asentía concienzudamente, y a veces divagaba. Constantino Bértolo se explicó en la Complutense:"Habría que alegrarse de que Ferres esté en el Purgatorio y no en el Infierno, como otros compañeros de generación... Se les acusó de proselitismo de izquierdas y de simplicidad. Parece que la idea de complejidad es de personajes en interna contradicción. La complejidad es un lujo de la clase burguesa, los problemas de los trabajadores se desdeñan como esquemáticos y estructurales".

Los personajes de Ferres, que viven en derrota y posguerra periférica, se ven movidos por problemas acuciantes, por una cuenta atrás. "Dicen que salió una ley para que no hubiera más chabolas y que nosotros la hemos hecho después", dice Andrés, en 'La piqueta'. La comitiva fiera de los delegados con piqueta amenaza el hogar, el chamizo de unos andaluces recién llegados a Lavapiés.

Una generación izquierdista y proletaria

"Esta novela, además de su retrato social e histórico, habla de procesos que nos acorralan día a día", comentó Javier Santillán, editor de la obra y de varios títulos del autor homenajeado en su sello Gadir. Santillán, que achaca el desconocimiento de Ferres a una falta de digestión de la literatura reciente en España, aseguró que cada lector que descubre a Ferres es un lector ganado.

Almudena Grandes ilustró esto, en la sesión de tarde (en la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla): "Cuando se descubre a un autor tan tardíamente uno adquiere un compromiso mayor por conseguir nuevos lectores".

En cierto modo, las mesas redondas y los foros, se vivificaron, cómplices, en torno a esta sentencia de compromiso. Acudieron compañeros de esta generación al acto. Generación izquierdista y proletaria llamada (despectivamente) 'generación de la berza'.

Corriente literaria de títulos sustantivos, simples, simbólicos y obreros: 'La mina' de Armando López Salinas (presente) , 'Central eléctrica', de Jesús López Pacheco (presente) o 'La zanja, de Alfonso Grosso (fallecido).

El escritor Andrés Sorel afirmó que frente a estos miembros del PCE, el Grupo de Barcelona, Esther Tusquets y Carlos Barral eran señoritos que "jugaban a la izquierda". El objetivismo desnudo de Ferres ha sido tachado de mera literatura política. El foro se escandalizaba cuando cosas así se decían. Manuel Borrás, Editor de Pre-textos habló de "ostracismo". Después se lamentó: "¡Cuando conseguiremos liberarnos de tanto cliché y tanta beatería!".

Ferres, su verbo, y sus tardes grises de merendero, de jóvenes con la corbata de los domingos, su sobriedad desolada, fueron comparados con infinidad de escritores. Salieron los nombres de Faulkner (por su "repetida obsesión por los vencidos", como él mismo ha dicho), Gamoneda, Cela, los neorrealistas Pavese y Vittorini, Baroja, Sthendal o Aldecoa. Y Ferres delante. Como para ruborizarse.

Se alabó la discreción estilística e intencional (combativa en el detalle) del homenajeado, que le llevó a pasar las censuras sin cortes. El crítico Manuel Rico habló de una "vocación de totalidad" del madrileño. 'La piqueta', novela central en la obra de Ferres aun siendo la primera, inspiró elogios y defensas en la poblada camarilla de adeptos. En la narración se pronuncia una frase escéptica que define casi el sesgo crítico del mismo Ferres: "Lo que pasa es que la vida está hecha un lío". Digna de Mafalda.

La gestión de los silencios

Esa "emoción de raíz ética" (que dijo Fanny Rubio) y la destreza de lo prístino, capacidad "para lo significativo" (que dijo Gustavo Martín Garzo), hacen de Ferres un modelo... dentro de las muchas cosas que puede ser literatura. Frente aparte y berza aparte. Almudena Grandes habló de elegancia, de una proverbial "gestión de silencios".

Es verdad. En el interior de las chabolas del Orcasitas en estío incipiente de 'La piqueta' el silencio pesa más que el mobiliario. Las palabras son de ricos. Hay luces trágicas. Y afuera, la calles sin urbanizar, con aspecto retorcido de cicatriz, por donde igual vienen los de la piqueta con los guardias civiles.

Aquello que canta Loquillo (con base en The Clash) de "luché contra la ley y la ley ganó" es demasiado lejano. Porque aquí no hay lucha, eso es demasiado rock, la derrota está inoculada en las conciencias de 'La piqueta'. Con Ferres no hay niños combativos en el barco de Chanquete. Silencio y un geranio sembrado en una lata de conservas. "Aún no nos hemos hecho cargo de la talla de este escritor", dijo Santillán.

Los pasajeros 'non gratos' en Estados Unidos, un indignante secreto a voces

Más de 44.000 personas tienen vetada la entrada en EEUU por sospechas de terrorismo. Sus nombres aparecen en la 'no fly list' elaborada tras el 11 de septiembre en secreto. Políticos, activistas, intelectuales y periodistas han tenido problemas para volar en EEUU. El componente ideológico es común con la lista de 'least wanted' en Reino Unido

EUGENIA REDONDO
Soitu



"Atónito". Así se quedó el periodista de origen colombiano Hernando Calvo Ospina cuando supo que él era el culpable del desvío a Isla Martinica del vuelo 438 de Air France procedente de París con destino Ciudad de México. Su nombre aparecía en una lista de personas non gratas en Estados Unidos y no se le permitió siquiera sobrevolar el espacio aéreo del país. El caso ha vuelto a sacar a la luz un tema muy controvertido en el país norteamericano, la existencia de las 'no fly list', una lista de gente que no puede poner un pie en Estados Unidos, confeccionada por la administración Bush para impedir la entrada de sospechosos que pudieran resultar una amenaza para el país. La información al respecto es vaga, muy limitada, y ha llegado a rozar la leyenda urbana. Pero se volvió muy real el 18 de abril con el caso de Calvo Ospina y muestra como la paranoia antiterrorista puede convertir episodios de algunos ciudadanos aparentemente normales en verdaderas escenas de película.

¿Por qué apenas escuchamos hablar de estas listas? Lo cierto es que la mayor parte de las veces, las trabas sólo se le ponen a aquellos que van a viajar a Estados Unidos. Es decir, que a los incluidos en esa lista —más de 44.000 personas según las pocas filtraciones que se han dado sobre el asunto— los problemas les comienzan mucho antes de tomar el avión, cuando piden un permiso o visado para entrar en el país, que muchas veces no llega. La diferencia esta vez es que la persona 'vetada' en Estados Unidos no tenía intención de pisar el país, tan sólo sobrevolarlo para llegar hasta Nicaragua, haciendo escala en la capital mexicana, y las autoridades norteamericanas no advirtieron al avión de que no podría atravesar su espacio aéreo hasta el último momento.

Todo quedó en una anécdota, pero una anécdota muy molesta para los pasajeros que acompañaban a Ospina en la aeronave. Muchos perdieron sus enlaces debido al incidente, unos costes que Air France se vio obligado a asumir, y por los que la compañía estudia ahora emprender acciones legales contra las autoridades que dieron la orden de desviar el avión.

En cuanto al periodista, colaborador de Le Monde Diplomatique, nos cuenta que todavía hoy no conoce los motivos por los que se convirtió en terrorista por un día aunque, tal y como asegura, se los imagina. Clavo Ospina es autor de un libro, Bacardi: la guerra oculta, el que documenta la supuesta complicidad de las autoridades norteamericanas con 'terroristas' cubanos que operan en su territorio. Aunque le resulta incómodo aparecer en esa lista, el episodio no le ha traumatizado. Ospina asegura que los uniformados que le interrogaron a su paso por la isla caribeña fueron "amables" cuando le hicieron preguntas para averiguar si de verdad resultaba un peligro para la seguridad de Estados Unidos o cualquier otro país. La que más le llamó la atención, "¿es usted católico?", con la que presumiblemente intentaban averiguar si profesaba la religión musulmana.

Este episodio ha permitido que conozcamos otro más de los 44.000 nombres malditos, que sólo se desvelan cuando ocurren casos parecidos. El más sonado es quizá el del presidente de Bolivia, Evo Morales, que tiene vetada la entrada a Estados Unidos, aunque desde allí nunca se haya reconocido oficialmente. A las autoridades venezolanas les ocurre algo parecido desde la mítica intervención de Hugo Chávez en la Asamblea de las Naciones Unidas, en la que comenzó a llamar "Mister Diablo" al ex presidente Bush. Después de aquello, varios representantes del Ejecutivo de la república bolivariana han tenido problemas tanto para entrar como para salir, como le ocurrió al canciller, Nicolás Maduro, que aseguró que fue tratado como un "terrorista" al pasar por el JFK en 2006.

No menos embarazoso fue el descubrimiento en 2008 de que el ex presidente de Sudáfrica, Nelson Mandela, y otros miembros del Partido del Congreso Africano estaban en la lista negra. Todos fueron eliminados de la lista, con la correspondiente disculpa por parte del Ejecutivo estadounidense. La incógnita ahora es si la negativa de Estados Unidos a conceder el visado al cantante cubano Silvio Rodríguez, que tenía previsto acudir a un homenaje al también músico Pete Seeger, tiene que ver con este grupo de personas que no son bien recibidas en el país.

Otra perla de la 'era Bush'

Los expertos coinciden en marcar el 11 de septiembre como el inicio de esta práctica. El primero en dar cuenta de la existencia de esta lista fue el periodista de la CBS, Steve Kroft, que elaboró un exhaustivo reportaje sobre el tema, obligando a las autoridades a hablar de la 'no fly list'. Según la cadena de televisión estadounidense, todo comenzó como "un proyecto de la más alta prioridad", que se materializó en 2003 como una lista única de sospechosos de terrorismo unificando los listados de las distintas agencias de inteligencia del país, así como el FBI. Una vez confeccionado el inventario, se proporcionó una copia a las compañías aéreas y a la Administración de Seguridad en el Transporte (AST).

Todo se realizó bajo el más estricto secreto hasta que en 2006, cuando se filtró una copia de la polémica lista, causando estupor entre los que tuvieron acceso a ella por su magnitud: más de 540 páginas con nombres y apellidos de personas consideradas 'peligrosas' por Estados Unidos, cuando antes de los atentados contra las Torres gemelas sólo 16 personas se encontraban en esa categoría de non gratos. La recopilación iba acompañada de unos no menos impresionantes anexos con 75.000 nombres de personas que, si bien no se les iba a prohibir la entrada en el país, había que vigilar muy de cerca. El problema, reseñado por el reportero de la CBS, se ha agravado en los últimos tiempos porque muchos ciudadanos que se llaman igual o parecido a una de las personas en la lista, están comenzado a verse afectados cuando intentan entrar, moverse por Estados Unidos, o simplemente coger un avión que atraviesa su espacio aéreo.

La activista y conferenciante Naomi Wolf ha tomado el testigo de las investigaciones sobre unas prácticas que ella ha experimentado en sus propias carnes. Activista y defensora de distintas causas desde los ochenta —con la Guerra Fría como telón de fondo— Wolf comenzó a notar que cada vez que intentaba subir a un avión, aunque se tratase de un vuelo doméstico, era requerida por la ATS para ser interrogada en profundidad. La conferenciante cuenta en su libro Cómo se destruye una democracia: Carta de Advertencia a un joven Patriota, que las autoridades la paraban "nueve de cada diez veces", ante su cada vez mayor suspicacia. Un día descubrió el secreto: "Es que está usted en la lista", le espetó una agente.

El componente ideológico

Wolf denuncia que la lista no se limita a personas sospechosas de terrorismo, sino que poco a poco se va evidenciando que en ella también figuran "desde periodistas y académicos que han criticado a la Casa Blanca, hasta activistas y líderes políticos" contrarios a las doctrinas de Washington. Así, denuncia que "en América, donde se supone que nadie es detenido por sus creencias políticas", personalidades como el senador Ted Kennedy, "una espina en el costado de la administración Bush", fue detenido cinco veces en los aeropuertos de la Costa Este sólo en 2004.

Un escándalo parecido salió a la luz en el Reino Unido al desvelarse la existencia de una lista de los 'menos queridos' en el Reino Unido, en la que se encuentran personas que no son bienvenidas en la isla británica por supuestamente haber hecho proselitismo de ideas radicales en algún momento. Eso sí, se trata de una lista mucho más pequeña y de la que se conocen casi todos sus componentes, como el miembro de Hamás Yunis Al-Asta, el ex-Ku Klux Klan, Grand Wizard Stephen o el radical sionista Mike Guzovsky.

La aparición de esta lista recuerda a la polémica protagonizada por el diputado holandés Geert Wilders, al que le fue impedida la entrada en el Reino Unido porque iba a proyectar su documental Fitna, en el que demoniza al Islam en el Parlamento británico, a petición de los representantes más radicales de la Cámara.

Historia de Ángel, un niño de la guerra

Luis García Montero publica una biografía sobre los peores años de la vida del poeta Ángel González y de este país


PEIO H. RIAÑO
Público




Los pantalones deben ser tres o cuatro tallas mayores a la suya. Bajo el brazo derecho un periódico y algo en la mano izquierda. El flequillo y una oreja se le escapan de una enorme gorra. Es un niño feliz en una de las primeras fotos que tomaron al poeta Ángel González, que a los cuatro años de edad no tiene motivos para dejar de sonreír. Esta imagen es uno de los últimos documentos de la primera memoria del poeta; siete años más tarde de esa toma se acabó la risa para todos. Cada uno a su casa con ella, escondida entre montañas de amenazas.

La infancia es esta foto. "La infancia es un tiempo paralizado, sólido, compacto, que suele precipitarse de manera gaseosa hacia el futuro cuando lo recordamos al cabo de unos años", escribe Luis García Montero en Mañana no será lo que Dios quiera (Alfaguara), el libro donde recoge la primera parte de la vida de su amigo, fallecido ahora hace un año y cinco meses. Ese fue el trato entre los poetas: el escrito no podría hablar del Ángel González a partir de 1951, cuando llega a Madrid desde Oviedo, cinco años antes de la publicación de su primer libro de poesía. Ni una sola palabra de la vida de poeta en la capital.

Confidencia ciega

"Ese libro tendrá que escribirlo otra persona y deberá ser alguien que no conozca tantas cosas de Ángel como conozco yo", explica García Montero, que cree que no estaría bien que todos esos sentimientos y episodios secretos pudieran llegar a convertirse en materia literaria, "porque él era una persona absolutamente pudorosa". Reconoce humildemente que hubiera sido mucho más incómodo para Ángel como para él hacer confesiones sobre su vida social, sentimental y profesional.

Luis García Montero buscaba otra cosa: "Yo quería escribir un testimonio histórico, con toda la pasión de la literatura, y no un libro de cotilleos sobre quién se acuesta con quién, quién habla mal de quién, quién ahora va de amigo se portó fatal". Como se lo contaban todo el uno al otro, al final fue necesario ese pacto para cerrar la narración del libro cuando llega a Madrid.

De haber sido de otra manera, la biografía que se recoge en estas páginas sería la del eminente poeta de las letras españolas Ángel González. Sin embargo, no es la biografía de un notable, Mañana no será lo que Dios quiera es el relato de una generación desolada, la infancia anónima de gente a la que le tocó vivir en condiciones extremas. La historia contada a partir de la vida de un joven de provincias, que aprendió que considerar como propiedades estables "los paraísos infantiles, las ciudades pacíficas y las vidas humanas" era una temeridad.

La voz de la prosa

García Montero habla de "veneno" para referirse al deseo de acercarse a la prosa. Dejar por un momento los versos y las estrofas y dedicarse a hilar una historia, que rescatase la hondura de un señor de 80 años emocionándose al volver a su memoria. El escritor trató con los recursos de la narración para salvar "la voz de Ángel".

Pero un poeta que intenta la prosa es incapaz de olvidarse del latido del ritmo poético: "Lo mismo que el engrudo pegaba las fotos en el álbum o las estampas en las carpetas, la lectura pegaba las palabras en las imaginación del niño, que se veía dominado por sentimientos de poder o de tristeza", escribe García Montero. De hecho, tiene mucho de álbum fotográfico este Mañana no será lo que Dios quiera, que toma el título de un poema del propio Ángel González en el que habla del futuro como un lugar tan lejano. Mucha fotografía familiar de la familia González incluida entre los capítulos.

"La memoria social empieza con la fotografía", explica Luis García Montero, que recuerda que al imaginar una batalla lo hacemos pensando en esos milicianos disparando que quedaron congelados. Precisamente, es la literatura la que pone a andar esas figuras, porque comparten objetivos: como la fotografía, "la literatura debe recordar el tiempo desaparecido", sobre todo, si ha sido "tan manipulado" como el de la historia más reciente de España.

De ahí la metáfora preferida del poeta en su experimento en prosa para definir qué es la literatura: un reloj tirado en un jardín tras un hurto fallido, que sigue marcando las horas, aunque ya no pertenezca a su dueño. Eso es la literatura. "Incluso si se le acaba la cuerda, puede encontrárselo alguien y darle cuerda para que vuelvan a funcionar las horas y los recuerdos", el autor del libro.

Conversar es recordar

La cuerda de este libro camina entre los golpes en primera persona del propio Ángel González charlando con Luis García Montero sobre su pasado, y una tercera persona que narra por debajo de los documentos, hasta encontrar la piel del sufrimiento. Por eso hay momentos atroces que alejan al libro del frío recorrido cronológico de una vida, como la reproducción del pliego de descargos de la hermana de Ángel González para que le devuelvan la escuela que le han arrebatado con acusaciones falsas. O la conversión de la casa familiar en casa de huéspedes, mayoritariamente militares.

El libro se puso en marcha hace cinco años en las mañanas de los veranos en Cádiz, cuando Ángel y su mujer bajaban a pasar unos días a la casa de Luis García Montero. "A Ángel le gustaba hablar de su memoria infantil al final de su vida", y Luis le propuso una biografía que recogiera todos aquellos años.

"Él no quería contarlo comenta García Montero a Público, porque le resultaba demasiado duro volver a una época muy dura de su vida y temía caer en el patetismo. Así que le dije que lo haría yo y empezamos a hablar mucho, mucho, a contar detalles de su familia, a grabar"

Cuando Ángel murió en enero de 2008 Luis llevaba un tercio del libro escrito. "Uno cree vivir tanto con los amigos vivos como con los amigos muertos, y eso es lo que me pasó a mí con Ángel. Uno tiene la sensación de estar participando de dos mundos: el de los vivos y el de los muertos, porque algo tuyo se ha ido con el amigo fallecido", explica García Montero para responder a ese diálogo que mantiene con el poeta.

Para comprender que la historia no se reduce a los muertos en cifras, conviene vivirla por dentro. Para entender que los números se llenan de sentimientos, es necesario tocar el corazón de la catástrofe. Es así como terminamos por comprender el desaliento de Ángel González y su generación, a los que habían enseñado en la escuela que el trabajo llevaba recompensa y que la vida premiaba a los justos. "De pronto, a los once años de edad, se encontró con una realidad feroz que le demostró que, en realidad, en la vida ganaban los malos y que el esfuerzo y el trabajo no tenían premio", dice Luis García Montero.

Una memoria común

"Bajo los toques de corneta y la música populachera de las bandas militares, quedaban en silencio miles de pequeñas historias humanas"escribe García Motero en el libro, bajo el horror dos referentes siempre vivos: su abuelo, al que nunca conoció, y su padre, que murió al año y medio de nacer Ángel. Ambos estaban en la conversación diaria de su madre, y de ellos mamó las ideas republicanas. Solía comentar que "los muertos te acompañan tanto como los vivos y los recuerdos están tan presentes como la propia realidad".

También aprendió a valorar de otra forma la amistad. En Mañana no será lo que Dios quiera se destaca la trascendencia de abrir la puerta de casa y dejar ver los secretos. "Y si en esa casa hay dos escondidos, y uno de ellos es un famoso periodista perseguido por el ejército para ejecutarlo [Jorge Semprún], es poner la vida en las manos de otra persona", explica el autor.

La amistad y los libros fueron resistencias a las que ceñir la esperanza y resistir todos esos años en plena dictadura. En una conversación entre Max Aub y Ángel González, publicada en La gallina ciega, Ángel le recuerda que aunque el exilio sea duro, no debe olvidar a los que se quedaron. Porque son quienes sufrieron una educación atroz y una persecución atroz. Los recuerdos de Ángel son los recuerdos de España.

Isabel Coixet: "Me da igual ganar o perder en Cannes"

Tras su paso por la Berlinale con Elegy, Isabel Coixet asciende a la primerísima división con Map of the Sounds of Tokyo, película que ha rodado en Japón con Sergi López y que compe- tirá en la Sección Oficial. La directora repasa para El Cultural las constantes de su filmografía y reclama para los cineastas una “formación humanística” más allá del propio cine


JUAN SARDÁ
El Mundo




Tiene aspecto como de personaje de Mafalda y combina una timidez que no teme exteriorizar con una elocuencia a prueba de bombas. Isabel Coixet (Barcelona, 1960) forma parte de la Sección Oficial de Cannes de este año y con esta distinción pasa a engrosar, de forma definitiva, de la vanguardia de directores más importantes del mundo. Mapa de los sonidos de Tokio es el título castellano de un filme con el que la directora vuelve a salir de España para contar una historia de seres solitarios y hambrientos de amor aunque, en esta ocasión, según confesión propia, el sexo juegue un papel primordial. La cineasta recibe a El Cultural mientras está terminando de sonorizar la película, y aunque parece feliz por su ascenso al Olimpo de la Costa Azul, parece sincera cuando dice que está tranquila: “Yo no hago películas para ganar concursos ni para competir con nadie. De mi trabajo me gusta escribir, rodar, trabajar con los actores... me da igual ganar o perder. Hace poco estuve en los Oscar y no sentí ninguna emoción especial. Me pasé toda la fiesta de Vanity Fair (la más glamourosa) en una esquina charlando con una amiga”.

Mapa de los sonidos de Tokio, una película que nadie ha visto salvo los seleccionadores de Cannes, a quienes, según Coixet, les ha encantado, cuenta la historia de David, un empresario español afincado en la capital japonesa interpretado por Sergi López y Ryu, una pescadera pluriempleada como asesina a sueldo a la que da vida Rinko Kikuchi, conocida por su trabajo en Babel. Ambos vivirán una improbable historia de amor y atracción en el marco de un Tokio que Coixet se ha esforzado que no sea de postal: “Puede parecer una situación muy extraña lo de un español viviendo en Japón pero es frecuente. Se dan muchos casos de nacionales casados con orientales y, no sé muy bien por qué, hay pocos casos al revés. Lo que también te encuentras es que esos españoles, aunque lleven en el país 15 años, siguen siendo incapaces de hablar en japonés”. De nuevo, un tema frecuente en el cine de la directora, la incomunicación. Los suyos, como ella misma explica, son personajes “solitarios”. Solitarios y también cosmopolitas.

El sueño americano.

Coixet, una de nuestras artistas más inteligentes y con mayor proyección internacional, ha escogido de forma casi inequívoca el extranjero como escenario de sus películas. Cosas que nunca te dije (1996) y Mi vida sin mí; (2003) transcurren en Estados Unidos; La vida secreta de las palabras (2006), por la que ganó el Goya, en una plataforma petrolífera en medio del Atlántico y también participó en un segmento de la película Paris Je T'aime. “Emilio Salgari nunca escribió una novela ambientada en Italia. Yo soy de aquí y pago mis impuestos aquí”, se apresura a explicar. “Rodar en el extranjero-añade- me procura una distancia sobre lo que quiero contar. No tiene nada que ver con la frialdad”.

En su aventura japonesa, dos seres a la deriva se encuentran y desarrollan una volcánica pasión amorosa: “Los personajes descubrirán nuevas formas de relacionarse con su cuerpo a través del sexo. Es un tema que me fascina de la naturaleza humana y que los artistas explotan cada vez menos. Quizá han perdido el interés porque es muy accesible y está banalizado”.

Ella será una mujer fatal, inspirada en actrices como Veronica Lake o Gloria Graham. Referentes cinematográficos para una directora que asegura inspirarse “mucho más” en la literatura que en el cine: “Cuando doy clase en escuelas de cine siempre les digo lo mismo a mis alumnos y es que es fundamental para un artista tener una formación humanística. Las Cartas a un joven poeta de Rilke ya dicen lo más importante que tiene que saber un director. Mi maestro, John Berger, dice que los artistas no somos unos demiurgos ni personas especiales. Aprender humildad es básico. Yo no sabía eso cuando hice mi primera película (Demasiado joven para morir viejo) y por eso me salió mal”, explica la directora. La enfermedad es una presencia habitual en el cine de Isabel Coixet. Después de carraspear, afirma que en Mapa de los sonidos de Tokio no hay ningún moribundo pero sí “dolor”. “Me encantaría hacer películas corales pero soy incapaz. Mis personajes siempre están solos, algo que concuerda con mi personalidad, yo también soy antisocial. La enfermedad es una buena forma de hablar del dolor. Aunque siempre suelo decir que eso pasa porque yo estoy enferma”, afirma con ese tono naïf que a veces parece más una actitud inequívocamente cool que le da un aire abstracto.

Claro que aunque Isabel Coixet a veces da la impresión de vivir en una nube, también es capaz de bajar a la tierra: “No suelo meterme en la parte de la industria del cine español pero me duelen algunas cosas que se dicen por ahí a mi juicio excesivamente negativas. De todos modos, creo que, en general, vivimos en un momento que no es especialmente propicio para el cine. Yo, como directora, soy consciente de que hoy las películas ya no son tan importantes como lo fueron”. Porque Isabel, eso dice ella, sólo es “una cineasta con una inmensa curiosidad por las cosas y ganas de rodar”.