El anticapitalismo de Jack London

Hay un London socialista y anticapitalista que merece la pena ser descubierto


PEPE GUTIÉRREZ-ÁLVAREZ
Kaos en la red




Antes que nuestro Miguel Hernández o que Panait Istrati, Jack London representó a un individuo que se yergue desde la clase obrera para ofrecer una obra literaria de altura, y ello sin renunciar nunca a sus ideales socialistas

Hay un London socialista y anticapitalista que merece la pena ser descubierto.

La vida y la obra de Jack London, dos aspectos estrechamente interrelacionados, no en vano London vivió tanto como escribió, representan muchas cosas al mismo tiempo. En el transcurso de su corta y fulgurante biografía, fue un hombre armado con una utopía, vital y lleno de vida, pero también un personaje contradictorio, sujeto a atracciones e influencias muy diversas. Esa intensidad existencial se desprende fácilmente de los siguientes datos: en los últimos 16 años de su vida fue el autor de 19 novelas, 18 colecciones de cuentos y artículos (157 en total), 3 dramas y 8 libros autobiográficos y de sociología. Después de haberse agotado como un cohete brillante y de profunda concentración, London tuvo su postrero gesto romántico quitándose la vida cuando no había vivido más que cuarenta años. Casi un siglo después de su prematura muerte, sus obras siguen vivas en las librerías, y el personaje sigue atrayendo a biógrafos y ensayistas.

Aunque no han faltado críticos que consideran su obra como irregular, desmañada, y lo han tachado de novelista de vuelos, no es menos cierto que existen muchos más que afirman todo lo contrario. Más allá de esta disputa, el veredicto de los lectores no ha podido ser más elocuente. Después de mantener su celebridad a lo largo del siglo XX, en los últimos tiempos su obra siendo editada con el marchamo de un "clásico", e incluso conocido una mayor revalorización. Admirado a lo largo de los tiempos por gente tan diversa como Anatole France, Lenin, John Steinbeck, Trotsky. Hemingway, Orwell o, Jack Kerouac, etc; London inspiró al "Che" Guevara el que el héroe guerrillero creyó que sería su último pensamiento: "La única visión que recuerdo", escribirá hablando de un momento en el que estando herida es cercado por las tropas de Batista Y busca la mejor manera de morir, y se le presenta la imagen de un personaje de London acosarlo por la agonía, se sostiene sobre un árbol y "se dispone a terminar su vida con dignidad". Pensamos que no es abusivo pensar que al propio London le habría fascinado también un personaje como el "Che", con el que compartió la admiración de la juventud norteamericana de los años sesenta.

London ha sido para varias generaciones de inconformistas, alguien reconocido por su dimensión revolucionaria. Esta dimensión de London permaneció semioculta en tiempos de conformismo y sometimiento, para resurgir en tiempos de ira, como el presente, cuando la palabra del día es crisis, crisis del sistema del máximo beneficio, crisis civilizatoria…Tiempos no tan diferentes como nos quieren hacer creer a los de aquel London considerado como "muy peligroso" por las autoridades de su país y escribió numerosos libros "subversivos", en particular una obra que figura por derecho propio entre las clásicas de la literatura revolucionaria; Gente del abismo.

En sus constantes peroratas como agitador y propagan dista del socialismo, London fue consecuente con una idea que aprendió en el Manifiesto Comunista, y según la cual los socialistas deben de hablar sin ocultar sus objetivos y sus puntos de vistas. Llevó adelante esta premisa a las calles de las grandes urbes norteamericanas y a los salones donde los grandes burgueses le invitaron en honor a su prestigio como literato. Así, en 1905, y delante del "tout" San Francisco, London proclamó cosas como las siguientes: "¡Nada de una parte!. Necesitamos todo lo que poséis. No nos conformaremos con menos. Queremos llevar las riendas del poder y el destino de género humano. ¡Mirad nuestras manos!. Os quitaremos vuestro gobierno, vuestros palacios y toda vuestra dorada riqueza, y llegará el día en que tendréis que trabajar con vuestras propias manos para ganaros el pan como hace el campesino en; el campo o el botones consumido en vuestra metrópolis. Mirad nuestras manos, miradlas bien: ¡Son manos fuertes!".

Estas palabras tienen plena vigencia hoy en día, reflejan de alguna manera el sentimiento y el sueño de millones de seres por que desaparezca de una vez el sistema capitalista, basado desde su origen en la injusta explotación del trabajo humano, el ansia de lucro ilimitado y el expolio destructor de los bienes de la Tierra. Sí esto ha podido ser ocultado por ocultado en fases integradoras como la última –integración acentuada por la descomposición del sistema burocrático en el Este, y por la involución de las viejas izquierdas con las que London se mostrará despiadado en el talón de hierro-, ahora resulta patente el mal social y ecológico que ha causado. London representó con potencia una de las alternativas históricas que propugnaban la llamada a la “revolución social”, la socialista del “sueño” de eugene V. Debs, y que, después de toda clase de vicisitudes, acabaría formando parte de la misma enfermedad. Arruinada por el señuelo del consumismo –en realidad de las conquistas parciales del movimiento obrero y popular- tras siglos de miseria y, del sometimiento a los “principios” de la “libre empresa” y de una competitividad salvaje que con su egoísmo propietario ha llegado a asimilar a una izquierda “realmente existente” encerrada en el juego de la gestión leal.

En estos últimos tiempos, el triunfal.-capitalismo retomó algunos de sus viejos trajes como el del darwinismo social en consonancia con la el conservadurismo religioso y nacionalista, ese maridaje que del liberalismo neocon al que se adaptaría el neofranqusmo sin la menor dificultad, y desde el cual se auguraba nada menos que el fin de la Historia. La economía capitalista respondería a la “naturaleza de las cosas”, y l lógica de la cima y el abismo social a los que se solía referir London, se habrían impuesto como algo natural. Como parte de esa lógica mediática en la que los grandes beneficios resultan inocentes de las miserias extremas, lo mismo que los grandes negocios se entienden como éxito social en tanto que las movilizaciones de los de abajo suelen ser tratada como sucesos, como actitudes irresponsables que atentan contra el orden cuando no contra la democracia…

Hay un London que habló de todo esto, un militante que sentía que la revolución "aquí y ahora" y que se despedía en sus cartas con las siguientes palabras: “Con Usted por la Revolución”. Se dice que London se contradijo desde el momento en que dejó de ser un paria, un vagabundo y un proletario, para ser un intelectual. No creo que se pueda llamar a eso deserción, aunque el mismo lo apunta en una de sus narraciones, concretamente en El renegado. El London escritor se forjó en el London proletario. Fue trabajando en condiciones de semiesclavitud como se forjó leyendo y reescribiendo la obra de los maestros, así lo cuenta en Martin Eden, cuyo nombre es paradigma del proletario que accede a las Letras, un lugar muy estrecho en el que caben muy pocos ejemplares: Máximo Gorki, Panait Istrati, Miguel Hernández…Nadie habría seguido haciendo trabajos embrutecedores sí tenía la oportunidad de una realización personal, la del escritor. Pero al mismo tiempo London continuó con su militancia socialista en la tendencia de Eugene V. Debs, siguió con sus discursos airados, y lo que es más importante, con sus aportaciones subversivas.

Como parte de esa militancia en la que persistió hasta las vísperas de su muerte, justo después de una renuncia en la que London a pesar de sus contradicciones, ajustó sus cuentas con una socialdemocracia que no lo estaba dejando de ser, se insertan obras como las ya mencionadas, como estos escritos que el lector tiene en sus manos, y también una auténtica pesadilla que tituló El talón de hierro, sobre la que hemos anexado unas consideraciones de Trotsky escritas décadas más tarde, y que revelan todo lo que London tuvo de visionario…

Decíamos que London era tanto su obra como su vida. Una vida vivida bajo el signo de lo “novelesco", de la aventura. London, por el contrario, apenas sí escribió nada que no hubiera, vivido directamente o muy de cerca, y su fantasía es una prolongación de una realidad inmediata o estrechamente: relacionada con el mundo en que le tocado vivir. En su devenir de aventurero encontramos grandes capítulos que pueden ser catalogados como "inolvidables" por sus lectores cuando fue el "Príncipe" de los ladrones de bancos de ostras, cuando viajó al Klondike en busca de oro y encontró el primer filón de su inspiración, cuando recorrió Estados Unidos, y Canadá como un vagabundo, etc. Más allá de la literatura y del socialismo, hay en London un concepto existencial muy singular y que le hace ser en buena medida lo que fue. Se trata del concepto de que la vida tiene que ser vivida intensamente y que hay que despreciarlas adversidades. Su secreto es la pasión y la energía acumuladas en un cuerpo rebosante de vitalidad creadora. Pasión energía que empleará constantemente contra la adversidad desde su más pronta infancia en la que se inicia en la lucha por salir de la fosa social. Lo consiguió duramente, y a pesar de haberse convertido en uno de los escritores más aclamados y mejor pagados, su vida siguió siendo un desafío.

Un desafío que se trasluce en estos escritos reunidos en esta antología socialista, a la que se le ha añadido El amor a la vida, una de sus narraciones más representativas y sobre la cual Nadie Krupskaya contó en sus memorias que entusiasmó a un Lenin moribundo que pidió otra, pero la elección no sería muy afortunada porque cuando comenzó a escucharla hizo un gesto con la mano para que dejaran la lectura. Se trata de una serie de textos muy importantes en su biografía, y en los que London da cumplida cuenta de su origen social, de su opción política, y de cuales fueron sus argumentos marxistas. Junto con los periodísticos hemos añadido dos narraciones –La fuerza de los fuertes y El sueño de Debs- en los que el “mensaje” toma la forma de una ficción. El conjunto se cierra con una aproximación a la filmografía de Jack London, una curiosidad que, entre otras cosas, revela como london ha sido asimilado, pero que también deja constancia de magníficas adaptaciones que merecen ser conocidas y disfrutadas por los lectores y lectoras de London que siguen renovándose, y a los que al igual que a él, les ha tocado vivir unos tiempos de ira.

Séraphine y los miedos de una criada revolucionaria

Yolande Moreau protagoniza el filme que arrasó en los César


GUILLAUME FOURMONT
Público





Durante años y cada noche, en un canal privado de la televisión, los Deschiens consiguieron hacer reír a toda Francia con la historia de unos fabricantes de quesos. Nada extraño, aunque ese grupo de cómicos reflejaron con irrisión la realidad más popular de Francia. Había que ver a aquella mujer inocente, fea, vestida como hace un siglo. Era Yolande Moreau. Así que cuando la actriz vuelve a encarnar a una criada en Séraphine, que se estrena hoy, el tono es el mismo: tragicómico. A pocos pasos de la locura.

Casi nadie sabía quién era Séraphine Louis antes de que el cineasta Martin Provost decidiera llevar su historia al cine. "Cuando el director vino a casa para hablarme de ella sabía que era un regalo, un papel magnífico para una actriz", comenta Moreau (Bruselas, 1953). Séraphine Louis era una pintora de Arte Naïf del principio del siglo XX, ignorada por sus contemporáneos, huérfana y obligada a trabajar de criada para vivir. Murió de hambre en un manicomio en 1942.

"Fue una revolucionaria", insiste Moreau, "porque decidió pintar a los 40 años. Era impensable en la sociedad de aquella época pero se empeñó. Tenía una determinación formidable". La película se centra en la relación de Séraphine con un crítico y coleccionador de arte alemán, Wilhem Uhde. Cuando este descubre uno de sus cuadros, se queda fascinado y decide ayudarla.

Más que el retrato de una artista, Séraphine también es un homenaje a la pintura. No es una película en blanco y negro, aunque casi parece pintada con pasteles. Los colores primarios desaparecen y poco a poco se descubre la obra de Séraphine. Las flores y los árboles de sus cuadros expresan el dolor de una mujer que se refugió en la pintura y la fe para olvidar su condición social. Yolande Moreau, quien confiesa que no le gustaron "nada" las obras de Séraphine la primera vez que las vio, ofrece una interpretación perfecta. Su cara de mujer iluminada, como si estuviera viendo a Dios, recuerda a la fabricante de quesos de los Deschiens.

Una mujer del pueblo

"Cuando me proponen un papel, suelo preguntarme: ¿No estaba libre Catherine Deneuve?", bromea Moreau, consciente de que tiene "credibilidad para ser una mujer del pueblo". El personaje de Séraphine la conmovió, aunque no renuncia a "hacer reír a la gente con momentos dramáticos". "Me encanta", dice.

La actriz vive en Normandía, cerca de donde vivíaSéraphine. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Uhde regresó a Alemania y la película refleja cómo la artista, entregada a la pintura y a Dios, va cayendo en la locura. Sin embargo, Moreau ve a Séraphine como "una persona herida, cuya vida nos habla del espíritu". Rechaza el término de locura y prefiere hablar de "gente al margen". De eso trata la película: "Personajes como Séraphine están cerca de nuestro yo profundo, el yo que adaptamos, que ocultamos, porque todos tenemos miedos".