"Calle de las tiendas oscuras", Patrick Modiano


KEPA ARBIZU
Lumpen




La publicación en el 2008 de la última novela de Patrick Modiano, “En el café de la juventud perdida”, ha sido uno de los detonantes para revitalizar la figura de este escritor en el mercado de lengua castellana. Aunque para ser justos, no la única. En los últimos tiempos se ha estado editando poco a poco las traducciones al español de sus diferentes obras. Por ejemplo, este mismo año, han aparecido “Dora Bruder”, “Reducción de condena” y en la que nos vamos a centrar, “Calle de las tiendas oscuras”.

Modiano forma parte de una generación de escritores franceses que están consiguiendo un éxito, más que notable, a nivel internacional. A ella pertenecen entre otros, Jean Échenoz y sobre todo, el recién galardonado con el premio Nobel de literatura, Le Clézio. A este respecto, y con el recién reconocimiento de Modiano, se ha puesto en tela de juicio si dicho premio no hubiera sido más justo que recalase en este escritor.

De su biografía hay varios aspectos que son interesantes a la hora de explicar y entender algunas variables de su escritura. Su padre, judío de origen italiano y su madre, actriz belga, se conocen en el París ocupado por los nazis. Ese es el contexto en el que nace el que será hijo mayor de la familia. El hecho del pronto fallecimiento de su hermano, la figura paterna casi inexistente (era empresario y pasaba casi la totalidad del tiempo alejado de casa) y una madre en eternas giras, hizo de Patrick un niño sin casi referentes y con una identidad poco formada, característica esencial para comprender los temas sobre los que hablará en sus obras, no sólo literarias , ya que también se dedicó a realizar guiones, alguno tan famoso como el que realizó para el director Louis Malle en “Lacombe Lucien”.

“Calle en las tiendas oscuras” es la novela con la que el autor fue galardonado con el premio Goncourt en 1978. No ha sido hasta este año cuando las editoriales se han decidido a publicarla en castellano. Se le suele acusar a Modiano de ser algo repetitivo en sus obsesiones y su manera de abordarlas, en otras palabras, de escribir la misma historia una y otra vez. Y como si dicha afirmación no le importara gran cosa, este libro, de nuevo, está ambientado en el París ocupado por el ejército alemán. Hay que aclarar algo respecto a este tema. Nunca se ha caracterizado el autor francés por tener una visión politizada de la literatura, así que este acontecimiento lo suele afrontar de una manera no excesivamente encarnizada, más bien desde una perspectiva humana y personal. Pero por encima de todo, de nuevo retoma aquí su inquietud más honda, la búsqueda de la identidad perdida.

Decía Juan Gelmán que lo contrario del olvido no es la memoria sino la verdad. En esta novela nos topamos con un personaje amnésico y que hace todos los esfuerzos por construir su pasado para llegar a saber quién era y qué le ha sucedido. Pero en verdad, todos los pasos que va ir dando por medio de su investigación, le van a ir conformando una personalidad que nunca sabremos si es verdadera o una creación fantasiosa reconstruida por los recuerdos de los diferentes personajes con los que habla. Por eso la afirmación de Gelmán. Guy Roland no está encaminado a la verdad, a su verdadero “yo”, sino a una composición de los hechos sucedidos hace tiempo, siempre relatados de manera subjetiva por los implicados que los vivieron.

Es esta angustia, la de saber si se va en el buen camino, el real, la que acompaña al lector según transcurren los acontecimientos. Con la forma de una novela negra pero repleta de simbolismo, de fantasía, de lugares desdibujados por la noche y el paso del tiempo, Modiano refleja de manera ejemplar, con una prosa sobria ocasionalmente decorada con algún adjetivo certero cuando el ambiente de la historia lo pide, la ansiedad que no sólo vive el protagonista sino toda la amplia gama de personajes que aparecen, todos ellos con la marca del pasado en sus vidas, algunos con la intención de borrarla pero otros con ella tan fuertemente enraizada que lastra su presente. En definitiva, un espejo de lo que le sucede a la historia de Francia.

Nafisa Haji. Ser musulmana tras el 11-s


Elogiada por la crítica norteamericana, la primera novela de Nafisa Haji, “Su mano sobre mi frente” (Roca), recupera la tradición de las sagas de la India, pero con la incorporación de un nuevo elemento, el de la ignorancia y los prejuicios mundiales surgidos tras los atentados del 11-S


BEGOÑA PIÑA
Qué Leer


Norteamericana de ascendencia pakistaní -su familia se separó en 1947, durante la partición del subcontinente indio-, musulmana y ciudadana del mundo post 11-S, Nafisa Haji ha revivido con su ópera prima el proceso de búsqueda de su identidad. Inmigrante de segunda generación, de la noche a la mañana se convirtió en sospechosa en su propio país; comprendió que la ignorancia crearía un universo dominado por los prejuicios y que su hijo deberá batallar con esos recelos y suspicacias.

Su mano sobre mi frente cuenta el viaje de Saira Qader hacia el pasado, hacia los recuerdos de su madre, de la madre de su madre, de su padre y sus antepasados, de India y Pakistán, y hacia la más cercana memoria de su infancia, su juventud en la Universidad y, ahora, su presente en Los Ángeles. En la misma línea que otros relatos de sagas, de dramas familiares de mujeres indias cargadas con el lastre de ciertas tradiciones, esta novela tiene como novedad el contexto del “nuevo orden internacional” y de la amenaza del terrorismo mundial. Para Haji, ha sido un viaje necesario que la ha confirmado en su gran apuesta. Paz y Amor. Dos palabras talismán, un deseo sincero, un saludo en sus cartas, en sus e-mails, en sus conversaciones…

RAZONES PARA LA ESPERANZA

Al parecer estaba usted escribiendo unos relatos cortos y, de pronto, se cruzó la historia de esta novela. ¿Qué ocurrió?

Siempre quise escribir una novela, había comenzado a escribir muchas sin poder completarlas. Escribiendo los relatos, de repente descubrí la voz que estaba buscando y, en el contexto del 11 de septiembre, sabía lo que quería explorar.

El 11-S cambió el mundo. ¿Cómo la ha afectado a usted?

Antes del 11-S, yo era una persona secular. La religión era para mí una cuestión de identidad, no de práctica. Después, necesité releer y reflexionar sobre esta cuestión para poner los acontecimientos en perspectiva. He descubierto el viaje espiritual de una manera nueva.

Las cosas en Estados Unidos no han sido fáciles para los musulmanes. ¿La ha obligado esto a repreguntarse ciertas cosas?

Sí. Aunque no es fácil, me he dado cuenta de los diferentes niveles de “ser”. Y también he comprendido que estos niveles, con toda su complejidad, pueden coexistir. Yo me siento norteamericana con herencia indo-pakistaní. Pero sólo son dos cosas entre muchas otras: mujer, madre, maestra… Y, aunque hay mucha presión para que escoja una u otra identidad, no lo puedo hacer. Además, no es necesario. Me he dado cuenta de que lo importante es estar cómoda en medio de esa complejidad; de lo contrario estamos dividiendo el mundo en dicotomías falsas.

Pero, paradójicamente, ¿no es en el mundo de la globalización donde somos más ignorantes de las culturas, costumbres y tradiciones de los demás?

Sí, pero hay muchas razones para la esperanza. En realidad, la historia del mundo nos muestra muchos ejemplos de esta mezcla cultural, muchos puntos de intersección. Y, en las sombras de conflicto y violencia, encontramos que la idea de cultura propia y pura es un mito. Entre cuentos y literatura, podemos descubrir la verdad: que las culturas diferentes son solamente diferentes maneras de ser humanos.

Entre la ignorancia y la manipulación, la religión musulmana es una de las que peor paradas ha salido. ¿Cuáles son las mentiras más flagrantes que ha oído sobre ella?

Yo pienso que las peores manipulaciones del Islam son las que han hecho algunos musulmanes contra otros, los que usan el idioma de la religión para expresar ideas políticas. En el Islam no se permite involucrar a no combatientes en la guerra. Sin embargo, vemos cómo una minoría utiliza el enojo y el resentimiento, justificados o no, para cometer actos de violencia contra otros musulmanes no combatientes. La mayoría de las víctimas de esa violencia, y esto a veces lo olvidamos, son del mundo musulmán, pero también hay gente de otros lugares y de otras religiones. Además, están los derechos de la mujer, que se interpretan de una manera y con un espíritu que va contra el mensaje real de esta religión. Por otro lado, hoy es fácil culpar al Islam de cualquier injusticia y se olvida que todas las religiones se han usado de la misma manera.

IDEAS UNIVERSALES

Hablando de la mujer, en su libro, protagonizado por mujeres, las costumbres de la religión musulmana están muy templadas, pero existe también otra realidad. ¿Por qué elude la otra cara del asunto?

No estaba ignorando la otra parte a propósito. Sólo estaba representando la parte con la que yo me sentía más familiarizada, dentro del contexto de esa familia. Las realidades brutales e injustas existen, por supuesto, para muchas mujeres, pero también hay una tendencia general a mostrar sólo la parte más sensacionalista. Esa realidad brutal se muestra hoy como la experiencia de todas las mujeres de esta cultura, pero no es así para todas.

¿Cree que cuando su hijo crezca los prejuicios contra su religión habrán ya desaparecido?

Espero que sí. Pero no lo sé. Hay muchas razones para tener esperanza, pero también tenemos mucha responsabilidad y mucho que trabajar.

Con el viaje al pasado de la familia protagonista, usted repasa la historia de su pueblo…

Sí, quería explorar y recuperar para entender y compartir esa memoria.

De la misma forma, dibuja también un retrato del mundo de hoy. ¿Era otro de sus objetivos?

No. Mi meta era contar la historia de una familia, no la de representar a todas las familias de esta clase, ni, por supuesto, la situación del mundo. Porque la realidad del mundo depende del lugar desde el que se mire. Por conocer una persona de España, no puedo decir que conozco toda la cultura del país. Sin embargo, sí puedo describir a una persona, a una familia, tener empatía con ésta… y eso nos ayuda a desarrollar el entendimiento y la complejidad del tema. Al intentar compartir una mirada, espero contribuir al retrato total.

Viaja a menudo a Pakistán. ¿Qué cambios ha visto allí?


La brecha entre los que tienen y los que no tienen está creciendo, se advierte mucho en cómo viven y en las oportunidades que hay para unos y no para otros. Lo que más me molesta es que pensemos que podemos resolver problemas muy complejos con las armas y la guerra.

¿Ha sentido alguna vez deseos de regresar a la tierra de su familia y contribuir a su progreso?

Sí, lo he considerado, pero la verdad es que también me siento una extraña en aquella tierra. Tal vez, la mejor forma de progreso sólo se pueda realizar desde dentro.

El enfrentamiento entre las hermanas, una muy religiosa con otra más rebelde, ¿es una manera de expresar sus propias contradicciones?

Sí. Muchos me preguntan ahora si tengo una hermana o no, porque quieren confirmar que mi familia es el modelo para la de la novela. Pero la realidad es que las dos hermanas representan los dos lados de mí misma.

Como su protagonista, ¿cree en las emociones, la lealtad y el amor por encima de políticas y religiones?

Creo que sí. La religión, la identidad y la política son sólo maneras diferentes de ser humanos. Pero los ideales del amor, la lealtad, el cariño son universales y no importa quién eres para poder entender esas verdades.

Su novela ha sido un éxito. ¿El carácter universal de los conflictos de los inmigrantes de segunda generación ha contribuido a ello?

No sé. La historia de los Estados Unidos es una historia de inmigración. Todas las generaciones han tenido que definir esta experiencia en su propia época y al hacerlo, se han construido historias singulares…

¿La acogida del libro la ha animado a escribir un segundo?

Sí. Será una reunión entre Este y Oeste, de dos familias, una cristiana y una musulmana, que están conectadas de una manera que no sabían.

El perseguidor de sombras

La muerte de Antonio Vega, creador del himno musical de toda una generación, pone el punto final a una vida en perpetuo combate entre la heroína y el malditismo



AMELIA CASTILLA
El País



A veces la muerte consigue milagros con los que no puede la fuerza de la vida. La formación original de Nacha Pop, el grupo que deslumbró en los años de la movida madrileña, se reunió otra vez el pasado jueves. Carlos Brooking (bajo), Nete (batería), Nacho García Vega y Antonio Vega (guitarras y voces) se volvieron a juntar durante unos instantes. Y esta vez no se encontraban en el escenario de la mítica sala Rock-Ola. El reencuentro se producía en el crematorio del cementerio de la Almudena y los verdaderos protagonistas del duelo no eran, por una vez, los músicos, sino los padres de Antonio Vega, dos octogenarios que recibían pésames con entereza y que, seguramente, hacía mucho tiempo que habían perdido a su hijo. Su padre, un acreditado traumatólogo, se cansó de avisarle de los peligros de la mala vida. De entre las más de un centenar de canciones, compuestas y registradas por su hijo, al menos una iba para sus padres: "Estoy hablando de ellos/ de los que lloran y ríen./ La plata, el oro, el platino/ no superan el destello de algo en sus ojos divinos".

La muerte del compositor de la banda sonora de una generación, tantas veces anunciada, no fue menos dolorosa por mucho que se esperara. Nos habíamos acostumbrado al increíble deterioro físico de un chico de arrebatadora belleza. Ya era conocido que había perdido un chalé en la periferia de Madrid y que lo mismo vivía en un hotel que de prestado en casa de unos amigos o en sitios peores. Podía presentarse arreglado para ir de boda o sin dientes y con pelucas horrorosas. Los "rollos chungos" pesaban mucho en su vida, pero a él nunca le gustó la compasión y el morbo le repugnaba. Para algunos críticos se trata de un compositor de la talla de Jacques Brel, un gigante de la música que hablaba abiertamente de sus adicciones siempre que se le preguntara por ello. Le irritaba el tipo de periodista que apenas pregunta y que luego escribe mucho y sin comillas.

Por él mismo sabemos cómo descubrió la heroína a principios de los años ochenta. "Fue algo acojonante. No teníamos precedente. Entonces no se veían yonquis tirados por las calles. Además, al fondo estaban los mitos de Lou Reed y Keith Richards, los representantes de la vida tortuosa. Fue un enamoramiento total, estábamos seguros de haber encontrado la solución para paliar todo lo desagradable de la existencia. Pasaron años antes de comprender que aquello tenía trampa. Empezaron los estragos y se confirmaron los peores rumores", contó en una entrevista. Se enganchó con su esposa Teresa, de la que nunca llegó a divorciarse legalmente, pero ella se descolgó del caballo y rehizo su vida en el País Vasco. Su vida sentimental ha tenido poco que ver con las orgías y fiestas con las que se asocia al rock and roll. "Siempre me he considerado monógamo", contó. De hecho, nunca fue un mujeriego pero siempre mantuvo una mujer a su lado. Cuando aterrizó en su vida Marga, una chica sonriente y algo llenita que murió demasiado pronto, descubrió que todavía era capaz de enamorarse. A ella le dedicó un disco, 3000 noches con Marga, y una canción de amor Seda y hierro que pone la piel de gallina. Ya en la última etapa llegó Queca de la que sus amigos íntimos no hablan mucho.

La vida de Antonio Vega Tallés (Madrid, 1957) transcurría tan deprisa como sus canciones. Carecía de método de composición pero sabía bien lo que hacia. Su rutina se llenaba de intercambios constantes. Él vendía sus preciadas canciones y las discográficas a cambio le racionaban los adelantos. Cuentan que gastaba lo mismo si tenía 60 que 600 euros y podía ocurrir que vendiera lo mismo dos veces en diferentes despachos. Su discografía está muy repartida pero Enrique Mágaz, director de contenido de Warner Chapell y editor de buena parte de su obra musical, confiesa que llegó a darle dinero sólo por un título garabateado, en un papel arrugado firmado por él. Pero el negocio manda y para la siguiente ocasión el editor reclamaba puntualmente parte de la letra. Incluso grababa allí mismo, en el despacho en un viejo Philip la canción del momento. "Muchas veces, con ese material, poco más que una maqueta guarrindonga, hacíamos la partitura y la registrábamos en la SGAE", añade. Treinta años de dependencia y poder contarlo dan para mucho. "Su línea de creatividad no fue siempre ascendente pero él seguía investigando y sus canciones se consideraban joyas. Y si estás tú y Arrecife de coral son los dos últimos temas que le facturaron en Warner hace poco más de un mes. Últimamente tampoco le iba tan mal, aunque siempre descuidó su salud. Palomitas, fanta de naranja o fritos formaban parte de su dieta básica. No hacía mucho tiempo que se había comprado una moto. Él prefería un coche potente pero su editor musical se lo desaconsejó abiertamente, algo que a Antonio no le gustó nada. "No eres mi padre", le reprochó serio. Mágaz todavía sonríe al recordarlo vestido de motorista con el casco bajo el brazo. "Estaba tan delgado que casi no podía con la moto. Metió la primera y salió disparado".

Lo que empezó como una relación profesional, en los años ochenta, cuando Nacha Pop empezaba a sonar en las radios y a tocar en los locales de moda, acabó en un cariño tremendo, pero para qué negarlo "aparecía y desaparecía como el Guadiana", añade su editor musical. "Cuando pasaba mucho tiempo sin verle me preocupaba; entonces empezaba a hacer llamadas y le ubicaba más o menos. Antonio ha generado mucho dinero pero vivía hipotecado por su problema. A pesar de estar metido en el mundo de la droga fue un trabajador nato", concluye.

Además de las canciones y las regalías de los discos, su otra fuente de ingresos la constituían los conciertos en directo. Alternaba los bolos acústicos y las actuaciones con el grupo, una solida banda que conocía al dedillo todo su repertorio y cuyo cerebro era su amigo, el teclista Basilio Martí. "Era un músico muy flexible, hacíamos conciertos en formatos muy diferentes", cuenta. "Él tenía el mejor público del mundo, gente hasta cierto punto un poco fanática, que conocía todas sus canciones, sus versiones y que le tomaba la palabra".

Su público no le falló nunca. Vivían pendientes sólo de los buenos momentos, dejando en el olvido las caídas. En ese enganche caímos también los periodistas. Ya se sabe que dan más jugo periodísticamente las noticias de los conciertos anulados que las críticas entregadas, pero eso no contaba. Hubo un tiempo en que Vega guardaba en el bolsillo del vaquero una crítica, apenas una columna de un periódico en la que el crítico de turno alababa sin tino una de esas actuaciones terribles, en las que apenas era capaz de dar más de un acorde a la guitarra, en las que la gente cantaba mientras él parecía ensimismado. Apenas un par de días antes de producirse el desenlace, cuando ya se conocía el devastador alcance del cáncer de pulmón que acabó con su vida el lunes en el hospital Puerta de Hierro, alguien habló con el periodista Diego Manrique para que fuera pensando en la necrológica del músico. "Eso ya me lo pidieron hace 20 años", bramó al otro lado del teléfono con socarronería Manrique.

A veces, una necrológica anticipada suele traer buena suerte a los protagonistas, pero esta vez la profecía no se cumplió. El eterno superviviente falleció en la cama, rodeado de su familia y sus amigos los músicos que le acompañaron a lo largo de su carrera. La capilla ardiente del creador de Lucha de gigantes, instalada el pasado miércoles en la sede de la Sociedad General de Autores y Editores, en uno de los pocos edificios modernistas de la ciudad, no fue, como comentaban con sorna los detractores del músico, la muerte de Lola Flores. Desde luego no era el público de La Faraona, aunque por allí pasaran sus hijas Lolita y Rosario y su nieta Alba Flores. La cerveza fría se agotó en los bares próximos a la SGAE, la zona madrileña de Alonso Martínez, a unos pasos de El Penta, el bar del que hablaba en La chica de ayer, su composición más aplaudida. Más de 2.000 personas, gente de todas las edades y algunos procedentes de las derruidas barriadas donde se trafica con droga y donde le conocían por su nombre, le dieron su último adiós. Algunos, como la gitana que aguardaba paciente en la cola para visitar la capilla, le conocían más por sus vicios que por su música. El autor de clásicos como Una décima de segundo pudo hasta con el fútbol. Ni siquiera el inicio de la final de la Copa del Rey, entre el Barça y el Athlétic, interrumpió el goteo de gente que se acercó a darle el último adiós. Allí estuvieron todos. No faltó ni Teresa, su ex mujer de la que nunca acabó de divorciarse. Sería más fácil enumerar a los músicos que no estuvieron que a los que pasaron por la capilla. Seguro que fueron muchos los homenajes, pero esa misma noche Javier Teixidor, ex guitarrista de Mermelada y líder de la J Teixi Band, dedicó con su banda un sentido blues a Pepe Risi, Enrique Urquijo y Antonio Vega.

Scott H. Biram: un día cualquiera en Texas


ALEJANDRO ARTECHE
Soitu



Si te lo encontraras en una gasolinera de una carretera secundaria saldrías corriendo. Es el tipo con el que nunca te subirías a un coche, aunque llevases todo el día haciendo dedo bajo la lluvia. Scott H. Biram, un 'redneck' en estado puro.

Se denomina a él mismo como un 'dirty old one man band' y sus discos están llenos de punk, hillbilly, country, sonidos sureños, experimentaciones… y todo al más alto low-fi. No, no es una incongruencia. Mientras otros artistas se dedican a trabajar horas y horas puliendo el sonido de sus lps en carísimos estudios de grabación, Scott H. Biram prefiere grabar con su vieja guitarra Gibson del 59, una percusión acoplada al pie para marcar el ritmo y micrófonos viejos, algunos de los cuales estropea para modificar su voz y que esta parezca salida directamente de la cocina de la familia de la matanza de Texas.

Es incapaz de dejar indiferente a cualquiera que haya escuchado su música y, menos aún, si le ha visto en directo. O le amas o te horroriza. Tras uno de sus conciertos, el cantante Kris Kristofferson le dijo sobre su actuación que "era algo bastante difícil y duro de seguir". Tiene infinidad de seguidores por todo el mundo, que le adoran y le temen a partes iguales.

A mediados de mayo se cumplirán seis años desde el fatal accidente que estuvo a punto de llevarse a Scott H. Biram al otro barrio. Un camión enorme le atropelló dejándolo casi muerto. Las dos piernas rotas, un pie y un brazo fracturado y parte del intestino que hubo que quitar en quirófano fueron el resultado del accidente que casi termina con el músico que toca los sonidos que se escuchan a las puertas del infierno, tal y como ha llegado a definirle la prensa especializada americana.

Y cuando parecía que las cosas empezaban a ir bien, tras mucho tiempo ingresado en el hospital con operaciones y rehabilitación, Scott se encontraba de gira por Europa el pasado mes de marzo. Conciertos en diez países durante mes y medio. Francia, Bélgica, Irlanda, Holanda, Alemania… para presentar su nuevo disco, 'Something’s wrong/lost forever'. Estaba en el sur de Francia y su furgoneta paró para repostar gasolina. Llovía, Scott salió para tirar basura, resbaló en el agua y cayó al suelo con tan mala fortuna que se rompió la pierna con una no muy buena fractura, lo cual en su estado significó tener que volver a operar, poner clavos y añadir más metralla a sus maltrechos huesos. Y suspensión de la gira, claro.

Las 11 canciones (más una introducción) que componen 'Something’s wrong/lost forever' —y que comenzaron a grabarse en julio de 2007— están llenas de dramatismo y agresividad a partes iguales, lo mismo que el comportamiento que durante la convalecencia tuvo muchas veces Scott H. Biram a cuenta de la medicación que tenía que tomar tras el accidente y que hacía que tuviese un carácter bipolar.

Como muchos otros músicos comprometidos del country contestatario, Scott H. Biram es seguidor de Obama. Ya veíamos en su reciente gira española a Stacey Earle y Jason Ringenberg cómo portaban enormes carteles pegados a sus guitarras con el nombre del primer presidente americano negro. Scott vio la elección de Obama descansando en la casa francesa de su promotor de gira para Europa y define el momento como una "experiencia histórica inolvidable, sólo comparable a ver la llegada del hombre a la luna".

El sonido de un órgano de iglesia, o el de un charlatán sectario, ¿quién sabe?, abre 'Time flies', el tema con el que comienza el disco. A los pocos segundos una hipnotizante guitarra y una voz venida de las profundidades del dolor. ¿Está roto el equipo de música? No, es Scott H. Biram con sus micrófonos trucados invitándote a su aquelarre privado. Hasta lo que podría ser la típica balada pastosa de country blandengue que llora por amores perdidos, se convierte en otro de los temas del nuevo disco, 'Still drunk, still crazy, still blue', en algo siniestro . Por no hablar de la contagiosa armónica de 'Ain’t it a shame' escapada de los campos de trabajo para bailar toda la noche encima de alguna tumba. Los chicos malos de pueblos remotos tejanos son así.

No es blues, no es country, no es folk, ni rock' n' roll. Es algo único que se te mete muy dentro, se pega a los huesos y no puedes escapar de él. No se puede explicar, hay que coger el disco, ponerlo y dejarse llevar en un viaje del que no hay retorno. Es como cuando a los habitantes de Twin Peaks les poseía Bob. Tras escuchar a Scott H. Biram ya no hay marcha atrás.

Listo para chocar y arder, Marc Bijl

No estoy seguro de que a Marc Bijl le guste Elvis Costello, pero sí sé que la música punk forma parte de su "educación" estética y sentimental



JAVIER PANERA
Revista Mu



Y en vista de que este joven artista –y músico – es muy dado a parafrasear en sus obras las letras y títulos de famosas canciones de la historia de la música pop, considero que las palabras de aquel Costello cabreado de 1978 pueden servir como punto de partida para enfrentarnos a la recopilación de trabajos que se muestran en el DA2 de Salamanca: un coherente conjunto de instalaciones e intervenciones urbanas realizados a lo largo de la última década, en los que se detecta una inquebrantable vocación por producir simultáneamente tensiones en la esfera pública y el sistema del arte; aunque paradójicamente, no esté reñidas con el uso de estrategias de seducción propias de la publicidad de guerrilla o la propaganda política.

En efecto; Marc Bijl juega una especie de ‘guerra de guerrillas’ con los iconos, los signos y el lenguaje poniendo al descubierto los estrechos lazos que unen las distintas formas de violencia con las grandes marcas multinacionales o los mass media; su trabajo desenmascara símbolos y mitos de la cultura popular dejando ver sus implicaciones reaccionarias; hasta tal punto que no hay un solo elemento de atracción en estas obras que no esconda una amenaza subyacente, un fino humor negro o una cualidad cínicamente subversiva que obliga al espectador a posicionarse en sentido moral y estético. Estamos pues ante verdadero arte conceptual basado en nuestra percepción de las estructuras (de poder) y los mitos de la cultura popular. Recuerdo en este sentido, que la primera vez que me enfrenté a una obra suya fue en el contexto de la exposición ‘Laocoonte Devorado - Arte y Violencia Política’, celebrada en el DA2 en febrero de 2005; aquella muestra se abría con una obra de Marc Bijl titulada La rivoluzione siamo noi (2002) una escultura de poliéster de tamaño humano que representaba a Lara Croft avanzando hacia nosotros con el cuerpo completamente cubierto por petróleo, una gran pistola en cada mano y un cigarrillo encendido en los labios. Tras la figura de la heroína de video-juego podíamos leer un graffiti en la pared con la famosa frase en italiano anotada por Joseph Beuys bajo una de sus obras más conocidas. 4 La rivoluzione siamo noi de Marc Bijl apunta hacia la ilusión falaz de los iconos con el mismo pesimismo que pone en evidencia el fracaso de las utopías; tanto por la ‘involución’ que sufre de la famosa frase de Beuys (que es por sí mismo una figura icónica) como por la ‘pringosa broma negra’ a que es sometida la ortopédica anatomía de Lara Croft.

Evidentemente Marc Bijl no espera cambiar el mundo con sus obras, pero sí conseguir que éstas funcionen como un poderoso dispositivo de reflexión en torno al presente. De hecho, una parte importante de sus trabajos tiene la capacidad de poner al descubierto el modo en que la violencia –sea ésta de orden político o estructural – se ha instalado en nuestras vidas hasta convertirse en un objeto de consumo al que no es ajeno el propio sistema del arte; por lo que el único combate posible para un artista como él, sólo es posible: ‘desde dentro’. En este mismo orden de cosas podemos decir que, pese a que el trabajo de Marc Bijl ya es bastante conocido y ha participado en eventos artísticos de cierta importancia, su trabajo aún conserva ese halo de frescura y marginalidad propio de las subculturas callejeras que lo hacen tan efectivo como las primeras canciones de The Clash. Precisamente algunas piezas clave de la trayectoria de Marc Bijl son instalaciones de carácter textual a modo de graffiti callejero, en las cuales también se aborda la expresión de la violencia mediante el lenguaje verbal, un lenguaje al que Bijl pervierte mediante estrategias de ‘desvío’ y dobles significados que recuerdan las practicas de detournement situacionistas. Un ejemplo: en 2007, bajo el paraguas institucional de la Manifesta 4 realizó un graffiti sobre las columnas del edificio Portikus en Francfort con la palabra RESIST y un mes después hizo una intervención parecida en Kassel en el contexto de la Documenta 11 escribiendo la palabra TERROR, pero en este caso fue una pintada ilegal: ¿paradoja?, ¿contradicción? Como el propio artista apunta con lucidez, por más que en su caso el arte y la vida vayan hermanados, todo aquello que acontece dentro –o en los bordes – del sistema del arte no es otra cosa que: ‘una cuestión de re-presentación’; por si cabe alguna duda, otra de las obras más significativas de este artista es una escultura que representa a Batman de espaldas con una guitarra al hombro frente a un shakesperiano graffiti que reza: ‘Todo el mundo es un escenario’.

Termino con otra reflexión de carácter musical que me parece muy cercana al trabajo de Marc Bijl: el objetivo primordial del punk fue poner en evidencia que la música hacía tiempo que había perdido su magia. La ‘aristocratización’ de la industria musical había llevado al rock de los años setenta a un callejón sin salida del que sólo era posible escapar mediante un estallido de violencia que fue, al mismo tiempo, un síntoma de los desordenes sociales de la época. De un modo tan efectivo como poético, Greil Marcus compara ese efímero pero intenso estallido de violencia con una mancha de carmín que se borra pero deja una profunda huella en nuestra memoria. Con las instalaciones y las intervenciones de Marc Bijl en los espacios públicos e institucionales sucede algo parecido: exige al espectador una reacción in situ, que resulta a priori necesariamente transitoria, aunque luego no sea fácil de olvidar.