Michael Haneke: "Me obsesiona filmar la culpabilidad"



DANIELA CREAMER
El País




A sus 67 años, con su rostro encajado entre barba y cabellos blancos, siempre de negro, Michael Haneke parece uno de los personajes de su última e inquietante película, Das weisse Band, con la que ayer logró la Palma de Oro de Cannes. Filósofo y psicólogo, de nacionalidad austriaca, pero nacido en Múnich (Alemania) en 1942, el cineasta retorna a su país natal para retratar con sobriedad una implacable historia ambientada en una pequeña aldea a inicios del siglo XX, en los años previos a la I Guerra Mundial. Anuncia aquí el germen de una generación -los niños de entonces, posibles culpables de algunos sucesos misteriosos- que luego abrazará el nazismo.

"En mi mente tenía claro que quería hacer una película sobre cómo todo ideal se pervierte", afirmó días antes de obtener la Palma de Oro del certamen francés, festival que se le da bien: en anteriores ediciones ha logrado premios (aunque nunca el principal) con La pianista, Código desconocido y Caché. "El título", explica el director, "Das weisse Band [La cinta blanca], se refiere al distintivo de pureza que portan ciertos niños, y que no es más que una ficción". En España la película se estrenará a partir de septiembre.

Pregunta. Con la aparente frialdad de su cine, relata ahora una creciente explosión de violencia y rebeldía; actos que demuestran claramente que alguien está castigando al pueblo. ¿Quiénes son los responsables?

Respuesta. Es un filme sobre las raíces del mal, sobre la perversión de la naturaleza humana. Mi propósito era mostrar cómo aquellos que erigen los principios de manera absoluta se convierten en verdaderos monstruos. En aquella época, el protestantismo religioso era muy rígido y la educación muy estricta. Las autoridades eclesiásticas y los progenitores les inculcaban a los niños un rigor moral, que no aplicaban a sus propios actos. Los niños se convirtieron en justicieros porque creían ser la mano derecha de Dios. Sucedió en Alemania, y esta generación 20 años después creó el nazismo. Esta película no es sólo sobre los orígenes de ese movimiento, sino sobre todos los terrorismos ideológicos, políticos o religiosos. Es un problema que afecta a toda la humanidad, porque esto puede suceder en cualquier lugar del planeta y en cualquier época de la historia.

P. Su cine se nutre siempre de lo peor de la sociedad.

R. Siempre enfoco mi cine en la violencia, porque en la sociedad moderna en que vivimos es imposible evitarlo. Me gustaría que me consideraran un especialista en la representación de la violencia en los medios. Además, nuestra cultura está marcada por el judaísmo y el cristianismo, y eso hace que llevemos en las entrañas el sentimiento de culpabilidad. No soy un adicto a la culpabilidad, pero la idea de filmarla me ha obsesionado. A lo largo de una década llené mi biblioteca de manuales de educación de los siglos XVIII, XIX y XX, que me han servido de inspiración y apoyo para esta historia, sobre todo para los diálogos.

P. De niño, usted recibió una educación más bien liberal. ¿Cómo influyó en su vida y sus creencias?

R. Mis padres no eran protestantes. Eran actores y se divorciaron cuando yo era pequeño. Mi padre fue compositor y concertista, pero nunca he incluido sus piezas en mis películas, porque amo demasiado la música como para utilizarla resaltando los defectos de la humanidad.

P. ¿Se considera un maestro de la manipulación?

R. La manipulación es inevitable. Pero la subordino a mi objetivo principal: provocar y remover las conciencias.

P. ¿Eso es también lo que intenta lograr con los largos planos fijos y en blanco y negro de Das weisse Band?

R. Siempre me ha gustado crear en el cine el tipo de libertad que se tiene cuando se lee un libro, donde se dan infinitas posibilidades imaginativas. En los largos planos de mi película, la mitad de los espectadores ve que sucede algo, la otra mitad no percibe nada. Ambas formas funcionan. Siempre llenamos la pantalla con nuestras propias vivencias. Lo que vemos proviene de nuestro propio interior.

P. Los niños tienen aquí rostros frágiles y, a la vez, durísimos. Son víctimas y verdugos. ¿Cómo los escogió y cómo logró su adaptación a la mentalidad severa e intransigente de aquella época?

R. Invertimos mucho tiempo y esfuerzo en encontrar los niños ideales. Fueron más de seis meses de pruebas en las que tomaron parte 7.000 candidatos, y elegimos a los que más encajaban con los rostros que aparecían en las fotos de la época. La parte más difícil fue la dirección de los más pequeños: exigía mucha paciencia lidiar con su limitada capacidad de concentración. Pero valió la pena.

Diaro de un mal año, de J. M. Coetzee


BLANCA VÁZQUEZ
La Républica cultural




¿Cuántos escritores se meten en camisas de once varas? ¿Cuantos son, además de geniales literatos, una voz comprometida que hace carraspear a las autoridades políticas o autoridad de la índole que sea? ¿Cuántos asoman la denuncia a través de los subterfugios de su narrativa y estructuralismo lingüístico? ¿Cuantos?. Hay. Muchos llegaron a alzarse con el Premio Nobel, no sin sorpresa de propios y algunos extraños. Jelinek, del lado de los oprimidos, concretamente oprimidas, en el hoy actual. Harold Pinter que estás en los cielos. Kertész, la voz del genocidio. Saramago, anárquico, escéptico sobre esta decadente sociedad actual. Fo, y su valentía al arremeter contra el poder político italiano, la mafia y su camarada, el Vaticano. Morrison, eterna luchadora contra la segregación racial. Y más, hay, con Nobel o sin Nobel. También contra la segregación racial la voz de John Maxwell Coetzee se alza bronca y firme entre las líneas de una prosa única, una narrativa de una genialidad paradigmática, grande, profunda por ser sencilla, y sin embargo compleja.

Coetzee mira la decadencia del mundo de una manera tranquila, desde la perspectiva de sus personajes agonizantes. Pone la palabra como única salvación, el poder de la palabra. Toma partido, ya desde su celosa privacidad, que agradecemos sus admiradores, sus incondicionales. Porque una vez descubierto el poder de la palabra en la pluma de Coetzee se queda atrapado en esa incondicionalidad. La humanidad supura por todos los resquicios de sus obras, la desazón y los nudos emocionales. Con una confusa visión del erotismo, complejo, como la realidad misma. Polémico en su escepticismo y en su denuncia, para ello se trasmuta en sus personajes, o al menos eso creemos. Qué en realidad ellos son él.

Diario de un mal año es una de sus últimas obras. Vuelve a poner la atención en el intelectual maduro, cansado, consciente de su deterioro, (ya lo hizo en Un hombre lento). C., eminente escritor asentado en Australia es invitado a colaborar, junto con otros escritores, en un libro compendio de ensayos titulado Opiniones contundentes. Sin el mínimo asomo de la enfermiza corrección política, sus opiniones son contundentes. A la par que comienza los pequeños ensayos conoce a una atractiva vecina del mismo edificio donde vive, por la que siente un interés más erótico que místico, diríamos, teniendo en cuenta que Anya, filipina, se define como una joven pletórica de encantos, entre ellos su atrevimiento, excitante provocación y buenas dosis de exotismo. Al saber que la joven busca trabajo, C. le propone que mecanografíe sus manuscritos. Claro que una vecinita bombón nunca está sola; su novio Alan aparece en escena para crear un universo temporal a tres bandas. Todo ello plasmado en una arquitectura narrativa de ventanas, a saber, las tres voces narrativas, C., Anya y Alan, se alternan en cada página de las 238 de Diario de un mal año. Una aventura por así decir, ambigua, y con ello retadora para el lector, que se ve inmerso en tres cosmos mentales.

¿De que habla Coetzee a través de C, y de sus más vulgares, mediocres Anya y Alan?. De lo que siempre habla este sublime autor, la vergüenza, el poder, el deseo, el cuerpo y su naufragio, la humillación. Y desde luego la soledad y la mentira. La decadencia social: “Eso es lo que define la modernidad. Las grandes cuestiones, las que cuentan, han sido resueltas. Incluso los políticos lo saben en el fondo. La política ya no es el lugar de la acción. La política es un espectáculo secundario….”

Dividido en dos diarios, el primero contiene opiniones contundentes sobre los orígenes del Estado, el anarquismo, (esa emigración interior donde algunos nos encontramos), la democracia, la figura de Maquiavelo, el terrorismo, la pedofilia, la matanza de animales, la competición y su carrera sin meta, el diseño inteligente, la probabilidad y las matemáticas, Australia y su vida política, la música, el turismo, por supuesto el uso de la lengua, en este caso el inglés, la autoridad narrativa e influencias literarias: Dostoyevski y Tolstoi en primera fila.

El segundo diario, más corto: “estoy empezando a preparar una segunda y más suave serie de opiniones. Me encantará mostrársela si logro persuadirla para que vuelva” Escribe C. con la intención de que Anya continué transcribiendo, o acompañándole. Pero opiniones suaves no significan menores en intensidad e ingenio. El padre, los sueños, los admiradores, la vejez, el aburrimiento, la compasión, las aves… temas que conforman una argamasa narrativa junto a la transformación de la relación de Anya y Alan; o hablaremos, más bien, de la transformación de Anya. En una mezcla ligada de ensayo y novela, el autor sudafricano cruza el umbral de lo imperecedero. Arriesga, se aventura y escapa de la literatura correcta de la complacencia. Quizá C. sea un mujeriego, un womanizer, un hombre que desmonta a Anya, y vuelve a montarla convertida en mujer.

Diario de un mal año nos habla de J. M. Coetzee, como todo libro nos habla de su autor, aunque podría ser que el libro nos hablara como si alguien susurrara dando la impresión que se refiere a uno. Puede que haya un elemento ilusorio en la comunicación con el libro. En todo caso Coetzee juega con sus personajes y con nuestra paranoia, al poner a C. como autor de Esperando a los bárbaros.

Memorias de Pollack


H. LUMIÉRE
Hoy es arte




La memoria retiene aquella voz en off y la imagen suave de una pareja de leones que en el atardecer de las colinas de Ngong, sobre la tumba del aventurero Denys Finch Hatton cerraba, -al tiempo que más que enternecidos enrojecían los ojos de buena parte de los espectadores del mundo-, la historia africana de la baronesa Karen Blixen.

La adaptación de las andanzas de esta peculiar mujer, que la literatura reconoce bajo el nombre de Isak Dinesen, le sirvió a Sydney Pollack para levantar Memorias de África y, con ella, once nominaciones de las que se derivaron siete estatuillas de Hollywood.

Mucho antes de arrancar con este proyecto decisivo en su vida, Pollack se había sentido cautivado por la obra y, muy especialmente, por la personalidad de esta autora danesa. Leyó sus libros, los que ella había escrito y los que sobre ella se habían escrito, y fascinado desde la primera frase “Yo tuve una granja en Africa…” por la autobiografía en la que la Blixen recogía sus años africanos se lanzó a tumba abierta a materializar una ilusión que le supuso esfuerzos de todo tipo.

La dificultad de los escenarios naturales

En primera instancia hubo de convencer a Meryl Streep para que aceptase un envite que pasaba por rodar en los escenarios naturales de la historia. Casi fue así pues tras varias batallas burocráticas no pudo llevar las cámaras, como fue su propósito inicial, a la auténtica plantación en la que la novelista había vivido, teniendo que conformarse con paisajes muy similares en la propia Kenia.

La otra pata de la pareja fue Robert Redford, uno de sus actores fetiche (con el que trabajó en siete películas) al que Pollack había conocido 23 años antes durante el rodaje de War Hunt, un drama sobre la guerra de Corea dirigido por Denis Sanders.

Pero volvamos a África. Con el sí del romántico dúo las cámaras arrancaron en enero de 1985. De allí a junio se vivió un rodaje muy complicado en el que jugaron su papel las lluvias torrenciales, que paralizaron la producción varias veces; las enfermedades, especialmente la malaria que se cebó en una parte del equipo, y las trabas administrativas que, por ejemplo y ante la prohibición de las autoridades de la región de que se utilizasen animales salvajes como espectáculo, se hubo de recurrir a leones y águilas transportados para la ocasión desde California.

Resultados

Vencidas todas las dificultades las memorias cinematográficas de la escritora respondieron con creces a la expectación levantada y supusieron un bombazo económico, la consagración popular del director y dieron pie a que en los años siguientes lo romántico impregnase, con distinta suerte y resultados, las pantallas.

El hecho es que la apasionada aventura de una Karen casada por conveniencia con un rico barón danés y Denis, un atractivo cazador que antepone su libertad a cualquier otro compromiso, encandila a todos y les rompe el corazón cuando el aventurero acaba por estamparse con su avioneta en algún rincón del exótico continente.

Pero por encima de todo Memorias de África refleja la tenaz profesionalidad de aquel director de origen ruso. Un hombre que se hizo así mismo emergiendo de una familia rota por el alcoholismo (su madre moriría cuando él apenas tenía 15 años) para, tras probarse como actor, alcanzar la consideración de director referente para toda una generación de ilustres cineastas.

Ahí quedan para corroborarlo sus adaptaciones de obras literarias, como Propiedad condenada, en la que rescató el drama de Tennessee Williams, o El nadador, que supuso su primer gran éxito y la consagración de Burt Lancaster, o Danzad, danzad malditos, en la que sacaba lo mejor que para el cine ha dado Jane Fonda a través de un relato de Horace McEvoy.

Director de actores

Enorme director de actores, de su mano crecieron las carreras del propio Redford , - Las aventuras de Jeremiah Johnson, Tal como éramos (que sirvió también de catapulta a Barbra Streisand), Los tres días del Cóndor, El jinete eléctrico, Havana…-, de Robert Mitchum, que confesaría que pocos le enseñaron tanto como Pollack cuando lo dirigió en Yakuza; Al Pacino; Paul Newman, con el que hizo Ausencia de Malicia, y Dustin Hoffmam (Tootsie), y Tom Cruise y Harrison Ford y Nicole Kidman…

Pero Sydney Pollack trascendió su tarea como enorme director. También fue productor y como un concienzudo actor de registros varios lo vimos, entre otro buen puñado de cintas, en Maridos y mujeres de Woody Allen, en Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick, en El juego de Hollywood del gran Altman o en Michael Clayton, que en 2007 supuso una de sus últimas apariciones.

El 26 de mayo, hace ahora un año y en plena actividad, se fue. Nos dejó como testamento su trabajo como productor de las entonces todavía no estrenadas El lector y Margaret y un puñado de irrefutables ejemplos que han contribuido a que el cine sea un espectáculo grande.