"Last exit to Happyland", Gurf Morlix (2009)


KEPA ARBIZU
Lumpen




Gurf Morlix pertenece a ese grupo de músicos conocidos, y alabados, por sus compañeros de trabajo pero desconocidos para el público ya que buena parte de su carrera ha transcurrido en un segundo plano al servicio de los demás.

El neoyorquino ha colaborado, ya sea en forma de instrumentista o de productor, con un sinfín de músicos de todos los estilos. Entre sus trabajos destacan los realizados con Jerry Lee Lewis, Jim Lauderdale, Mary Gauthier, Buddy Miller y sobre todo formar parte de la banda de Lucinda Williams, donde tuvo un papel considerable en uno de los discos más importantes de los 90, “Car wheels on a gravel road”, que aparte de sus calidad, es una de las obras claves para entender el florecimiento actual que sufre el country rock.

Todo este currículum no ha sido suficiente para conseguir que sus discos individuales consigan despegar y tener el éxito que merecen. Desde el año dos mil lleva dedicándose a sacar sus propios trabajos, y no ha sido hasta el “Cut n shoot”, 2004, cuando ha empezado a hacer algo de ruido mediático y a tener un leve reconocimiento.

Su estilo se inició dentro de unos parámetros ortodoxos del country. Con el paso del tiempo, ha ido dándole una forma más personal, incluyendo muchos matices del rock y del blues, y sobre todo buscando su propia manera de cantar, ya que su pericia con la guitarra y otros instrumentos venían avalados por su longeva carrera. Su voz, hoy por hoy, suena rugosa, personal y el lado sombrío que tiene su música se refleja perfectamente en ella. Si hubiera que marcar un punto concreto en el que se vislumbró su identidad, sería en su anterior disco, (si obviamos un instrumental editado entre ambos) “Diamonds to dust”, que en cierta medida, sirve como predecesor del actual.

Para “Last exit to happyland”, su nuevo trabajo, ha querido demostrar,y dejar claro, que ésta es una realización propia, así que, no hay mejor manera que hacerse cargo de todo (escribir las canciones, tocar todos los instrumentos y producir) salvo de las percusiones que corren a cargo de Rik Richards. Para bien o para mal, desea ser el único responsable del resultado final.

Es inevitable, para entender sus canciones, no mencionar a artistas de su quinta, que al igual que él, siguen en un estado óptimo musical. El Guy Clark contemporáneo, el de “Workbech songs”, y Steve Earle, por ejemplo, son dos referentes ineludibles. Así queda demostrado en “One more second” y “Crossroads”, (un homenaje a aquel viejo bluesman llamado Robert Johnson que decidió vender su alma para tocar blues como el mismísimo diablo), construidas con un ritmo de guitarra sobrio pero contundente y una voz rasgada y personal como no se le conocía hasta ahora.

“Walkin’ to New Orleans” y “Drums from New Orleans”, en ésta los coros los realiza Ruthie Foster, son dos canciones dedicadas a esa zona de los Estados Unidos, la segunda desde un perspectiva más personal y la otra con el tema Katrina en la memoria. Aquí se acerca sigilosamente a un sonido más pantanoso, como no podía ser menos con esas referencias en los títulos, cercano al de Tony Joe White o Dr John.

En contrapeso a este sonido tan desgarrado aparece la colaboración de Patty Griffin, que con su aportación, convierte “She’s a river” y “I got nothin’”, en dos temas más melódicos. La mezcla de tonos a la hora de cantar, como si de bella y bestia se tratara, tienen un fantástico resultado.

En medio de todo esto aparece la “springsteeniana”, más en el fondo que en la forma, “Hard road” y la triste “Voice of midnight”, donde colabora, esta vez levemente, Patty Griffin, que sirve como despedida al disco y como homenaje a los amigos desaparecidos.

Gurf Morlix sigue defendiendo paso a paso, disco a disco, el derecho a ser considerado una voz importante dentro del country rock que se realiza actualmente. Todo lo que ha aprendido acompañando a otros músicos, lo pone al servicio de darle consistencia y calidad a su carrera en solitario, como queda demostrado en este fantástico “Last exit to happyland”.

Entrevista con Don DeLillo. Apocalipsis al nivel de la calle


MATILDE SÁNCHEZ
Revista Ñ




Caminar ahora por la zona del Ground Zero ya no sólo habla del 9/11. Ahora es además una metáfora –grotesca, por lo textual– del "derretimiento" de los mercados. El sitio participa como ningún otro de lo que el filósofo y urbanista francés Paul Virilio llamó el accidente global , la catástrofe local que se centuplica en lugares apartados en virtud de un relato colectivo ejemplarmente dominante. Crisis de crisis encadenadas a las que se suman ahora las narrativas de la alarma sanitaria, todo ello alimentado y producido por las cadenas de noticias, en tiempo real, las 24 horas. No es la vida estrictamente; es la realidad, mitad inevitable y mitad inducida, de las pantallas y pizarras electrónicas de Times Square. Ese es el universo DeLillo: el Apocalipsis "al nivel de la calle".

Nadie tuvo mayor antena que este escritor, nacido en el Bronx pero hoy vecino de Brooklyn, para narrar las corrientes que alientan en la multitud, ya se trate de una estampida ecológica o de la marea de fanáticos rumbo al superclásico de béisbol. Exploró todas las posibilidades del accidente, incluido el avatar de los mercados y encontró la forma y el lenguaje para representar las grandes avenidas del presente –y digo avenidas porque ningún otro autor norteamericano auscultó con tanta sutileza los devenires de la ciudad cosmopolita, un camafeo del mundo a escala, en este, el tiempo que Jacques Derrida llamó "modernidad tecnocapitalista".

El primer libro que lo dio a conocer en grande fue Ruido de fondo , con el que ganó el National Book Award en 1985. Allí una familia bien acolchada en el consumo y los paraísos suburbanos de pronto se ve lanzada al éxodo. Y en 1991 vino el premio Faulkner del Pen Club para la extraordinaria Mao II . Aunque tramos del Muro de Berlín todavía no habían sido demolidos, él había aislado en plena Guerra Fría los elementos "futuribles" del presente, en la mejor tradición visionaria de George Orwell. Varias novelas de DeLillo presentan a terroristas y conjurados internacionales: de hecho, la conspiración es la unidad mínima de la política. ¿Pero hasta qué punto puede seguir llamándose ficción a sus cuadros con presagios, en los que la televisión y la sociedad del espectáculo ya son parte de nuestra fisiología? Su obra, muy pronto emparentada con la de Thomas Pynchon (con quien se dice que juega al poker una vez por semana, aunque él lo desmiente), no parece nutrirse tanto de la tradición literaria de su país como de los titulares de los diarios, leídos con un ojo radiográfico. DeLillo es un marciano ante la caja boba. Los medios y la realidad que éstos construyen han sido, junto con la ciudad, su objeto de inspiración y espanto. Pero cuando se lo mencione a él va a negar que sus libros surjan de ensoñaciones futuristas a partir de los titulares –como sí le ocurre a Lauren Hartke, protagonista de Una artista del cuerpo –, sino de una gran cantidad de estímulos que no puede rastrear.

Después de Submundo , su gran obra coral, escribió novelas intimistas basadas en la precisión de los climas y un diálogo en hilachas; es decir, enfocó las consecuencias del "tecnocapitalismo" en la subjetividad. Es el caso de Una artista del cuerpo , Cosmópolis y El hombre del salto , y de cuatro obras teatrales representadas en diversos escenarios pero inéditas en castellano.

"Me convertí en escritor por el solo hecho de vivir en Nueva York y atender a las cosas buenas, prodigiosas y aterrorizantes que la ciudad logra ensamblar", explica. Prefiere enmascarar sus lecturas con un tono diminutivo que no llega a falsa modestia, con ese gesto de muchacho mayor nacido en el Bronx, hijo de inmigrantes italianos: todo en él es suave y a la vez callejero y el rostro sugiere a un ex rufián reencauzado, sin otra secuela que unas mejillas poceadas. Nuestra charla tuvo lugar en abril en las oficinas de la agente literaria que lo acompaña desde Americana , su primera novela.

Impacta releer "Cosmópolis": Eric Packer, protagonista de la conectividad global, sostiene que el presente es cada vez más difícil de encontrar. Fue succionado para dejar lugar al "futuro de los mercados incontrolados y de un desmesurado potencial inversor". En su Nueva York aparece la ciudad mutiétnica en la que cabe el mundo, pero Packer se siente más en casa ante el goteo de cotizaciones bursátiles de Corea, Japón y Rusia. En el brillo hipnótico de la pantalla líquida ve "el resplandor del capital cibernético". En " Jugadores" , de 1977, el esposo se ve envuelto en un atentado contra la Bolsa de Comercio y su mujer trabaja en el WTC. El matrimonio contempla un avión acercándose demasiado a las Torres Gemelas: "Parece que fuera a chocar", observan. Su realismo es muy próximo a la ciencia ficción.

Para mí la diferencia entre géneros es muy borrosa, en verdad. En Jugadores , el supuesto vaticinio no surge de una teoría previa sobre las finanzas sino de una experiencia al nivel de la calle. Yo tenía un amigo corredor de valores que se pasaba cada mañana en la Bolsa, estamos en los años 70. Yo tenía la idea de un personaje comisionista y él me llevó al piso, algo que hoy no sería posible. Aunque estuve allí apenas una hora, pude entender cómo funcionan la ansiedad, los nervios, la conmoción, la presión intensísima de la vida de los agentes entre las 9 y las 15. Lo sorprendente era lo irreal de toda la situación, los movimientos de gente real haciendo cosas que están más allá de mi entendimiento, su carácter de burbuja, su virtualidad. En la Bolsa no hay nada, ahí no está el dinero, es inmaterial, y sin embargo, gobierna el mundo. Esa visita fue crucial.

Usted ha sido comparado con Ballard y Orwell por este carácter visionario; ¿cómo funciona el radar?

Cada uno de mis libros llega primero como una visión tridimensional. La calle no siempre es la fuente. A veces tengo una idea, otras es una foto que me impacta, como en El hombre del salto , la foto del trabajador que sale de las torres con el portafolio cubierto de polvo. Es misterioso. De hecho, lo que me encanta de la ficción es este misterio: ¿De dónde diablos llegan las ideas? Siempre es difícil saber si uno tomó el camino correcto en la ficción. Claro que el camino correcto no existe, sobre todo si uno va por el comienzo.

En "Los nombres", de 1982, se vislumbra que el mundo está por dar un giro drástico aunque aún no se vea adónde. Se trata de un texto de la Guerra Fría, con personajes de expatriados marcados por la paranoia y los oficios clandestinos.

Lo escribí a fines de los 70. En mi vida y en eso que llama mi carácter visionario, fue importantísima la experiencia de emigrar por tres años a Grecia. Renovó por completo mi manera de hacer ficción y me convenció de la enorme relevancia de la literatura. Tendría que esforzarme mucho y más. El hecho de que estuviera en un país con otro idioma me hizo prestar mayor atención al mío.

Alguna de sus novelas sugiere que usted se inspira en cierto residuo ficcional de las noticias, digamos, en el reflujo de un informativo tal como aparece en un sueño. ¿Fecharía en esa estadía griega la percepción de una globalidad que reptaba bajo la Guerra Fría?

En Atenas tuve una gran perspectiva del terror político y religioso que nos rodeaba. Eran los años de la revolución en Irán y el Líbano estaba en guerra. Atenas estaba llena de refugiados de Beirut y había coches bomba y protestas antiamericanas a toda hora. Ahora que están dando Hunger , el filme notable de Steve McQueen, recordé que entonces las protestas por los militantes del IRA estaban a tope y la embajada norteamericana tenía pintadas con. "Liberen a Bobby Sands", el independentista irlandés que hizo la huelga de hambre. Todo ello fue a dar a Los nombres en base a entradas cotidianas que yo registraba casi como en un diario. Me hizo mucho más consciente de la disciplina que se necesita para crear una novela significativa. Sólo después llegó Libra , cuyo tema, el asesinato de J. F. Kennedy, un hecho de semejante magnitud histórica, me hizo sentir todo el peso de la responsabilidad. El escritor debería sentir siempre la exigencia de los antecedentes literarios. Si uno escribe en inglés, debe tener presentes a los maestros, nombres como James Joyce.

¿Tuvo un llamado del compromiso?

–Sí y no... Libra : la empecé al enterarme de que Lee Harvey Oswald, el asesino del presidente Kennedy, vivió y creció en el Bronx, como yo y por los mismos años. Oswald vivía apenas a cinco cuadras de mi casa cuando él tenía 13 y yo 16. Eso me dio la sensación de estar sumergiéndome en un momento crucial de la historia de mi país. Nunca antes me había concebido como esa clase de escritor. Entonces volví a mi viejo barrio y a la casa del asesino de Kennedy. Supongo que eso sigue siendo el nivel de la calle...

Las Torres Gemelas aparecen en pie en tres de sus novelas, antes de aparecer en ruinas en "El hombre del salto". Siempre son una instancia tétrica del circuito urbano.

Es que las vi levantarse en el horizonte, con eso bastaba... Nunca fui optimista sobre el influjo de las Torres. Mi esposa y yo vivíamos en la calle 32 en ese momento, a casi treinta cuadras, y estábamos construyendo una terraza. No bien la construcción superó cierta altura, ya se podía apreciar que era un ejemplo de arquitectura catastrófica, tan descomunal y omnipresente. La única manera de que pudiéramos soportarlas era por su dualidad, una sola habría sido enloquecedora. Al menos siendo dos, se neutralizaban y suavizaban por su diálogo de luces en espejo.

Volvamos a "Cosmópolis". Packer apuesta su fortuna contra el yen. Se publicó en 2003 y fue leída como un retrato de George Soros cuando perdió los dos mil millones apostando contra el rublo. Pero ahora se la lee como su novela sobre las Torres.

¿Cuándo fue lo de Soros? No tenía ni idea, él no fue mi referente. ¿Sabe cómo surgió ese libro? Con la idea de hacer una novela sobre la pesadilla del tránsito entre el este y el oeste de Manhattan en un día laborable. En una de mis caminatas por la ciudad me encontré ante un nuevo edificio resplandeciente en la 47 y la Primera avenida. Me dije, "Podría ser la vivienda de un multimillonario". La segunda cuestión: a comienzos del 2000 era el delirio de las limusinas blancas. Me dije, "¿Qué pasa, qué hace esta gente en estos ridículos autos descomunales, un pasajero y un conductor en un espacio de diez metros de largo que no deja sitio a nadie? Entonces imaginé a un tipo brutal y al mismo tiempo capaz de conmoverse con la buena poesía –seguramente porque mi librería favorita, el Gotham Book Mar t, que fue devorada por la expansión inmobiliaria, quedaba justo en la 47. Hay más que eso, claro, pero quiero decir que así surgió. La estructura nunca está allí al comienzo, es una construcción lenta.

Allí aparece otro de sus temas, la exploración de una sexualidad muy maquinal, propia de la era de la hiperconexión, ¡casi una pornografía de videojuego! Packer se mueve en altas esferas inmateriales pero coge como un robot en la limo, en un callejón, en una toma de desnudo masivo que evoca una producción de Spencer Tunnick.

Sexo, tiempo y dinero, ¿eh? Llegué a inventar una teoría... Usted conoce el dicho, el tiempo es dinero. Cosmópolis refleja la descomunal importancia que el dinero cobró por estos años, hasta cambiar nuestra percepción del tiempo. El tiempo empezó a pasar más rápido al comienzo del siglo XXI. Eso se vuelve literal en el libro, cuando el personaje ve en su televisor de la limo cosas que aún no han sucedido. El tiempo rebasó sus límites convencionales. Esto es posible porque el mundo occidental tiene esta fijación obsesiva.

¿Cree que el dinero, y no la tecnología, aceleró el tiempo ?

Ambas cosas van juntas, desde luego. Fecharía el cambio de nuestra percepción temporal en los primeros años del presente siglo pero no en el comienzo. Esto fue evidente para mí cuando los dueños de las corporaciones empezaron a recibir más respeto y consideración que los jefes de Estado. Packer está viendo pasar toda su vida en un día, por eso todo es tan intenso, incluso el sexo. Por un lado, él da el sexo por sentado, es algo que se debe hacer; pero por el otro, sexo y dinero son las únicas cosas que lo hacen respirar. Por eso el sexo tiene una cualidad tan tecno; Eric le pide a su guardaespaldas que le dispare con una arma de utilería, para experimentar, cuando jamás le pediría que lo apuñale; no es tecno, la sangre lo espanta.

Después de "Submundo", usted narró relaciones de intimidad y encierro con unos pocos personajes, algunos en soliloquio. ¿Cómo se vuelve a escribir después de una obra así?

Como se vuelve siempre... En mi caso con una idea: una pareja tomando el desayuno a la mañana, la forma en que se mueven en el espacio familiar, la clase de conversación abreviada de quienes se conocen bien. Con Una artista del cuerpo empecé a interesarme mucho en el tiempo. Es tan difícil escribir sobre el tiempo. En esa novela, el Sr. Tuttle anda en busca de una dimensión del tiempo que no es la nuestra. Algunos lo interpretan erróneamente como fruto de la imaginación de la protagonista pero para mí no lo es. Tuttle es de lo más real, sólo que vive en una dimensión fuera de las que nosotros consensuamos como realidad. Tuttle ve todo el tiempo lo que va a ocurrir porque él vive allí, sin pasado, presente ni futuro; y esa es su enfermedad congénita. Fue Einstein quien observó que el tiempo es una ficción; nos reinventamos el tiempo cada mañana para conservar la cordura.

¿Y el espacio? Usted y yo podemos hablar sin saber en qué punto nos encontramos. La presencia del otro ya no es fehaciente. Hoy día somos ubicuos por primera vez en la historia. Podemos ser personajes de Philip Dick.

Especialmente si uno vive en la ciudad, la tecnología vuelve el tiempo más intenso y, sobre todo, inmediato. Es cierto que el espacio también se ha vuelto ficcional. Los relojes digitales separaron el tiempo del espacio. En el reloj de números, la distancia de la aguja relacionaba el tiempo restante para una cita con un tramo material, el que espacio que le faltaba recorrer en el cuadrante. De algún modo, uno encajaba las actividades de modo imaginario allí. Ahora el espacio a recorrer, el tiempo que falta transcurrir ya no está en el instrumento. Es numérico y por lo tanto, virtual.

"Una artista del cuerpo" no les gustó a los críticos de su país. La consideraron europeizante.

Creo que esa no la entendieron... En cambio, en Europa motiva adaptaciones para danza, ópera, lo que se le ocurra. No podría decirle por qué me dediqué a los individuos. Pero en todos esos libros, sabía que tendrían pocos personajes y que serían pequeños.

Aunque usted había trabajado el tema, "Submundo" es su novela sobre la Guerra Fría.

Esa sí que surgió de los titulares... En 1951 hubo un histórico partido de béisbol entre los Dogers y los Giants. Cuarenta años después, a raíz del aniversario, volví a recordarlo, yo sentía la picazón misteriosa de que podía llegar a escribir sobre él. Fui a la biblioteca y encontré que en la edición del día posterior, el 4 de octubre, el New York Times había hecho su tapa con dos titulares que competían en idéntico número de líneas, uno, el partido, el otro, la noticia de que los soviéticos habían detonado una bomba atómica en Kazhajstán. La simultaneidad me golpeó. Me lanzó estilo apóstol, "Ve a predicar por el mundo ..." Así fue como me embarqué durante cinco años en esa novela gigantesca. Y por eso la Guerra Fría se convierte en algo tan significativo para el libro, por la detonación. En cambio, Mao II surgió de la foto de un casamiento colectivo de la secta Moon en Corea. La vi y me inquietó, ¿qué diablos hacen todos estos chiflados juntos? Parecían un batallón, salvo que se estaban casando. No eran soldados, eran seiscientos novios.

En sus libros, la identidad del otro, con sus creencias y valores, suele ser una variable de la seguridad urbana, se trate de un terrorista o de un chofer inofensivo. ¿Cómo recibe el regreso de la religión como razón política en el mundo entero?

Bueno, ese otro mundo se siente amenazado por nuestro credo científico; consideran sobre todo que nuestra velocidad contemporánea y los derechos de la mujer ponen su mundo en peligro. Tomemos por ejemplo la clase de religiosidad de los terroristas en el 9/11; el personaje de Hamad, en El hombre del salto , está convencido de que la muerte es más fuerte que la vida y eso lo tiñe todo. Por otro lado, es cierto que cuesta creer y explicarse cómo persiste el fundamentalismo en casa, al punto de negar el darwinismo. La novedad es que algunos autores realmente ilustrados ahora alumbraron este concepto del Diseño Inteligente, a fin de terciar entre esos mundos tan contrapuestos. Usted debe tener en cuenta que los Estados Unidos es un país enorme y sus partes avanzan en eterna reacomodación. A los que llevan varias generaciones en este suelo se sumó la inmigración europea y ahora la asiática; ese cóctel continúa con nuevos ingredientes. Pero claro, hay sectores que no tienen ganas de readaptarse.

¿Ve un futuro para los libros bajo la nueva velocidad?

Tiendo a creer que la literatura trasciende su momento histórico. En cada buen libro hay fragmentos que serán muy significativos para el lector dentro de 30 años. Quien sabe cómo será el mundo en 50 años, quién sabe si habrá lectores... Es más imprevisible de lo que uno imagina. En mi juventud la tendencia general era estudiar en una escuela de cine. Ahora, con la crisis, ¡todos los jóvenes quieren estudiar derecho! Quién lo hubiese dicho, en mi época era lo menos cool del mundo.

Una de las grandes originalidades de su narrativa es el tratamiento del diálogo, de un realismo lacónico y con un montaje veloz. Y lleva ya escritas cuatro obras de teatro. ¿Cómo es pasar de la novela a la dramaturgia?

Uff, creo que si no fuera novelista el teatro me resultaría insoportable pero es interesantísimo entrar en el espacio teatral y aprovechar el intercambio. En los ensayos al principio uno se fastidia porque los actores no han leído la obra de uno y uno cree que están arruinando todo. Pero después ellos se reacomodan. Y además es disparatado ver cómo en una función el público se mata de risa y en la siguiente no se oye una mosca, es misterioso. Todas mis experiencias con el teatro han sido muy buenas.

Ninguno de sus libros fue llevado al cine, algo insólito porque son muy cinematográficos.

Bueno, piénselo de otro modo; quizá he sido afortunado... Siempre hay interés pero en todos los casos quienes se entusiasman son directores independientes, que no consiguen fondos para hacer producciones costosas. En cambio siempre hay pedidos europeos para convertir Una artista ... en danza o en ópera.

"Libra" : la historia y la política aparecen como "la suma de todas las cosas que no nos dicen"; es decir, patrañas, una fabricación. En los últimos años la política de su país parecía moverse ya no en la paranoia sino en una lógica criminal casi obscena. Pienso en el nacionalismo beligerante de estos años y también en ese tipo de sadismo que se vio en las imágenes de Abu Graib; tortura con los códigos del porno hardcore.

La gente quiso creer que una política de fuerza como la de Bush la pondría a salvo de otro ataque como el de las Torres. A la gente no le molestó el ataque a Afganistán de 2003, lo justificaron. Pero la invasión de Irak fue otro asunto. El público no quería protestar, había una necesidad de creer en el gobierno olvidando por completo que fue esa misma gestión, sus agencias de inteligencia y sus viejos personajes de la Guerra Fría, los que permitieron que el ataque del 9/11 ocurriera. Tal era la atmósfera que llevó a su reelección en 2004, tan enigmática para el resto del mundo. Entretanto, en el intento de protegernos, emplearon la tortura y abominaron de nuestra Constitución en sus maniobras. No hay que descartar que esas prácticas lleven a juicios políticos.

En "Ruido de fondo" usted lo observa en un diálogo: la tecnología es un factor de domesticación y de conformismo. Luego estalla el accidente de seguridad industrial. "Nos hemos vuelto muy maleables", leemos.

Es que ante la aptitud tecnológica nos volvemos inocentes como niños y muy supersticiosos. Cada invento tecnológico se convierte retrospectivamente en lo que necesitábamos con desesperación. En ese sentido nos hace perder autonomía de maniobra, nos atrofia en modos que no podemos advertir conscientemente. La gente que vive con un celular en el bolsillo, al nivel más sencillo, ya no sabe desempeñarse sin él. Yo no uso celular, ni procesador; escribo con una máquina de tipos muy grandes que me permiten ver la cualidad gráfica, el valor de las letras y su patrón en la página. Otra de las lecciones de Grecia, apreciar el alfabeto en su valor escultórico.

Usted no tiene asesinos seriales sino homicidas muy dedicados, al estilo Oswald o el Benno Levin –¿Bin Laden?– que mata a Packer. Los seriales ya parecen cosa del pasado. Hoy es el tiempo de los jóvenes asesinos múltiples al voleo: ¿serán ellos el nuevo fenómeno "futurible"?

Ah, culpa de la tecnología, ya lo ve... (risas). Muy sencillo, la juventud está muy holgazana; a estos asesinos les da pereza contar...

Un artesano del cine

Pedro Costa sitúa sus filmes entre la ficción y el documental


FRANCES RELEA
El País



El estudio del realizador está en un viejo inmueble del centro de Lisboa. Un piso de techos altos y suelo de madera, que un día albergó una óptica, es el taller donde el cineasta da forma a sus películas, a caballo entre el documental y la ficción. Sentado junto a la mesa de montaje, con una vista privilegiada a la plaza de Rossio, Pedro Costa (Lisboa, 1959) no se inmuta cuando le comento que la revista Cahiers du Cinéma lo ha presentado como uno de los nombres más relevantes del cine portugués de los últimos años. Es consciente de su condición de cineasta de minorías, con una obra poco acomodaticia para exhibidores y distribuidores, que retrata "tal cual" a la gente que vive mal.

En España no se ha estrenado ninguna de las películas de Pedro Costa, llamado a ser uno de los protagonistas de esta edición de PhotoEspaña, que se inaugurará el próximo 3 de junio en el Matadero de Madrid, con un cortometraje y tres de sus audiovisuales (a partir de material rodado para las películas). Al mismo tiempo, la Filmoteca proyectará toda su obra cinematográfica en un ciclo dedicado al realizador portugués. "Como mis películas son cada vez menos vistas, y tengo menos acceso a las salas comerciales, acepto participar en muestras como PhotoEspaña". Acaba de regresar de Cannes, donde presentó en la Quincena de Realizadores su última película Ne change rien (2009), un retrato de la actriz y cantante francesa Jeanne Balibar. "La conocí hace siete años, cuando grababa el primer disco. No es un documental musical al uso, como los Rolling Stones filmados por Scorsese, ni el clásico a base de entrevistas. Me interesaba otra cosa. Quería hacer una película sobre el trabajo de una cantante que me gusta mucho, como hice anteriormente una película sobre el montaje de cine. Quería darle una forma diferente".

Costa siente devoción por el trabajo de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet, la pareja de cineastas franceses que hasta el último día trabajaron en la mesa de montaje con la moviola. En su película ¿Dónde yace tu sonrisa escondida? (2000), rinde homenaje al trabajo del matrimonio. Toda una lección de cine. Los tres comparten una manera de entender y hacer cine: planos fijos, estáticos, largos, sonido directo, actores no profesionales, austeridad en el montaje, sin concesiones. "Pretendo trabajar como antes, como si estuviera en una mesa de montaje de cine, y con una pequeña cámara de vídeo como si filmara con una de 16 o 35 milímetros. Es posible, porque las máquinas son máquinas y quien hace la película es la persona". En 1997 filmó su última película en cine, Ossos. Compró una pequeña cámara de vídeo por mil euros, y desde entonces es el realizador y el operador de sus películas. Los equipos humanos y materiales se redujeron drásticamente, y actualmente trabaja con cuatro o cinco personas.

"Intenté encontrar mi Hollywood, y acabé encontrándolo". Fue en África, en Cabo Verde, antigua colonia portuguesa. Durante el rodaje de Casa de Lava (1994), en la isla de Fogo, comenzó la mutación de Pedro Costa. "Sentía que no estaba haciendo la película que quería. Hice algo irracional y arriesgado. Empecé a boicotear la propia película, al productor, a todo el equipo, a mí mismo. Cogía la cámara, me iba de buena mañana con tres técnicos de imagen y uno de sonido, mientras más de 30 personas quedaban esperando. Sentí también que me gustaba más filmar a personas sin experiencia en el cine que a actores profesionales".

Tras el rodaje de Casa de lava, conoció Fontainhas, un barrio de inmigrantes caboverdianos en la periferia de Lisboa, hoy demolido. Allí se produjo el gran cambio personal y profesional de Pedro Costa. "Encontré una especie de comunidad, de solidaridad, de alegría extraña, tristeza, violencia, y también ternura". Durante 10 años Costa trabajó con los habitantes de aquel barrio para hacer las tres cintas que componen su trilogía más importante: Ossos (1997), En el cuarto de Vanda (2000) y Juventud en marcha (2006). "Estando allí, todos los días aprendes cosas y no todas buenas. Por ejemplo, siento que emocionalmente me volví más violento, y políticamente, también".

Costa pretende hacer algo que el cine hace poco, difícil de describir, que no es el documental, "me parece débil formalmente", que no es ni una cosa ni otra, "ni mucho arte ni poco trabajo". ¿Y el público? "Pienso en personas antes que en espectadores o público. No consigo que muchas personas estén dispuestas a ver mis películas sin una idea preconcebida. Desgraciadamente, el 90% de las personas que entran en una sala esperan ver lo que ya vieron. Cuando ven algo diferente se asustan y se marchan".

La cadencia de la muerte


TIPOS INFAMES
Soitu




Todo comenzó en 2005, más concretamente, el día de Todos los Santos, cuando en la localidad de Herat, al oeste de Afganistán, se iba a producir un coloquio literario. Sin embargo, la muerte inesperada de una de las ponentes hizo que el acto tuviera que cancelarse con el sentimiento trágico de lo que se trunca sin llegar a ser.

Hasta aquí nada raro puede deducirse de este hecho, salvo la tragedia luctuosa que toda defunción conlleva. Sin embargo si escarbamos un poco averiguaremos que la fallecida respondía al nombre de Nadia Anjuman, su edad no era superior a un cuarto de siglo, y su muerte no se trató de un golpe fortuito y desafortunado de la natura, sino que fue provocada por la ira furibunda de su marido.

El salvaje asesino, hombre culto y educado que "permitía" la asistencia de su esposa a tertulias, no pudo más. Un comentario de su suegra hizo que de manera brutal terminara ipso facto con la vida de la que supuestamente más quería y después, como el manual de buen cobarde indica, se intentó suicidar con una inyección de gasolina. Uno de los invitados a Herat y amigo de la víctima, al enterarse de suceso, acudió al hospital penitenciario donde agonizaba el hombre. Allí junto a su cabecera reflexionó "Si yo fuera una mujer, me quedaría aquí a su lado, esperando verlo reventar". Esta fue la historia que Atiq Rahimi vivió y el germen de su última novela, ganadora del último premio Goncourt.

El escritor afgano afincado en Francia desde la invasión de su patria, publica esta obra con el título simbólico de "La piedra de la paciencia". Ese elemento "confidente" sobre el que depositamos nuestras desgracias y que algunos identifican con La Meca. Ese libro de confesiones ilícitas que acaba por destruirse para liberarnos definitivamente de nuestros males. Y así es como actúa un moribundo talibán encamado en la cuarta novela, primera escrita en francés, de Rahimi.

Cuidado por su mujer, el guerrillero en estado vegetal por una bala en la nuca descansa en la humilde casa de algún lugar de Afganistán. Su esposa le cuida al son de la respiración pausada con la cadencia del paso de las cuentas de su rosario. Entre las llamadas a la oración, el cuidado de las hijas y las visitas a su tía, pasan lentamente los días. Ella rodeada del bélico entorno, toma a su esposo como esa piedra de la paciencia en la cual desahogar sus secretos más ocultos y oscuros.

Una historia en la cual, el hombre antes independiente y director de vida doméstica queda relegado a una figura dependiente, un pelele en manos de su esposa, la tradicional mujer sumisa que aceptó como pudo una vida marital bastante tormentosa. Es en este momento, junto al letargo de su marido cuando desahoga su ser. A modo de biografía consigue revelar sus sentimientos y emociones adquiriendo la palabra unas dimensiones que jamás pudo pensar. Es con su propia narración cuando se da cuenta de la realidad que ha padecido tantos años. El final trágico, como no podía ser de otra forma, nos recuerda que la violencia está más que presente en el mundo bajo distintas máscaras, la más lamentable la que se disfraza bajo la apariencia del amor.

La historia que este escritor, admirador de "El Amante" de Duras, nos traslada supera las fronteras territoriales y culturales. Nos recuerda a la confesión, esta vez ante un difunto de cuerpo presente en la obra de Delibes "Cinco horas con Mario"o en formato epistolar las cartas al hijo muerto que Camilo José Cela tuvo a bien escribir con el título de "Mrs Caldwell habla con su hijo". Obras todas ellas con un marcado carácter redentor (la necesidad de contar para autosalvarse), una angustia vital contenida que explota en determinados momento bajo reproches calmados por supuesto amor y la presencia del protagonista (fallecido o a punto de morir) que es el centro de la novela y sin el cual no podría mantenerse la estructura narrativa.

Alabamos en este caso a Siruela , que ha acertado traduciendo y publicando en castellano este magnífico premio Goncourt. Sabida es nuestra admiración por este certamen, pero más aún por aquellos editores que saben mantener una coherencia en su actividad. Esperamos que podáis disfrutar de este ejemplar y que desveléis su interior con la paciencia y tranquilidad que merece o que aprovechéis el fin de semana para pasear por la Feria del Libro, que abre sus puertas como cada año en Madrid.

Chechenia, la paz de los cementerios

Moscú proclama el fin de la guerra en la república caucásica. Allí ha practicado durante años una represión brutal ante la que EE UU y Europa han hecho la vista gorda. Pero la savia del cardo checheno sigue viva

JUAN GOYTISOLO
El País



El pasado 16 de abril, Moscú anunció oficialmente el fin de la guerra contra el terrorismo en Chechenia. Desde la proclamación unilateral de su independencia por el ex general de la aviación soviética Djohar Dudáiev en 1991, consecutiva a la desintegración de la URSS, la historia de la pequeña república autónoma se compone de una sucesión de campañas militares, golpes de mano de la guerrilla, treguas precarias y nuevas rupturas de hostilidades. Hoy la paz reina en Grozni -una paz cuyo coste sólo puede calibrar quien haya puesto los pies allí: barrios enteros de la capital arrasados por el fuego de tanques, aviones y helicópteros, aldeas destruidas, familias diezmadas, decenas de millares de jóvenes torturados y desaparecidos en los siniestros puntos de filtración-.

"Cucarachas chechenas", los denominó el ministro de Defensa de Yeltsin, Pável Grashov. Otros mandos militares y líderes políticos, no menos patriotas, reclamaban asimismo la necesidad de "extirparlos como un tumor canceroso", de "exterminarlos como perros rabiosos" o "borrarlos de la faz de la tierra". Con la entronización de Putin, el lenguaje cambió pero la ferocidad represiva, no. Con el oportunismo que le caracteriza, se apuntó a la Cruzada bushiana de "la guerra contra el terror". Ustedes con Al Qaeda, nosotros con el yihadismo caucásico. Confiando la gestión de la brutalidad de las armas a las milicias a sueldo de Ramzán Kadírov chechenizó la guerra y puede presentarse ahora ante la opinión pública rusa y sus socios occidentales como el gran artífice de la normalización.

La campaña iniciada en diciembre 1994 para "restaurar el orden constitucional" y acabar con un régimen de "criminales y bandidos", concebida por Yeltsin y Grashov como un simple paseo militar en una velada bien arrosée, convirtió a Chechenia en uno de los puntos del planeta en el que la especie más bien inhumana a la que pertenecemos manifestó con mayor saña su potencial infinito de crueldad. Hablar de una política de exterminio de todos los varones jóvenes (y también de docenas de mujeres, niños y ancianos) sospechosos de "bandidaje", primero por el Ejército ruso y luego por los escuadrones de la muerte del actual presidente checheno, Ramzán Kadírov, no es una exageración. Los asesinatos, secuestros, violaciones, torturas, pillajes, aparecen ampliamente documentados en los informes de la Comisión de Derechos Humanos en la que milita Yelena Bonner, viuda de Sájarov, así como en los del Pen Club ruso y Amnistía Internacional.

La suerte corrida por los dirigentes independentistas chechenos ilustra el cinismo y la falta de escrúpulos de los amos del Kremlin, envalentonados por el silencio vergonzoso de la comunidad de naciones: el asesinato en marzo de 1996 del presidente Dudáiev, víctima de un cohete aire-tierra guiado por la emisión del teléfono a través del cual conversaba con el supuesto mediador ruso Constantín Vorónoi, "hazaña" que combinaba la alta tecnología digital con el gangsterismo más bárbaro; el de su sucesor interino, Selijman Yanderbíev, liquidado en 2004 por sicarios rusos en Qatar, en donde había buscado refugio; el de Aslán Masjádov, ex jefe del Estado Mayor de Dudáiev -conocido por sus posiciones moderadas y pragmáticas, opuestas al yihadismo de Shamil Basáiev-, elegido presidente en los primeros y tal vez últimos comicios libres celebrados en Chechenia en 1997, rematado como un perro en Tolstói Yurt en febrero de 2005, son tres ejemplos de esta expeditiva "pacificación" llevada a cabo por Yeltsin, Putin y el cachorro checheno del último, el jan Kadírov.

Entre las imágenes más duras de muerte y destrucción de la pequeña república caucásica, la de Aslán Masjádov, caído de espaldas, pecho al aire y brazos en cruz, rodeado de botas de sus matones -foto que guardo en mi lugar de trabajo como recordatorio del sufrimiento de este pequeño pueblo de un millón y medio de almas al que me siento unido por un sentimiento cuyas raíces tal vez se remontan a mis primeras lecturas y ensoñaciones- cifra toda mi amargura ante la furia ciega de la historia. ¿Será necesario recordar que en la Cumbre sobre Terrorismo, Democracia y Seguridad reunida en Madrid un mes más tarde ninguno de los dignatarios allí reunidos alzó la voz contra el crimen erigido como sistema de gobierno por un Estado allí presente? El tema de los derechos humanos desaparece de la orden del día de tales asambleas cuando choca con los intereses energéticos de las democracias occidentales, lo mismo en el caso de Rusia que en el de la tiranía de Guinea Ecuatorial.

Algunos testimonios posteriores a mi estancia en Chechenia -cerrada hasta hoy a la prensa, salvo en "visitas guiadas"- arrojan una luz cruda sobre los métodos empleados por Ramzán Kadírov para alcanzar la paz recién anunciada por el Kremlin: la denuncia por Sophie Shihab, corresponsal de Le Monde en Moscú, de las torturas llevadas a cabo por los cosacos -¡volvemos a los tiempos de Pushkin y Lérmontov!- a presuntos bandidos y criminales caucásicos, "con todas las costillas rotas y dedos y orejas cortados", a quienes se aplica luego, si sus familias no pagan rescate, la ley de fugas; las imágenes de horror y desolación de Manon Loizeau en su filme Grozni, crónica de una extinción rodado clandestinamente con la ayuda de un puñado de mujeres chechenas; las crónicas reunidas con el título Diario ruso de Anna Politkóvskaya, la periodista asesinada con toda impunidad en su domicilio de Moscú por los sayones de Ramzán Kadírov por la valiente denuncia de sus ejecuciones extrajudiciales, torturas, crímenes y arbitrariedades... Estas tres mujeres (¡y luego se habla de "sexo débil"!) nos dicen que la paz reinante en Grozni es la de los cementerios. Como respondía un personaje de Tolstói, también una mujer, en Haxi Murat a quienes comentaban las proezas guerreras de los cosacos y soldados del zar: "¿Qué guerra? Son ustedes unos asesinos, esto es todo".

El terrorismo de Estado del actual presidente checheno no se limita a la eliminación de los ya escasos guerrilleros independentistas que resisten en las zonas montañosas del sur: se ceba sobre todo con quienes colaboraron con la administración federal rusa tras la segunda ocupación de 1999 y entraron en conflicto con él. La relación de víctimas expuesta por la corresponsal de este periódico en Moscú evoca los peores tiempos del estalinismo cuando la larga mano de los servicios secretos soviéticos asesinaba fuera de las fronteras de la URSS personajes molestos como Trotski o Andreu Nin. El caso de Umar Israilov, acribillado a balazos en Viena, quizá sea el más espectacular y representativo: después de haber sido torturado con descargas eléctricas por el propio Ramzán Kadírov en la "base deportiva" de Gudermés, logró refugiarse en Austria y presentó una denuncia de los métodos de gobierno del sátrapa en el Tribunal de Derechos Humanos del Consejo de Europa. Según reveló a The New York Times poco antes de su muerte, existe una lista de 50 personas, compuesta por el líder de la "nueva Chechenia", destinadas a acabar como él. La "normalización" del país y la reconstrucción de Grozni, en donde Kadírov ha edificado la mayor mezquita de la Federación Rusa, sirven así de pantalla para un sistema de terror, intimidación y chantaje que desmiente la versión triunfalista de esta paz inicua.

Muchas veces me he preguntado el porqué de mi querencia, casi obsesión, con un país tan lejano, cuyos recuerdos, como los de la Guerra Civil de mi infancia, reiteran sus apariciones en los duermevelas y afloran a la superficie de mi labor literaria. Podría contestar: las imágenes efímeras, y a posteriori trágicas, de aquellos con quienes me crucé brevemente allí, o la lectura frecuente de Puschkin, Lérmontov y mi asiduidad a Haxi Murat, la obra maestra de Tolstói; pero quizá la respuesta más justa sería la evocación del paisaje del camino que lleva a Vedenó y Bamut, a la orilla del impetuoso río Argún, entre los montes cubiertos de abetos de los contrafuertes del Cáucaso.

La belleza insólita del lugar -pese a la presencia de unos tanques rusos calcinados que rememoraban el drama de un pueblo condenado desde hace más de dos siglos a la amargura de la derrota y del exilio, sin que se resigne a ello- es misteriosamente distinta a cuantas cordilleras he contemplado en mi vida. Alejandro Dumas no pecaba de hipérbole ni de exaltación romántica cuando escribía: "Es lo más agreste y sobrecogedor que nunca he visto ni siquiera imaginado en mis sueños más locos". Tolstói, de nuevo Tolstói, nos da la clave de su imantación y de su fuerza indomable, en abrupto contraste con el hado de la derrota y opresión que marca la suerte de sus habitantes: allí brota, coriáceo y tenaz, el cardo aplastado una y otra vez por el carro brutal de la historia, pero cuya savia no se rinde.