“Si el poder quiere acabar con la tortura, es posible”. Entrevista a Jorge del Cura, autor del informe sobre la tortura 2008

Jorge del Cura, portavoz de la Coordinadora para la Prevención de la Tortura, reclama “mayor conciencia ciudadana a la hora de no aceptar verse vejados”.


ALVAR CHALMETA
Diagonal



DIAGONAL: ¿Cuáles son las mayores diferencias respecto al informe del año anterior?

JORGE DEL CURA: Cambios sustanciales, para bien o para mal, no hay. Existen, eso sí, algunas variaciones, pero habrá que ver si se mantienen en el futuro o son aleatorias. Destacaría una disminución importante en el número total de denuncias conocidas por la Coordinadora: 689 denuncias en el informe del pasado año, 576 en el nuevo informe. Una disminución de algo más del 16%. También detectamos un cambio en la actitud de algunos tribunales de justicia –pocos pero creo que es significativo– que han obligado a juzgados de instrucción a revocar el archivo de la denuncia y a continuar la investigación.

D.: ¿Y las semejanzas?

J.C.: El elevado número de denuncias recogidas en este informe, su distribución por toda la geografía, que se dirigen contra todo tipo de funcionario encargado de la custodia de personas privadas de libertad... lo que indica que la práctica de la tortura y malos tratos sigue siendo generalizada en el Estado. También se mantiene la negación de las agresiones, el apoyo a los denunciados y la descalificación de los denunciantes por parte institucional y de los sindicatos de funcionarios. Por otra parte, se confirma una clara relación entre las naciones y comunidades más activas en la defensa de los derechos humanos y con mayor nivel de lucha social, con mayor número de alternativas políticas y un mayor número de denuncias por tortura a detenidos. Es decir, la ausencia de denuncias no se debe a que no haya agresiones, sino a una menor capacidad de respuesta social y, como consecuencia de esto, un mayor temor a la hora de denunciar las agresiones.

D.: ¿Por qué crees que han disminuido las denuncias en 2008?

J.G.: Los datos recogidos a nivel estatal por la Coordinadora en los cinco informes hasta ahora publicados (755 en 2004, 596 en 2005, 610 en 2006, 689 en 2007 y 576 en 2008) reflejan crecimientos y disminuciones en las denuncias pero no una tendencia concreta. Hay que tener en cuenta que no tenemos conocimiento de muchas denuncias hasta dos, tres o más años después de producirse la agresión. Así que los datos reales sobre cada año son superiores a los recogidos en los informes anuales (por ejemplo, actualmente tenemos conocimiento de más de 900 denuncias en el año 2004, y más de 700 en el año 2005). Hay que esperar un tiempo para que esos números se estabilicen y ver si hay una tendencia real.

D.: ¿Y respecto a la distribución geográfica de las denuncias?

J.C.: Tanto en el actual informe como en el anterior Ceuta y Melilla, por una parte, y Nafarroa y la Comunidad Autónoma Vasca, por otra, aparecen a la cabeza, con un mayor porcentaje de denuncias por numero de habitantes, es decir, en términos relativos. Muy por encima de la media estatal. Una posible razón sería la mayor ‘conflictividad’ social y política y la apuesta por la respuesta policial, pues estos territorios cuentan con una mayor proporción de agentes de policía por habitante. Madrid, Andalucía, Euskadi y Catalunya siempre han estado a la cabeza en el número absoluto de denuncias, si bien han podido cambiar de orden. La mayor población de estos territorios es un dato decisivo. Pero lo más llamativo es que en términos relativos estos territorios (además de Ceuta y Melilla) han estado también entre los primeros. Esto, con la incógnita de Madrid, se explicaría mejor por la existencia de fuertes organizaciones de defensa de derechos humanos y, en concreto, por una mayor presencia de la Coordinadora para la Prevención de la Tortura en estos territorios. Por lo que respecta a la existencia de nuevos cuerpos policiales –las policías autonómicas–, lamentablemente la experiencia nos indica que no ha habido ruptura ni en su formación ni en sus prácticas. Hay que tener en cuenta que, no solamente a nivel estatal sino a nivel mundial, se está produciendo un fortísimo avance de una cultura punitiva, del castigo, de la represión, y no solamente desde el 11-S, sino que viene de mucho antes. Mientras la sociedad ‘reclame’ más mano dura, más represión, no va a ser posible introducir de verdad actitudes más respetuosas con los derechos humanos en las comisarías.

D.: Según el informe, entre los activistas sociales ha bajado el número de denuncias ante el temor de ser objeto de una contradenuncia.

J.C.: Las denuncias por agresiones en movilizaciones sociales, que siempre han sido la parte más representada en los informes de la Coordinadora, han disminuido (de 227 en 2007 a 175 en 2008). Igualmente las de migrantes (de 102 a 84). Pero, realmente, han aumentado los casos de agresiones policiales, aunque al no ser denunciadas no las recogemos. También es llamativo el aumento de agresiones policiales a personas cuando participaban en actos deportivos o festivos, que ha llevado a incluir un apartado específico en el informe de 2008. Igualmente, hay un mayor número de agresiones policiales a menores de edad. En todos estos casos, junto al colectivo de personas presas, la contradenuncia policial es habitual, dando lugar a denuncias y atestados por desobediencia y atentado a los agentes de la autoridad. Una vez en los tribunales, estas contradenuncias son admitidas a trámite de forma rutinaria y en un alto porcentaje acabarán con una condena del ciudadano agredido. Mientras, las denuncias contra los funcionarios suelen ser rechazadas de plano, sin apenas investigación y justificando las lesiones de los ciudadanos en ‘el uso de la fuerza mínima para reducirle’ o cualquier fórmula similar. Esta situación ya ha sido denunciada reiteradamente por organismos internacionales.

D.: ¿Cuál ha sido el efecto de la instalación de cámaras de vídeo en las comisarías de los Mossos d’Esquadra?

J.C.: Desde el anuncio de la instalación de dichas cámaras el número de denuncias por agresiones en el interior de las comisarías ha disminuido de manera espectacular. Se mantienen, eso sí, las denuncias por agresiones en la calle, durante o después de la detención, y antes del traslado de los detenidos a comisaría. Este último hecho no es aislado, ya ocurrió con la instalación por la Ertzaintza de cámaras en sus dependencias. Estos y otros ejemplos nos indican que cuando el poder político ha querido impedir o limitar el riesgo de torturas y/o malos tratos, y disminuir el grado de impunidad de su práctica, ha sido posible y en muy poco tiempo. Pero hay que tener en cuenta que estas medidas sólo se han puesto en práctica cuando las autoridades (locales, autonómicas o estatales) se han visto forzadas por una movilización social. La iniciativa no ha partido nunca de ellos.


Graciela Iturbide, poética documental


HOY ES ARTE



Un secreto muy conocido esconde la vida y obra de Graciela Iturbide (México, 1942), una de las figuras más destacadas de la fotografía internacional y un referente absoluto para las nuevas generaciones de artistas mexicanos, que hoy ha inaugurado su primera exposición retrospectiva en las salas Castellana de la Fundación Mapfre en Madrid.

Pretexto para conocer

Es el deseo por conocer el mundo, el afán de disfrutar de la vida, la sorpresa de encontrarse con la adrenalina de disparar una foto y luego ver el resultado, en definitiva, la convicción de que la fotografía es un pretexto para descubrir y acercarse a las distintas culturas existentes y, en concreto, a su tierra: México. Allí nació, orgullosa de sus antepasados españoles, en el seno de una familia burguesa con trece hermanos que le proporcionó una educación conservadora, basada en cumplir su labor como esposa y madre y evitando todo contacto con la realidad social de la época.

El azar, característica que ha perseguido a esta fotógrafa a lo largo de toda su carrera, y la situación que le tocó vivir –casada con veinte años y madre de tres hijos en los años posteriores a su matrimonio–, hizo que Iturbide se matriculara en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la Universidad Autónoma de México por la tarde y no en los estudios de Literatura, su gran pasión, que únicamente se impartían por la mañana, cuando debía cuidar a sus hijos.

Desde entonces, Iturbide, galardonada en 2008 con el Premio Hasselblad –la distinción más alta a la que puede aspirar un fotógrafo en la actualidad– ha construido a lo largo de cuatro décadas una obra absolutamente única y personal, fundamental para conocer la evolución que ha tenido la fotografía en América Latina, que ahora se puede ver en la Fundación Mapfre en una exposición que exhibe una selección de 180 imágenes realizada por la propia fotógrafa y Marta Dahó, comisaria de la muestra.

Documental y poético

De la mano de Manuel Álvarez Bravo, gran maestro de la fotografía mexicana, descubre en la cámara fotográfica su auténtico medio de expresión creativa. A caballo entre lo documental y lo poético, su singular forma de mirar integra lo vivido y lo soñado en una compleja trama de referencias históricas, sociales y culturales.

La fragilidad de las tradiciones ancestrales y su difícil subsistencia, la interacción entre naturaleza y cultura, la importancia del rito en la gestualidad cotidiana o la dimensión simbólica de paisajes y objetos encontrados al azar ocupan un lugar central en su fructífera trayectoria. Su obra se caracteriza por un continuo diálogo entre imágenes, tiempos y símbolos; en un despliegue poético donde el sueño, el ritual, la religión, el viaje y la comunidad de conjugan.

Célebre por sus retratos de los indios Seris, que habitan en la región del desierto de Sonora, por su visión de las mujeres de Juchitán (en el istmo de Tehuantepec, Oaxaca), o por su fascinante ensayo sobre los pájaros que lleva años fotografiando, el itinerario visual de Graciela Iturbide ha recorrido, además de su México natal, países tan distintos como España, Estados Unidos, India, Italia o Madagascar. Su curiosidad por las distintas formas de diversidad cultural han convertido el viaje en una dinámica de trabajo a partir de la cual expresa su necesidad como artista: “fotografiar como pretexto de conocer”, según sus mismas palabras.

Al igual que fotógrafos como Brassaï o Christer Strömholm, con quien mantiene importantes lazos de afinidad, Iturbide posee una rara habilidad para evitar en sus encuadres lo que es obvio o anecdótico. A veces, este talento para enmarcar lo que llama su atención puede traer consigo una visión casi mística de lo cotidiano; en otras, lleva al espectador al centro mismo de cuestiones cruciales de nuestra sociedad.

La situación en Irán ha cambiado

Las elecciones iraníes y la histeria mediática


RON JACOBS
Counterpunch (Traducido para Rebelión por Germán Leyens)



Ahora llegan la histeria y las mentiras en negrita. Después de las elecciones iraníes, diversos comentaristas y así llamados periodistas en EE.UU. reaccionan como si el fin del mundo estuviera al alcance de la mano. Aunque nadie sabe con seguridad y todos sólo se basan en las palabras de los expertos de la prensa occidental y en un candidato indignado, virtualmente todos los medios noticiosos de EE.UU. dicen que la reelección de Ahmadineyad es el resultado de un fraude. No ha sido verificado por ninguna fuente objetiva, ni ha habido ninguna prueba fuera de la especulación de gente de los medios que quiere crear una historia o está tan convencida de lo que consideran como la naturaleza esencialmente maligna del titular del cargo que no pueden comprender su reelección. Un buen ejemplo es un artículo de Bill Keller en el New York Times. En ese texto, se vuelve calificar una vez más a Ahmadineyad de negador del Holocausto y se denigra a los que lo apoyan como una mayoría de campesinos que odian a las mujeres y de empleados públicos que de alguna manera se han beneficiado de su patrocinio. Los partidarios del reformista liberal Moussavi son mostrados a una luz mucho más favorable.

Lo que falta por completo en el artículo de Keller y muchos otros en los medios dominantes de EE.UU. (y en revistas liberales como Nation) es algún intento genuino de analizar el carácter de clase de los diferentes partidarios del candidato y el papel que Washington juega en la percepción mediática de la política iraní. La declaración analítica más honesta de Keller en todo su artículo: “El sábado fue un día de cólera al rojo vivo, de esperanzas aplastadas y de ilusiones puncionadas, de las calles de Teherán a los centros políticos de las capitales occidentales.” Keller y sus homólogos aceptan que los deseos de las capitales occidentales, especialmente aquellos de Washington, deben ser importantes para los iraníes. Aunque esto pueda valer ciertamente para una pequeña cantidad de miembros de la clase culta y de la comunidad empresarial en Irán, el hecho es que Occidente, especialmente Washington, todavía no es muy popular en las masas iraníes. No sólo son conscientes de décadas de intervención occidental en sus asuntos, el hecho de que miles de soldados de EE.UU. sigan combatiendo en dos de los vecinos de Irán hace que Washington sea indeseable y detestado. ¿Por qué iban a hacer algo para complacerlo? Sin embargo, en las mentes de los medios noticiosos de EE.UU., lo que domina la discusión son las necesidades de Washington.

En cuando al análisis de clases, parece que Ahmadineyad, con razón o sin ella, parece atraer a la mayoría de los campesinos y obreros en Irán. Tal como Marat y los jacobinos atrajeron a los campesinos, y a los pobres de las ciudades durante la revolución francesa, mientras Brissot y los girondinos atraían a los mercaderes y a las clases educadas. El apoyo a Ahmadineyad proviene de los que necesitan pan, mientras que el de Moussavi viene de los que tienen mucho pan y ahora quieren más libertades civiles. Aunque casi indiscutiblemente las políticas de Ahmadineyad han causado tantos problemas económicos como los que han resuelto, queda el hecho de que sus partidarios creen en su llamado de la campaña de 2005 a que los beneficios del petróleo lleguen a la mesa del comedor. Las declaraciones del señor Moussavi respecto a la eventual reducción de los subsidios a los productos básicos que benefician a los pobres pueden haberlo afectado en esa demografía más de lo que reconocen sus partidarios. En un artículo del Washington Post publicado el día antes de la elección, se señaló (junto con el hecho de que Ahmadineyad ganó la elección de 2005 con un “sorprendente” 62% de los votos) que sus políticas económicas incluyeron la distribución de “préstamos, dinero y otra ayuda para las necesidades locales.” Uno de esos programas involucró el suministro de seguros para las mujeres que hacen alfombras en sus casas y que no habían tenido seguros hasta que Ahmadineyad llegó al poder. Los críticos, incluido Moussavi, arguyen que “sus políticas de prodigalidad han alimentado la inflación y derrochado las ganancias inesperadas en petrodólares sin reducir el desempleo.” Hay otros elementos en juego en este caso, incluyendo la fabulosa corrupción de ciertos dirigentes no elegidos en Irán y el papel que la crisis económica internacional juega en la economía de todas y cada una de las naciones – un factor al que Irán no es inmune. Además, la naturaleza particular de una economía islámica que mezcla el gobierno y los negocios privados crea un conflicto constante entre los que quisieran nacionalizarlo todo y los que privatizarían todo.

Respecto a lo que esto significa para las relaciones entre Washington y Teherán – seguirán por el camino que el señor Obama desee que sigan. Tel Aviv, que criticó los resultados de la elección, no habría cambiado su deseo de aplastar a Teherán no importa quién hubiera ganado. Por cierto, el hecho de que Ahmadineyad haya sido reelegido facilita a Tel Aviv la tarea de seguir satanizando a la única amenaza auténtica a su dominación de la región. El resultado neto, sin embargo, es que el presidente de Irán no tiene poder sobre el curso a seguir por la política exterior de Irán. Ese poder sigue en manos del Consejo de Guardianes y del poder legislativo. El señor Obama haría bien en continuar con sus intentos de negociar sin condiciones. También sería sabio que terminara toda actividad clandestina contra el gobierno iraní realizada actualmente. Los medios occidentales harían bien en informarse sobre la verdadera naturaleza de la política y de la sociedad iraníes en lugar de adoptar el punto de vista de que lo que es mejor para Washington es mejor para Teherán. Y de nuevo, los medios debieran considerar el punto de vista ajeno a Washington en toda su cobertura internacional.

Para la izquierda, la respuesta es obvia. La situación en Irán ha cambiado. La popularidad aparente de Moussavi y otros reformistas oficialmente reconocidos lo mostró antes de la elección. La disputa por la veracidad de los resultados de la elección lo prueba aún más. Sin embargo, ni Ahmadineyad ni Moussavi representan un auténtico alejamiento del poder de la clase del bazar y su consejo clerical designado. El deseo de más libertades civiles debe ser coordinado con la necesidad de justicia económica. Ambas aspiraciones se enfrentan actualmente. Parece obvio que sólo un movimiento izquierdista puede unificarlas en una nación dividida entre sus ciudades y su campo; su clase media y sus trabajadores y habitantes rurales. Fue el caso antes de la toma del poder de la revolución iraní por fuerzas religiosas socialmente conservadoras en 1980 y podría volver a serlo.