Francis Ford Coppola: "Yo aspiraba a una carrera modesta"

Tras la serie B, ser el director de cine más famoso, arruinarse, rodar trabajos mercenarios, volver a forrarse con el negocio del vino y regresar al cine de autor, Francis Ford Coppola está de vuelta de todo



CARLOS PRIETO
Público



Tras empezar filmando películas de serie B, convertirse más tarde en el director de cine más famoso del mundo gracias a la saga mafiosa de El Padrino, arruinarse poco después con el glorioso fracaso de Apocalypse now, rodar toda clase de trabajos mercenarios para pagar sus deudas, volver a forrarse gracias a sus bodegas y regresar, por último, al cine de autor de bajo presupuesto, se puede afirmar sin temor a equivocarse que el cineasta estadounidense Francis Ford Coppola (Detroit, 1939) está absolutamente de vuelta de todo.

El director, en estado de máxima relajación, recibe al reportero en la habitación de un hotel madrileño de muchas estrellas y, pese a estar promocionando Tetro, su último filme, protagonizado por Maribel Verdú y Vincent Gallo, no tiene problema en iniciar una distendida conversación sobre sus pequeños demonios familiares.

Ha dicho que uno de los motivos que le llevó a hacer Tetro fue intentar aclarar algunas cuestiones familiares oscuras. ¿Lo logró?

Sí. Tuve una adolescencia peliaguda porque mi padre [Carmine Coppola] era un hombre complicado. Mi progenitor fue un joven con mucho talento. Antes de cumplir 20 años ya era considerado como uno de los mejores flautistas del mundo. El célebre compositor italiano Arturo Toscani le contrató en los años 40 para ser el solita de flauta en la Orquesta Sinfónica de la NBC. Pero en vez de sentirse alegre, se sintió desengañado: su sueño era ser compositor, no estar a la sombra de otro. Mi padre se convirtió en prisionero de su flauta. Aunque acabó dejando la orquesta de Toscani para perseguir su sueño, su entusiasmo se transformó en frustración. Lo vivió como una caída en desgracia. Fue muy infeliz, siempre estaba intentando dar el salto. Recuerdo que cuando éramos pequeños incluso rezábamos para que encontrara su oportunidad. Los niños que viven en una casa con un hombre infeliz son perfectamente conscientes de esta frustración y pueden acabar convirtiéndose en niños infelices.

¿No tuvo usted una infancia feliz?

No. Cada seis meses vendíamos nuestra casa y nos íbamos a vivir a otro lugar. Mi padre casi se vuelve loco al intentar convertirse en un gran compositor. Puso en marcha varios negocios para financiar sus planes de independencia artística. Como cambiaba de colegio cada poco, me volví un chico muy solitario. A los 9 años enfermé de poliomielitis y estuve casi un año paralizado en la cama. Por si todo esto no fuera suficiente, en mi familia todos eran muy guapos menos yo. Mi padre, mi madre, mis hermanos, todos menos yo. Entre unas cosas y otras, tampoco me iba bien en el colegio, claro. Todos estos factores contribuyeron a que no tuviera una infancia feliz. Me apoyé mucho en mi hermano mayor [August Coppola]. Era cariñoso conmigo, me llevaba a todas partes, me ponía películas extrañas, me prestaba libros. Quería ser como él. Si él quería ser conductor, yo quería ser conductor. Si él se ponía tres nombres, yo quería ponerme tres nombres.

¿Se refleja esta infancia atribulada en Tetro?

Partiendo de que todo lo que se cuenta en Tetro es totalmente ficticio, no había sido consciente hasta ahora de que algunas cosas que suceden en el filme ocurrieron de verdad: cuando escuché a nuestro joven protagonista [Alden Ehrenreich] decirle a su hermano mayor [Vincent Gallo]: "Me abandonaste", me di cuenta de que yo había llegado a tener los mismos sentimientos hacia mi hermano mayor por algo que ocurrió hace muchos años. Le pongo en antecedentes: hubo una época en la que mi hermano iba muy bien en el colegio así que, pese a que mi padre había decidió mudarse otra vez, la familia decidió que mi hermano se quedara viviendo con mi abuela para poder volver al mismo colegio el curso siguiente. Como resultado, desapareció de mi vida. No me había dado cuenta hasta ahora de que me lo tomé como si me hubiera abandonado. Y la historia de Tetro también va en parte sobre un abandono. Pero no fui consciente de todo esto cuando estaba escribiendo la historia.

¿Le ocurrió algo parecido cuando rodó La ley de la calle (1983)?

Probablemente. Ahí está también el personaje del hermano mayor que fascina al hermano pequeño, ese hermano mayor al que busqué durante mi infancia. Pero, claro, cuando uno busca a su hermano no se le pasan por la cabeza los problemas que él pueda tener. Mi hermano también debía tener conflictos con mi padre, pero yo tenía una imagen idealizada de mi hermano: el chico que traía locas a las chicas, al que le iba bien en el colegio, el que era el más popular de su pandilla Pero resulta que él también debía tener sus propios problemas con mi padre, entre otras cosas, porque mi padre no quería haber tenido un hijo tan rápido. Mi padre era un joven de éxito que se casó e, inmediatamente, tuvo un hijo. ¿Lo vería como una amenaza a su carrera? Quién sabe si había algún tipo de tensión entre mi hermano y mi padre que fui incapaz de comprender entonces.

¿Diría usted que los alargados tentáculos de la familia se extienden sin control sobre sus ficciones cinematográficas?

En ocasiones ocurre de un modo consciente. Llueve sobre mi corazón (1969) remite a un episodio familiar muy concreto: cuando mi madre desapareció sin dejar rastro durante dos o tres días. Echando la vista atrás, diría que sólo fue una especie de advertencia o ultimátum: mi madre se había refugiado en casa de su hermana, disgustada por algo que había sucedido en casa. Pero este suceso flotaba sobre la historia de aquella película, protagonizada por una mujer embarazada, Nat, que huye de su hogar y de su marido. Para volver a sentirse libre, conduce sin rumbo fijo por las carreteras del país, algo que mi madre nunca hizo, aunque su espantada inspirara el personaje de Nat. Mira, cuando hice El Padrino (1972) no sabía nada sobre gangsters o mafiosos, no había visto uno en mi vida, pero conocía a unos cuantos italo-americanos, así que lo que hice fue asegurarme de que mi entorno familiar se reflejara en la película. Pero eso no es todo: Mario Puzo [autor de la novela en la que está basado el filme] tampoco había visto un gangster en su vida cuando empezó el libro. Se basó en su madre para escribirlo. De un modo o de otro, las relaciones familiares están presentes en todas mis películas, aunque no sea de un modo premeditado.

Otro de los temas de Tetro es el reconocimiento artístico. "No se puede vivir pendiente de lo que opinan los demás", asegura el protagonista. En su época de mayor éxito, cuando rodó El Padrino, ¿se sintió esclavo del reconocimiento? ¿Fue una etapa agradable u oscura de su vida?

Nunca me pude imaginar el tamaño descomunal del éxito que se me vino encima tras rodar El Padrino. Yo aspiraba a desarrollar una carrera modesta con películas del tipo Llueve sobre mi corazón o La conversación (1974), es decir, la carrera de un cineasta que escribe historias personales. Ese era mi único sueño, ser un guionista que dirigiera sus propios proyectos. El único motivo por el que hice El Padrino fue porque nadie quería darme dinero para rodar La conversación (1974). Así que acepté el trabajo de contar una historia sobre gangsters, un tema que no me interesaba absolutamente nada, y puedo decir que fue una experiencia terrible. Me despidieron varias veces porque, al parecer, a nadie le gustaba lo que estaba rodando. No les gustaba mi reparto, no les gustaba Pacino, no les gustaba Brando. También quisieron despedirlos todo el rato. Más que rodar una película, lo que hice fue pelearme, pelearme y pelearme. Mi amigo George Lucas, que me ayudó en el filme, me aconsejó que me limitara a hacer lo que me pedían: era el único modo de obtener financiación para poder hacer mis películas. Así que ahí estaba yo, intentando quitarme de encima El Padrino cuanto antes, para poder empezar a rodar La conversación

Pero la primera parte de El Padrino acabó siendo un éxito apoteósico e inesperado, ¿no?

Sí, y de una dimensión tal que me situó en una categoría diferente a la que había previsto. Pero, pese al éxito, o la condena dorada de las dos partes de El Padrino, todavía tuve que poner dinero de mi bolsillo para rodar Apocalypse now (1979). Y cuando se estrenó, se convirtió en una película fallida. Las primeras reseñas se la cargaron. En Time Magazine dijeron que era la peor película en mucho tiempo, un completo desastre. Prácticamente solo la pude proyectar en Cannes, porque las reseñas eran terribles. Por el amor de Dios, dejad que la proyecte en todas partes y luego hablamos, pensaba. Desde ese momento, pese a que tenía mucho poder tras rodar El Padrino, todas mis películas fueron una especie de fracaso aunque, paradójicamente, cuantos más fracasos rodaba, más parecía crecer mi figura artístico, algo que nunca he llegado a comprender del todo. Así que ahora he aprendido que prefiero esperar 10 años para ver qué dicen de mi último filme, y así estar seguro de si aciertan o están equivocados. Bizet murió pensando que Carmen era una ópera terrible, porque los críticos la destrozaron. Muchos críticos han machacado Tetro. Lo entiendo. Creo que tiene que ver con la controversia que rodea mi figura. Parece que mis películas sólo pueden ser o grandes éxitos critico-comerciales o fracasos estrepitosos, no hay nada entre medias.



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Philip Roth: políticamente incorrecto

Firme candidato al Nobel, el mejor novelista de los Estados Unidos le cuenta a la escritora Matilde Sánchez por qué se mete con la identidad, el judaísmo y el sexo. Y, modestia parte, hace un elogio de su propia nariz


MATILDE SÁNCHEZ
Revista Ñ




El hombre saludado como el más grande novelista vivo de los Estados Unidos, para quien el crítico Harold Bloom reclama el Premio Nobel con airada impaciencia, el único, junto a Saul Bellow y Eudora Welty, cuya obra se publica en vida en la American Library, es alto, delgado, tiene unas piernas de caminador compulsivo y se desplaza por su piso descalzo con inmaculadas medias de toalla. Vive y escribe en una zona rural de Connecticut pero ahora está en su piso de la 79, en el West side de Manhattan, para acompañar a su hermano enfermo. Por fin se sienta y se dispone a conversar. Nacido en 1933 en el barrio judío de Newark, Philip Roth estudió literatura en Chicago con el escritor Saul Bellow, una amistad que marcó su futuro. Después de un brillante debut con la novela Goodbye, Columbus , escribió una corrosiva sátira sobre un joven bajo la mirada castradora de su idische mame. El mal de Portnoy , su obrita maestra de 1969, sacó la masturbación de los manuales de la psiquiatría: Portnoy es feliz por su propia mano, en una manzana ahuecada, en un antológico bife de hígado. Después de esta épica del gran onanista, y para sacudir su temprana popularidad, fue a residir en Europa Oriental y en Inglaterra. Trassu matrimonio con la actriz inglesa Claire Bloom, siguió publicando novelas notables como El profesor del deseo , Decepción –cuyo manuscrito hallado por la esposa desencadenó un sordo divorcio– yla extraordinaria Operación Shylock , que ganó uno de sus cinco premios del PEN Club. Allí narra un supuesto complot de la Mossad contra su persona o un rapto de paranoia. Ficción y confesión, lo que hoy algunos críticos llaman autoficciones, vibran muy próximas en toda su obra. pero fue tras el divorcio y a su egreso a los Estados Unidos, a mediados de los '90, que Roth se embarcó en una vorágine creativa, con quizá sólo dos antecedentes célebres, Italo Svevo y José Saramago. A este período pertenecen las novelas Indignación , Elegía , Sale el espectro y la trilogía protagonizada por su alterego Nathan Zuckerman: me refiero a Pastoral americana , La mancha humana y La contravida . A falta de hijos, Roth ganó los mayores premios literarios de su país, y fue condecorado en la Casa Blanca con la Medalla Nacional de las Artes. Todo Estados Unidos tiene una opinión formada sobre Roth, por su inagotable obra o por ser evocado por otros judíos sobresalientes, como Woody Allen –quien ironizó sobre él en una de sus mejores películas, Los secretos de Harry – y el humorista Larry David, autor de Seinfeld y apodado "el Roth de las sitcoms". Quizás uno de sus grandes méritos es haber podido conservar la excelencia del escritor leído por escritores a pesar de un ritmo de publicación frenético y al mismo tiempo, persistir en una prosa que combina la corrosión del sarcasmo, incluso a costa propia, con una sencillez por momentos oral, que vuelve su espesor accesible aun en esta era cada vez menos libresca.

Después del masturbador de fondo Portnoy y la tour de force pornográfica del psicópata en 'El teatro de Sabbath', usted volvió a quebrar el buen gusto. Desde 2006, con 'Elegía', impuso temas impensables: la enfermedad, la impotencia, los pañales para adultos.

Temas a los que llegué en virtud de la edad. Empecé a verme expuesto a incidentes y hechos novedosos, como el adiós a los amigos y la parafernalia de la muerte, los velorios, las apologías ante el ataúd. Todo esto, que parece tan natural a los jóvenes cuando miran alos viejos, no lo es en absoluto. Esta fue la gran revelación: ¡lo natural es vivir! Desde luego, como todos los chicos de cinco o seis años, ya había tenido esa "revelación", a raíz de una tía enferma, un ser adorable, que vino a pasar sus últimos días a casa. Dormíamos en el mismo cuarto y esto tuvo gran impacto en mí. La "revelación" de la propia muerte es misteriosa, va y viene; a veces te llega en medio de la felicidad, por temor a perder lo bueno. Recuerdo que tenía 40 años y por entonces mi estudio quedaba retirado de la casa. Una noche volviendo esos metros por el parque miré el cielo –¡el cielo de noche siempre te puede pegar un buen cagazo!– y recuerdo que pensé: "Phil, no te preocupes más por la muerte hasta que cumplas los 75". Y me pareció un pacto justo. Pero el cumpleaños llegó más rápido de lo que esperaba.

Y fue así como decidió, entre la adolescencia y la madurez, conjurarla con otra revelación: Eros.

Qué manera elegante de decirlo, qué bien... La sorpresa escalofriante es verse de pronto rodeado de muerte; un día ya no hay otra cosa...

En un marco que consagra la juventud más allá de lo real y razonable. ¿Siente que la vejez es una frontera, un tabú?

No creo que sea un tabú, cada quien la maneja según sus dones, como se maneja la vida. Lo que piense la sociedad en general a mí no me importa... La suerte fue que después de los 70, dejé de pensar en ella como un problema y la tomé como tema para la literatura.

¿En qué libro? En 'El teatro de Sabbath' hay citas de uno de sus libros favoritos, 'Mientras agonizo', de William Faulkner.

Sabbath está lleno de muerte pese a ser una farsa. Mickey busca el lugar donde será enterrado después de cometer suicidio. Yo tenía 60 años entonces, imagínese, era un bebé...; por eso allí la muerte está rodeada de aventuras. Mientras que en Elegía hay poco de qué reír.

En los libros desde mediados de los '90 en adelante, los desenlaces suelen ser provisorios, incluso los que llegan al promediar el libro, mediante las diversas ambigüedades propias de la realidad: hay diálogos imaginarios, conjeturas e hipótesis que e dan por buenas; sueños, fantasías, imposturas... Ficciones multiplicada en espejo.

Pero eso es la invención. Yo nunca me trazo un argumento de principio a fin, me dejo llevar por el envión, me sumerjo. No podría decirle por dónde comienzo; si lo supiera no seguiría siendo tan difícil. ¡Cada vez empiezo de cero! Tengo una noción de cierto personaje en una situación complicada. Cada narración surge de un personaje en una situación inédita para la que no está preparado. La clave al escribir es encontrar, sin un plan, por puro instinto –y éste es el don– el personaje adecuado a cada predicamento. En Pastoral americana , el sueco Levov debe enfrentarse con la noticia de que su dulce hijita se convirtió en una terrorista urbana: él no está preparado para lo que significarán los años '60 en los Estados Unidos. Ningún ser humano está preparado para lo que debe enfrentar en su vida.

Uno de los fragmentos sobresalientes es cuando la amiguita de la hija terrorista acosa a Levov. Y lo que prevalece es la vulgaridad como violencia suprema.

Coquetear a un hombre mayor es la mejor manera de humi llarlo. Y cuanto más vulgar, más violento, sí, injurioso. Esa joven es la encarnación del diablo de esos años pero no es una criatura de mi invención sino de esa época. Había cientos de chicas así. De hecho, era el primer momento en la historia de la humanidad en que las mujeres se involucraban en política y no con pancartas. Es la erupción volcánica que precede el movimiento feminista. Y además, la sexualidad siempre entraba en juego.

Muchas de sus novelas transcurren en momentos singulares de la vida política de su país. En 'Indignación' es la guerra de Corea; en 'La mancha humana' es el caso Lewinsky. En ellas la gran Historia se articula con una biografía. Pero usted fue criticado por simplificar estos movimientos de protesta.

Diga mejor, por no haberlos justificado ni haberlos hecho potables. Yo odiaba la guerra de Vietnam y no estaba precisamente en la derecha. En la vida a menudo tengo opiniones estúpidas como cualquiera pero mientras escribo no tomo posición: ataco la tarea, describo lo que veo. Aprendí que no hay que atender a cualquier crítica porque, ya sabe, el lector toma una novela y la usa para sus fines personales. Hago lo mismo; tomo de la vida lo que me sirve para hacer una ficción de arte.

Sin duda, las críticas más acérrimas las ha tenido de la comunidad judía, por sus críticas al estado de Israel y su desacralización de la Tierra Santa. En 'La contravida', Zuckerman visita a su hermano en Galilea, admite que el sitio da para afirmar que a Jehová le llevó una semana crearlo mientras que Londres debió de insumirle meses de retoques...El personaje no encuentra allí nada digno, hay un sarcasmo tras otro sobre los colonos.

Se trata de colonos de los asentamientos, son los que sueñan con el Gran Israel, es la derecha expansionista. De hecho, mis amigos israelíes me atacan porque soy demasiado condescendiente con esos colonos siniestros. Todo depende de dónde uno se para. Esos temas me saltan al cuello, trato de saber lo que hace palpitar a esos personajes...

Desde Portnoy en adelante, en cada una de sus novelas aparecen los temas de la identidad y la asimilación: están los rasgos comunes de la colectividad judía pero también el anhelo de herejía y quienes "celebran sus raíces", tal como usted los presenta, son patéticos.

Me gusta reflejar esto de que otro venga a decirte: "deberías ser así, deberías ser como yo", en un libro así como en la vida. Mi trabajo es encender la luz en medio de un drama; y si explota todo, que explote, no lo voy a detener. Trato esos temas pero en mis propios términos. Identidad... Mire, cuando oigo esa palabra sacudo la cabeza en señal de asentimiento pero la verdad es que no sé lo que quiere decir. "Identidad", "celebrar las raíces"..., no son palabras de mi vocabulario.

En sus libros desmiente la identidad, aunque se teorice muchosobre las narices...

Los judíos han sido grandes inventores;de hecho inventaron el mito de la nariz judía hasta creérselo, cuando está el mundo lleno de grandes narices italianas, griegas y egipcias. Ya lo ve; después de su calvario en el siglo XX los judíos siguen fabricando buenas narices... Yo tengo una nariz de gentilsi la compara con las narices mayores de la estirpe. ¿Sería judío el que inventó la rinoplastía? Yo me hice hombre en la época de las rinoplastías pioneras, y aunque hoy se ven trabajos asombrosos, las narices de quirófano brillan a los costados.

La actriz judía de 'Me casé con un comunista' se odia a sí misma por serlo. Ese es el judío que ridiculiza Larry David.

¡Ah, los judíos que se odian a sí mismos son los mejores! Es un chiste. No me gustan las etiquetas; puedo decirle que escribo para romper etiquetas. Un buen libro es una caja con estereotipos rotos. El estereotipoes un corsé de metal, es ignorancia. Y le aclaro que no miro a ese tal Larry. Por tevésólo veo partidos de béisbol.

Elogio del barrio kosher

Newark, Nueva Jersey. Fui pero su paisaje ya no existe.

Te críes dónde te críes, vas a estar impregnado de tu región. Mi región era una familia de Newark y éramos parte de una comunidad. Yo era amorosamente tiranizado por la cultura del barrio judío pero no sentía las cadenas de la restricción. Ser judío era formar parte de una red. Pero yo nací y vivo en los Estados Unidos, por lo tanto me pienso un americano libre. Se debe tener en cuenta la importancia del regionalismo en la literatura estadounidense: John Updike es su Pensilvania central. Hay autores que intentaron escapar a los límites de esos pequeños mundos y pasaron el resto de sus vidas evocándolos. El mayor narrador de la literatura de mi país escribió toda su obra sobre Jefferson County, ¡un solo condado de Mississippi! Faulkner escribíasobre la aristocracia decadente, los negros de Mississippi o el idiota del pueblo. ¿Sabe qué dijo cuando lo invitaron al agasajo en la Casa Blanca en su honor? "Demasiado lejos sólopara una cena." Mucho más mundano y acaso tan grande, Bellow dice al ganar el Nobel, en 1976: "¿Me están viendoahora cómo viajo a todas partes?". Pero él sólo escribe sobre Chicago.

Sexo, sexo... Sus personajes son verdaderos maratonistas. Hay sexo para todos los gustos, vivido y fantaseado, novias, esposas, amantes, guirnaldas de mujeres; hay obscenidad, comunión emocional, porno crudo. Usted es ateo pero el sexo funciona como creencia. Es el lugar del anhelo, el engaño, la verdad sobre sí mismo.

Fui testigo de una transformación salvaje de los códigos sexuales. Si pienso en la exposición sexual en los años de mi iniciación, tras la Segunda Guerra, y los estímulos de los jóvenes hoy, bueno, es como comparar dos planetas. No puedo juzgar quién lo pasa mejor pero sí decir que el contraste es exorbitante.

¿Cree que sigue siendo un país puritano? ¿Cómo conviven la pornografía con el caso Mónica Lewinsky, que por poco lleva a Clinton al juicio político?

Lewinsky fue un rebrote masivo de prensa amarilla. Se debió al uso que los medios dieron al escándalo. El puritanismo acabó en los EE.UU. en el siglo XVIII, es un mito sobre este país donde el entretenimiento más extendido es la pornografía. Usted va a un hotel en Chicagoy si quiere, ve 27 películas porno en una noche. Si busca online "asiáticas calentonas", se puede pasar el resto de su vida abriendo páginas. La mitad de los matrimonios termina en divorcio por adulterio. Lo que sí teníamos en los '50 era un poderoso convencionalismo de clase media. Y sin embargo,era un país de grandes bebedores. ¿Sabe cuál es el movimiento social más importante de los EE.UU.? Alcohólicos Anónimos. La corrupción ha sido grave históricamente; piense en el negocio de los esclavos y en la conquista del Oeste. EE.UU. no se hizo con salmos sino matando indios. Entre la corrupción histórica, el capitalismo y las finanzas hay un hilo conductor. ¡Ahí tiene al financista Madoff ! Un judío que no le hizo nada bien al pueblo judío...

Qué modo de celebrar sus raíces, estafar a su colectividad...

La libertad produce exceso, arte y corrupción. Así es la bestia americana. Es un país que, por su dimensión misma, resulta diabólico.

Los culpables de la crisis retoman Wall Street

Los bancos y los fondos de riesgo regresan a los beneficios en EEUU y se blindan para aguar los intentos de mayor regulación

PERE RUSIÑOL
Público




Alan Schwartz, uno de los principales responsables del hundimiento del banco de inversiones Bear Stearns, vuelve este mes a la trinchera como principal ejecutivo de Guggenheim Partners LLC. Los hedge funds, cuya opacidad ha sido señalada como una de las causas del tsunami financiero, tuvieron un mayo magnífico ganancias del 5,23%, según Hedge Funds Research, uno de los mejores meses de la historia y los ejecutivos de grandes bancos de EEUU JP Morgan, Goldman Sachs, Morgan Stanley se preparan para repartirse de nuevo sus bonus tras liberarse del yugo del Gobierno.

Bernard Madoff está entre rejas, sí, pero casi todas las demás estrellas de Wall Street que llevaron el mundo a la ruina están de vuelta. Como si nada hubiera pasado. Y dispuestos a dar la batalla en el Congreso para evitar que la Administración de Obama les imponga una regulación más estricta.

"Hay un sentimiento palpable [en Wall Street] de que la tormenta ha pasado", ha escrito Paul Krugman, columnista de The New York Times y premio Nobel de Economía. Y añade: "Los banqueros parecen creer que el regreso al business as usual está a la vuelta de la esquina. Creen que pronto podrán volver a jugar a los mismos juegos de antes."

El Dow Jones ha subido 2.000 puntos desde marzo y la mayoría de los grandes bancos estadounidenses regresaron a los beneficios multimillonarios en el primer trimestre de 2009. Gracias a los tests de estrés, 10 de ellos han anunciado incluso su intención de devolver el dinero público, con lo que se liberarán de las cortapisas de la Administración, tanto en la retribución de los directivos como en las operaciones de riesgo.

Jonathan Weil, analista de Bloomberg, lo ha dicho sin tapujos: "Esconda su cartera. Los grandes bancos están devolviendo el dinero público y ya sabe lo que esto significa: vuelve la fiesta a Wall Street".

Tests de estrés

Muchos economistas llevan semanas advirtiendo de que los tests de estrés eran una fórmula demasiado laxa, que en la práctica servía para evitar reformas importantes. No sólo lo avisaron los académicos de izquierdas, sino también muchos economistas liberales, como Martin Wolf, del Financial Times: "El objetivo de los tests de estrés es simplemente volver a poner en marcha el show", ha dicho.

Joseph Stiglitz, también Nobel de Economía, sostiene además que los beneficios de los grandes bancos se han conseguido gracias a las técnicas que alimentaron la burbuja. "Algunos de los bancos registraron ganancias basadas principalmente en trucos contables y especulación", ha señalado el Nobel. "Se recompensa a los mismos que causaron la crisis", remacha.

Los hedge funds no sólo han vuelto a los beneficios, sino que se están blindando: su patronal Managed Funds Association acaba de contratar a uno de los más rutilantes lobbyistas de Washington Brownstein Hyatt Farber Schreck para garantizar que todo siga igual. Y uno de los productos especulativos más jugosos el carry trade: comprar y vender divisas en función de los tipos de interés vuelve a ser "tentador", según The Wall Street Journal.

Al economista José Luis Sampedro, que a sus 92 años conserva intacta su lucidez, no le sorprende que la fiesta vuelva a Wall Street: "Los causantes financieros [de la crisis] pueden irse fácilmente de rositas e incluso ser felicitados, pues lo que hacen está inspirado en los principios del sistema, incluso aplaudido por los antirreguladores y demás fundamentalistas del mercado", explica a Público.

"Si hubiera que buscar líderes que desempeñaron un rol en acelerar esta crisis, podrían encontrarse en la misma Administración de Obama", recalca John Bellamy Foster, director de Montlhy Review, histórica publicación alternativa de Nueva York.

Bellamy Foster se refiere a asesores o altos cargos como Robert Rubin, que fichó por Citigroup tras acelerar desde el Tesoro la desregularización del sector bancario; Larry Summers, que también desde el Tesoro se opuso a cualquier regulación de los productos derivados "armas financieras de destrucción masiva", según Warren Buffet, y Tim Geithner, el actual secretario del Tesoro reclutado desde la Reserva Federal de Nueva York.

Cuando trascendió la composición del equipo económico de Obama, el economista Dean Baker, del Center for Economic and Policy Research, estalló: "¡Es como pedir ayuda a Bin Laden para la guerra contra el terror!".

Y sin embargo, Obama acaba de lanzar un plan para regular el sector financiero presentado como el más ambicioso desde la Gran Depresión. Pese a la grandilocuencia de las palabras, el Financial Times y The Wall Street Journal los dos periódicos financieros más influyentes coincidieron en que la propuesta ha sido recibida en Wall Street con "alivio".

Ambos periódicos comparten el análisis: las medidas no son tan duras y, además, Wall Street confía en aguarlas en el Congreso gracias al trabajo de los mejores lobbies.

Nada para las víctimas

Muchos de los ejecutivos destronados por la crisis viven en realidad un momento estupendo: o disfrutan de su jubilación de oro como Fred Goodwin, ex director del Royal Bank of Scotland, con pensión anual de 1,2 millones de dólares o ya han sido contratados de nuevo, a menudo en empresas de alto riesgo. "Si quiere seguridad, fiche a un ladrón", ironizó el semanario británico The Economist al comentar la tendencia.

Los que crearon la crisis ya están dejándola atrás, pero para el resto se agudiza. "Se han dedicado fondos masivos a los bancos, que son los principales responsables de la crisis, y en cambio, nada a las víctimas", lamenta el economista Albert Recio, de la Universidad Autónoma de Barcelona.

El mal estaba en todas partes

Nicholson Baker muestra en 'Humo humano' cómo la pulsión destructiva de la II Guerra Mundial no era sólo de un bando. El autor rinde homenaje al pacifismo


JOSÉ MARÍA RIDAO
El País




Desde que, con motivo de la conmemoración del medio siglo del final de la II Guerra Mundial, la investigación historiográfica empezó a confundirse con el denominado "trabajo de memoria", la idea de que el conflicto más devastador de todos los tiempos revestía los caracteres de una lucha escatológica, de un combate contra el Mal Absoluto, ha ido ganando terreno. Poco a poco, la indagación sobre los procesos políticos, diplomáticos y económicos que condujeron a la guerra se fue abandonando en favor de una reflexión de otra naturaleza, a medio camino entre la filosofía y la teología, y en la que lo más relevante es responder a la pregunta de por qué el ser humano fue capaz de tantas atrocidades como tuvieron lugar entre 1939 y 1945. Podría tratarse, sin duda, de una reflexión interesante, incluso necesaria, pero a condición de que no parta del equívoco que Nicholson Baker denuncia en su ensayo Humo humano, que acaba de publicar en España Debate: ese genérico ser humano que se libró a la destrucción y el asesinato en masa no se encontraba únicamente en las filas del nazismo, sino también, en mayor o menor medida, en cada uno de los bandos enfrentados.

El propósito declarado de Baker es saber si la II Guerra Mundial fue una "guerra buena" y si, hechos todos los balances, "ayudó a alguien que necesitara ayuda". Tal vez la sensación de que, al emprender esta tarea, se vería obligado a nadar a contracorriente de un relato historiográfico que consagra a Churchill y a Roosevelt como héroes haya llevado a Baker a plantear su obra, no como un volumen de historia al uso, sino como un texto coral en el que son los protagonistas quienes toman la palabra. El autor, por su parte, se ha limitado a seleccionar las declaraciones, los artículos de prensa, las cartas o los diarios en los que los protagonistas se expresan en primera persona, añadiendo de vez en cuando breves comentarios sobre el contexto y, siempre, la fecha de los documentos. El resultado es perturbador, como si, de pronto, hubieran sido convocados a escena todos los silencios, todos los equívocos imprescindibles para que la historia de la II Guerra Mundial se pueda seguir contando como hasta ahora.

Baker no expone una tesis, la ilustra. Y para ello concentra la mirada sobre dos de los dramas mayores del conflicto: el sistemático bombardeo de poblaciones civiles y las iniciativas, o mejor, la absoluta ausencia de iniciativas oficiales, para salvar a los judíos perseguidos por el nazismo. En realidad, la posición de Baker, la tesis que se propone ilustrar en Humo humano, sólo queda fijada en la dedicatoria con la que concluye un breve epílogo de apenas dos páginas: "Dedico este libro", escribe Baker, "a la memoria de Clarence Pickett y otros pacifistas estadounidenses y británicos. Jamás han recibido realmente el reconocimiento que se merecen. Intentaron salvar refugiados judíos, alimentar a Europa, reconciliar a Estados Unidos y Japón e impedir que estallara la guerra. Fracasaron, pero tenían razón".

Humo humano establece un implícito paralelismo entre la guerra total que inspira la estrategia de todos los contendientes en la II Guerra Mundial y los ataques aéreos en los territorios coloniales. Es entonces cuando aparecen por primera vez protagonistas como el futuro jefe del Bombing Command, Arthur Harris, y el también futuro primer ministro británico, Winston Churchill. "Estoy decididamente a favor de emplear gas tóxico", escribe Churchill al jefe de la Royal Air Force, "contra tribus incivilizadas". La confianza del primer ministro en la eficacia del bombardeo contra civiles, aunque ya no con gas tóxico, que había sido prohibido, se mantiene intacta al iniciarse la II Guerra Mundial, sólo que ahora Chur-chill pretende que la lluvia de fuego que descarga sobre las ciudades de Alemania transmitan el mensaje de que los alemanes deben rebelarse contra Hitler. Con el implícito y aterrador corolario de que, si no lo hacen, se convierten en cómplices del dictador.

Los textos que reproduce Baker recuerdan que el antisemitismo no fue sólo un sentimiento alimentado por el nazismo, sino un clima general. Cuando aún era un simple abogado, el futuro presidente Roosevelt se dirigió a la Junta de Supervisores de Harvard proponiendo que se redujera el número de judíos en la Universidad hasta que sólo representaran un 15%. Y Churchill, entretanto, publicaba en febrero de 1920 un artículo de prensa en el que decía que judíos "desleales" como Marx, Trotski, Béla Kun, Rosa Luxemburgo y Emma Goldman habían desarrollado "una conspiración mundial para el derrocamiento de la civilización". Creía, sin duda, en la existencia de "judíos leales", a quienes exigía en ese mismo artículo que vindicasen "el honor del nombre de judío", pero la obsesión antibolchevique le jugó la mala pasada de elogiar, también en la prensa, a Mussolini, de quien se declaró "encantado por el porte amable y sencillo" y "por su actitud serena e imparcial". E incluso a Hitler, de quien, dejándose influir por los comentarios de los que lo conocían, estima que era "un funcionario harto competente, sereno y bien informado de porte agradable y sonrisa encantadora". En contraposición, Trotski "era un judío. Seguía siendo un judío. Era imposible no tener en cuenta este detalle".

Es probable que quienes defienden la interpretación de la II Guerra Mundial como una "guerra buena", como una lucha escatológica contra el Mal Absoluto, reprochen a Baker la selección de los textos que ha incluido en su provocador Humo humano. Pero, aun así, esos textos seguirán estando donde están, y obligan, cuando menos, a repensar la relación entre la historia y el tan traído y llevado "trabajo de memoria".

La violencia policial y sus cómplices

GERARDO PISARELLO/JAUME ASENS
Público




La multa de 600 euros impuesta por la Audiencia de Barcelona a tres mossos d’esquadra que propinaron a un detenido una golpiza filmada por una cámara oculta obliga a discutir, una vez más, el alcance de la violencia policial, así como de las complicidades que le permiten prosperar.

Quizás no sea ocioso comenzar recordando que en una sociedad que persiga objetivos como la minimización de la violencia o la preservación de la libertad de sus miembros, una institución como la policial no puede considerarse “natural”. Exige, por el contrario, una justificación. Una de ellas sería que puede ser un instrumento útil para prevenir la violencia privada y proteger a aquellos que se encuentren en una situación de más vulnerabilidad –sobre todo física– frente a otros. Sin embargo, para que este propósito resulte creíble, su intervención debe aparecer como una alternativa excepcional. Como el último recurso, una vez agotadas todas las vías de disuasión y siempre sometida a celosos controles públicos que eviten la generación de males mayores.

Buena parte de los ordenamientos actuales, en realidad, aseguran inspirarse en principios de este tipo. Por eso, porque lo que está en juego no es la simple violencia de un particular sino la que proviene de los propios aparatos institucionales, se establecen derechos específicos para las personas detenidas. Y por eso, también, los diferentes mecanismos de control de los abusos policiales tienen como finalidad no sólo el castigo sino, sobre todo, su prevención.

Leída a la luz de estos principios, la sentencia de la Audiencia sienta un precedente inquietante. En ella se admite, en efecto, que, a partir de las imágenes del vídeo, “cualquier hombre medio” consideraría que se está ante una “brutal paliza policial”. Y se reconoce, también, que esta impresión vendría reforzada por los 14 días que el detenido tardó en curarse de las lesiones causadas por patadas y otros golpes. Para el tribunal, sin embargo, todo ello no serían más que meras apariencias y engaños que han podido confundir a ese ciudadano medio, distrayéndole de la violencia sin duda relevante: la de la víctima, presentada como propiciadora de la situación. Se insiste, así, en que el detenido era una persona “excitada y agresiva”, que había bebido e insultado a los agentes. Poco importa que no hubiera peligro de fuga alguno. O que la golpiza se desencadenara por el simple hecho de que gesticulara demasiado o hubiera “tocado”, incluso, a uno de los agentes. Tratándose de una persona a priori “agresiva”, lo que a simple vista se presenta como una actuación vejatoria no sería, en definitiva, más que una moderada “extralimitación”. Si, con las imágenes a la vista, estas son las conclusiones a las que llega el tribunal, causa zozobra pensar qué hubiera ocurrido sin ellas. Con toda probabilidad, la denuncia estaría archivada y la víctima condenada por un atentado a la autoridad penado con hasta 4 años de prisión.

Igualmente preocupante es que el propio tribunal deseche la acusación de falsedad documental y admita sin más que “muchas veces los atestados policiales exageran o sobrevaloran” la violencia que atribuyen a los detenidos para justificar o encubrir la propia. Sobre todo cuando Amnistía Internacional y otras organizaciones de derechos humanos llevan años insistiendo en que dar más crédito a los agentes que a las víctimas u otros testigos es uno de los motivos principales de impunidad de la violencia institucional. Es este tipo de ligereza judicial frente a la tergiversación policial de hechos y atestados la que suele convertir las denuncias por malos tratos o torturas en una auténtica odisea. No sorprende, de hecho, que apenas un 1% lleguen a juicio y que, cuando llegan, se resuelvan casi siempre en una absolución o, como ha ocurrido ahora, en la imposición de sanciones muy leves.

Rotativos conservadores, como La Vanguardia, así como los propios sindicatos policiales, han aplaudido la decisión y la han presentado, a pesar de ser una condena, como una muestra del fracaso de la política del Consejero de Interior, Joan Saura. Esta reacción es particularmente grave si se piensa que, en el caso español, estas actuaciones no son algo aislado ni privativo de un cuerpo policial específico. Como ha señalado el Relator de Naciones Unidas en la materia, tales maltratos son más frecuentes de lo que se podría suponer en un Estado que se precia de ser democrático y de derecho. Si estos han disminuido en Cataluña es porque, allí, se han puesto en marcha mecanismos de supervisión más incisivos –como, por ejemplo, las cámaras–, que sólo en parte han sido incorporados en el resto del Estado.

No es quitando las cámaras de las comisarías o minimizando los abusos que estas registran como se preservará o mejorará el crédito social de los cuerpos de policía. Sólo la transparencia, en realidad, y la existencia de controles públicos estrictos, pueden hacer asumible la paradoja de que un cuerpo estatal dotado de medios violentos pueda servir para prevenir la violencia y garantizar la libertad. Lo otro: la justificación de la propia prepotencia, la descalificación por sistema de las víctimas y el corporativismo cerril son un camino, acaso irreversible, hacia la deslegitimación y la pérdida de autoridad. De la policía, pero también de las instituciones, los medios, y de todos aquellos que, tal vez porque sienten que nunca llegarán a ser víctimas de este tipo de violencia, se atreven a azuzarla de manera irresponsable.