"Wilco (The album)", Wilco (2009)


KEPA ARBIZU
Lumpen




Existen dos caminos para llegar a la afirmación de que Wilco es una de las bandas más importantes hoy por hoy. Una de ellas se basa en que han logrado como pocos aglutinar todo la herencia del rock americano (lo que va por ejemplo desde Dylan a los Rolling stones) en su sonido, como demuestra su obra cumbre e imprescindible, “Being there”. Para otros sin embargo, la grandeza de Tweedy y su gente se basa en casi lo contrario, en haber sobrepasado los márgenes de los cánones clásicos e investigar otras sonoridades, llegando a crear algo como “A ghost is born”.

Personalmente me quedo con la primera opción, su discografía hasta “Summerteeth”, éste incluido, recapitula la mejor herencia del rock y la actualiza de manera magistral. A partir de ahí, sus experimentaciones les hacen perder su genialidad. El hecho de innovar no necesariamente significa sugestionar al oyente. Y éste es el caso. Pero claro, todo esto hace que el abanico de fans que tiene el grupo sea inmenso, ya sea por una cosa u otra, están situados en un pedestal, y por una vez con total merecimiento.

Su anteúltimo trabajo, “Sky blue sky”, daba indicios de que su carrera parecía encaminarse de nuevo sobre registros más clásicos. Se trataba de un buen álbum que contenía algunos temas que irremediablemente entraban en la lista de esenciales de la banda, como es el caso de “Impossible Germany”. Pero con la llegada de su nuevo disco, “Wilco (the album)”, esa dirección que se intuía queda, cuanto menos, interrumpida.

Para su elaboración han contado con Jim Scott , habitual colaborador, al que le ha acompañado el propio grupo en lo referente a la producción. En sus propias palabras la grabación ha sido menos directa, más elaborada que en su anterior, cosa que queda latente nada más escuchar ambos trabajos.

El título tan genérico del disco responde a la sensación de plenitud que tienen, se encuentran, según ellos, en su momento más centrado, por lo tanto más representativo, y con una formación estable como no lo habían tenido en los pasados años. No seré yo quien les lleve la contraria, pero desde luego no es ninguna buena noticia que el sonido que desprende su nuevo trabajo sea el exacto, el más certero, según su visión.

El problema surge cuando vamos desgranando las canciones y nos encontramos que hay un buen número de ellas que resultan mediocres, siempre teniendo en cuenta el listón al que nos tienen acostumbrados desde el inicio. Una producción convencional, un sonido muy limpio, demasiado, y un sin fin de añadiduras en forma de sonidos, hacen que ni “Wilco (the song)” , a pesar de la buena labor en las guitarras de Nels Cline, ni “Bull black nova”, ni el dueto con Leslie Feist en la melodía poco más que agradable de “You and I”, consigan un resultado reseñable.

El sonido “beatle” tiene un espacio muy importante en el disco, más que en ninguna otra ocasión, así que ya sea de la mano de Lennon, “Everlasting everything”, de la de George Harrison, “You never know”, o construyendo una melodía luminosa, “Sonny feeling” , los de Liverpool sirven de inspiración para lograr un buen resultado. Pero por encima de todas hay un par de temas que verdaderamente sí son dignos de destacar, “Country disappeared” y “One wing”, son dos medios tiempos, muy en su estilo clásico, y que sirven como muestra de que es en estos ambientes donde mejor se desenvuelven con diferencia.

El problema no es si es buen disco o no, que juzgado en abstracto habría que decir que es más que aceptable. El tema es que hablamos de Wilco, y estamos en la obligación de exigirles un nivel más alto. De momento sólo se puede decir que crea cierta desorientación, es difícil posicionarse, comparándole con su predecesor, por dónde irá el siguiente y por lo tanto, el grupo y su música. Sólo esperemos que vuelvan a encandilarnos como suele ser habitual.

Dorados polvos de estrellas

Cuarenta aniversario del festival de Woodstock



RAGTIME WILLIE
Requesound




“Somos polvo de estrellas, somos dorados, tenemos que regresar al jardín”

(Joni Mitchell, “Woodstock”)

Aquí me hallo de nuevo, dispuesto a narrar otro aniversario redondo, esto es, los cuarenta años del festival de música más narrado, más mitificado, más profusamente analizado, más explotado: El festival de Woodstock, el originalmente denominado “Music and Art Fair”, la plasmación física del espíritu revolucionario fermentado en las comunas hippies californianas, la expresión multitudinaria de la música rock como bandera de rebeldía generacional.

Incidentalmente, descubrí el festival a través de la canción de Joni Mitchell llamada simplemente “Woodstock”, versioneada con éxito por el supergrupo “Crosby, Stills, Nash and Young” en su primer y delicioso álbum “Déjà Vu”. Una canción que reflejaba de manera líricamente precisa, el ambiente que se respiró en el festival, incluso tenciendo en cuenta que Joni Mitchell no estuvo allí.

Recuerda Graham Nash: “Hablar sobre Woodstock es como hablar de la Segunda Guerra Mundial. Nosotros estábamos tremendamente excitados y entusiasmados sobre lo que aconteció. Joni habló con nosotros y obtuvo de manera tan profusa el sentimiento sobre Woodstock que escribió la canción. ¡Pero ella no estuvo allí!”

A partir de esa canción, grabada por CSNY, mi curiosidad se espoleó. Y, por supuesto, descubrí la película y el disco oficial correspondiente al festival celebrado en la granja de vacas de Max Yasgur, en Bethel, Woodstock, Estado de Nueva York, en agosto de 1969.

Actualmente, dentro de las variadas fanfarrias conmemorativas, en el Hard Rock Café de Londres, se exponen varias reliquias rescatadas del festival, entre ellas la Gibson SG Especial utilizada por Pete Townshend en su salvaje y memorable concierto con The Who, interpretando frenéticamente el “Pinball Wizard”. También fue el utensilio que un iracundo Pete arrojó a la cabeza del activista político Abbie Hoffman cuando éste se le cruzó en el escenario para pedir la libertad del manager de MC5 John Sinclair, en ese momento en prisión por razones políticas. Townshend: “La cosa más política que nunca he hecho”. Prosigue Townshend: “Lo que ellos pensaban que era una sociedad alternativa se reducía a un campo lleno de barro y repleto de LSD. Si ése era el mundo en el que ellos querían vivir, entonces que les den por el culo”.

Otra visión, en este caso más acorde con la leyenda y mitología acerca del festival, es la de Fito De La Parra, el baterista de Canned Heat: “La primera vista que tuve de Woodstock desde el aire me obligó a despertarme. Una pequeña ciudad de medio millón de personas. Las tiendas de campaña, los sacos, los colchones, creaban parches azules, amarillos y rojos sobre la hierba de las colinas que se extendían a lo largo de todo el horizonte. No teníamos ni idea de que íbamos a tocar el concierto más importante de nuestras vidas”.

Para conmemorar el evento musical de la década está prevista la edición en DVD remasterizado y con varios añadidos del documental de Michael Wadleigh “Woodstock: 3 days of peace and music”; la edición de lujo de su banda sonora y “Woodstock 40” un cofre con seis CD’s conteniendo 38 temas nunca antes publicados.

Y todo ello para un evento que estuvo a punto de no celebrarse. Michael Lang, John Roberts, Joel Rosenman y Artie Kornfeld, a través de la empresa creada al efecto “Woodstock venture” fueron los arriesgados promotores que descubrieron el recinto definitivo del festival, apenas un mes antes de su celebración. Dijeron a las autoridades locales que el evento reuniría a 50.000 personas máximo y vendieron 185.000 entradas por anticipado. Al final, asistieron medio millón de almas. No tuvieron otro remedio que, ante la avalancha humana concentrada, abrir de manera gratuita las puertas del festival. En principio iba a durar dos días, pero fueron tres, teniendo en cuenta que Jimi Hendrix, en su exultante actuación, apareció el lunes por la mañana. En principio iba a durar únicamente el fin de semana.

El festival en sí no dio un duro. Pero los productos derivados hicieron mucho dinero: el documental (presentado en el Festival de Cannes de 1970) ganó 50 millones de dólares (100 veces su presupuesto inicial), solamente en los Estados Unidos. La montadora del film Telma Schoonmaker fue nominada al mejor montaje en los Oscar y tuvo como ayudante a un aplicado Martin Scorsese.

El festival concentró un talento inmenso en solamente tres días. Faltaron muchos, por ejemplo Bob Dylan no apareció (y eso que vivía, por aquel entonces en Woodstock), pero fue, quizás, una manera de mostrar cierto escepticismo ante la actitud social del movimiento “hippy”, un dechado de excesiva ingenuidad, con un reverso oscuro.

Por allí pasaron the Paul Butterfield Blues Band, Canned Heat, Country Joe & The Fish, The Grateful Dead, Jimi Hendrix, Jefferson Airplane, Janis Joplin, Ravi Shankar y The Who (todos ellos también tocaron en Monterrey, en 1967), Arlo Guthrie, Sly & The Family Stone, Joe Cocker, Ten Years After, el descubrimiento de Richie Havens, el de Carlos Santana (quien, todavía no había publicado su primer disco)………….

Dejemos que concluya Grace Slick la cantante de Jeffersson Airplane: “La mayor parte del atractivo de Woodstock fue la oportunidad de, simplemente, reunirnos y tocar lo que ya sabíamos que existía. Era nuestro turno. Estábamos listos para respirar, listos para celebrar el cambio. Realmente creía que todo el mundo podría contemplarlo a, digamos, dieciséis años vista – el maravilloso poder de nuestro lenguaje principal: el rock and roll. ¿Funcionó el gran sueño? No solamente funcionó, permanece como un símbolo magnífico de una era. Todos estamos ahora acostumbrados a grandes conciertos al aire libre, ya son parte de nuestra cultura. No sucedía así en 1969. Hoy, el mero nombre de Woodstock inmediatamente se asocia a la imagen de un específico momento en el tiempo, cuando, durante cuatro días y cuatro noches, en el espíritu de la aceptación, de la celebración y profundo ritual y dondequiera que estuviéramos, todos éramos diferentes y todos éramos parte de un todo”. "

'Woodstock: 40th Anniversary Edition' está disponible en cuatro discos de DVD y en dos discos de Blu-ray en Warner Home Video. 'Music from the Original Soundtrack and More'y 'Woodstock Two' están disponibles en Rhino. La caja de seis cd’s, 'Woodstock 40', estará disponible el 17 de agosto en Rhino

Big John Bates, ¿los nuevos Cramps?

Sin ser original se puede ofrecer algo de la mejor calidad: puro psychobilly ochentero. Los temas del nuevo disco están lleno de guiños, pero son disfrutables sin referencias



ALEJANDRO ARTECHE
Soitu




Bueno, decir que alguien pueda ser el sustituto de los Cramps es mucho decir. Primero porque Lux y Poison no hicieron nada que no estuviese inventado de antes, así que podríamos decir que los canadienses Big John Bates se limitan a seguir el camino de los Cramps como tantas y tantas bandas desde los años 80. ¡Y bienvenidas sean si son todas como este trío!

A la hora de escuchar su cuarto y nuevo disco, 'Bangtown', enseguida vienen a la memoria los retortijones en el escenario de Lux Interior, sí, pero también los ritmos salvajes de Kid Congo Powers, Gun Club, Guanabatz, Screaming Lord Sutch, Meteors, los trabajos del Social Distortion Mike Ness en solitario y tantos grupos que en los 80 dieron un nuevo giro al renacido rockabilly y formaron parte de la escudería de lo que se dio en llamar psychobilly.

En formato trío, con el acompañamiento en directo de las Voodoo Dollz, un grupo de animación de Burlesque cabaretero, su nuevo trabajo, grabado en Vancouver, trae 13 temas que van desde el homenaje al 'Go go much' de los Cramps, 'Skin & guts', a un sorprendente comienzo del disco con 'Fill your tank', que comparte melodía de voz con una vieja canción de los 091. Um, habrá que investigar qué disco escucharon ambos grupos para componer sus temas. No sé, no sé.

A pesar de que John Bates —el cantante y creador del grupo— comenzara con sólo 15 años en formaciones de trash metal, y que Annihilator —su grupo de entonces— siga aún en activo con gran éxito, que nadie espere encontrarse con el psychobilly sucio y metalero que tanto suena hoy en día. Lo de Big John Bates es algo más inglés, elegante y con melodía, tal y como se hacía en los 80 en sellos como, por ejemplo, Crypt Records.

'Bangtown' está lleno de referencias al pasado. Hay guiños a temas serie B del rockabilly y la psicodelia sesentera, y con un poquito/bastante de cultura musical se pueden pillar las inspiraciones de varios temas, pero ahí está la gracia. Nadie ha inventado nada y lo bueno es saber coger las cosas y adaptarlas al estilo de uno. ¿Que descubres las referencias? Ole por ti. ¿Que no? Pues baila, diviértete y no pasa nada. Ah, y no es que todo te recuerde a algo, no te vuelvas loco. 'Breaking the law' claro que te suena, es una versión de Judas Priest.

Motoristas vintage, casas fantasma, pistoleros, chicas ligeras de ropa... la iconografía propia del psychobilly está presente en la colorista portada de 'Bangtown' para que no haya lugar a dudas. En directo son una auténtica bomba a punto de explotar. A lo chulo que queda una formación clásica de trío rockabilly, le añadimos que el contrabajo lo toca una chica, sCare-oline, y el ambientazo que dan las Voodoo Dollz, la juerga está asegurada. Para los que no hayan podido verlos encima de un escenario está la oportunidad del dvd 'Live at the voodoo ball' editado hace un par de años y que recoge el directo de sus anteriores discos.

No podría decir cuál es mi canción favorita del disco porque tengo varias. 'Devil may care' es perfecta para bailar en fiestas nocturnas en la playa, de esas que organizan los chicos con pinta de surferos jonkys que viven acampados al final de la playa pero a los que nunca se les ve tomando el sol: están muy pálidos y tu madre siempre te ha dicho que te mantengas alejado de ellos porque en los 80 vio en el cine 'Jóvenes ocultos'. 'A hard line' tiene una línea de banjo contagiosa y un sonido pantanoso idóneo para una excursión que puede acabar peor que 'Deliverance'. 'Whiskey goblins' es taaaaaan épica y tiene el ritmo perfecto para marcarse un pogo en la pista central de baile con tus zapatones creep nuevos para horror de los pijos que llevan sandalias, y luego está 'Bangtown', el tema que da título al disco, un rockabilly tan pegajoso como el calor que estamos teniendo estos días. No sé, hay tantas canciones y tan buenas que es imposible quedarse con una sola. Los chicos que no tomamos el sol y tenemos ojeras somos así de indecisos.

Y una última cosa: Big John Bates han editado en España 'Bangtown' sólo en vinilo. Porque sí, porque este disco donde tiene que estar es junto a tus copias viejas del 'Fire of love', 'Songs the Lord taught us' y 'Wreckin' crew'. ¿Que no sabes de qué te hablo? Ya, bueno. Cuando vayas a la tienda casi vete directo a por el nuevo de Enrique Iglesias o "Morralla" Carey entonces. Mejor no perder el tiempo.

¿Qué significa el golpe de Estado de Honduras?

MARCELO COLUSSI
Rebelión




La destitución inconstitucional del presidente hondureño Manuel Zelaya es un hecho que nos obliga a pensar qué implicancias tiene todo esto para el campo popular en el mediano y largo plazo. De acuerdo a como están las cosas en este momento, podría llegar a ser posible que el depuesto presidente sea restituido en su cargo, dado la respuesta de los distintos gobiernos desconociendo al nuevo mandatario surgido de la asonada, o mandatario paralelo, de acuerdo a la compleja situación jurídico-administrativa creada. Lo importante, para lo que debe servirnos todo este oscuro capítulo, es para sacar conclusiones útiles en un futuro escenario a quienes seguimos pensando que otro mundo es posible, para quienes seguimos apostando por algo más allá de estas “democracias vigiladas”, estos “simulacros de democracia” asentados en enormes masas de pobres a los que se les enseña sólo a agachar la cabeza. Todo esto, obviamente –lo de Honduras lo reafirma– no es democracia.
Por lo pronto, para todas las fuerzas progresistas y para el campo popular –de Honduras, obviamente, pero también para toda América Latina, o el mundo– es una pésima noticia. Deja entrever que las estructuras políticas sobre las que se asentaron todas las dictaduras que marcaron la historia latinoamericana a través de décadas, no han desaparecido. Si alguien osó pensar en algún momento que en el continente se habían registrado cambios profundos en esa estructura, este golpe viene a demostrar lo contrario. Nada ha cambiado en lo profundo, y las relaciones de fuerza no se han alterado. Los grandes propietarios nacionales (terratenientes tradicionales y empresariados modernos, a los que se pueden sumar las nuevas aristocracias ligadas al nuevo capitalismo crecido en torno al negocio del narcotráfico) siguen siendo tan reaccionarios como décadas atrás, y cuando existe alguna posibilidad, por pequeña que sea, que su situación de privilegio pueda ser siquiera rozada, reaccionan monolíticamente por olfato de clase. Reaccionan liquidando lo que se les ponga delante, castigando al presunto “comunista” de turno, al que ose ya no cuestionar su poder (léase expropiaciones, reforma agraria) sino intentar algunos cambios cosméticos, por superficiales que sean.

Pasó en Venezuela con el intento de golpe a Hugo Chávez en 1992 por sus medidas populares, pasó y sigue pasando en Bolivia cuando la llegada al gobierno del aymará Evo Morales, quien habla un lenguaje popular, pasó en Guatemala con Álvaro Colom, a quien se le fabricó el famoso video que lo incrimina como asesino por tener un barniz progresista; en otros términos, las derechas (tradicionales o emergentes), que siguen detentando las mismas cuotas de poder económico de siempre, siguen estando al acecho en términos políticos, y si algo significa que pueden ponerse en algún peligro sus privilegios históricos, actúan (¿para qué, si no, siguen estando las fuerzas armadas?)

De todos modos sería miope no ver que también en estas últimas décadas, de la mano de los furiosos planes neoliberales, vinieron también aires modernizadores en los aspectos políticos: las dictaduras son vistas como cosas del pasado, dinosaurios que no deben volver, y todos los países de la zona hablan un nuevo lenguaje “democrático” que cuestiona regímenes o procedimientos anticonstitucionales.

Eso fue lo que todos los sectores fuera del país, en Latinoamérica y en el resto del mundo, dijeron inmediatamente luego del golpe de Estado de Honduras, incluido el gobierno de Estados Unidos. Hoy día podríamos estar tentado de decir que es un avance en la cultura política extendida globalmente el hecho que ya se hayan instaurado los sistemas democráticos parlamentarios, habiéndose relegado al olvido las dictaduras.

Pero los sucesos de Honduras muestran que eso no es tan así. Enseñan, por el contrario, que los procesos democráticos que vienen desplegándose en Latinoamérica en estos últimos años son totalmente cosméticos, asentados en pies de barro. Son, por el contrario, las salidas políticas no cruentas que Washington ha venido imponiendo desde hace unas tres décadas para la región, no porque realmente hay una mayor salud política y una efectiva participación popular en la toma de decisiones sino porque las dictaduras ya no le eran funcionales para su estrategia continental. “Democracias de baja intensidad”, como se les ha llamado.

Las fuerzas reaccionarias, si bien estos últimos años no han tenido todo el protagonismo de décadas atrás, ahí siguen estando y no han retrocedido un milímetro en su cuota de poder.

Podría decirse que incluso la Casa Blanca viene teniendo un nuevo discurso político últimamente, y hoy día no avala golpes de Estado como fue su costumbre durante todo el siglo XX. Sí y no. De hecho el presidente Barak Obama desconoce –al menos de momento– el quiebre de la institucionalidad en Honduras y al mandatario paralelo Roberto Micheletti. Aunque también se ha denunciado ya que algunos actores golpistas mantuvieron contactos con miembros de la embajada estadounidense en Tegucigalpa antes de la movida que alejó de la presidencia a Zelaya. Por supuesto, no son noticias oficiales, pero no sería nada improbable que, una vez más, Washington mantenga un doble discurso, diciendo algo oficialmente y avalando otras vías por lo bajo.

El caso de Honduras muestra que hoy se habla otro lenguaje político y nadie puede invocar ni saludar alegremente un golpe anticonstitucional. Pero muestra también que patéticamente, más allá del repudio de los distintos gobiernos, los pueblos siguen estando indefensos frente a los poderes de hecho: unos cuantos tanques de guerra puestos en algunas ciudades, el corte de energía y una buena campaña mediática siguen siendo muy difícil, cuando no imposible, de enfrentar por las grandes mayorías populares. ¿Qué se avanzó realmente en el campo popular con estos simulacros democráticos? Muestra que el mismo sigue estando a merced de las acciones criminales de la derecha, la cual puede con mucha facilidad montar los escenarios necesarios para golpear con contundencia. Muestra que, más allá de las buenas intenciones de un “nunca más” que circuló por el continente luego de retiradas las últimas dictaduras el siglo pasado, nada garantiza con simples declaraciones políticas que efectivamente nunca más puedan repetirse escenarios de represión, de sangre y de guerras sucias internas.

Quizá los mecanismos íntimos del golpe de Estado de Honduras tengan que ver con situaciones muy coyunturales del país centroamericano, con elementos muy propios de su historia particular no generalizables al resto de la comunidad latinoamericana. Pero también significa, en definitiva, que la lucha popular sigue estando al rojo vivo, y que si bien hoy día no se menciona en forma explícita la ideología de la Guerra Fría que marcó a sangre y fuego buena parte de la historia del siglo XX, todo ello sigue estando en los cimientos mismos de nuestra sociedad global, tan antidemocrática e injusta como décadas atrás. Muestra, lamentablemente, que no es cierto que “nunca más” puedan volver a repetirse situaciones de represión feroz. Todo lo cual obliga a seguir viendo cómo se alcanza ese “otro mundo” de mayor justicia que anhelamos. Lo de Honduras nos debe servir, nos debe obligar a pensar entonces cómo se construye ese “otro mundo”.

Vicente Vila, 'Wila', el último cartelista de la Guerra Civil

Creó la obra más emblemática de la República


LILA PÉREZ GIL
El País




"Cuando más he disfrutado ha sido cuando he visto mis carteles por las calles de Valencia", dijo el pintor Vicente Vila Gimeno cuando le ofrecieron visitar la inauguración de la exposición Art i propaganda, cartells de la Universitat de València, organizada en 2003 por UGT y dicha Universidad de Valencia. "Tenía ya más de 90 años y estaba muy mal de las piernas, dijo que se cansaba y no quería ir", explicó ayer su hija, Amparo Vila. El pintor, que firmaba casi siempre como Wila, falleció en Madrid, a los 101 años, el pasado domingo, 28 de junio.

Junto a otro grupo de artistas gráficos, se ocupó durante la Guerra Civil de dibujar los carteles de propaganda republicana que animaron a los valencianos a mantener la moral.

El más famoso, sin duda, es el titulado Soldado instrúyete. "Fue emblemático del espíritu de la República, que quería extender la formación y la cultura a todos los estratos sociales, incluso durante la guerra: a través de un periódico que se publicaba y se llevaba al frente, o con bibliotecas populares que se mantenían abiertas", continuó su hija. Esta obra fue el cartel anunciador de la exposición antes mencionada, que visitó durante meses muchas ciudades españolas. Ha sido reproducido en multitud de libros, exposiciones, eventos y películas, "como Ay, Carmela; fue la imagen del momento".

Vila Gimeno colaboró en aquel taller de cartelistas con creadores como el famoso Josep Renau. "Éste fue más conocido, porque se tuvo que exiliar en México y allí fue un gran muralista; luego vivió en Alemania, donde, a su muerte, su hija montó una fundación, gracias a la cual la obra de su padre se conoce en todo el mundo". Entre otros artistas estaban también Eleuterio Bauset, Arturo Ballester o Rafael Raga, "este último fue un gran amigo suyo". "Que sepamos, todos han muerto, creemos que mi padre era el último que quedaba", aseguró Amparo. Las obras de todos ellos se recogieron en Art i propaganda.

Escondidos en un estudio

Vicente Vila nació en Valencia el 30 de abril de 1908 "casi con un lápiz en la mano, dibujaba todo el rato desde muy pequeño". Estudió Bellas Artes en la Escuela de San Carlos, donde obtuvo el premio extraordinario de fin de carrera. "Los carteles de la Guerra Civil los fue escondiendo en un estudio de Valencia y años después recuperó todos los rollos".

Gracias a esto, su obra está catalogada en la Universidad de Valencia, la de Barcelona, la Fundación Pablo Iglesias, o el Archivo Histórico de Salamanca, entre otros centros de arte y cultura.

"Como no tenía adscripción política, cuando acabó la Guerra Civil pudo salir de Valencia y nos fuimos a Madrid". Allí trabajó en los estudios de decoración y publicidad de productoras cinematográficas como Cifesa y Samuel Bronston: "Pintaba los carteles que anunciaban las películas en los cines y trabajó en los decorados de 55 días en Pekín". También era ilustrador de libros: "Algunos aparecen en la película El florido pensil, porque las portadas de los libros con los que estudiábamos entonces, sobre todo las de la editorial SM, las hacía él".

Pero "seguía sintiéndose cartelista y se presentaba a casi todos los concursos", muchos de los cuales ganó, como los de Fallas de 1941, 1942, 1943 y 1944; los de la Feria de Julio valenciana en 1941 y 1951, o los de la Corrida de la Beneficencia de Madrid en 1975 y 1978.

"Fue menos conocido porque sólo le preocupaba mantener a su familia, y pintar y pintar", opinó ayer su hija. Con sus óleos, retratos y paisajes del natural en acuarela participó también en numerosas exposiciones y certámenes. Hasta su jubilación fue además profesor de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid. "A pesar de su edad, hasta el último día mantuvo la mente lúcida y la afición a la pintura".

Baluchistán: una guerra olvidada que no cesa

Mientras la atención internacional se centra en la ofensiva militar sobre la frontera noroccidental de Pakistán, los habitantes del sur del país siguen inmersos en una guerra prácticamente desconocida, pero que comenzó hace ya seis décadas

KARLOS ZURUTUZA
Gara




El sonido de la deflagración apenas llama la atención de los comensales en este restaurante. Se trata del comedor de la estación de autobuses de Khuzdar, el único en esta localidad baluche en el que se puede comer sentado, aunque sin cubiertos. Pasados dos minutos, Abdulhamid, periodista local, recibe una llamada. Sólo ahora se interrumpe la comida:

«Ha sido una torre de comunicaciones. No hay ni heridos ni muertos», aclara a la clientela expectante.

Para Sattar, compañero de mesa, es una buena noticia. La acción de la guerrilla no le va a impedir abrir su tienda hoy a la tarde. Se explica:

«Cada vez que el BLA (Ejército de Liberación Baluche) se cobra víctimas mortales luego siempre hay represalias en el bazar. El ejército se acerca a Jinah Road (la avenida principal) y dispara desde los jeeps en marcha sobre la gente», dice este comerciante mientras envuelve trozos de ternera en pan de pita. Asegura que durante este mes de junio han muerto cuatro de esa manera, y que más de una docena han resultado heridos. Además, siete estudiantes del pueblo han «desaparecido». Esta es la respuesta del ejército tras la muerte de un funcionario punyabí a manos del BLA a primeros de mes.

Situada a medio camino entre Quetta y Karachi, Khuzdar apenas difiere en nada del resto de localidades en el camino: Los grafitis con las siglas del BLA y el BRA (Ejército Republicano Baluche) salpican las desconchadas paredes de las casas, siempre acompañadas por el lema «Abajo Pakistán». Y para contrarrestar la plétora de siglas, están el ejército paquistaní, la policía, los frontier corps (policía de frontera), los rangers, así como otro destacamento paramilitar que responde al nombre de scout.

«Haya o no atentado, el ejército suele explotar sus bombas continuamente para asustarnos. Sus campos de tiro están justo al lado de nuestras casas», se queja Sattar. «¿Has visto el cuartel que están construyendo ahora? Dicen que va a ser el más grande de todo Pakistán», afirma el comerciante antes de irse a trabajar.

Se podría pensar que los más de 600.000 soldados al servicio de Islamabad podrían acuartelarse en el nuevo recinto militar. Y es que es realmente grande, tanto que se ha «tragado» ya dos aldeas de adobe. Sus habitantes, pastores en su mayoría, siguen moviéndose con el ganado dentro del inmenso recinto amurallado que va desde la carretera hasta las montañas. No serán evacuados hasta que se haya acotado del todo el terreno, aunque sólo es cuestión de tiempo el que surja un nuevo barrio de chabolas a las afueras de Khuzdar. Y si no, que les pregunten a los chabolistas de Quetta cómo y cuando llegaron a vivir en los arrabales de una ciudad que ya en sí misma es un inmenso basurero.

Otras explosiones

«Punjab (Pakistán) nos trata como a animales», explica Sirbaz, un camionero que ha hecho parada aquí de camino a Karachi. Este hombre de unos cuarenta años procede de Dalbandin, esa comarca baluche cerca de la frontera afgana en la que Pakistán probó su «famoso» armamento nuclear en 1998. Fueron cinco detonaciones en los montes Chagai. Los lugareños no las olvidarán nunca.

«Mi padre y mi hermana tienen cáncer de hígado, y de piel dos de mis hermanos. Además, se han multiplicado los casos de cáncer de ojos y de malformaciones entre los recién nacidos», cuenta el camionero. Islamabad ha impedido por todos los medios realizar estudio alguno sobre los efectos de las detonaciones atómicas en la población local, pero muchos como Sirbaz piensan que las explosiones contaminaron los depósitos subterráneos de agua, el único recurso hidrológico en esta árida región.

«Si pasas por allí no uses el agua ni para refrescarte la cara», me advierte.

Tras la comida se sirve el té con leche, otro legado del pasado colonial británico de esta región. Nadie de entre los más veteranos del lugar duda de que la vida aquí era mucho mejor bajo los ingleses que con los punyabíes. Fue precisamente la incorporación forzosa en 1947 de Baluchistán dentro del recién creado estado de Pakistán la que despertó la insurgencia baluche.

«¿Qué opina la gente de Europa sobre lo que está pasando en Baluchistán?», me pregunta Atik, pasajero en tránsito hacia Quetta. Espera repuesta mirándome fijamente con el ojo que no le quemaron con una colilla durante su estancia en prisión.