Corcobado: Vuelco toda mi vida en lo que hago


ESTEBAN HERNÁNDEZ
Ruta 66




Si examinamos su azarosa vida, posiblemente tengamos que darle la razón cuando dice que es una persona contradictoria, llena de energía y de temores, de entrega intensa y de abismos anímicos. Pero, en lo que aquí nos compete, que es su obra, ese dualismo es innegable, siendo sus canciones lo que queda tras enfrentarse un mundo hecho de opuestos. A Nadie, su nuevo disco, continúa esa tensión emocional y artística situando en el mismo plano la ultraviolencia eléctrica que practicó con Mar Otra Vez o Demonios Tus Ojos, las narraciones ásperas de sangre y miedo y esos temas melódicos, resonantes y profundos, que dejan tras de sí un rastro de soledad inmensa.

Y es que esa épica de vertedero que ha cultivado a lo largo de su trayectoria pone al descubierto, cuando escarbas en ella, un sentimiento intenso de desamparo, de estar perdido en la inmensidad, como si caminase por calles llenas de herrumbre buscando un inexistente camino a casa. Corcobado se mueve en ese escenario con soltura, recreándolo con formas musicales propias de finales de los ochenta y primeros noventa a las que simplifica y desnuda, adaptándolas a un estilo cada vez más personal y a un entorno sonoro en el que su voz impone las reglas. Conjuga así temas cortantes como «Si Te Matas» con canciones tan emocionalmente sinceras como «Soy un Niño», añadiendo a la mezcla algunas juegos sonoros («Caballitos de Anís») y literarios («A Nadie», con un más que eficaz recurso narrativo en el que Dios habla en primera persona). El resultado: abrupto, desasosegante, cercano.

Cuando entro en la sala donde va a tener lugar la entrevista, le pillo con el responsable de prensa de la discográfica recordando una vieja canción de los Televisión Personalities, «Part Time Punks», mientras sostiene un taco de CDs promo en la mano. Lo que, claro, enseguida da pie a la conversación.

¿Sigues la producción musical contemporánea? ¿Prestas atención a los nuevos grupos?

No hay nada últimamente que me arrebate. Eso sí, se practican mucho las formas. Por ejemplo, hay un montón de grupos reactualizando la no wave, y sí, han estudiado bien sus formas, saben los errores que hay que cometer en cada momento, pero luego está la esencia. Y que sepan hacer una buena canción. Eso es lo difícil…

Has residido en lugares muy diferentes, Madrid, Almería, ahora Bilbao. ¿Ha influido eso en tu obra?

Te influyen las circunstancias vitales y personales pero no la ciudad. Yo no soy un músico de esos que, como David Byrne, van absorbiendo influencias de aquí y allá. No soy un músico del mundo. Lamentablemente a lo mejor, pero no me sale. Para mí, la música viene de otro sitio más divino, y algunos somos meros transmisores de eso. De hecho, los que componemos canciones no tenemos ningún mérito, sólo somos una especie de filtro entre algo que está más allá y la realidad de las cosas.

En tu caso, la realidad de las cosas está vinculada con la sinceridad emocional, con la fuerza de los sentimientos íntimos.

Sí, en mi caso esa autenticidad viene más de lo personal que de las cosas que me rodean, más de lo interior que de lo político o de lo social.

No puedo evitar relacionar viejas letras de blues, como aquella que rezaba «Everyday I Have the Blues», con algunas de las tuyas, caso de «Por Qué Estoy Tan Triste».

Es una canción que surgió de manera natural en un momento en que todo en mi vida estaba bien, en el que tenía todo lo que podía ansiar y, sin embargo, era incapaz de disfrutar ese periodo. Alguien me dijo que eso refleja de alguna manera la sociedad occidental, que lo tenemos todo, que las necesidades materiales están cubiertas, aunque vaya a haber problemas a partir de ahora y cada vez más, y que, a pesar de ello, estamos deprimidos. En todo caso, me refiero a un sentimiento puro de tristeza que acaba teniendo tanto poder como el amor o el odio. Es muy poderoso: te puede arrebatar la felicidad sin que sepas cómo, de un modo simplemente biológico.

En A Nadie hay un tema, «Soy un Niño», que define muy bien el disco, ese choque entre el deseo de vivir y el miedo de hacerlo, entre la vitalidad y la depresión, entre la felicidad y el desamparo.

La contradicción perpetua… Cada uno es cómo es: yo vivo en la contradicción perpetua y no sería honesto si no hablara de ello constantemente. Ahora mismo te puedo decir que soy alguien que no tiene miedo, que no se arrepiente de nada y esas cosas de tanto tonelaje que se suelen decir en las entrevistas. Pero llega un momento en que todo eso se derrumba, que esa seguridad se va al carajo, y te sientes como una mierda insignificante. Tienes un miedo atroz, a vivir, a morir, a todo. En otras ocasiones, cuando estás seguro y fuerte y el amor está contigo, cualquier cosa que se te ponga por delante parece una estupidez.

En este disco utilizas un lenguaje más simple y tus letras son mucho más directas. ¿Piensas seguir por ese camino?

Sí es verdad que con estas letras me he quitado mucho prejuicio de encima y mucha actitud poética. He intentado decir las cosas muy claramente, encajándolas bien en la música. Me iban surgiendo así las canciones y he ido dejándolas lo más esqueléticas y desnudas posibles.

Sigues jugando, como has hecho a menudo en tu carrera, con una cierta épica del vertedero, intentando encontrar belleza en cosas donde a priori no las hay. Y tampoco olvidas elementos estéticos violentos.

Me sale así, me surgen imágenes de belleza y violencia juntas. Tengo un poema que habla de alguien que está contemplado una montaña a lo lejos y ve unas casitas preciosas y las admira y, al mismo tiempo, está calculando cómo destruirlas. Pues eso lo tenemos todos, esa parte violenta terrible… El asunto es utilizarla como algo poético en lugar de exteriorizarla físicamente. Usarla de manera artística.

También has depurado el estilo en lo musical. Está todo más medido, más controlado, sabes dónde quieres ir.

He intentado utilizar estructuras que no fuesen muy laberínticas y que tendieran hacia la sencillez, sin experimentar demasiado. En la mezcla del disco limpié muchísimo. La verdad es que ha quedado bastante puro y aún así me parece que hay mucho barroquismo. A ver si tiendo hacia algo más esquelético en las próximas grabaciones…

Te has rodeado de una nueva banda. Y es curioso porque eres alguien a quien no le gustaba trabajar demasiado con músicos profesionales porque necesitabas una pasión que, decías, sólo músicos más jóvenes e inexpertos podían darte.

Pues ahora he cambiado. He estado muchos años con ese concepto de banda, trabajando con personas jóvenes y con entusiasmo, que no tenían asumido ese rol profesional a veces tan distante. He estado así desde que empecé, formando una familia con toda la banda, incluso viviendo juntos todos, pero ahora el cuerpo me pide otra cosa. Y estoy muy contento con mi orquesta. Son instrumentistas rotundos y que además, tienen una biografía muy poderosa que merece ser contada.

En el rock ha sido frecuente que, cuando la banda se separaba, su líder emprendiese carrera en solitario aprovechando el crédito obtenido. Tú eres de los pocos casos que se han dado en España. Y era difícil hacerlo porque venías de una banda que no estuvo en las listas de éxito, como Mar Otra Vez.

Cuando Mar Otra Vez se separó decidí hacer mi primer disco en solitario porque tenía clarísimo que la democracia dentro de un grupo de rock and roll no me venía nada bien. Siempre he sido muy ansioso, y cuando te callas ideas para que otros puedan proponer las suyas y luego no aportan nada… Yo no podía esperar y decidí que tenía que grabar en solitario. Demonios Tus Ojos iba a ser mi primer disco, lo que pasa es que al final se convirtió en un grupo, aunque pactamos que sólo duraría un año. Luego empecé mi carrera en solitario y a partir de ahí…

¿Y no te han influido los problemas de la mediana edad? Porque cuando se tiene un gran éxito no hay problemas pero, en otro caso, te sientes un poco en el alero, sin saber muy bien dónde estarás al día siguiente. Y eso genera dudas que se dejan notar en la obra.

Sí, eso genera inquietud e inseguridad, hay momentos de vacío. Pero hace tiempo decidí ya que sólo podía hacer esto. En el año 86 decidí dejar un trabajo estable, era diseñador gráfico cuando aún no había ordenadores, para lanzarme al rock de cabeza. Me daba igual pasar hambre o morirme: era lo que tenía que hacer. Y fueron años muy difíciles. A Mar Otra Vez nos consideraban un grupo muy violento, tanto en lo sonoro como porque determinado público se extradimensionaba en nuestros conciertos. De manera que nos prohibieron tocar en los cuatro garitos madrileños que había, como el Agapo, el Templo del Gato, o el Yastá. Emigramos entonces a un pueblo de Valencia, Utiel, donde pasamos un invierno bastante crudo. Apenas teníamos para comer. Vivíamos de las actuaciones que dábamos en Valencia, donde nos contrataban con frecuencia, pero no nos daba para mucho. En fin, que dedicarse a esto fue un poco suicida y más cuando vienes de una familia, como es mi caso, que nunca me pudo respaldar económicamente. Así que ha habido épocas vacías y muy duras y aún no sé cómo lo he hecho, pero de siete años a esta parte vivo de los conciertos. Porque soy alguien al que le gusta muchísimo el escenario. Grabar un disco me parece un trámite difícil, todavía no he superado esa claustrofobia de entrar en la cabina y comenzar a cantar. Donde realmente disfruto es en el escenario con un micrófono en la mano. Y no sé hacer otra cosa bien. Porque ¿qué puedo hacer? La poesía da mucho menos dinero que el rock and roll y la novela tampoco da de comer. En definitiva, que tengo ya 45 años y sé que ya no tengo alternativa. Y eso me consuela, porque cuando crees que tienes una salida tiendes a abandonar aquello que realmente tienes que hacer. Yo, como sé que ya no la tengo, vuelco toda mi vida en lo que hago. Y doy todo lo que puedo. No soy un genio, pero en las canciones que grabo y que le doy la gente para que escuche, y lo digo sin ningún pudor, pongo todo mi corazón, todo lo que sé y todo lo que soy. Y a quien le guste pues bien, y a quién no pues lo siento mucho. Pero doy todo lo que puedo dar.

La invasión de los espías

JUAN GELMÁN
Página 12




Se está produciendo calladamente en las universidades estadounidenses y desde hace tiempo. Empezó en 1994 con el Programa Nacional de Educación en Seguridad (NSEP, por sus siglas en inglés) del Pentágono y consistía en el otorgamiento de becas para que determinados estudiantes dominaran el árabe, el hindi, el mandarín, el farsi y otras lenguas de zonas geoestratégicas para Washington. Su obligación al graduarse: trabajar en alguno de los dieciséis organismos de inteligencia de EE.UU. Diversas asociaciones de profesores y especialistas protestaron por “las dificultades y peligros” que esa conjunción entrañaba para la integridad de las actividades académicas (chronicle.com, 16-8-02).

El Programa Pat Roberts de becarios de inteligencia (Prisp, por sus siglas en inglés), aprobado a fines del 2003, amplió los campos de conocimiento para los futuros espías. Se inició como un proyecto piloto, pero el director de Inteligencia Nacional, Dennis C. Blair, anunció hace unos días que en adelante será un rubro permanente del presupuesto y abarcará además disciplinas científicas y otras de humanidades. Los becarios del Prisp se instalan en campus, aulas y laboratorios de diferentes universidades sin revelar su adscripción. Reciben 25.000 dólares anuales o más, participan en campamentos de verano de entrenamiento, estudian lo que a la CIA o a la Agencia de Seguridad Nacional le interesa a fin de superar “imperfecciones de la comunidad de inteligencia”, por ejemplo, “idiomas, trazado de mapas geoespaciales o análisis de imágenes obtenidas por satélite y evaluación de los usos tecnológicos de los países” (www.aaanet.org, 24-6-2006). Una vez recibidos, deben trabajar en el organismo de espionaje del caso una vez y media más que el tiempo dedicado a los estudios.
La idea originaria nació en la cabeza del antropólogo Felix Moos, un acérrimo defensor de la relación de los científicos con el Pentágono y con los servicios de inteligencia, así como del empleo de la antropología en la guerra “antiterrorista”. Durante años ha dictado cursos sobre “Violencia y terrorismo” en la Universidad de Kansas y luego de los atentados del 11/9 recurrió a la CIA para que el Senado financiara su propuesta de amalgamar antropología, academia, análisis de inteligencia y capacitación de espías. El resultado es el Prisp, los becarios estudian química, psicología o biología, además de dos idiomas por lo menos, y su empeño presente y futuro no es conocido por profesores, administradores y compañeros de aula. Así cumplen su primera misión encubierta.

Los torturadores de Abu Ghraib utilizaron técnicas de humillación propias de una cultura cuando desnudaban a los prisioneros, les hacían vestir prendas femeninas, los fotografiaban en posturas inicuas y los azuzaban con perros para obtener confesiones. Algún mando de la CIA habrá leído el libro del antropólogo Raphael Patai titulado The Arab Mind (Springer, Nueva York, 2002) en el que se subraya el aborrecimiento que los árabes sienten en general por los perros y por la degradación sexual. Esto plantea problemas éticos a los profesores y especialistas civiles, similares de algún modo a los que han experimentado algunos científicos que fabricaron la bomba atómica.

El antropólogo David Prince, del St. Martin’s College de Olympia, Washington, señala que en estos momentos de crisis económica y de severas reducciones del presupuesto educacional, es grande la tentación de aceptar las becas del Prisp, pero estima que éste no cumplirá el objetivo de renovar las ideas de la CIA y demás organismos de espionaje: la influencia de la cultura imperante en esos ámbitos –dice– amortiguará el impacto de la cultura académica en los jóvenes que inician sus carreras (www.counterpunch, 23-6-09).

Quienes antes aprendían el árabe, el vasco o el urdu admiraban la cultura y los idiomas que estudiaban. Los becarios del Prisp están más sujetos a la ideología que les imponen que a su formación en el medio relativamente abierto de la universidad.

Barack Obama practica continuidades y rupturas con las políticas de W. Bush en el orden interno, pero está claro que no se aleja de la concepción militarista de su antecesor. Insiste en la guerra de Afganistán y la ha extendido a Pakistán. El martes 23, aviones estadounidenses no tripulados causaron la muerte de unos 60 civiles paquistaníes que rezaban por los 13 que habían muerto en un ataque previo (www.thenews.com.pk, 25-6-09). El hecho de que el Prisp ya no sea un proyecto piloto sino una actividad permanente confirma los planes del Pentágono y la Casa Blanca de preparar a sus efectivos para largas campañas de contrainsurgencia de baja intensidad en suelo afgano. Pero no basta con desear, además hay que tener buenos riñones, decía Diderot.