"Electric dirt", Levon Helm (2009)


KEPA ARBIZU
Lumpen




The Band no pertenece a esa exclusiva lista de grupos que son reconocidos, e incluso a veces escuchados, hasta por el menos avezado en esto de la música. Me refiero a nombres como Rolling Stones, Beatles o Ramones. Motivos más que suficientes existen para que esto no fuera así. Al margen de su calidad innegable y que alguno de sus discos, “Music from Big Pink” o “The band”, deben ser considerados como obras maestras, hay otros hechos, a lo mejor más anecdóticos pero más llamativos, que deberían haber ayudado a lanzarles a la fama. Por ejemplo su colaboración con Bob Dylan (fueron su grupo durante algún tiempo) o haber sido el eje central de uno de los mejores documentales musicales que se hayan filmado jamás, “The last waltz”, grabación por parte de Scorsese de su concierto despedida.

Levon Helm fue el creador, además de cantante y batería, de dicho grupo. Su biografía ha estado ligada a un sinfín de situaciones, altibajos en el grupo, desbandadas, reagrupaciones, etc... Su carrera en solitario la inicia a finales de los setenta y es truncada por dos hechos: el primero la vuelta de The Band, en un regreso no demasiado exitoso dicho sea de paso, y el otro la dramática noticia de la aparición de un cáncer de garganta. Horrible hecho de por sí que incrementa su tragedia al ser un cantante el afectado.

Este suceso y sus evidentes consecuencias, duro tratamiento y voz perjudicada, no invitaba a suponer nada bueno respecto a su carrera. Pero muy al contrario, a mediados del 2000, regresa a los escenarios, forma su propia banda (Levon Helm Band), en la que se encuentra también su hija, y se decide a tocar de una manera peculiar. Monta algo parecido a un festival (Midnight ramblers) en su casa-granero-estudio donde el público puede disfrutar de él y de otros artistas invitados, hecho que queda inmortalizado en discos con el mismo nombre del evento.

En el 2007 da un pasito más y se decide a grabar. El resultado es “Dirty farm”, un estupendo disco que a base de versiones, algunas contemporáneas, hace un homenaje a la música americana en su facción más clásica, a base sobretodo de country y folk. Queda más que demostrado con este trabajo que está de vuelta y en muy buena forma.

Por la misma senda continúa en este año 2009. De nuevo vuelve a tirar de versiones, aunque hay alguna composición propia, y con su nuevo tono de voz, más rasgado y profundo pero manteniendo el poso de serenidad que tuviera en su juventud, sigue en su misión de descubrir y analizar todos los caminos del rock americano, en esta ocasión con una mirada a los sonidos más negros (blues, soul, gospel...)

“Electric dirt” comienza con una sorprendente versión de los Grateful dead, “Tennessee Jed”, aquí el rock psicedélico de los de San Francisco se torna en un ritmo puro de Nueva Orleans. Con parecidas características interpreta los temas de Muddy Waters, “Stuff you gotta watch” (ya versioneada en su época por The Band) y “You can’t lose what you ain’t never had”, en las que sustituye los clásicos instrumentos de blues, guitarra eléctrica y harmónica, por mandolinas y acordeones. Sorprendentemente el resultado mantiene la tensión de esos fabulosos temas. Más ajustada a su estilo original es la versión de Staple Singers, “Move along train”.

Uno de los mejores momentos llega con la recreación del tema compuesto por Randy Newman, “Kingfish”, que si ya de por sí tiene un nivel alto, esta versión, pasada por el tamiz del estilo de Allen Toussiant o el Dr John, es excepcional.

La magnífica canción popularizada por Nina Simone, “I Wish I Knew How It Would Feel to Be Free”, ahora en manos de Levon Helm, incrementada algo el ritmo, sigue manteniendo todo su esplendor. “Heaven’s pearls” y “Growin’trade”son dos temas country cruzados con el soul más espiritual. La primera pertenece al grupo Ollabelle, del que forma parte su hija, y el segundo es de creación propia. Ambos tienen tanta calidad que no desentonarían en un disco de Bob Dylan.

Casi cumplidos los setenta años y tras pasar grandes vicisitudes a lo largo de su vida, Levon Helm continúa la labor que ya hiciera con The Band, tocar música de una manera sobresaliente, y tanto con su nuevo disco, “Electric dirt”, como con el anterior, “Dirt farmer”, sigue realizando un trabajo casi enciclopédico, analizar los variados caminos que posee el rock e interpretarlos de manera ejemplar.

El panfleto como obra de arte

El Macba exhibe la relación entre los creadores plásticos y el activismo político


J.M. MARTÍ FONT
El País




Un fascinante viaje por los cruces de caminos donde se dan la mano la expresión plástica y el activismo político es la propuesta desplegada por el Centro de Documentación del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. La exposición En los márgenes del arte. Creación y compromiso político, que se abre hoy al público, replantea la cuestión en el amplio territorio del material impreso y de la utilización política por parte de muchos artistas.

El comisario de la muestra, Guy Schraenen, ha reunido para esta ambiciosa exposición un total de 230 obras entre revistas, libros, octavillas, carteles y otras impresiones gráficas, en las que el arte está puesto al servicio del activismo político y que forman parte de las últimas adquisiciones del Centro de Documentación del Macba.

Schraenen tiene muy claro por qué se limita, básicamente, a este periodo, en el que los artistas no cobraban nada por este tipo de trabajos porque surgían de un compromiso social asumido de forma individual. "Luego", añade, "se puso de moda estar comprometido y a partir de 1980 todo el arte político se comercializa y son los marchantes y los galeristas quienes piden a sus artistas que contribuyan a determinadas causas filantrópicas, desde la lucha contra el sida a cualquier otra". "Se habla mucho de la industria de la cultura y muy poco del arte como medio artístico", sentencia.

La selección es tan ecléctica y variada como lo puede ser el mapa de los conflictos políticos y sociales de la segunda mitad del siglo pasado, con cicatrices inesquivables como la guerra de Vietnam, la represión de los regímenes militares latinoamericanos o la militancia política e intelectual europea hija del mayo del 68.

Sin embargo, a modo de anclaje con la larga tradición del panfleto político, de la octavilla revolucionaria, del manifiesto militante, la exposición incluye dos sorprendentes textos firmados por artistas como André Breton o Diego Rivera: Pour un art révolutionaire independent, de 1938, en el que junto a los dos mencionados figura el propio Leon Trotsky, y La movilisation contre la guerre n'est pas la paix, de 1933, en el que a Breton se le une Paul Eluard, René Crevel, Tanguy y hasta 10 artistas del periodo de entreguerras.

Pero la guinda de la muestra, no tan sólo en términos puramente visuales sino también en cuanto a su rareza, es una serie de carteles de los Black Panthers, el partido político más radical y emblemático del movimiento por los derechos civiles de los negros norteamericanos que liderara Malcom X. Las impactantes imágenes se combinan con consignas que proponen la acción directa contra la brutalidad policiaca.

Las piezas latinoamericanas, por contra, respiran una cierta ingenuidad, que Schraenen atribuye no sólo a la escasez de recursos, sino también a la estrategia de los artistas para saltarse la censura, que les llevó, en muchos casos, a la poesía visual y los juegos de palabras con doble sentido, como el mensaje "¡Basta de corturas!", de Clemente Padín, o dos revistas-caja de Edgardo Antonio Vigo: Biopsia 2, en la que denuncia la corrupción mediante el lema "Arroje aquí todo lo que corrompe", escrito sobre una bolsa de basura. Más inquietante aún es la obra Biopsia 4, que contiene un homenaje plástico a los desaparecidos durante la dictadura militar argentina. Además de piezas de artistas consagrados como Adrian Piper, Joseph Beuys, Vito Acconci, Rabascall, Pedro G. Romero, Alfredo Jaar, Diego Rivera, René Crevel, Félix González Torres, Antoni Miralda, Antoni Muntadas o Françesc Torres, entre otros, se pueden encontrar también incunables como un ejemplar de la revista Konkret de 1961, cuando todavía su redactora jefa se llamaba Ulrike Meinhof, que solo dejó su puesto para formar, en 1969 la Fracción del Ejército Rojo junto a su pareja Andreas Baader.

De los años de plomo que desencadena la banda Baader-Meinhoff y la represión que se cierne contra la izquierda alternativa alemana es la reinterpretación de KP Brehmer de la bandera alemana propuesta en el cartel Korrektur der Nationalfarben (1973).

Más sutiles y con altas dosis de ironía son las extraordinarias revistas de la Internacional Situacionista (1957-1969) que recogían la producción teórica de los miembros de este movimiento, cuya influencia en las artes y el pensamiento todavía se hace notar. En la misma línea se encuentra Ten Days that Shook the University, publicada en Estrasburgo poco antes de mayo de 1968.

Algunas piezas más recientes como las de Alfredo Jaar, de 1992, en las que el artista manipula la iconografía de los mapas o modifica sutilmente documentos oficiales, por ejemplo pasaportes, encajan perfectamente en el sentido de la muestra; al igual que los dólares agujereados por balazos de Bang, bang, bang: 3 billetes, los cruceiros brasileños manipulados por Cildo Meireles.

La muestra, de acceso gratuito, se podrá visitar hasta el 27 de septiembre y permitirá, asimismo, descubrir el importante trabajo que ha realizado desde que empezara a funcionar a finales de 2007 el Centro de Estudios y Documentación del Macba.

Décadas de lucha uigur por la estatalidad y contra la asimilación

El baño de sangre en Urumqi ha situado a los uigures en el centro de la atención informativa y de la comunidad internacional, pero la población uigur lleva décadas defendiendo su derecho a constituir su Estado propio, Turkestán Este, una realidad que Beijing quiere ocultar

TXENTE REKONDO
Gara




Turkestán Este es la patria de los uigures y ocupa una extensión tres veces mayor que el Estado francés. Actualmente, en la zona ocupada por China, bautizada como Xinjiang (nueva tierra o nuevos territorios, en chino), habitan cerca de veinte millones de personas, la mitad de ellos uigures. Una cifra que contrastan con la del 95% que representaban a finales de los años 40.

Aunque China mantiene que siempre ha sido una zona controlada por Beijing, lo cierto es que desde la salida de la dinastía Tang, en el año 755, hasta su conquista, por parte de la dinastía Quina, en 1758, el poder chino en Turkestán Este era inexistente. La ocupación del siglo XVII dio lugar a la denominación de Xinjiang, cuya traducción del chino evidencia esa realidad.

Muchos analistas tienden a presentar el conflicto como la consecuencia directa de una especie de «choque de civilizaciones» (chinos frente a musulmanes), poniendo el acento en la religión. Sin embargo, más allá de estas lecturas simplistas, la clave del enfrentamiento habría que buscarla en factores políticos y económicos, donde la religión no sería más que uno de esos componentes.

Esta conflictiva situación en torno a Turkestán Este ha permanecido mucho tiempo alejada de las primeras planas, sin embargo, a partir de los años 80, una serie de acontecimientos y la influencia de la diáspora, han obligado a la comunidad internacional tenga a prestarle mayor atención.

Para el Gobierno de Beijing, las demandas del pueblo uigur son «un problema interno» y sus esfuerzos se encaminan a evitar cualquier participación internacional en su resolución, así como en identificar los enfrentamientos con el «terrorismo separatista» y el «radicalismo islamista».

No obstante, las importantes manifestaciones estudiantiles de los años 80, con una clara caracterización uigur, y a las que siguió una dura represión por parte el Gobierno de Beijing, fueron el pistoletazo de salida para la nueva situación que se ha ido engendrando desde entonces.

En los 90 se intensificó el conflicto, al darse tres acontecimientos que agravaron la situación. En 1990 se produjo un alzamiento armado importante en Baren, cerca de Kashgar; unos años más tarde, se sucedieron varios ataques con bomba contra diferentes objetivos, y entre 1996 y 1997, el movimiento uigur articuló una campaña de manifestaciones, ataques y protestas. La respuesta china en todos los casos ha sido incrementar la represión, con centenares de detenidos y muertos.

La asimilación, la chinificación y la campaña «desarrollar el este» son algunos de los pilares de la estrategia de Beijing, además de la represión. Lo que algunos han definido como el imperialismo económico y político de los han sobre el pueblo uigur sigue el guión clásico de cualquier proceso colonizador. Turkestán Este es un país rico, con un tercio de las reservas chinas de petróleo y dos tercios de las de carbón. Abundan los minerales y los metales preciosos: oro, uranio y cobre. Sin embargo, esa riqueza sólo ha generado beneficios al Gobierno chino a sus colaboradores. De ahí que no sea extraño que las mayores tasas de desempleo y pobreza recaigan sobre la población uigur.

Utilizando la falsa imagen de que los uigures son «demasiado pobres e ignorantes» para llevar a cabo cualquier desarrollo económico, China sigue impulsando su estrategia, forjando en ocasiones lazos de unión entre algunas élites locales y las élites colonialistas.

El traslado masivo de ciudadanos chinos para desequilibrar la balanza demográfica, la política de «hanhua» (algo así como «hacerlos chinos»), está logrando que la población local acabe siendo minoritaria en su propia tierra y apartada de todos los resortes políticos, económicos o sociales del poder.

Bajo la bandera de la supuesta «modernización», enmarcada dentro de la pomposa frase de «desarrollar el Este», se sigue una pormenorizada política de marginación hacia los uigures y una planificada explotación de sus recursos naturales y culturales (es el caso del plan para derribar el caso antiguo de Kasghar y cederlo a empresas chinas para su explotación turística).

Hoy, el pueblo uigur sigue dando muestras de su voluntad por conseguir la estatalidad. Y a lo largo de estos años las expresiones de protesta han adquirido diferentes formas. Desde actos planificados hasta manifestaciones e incidentes espontáneos. Pero sobre todo, se observa un claro rechazo de la población uigur a los intentos chinos de asimilación y dominación.

El mejor reflejo de ese rechazo popular a las políticas impuestas por Beijing es el elevado número de personas que toman parte en las manifestaciones, como se ha evidenciado en las más recientes. La explotación de recursos naturales; la inmigración han; el desempleo; las pruebas nucleares; el uso del agua en el desarrollo urbanístico que requiere la expansión colonialista, dejando en una difícil situación a la agricultura local; la discriminación; el aumento de las desigualdades; la persecución de actividades religiosas que para muchos uigures son parte de su vida cultural y social... son algunos de los motivos que provocan la respuesta uigur al colonialismo chino.

La diversidad organizativa del movimiento uigur es una de sus características, con algunos grupos que defienden el carácter nacional de su pueblo y demandan la consecución de un estado llamado Turkestán Este, junto a otros donde predominan las tendencias panislamistas, e incluso con esa «mayoría silenciosa» que en ocasiones, y sin una organización estructural tan importante, sale a la calle como hemos visto estos días.

En este sentido, la diáspora uigur, unida en torno al Congreso Mundial Uigur, creado en 2004 en Munich, cobra fuerza y superar los fracasos de sus predecesores (el Congreso Nacional de Turkestán Este, creado en Turquía en 1992, y el Gobierno en el Exilio de Turkestán Este, surgido en Washington en 2004).

Las comunidades en la diáspora mantienen sus asociaciones, preservando la identidad colectiva de su pueblo, su cultura y su lengua, y promueven las aspiraciones nacionales comunes, un Turkestán Este independiente. El papel desempeñado por la diáspora estos años han permitido que la situación de Turkestán Este y la lucha de los uigures llegue a más lugares y que la resistencia al colonialismo se conozca mejor.

Justificar a ambos lados