El niño criminal, de Jean Genet


ANDRÉS BARBA
Letras libres




Resulta de agradecer que alguien se haya tomado la molestia de realizar una edición crítica (y de hacerla con tanta calidad) del que tal vez sea uno de los textos más furibundos, sobresalientes y misteriosamente desconocidos de Genet. El niño criminal, escrito por encargo de Fernand Pouey para el famoso programa radiofónico Carte Blanche (Carta Blanca) tuvo el dudoso honor (junto a ese otro gran clásico de la subversión Para acabar de una vez por todas con el juicio de Dios de Antonin Artaud) de ser censurado por el director general de la Radiodifusión Wladimir Porché por su alto contenido antisocial. Si el texto de Artaud fue censurado por su defensa del exterminio del signo de la cruz, el de Genet lo fue por su virulento ataque contra la reforma de los sistemas carcelarios para jóvenes delincuentes.

Lo que pide Genet en esos minutos de micrófono abierto que nunca llegaron a emitirse es nada menos que la readopción de los sistemas punitivos más crueles, incluso del castigo físico. Hay algo que no debe negarse al niño criminal, a juicio de Genet, y eso es el castigo. La estructura dialéctica que lleva al niño al delito, la que le ha empujado a despreciar la bondad conlleva también un virulento desprecio de la indulgencia con la que las reformas de los sistemas carcelarios trataban por aquel entonces de “reinsertarle”. “Los sistemas carcelarios son absolutamente la proyección en el plano físico del deseo de severidad escondido en el corazón de los jóvenes criminales” y así deben mantenerse. Genet está hablando en realidad de su propia vida, también él es (o fue y seguirá siendo hasta el fin de sus días) un niño criminal. Prostituto, ladrón, antisocial, antiburgués, escribe sin embargo este texto en un momento de enorme confusión personal; ha sido liberado de prisión por la intervención de Cocteau y de Sartre, y este último acaba de dedicarle un voluminoso estudio (San Genet, comediante y mártir, casi más una fantasía sartreana que una biografía psíquica). “Entre usted y Sartre –escribe a Cocteau– me han convertido en estatua”. En cierto modo se siente como si aquellos mismos a los que odia, le hubiesen desarraigado del mundo subterráneo que le era propio, la voz que él mismo pensaba que iba a ofender y zaherir, ha sido aplaudida y celebrada, a los cuarenta años está tan muerto como un clásico, y hasta el más fino aristócrata parisino se congratula de que Genet le haya robado un cenicero de plata o una pitillera en una fiesta. Lo que para él estaba apoyado en la violencia de la vida, al ser filtrado por su celebridad literaria se ha convertido en un discurso vacuo y frívolo, quiere reaccionar y reacciona: reclama para los niños lo que en cierta medida se le ha negado a él en los últimos años; el castigo.

El niño criminal es alternativamente una carta de amor a esos niños y una declaración de odio a quienes quieres reinsertarles: “Les hablo a ellos. Les pido que no se ruboricen nunca por lo que hicieron, que conserven intacta la rebelión que los ha hecho tan bellos. No hay remedio, espero, contra el heroísmo. Pero tened cuidado, si de entre la gente de bien que me escucha algunos aún no hubiesen girado el botón de su transistor, que sepan que tendrán que asumir hasta el final la vergüenza, la infamia de ser almas bellas. Que juren ser cabrones hasta el final. Serán crueles para agudizar aún más la crueldad con la que resplandecerán los niños”. Genet arremete con toda la violencia de la que es capaz, y en un texto que en realidad es profundamente romántico, contra la blanda apatía de una clase acomodada que no tiene ni el valor de la virtud ni el valor del mal, contra esa sociedad endeble y satisfecha, impotente y “benefactora” que en realidad siente un profundo temor por la autenticidad de los gestos, y por la radicalidad de las actitudes, por una literatura que se entretiene en embellecer y hacer amable lo que, en realidad, les horroriza en la vida, y lo hace atacando con las armas de la autenticidad y la soledad, porque quien se atreve a la radicalidad de un gesto auténtico –Genet lo sabe– ha de quedarse luego en la soledad de ese gesto que le desvincula de los otros para vincularle sólo a sí mismo. Ahora, como promulgaba el existencialismo, se ha de ser lo que el delito ha hecho de nosotros, crear un lenguaje nuevo para convertirse en ese nuevo ser con eficacia, con rotundidad, sin paliativos. Y realmente sólo hay una cosa que el niño criminal no desea (lo primero que la sociedad “benefactora” se apresura a ofrecer, curiosamente); el perdón.

Para el fingimiento burgués –en el que de alguna manera el propio Genet se ha visto atrapado en los años previos a la redacción de este texto– es para lo que se guarda las palabras más duras y audaces. “Admiráis la aventura que no os atrevéis a vivir, pero ninguno imagináis que hay verdaderos héroes en la vida real que roban billetes verdaderos a padres verdaderos. Si hay niños que tienen la audacia de deciros que no, castigadlos. Aplicaréis entonces todas las leyes del código. El niño criminal ya no cree en vuestra dignidad, porque se ha dado cuenta de que estaba hecha de cordón desteñido. Estáis convencidos de que salvaréis a esos niños. Afortunadamente a la belleza de los gamberros adultos que ellos admiran, a los orgullosos asesinos, no podréis oponer más que vigilantes ridículos, embutidos en un uniforme mal cortado y mal llevado”. Un clásico de la subversión, imprescindible, sin pose, tan auténtico como un crimen real, del mejor Genet.

«Paranoid Park» Kurt Wallander y la novela negra

Llega con retraso el penúltimo largometraje de Gus Van Sant, realizado antes que el oscarizado «Mi nombre es Harvey Milk», por pertenecer a su lado independiente y experimental. Es una cinta que sigue la estela de su obra maestra «Elephant», con una nueva mirada sobre los conflictos existenciales juveniles, la violencia y la homosexualidad latente


MIKEL INTXAUSTI
Gara




Según va pasando el tiempo la carrera de Gus Van Sant se va centrando temáticamente en la homosexualidad y la adolescencia, aunque no llegue a estar tan claro como en el caso de Larry Clark y otros cineastas todavía más volcados en la dinámica generacional de las relaciones entre chicos. Este mismo mes cumplirá 57 años, sin que haya decrecido su interés por los jóvenes, que ya estaba presente en sus inicios cinematográficos a mediados de los 80. Recientemente se ha editado en DVD su ópera prima «Mala noche», que coincide bastante con lo que sigue haciendo hoy en día, salvo porque su estilo se ha vuelto mucho más complejo y experimental.

También han cambiado sus métodos para conseguir información, al tener que moverse en los foros de internet para saber cómo piensa esa juventud a la que desea retratar. A través del muy visitado sitio MySpace, dio con el protagonista de «Paranoid Park», un debutante ante las cámara que le atrajo simplemente por su rostro renacentista. Gus Van Sant va ganando en riesgo y afán realista, ya que antes solía trabajar con actores que despuntaban, y así tuvo a Matt Dillon en «Drugstore Cowboy», a River Phoenix en «Mi Idaho privado», a Matt Damon en «El indomable Will Hunting» o a Casey Affleck en «Gerry». Todo esto cambió a raíz de «Elephant», donde el anonimato se convirtió en marca de autor, de acuerdo con la investigación del lenguaje acometida en dicho título rupturista. La idea consiste en que los actores no profesionales reaccionan de forma más espontánea ante una situación dada, mientras que los que poseen una técnica interpretativa utilizan la máscara que surge de su formación dramática.

Intérpretes

Todo esto que estamos diciendo es rigurosamente cierto, pero también lo es que Sean Penn ha ganado un Óscar bajo las órdenes de Gus Van Sant en «Mi nombre es Harvey Milk», empleando un método de suplantación que contradice lo que el cineasta busca en sus realizaciones independientes. Se supone que cuando trabaja dentro de la industria de Hollywood cambian los medios, y que ya es un logro colarle al sistema un discurso a favor de la homosexualidad, basado en la figura de un pionero de las reivindicaciones políticas y sociales de la comunidad gay, la primera figura pública relevante del movimiento por su normalización.

Aunque un actor hetero encarne a todo un icono gay, en el fondo permanecen las constantes temáticas de su obra antes referidas porque, al igual que la estrella de esta oscarizada película juega un papel referencial, en la también premiada con dos estatuillas doradas «El indomable Will Hunting» Gus Van Sant hablaba sobre los conflictos juveniles en la etapa estudiantil, partiendo de un elemento que destacaba por su condición de alumno superdotado, expuesto al debate interno de la búsqueda de la normalidad para poderse relacionar con la gente de su edad. Y ya se veía venir que Matt Damon estaba llamado a convertirse en el más famoso de los actores de su promoción, por más que se empeñara en mostrar al mundo su imagen de chico corriente.

La crítica había señalado que la presente década estaba marcada para Gus Van Sant por su trilogía sobre la muerte con las películas «Gerry», «Elephant» y «Last Days». Con el estreno de «Paranoid Park» surgen ahora las dudas, porque ya se empieza a hablar de una tetralogía, que extiende la mirada hacia el pulso generacional entre la vida extrema y la violencia mortal. No cabe duda de que el cuarto título está directamente relacionado con los otros tres, y en lo estilístico sobre todo con «Elephant». Parece ser que el visionado de la película de 1994 «Sátántangó» fue impactante para el cineasta norteamericano, que descubrió en la narrativa fracturada del húngaro Béla Tarr un camino a seguir. Es desde entonces que se siente atraído por la deconstrucción de los argumentos convencionales mediante una estructura no lineal y capaz de dinamitar el orden cronológico del relato de los hechos. De esta forma, las partes pasan a ser más importantes que el todo, y cada secuencia adquiere por separado una significación propia. El poder visual de las imágenes y la perspectiva empleada para captarlas gana sobre la el concepto de continuidad, ya que no se busca la fluidez o desarrollo argumental por medio del montaje, sino una exposición de momentos importantes que son como cuadros dignos de ser contemplados por si mismos, con lo que el cine vuelve a su esencia fotográfico-pictórica.

Sobre ruedas

Gus Van Sant encuentra en las imágenes del skateboard una plasticidad diferente a la que persiguen los documentales sobre deportes de riesgo, ya que las filigranas que los chicos ejecutan sobre sus tablas reflejan la búsqueda de un equilibrio imposible que llega a desafiar las leyes de la gravedad. Los mismos skaters que participan en la película portaron pequeñas cámaras de Súper 8 con las que filmaron sus temerarios movimientos sobre el asfalto de manera subjetiva, material que luego fue supervisado por el director de fotografía Rain Kathy Li. Hoy en día el uso del monopatín está masificado y ha perdido las connotaciones de rebeldía generacional que podía tener en los 80, más aun considerando el empleo que se ha hecho de este vehículo de tracción humana en las comedias juveniles comerciales, o en los thrillers de acción con persecuciones a tiro limpio.

La labor del director de «Paranoid Park», ha consistido en sacar al monopatín de ese contexto contaminado, para devolverlo a su origen en ambientes alternativos y de ahí que escogiera para rodar el lugar descrito en el título, que es el parque donde se reúnen los skaters de Portland para la práctica ilegal de su entretenimiento favorito. Todo ello ha contribuido además a reducir los costes de producción, puesto que Gus Van Sant no se ha tenido que mover de su ciudad, invirtiendo en la película una cantidad inferior a los dos millones de dólares.

La historia de Álex, al que da vida el debutante Gabe Nevins, es la de un adolescente que se ve afectado por el divorcio de sus padres y que percibe el interés sexual que siente su novia por él casi como un acoso. Toda esa presión la libera en la pista de patinaje, donde se abre a otras relaciones con chicos de su mismo sexo, especialmente cuando conoce a uno mayor al que sigue instintivamente. Se deja llevar tanto que sube con él a un tren en marcha, osadía que les cuesta un incidente con el guarda de seguridad, que acaba de manera trágica provocando la muerte accidental del empleado ferroviario. A partir del faltal acontecimiento Álex vive su propio «Crimen y castigo» a lo Dostoievski, y la película se esfuerza en penetrar en su torturada sicología desde la confusión de sus actos externos. No hay un recreación del drama ortodoxa, sino que es la propia deriva de los personajes la que arrastra la película sin rumbo fijo y en ninguna dirección concreta.

Una guerra colonial de conquista en Afganistán

JAMES COGAN
WSWS (Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos)




La mayor operación militar desde que la administración Obama llegó al poder se encuentra actualmente en marcha en la provincia de Helmand al sur de Afganistán. Unos 4.000 marines junto con cientos de soldados británicos están tratando de imponer el control sobre una una población de etnia pastún que se ha opuesto a la ocupación dirigida por Estados Unidos desde que la invasión de 2001 derrocó al régimen talibán e instaló un régimen títere.

Al mismo tiempo, debido principalmente a la coacción financiera y política de Washington, el gobierno pakistaní ha lanzado a su ejército a una brutal ofensiva contra el pueblo pastún al noroeste de Pakistán. Su crimen es que comparten una historia, un lenguaje y una cultura comunes con los pastunes de Afganistán y proporciona apoyo a la insurgencia talibán a través de la poco definida frontera entre ambos países.

El coste humano ya ha sido descomunal. En un salvaje acto de castigo colectivo el ejército pakistaní ha obligado al menos a dos millones y medio de personas a salir de sus casa en organizaciones tribales como Bajaur y Mohmand, y del distrito del valle Swat en la provincia de la frontera noroeste. Estados Unidos está completando el ataque con ataques aéreos casi diarios contra las casas de supuestos dirigentes insurgentes paquistaníes, particularmente en las tribus de Waziristan del norte y del sur. Sólo esta semana los misiles estadounidenses han masacrado al menos a 80 hombres, mujeres y niños.

Tras casi ocho años de combates en Asia Central, Obama ha intensificado el conflicto hasta un nivel nuevo y sangriento, la “guerra AfPak [Afganistán-Pakistán]” que se está emprendiendo a ambos lados de la frontera. No hay indicios de que vaya a acabar. David Kilcullen, ex-consejero del general David Petraeus, el general que contribuyó a planear la oleada de tropas tanto a Iraq como a Afganistán, contó esta semana al diario británico The Independent lo que se está discutiendo abiertamente en la Casa Blanca y Downing Street: “Estamos pensando en al menos 10 años de guerra en Afganistán y éste es el mejor escenario posible y al menos la mitad de lo que será un combate bastante mayor. Éste es el compromiso que se necesita y esto es lo que se le debería decir al pueblo estadounidense y británico, y se le debería decir que esto implicará un coste”.

La verdad es que los gobiernos de Estados Unidos, Gran Bretaña y de otros países que participan en la guerra se lo están diciendo a sus pueblos lo menos posible. Están siendo ayudados por unos medios de comunicación corruptos se permiten a sí mismos ser censores y sólo ofrecen las noticias más asépticas.

Periodistas británicos que habían estado “empotrados” con las fuerzas de la OTAN en Afganistán dijeron a The Guardian el mes pasado que la cobertura de la guerra era “lamentable”, “indignante” e “indefendible”. Thomas Harding del Telegraph admitió: “Se nos ha estado diciendo constantemente que todo vas estupendamente y está bien, y se nos ha mentido a nosotros y al público” (véase: “A lack of cover”, http://www.guardian.co.uk/media/2009/jun/15/afghanistan-embedded-journalists-mod).

Típico de las mentiras oficiales era la declaración que citaba USA Today del comandante estadounidense en Afganistán, el general Stanley McChrystal, de que las tropas estadounidenses estaban en Helmand para “crear una nueva atmósfera en la que la gente rechazara a los talibán y su cultura de miedo e intimidación”.

Como reconoció la semana pasada el New York Times, a decir verdad los talibán están ganando apoyo debido al odio que existe hacia los ocupantes estadounidenses y de la OTAN, y hacia su gobierno títere en Kabul. En 3 de julio la corresponsal Carlotta Gall señaló que “el humor del pueblo afgano se ha inclinado hacia una revuelta popular en algunas partes del sur de Afganistán” y que la gente “había tomado las armas contra las tropas extranjeras para proteger sus casas o en un momento de ira por la perdida de familiares en ataques aéreos”.

Para acabar con la resistencia el cuerpo de marines está imponiendo un régimen de “miedo e intimidación” a los 250.000 habitantes del valle del río Helmand. Las tácticas dirigidas por el general McChrystal están inspiradas en métodos de contra-insurgencia que aplicó en zonas rebeldes de Iraq. Las principales ciudades ya han sido puestas bajo control militar. El movimiento de la población hacia los mercados, tiendas y hospitales se controlará y seguirá por medio de toques de queda, checkpoints y constantes registros e interrogatorios en la calle. Se presionará a los dirigentes locales para que identifiquen a los insurgentes, que entonces serán asesinados o capturados por los escuadrones de la muerte de las fuerzas especiales, a los que los medios de comunicación llaman diligentemente “patrullas de combate de reconocimiento”.

Resulta sorprendente que en el momento en que la administración Obama ha intensificado la guerra, prácticamente haya abandonado el pretexto original que se utilizó para justificarla.

¿Qué ha pasado con Osama ben Laden? Apenas se le menciona, si es que se hace, y al Qaeda cada vez está más relegada al fondo en la propaganda oficial y en los relatos de los medios.

Esta no es una cuestión baladí. La aparente base legal por la cual las tropas estadounidenses están en Afganistán es la “Autorización para el uso de la fuerzas militar”, la resolución conjunta aprobada por el Congreso estadounidense el 18 de septiembre de 2001, una semana después del 11 de septiembre. La resolución autorizaba la fuerza militar con el propósito de capturar o destruir a los dirigentes de al Qaeda, empezando por ben Laden, para prevenir futuros ataques terroristas.

Casi nueve años después, apenas se finge que las tropas estadounidenses están en Afganistán para cazar a al Qaeda. En vez de ello, se ha declarado que la guerra es contra los “talibán”, una etiqueta que se aplica indiscriminadamente a cualquier afgano que se resista a la ocupación dirigida por Estados Unidos. Sin embargo, en ningún momento se había acusado a los talibán de haber estado implicados en el 11 de septiembre. La justificación de la administración Bush para atacar al gobierno islamista de Kabul era que habían rechazado un ultimatum para entregar a Estados Unidos a los dirigentes de al Qaeda.

El abandono del pretexto original para la invasión plantea la cuestión de con qué supuesta justificación legal el gobierno estadounidense y sus aliados han continuado e intensificado la guerra. La verdad es que no tienen ninguna. Nada sino la realidad de una guerra imperialista de saqueo y dominación.

La ocupación de Afganistán dirigida por Estados Unidos y la terrible violencia que envuelve a Pakistán es la culminación de 30 años de intrigas imperialista estadounidenses en Asia Central para establecer un dominio estratégico y económico en la región rica en recursos.

Desde 1979 los gobiernos estadounidenses financiaron y proporcionaron suministros a una insurgencia islamista para derrocar a un gobierno afgano respaldado por la Unión Soviética. En los noventa la Casa Blanca de Clinton animó a su aliado paquistaní a ayudar a instalar a los talibán en Kabul en la creencia de que sería beneficioso para las aspiraciones de las compañías estadounidenses ganar el control de los principales proyectos petrolíferos y de gas en Kazajastán u otros Estados de Asia Central y construir oleoductos a través de Afganistán. Cuando la guerra civil y la inestabilidad impidieron realizar estos planes, se explotó la presencia de al Qaeda, al menos hacia 2000, para empezar a preparar una conquista directa del país por parte de Estados Unidos.

Los ataques del 11 de septiembre proporcionaron el pretexto para poner en marcha el plan. Al igual que un acceso potencial a los recursos en los países vecinos, la ocupación de Afganistán proporciona a Estados Unidos y sus aliados de la OTAN una base estratégica para proyectar fuerza contra rivales que pretenden una influencia regional como Rusia, China, India e Irán.

La guerra AfPak no es una guerra contra el terrorismo o por la democracia o para ayudar al pueblo afgano que sufre desde hace mucho tiempo. Es una guerra colonial e indefinida cuyo objetivo principal es convertir a Afganistán en un Estado cliente de Estados Unidos y asegurar que Pakistán sigue están firmemente anclado bajo la influencia geopolítica de Washington.

La clase trabajadora debe exigir la retirada inmediata e incondicional de todas las tropas estadounidenses y extrajeras, el final de las operaciones militares imperialistas en Asia Central y el derecho de los pueblos afgano y paquistaní a determinar su propio futuro.