Bilbao BBK Live Festival (7, 8 y 9 de julio de 2009)




AIDA M. PEREDA
Lumpen



La cuarta edición del Bilbao BBK Live Festival, con un cartel sin grandes alardes, parecía sostenerse con pinzas. Prácticamente todo el peso recaía en Depeche Mode, si bien había que tener en cuenta que su actuación se encuadraba en jueves y que además, el día anterior, ofrecían un concierto en Valladolid. Por todo ello, la asistencia a Kobetamendi fue menor que en convocatorias pasadas, aunque se dosificó de forma más o menos equitativa entre las tres jornadas alcanzando aproximadamente los 18.000 asistentes, excepto el viernes, con 2.000 entradas menos.


Depeche Mode

Sin lugar a dudas, el festival adquirió todo su esplendor con la hipnótica puesta en escena del ‘Tour the universe’ diseñada por el fotógrafo y cineasta Anton Corbjin para Depeche Mode. David Gahan fascinaba por su calculada elegancia y por su voz serena y penetrante. Martin Gore, a la guitarra, eclipsaba por momentos a Gahan, con un atuendo de brillo y lentejuelas plateado que, sin embargo, fue incapaz de desviar la atención cuando sorprendió a todos cantando de manera exquisita ‘Home’, una balada de delicado lirismo, prácticamente a capella. Con semejante duelo, el teclista y programador Andrew Fletcher quedó abocado irremediablemente a un segundo plano.

La del trío de Essex fue una actuación soberbia, en la que presentaron su nuevo disco, Sounds of the universe, que no llega a satisfacer las expectativas, y del que sonaron ‘In chains’, ‘Wrong’ y ‘Hole to feed’ en una impactante apertura, que sirvió de excusa para repasar algunas de sus grandes composiciones, que han pasado a la historia del dark rock electrónico en álbumes como ‘Violator’ o ‘Music for the mases’. El clásico 'Walking in my shoes' abrió la caja de los recuerdos, de la que también salieron la sensacional 'It's no good', con su aura de misterio, y 'Precious’, otra de las míticas.

El público, sin embargo, se mostró poco receptivo cuando Gahan les ofreció el micro para entonar ‘Peace’, el himno que incluye su último disco, demasiado obvio y de simpleza casi infantil, que convirtió ese momento en el más bajo del concierto. Sin embargo, acto seguido, el nivel comenzó a recuperarse con ‘In your room’ y más tarde con ‘'I Feel you', que fue recibida con gran ovación y sirvió de anticipo al éxtasis que produjo 'Enjoy de Silence', su éxito por excelencia, que fue escenificado con originales imágenes de los componentes de la banda vestidos de astronautas. El bis, de sólo dos canciones, se inició con ‘Stripped’ y terminó con una apoteósica puesta en escena del ‘Personal Jesus'.


Placebo

Otro de los conciertos más apabullantes fue el de Placebo. La banda repite en Kobetamendi, pero esta vez, su directo sobrepasó el esquema que guardábamos en la cabeza desde su anterior actuación. En la única fecha en la península, Brian Molko lucía un aspecto más andrógino si cabe, con media melena anudada en una coleta. Stefan Olsdal seguía aparentemente como siempre, pero el cambio radicaba en su nuevo batería, Steve Forrest, componente de Evaline, el grupo que los teloneó en su gira estadounidense.

El espectáculo dio comienzo con la ambiental 'Battle for the sun', el tema que da nombre a su nuevo disco, aún no del todo digerido, del que desgranaron 'Kitty Litter', y 'The never ending why', la efectiva 'For what it’s worth', y la surrealista 'Ashtray heart', que gana sin embargo en las distancias cortas.

Los saltos no comenzaron hasta ‘Every you, every me’, del recomendable Without you I’m nothing, y dieron tregua con la delicadeza de ‘Special needs’, el momento más emotivo del concierto. El clímax llegó con la potente ‘Special K’, del imprescindible Black Market Music. Por el contrario, 'Black Eyed' y 'Follow The Cops Back Home' no encajaban en la selección, y en mi opinión, se echó en falta ‘Pierrot the clown’, una de mis favoritas.

'Song To Say Goodbye' e 'Infra-Red' volvieron a hacernos disfrutar sabiendo que formaban parte de la inminente despedida. Y para el bis eligieron la genial 'The bitter end', que podría haber cerrado el concierto de manera brillante, y no 'Taste in men', un corte demasiado techno-apocalíptico, pero que no fue capaz ni mucho menos de echar por la borda la entrega que puso Molko durante todo el concierto.


Editors

Me gustaría también destacar la actuación de Editors, una de las bandas que mejor ha sabido asimilar el sonido de Joy Division. Su cantante, Tom Smith, que sorprende por su modo de cantar tan melódico, algo poco frecuente en las formaciones de post punk, se mostró teatral en sus gestos e hiperactivo en su forma de moverse por el escenario.

Aprovecharon la ocasión para adelantar algunos de los cortes que incluirá su inminente tercer disco, In this light and on this evening (saldrá en septiembre), que por lo que parece suena algo más electrónico, con ejemplos como ‘Bicks and mortar’ o ‘Eat raw meat’. Y recordaron canciones de su debut, The back room, que les dio a conocer en 2005 (anteriormente publicaron bajo los nombres de The Pride y Snowfield) con ‘Bullets’, su tema estrella, ‘Camera’, o ‘Fingers in the factories’. También tocaron algunos de los cortes de su segundo álbum, An end has a start, como el aplaudido tema que da nombre al disco, además de ‘Bones’, ‘The racing rats’ y ‘Smokers outside the hospital doors’.


Otros

El turno de Kaiser Chiefs fue exprimido al máximo, con un Ricky Wilson desenfrenado, que lo mismo se bajaba del escenario para acercarse a sus fans, como trepaba a la barra más alta que equilibraba la estructura. Ofreció un espectáculo divertido basado en su batería de hits, marcadamente comerciales pero resultones, como 'Everyday I love you less and less' o 'Never miss a beat'. Tampoco faltaron ‘Ruby', ‘You want a history’, ‘Take my temperature’ o ‘Oh my God’.

Por su parte, Jane’s Addiction no dieron muestras de batalla interna entre el frontman Perry Farrell y Dave Navarro, guitarrista ex componente de los Red Hot Chili Peppers. Entre los riffs de Navarro y las histriónicas poses de Farrell, más propias de un culturista que de una estrella del rock, se sucedió un repertorio tocado de manera impecable, pero que resultó sin embargo algo monótono. Primal Scream me decepcionaron bastante, con un espectáculo muy por debajo de sus posibilidades, que puso en evidencia la deriva de los escoceses en los últimos tiempos, ajenos al listón de ‘Swastica eyes’.

Como resultado global, el conjunto del cartel del Bilbao BBK Live resultó demasiado variopinto para analizarlo de manera general, lo cual, además de impedir encuadrarlo, lo define como un festival de corte desigual y con una pretendida heterogeneidad que no ayuda a concederle el atractivo que se requiere para fidelizar con el público.

"Killingsworth", Minus 5 (2009)


KEPA ARBIZU
Lumpen




Supergrupo: banda formada por músicos de cierto reconocimiento, ya sea por su faceta en solitario o por ser integrantes de otros grupos. Se puede pensar que éste fue un fenómeno más habitual en los setenta pero echando un vistazo a las novedades musicales nos podemos encontrar con casos como el de Chickenfoot (banda formada por Sammy Hagar y Joe Satriani entre otros) o Dead weather, el nuevo proyecto de Jack White, en este caso junto a la vocalista de The Kills.

Minus 5 también pertenece a esta clasificación, pero si lo habitual es que estos grupos sean de recorrido corto y efímero ellos son la excepción. El germen, y cabeza pensante, de este proyecto es Scott McCughey, componente de Young Fresh Fellows, al que se le uniría al poco tiempo Peter Buck de REM. Ellos son el eje central e inmutable que cohesiona a todas las demás incorporaciones, que a lo largo de su existencia, casi quince años, han sido muchas y muy variadas. Si hubiera que hacer la lista de artistas que han puesto su granito en este “colectivo pop”, como les gusta llamarlo a ellos, sería inacabable, Screamin Trees, Big Star, Wilco, Posies, Guided by voices, son algunas de las formaciones originales que han cedido a parte de su personal en algún momento.

El punto en común de todos los discos de Minus 5 es el pop, es decir, en todos ellos lo que predomina es la búsqueda de melodías ágiles y contagiosas, eso sí, suelen aparecer en envoltorios muy dispares: el más clásico con los Beatles como meta, tintes psicodélicos, utilizando ruidos y melodías rebuscadas, más guitarreros, etc. Al menos en tres de sus trabajos consiguen un resultado muy acertado. “The lonesome death of Buck McCoy”, seguramente el que mejor recopila la esencia del grupo, “Down with Wilco”, con grandes momentos pero con dificultades para mantener el nivel y “The minus 5”, también conocido por “The gun album” debido a su portada.

Y llega el momento de su nuevo disco, y nos encontramos un registro que hasta ahora había aparecido con cuentagotas y muy disimulado. Se puede decir que estamos ante su disco country. En esta ocasión los invitados especiales que se suman al proyecto son Decemberists, casi al completo, y alguno de los miembros de M Ward. Curiosamente estas incorporaciones han dado como resultado un sonido más cercano a Wilco, en su faceta más clásica, que el conseguido por el propio grupo en su momento.

La gran mayoría de las canciones no se salen del esquema clásico del género, coros femeninos, pedal steel guitarra, violines, acordeones y ritmos genuinamente americanos. Las hay de todos los estilos, las más oscuras con ecos a los propios M Ward, como “Dark hand of contagion” o “Big beat up moon”, y otras con un sabor más tradicional a lo Gram Parsons (“I would rather sacrifice you”, “The long hall”).

También hay espacio para las grandes melodías, no olvidemos que estos son los Minus 5. Así queda demostrado en “The lurking barrister”, “Your favorite mess”, con clara influencia de los fab four, o la melancólica y delicada “Disembowelers”. “It won’t do you any good” y “Vintage violet” representan la parte country-rock, con unos medios tiempos marca innegable de Wilco. Dos temas destacan por su emotividad y los hace ser de los más logradas del conjunto, “Scott Walker’s fault”, interpretada por Colin Meloy, cantante de Decemberists, y “Gash in the cocoon”.

Cuando uno piensa en Minus 5 y en la llegada de su nuevo disco, inevitablemente el cerebro tiende a segregar melodías, guitarras y power-pop. Pasada la sorpresa de no encontrar todo esto, o no de la manera a la que estamos habituados, la escucha de cada uno de los temas nos confirma que este grupo, o para ser más exactos Scott McCughey y Peter Buck, son grandes creadores de canciones, y los estilos y los encasillamientos se los dejan a otros.

Joy Division, mito del eterno retorno


MIGUEL J. GALANES
Sonicwave magazine




Antes de nada dirijamos nuestras miradas al año 1976 y en concreto al día 20 de julio, en el que aconteció un hecho decisivo para la historia de la música. Fue el día de la presentación de los Sex Pistols en el Manchester Lesser Free Trade Hall ante, únicamente, cuarenta y dos personas. Este concierto, que fue organizado por Pete Shelley y Howard Devoto, a la cabeza de la vanguardia musical en Manchester, miembros y fundadores de los que en aquel momento comenzaron a ser los Buzzcocks, marcó un antes y un después para muchas de las personas que lo presenciaron. Allí estuvieron Pete Shelley y Howard Devoto, por supuesto; Mick Hucknall, creador de Simple Red junto a unos ex componentes de Durruti Column; Tony Wilson, benefactor de toda aquella revolución iniciada en Manchester, licenciado en periodismo por Cambridge y presentador de programas musicales de Granada TV, fundador del sello musical Factory Records y del trasgresor club Fac 51 The Hacienda; Martin Hannet, uno de los principales productores de Inglaterra, que, tras esta explosión del punk, tuvo gran protagonismo en la música de los principales grupos de los movimientos postpunk y la new wave; y, por último, los por entonces llamados Stiff Kittens, que luego pasarán a llamarse Warsaw y que a comienzos de 1978 cambiarán su nombre por Joy Division.

Admirados por la fuerza en escena y el ímpetu musical de Sex Pistols, Bernard Sumner, Peter Hook y Terry Mason deciden formar su grupo musical. Con Sumner a la guitarra, Hook al bajo y Mason a la batería, ya sólo faltaba la voz. Pete Shelley les sugirió que se llamasen Stiff Kittens, y así lo hicieron, pero con cierto recelo. Será un nombre que sólo aparecerá en algunos panfletos.

El grupo, rápidamente, reclutó a Ian Curtis, al que ya conocían.

Cuando iban a actuar por primera vez, Mason, debido a su incontrolable miedo escénico, decide abandonar el grupo horas antes de su actuación en el Electric Circus. Tony Tabac, al que Mason le dio unas rápidas y básicas lecciones de batería, será quien sustituya a Mason, que pasará a ser el representante del grupo. Poco antes de aquella presentación el 29 de mayo de 1977, el grupo decidió cambiar su nombre por el de Warsaw; nombre que procede de una canción, titulada “Warszawa”, de un disco de David Bowie junto a Brian Eno llamado “Low”.

Tabac no encajó bien con el resto de la banda y rápidamente es sustituido por Steve Brotherdale, batería del grupo punk Panik, con el que únicamente grabaran una cinta de cinco canciones, The Warsaw Demo, el 18 de julio de 1977. Brotherdale no durará tampoco mucho y será remplazado por Stephen Morris, atraído por un anuncio que el grupo colocó en una tienda de música solicitando batería y contratado porque Curtis recordó que fue a su colegio.

Corría el año 1978, cuando el grupo cambia su nombre por el de Joy Division para no ser confundidos con un grupo punk de Londres llamado Warsaw Pakt. Joy Division es el nombre con el que se designa al grupo de mujeres judías utilizadas en los campos de concentración como esclavas sexuales en la novela "Shiviti, una visión” de Ka-Tzetnik, testimonio de un hombre que sobrevivió al aterrador holocausto de Auschwitzg. Este nuevo nombre provocó que el grupo fuese tachado de neonazi. A lo que ellos siempre respondieron con rechazo.

Rob Gretton sustituyó a Mason como manager. Y el 9 de junio de 1978 Joy Division actuará en la apertura del famoso club The Factory del ya citado Tony Wilson, que en breve fundará el sello discográfico Factory con el que editará “A Factory Sample”, una compilación de grupos de la discográfica entre los que se encontraron Durruti Column, John Dowie, Cabaret Voltaire y Joy Division.

Algo que les dará mucha publicidad será la grabación en febrero de 1979 de unos temas para el famoso programa de John Peel, que serían posteriormente reunidos y publicados con el nombre de “The 1st Peel Session”. En abril de ese año grabarán su primer disco “Unknown Pleasures”, que saldrá publicado a finales de mayo. Este disco supone una gran innovación en cuanto a sonidos, es de una tremenda originalidad y por lo tanto atemporal. Fue producido por el también citado Martin Hannet, que se pasó largas horas en el estudio desmontando y montando la batería una y otra vez en busca de un sonido especial que caracterizaría al grupo. Fue un disco hecho a conciencia por genios con un fin renovador y que asentó las bases del post-punk. Recibió muy buenas críticas y les surgieron ofertas de grandes discográficas, que el grupo rechazó por sentirse muy a gusto con Tony Wilson debido a la libertad que les concedía.

Curtis sufría espasmos y hasta incluso pérdidas de conocimiento provocados por la epilepsia, lo que asombraba a las personas que lo veían actuar. Sus movimientos violentos resultaban muy chocantes como pudieron comprobar los espectadores que vieron el 15 de diciembre de 1979 en televisión el programa Something Else de la BBC durante las canciones “Transmisión” y “She´s lost control”. El 26 de noviembre grabaron “The 2nd Peel Session” en el que aparece por primera vez el clásico “Love will tear us apart”

Tras este éxito, inician una gira por Europa que comienza en diciembre y termina en enero de 1980. En marzo de este año se dirigen a Islington para grabar su segundo disco, llamado “Closer”. El disco es también producido por Hannet y durante las sesiones de grabación, que duraron desde el 18 al 30 de marzo, los continuados ataques de epilepsia de Curtis y su cada vez más agravado estado depresivo, generaron un gran nerviosismo en el resto de componentes del grupo. En un concierto en que fueron teloneros de The Stranglers, Curtis perdió el control y a los tres días se intentó suicidar con una sobredosis de fenobarbital. Se estaba acercando el fin.

El 17 de mayo Curtis vuelve a su casa, que hasta hacía poco había compartido con su esposa Deborah, le pide que se lleve a su hija y que le dejen pasar la noche sólo. Curtis se pone a ver en la televisión la película “Stroszek” de Werner Herzorg, tras la cual escribe una nota a su esposa, escucha el disco “The Idiot” de Iggy Pop y por último decide ponerle fin a su vida ahorcándose en la cocina.

El grupo iba a iniciar su gira por Estados Unidos y Curtis iba a cumplir en breve 24 años. “The Closer” estuvo dos meses en el top 10 de las listas británicas.

Tras el fin de Joy Division nació de la mano de Sumner, Hook y Morris un nuevo proyecto, New Order, con el que pretenden seguir evolucionando y experimentando con ritmos más electrónicos, que, por aquel entonces, algunos grupos ya andaban revolucionando y, que, curiosamente, fue Curtis el que les mostró el nuevo camino antes de morir cuando les hacía escuchar los álbumes de Kraftwerk.

A pesar de su corta pero fructífera carrera, la influencia y la presencia de Joy Division y de Ian Curtis es hoy en día muy palpitante.

El año pasado, en el mes de marzo vio la luz “The best of Joy Division”, un recopilatorio que recoge varias facetas importantes en la vida del grupo. En él podemos encontrar dos cd´s. El primero es una selección de los temas más conocidos de la banda, bajo el título de “The best of Joy Division”. El segundo alberga las sesiones grabadas con John Peel con el nombre de “The John Peel Sessions”, las canciones que sonaron en el programa “Something Else” de la BBC y por último una entrevista de Richard Skinner con Ian Curtis y Stephen Morris. Ahora, el 8 de abril de 2009, y tras dos años de su estreno en Cannes (parece mentira), la película “Control” de Antón Corbijn, hace su aparición en España. En blanco y negro, Corbijn, fotógrafo holandes que viajó a Inglaterra movido por el panorama musical de finales de los 70, nos revela con decencia y sobrecogedoramente la vida de Ian Curtis. Delante del público Corbijn hace desfilar uno tras otro los momentos más importantes y decisivos de la vida personal y musical de Curtis, comenzando por sus años de instituto, en los que ya se aprecia su admiración por Bowie y durante los que conoce a Deborah, su futura esposa, hasta su suicidio. A parte de estos datos objetivos y biográficos, es muy importante destacar el profundo análisis de la personalidad y el entorno social de Curtis. La relación fría y distante que mantiene con su familia y su familia con él, contrasta, en principio, con la pasión y los impulsos que agitan su alma en lo referente a su relación inicial con Deborah. Ian, impulsivo y romántico, comienza a ser consciente de su vulnerabilidad al pretender abrazar lo convencional, retomando la distancia y la frialdad, ahora con su mujer y su hija. Ian, busca refugio en su interior, en sus letras y en su música, pero hasta esto pérderá el sentido para él. La huida va siendo, cada vez más, su camino. Acorralado por su deprimente relación con Deborah y su hija, por su también pasional pero a la vez superficial relación con la grupie belga y por la epilepsia, Curtis ve su única vía de escape en la muerte. Todo esto, y dando muestras de su profesionalidad como fotógrafo, nos lo cuenta, como ya he dicho, en blanco y negro, colores que radicalmente se oponen y se contradicen, al igual que la personalidad de Curtis y que dan un tono apagado y crepuscular a la película, que acompaña en todo momento a la situación social de la Inglaterra de aquellos años y al mundo individual de Ian Curtis.

El reto de navegar en la contradicción

Al tratarse de un campo que pretende moverse entre "leyes" de mercado y valores de justicia, entre la ideología dominante y la transformación, entre la marginalidad y la opulencia, el Comercio Justo no deja de ofrecernos elementos continuos de debate y revisiones. Las propias contradicciones y complejidades devenidas de intentar llevar a la práctica un oxímoron. De lo que intentaremos ocuparnos en estas líneas es de mostrar algunos de los pre-juicios que retroalimentan la ideología dominante, también integrados en el Comercio Justo

FEDERICA CARRARO
Revista Pueblos




Desde hace unos años se lleva a cabo en el Estado español un proceso de elaboración de información, investigaciones y estudios sobre el estado del Comercio Justo que, si bien aportan datos valiosos respecto a este fenómeno, por otro lado tienen como limitante que las fuentes consultadas son auto-referenciales. Es decir, son las propias entidades que practican el Comercio Justo las que informan sobre su propia experiencia, la evolución de sus ventas, sus posicionamientos, sus éxitos y retos, sus limitaciones y, en algunos casos aislados, sus conflictos y/o fracasos.

Gracias a la publicación reciente de SETEM, El comercio justo en España 2008: Canales de importación y distribución, volvemos a tener la ocasión de sacar a la superficie y reflexionar sobre algunos de los aspectos que componen la compleja práctica de un comercio más justo.

En este escenario de complejidad, en el que las prácticas comerciales de muchas entidades sociales son dispares, el debate público, el compartir visiones, experiencias y discrepancias, el buscar sinergias operativas y políticas, en definitiva, el trabajar de forma cooperativa, parece ser una obligación ética de las organizaciones sociales y una necesidad para la coherencia del propio Comercio Justo.

Mensajes equívocos

El Comercio Justo es también un mensaje y una contestación a un modelo productivo, comercial y de consumo. Por eso, el trabajo articulado entre las entidades también posibilitaría extender un mensaje claro e inequívoco a la clase consumidora, junto con una denuncia al modelo de producción, distribución y consumismo.

Por este mismo motivo consideramos sorprendente cómo alguna organización, precisamente en un acto común de visibilización y sensibilización sobre el movimiento de Comercio Justo a celebrarse en Madrid durante mayo de 2009, llegue a ejercer presiones para que no expongamos nuestras ideas sobre las grandes cadenas de distribución de alimentos. Desde SODePAZ asumimos que para poder aportar una explicación sensata de lo que es un Comercio Justo debemos partir, necesariamente, de revelar aquel tipo de comercio que no lo sea. Y, en este sentido, entendemos a las grandes superficies como un paradigma de la injusticia comercial.

Establecer un diálogo franco y constructivo, también con otros agentes no sociales del comercio, es una vía respetable, aunque criticable desde nuestra perspectiva. Sin embargo, el hecho de intentar silenciar algunas denuncias de las propias organizaciones de Comercio Justo sobre estas cuestionables alianzas nos resulta inadmisible.

En este sentido, cuando las organizaciones en el Norte económico fijamos como prioritario el objetivo de vender cuanto más mejor, aceptando cualquier vía de comercialización, incluyendo el canal de las grandes cadenas de distribución, es porque, según se dice, se priman los intereses de los pequeños productores del Sur que luchan para salir de la pobreza y la marginación.

Por lo tanto, se parte de algunas creencias como las siguientes: los productores tienen una capacidad exponencial de producir; todo campesino puede, si así lo quiere, integrarse en el mercado internacional para vender sus productos; el mercado internacional es un mercado accesible, con independencia del tamaño del productor; este mercado tiene capacidad adquisitiva ilimitada; las grandes cadenas de distribución de alimentos son garantía de ventas masivas y, por último, el comercio internacional es una herramienta para salir de la pobreza, un potencial motor de desarrollo económico y humano.

Pero no se tiene en cuenta, o mejor dicho, lo que no se dice es que: las tierras que se pueden poner en producción no son ilimitadas, estén en países del Sur o del Norte. La propiedad de la tierra sigue siendo una de las cuestiones sin resolver en la mayoría de los países del mundo; se fomenta el monocultivo y el modelo agroexportador, con la etiqueta de "justo"; mientras las normas de la OMC sigan vigentes, el mercado internacional no es ni será accesible para el pequeño productor, sea éste del Sur o del Norte; la clase consumidora del Norte tienen mayor capacidad adquisitiva, precisamente, porque el sistema económico vigente es injusto y funciona como un trasvase sistemático de recursos en dirección Sur-Norte.

La distribución también importa

Las grandes superficies de distribución son las que promocionan la deslocalización de la producción, destruyen la actividad económica y el tejido comercial local, crean empleos temporales y de baja calidad, limitan los derechos laborales, fomentan un modelo de transporte contaminante y son protagonistas destacados de la reordenación especulativa del territorio, en el Norte y en el Sur. ¿Puede una organización de Comercio Justo omitir alzar su voz para denunciar esta realidad?

El criterio de la sostenibilidad ambiental se basa en la producción agrícola a pequeña escala y diversificada, en la biodiversidad, con el uso de abonos orgánicos y plaguicidas biológicos, y para su distribución local mientras el Comercio Justo internacional mantiene el café, la pasta de cacao y el azúcar de caña como productos que mayor venta garantizan.

Según los últimos datos publicados, el total de las ventas de Comercio Justo en el Estado español de 2007, a precio de venta al público estimados en euros, es de 16.221.383 €, de los cuales la alimentación representa el 56,3 por ciento (9.142.701 €). De esta cantidad, el café suma 3.104.539 €, el 33,95 por ciento del total de las ventas de alimentación, el cacao 1.976.775 € (21,62 por ciento) y el azúcar 521.338 € (el 5 por ciento).

Su demanda, por tanto, se concentra fundamentalmente en pocos productos, como materias primas para la elaboración en el Norte de nuevos productos (parte del procesamiento del café, chocolate, ron, galletas, dulces, etc.). De esta forma contribuimos, entonces, a mantener el modelo agro-exportador y de monocultivo y una conciencia tan parcial como publicitaria en la clase consumidora del Norte.

La soberanía alimentaria se consolida sólo con la garantía de la producción de alimentos variados para las comunidades productoras. La capacidad adquisitiva de los consumidores del Norte, que puede soportar precios más altos de los que el mercado tradicional fija (norma vigente en el Comercio Justo), se basa en el modelo neoliberal de producción y consumo: la deslocalización de la producción, la concentración de los canales de distribución, la sobreproducción de la tierra a través del uso de insumos químicos, el agricultor como asalariado, y el consumismo irracional como destinatario final de todo este entramado.

Paradójicamente, es este mismo modelo el que permite que las sociedades del Norte desplieguen el dominio sobre las del Sur y sigan disfrutando de su mayor "bienestar". Cosa que, si no entendimos mal en su momento, fue una de las causas fundacionales del propio movimiento del Comercio Justo.

Sin duda, la crisis socioeconómica en la que estamos navegando, de magnitud indefinida aún, puede ser una ocasión para que este sistema se reoriente mostrando la globalización neoliberal como lo que realmente es: un camino económico, social y ambientalmente impracticable.

Por último, participar en un sistema de distribución que permite un vuelco de las relaciones sociales de los centros urbanos, que impone los ritmos de producción a sus proveedores, que les obliga a subyugarse a los mecanismos de pago hasta semestrales, que puede en cualquier momento eliminar hasta 900 referencias por no ser rentables, que destruye el tejido productivo y comercial local, no puede más que mostrar una incoherencia esencial con el objetivo de luchar contra la pobreza.

Dicho todo lo anterior, creemos que quedan esbozadas las implicaciones que conlleva la práctica del comercio, y cuando éste aspira a ser justo, cuáles son las trampas que hay que identificar y, obviamente, intentar evitar.

Pero, a pesar de todo, es posible ejercerlo siempre que asumamos que nuestro papel es fundamentalmente de denuncia, de concienciación, de testimonio. Y, en cuanto a la práctica comercial, ésta debe ser coherente con la contribución a fomentar nuevos modelos de desarrollo donde el "crecimiento" económico deje de ser el indicador por antonomasia, incuestionable y positivo per se.

'Capturing the Friedmans' y la escurridiza verdad


BEATRIZ MALDIVIA
Blogdecine




Es desolador ver el documental ‘Capturing the Friedmans’ (2003), de Andrew Jarecki, porque durante ni un solo minuto se tiene la certeza de que lo que se cuenta sea cierto, pero tampoco se puede estar del todo convencido de que sea mentira. Sobre esa duda, sobre lo escurridiza que es y será la verdad, trata este film, donde la pedofilia y la pederastia, así como los hechos reales mostrados, son una mera excusa.

Arnold Friedman compraba por correo revistas pornográficas infantiles. La policía entró con una orden de registro y, tras encontrar material en su casa, pensó que un hombre con esas aficiones no sería un buen profesor de informática. Sin ninguna prueba física, se interrogó a los alumnos del cursillo y varios de ellos declararon haber sufrido abusos por parte del profesor y de su hijo menor, Jesse, de dieciocho años, que ejercía de ayudante en clase.

Los testimonios, algunos indicios y hasta cartas escritas por el propio Arnold podrían indicar que las acusaciones eran ciertas. Sin embargo, la mayoría de los acontecimientos no encajaban, como la cantidad de denuncias, la forma en la que se hicieron los interrogatorios o el hecho de que las supuestas víctimas no hubiesen dicho nada hasta que fueron entrevistados. Jarecki (en la siguiente fotografía) presenta, por lo tanto, las dos caras de la moneda, pero más que por un afán de permanecer neutral y de no condicionar, como estudio de lo difícil que resulta adquirir una certidumbre.

‘Capturing the Friedmans’ (capturando a los Friedman) es un juego de palabras entre capturar en vídeo y atrapar policialmente. Se hace mucho más patente la afirmación de que la verdad es escurridiza cuando se está tratando un caso del que existen miles de horas de grabaciones caseras con celebraciones, charlas, discusiones, declaraciones a cámara… Casi sería como decir que ni siquiera habiendo estado allí habríamos sabido la verdad. Si extrapolamos esto a la historia y a todos los hechos que han ocurrido antes de que existiese la documentación cinematográfica o siquiera fotográfica, nos damos cuenta de lo trastocados que pueden estar los datos que conocemos sobre el mundo anterior a nosotros.

Aterra pensar cómo una acusación sin base puede destrozar la vida –o acabar con ella— de los individuos. El juicio paralelo que montan los medios de comunicación, influyendo en los jueces y jurados, provoca unos veredictos tan inamovibles que da igual lo que se presente en el verdadero proceso. Para quienes vemos el documental sin saber sobre el caso, todo son dudas. Sin embargo, para las personas que ya conocían los hechos a través de la televisión, era casi imposible dejar de pensar como pensaban. Se habla de un lavado de cerebro a las supuestas víctimas, pero es un lavado de cerebro al país entero lo que se encuentra en estos acontecimientos. Sin poseer en ningún momento la certeza de que Arnold y Jesse Friedman fuesen inocentes, la irritación que crea observar estas injusticias en el documental es tremenda. Por muy terribles que sean los hechos de los que se les acusaba, parece aún peor esa falta de amparo judicial. Recientemente se emitió en España una miniserie sobre un juicio similar, ‘El caso Vaninkof’ –donde se había condenado a una mujer por sus tendencias sexuales y su falta de simpatía— que causaba la misma indignación.

Lo más cuestionado fue la forma de efectuar los interrogatorios. Esto ocurría en 1988, cuando los psicólogos acostumbraban a inocular recuerdos en los pacientes a base de insistencia o de hipnosis. Más tarde se comprobó que muchas de las personas que creían que habían sufrido abusos durante su infancia y que suponían que los mantenían perdidos en el olvido debido al trauma, en realidad no habían pasado por ninguna experiencia semejante. En el libro ‘Imágenes de la Locura. La Psicopatología en el Cine’, de Beatriz Vera Poseck –que ya había recomendado en otras ocasiones— se describe este fenómeno, que fue casi como una moda. No sólo las personas acusadas de esos abusos sufrían las consecuencias, sino también las propias supuestas víctimas que, a partir de entonces, tenían que vivir con la consciencia de haber pasado la niñez en el infierno.

Los Friedman eran unos señores extraños –“friquis” sería la palabra— y no le caían bien ni a Elaine, esposa y madre, respectivamente. Entre el padre y los tres hijos habían formado una piña que mantenía fuera incluso a esta mujer, que es la que más minutos de declaraciones tiene en el documental. Las intervenciones del hijo mayor, David, y del propio Jesse son fascinantes por sí mismas. El film, por lo tanto, cobra otra dimensión de interés por el tipo de personajes tan peculiares que presenta y por el tipo de interacciones familiares que retrata. Hace unos días ensalzaba ‘El desencanto’ por motivos similares.

‘Capturing the Friedmans’ es uno de esos documentales que son diferentes porque van más allá del tema que tratan y porque sirven para reflexionar sobre la sociedad, sobre el ser humano y también sobre el propio cine y el propio formato documental.