'The Haunting', la casa encantada


ALBERTO ABUIN
Blogdecine



Las casas encantadas han sido las protagonistas de innumerables cintas de terror, y cuando no eran el tema central valían como perfecto escenario a historias para no dormir, adornando con su lóbrega presencia muchas de estas historias a lo largo y ancho de la historia del cine. Uno de los ejemplos más característicos es ‘The Haunting’, inédita en nuestro país aunque emitida por televisión varias veces y disponible actualmente en DVD. Se trata de una de las mejores películas del polifacético Robert Wise, y también una de las menos populares, reivindicada en años posteriores a su realización (1963).

‘The Haunting’ está basada en una obra de Shirley Jackson, ‘The Haunting of Hill House’, con quien Wise se reunió para hablar sobre la adaptación cinematográfica. Ella le sugirió el título de la película, ya que era uno de los que tenía previstos en un principio para la novela, y el guión fue escrito por Nelson Gidding, quien precisamente había escrito para Wise otras dos de sus mejores películas: ‘Quiero Vivir’ (‘I Want to Live!’, 1958) y ‘Odds Against Tomorrow’ (1959).

‘The Haunting’ narra la historia de un grupo de personas con habilidades especiales comandado por el Doctor John Markway, que deciden investigar los extraños acontecimientos acaecidos en una imponente casa en la que siempre han perecido sus habitantes. La maldición cubre las paredes de dicha casa, y Markway está dispuesto a probar la existencia de dicha maldad paranormal. Evidentemente las cosas no saldrán como se esperaban. Dicho argumento fue rescatado por el inefable Jan de Bont en el remake que en 1999 protagonizaron Liam Neeson, Catherine Zeta Jones, Lili Taylor y Owen Wilson, película a años luz de la presente, sobre todo por caer en un montón de obviedades, subrayados e incapaz de crear una adecuada atmósfera.

Todo en lo que De Bont fracasó con su intento de poner la historia en un contexto actual, Wise acierta de lleno. Con elementos mínimos y un gran poder de sugestión, Wise logra poner el corazón del espectador en un puño, consiguiendo una película con una atmósfera a ratos extraña, a ratos enfermiza, y siempre inquietante. El público, deseoso siempre de respuestas, espera en todo momento una solución lógica y clara a los sucesos que sufren los cuatro personajes centrales, y sin embargo dicha solución queda a la imaginación del espectador, aunque bañada de pequeños y sutiles apuntes argumentales que tienen que ver con la historia de la casa, mostrada brevemente en el prólogo, pero sugerida mucho más acertadamente a lo largo de la película. Esos gritos de niños maltratados suponen un excelente ejemplo de cómo dar información en la historia, además de llevar al espectador al terreno del terror puro y duro, sin concesiones ni efectismos.

En realidad, ‘The Haunting’ es la historia de una casa y una mujer mentalmente perturbada. Una historia de atracción totalmente inusual y atractiva, en la que un lugar maldito atrae con su poder a una mujer susceptible de caer en sus redes. En ‘The Haunting’ no hay fantasmas ni espíritus malignos visibles. Wise con un excelente uso del formato scope, juega con la planificación y el montaje haciendo que notemos una presencia que ni nosotros ni los personajes vemos. Algo parecido al juego realizado por Hitchcock en su imprescindible ‘Los pájaros’ (Tippi Hedren acosada en la casa por unos pájaros que no vemos en ningún momento), casualmente realizada en el mismo año que ‘The Haunting’. El hecho de que se enfrenten a algo invisible pero posiblemente real, acentúa el aspecto psicológico de la trama, sin llegar hasta la magistral ambigüedad de ‘Suspense’ (‘The Innocents’, Jack Clayton, 1961).

Está claro que la casa donde tiene lugar todo está maldita, encantada, poseída o lo que sea, pero a partir de dicho momento ‘The Haunting’ se centra únicamente en la lucha interna del personaje de Julie Harris, dando la sensación de que todo está en su cabeza. Esto hace que la película de Wise se resienta en dos puntos: uno, no es necesario el prólogo en el que se nos explica la historia de la casa en cuestión, y mucho menos, ese cambio de punto de vista; y dos, los tres personajes centrales restantes se resienten en su tratamiento. Theo (Claire Bloom) podía ser el más interesante, aportando sugerentes apuntes sexuales, el doctor Markway (Richard Johnson) inunda el film de diálogos a veces demasiado sobrecargados, y Luke Anderson (Russ Tamblyn) es prácticamente innecesario. A modo de curiosidad, llama la atención que la esposa de Markway esté interpretada por Lois Maxwell, Monypenny en la saga 007 durante muchos años.

Afortunadamente, tenemos el buen hacer de un artesano como Wise, quien logra que alcancemos el nerviosismo más de una vez. Escenas como la de la puerta que parece respirar o cierto apretón de manos, pueden helar la sangre a más de uno, y logra el efecto buscado por toda película de terror o suspense: que la inquietud permanezca en la cabeza de uno mucho tiempo después de haber visto la película. ‘The Haunting’ lo consigue con creces. Verla solo puede suponer todo un inolvidable reto (el remake del 99 lo dejamos para los niños). Mientras revivo ese escalofrío que se siente cuando algo que no se ve asusta (el miedo en su pura esencia), me retiro a mis aposentos (poseídos o no) a escribir sobre los talentos mezclados y agitados de Sam Peckinpah, Marlon Brando y Stanley Kubrick en una misma película.

Cuentos completos,Eudora Welty. Delicadezas del espíritu


JUAN MANUEL DE PRADA
ABC



Se reúnen, por primera vez en español, los relatos de Eudora Welty (1909-2001), coincidiendo con el centenario de su natalicio. Welty es una escritora poco leída por estos pagos, que sin embargo se cuenta entre las más representativas de la narrativa estadounidense del siglo XX. Junto a Carson McCullers y Flannery O'Connor, quizá sea la escritora que más ha contribuido a fijar la imagen de esa América rural, primitiva y «profunda» que tanto juego ha brindado en el imaginario contemporáneo; y su influencia en escritores de las generaciones posteriores es más que notoria. A Truman Capote, por ejemplo, sus detractores siempre lo acusaron de beber (o más bien abrevar) en los manantiales explorados por Welty.

Eudora Welty nació en Jackson, Mississippi, donde transcurriría su vida entera. En su juventud, trabajó como fotógrafa, recorriendo los parajes más pintorescos de su Estado natal y captando sus más ancestrales esencias. Sería a partir de 1941 cuando Welty se diese a conocer como escritora; y, desde el principio, su literatura se distinguió por esa cualidad fotográfica (o pictórica) que la convirtió en una vigorosa retratista no sólo de paisajes físicos, sino también de paisajes del alma.

Welty es una narradora menos desgarrada que O'Connor, menos volcada en el desciframiento de esos abismos que anidan en el alma humana, menos preocupada por esos insondables misterios teológicos que convierten a la escritora de Savannah en la más inquieta exploradora de la redención y de la gracia. Tampoco posee esa sensibilidad exacerbada de Carson McCullers, que halla su expresión más cuajada en el desciframiento de pasiones sombrías, de comportamientos morbosos.

Triunvirato femenino. Pero, con O'Connor y McCullers, Welty forma el gran triunvirato femenino del «gótico sureño»; y a ese triunvirato incorpora una mirada más clemente, menos borrascosa, sobre un mundo en el que aún sobreviven, enquistados, los fantasmas del racismo, la violencia y las taras familiares.

No debemos pensar, sin embargo, que Welty es una escritora naïve. Ciertamente, muchos de sus relatos están protagonizados casi siempre por niños, por mujeres candorosas, por hombres francos que participan de la vida como de un banquete; por criaturas que, en definitiva, parecen inmunes al pecado original.

Su universo personal no carece de rasgos idílicos que subliman estéticamente sus recuerdos de infancia y juventud. Pero en sus cuentos también hallamos, narrados con una suerte de piadosa discreción, episodios de desasosegante turbiedad, personajes excéntricos y solitarios que esconden una trastienda de sueños marchitos, de tentaciones ilícitas que asoman aquí y allá, con una suerte de pudorosa pero a la vez engreída tozudez. Este envés oscuro que el lector vislumbra detrás de una fachada luminosa se insinúa ya en su primera colectánea de cuentos, Una cortina de follaje, para hacerse más evidente en entregas posteriores. En todas ellas, Welty hace uso de técnicas que nos recuerdan los métodos narrativos de los cuentos de hadas, con descripciones exquisitamente sensoriales, en las que la autora hace gala de un talento superdotado para la captación de ambientes; pero, entreverado con esos ambientes propios de una realidad soñada, descubrimos en sus ficciones un aliento subterráneo, a veces aligerado por una irresistible comicidad, a veces acechado de un dramatismo primigenio, que envuelve todo de un misterio apenas pronunciado, apenas aprehensible.

Continentes ignotos. Ese misterio característico de sus cuentos es seguramente la nota más relevante y subyugadora de Eudora Welty; y, si bien algunos de sus relatos incurren en la digresión vagorosa o en el manierismo complaciente, la mayoría logran crear atmósferas donde lo introspectivo y lo visionario cuajan en una amalgama inédita. Bajo una apariencia de escritora elemental, Welty esconde complejísimas texturas anímicas, perplejidades del sentimiento que no son expuestas a través de un lenguaje analítico, sino sobre todo sensitivo, pleno de capacidad evocadora, pleno de sugerencias que admiten varios niveles de lectura. Así, cuando narra las vicisitudes de una excursión campestre o de un velatorio, Welty está desvelándonos a la vez continentes ignotos de vida sensible que sólo el lector atento sabrá apreciar; cuando -como hace en Las manzanas doradas- nos ofrece, a través de historias ligadas entre sí, el retrato de una comunidad cerrada, Welty está explorando a la vez esas regiones de claroscuro donde se dilucidan los secretos mejor custodiados de la naturaleza humana. Una lectura, en fin, altamente recomendable para lectores que gusten de indagar, aun en medio del relajo estival, las delicadezas del espíritu.

El mito de la estabilidad en el Cáucaso Norte

Los acontecimientos de las últimas semanas en el Cáucaso Norte echan por tierra las declaraciones de los dirigentes rusos y sus aliados locales, que pretenden dar una imagen de «normalidad» en la región y tratan de ocultar una realidad bien diferente

TXENTE REKONDO
Gara




El 5 de junio el ministro del Interior de Dagestán moría en un atentado reivindicado por la Sharia Jamaat. Dos días más tarde, un antiguo rebelde, y actual aliado de Moscú, Musost Khutiev, fallecía en atentado en Chechenia. El 10 de junio, en la capital de Ingushetia, unos hombres armados acababan con la vida de un magistrado de la Corte Suprema (su predecesor también murió en otro atentado el año pasado). El 13 de junio un coronel de la Policía y antiguo ministro del Interior en Ingushetia moría cerca de su domicilio tras un ataque armado. Y el pasado 22 de junio, el presidente de Ingushetia, Yunus-Bek Yevkurov, resultó gravemente herido en un ataque con bomba.

Estos atentados, junto a los continuos ataques contra las fuerzas federales rusas y sus aliados locales se repiten cada día en toda la zona, a pesar de los numerosos esfuerzos de Moscú por acabar con la resistencia en el Cáucaso Norte.

Una fotografía más amplia de los acontecimientos nos sirve además para reforzar las tesis que apuntan a la grave situación que se está viviendo en esa región. En los últimos meses se ha desarrollado una importante operación a gran escala en la región montañosa de Gimry (lugar de origen del legendario Iman Shamil, líder de la resistencia en el Cáucaso durante el siglo XIX), así como una campaña militar contra la resistencia en Dagestán. Mientras, afloran las tensiones internas entre los diferentes clanes aliados de Moscú en Chechenia, al tiempo que el resurgir de la actividad guerrillera de la resistencia chechena está alcanzando los parámetros de 1996. En Ingushetia, la compleja situación se agrava y ya es considerada el epicentro del movimiento resistente de todo el Cáucaso Norte. Además, los ataques contra fuerzas federales en Kabardino-Balkaria e, incluso, la situación en Karachayevo-Cherkesia, tampoco apuntan al optimismo que algunos pretenden mostrar.

El desempleo, la corrupción, la brutalidad policial, junto a las grandes dosis de impunidad y las importantes bolsas de refugiados y desplazados son algunos de los factores que aportan dosis de desestabilización. La sensación de que el Ejército y la Policía tienen vía libre para cometer todo tipo de atropellos contra la disidencia, empuja a muchos jóvenes a sumarse a los movimientos guerrilleros.

Un reciente informe sobre la sistemática violación de los derechos humanos en la zona citaba «las muertes extrajudiciales, las desapariciones, las detenciones arbitrarias, las torturas, las amenazas y persecuciones contra las familias de los afectados» en Chechenia, Ingushetia, Dagestán o Kabardino-Balkaria.

Hasta hace unos meses, la mayor parte de los esfuerzos de Moscú se centraban en Chechenia. Sin embargo, hace unas semanas, las autoridades rusas anunciaron el final de la llamada «operación antiterrorista» (KTO). Este movimiento de fichas, que guarda mucha similitud con el realizado por EEUU en Irak, ha sido calificado por muchos como «una maniobra propagandística y populista».

La carta blanca otorgada al régimen de Kadyrov tras esa declaración ha aumentado la sensación de impunidad, al tiempo que los dirigentes moscovitas se reservan la posibilidad de «introducir un estado de emergencia en una zona específica y por un tiempo determinado».

Los tres pilares de la receta del Kremlin en Chechenia han sido la elección de un líder local con cierto apoyo o credibilidad para una parte de la sociedad, destacando la importancia del sistema de clanes en la zona; la importante financiación económi- ca de Moscú, y la constitución de un Gobierno local con suficiente poder militar y político, que sea capaz al mismo tiempo de atraer a antiguos rebeldes y opositores.

Este esquema se ha intentado repetir en otras partes del Cáucaso Norte, pero no ha logrado su objetivo. Los recientes acontecimientos en Ingushetia han incrementado las dudas sobre la estrategia a seguir. Si en un principio el Kremlin parecía dispuesto a repetir el esquema checheno y a asumir las «técnicas» de Kadyrov para acabar con la resistencia ingush, dando poderes al propio Kadyrov para intervenir en Ingushetia, la reacción local parece haber frenado el intento.

Hasta ahora la política rusa se asemejaba a un Gobierno de facto en Ingushetia, con las elecciones presidenciales abolidas, las fuerzas militares rusas actuando sin consultar a las autoridades locales e, incluso, con importantes asuntos políticos ignorados (el contencioso de la región de Prigorodny). Todo ello ha llevado a las élites locales a desconfiar cada vez más de la política rusa, haciendo que la resistencia amplíe sus ataques tanto cuantitativa como cualitativamente.

Tampoco en Dagestán parece que los esfuerzos de Rusia logran los frutos deseados. A pesar de las importantes ofensivas militares y policiales en la zona, las fuerzas guerrilleras daguestaníes han continuado con sus ataques, y este año, el número de policías muertos es superior al del mismo período del año pasado. Además, también se han producido ataques contra personalidades de alto nivel, lo que ha supuesto un gran eco para las operaciones de la resistencia.

En Kabardino-Balkaria y en Karachayevo-Cherkesia, aumentan los problemas para Moscú. A las diferencias interétnicas en ambas repúblicas hay que añadir la utilización del islamismo radicalizado como arma arrojadiza por algunos actores que buscan mayor apoyo del Gobierno federal. Los distritos montañosos de Balkaria y Karachayayevo se están convirtiendo en verdaderos almacenes de armas para los rebeldes, y también en una importante plataforma para los grupos salafistas. Si la muerte de uno de los dirigentes rebeldes, Musa Mukozhev, en mayo fue un duro golpe para el movimiento local, la identidad de otro rebelde muerto hace unas semanas debiera ser motivo de preocupación para los estrategas rusos. Murat Ristov, natural de Karachayevo-Cherkesia, y campeón del mundo de sambo, murió combatiendo junto a los rebeldes, lo que evidencia la capa- cidad del movimiento guerrillero para sumar a sus filas no sólo a jóvenes sino también a parte de la «inteligentsia» local.

Mientras Moscú prefiere presentar una fotografía de un Cáucaso Norte «normalizado», la estrategia rebelde sigue su propio guión, atacando a todo aquel que se oponga a su objetivo de, «establecer una forma de gobierno completamente separada del Estado ruso». El movimiento armado en la región permanece muy activo y sus ataques son prueba de una realidad que pretende acabar con el mito de la estabilidad del Cáucaso Norte.

Prehistorias de la radio

El Trigésimo Aniversario del nacimiento de Radio 3 coincide con uno de los momentos de mayor debilidad del Rock alternativo español

JESÚS LILLO
ABC



Surgida en julio de 1979 como simple sección nocturna del Tercer Programa, al que terminó por suplantar en 1981, Radio 3 celebra su trigésimo aniversario, como cualquier otro gran medio de comunicación metido en años, con una mezcla de nostalgia e incertidumbre, aquí desequilibrada por el lastre de un pasado que para lo bueno y lo malo todavía la identifica. El papel protagonista del canal público en la cobertura a escala nacional de los fenómenos musicales de la Movida -de la que fue cómplice necesario y portavoz autorizado- sigue siendo el mayor legado de una emisora que, tras apostar de forma temática por las ofertas musicales, tiene dificultades para volver a tirar del carro de un pop nacional cuya creatividad no sale del estado crítico al que se abonó cuando lo del indie.

No tienen la culpa los responsables y locutores de Radio 3 de que en la actualidad salgan al mercado alternativo cosas tan flojas como Russian Red, pero la cadena de RTVE muestra en su treinta cumpleaños síntomas de parálisis para continuar ejerciendo a gran escala el oficio de promotor del pop nacional que con tanto éxito desempeñó hace más de un cuarto de siglo. Ni siquiera a ese público, en torno a los 300.000 oyentes, que registra el EGM parece importarle demasiado lo que canten o dejen de cantar las últimas estrellas del panorama alternativo que, quizá como servicio público, sigue defendiendo la emisora.

Gestas meritorias. Tras sacrificar de forma progresiva los contenidos contraculturales que definieron su primera etapa y perder por el camino unos servicios informativos tan alternativos que la Administración socialista decidió suprimir en los años noventa, Radio 3 hizo de las oferta musical su única razón de ser. El empeño de la cadena por mantener con vida una escena propia frente al paulatino desarrollo de herramientas informativas que ponían al alcance de la mano de cualquier aficionado las propuestas procedentes del extranjero ha permitido que en los últimos años, y de atrás hacia adelante, el pop español todavía sea capaz de protagonizar gestas tan meritorias como las de Los Planetas o, más recientemente, Vetusta Morla, inexplicables sin el apoyo promocional que la emisora de Prado del Rey ha prestado a sus obras.

Ejercicio de patriotismo. Radio 3 conserva aún la autoridad necesaria para marcar el camino de quienes todavía se preocupan de lo que sucede en el pop nacional, y su programa sirve de guía para valorar las novedades de un mercado cuya cercanía -quizá su principal valor en otra época informativa- resulta ya similar a la de las bandas extranjeras a las que sin complejos tratan de imitar, cada vez más accesibles sin necesidad de pasar por filtros mediáticos del siglo pasado. Contaminados por una influencia anglosajona que se puede sintonizar directamente, los grupos españoles compiten en igualdad de condiciones con quienes les sirven de modelos, algo que en las actuales circunstancias mediáticas los deja sin apenas sitio para respirar. Quedarse con Russian Red teniendo a la vuelta del verano un nuevo álbum de Hope Sandoval es, por expresarlo con buenas palabras, un ejercicio de patriotismo.

Los archivos de Radio 3 documentan la decadencia creativa de un rock nacional que desde los primeros años noventa decidió competir en las ligas extranjeras, pero sin tener en cuenta que las televisaban en abierto. El creciente éxito de las emisoras musicales de Unión Radio, con unos «40 Principales» que rozan ya los tres millones de oyentes, revela la creciente distancia que separa el pop español de consumo, politono y pandereta de las producciones de quienes insisten en cultivar una independencia creativa cuya dependencia exterior, valga la paradoja, resulta más que notable y, sobre todo, ahogadiza.

Auge y caída. A lo largo de estas tres décadas de existencia, Radio 3 ha retransmitido en directo el auge y caída de un rock alternativo que, tras desarrollar un lenguaje propio, agotado a finales de los años ochenta, hizo un cursillo de inglés a bastante distancia para adoptar una presunta marginalidad que fue su tumba. A medida que internet ha ido aproximando al aficionado las producciones de quienes reinventan el lenguaje del rock, y la crisis del mercado del disco los ha llevado de gira hasta convertirlos casi en paisanos, sus traductores e intérpretes han pasado a ser prescindibles.

En un mundo en el que las distancias se acortan e incluso desaparecen, la noción de cercanía -el sitio histórico de Radio 3- exige unos refuerzos que muy pocos parecen dispuestos a cultivar.