Julia, outlet indi


BLANCA VÁZQUEZ
La República cultural




Cuando los estrenos de cine producen una desgana anímica que puede agravar aún más la crisis zozobrante en la que nos encontramos, conviene dirigir la mirada a otros estrenos, también de cine, pero en otro formato o plataforma, el digital para el disfrute privado, ya sea en DVD o en Blue-ray para los más florecientes tecnológicamente. Ocurre que para nuestro solaz de cinéfilos, siempre encontramos buen material en la pantalla digital, ya sea en los lanzamientos para compra o para alquiler. Por lo tanto nos vamos Direct to Video.

Estos días tenemos la enhorabuena de contar con dos beneméritas joyas, la impresionante “Déjame entrar” de Tomas Alfredson, de la que mi compañero Luis Rueda dio excelente cuenta de ella en esta vuestra revista: … La poderosa carga carnal de este filme denso y contemplativo contrasta con el retrato sofocante de una comunidad del extrarradio del gélido Estocolmo en el que los adultos lucen como seres a la deriva, como una raza hibernada a la que la niña protagonista recurre para alimentarse…

No menos impresionante es Julia del cineasta francés Érick Zonca retornado de su largo silencio después de su gran éxito de 1998 La vida soñada de los ángeles. Una vuelta que supone una mirada atrás en todos los sentidos, estéticos y de planteamientos creativos en torno a su nuevo filme, un volver a degustar un cine puente entre las hechuras indis de los setenta y la coyuntura comercial actual. Un cine, que todo hay que decirlo, libera la opresión mental en la que se va introduciendo el espectador con tanta sutil y no tan sutil imposición de modas absolutamente bastardas de entretenimiento pueril.

Zonca, a su manera, ha hecho un mestizaje con todas las marcas de agua del cine de autor, las aventuras independientes de un, pongamos por caso, Cassavetes, pero también Jarmusch, Smith, Van Sant, DiCillo, o Buscemi, al que como guinda comercial (al fin y al cabo se vive de esto) ha dado unos toques de thriller con virutas a lo tándem Iñárritu/Arriaga, para lograr un producto que tiene mayor interés de lo que a primera vista pueda parecer.

Decía hace unos meses Hilario J. Rodríguez a propósito de Julia, que “esta es una película que entrega sus tesoros al cabo del tiempo y no pocos minutos después de haberla visto, ni siquiera después de varios días o meses”. Bien, clavado en la diana. Estamos, (además de absolutamente de acuerdo con Hilario), ante una de esas pièces que va macerando calidad en el tiempo después, en el devenir de su visión. Enhorabuena a Zonca, nada mejor para un realizador que saltar el charco de las charangas olvidadas en el mismo instante de salir por la puerta de atrás del cine, o al rozar el play-off del video.

Con buen juicio Zonca ha escogido para el protagonismo absoluto de esta cinta, que formó parte de la sección oficial de la Berlinale 2008, a una mujer, algo sumamente arriesgado en taquilla hoy día, donde el éxito de cualquier inversión cinematográfica se sigue midiendo por el carisma masculino del superprotahéroe, vaya de buen salvador o malo carismático. Todos sabemos a estas alturas (Orlando, The War Zone, The Beach, Vanilla Sky, Broken flowers, The Chronicles of Narnia, Michael Clayton, Burn after Reading) que carisma no le falta a nuestra prota, Tilda Swinton, actriz en la cumbre de la calidad, una no novia de América, un valor añadido frente a un realizador que el espectador, probablemente, había olvidado. Es decir que Swinton vende más que Zonca, por el momento. Pero ambos juntos venden mucho, interés de entrada, que queda certificado más tarde al toparnos con otro retrato de la Ámerica de fronteras, la que se deja balancear al borde del precipicio.

El mismo Zonca admite que se vio influenciado por el cine de Cassavetes y sobre todo la fotografía de Helmut Newton, a lo que él imprimió su lado salvaje, la confusión en estado puro. La confusión de una alcohólica, Julia, que se siente cada vez menos dueña de sus actos, absolutamente histriónica, deshumanizada y peligrosa para sí misma. Entre noches sin fin, fiestas sobradas, y resacas huracanadas de cartón piedra, recibe la propuesta de una mujer desequilibrada, (Kate del Castillo): raptar a su propio hijo que vive con el abuelo millonario. Julia acaba aceptando tan desatinada idea, a la que añadirá planes de su propia cosecha centrados en conseguir un buen puñado de dólares. Pero con lo que no contaba un acto criminal tan improvisado es con las consecuencias que los propios desatinos de Julia le depararán, jugando la historia a varias bandas, desde ser un thriller, un retrato de mujer que se aleja de las mermadas siluetas de Hollywood que acaban convirtiendo a la hembra en una santa redimida, hasta una manera de filmar diferente, con más de un momento políticamente incorrecto que se parece más a la realidad que a la realidad que nos quiere presentar el cine. En todo caso no hay moralina en esta cinta, ni la pretende, como dice su autor. Sí hay una Swinton muy viva, plástica, absolutamente carismática, tanto como una Gena Rowland de antaño, o un George Clooney de hoy.

Entreleo que el cineasta francés nos habla de como las drogas, del tipo que sean, nos provocan una ceguera absoluta sobre la realidad, que solo cuando se nos pone de frente con la fuerza de los hechos la palpamos en su brutalidad, donde toca hacer acopio de la humanidad que aún quede, aunque luego volvamos a la habitual ceguera.

Bien por Zonca, (a pesar de ciertos saltos un tanto irregulares en la trama), y suerte la nuestra por contar con estos antídotos.

Keith Richards, el auténtico jefe de los Rolling Stones


ALEJANDRO ARTECHE
Soitu




Del liderazgo bicéfalo de los Rolling Stones, la figura de Keith Richards es quizá la menos conocida por el gran público, que no los fans. De hecho, Richards no concedió ninguna entrevista de importancia hasta 1971. Todas las hacía Mick Jagger. Ahora, y para solucionar esto, llega a las librerías la 'Biografía desautorizada' de Keith Richards. Escrita por Victor Bockris, la edición que se publica es la corregida y ampliada.

La primera versión del libro abarcaba hasta el periodo de 1993, fecha en que fue publicado. Una nueva versión actualizada hasta 2002 es la que podemos disfrutar ahora en castellano por parte del autor de otras biografías de artistas tan ilustres como Andy Warhol, Lou Reed, Patti Smith o el boxeador Muhammad Ali.

En ningún momento el guitarra de los Stones concedió ninguna entrevista para este libro pero sí muchos de sus conocidos, colaboradores y allegados, entre ellos su ex pareja y madre de sus hijos Anita Pallenberg. Una extensa entrevista que Victor Bockris le realizó para el High Times en 1977 poco después del arresto de Keith Richards en Barbados por posesión de drogas y las innumerables entrevistas que se han publicado a lo largo de su carrera son el eje central del libro.

Escrito de manera muy amena, ágil y en formato de reportaje, esta biografía desautorizada nos lleva a conocer la verdadera personalidad del príncipe de las tinieblas del rock 'n roll. Su pasión por la familia y sus hijos, los libros sobre historia nazi, sus problemas con las drogas y la bebida y su pasión por la música.

A través de 500 páginas vamos a descubrir que si los Rolling Stones siguen hoy en activo es gracias a Keith Richards, que desde la fundación de la banda ha hecho lo imposible por mantenerla siempre unida, a pesar de las zancadillas que le ha puesto más de una vez el ególatra de Jagger, sobre todo en la década de los 80. Con su aspecto de colgado y pasota, ha sido Keith Richards el que ha removido cielo y tierra para conseguir que la formación siguiera junta grabando discos y saliendo de gira.

Lo que por muchos de los colaboradores del grupo ha sido definido siempre como "una extraña pareja" o un matrimonio donde la tensión sexual siempre ha estado presente, una relación homosexual aunque no existiera sexo por medio y una lucha interna entre dos gallos por controlar el corral, se deja ver en este libro como una aventura apasionante.

Dos egos enormes intentando dirigir una nave. Luchas internas de poder, maniobras para derrocar los proyectos del otro, subterfugios para conseguir hacer lo que uno quiere… La vida interior de los Rolling Stones es como un pequeño país en constante guerra civil para conseguir el mando. Leer cómo se consigue reunir a los músicos para intentar grabar un nuevo disco cuando algunos están más interesados en sus proyectos en solitario o cómo intentar convencer a la prima donna de Mick Jagger de la necesidad de salir de gira están narrados en el libro de forma tan majestuosa, que casi parece que estemos asistiendo a la narración de una batalla naval.

No sé si decir de primera mano porque ya digo que Keith Richards no ha participado en el proyecto, pero con las declaraciones de gente afín y la prensa de la época, en el libro recibimos mucha información de algunos sucesos desagradables en la historia del grupo como la caída en desgracia entre el resto de los Stones y posterior muerte de Brian Jones; el concierto con los Angeles del Infierno que terminó con un espectador muerto a manos de los motoristas; las constantes detenciones en los 70 de Richards y su mujer por culpa de su desmesurado consumo de heroína, y los problemas y juicios que tuvieron en varios países…

¿Buen rollo?

Aunque parece que entre Jagger y Richards hay buen rollo, o al menos se toleran, en esta biografía no es que salga muy bien parado el cantante. Se comenta mucho su tan cacareada bisexualidad —sobre todo en los 60/70—. Anita Pallenberg cuenta como Mick Jagger se acostó con Brian Jones en el piso que compartían junto a Richards. Claro que también cuenta que John Lennon fue una vez de visita y pilló juntos a Keith y Mick. ¿Promiscuidad o ganas de probarlo todo? En el libro, Paul McCartney cuenta que durante una temporada a Jagger se le podía ver por la calle maquillado como si fuera un travesti.

Keith Richards es un apasionado de la música en general. En su colección de discos se mezclan Chaikovski y Andrés Segovia con Elvis Presley y los Beatles. Amante del blues, su principal pasión es conocer a otros músicos y pasarse días enteros encerrado en los estudios de grabación probando cosas. Son su parque de atracciones, mientras que Mick Jagger siempre ha sido más de relaciones públicas, famoseo, y escalada social.

En esta biografía de Victor Bockris se detalla como el propio Richards cuenta que el famoso logotipo de la lengua no pertenece a la boca de Mick Jagger, sino que está basada en la diosa hindú Kali. Creado a finales de los 60, Richards no estaba muy seguro de él y decía que era un símbolo que no iba a quedarse así siempre. "Quizá vaya convirtiéndose lentamente en una polla", declaraba con muy poca visión de futuro porque más de treinta años después, ahí sigue la famosa lengua.

El tema del diseño y la estética -¡quien lo iba a decir con el aspecto tan desaliñado que lleva siempre, aunque sea un desaliño cuidadosamente estudiado!- está presente en otras partes del libro. Richards, que se declara ateo, habla de religión y sobre su última mujer, devota cristiana que reza y bendice antes de sentarse a la mesa, y comenta que el crucifijo católico le incomoda tremendamente. ¡Un tío muerto clavado en un trozo de madera! ¡Menudo logotipo!, suele decir Keith Richards para zanjar las discusiones sobre religión.

Otra de las famosas leyendas urbanas que han seguido a tantas estrellas del rock drogadictas durante los 70 fue la del famoso 'cambio de sangre'. Se dijo de Eric Clapton y de Keith Richards, que iban a una clínica Suiza regularmente a cambiarse la sangre para limpiarse de los excesos de la heroína. En el libro Richards cuenta como es la historia y por fin podemos saber que sí, que la clínica existe, que es carísima y que en menos de una semana estás completamente limpio de droga sin necesidad de pasar un síndrome de abstinencia. También es cierto que se hace una serie de tratamientos en la sangre del paciente pero para saber como es el proceso y si verdaderamente se les cambia o no la sangre, eso mejor que lo lean.

Y sí, también habla de sus famosas caídas de cocoteros y ataques de bibliotecas enfurecidas que le obligaron a suspender algunos conciertos de las últimas giras y que tanta risa le causó a más de uno.

Las mujeres son imposibles

NICOLE THIBON
Público



“¡Las mujeres son imposibles! ¡Hay que ver cómo nos esquivan!” –Aristófanes–

Decididamente, la vida en 2009 es estupenda. Dos mil años de filosofía, más de dos siglos hablando de igualdad, y a las mujeres se las sigue discriminando en el trabajo, se les paga menos, y están sub-representadas en todos los centros de decisión; y ello, en la mayor parte de los países desarrollados del planeta. El 12 de mayo de 2009, los ministros de los 47 estados miembros del Consejo de Europa lo dijeron, esta vez de manera muy clara y contundente: “¡Hay que consolidar en los hechos la igualdad entre mujeres y hombres!”. Pero los hechos son testarudos y hablan más claramente que las palabras.

Según el informe Grésy de julio de 2009, el 47% de los trabajadores de Francia ya son mujeres. Con un 54% de diplomadas, están además mejor preparadas que sus colegas masculinos. Y las cosas parecen ir a más: este año obtienen el bachillerato el 70% de las muchachas, contra el 59% de los muchachos.

Pero hay que leer la primera página de Le Monde del pasado 13 de julio: “¿Un 40% de mujeres a la cabeza de las grandes sociedades?”. Una lectura demasiado rápida podría pasar por alto los signos de interrogación. No se trata de una realidad sino de imponer una cuota en los sectores privado y público, objetivo eminentemente positivo y que manifiesta una loable buena voluntad, pero que subraya lo desastroso de la situación actual. En Francia sólo hay un 10,5% de mujeres en los consejos de Administración de las empresas que cotizan en Bolsa; en los de las primeras 500 empresas, sólo un 8%.

Pero las francesas no se pueden quejar, si se las compara con el 6,6% en las 300 grandes empresas españolas, el 2,1% de las italianas y el 0,8 de las portuguesas. Sólo algo más de la mitad de los países del mundo publican datos estadísticos. “La contribución de las mujeres no aparece aún en las estadísticas oficiales”, dice un informe de Naciones Unidas de 2008. Es lo que púdicamente suele llamarse “la invisibilidad de las mujeres en los centros de decisión”.

Cuando las cosas no se hacen según la lógica y el sentido común, queda la ley. Es así que la solución tendrá que volver a ser la imposición de una cuota –que por otra parte da siempre excelentes resultados en política, en todos los países en que se la aplica–. Las empresas francesas tienen seis años para arreglar las cosas, y el sector público sólo cuatro. Las empresas noruegas sometidas a la cuota han llegado rápidamente a un 44,2% de mujeres en sus consejos de Administración. Se calcula que, si no se impusiera una cuota, se necesitarían 50 años para alcanzar cierta igualdad en los países normalmente desarrollados. Lo importante es no perder la paciencia.

El asunto es aún más cómico en el plano salarial. Pese a todas las recomendaciones y requerimientos, “las diferencias de salario se mantienen”, afirma el informe Grésy, y la remuneración global media de las mujeres es un 27% inferior a la de los hombres o, si se quiere, la de los hombres es un 37% superior a las de las mujeres. Es más: la diferencia máxima se halla en el sector de los ejecutivos; un 30,8%. Y más todavía, cuanto más diplomas o años de edad tiene una mujer, menos se le paga con respecto a su equivalente varón: un 32% de diferencia.

La situación no es menos divertida en Estados Unidos. Según un estudio de los sindicatos AFL-CIO, “la mujer de 25 años que trabaje a tiempo completo todos los años hasta que se jubile a la edad de 65, ganará 523.000 dólares menos que el trabajador masculino promedio”.

No es consuelo el que en otras partes sea peor. Según estimaciones recientes, las mujeres africanas constituyen el 70% de la mano de obra agrícola y producen el 90% de los alimentos. Su tasa de actividad económica es 61,9% superior a la de todos los países de la OCDE en su conjunto. Y, eso sí, son las más pobres y maltratadas.
España mantiene valientemente su posición en las estadísticas. Según un informe sobre el mercado laboral publicado por Manpower, las mujeres ganan un 50% menos que los hombres en el sector privado español y un 10,7% en el sector público, lo que significa que el salario medio de la mujer en España es un 34,7% inferior al del hombre. Todo se explica, según el analista, porque el tiempo de trabajo de la mujer es un “13% inferior al del hombre”, porque existen “diferencias en las características individuales” y porque cuando aumenta la experiencia laboral la diferencia salarial “se incrementa”, dado que la mujer “tiende a abandonar” su presencia en el mercado, sobre todo entre los 35 y los 40 años. ¡Cuando las cosas se explican bien todo se comprende! Lo que se comprende mucho más fácilmente es la acentuada tendencia a crear cooperativas de mujeres un muchas partes del mundo y, en particular, en España. Como lo exponía María Carmen Martín García, durante el reciente y brillante coloquio internacional Voces Mediterráneas III en Granada, estas cooperativas se basan en “los valores de ayuda mutua, responsabilidad, democracia, igualdad, equidad y solidaridad…, una ética de honestidad, transparencia, responsabilidad social y preocupación por los demás”. Movimiento originado en el Reino Unido en 1883, la Alianza Cooperativa Internacional reúne hoy 218 cooperativas de 78 países, y representa a más de 800 millones de personas. La Asociación de Mujeres Empresarias Cooperativistas española se dirige a mujeres que quieran poner en marcha un negocio bajo la fórmula empresarial de una cooperativa.

Podemos imaginar fácilmente que, harta de ser discriminada, mal pagada y con pocas posibilidades de promoción real en relación con su capacidad, la mujer activa, cada vez más educada y diplomada, y consciente de su dignidad, se encuentra más a gusto en un ambiente igualitario y transparente. Una no lo dudaría.

'El club de los estrellados', Joaquín Berges. De la metamorfosis y los cometas


LUIS BORRÁS
Aragónliterario




Que alguien te confunda con otro es la ocasión perfecta para vivir una aventura. Imagínatelo.

Por error un tipo te entrega un sobre y tu trabajo consiste en encontrar al destinatario.

La oportunidad para dejar de ser un vulgar insecto y creerte un agente secreto en misión especial. Muchos hemos querido alguna vez protagonizar ese sueño peliculero.
Que una casualidad ponga a una mujer adorable en la órbita de un solitario es un golpe se suerte. Como encontrarte un billete de lotería premiado en mitad del desierto. Lo malo es que el décimo tenía un hilo atado en un extremo y el dueño tan sólo tiene que dar un tirón para recuperarlo y dejarte a ti con las manos vacías.
Pero “El club de los estrellados” no es una simple aventura urbana ni una triste historia de amor intimista. Son dos amigos, dos hombres, dos historias, dos líneas que parten del mismo punto muerto. Y que como en esos gráficos de las cotizaciones en bolsa, llevan el mismo camino pero en sentidos opuestos, mientras una sube la otra baja. Los dos se arriesgan, pero uno vence y el otro pierde. Uno actúa, el otro contempla y escucha. Mientras uno -jamesbond narizotas, orejón y peludo- vive su propia aventura repleta de sexualidad y valor que le hará ganar el amor, el otro pasa los días coleccionando por entregas un monólogo devastador y cruel que al final le dejará sin premio.

Los dos forman parte de un club de solteros, divorciados o viudos que se dedican los sábados por la noche a observar estrellas para huir de alguna de las múltiples versiones de la soledad. Lo que pasa es que uno -fetichista de la ropa interior femenina, hermafrodita y voyeur que combate la depresión de su rutinaria soledad con ansiolíticos y que duerme recurriendo a la química- se lanza por un tobogán que le hará transformarse en un kamikaze enamorado; mientras que el otro –tímido crónico- apuesta al amor con la desventaja del gafe y el destino del pagafantas: ser el perfecto confidente, el amigo fiel. A uno la casualidad le lleva hasta la mujer adecuada, al otro la casualidad le trae junto a él a una mujer herida de cáncer y amor incurable. Uno es capaz de entrar en territorio enemigo y liberar rehenes, el otro tendrá que contemplar las típicas sonrisas, la emoción del reencuentro, los nervios frente al armario y el espejo dedicados a la cita con otro hombre.

Los dos asisten a un striptease emocional: uno al propio, otro a uno ajeno. Uno encuentra la mirada, el cuerpo y el sabor, las caricias y el silencio que llenan el vacío de su vida, el alumbramiento que le llevará a luchar en una guerra a la inversa, a luchar no para sobrevivir sino para dejar de estar muerto. El otro contemplará sin sexualidad ni deseo el cuerpo desnudo de una mujer y tendrá que soportar la dolorosa exhumación del pasado, escuchar resignado las palabras que le dejan fuera de juego. Los dos descubren algo: uno lo que no sabía y llevaba tiempo buscando y el otro la confirmación de lo que ya conocía.

La novela de Joaquín asombra y divierte, desgarra y duele, habla de liberación y secretos, conquistas y despedidas, de aves migratorias y crisálidas; hace posible lo increíble y dolorosamente real lo imposible. Habla de la metamorfosis animal de un hombre, un extraño héroe con peluca, liguero y tacones; y de un solitario melómano, astrónomo privilegiado, que tuvo la suerte de contemplar, sin telescopio y a plena luz del día, a un hermoso cometa, una estrella fugaz e inalcanzable, que quizás, porqué no, algún día regrese.

Por qué los estadounidenses no quieren un sistema de salud pública

CRISTINA F. PEREDA
Soitu




Más de 47 millones de norteamericanos vive sin seguro médico. A estos se suman 14.000 cada día. Sin embargo, 1 de cada 6 dólares que consume Estados Unidos lo hace en gastos médicos. El 62 por ciento de las familias que se declaran en bancarrota lo hacen arrastradas por facturas médicas. El coste de un parto roza los 10.000 dólares. Y el de una analítica completa, los 700.

Esto se traduce en la costumbre de ver por la calle a gente que va al trabajo en condiciones en las que en España les darían la baja. Pocos van en muletas si necesitan una escayola en una pierna. Si tienen un brazo escayolado, trabajan con el otro. Si se quedan en casa, trabajan desde casa. Si tienes gripe o fiebre, lo normal es mandar un email al jefe dando cuenta de la temperatura exacta. Todo por no perder el trabajo. Ni el seguro médico. Pero, ante una situación así, ¿por qué los americanos son tan contrarios a una cobertura médica universal?

El primer obstáculo para conseguir cobertura para todos son los 200 millones de norteamericanos que sí tienen seguro. El segundo obstáculo son los 60 millones que tienen un seguro insuficiente: Obama tiene que convencerles de que las nuevas opciones serán mejores. El tercer impedimento es el individualismo estadounidense. Un sistema público implica que los costes médicos corren a cargo del estado gracias a los impuestos de los ciudadanos. La lectura que hacen algunos norteamericanos es que no quieren pagar con sus impuestos los medicamentos al vecino de al lado. Ni a los más pobres. El país ya cuenta con un sistema para los gastos médicos de aquellos que ganan menos de 10.000 dólares al año, llamado Medicaid y que Obama quiere extender a mayor parte de la población.

Y cuarto. El complejo sistema sanitario y legal que enmarca las reglas del juego de las aseguradoras, los altos costes de cualquier tratamiento y los miles de millones de dólares que gastan al año las compañías farmacéuticas en financiar las campañas de los políticos. Para que después no lleguen al congreso y firmen por un plan que reduzca sus ingresos. Como podría pasar con un sistema universal.

Para resolver todos estos problemas de un plumazo, Obama no apoya un sistema de salud universal o público sino un sistema de pago compartido. Para el que tenga trabajo y su empresa le proporcione un seguro, podrá quedarse con él. Para el que no tenga trabajo ni seguro, el estado —mediante un sistema como el español— mantendrá cubiertos sus gastos médicos.

La propuesta de Obama sonaba perfecta durante su campaña electoral. Pero la situación es mucho más complicada que decir a una audiencia entregada que habrá "seguro médico para todos".

En estos momentos hay tres propuestas de ley en el Congreso y en el Senado para reformar el sistema actual. Las dos cámaras tendrán que ponerse de acuerdo, pero los senadores ya han dicho que no llegarán a la fecha límite deseada por el presidente, que quería ver resultados antes de las vacaciones de la semana que viene. Antes de que Obama pueda aprobar cualquier reforma, varios comités dentro del parlamento tendrán que ponerse de acuerdo. Dentro de cada comité, además, cada congresista y senador tiene un ojo en la legislación y otro en sus intereses electorales personales.

La economía puede ser la clave

Si hay una preocupación que ciudadanos y legisladores tienen en común es el coste de la reforma. Aunque no todos lo vean desde el mismo punto de vista. Estados Unidos gasta casi tres billones de dólares al año en cuidados médicos. Para cada familia se traduce en una media de 1.800 dólares anuales sólo en la póliza sanitaria. Cualquier enfermedad por sencilla que sea empieza a multiplicar la cifra. El argumento de Obama es que si las familias están endeudadas de esta forma, no pueden contribuir a la recuperación de la economía estadounidense. Sus opositores le contestan que endeudando más al país para que todo el mundo tenga cobertura tampoco va a sacar a Estados Unidos del agujero.

La propuesta de los más liberales —recordemos que cualquier opción universal es tachada en Estados Unidos de "socialista"— incluye que los ricos paguen más impuestos para contribuir a la cobertura de los más pobres, que las empresas estén obligadas a proporcionar un seguro a sus empleados a partir de cierta cantidad de beneficios; que las aseguradoras médicas no puedan negar una póliza a ningún ciudadano por enfermedades o condiciones pre-existentes, y que tampoco puedan cobrar más por el mismo seguro a una persona enferma que a una sana (en el momento de contratarlo).

Los conservadores no sólo se oponen a un sistema universal porque no quieren que el gobierno se interponga entre médico y paciente. Tampoco quieren que los empresarios estén obligados a proporcionar el seguro a sus empleados ni que los contribuyentes paguen con sus impuestos la cobertura de otros.

Como ejemplo de la complejidad del asunto, dos comités del congreso están enredados estos días en discusiones sobre la cifra que separa a una empresa con suficientes ingresos como para asegurar a sus empleados de otra a la que no se puede obligar a hacerlo.

La salud de los americanos empeora

Las numerosas apariciones públicas y ruedas de prensa de Obama, así como de los demócratas, no ayudan a deshacer el embrollo. Tampoco han hecho que los ciudadanos tengan más claras las diferencias entre una y otra propuesta. Pero el contexto económico puede que sea la única diferencia —y el único factor de ventaja para Obama— entre esta reforma y todas las que han fracasado en el pasado. El último intento protagonizado por el matrimonio Clinton tuvo lugar en un contexto en el que la salud de los norteamericanos mejoraba cada año. Sin embargo, 2008 fue el cuarto año consecutivo en que la salud nacional se estancó por el aumento de la obesidad, la falta de cobertura médica entre la población y el abuso de malos hábitos alimenticios y tabaco (según el Centro de Control de Enfermedades).

No hay nada que convenza mejor a los norteamericanos sobre la necesidad de un cambio que sentirse amenazados individualmente. Las cifras de 14.000 personas sin seguro cada día les recuerdan que el siguiente puede ser cualquiera. Y ese cualquiera puede tener un accidente de coche o ser diagnosticado con una enfermedad grave mañana mismo.

Para los más críticos con el asunto, el problema de la reforma es que está basada en un sistema que ya se ha demostrado que no funciona. Los costes médicos son demasiado altos y la simple reducción en los precios de pruebas y medicamentos ayudaría a extender la cobertura médica. Pero esto significa que las compañías aseguradoras verían reducidos sus ingresos. Por el momento, una misión imposible. Por eso Obama parece convencido en que poner un parche sobre los agujeros del sistema actual servirá como solución.