El Gran Gatsby de la Pintura

El holandés Van Dongen vivió los años dorados de las vanguardias en París. Fue amigo de Picasso, pero pudo más en él el deseo de lujo y ‘glamour’. Se convirtió en el pintor cóctel, el hombre que mejor retrataba a las mujeres. Por primera vez en España una retrospectiva muestra sus obras


JULIA LUZÁN
El País




"El más extraño privilegio de la pintura”, decía Degas, “es el de encolerizar a la gente”. Tal definición cuadra a la perfección con la personalidad de Kees van Dongen (Rotterdam, Holanda, 1877-Mónaco, 1968), uno de los abanderados de la revolución fauvista, admirador de Rembrandt y Frans Hals en su juventud, militante del anarcocomunismo, el hombre que lanzaba máximas sociales como: “¿Acaso pintar no es otra cosa que ponerse al servicio del lujo en una época como ésta, cuando vivimos rodeados de pobreza?”. De ahí a pintor de estrellas, media un abismo, un agujero negro, del que emergió como retratista de artistas y de la jet society en los años dorados de la belle époque.

El Gran Gatsby de la pintura alcanzó la gloria, pero no el reconocimiento. “Tuvo una carrera brillante como pintor, pero ha pasado a la posteridad como el pintor cóctel, marcado por golpes de efecto y escándalos”. Así lo define Anita Hopmans, directora de exposiciones en el Instituto Holandés de Historia del Arte. Van Dongen, del que el Museo Picasso de Barcelona muestra actualmente su primera retrospectiva en España, se forjó a pulso una leyenda atractiva, pero detestable para sus compañeros de generación. Al final de su vida, para redimirse, sólo podía echar mano de su antigua amistad con Picasso. En 1949, un nostálgico Van Dongen posaba con el retrato a lápiz pintado por Picasso, antes de que el malagueño, y Guillaume Apollinaire a la cabeza, le pusieran a caldo. “Vivir en París no le sienta bien”, decían.

Formado en la Academia de Artes y Ciencias de Rotterdam, descubrió muy pronto el atractivo del distrito rojo, el barrio de las prostitutas de la ciudad holandesa. Decía que le gustaba ver a las mujeres de la vida sentadas en las ventanas, esperando a los clientes, como si estuvieran expuestas en vitrinas. Dibujaba sin cesar, y aquellos apuntes, con influencias de Toulouse-Lautrec, lo hicieron muy popular en la prensa francesa, donde publicaba regularmente.

“ParÍs me atraía como un faro”, y decidió mudarse a París. Vivió en la miseria hasta que captó la atención del descubridor de artistas, el marchante Vollard. Expuso en su galería en 1904. Y tuvo éxito. La gente se quedó boquiabierta ante el aspecto de un “gran diablo de barba rubia, mirada socarrona, una personalidad indescriptible”, según Vollard. “Siempre calzado con sandalias de donde surgían los dedos del pie que han agujereado el calcetín; se le encuentra en todas partes, en todos los barrios, bajos fondos o chics, siempre escoltado por jovencitas…”.

Tiempo después, en el Salón de Otoño parisiense, volvió a mostrar sus obras, esta vez junto a Derain y Matisse. Fue allí donde el crítico de arte Vauxcelles acuñó para ellos el nombre de fieras: “Los colores de sus pinturas rugen en las paredes”. Había nacido el fauvismo, y Van Dongen formaba parte de él.

Cuando pudo empezar a vivir modestamente de sus obras se mudó al Bateau-Lavoir, en un estudio enfrente del de Picasso. Las mujeres de ambos, Fernande Olivier y Guus, simpatizaron, y la amistad entre los pintores se consolidó. Hasta que la mujer de Van Dongen regresó a Holanda con la hija de ambos. Por entonces, él imitaba en todo al artista malagueño. De esa época es el retrato de Fernande, un desnudo en rojo y amarillo, que el holandés posiblemente pintó en 1907 durante una de las separaciones temporales de la conflictiva pareja.

Otro golpe de fortuna. El marchante Kahnweiler entró en su vida y compró algunos de los cuadros: “Una cálida tarde del verano de 1907 vino a verme un hombre con sandalias, pantalón azul y jersey gris. Tenía el pelo y la barba descoloridos por el sol y el viento. Una gran pipa y gorra”. A Kahnweiler le pareció detectar una cierta influencia de Picasso en la obra de Van Dongen, pero le encantó “el gozo y la alegría del color”. En sus años jóvenes, el holandés había sido boxeador para ganar algo de dinero y reflejó las poses combativas en sus retratos de mujeres, aquellas luchadoras incandescentes. Amaba el tono carmín, rojo sangre, el color de los burdeles, del music-hall.

Van Dongen ya había despegado. En 1908, los coleccionistas rusos, Shchukin y otros, comienzan a comprar sus obras. El éxito le sonreía y su vida empezó a cambiar. Abandonó Montmartre y se instaló en la calle Saulnier, una zona cercana al Folies Bergère, el cabaré más famoso de París. Allí cortejaba a las coristas del local, Nini y Anita, la bohemia, que posaban para él como modelos. La sensualidad del cuerpo femenino se desplegaba sin pudor en sus lienzos. Empezó su alejamiento de las vanguardias parisinas.

En 1911 su amistad con el modisto Paul Poiret será fundamental en su vida y en sus contactos. De hecho, él fue quien le presentó a la rica coleccionista de arte Peggy Guggenheim. La unión de ambos se tradujo en alcohol, mujeres e innumerable fiestas con “bailarinas lascivas”. El optimismo de esos años se reflejó en una paleta de colores vibrantes, verde, azul o amarillo.

Un año después Van Dongen regresa como triunfador a Montparnasse. En su estudio se dan los bailes más fastuosos y él se retrata como Neptuno. Fernande Olivier recuerda una gran fiesta, en 1914, poco antes de la I Guerra Mundial, como una bacanal donde se comía, se bebía y se hacía en amor en cualquier rincón. En 1914, el artista se aproxima a la marquesa Luisa Casti, excéntrica, bella y adinerada. Modelo de Man Ray, amante del escritor Gabriele D’Annunzio, el poeta preferido de Mussolini. Fue ella quien hizo entrar a Van Dongen en “los salones mundanos de la época”. Años después, será otra mujer, Jasmy Jacob, Jasmy la Divine o Jasmy la Terrible, inteligente y autoritaria, directora de la Maison de Couture Jenny, la que se convertiría en su maestra y mentora. Jasmy tenía clase, y cuerpo de maniquí. Pronto, ambos comprenden que están hechos el uno para el otro. Van Dongen se divorcia y se muda con Jasmy a una nueva casa donde renace como pintor de salón. Comienza su etapa de lujo y glamour. A sus fiestas acuden mujeres con pieles, adornadas con perlas y diamantes. Son habituales Cocteau o Madame Chanel, encantados con su mundanidad artística. La guerra ha terminado y, aunque los críticos lo traten con menosprecio, él es la vedette de la alta sociedad, su pintor de cámara. “Se me reprocha, escribió Van Dongen, ser mundano, enloquecer con el lujo, ser un esnob disfrazado de bohemio, o un bohemio disfrazado de esnob. Pues sí. Adoro la vida de mi época, tan animada, tan acelerada… Me gusta lo que brilla, las piedras preciosas que resplandecen, las mujeres sensuales, y la pintura me da todo eso porque lo que yo pinto es, a menudo, un sueño o una obsesión”.

En los años veinte, en el periodo de entreguerras, Van Dongen era el pintor de moda, y la seguía a rajatabla en sus retratos. De hecho, retrata a mujeres de siluetas andróginas, con poco pecho, sin caderas ni trasero; el pelo corto, fumando con largas boquillas, los ojos sombreados de azul. En una entrevista de 1928 afirmaba: “El mundo es un gran jardín, lleno de flores y de malas hierbas… Lo bueno de nuestra época es que todo se puede mezclar, es realmente la época cóctel”. A pesar de la boutade, en sus palabras latía un cierto escepticismo: “En el fondo, la vida es sombría y triste”.

Después entró en su época oscura. En 1941 Van Dongen se marchó a Alemania y se fotografió sin reparos con oficiales nazis. Aquello nunca le fue perdonado.

Van Dongen, el que intimó con Matisse y Picasso, nunca frecuentó los mismos ambientes que la vanguardia de aquellos años, Satie, Man Ray, Paul Morand… Los salones en los que el holandés reinaba eran los de las duquesas de Guermantes. Maurice Sachs, un cronista de la época, le dedicó en su libro Au temps du boeuf sur le toit, aceradas parrafadas: “Van Dongen es un nombre holandés… los periódicos de Deauville que le llaman el maestro holandés se olvidan de que también nombraban así a Rembrandt. Van Dongen se contenta con ser el más parisiense de los holandeses. Y no es un maestro, es un alumno. Es un caricaturista que hace de la caricatura, pintura”… Los artistas le detestan y alguno que otro lo llama “rapin de luxe” (pintor de brocha gorda de lujo).

El artista que admiraba tanto a Rembrandt, el pintor que no tenía donde caerse muerto, se convirtió con el tiempo en una estrella del retrato. En su estudio se daba cita la buena sociedad. Tras su ruptura con Jasmy se trasladó a vivir a Mónaco, donde compró una casita a la que llamó Bateau-Lavoir, en recuerdo de sus años bohemios.

Van Dongen se hace mayor. Es como si hubiera regresado a su etapa primeriza de dibujante. Pinta a la actriz del momento, Brigitte Bardot, que es portada de la revista Life en marzo de 1960. La fotografía de aquel encuentro muestra a una Bardot efervescente y a un Van Dongen anciano, demacrado, con redecilla en la cabeza y un cuerpo que semeja la rama de un árbol a punto de troncharse. Es el final de su vida artística. Kees van Dongen muere a los 91 años en Mónaco en pleno mayo del 68. Qué paradoja. Su desaparición pasó desapercibida en aquel París que tanto amó.

La exposición ‘Van Dongen’ puede verse en el Museo Picasso de Barcelona hasta el 27 de septiembre.

Tim Burton hace tiempo que no asombra


ADRIÁN MASSANET
Blog de cine




En la ya larga carrera de Tim Burton, uno de los cineastas más famosos y con más éxito (de público, se entiende) del mundo, hay literalmente de todo. Películas estimables, sorprendentes, fascinantes, impresionantes, mediocres e infumables. Son quince largometrajes hasta la fecha, si contamos su venidera ‘Alicia en el país de las maravillas’ y dejamos fuera del grupo una que no dirigió él, pero que es prácticamente suya, ‘Pesadilla antes de Navidad’. Quince largometrajes, más de veinte años de carrera que le han valido un lugar de privilegio en la industria cinematográfica más poderosa.

Pero a tenor de las decisiones que ha tomado en la presente década, y al ver que va a cerrarse con una película cuyo avance apenas acabamos de ver y que no promete algo nuevo o interesante (luego ojalá me equivoque y forme parte del grupo, pequeño, de sus mejores películas), parece que se va a cerrar un ciclo en el que Burton no ha hecho otra cosa que repetirse, ya que con la notable excepción de ‘La novia cadáver’ ninguno de sus filmes de este decenio puede compararse, ni de lejos, con ‘Sleepy Hollow’, ‘Mars Attacks!’ o ‘Ed Wood’. ¿Podemos hablar, en ese caso, de declive? En mi opinión la respuesta es un rotundo sí.

Un director-estrella

Los fans (millones) de este hombre, le consideran un genio por su fascinante mundo personal, el cuidado diseño de producción de sus películas (sustentado, sobre todo, por la soberbia labor de Rick Heinrichs en las más importantes), y ese estilo barroco y recargado, siniestro pero preciosista, que le ha aupado como el gran director de cine fantástico que muchos dicen que es. Yo estoy muy lejos de querer convencer al lector de lo contrario. Sólo quiero argumentar que este cineasta, un auténtico niño prodigio, ha ido desinflándose con el paso de los años. Y en mi opinión esto es dificil de rebatir.

No sé muy bien dónde quedó la desvergonzada locura de ‘Bettlejuice’, el amor por los freaks de ‘Batman Vuelve’ o la mala leche despiadada de ‘Mars Attacks’, por poner tres ejemplos. Y eso que las dos primeras me parecen, como poco irregulares, y que han envejecido francamente muy mal, pero cuyas buenas secuencias aún se sostienen como ejemplos del talento de un hombre que siempre ha renunciado al equilibrio tonal o dramático, en favor de su amor por los personajes cuya historia nos narra. Un amor, ya digo, que ha desaparecido con el tiempo.

Cuando en 1993 tenía lugar esa joya que es ‘Pesadilla antes de Navidad’, Burton sólo había dirigido cinco películas, pero con este relato en Stop-Motion se hacía un repaso a su particular universo romántico, con una densidad que bien pareciera que Burton tenía 75 años y había filmado medio centenar de largometrajes. Incluso, a mediados de los 90, tuvo lugar un proyecto algo disparatado que tenía como objetivo un parque de atracciones basado en las películas de Burton. Hasta ese punto había asombrado Burton con sus primeras realizaciones.

Tan denso era su universo, y tan bello ese homenaje, que muchos aún piensan que es una película de Tim Burton, cuando la dirigió Henry Selick. Que me nombren a mí a un director de 35 años con una historia parecida. No lo hay. Puede quejarse, Burton, de haber aceptado hacer ‘Batman’ (una de sus peores películas), pero gracias al marketing y a la respuesta de los fanáticos, dio millones de dólares y le convirtió en la estrella que aún es. ¡Si hasta percibió varios millones de dólares sólo por participar en la preproducción de una nueva película de Superman, aunque no llegara (como así fue) a realizarse!

Pero poco importó, porque aquel proyecto frustrado tuvo como consecuencia uno de sus mejores trabajos, y el penúltimo en el que se vio a un Burton realmente enamorado de su historia: ‘Sleepy Hollow’, que pese a sus pocos defectos, en modo alguno importantes (una historia que tiende a explicarlo todo, como si fuera necesario; algunos bajones de ritmo), es una película de aventuras y horror realmente formidable, y una gran adaptación del relato clásico norteamericano del que parte (a cargo del guionista de ‘Seven’). En comparación con todas las películas de imagen real que ha hecho en la presente década, es una obra magistral.

Porque la brillantez de Burton está ahí, aún en una obra menor como ‘La novia cadáver’, una pequeña joya que repite algunos de los temas de Burton (la vida después de la muerte, lo gris de los vivos, el colorido de los muertos…) que certificaba el cansancio temático de este director, pero que está contada con una pasión que recuerda a ‘Ed Wood’ o ‘Eduardo Manostijeras’. La primera es su mejor película, el único cine excepcional que ha hecho (y en blanco y negro, olvidándose, lo que son las cosas, de los colorines de toda su obra).

De la sinceridad al convencionalismo

La segunda es su película más personal. No creo que ‘Eduardo Manostijeras’ sea la obra genial que muchos han proclamado, pero es su filme más personal y más sentido, su belleza es intuitiva y no calculada, y su personaje central es de un alcance poético notable. Personalmente le prefiero menos superestrella y más sincero, hablando de cosas que le importan, o de sí mismo, como en el caso de Manostijeras. Porque sus últimas cinco películas tienen de todo menos frescura y sinceridad, a mi modo de ver.

Por supuesto que están hechas con una gran profesionalidad, entretienen y divierten, pero están lejos de la densidad del mejor Burton. ‘El planeta de los simios’ palidece respecto del original, por un guión muy pobre y una puesta en escena impersonal. ‘Big Fish’, un irregular intento por volver a un cine más personal y de menor presupuesto, encandiló a muchos, pero su tono poético me parece forzado, y aunque tiene hallazgos y buenas escenas, el conjunto me parece, de nuevo impersonal, y lo que es peor, desganado.

‘Charlie y la fábrica de chocolate’ está magníficamente realizada, y tiene momentos muy divertidos, pero le ocurre lo mismo que a ‘Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet’: parecen más un refrito de anteriores éxitos, como un rockero que no deja de sacar álbumes de grandes éxitos, que verdaderos pasos adelante de un artista de gran talento que parece atrapado en su propio universo, en lugar de presionar sobre él y forzar sus límites. Como resultado, me parece que la carrera de este gran cineasta se está abaratando, aguando, dispersando. Y ‘Alicia en el país de las maravillas’, que esperemos me quite la razón, no tiene pinta de ser una verdadera sorpresa.

Una vez más, me da por pensar que hay directores que deberían hacer menos películas…y mejores. Tal como dice el gran Tarantino: “películas de polla dura, no idioteces que abaraten mi carrera”. Y tiene razón.

¿Bombas por un mundo más justo?

JEAN BRICMONT
CounterPunch (Traducido por S. Seguí para rebelión)




El 23 de julio, un debate sobre la Responsabilidad de Proteger tuvo lugar ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. La Responsabilidad de Proteger (RdP) es un concepto adoptado por los líderes del mundo en 2005, que hace a los Estados responsables de proteger a su propia población del genocidio, los crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad, y que exige la intervención de la comunidad internacional si esta obligación no se cumple. Este último punto es sospechoso de estar relacionado con el derecho de intervención humanitaria, y es fuente de muchos debates. La discusión al respecto fue iniciada por el presidente de la Asamblea General, Miguel D'Escoto (Nicaragua), y reunió a Noam Chomsky; Gareth Evans, un defensor de la RdP, ex ministro de Relaciones Exteriores de Australia y, hasta hace poco, presidente del International Crisis Group; Ngugi wa Thiong'o, un distinguido escritor africano y defensor de los derechos humanos, y yo mismo. He aquí el texto de mi intervención:

Quisiera, en esta charla, poner en cuestión los supuestos conceptuales que subyacen a la noción y la retórica de la RdP. En resumen, mi tesis será que el principal obstáculo para la aplicación de una verdadera RdP son precisamente las políticas y las actitudes de los países que están más entusiasmados con esta doctrina, a saber, los países occidentales y, en particular Estados Unidos.

Durante la última década, el mundo ha sido testigo de cómo civiles inocentes eran asesinados por bombas estadounidenses en Irak, Afganistán y Pakistán. El mundo ha sido espectador impotente del criminal ataque israelí sobre el Líbano y Gaza. Antes, vimos perecer a millones de personas bajo en fuego estadounidense en Vietnam, Camboya y Laos, y a muchos otros han muerto en sus guerras por delegación en América Central o África del Sur. En nombre de las víctimas, vamos a exclamar: ¡Nunca más! A partir de ahora, el mundo, la comunidad internacional, va a protegerlos!

Nuestra respuesta humanitaria es sí, queremos proteger a todas las víctimas. Pero, ¿cómo y con qué fuerzas? ¿Cómo es posible proteger a los débiles de los fuertes? La respuesta a esta pregunta debe buscarse no sólo en el plano humanitario o en términos jurídicos, sino en primer lugar en términos políticos. La protección de los débiles siempre depende de la limitación de la fuerza de los fuertes. El imperio de la ley es una limitación, siempre y cuando se base en el principio de la igualdad de todos ante la ley. Lograr este objetivo exige una búsqueda esclarecida de principios idealistas, acompañada de una evaluación realista de la actual relación de fuerzas.

Antes de discutir políticamente la RdP, permítanme subrayar que lo que está en juego no son sus aspectos diplomáticos o preventivos, sino la parte militar de la llamada respuesta oportuna y decisiva , y el desafío que representa para la soberanía nacional.

La RdP es una doctrina ambigua. Por un lado, se vende a las Naciones Unidas como algo esencialmente distinto del derecho de intervención humanitaria , un concepto que se desarrolló en Occidente a finales de la década de 1970, tras el colapso de los imperios coloniales y la derrota de Estados Unidos en Indochina. Esta ideología se ha basado en las tragedias humanas de los nuevos países descolonizados con el fin de dar una justificación moral a las fallidas políticas de intervención y control por parte de las potencias occidentales sobre el resto del mundo.

La conciencia de este hecho existe en la mayor parte del mundo. El “derecho” de intervención humanitaria ha sido universalmente rechazado por el Sur, por ejemplo en la Cumbre del Sur en La Habana, de abril de 2000, o en la reunión de los Países No Alineados en Kuala Lumpur, de febrero de 2003, poco antes del ataque de EE UU a Irak. La RdP es un intento de introducir este rechazado derecho en el marco de la Carta de la ONU, con el fin de hacer que parezca aceptable, haciendo hincapié en que las acciones militares deben ser el último recurso y ser aprobadas por el Consejo de Seguridad. Ahora bien, jurídicamente no hay nada nuevo bajo el sol, y remito a ustedes a la nota de concepto de la Oficina del Presidente de la Asamblea General para un debate preciso de los aspectos jurídicos del problema.

Por otra parte, la RdP está siendo vendida a la opinión pública occidental como una nueva norma en las relaciones internacionales que autoriza las intervenciones militares por razones humanitarias. Por ejemplo, cuando el presidente Obama, en la reciente reunión del G8, destacó la importancia de la soberanía nacional, el influyente diario francés Le Monde lo calificó como un paso atrás, puesto que ya se ha aceptado la RdP. Hay una gran diferencia entre la RdP como doctrina jurídica y su concepción ideológica en los medios de comunicación occidentales.

Sin embargo, en una historia como la posterior a la Segunda Guerra Mundial, que incluye las guerras de Indochina, las invasiones de Irak y Afganistán, de Panamá, incluso de la pequeña Granada, así como el bombardeo de Yugoslavia, Libia y otros países, es poco creíble sostener que es el derecho internacional y el respeto de la soberanía nacional lo que impiden a Estados Unidos detener el genocidio. Si EE UU hubiera tenido los medios y la voluntad de intervenir en Ruanda lo habría hecho, y ningún derecho internacional se lo habría impedido. Y si se introduce una nueva norma , en el contexto de la actual relación de fuerzas políticas y militares, ésta no va a salvar a nadie en ninguna parte, a menos que Estados Unidos considere oportuno intervenir, desde su propia perspectiva.

Por otra parte, es imposible creer que los partidarios de la RdP estén hablando de la obligación de reconstruir (después de una intervención militar). ¿Cuánto dinero, exactamente, ha pagado Estados Unidos en concepto de reparación de la devastación que ha causado en Indochina o en Irak, o la que fue infligida a Líbano y Gaza por una potencia que aquél país arma y subvenciona, como es sabido? ¿O a Nicaragua, cuya reparación por las actividades de la contra siguen pendientes de pago por EE UU, a pesar de su condena por el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya? ¿Por qué esperar que la RdP obligue a los poderosos a pagar por sus destrucciones, si no lo hacen en virtud del actual régimen jurídico?

Si bien es cierto que el siglo XXI necesita unas nuevas Naciones Unidas, no lo es que requiera una Organización que legitime este tipo de intervenciones con nuevos argumentos, sino una que dé, por lo menos, apoyo moral a los que intentan construir un mundo menos dominado por Estados Unidos y sus aliados. El punto de partida de las Naciones Unidas fue, precisamente, salvar a la humanidad del "flagelo de la guerra", en referencia a las dos guerras mundiales. Esto debía conseguirse, precisamente, mediante el estricto respeto de la soberanía nacional, a fin de evitar grandes potencias de intervenir militarmente contra los más débiles, independientemente de la excusa. Las guerras libradas por Estados Unidos y la OTAN muestran que, a pesar de algunos logros importantes, las Naciones Unidas todavía no han logrado plenamente este objetivo primordial. Las Naciones Unidas deben proseguir sus esfuerzos para lograr su objetivo antes de establecer una nueva prioridad, supuestamente humanitaria, lo que puede en realidad ser utilizado por las grandes potencias para justificar sus propias guerras futuras al socavar el principio de la soberanía nacional.

Cuando la OTAN ejerció su autoproclamado derecho a intervenir en Kosovo, donde los esfuerzos diplomáticos estaban lejos de haberse agotado, fue elogiada por los medios de comunicación occidentales. Cuando Rusia ejerció lo que considera como su RdP en Osetia del Sur, se le condenó de manera uniforme en los mismos medios de comunicación occidentales. Cuando Vietnam intervino en Camboya, o la India en lo que hoy es Bangladesh, sus acciones también fueron severamente condenadas en Occidente.

Esto indica que los gobiernos occidentales, los medios de comunicación y las organizaciones no gubernamentales -en nombre de la llamada comunidad internacional -, juzgarán la responsabilidad de una tragedia humana de un modo muy diferente si se produce en un país hacia el que Occidente, por la razón que sea, es hostil al gobierno, o en un Estado amigo. Estados Unidos, en particular, tratará de presionar a las Naciones Unidas para que respalde su propia interpretación. Estados Unidos no siempre puede decidir intervenir pero puede utilizar, sin embargo, la no intervención para denunciar la ineficacia de las Naciones Unidas y sugerir que sea sustituida por la OTAN como árbitro internacional. La soberanía nacional es a veces estigmatizada por los partidarios de la intervención comunitaria -o de la RdP- como una especie de licencia para matar . Es preciso que recordemos porqué es necesario defender la soberanía nacional contra dicha estigmatización.

En primer lugar, la soberanía nacional es una protección parcial de los Estados débiles contra los fuertes. Nadie espera que Bangladesh interfiera en los asuntos internos de los Estados Unidos para obligar a reducir sus emisiones de CO2 a causa de las catastróficas consecuencias humanas que éstas puedan tener para Bangladesh. La injerencia es siempre unilateral.

La injerencia de Estados Unidos en los asuntos internos de otros Estados tiene múltiples facetas, pero es constante y viola el espíritu y a menudo la letra de la Carta de las Naciones Unidas. A pesar de sus declaraciones de actuar en nombre de principios como la libertad y la democracia, la intervención de EE UU ha tenido consecuencias desastrosas no sólo por los millones de muertes causadas por las guerras directas e indirectas, sino también la pérdida de oportunidades -el asesinato de la esperanza - para los centenares de millones de personas que podrían haberse beneficiado de políticas sociales progresistas iniciadas por dirigentes como Arbenz en Guatemala, Goulart en Brasil, Allende en Chile, Lumumba en el Congo, Mossadegh en Irán, los sandinistas en Nicaragua o el presidente Chávez en Venezuela, que han sido objeto de subversión sistemática, derrocamiento o asesinato con pleno apoyo occidental.

Pero esto no es todo. Cada acción agresiva dirigida por Estados Unidos crea una reacción. El despliegue de un escudo antimisiles tiene como resultado más misiles, no menos. Los bombardeos de civiles - ya sea deliberadamente o por los llamados daños colaterales - producen más resistencia armada, no menos. El intento de subvertir o derrocar gobiernos produce más represión interna, no menos. El fomento de las minorías secesionistas, dándoles la falsa impresión de que a menudo la superpotencia única vendrá a rescatarlas en caso de que sean reprimidas, conduce a más violencia, odio y muerte, no menos. Rodear un país con bases militares produce más gastos en defensa en este país, no menos. La posesión de armas nucleares por Israel alienta a otros estados de Oriente Próximo a adquirir tales armas. Los desastres humanitarios en la región oriental del Congo, así como en Somalia, se deben principalmente a las intervenciones extranjeras, no a su ausencia. Para poner un caso más extremo, ejemplo destacado de los horrores citados por los defensores de la RdP, es muy improbable que los jemeres rojos hubieran llegado al poder en Camboya sin el masivo bombardeo secreto que llevó a cabo EE UU, seguido por un cambio de régimen dirigido por este país que dejó al desventurado país totalmente perturbado y desestabilizado.

La ideología de la intervención humanitaria forma parte de una larga historia de actitudes occidentales hacia el resto del mundo. Cuando los colonialistas occidentales desembarcaron en las costas de las Américas, África o Asia oriental, se sorprendieron por lo que ahora llamaríamos violaciones de los derechos humanos, y que llamaron mores bárbaras - sacrificios humanos, canibalismo, mujeres obligadas a vendarse los pies, etc. Una y otra vez, esta indignación, sincera o calculada, se ha utilizado para justificar o encubrir los crímenes de las potencias occidentales: la trata de esclavos, el exterminio de los pueblos indígenas y el robo sistemático de tierras y recursos. Esta actitud de justa indignación continúa hasta el día de hoy y está en la raíz de la pretensión del derecho de intervención y del derecho de protección de Occidente, mientras se sigue haciendo la vista gorda ante regímenes opresores considerados amigos nuestros, a la interminable militarización y las guerras sin fin, y a la explotación masiva de mano de obra y recursos.

Occidente debería aprender de su historia pasada. ¿Qué significa esto concretamente? Pues, en primer lugar, garantizar el estricto respeto del derecho internacional por parte de las potencias occidentales, la aplicación de las resoluciones de la ONU sobre Israel, desmantelar el imperio de bases de EE UU en todo el mundo, así como la OTAN, poniendo fin a todas las amenazas en relación con el uso unilateral de la fuerza, levantar las sanciones unilaterales, en particular el embargo contra Cuba; detener toda injerencia en los asuntos internos de otros Estados, en particular todas las operaciones de fomento de la democracia , las revoluciones de colores , y la explotación de la política de minorías. Este necesario respeto de la soberanía nacional significa que el soberano en última instancia de cada Estado-nación es el pueblo de ese Estado, cuyo derecho a la deposición de los gobiernos injustos no puede ser asumido por forasteros supuestamente benévolos.

A continuación, podríamos utilizar nuestros desmesurados presupuestos militares (los países de la OTAN representan el 70 por ciento de los gastos militares mundiales) para implementar una forma de keynesianismo mundial: en lugar de exigir presupuestos equilibrados al mundo en desarrollo, deberíamos utilizar los recursos desperdiciados en nuestros ejércitos para financiar inversiones masivas en educación, salud y desarrollo. Si esto suena a utopía, no lo es más que la creencia de que un mundo estable surgirá de la forma en que nuestra actual guerra contra el terror se está llevando a cabo.

Los defensores de la RdP pueden argumentar que lo que digo está fuera de lugar o es un intento de politizar la cuestión innecesariamente, ya que, según ellos, es la comunidad internacional y no la occidental que va a intervenir, contando, además, con la aprobación del Consejo de Seguridad . Pero en realidad, no existe tal cosa como una auténtica comunidad internacional. La intervención de la OTAN en Kosovo no fue aprobada por Rusia y la intervención rusa en Osetia del Sur fue condenada por Occidente. Y no habría habido una aprobación del Consejo de Seguridad para ninguna de las dos. Recientemente, la Unión Africana rechazó la acusación por la Corte Penal Internacional del Presidente de Sudán. Todo sistema de justicia o de policía internacional -sea la RDP o la Corte Penal Internacional- requiere una relación de igualdad y un clima de confianza. Hoy en día, no hay igualdad ni confianza entre Oriente y Occidente, o entre Norte y Sur, en gran medida como resultado de las pasadas políticas de EE UU. Si queremos que alguna versión de la RdP funcione en el futuro, necesitamos primero en construir una relación de igualdad y confianza y lo que he indicado anteriormente va al meollo de la cuestión. El mundo puede ser más seguro sólo si primero se hace más justo.

Es importante comprender que la crítica hecha aquí de la RdP no se basa en una defensa absolutista de la soberanía nacional, sino en una reflexión sobre las políticas de los estados más poderosos que obligan a los Estados más débiles a utilizar la soberanía como escudo.

Los promotores de la RdP la presentan como el comienzo de una nueva era, pero de hecho es el final de una vieja. Desde un punto de vista intervencionista, la RdP es un paso atrás con respecto al antiguo derecho de intervención humanitaria, al menos en su formulación, a la vez que el antiguo derecho era de por sí un paso atrás desde el colonialismo tradicional. La principal transformación social del siglo XX ha sido la descolonización. Y continúa en la actualidad en la elaboración de un mundo verdaderamente democrático, donde el sol se ponga para el imperio de EE.UU, tal como antes se puso para los de la vieja Europa. Hay algunos indicios de que el presidente Obama entiende esta realidad y es de esperar que sus acciones estén a la altura de sus palabras.

Quiero terminar con un mensaje dirigido a los representantes y las poblaciones del Sur global. Los puntos de vista expresados aquí son compartidos por millones de personas en Occidente. Pero, no es, por desgracia, lo que reflejan nuestros medios de comunicación. Millones de personas, incluyendo ciudadanos estadounidenses, rechazan la guerra como medio para resolver las controversias internacionales y se oponen enérgicamente al ciego apoyo de sus países al apartheid israelí. Todas ellas se adhieren a los objetivos del movimiento no alineado de cooperación internacional dentro del estricto respeto de la soberanía nacional y la igualdad de todos los pueblos. Corren el riesgo de ser denunciados en los medios de comunicación de sus propios países como antioccidentales, antiamericanos o antisemitas. Sin embargo, son ellos los que, al abrir sus mentes a las aspiraciones del resto de la Humanidad, transmiten lo que realmente hay de valor en la tradición humanista occidental.

Extravagante: The Monks ("Black monk time")


VICENTE FABUEL
Efe eme




Salen demasiados discos. Para protegernos de tanta sobreproducción usamos distintos métodos, el más socorrido es clasificarlos prejuiciosa y apresuradamente poniéndoles la X y enviándolos a la papelera sin mayor opción de defensa. Les suena, ¿verdad? Pues eso es lo que ha ocurrido siempre. Limitados como estamos de tiempo, pecunio e incluso a veces ganas, es éste un legítimo mecanismo de defensa con el que diariamente condenamos injustamente a más de un talento.

A los norteamericanos The Monks (Los Frailes) debió de sucederles algo parecido en su momento, a pesar de su singularidad estética –o quizás por esa misma repelente singularidad– nadie pareció reparar en ellos. Vistos hoy con perspectiva, difícilmente se entiende el desatino, pocas músicas de serie B a mediados de los años 60 aportaban tal cúmulo de nuevas ideas envueltas –eso sí, quizás- en la menos pertinente de las imágenes. Eso parecieron ser The Monks, uno más entre la pléyade de cientos y cientos de "USA garage bands" noqueadas por la invasión británica de Beatles, Rolling Stones, Animals o el Dave Clark Five.

Físicamente anodinos a pesar de ir uniformados de frailes y con el pertinente corte de pelo tonsurado, nada hacía pensar que los cinco chicos de The Monks protagonizaran la sorprendente aventura protopunk que su único y genuino LP de época iba a mostrar.

El feliz alumbramiento iba a ocurrir en Alemania, año de gracia de 1965, en una de las bases USA donde estos cinco militares (¿?) formaron un al parecer inofensivo grupo mientras servían al Tío Sam, y de cuya trascendencia, aventuras americanas previas de alguno de sus miembros como The Torquays, difícilmente podría esperarse nada serio. Vamos a ver, cojamos a cinco palurdos yanquis, cinco G.I.'s estadounidenses venidos de cinco Estados diferentes y que de repente se cansan de servir a su ejército y deciden quedarse en la entonces República Federal de Alemania, en plena guerra fría y probablemente algo escépticos ya de los placeres que la guerra del Vietnam promete ofrecerles: 1. Deciden formar una nueva banda. 2. Tendría obligatoriamente un banjo como instrumento (¿?). 3. Se raparían sus cabezas por el medio, como si de monjes se tratara, porque también estarían así ataviados, con vestimenta clerical y cuerdas franciscanas. Y 4. Eso sí, la música que destilarían tras esa crisis ideológico-militar poco tendría que ver con la religión al uso. Más bien todo lo contrario: grabarían uno de los primeros discos de furioso punk generacional incluso antes de que se tuviese noción alguna de semejante palabro. Disculpemos pues a los pobres coetáneos de The Monks. Nadie pudo estar preparado para digerir esta majestuosa casualidad del destino, una de esas grandes anomalías de la cultura rock. ¿Cómo se puede explicar entonces que cinco ex soldados yankees terminen formando uno de los grupos de más novedoso concepto que haya pisado nuestro planeta y a miles de kilómetros de su propio hogar? Dado el nombre del grupo y el "look" que lucían, un auténtico milagro.

Después de que Black monk time se publicase únicamente en Alemania, se reeditara varias veces con la misma o distinta portada y que la mayoría de sus mejores momentos apareciesen en formato single, el inevitable proceso de beatificación se puso en marcha para venerar uno de los discos más insólitos de toda la década de los 60, mucho más allá de la pobre etiqueta garage-punk que obligadamente le hemos colocado para poder situarlos mínimamente en el mapa y lograr entendernos.

16 canciones (es un decir) de dos minutillos cortos impregnadas de mongoloide marcialidad, cocidas sobre ritmos hipnóticos y repetitivos de inusual crudeza, y servidas por enajenados músicos en actitud chulesca, irreverente y sobre todo, ur-gen-te, impropia de la época. "Urgency, this is the world". Urgencia en el año del "cool", el año que la familia Sinatra quedó como indiscutible vencedora del año (Nancy con "These boots"… y papá con "Strangers in the night"), el año que no movería un solo dedo por Los Frailes a pesar de que llegasen a disfrutar de una cierta presencia televisiva (algunas de sus apariciones en el programa musical Beat Club aparecen en YouTube). Sin duda una involuntaria creación superior surgida milagrosamente por encima de su tiempo y con elementos que se adelantaron cinco años al kraut rock, una década al punk y dos mundos a cientos de supuestos artistas con mayúsculas pero de inconfesable vocación funcionarial. Cómo es posible que semejante pandilla de patanes diera en encontrar uno de los más oportunos huevos de la serpiente es uno de esos misterios que hace de esta afición algo enfermizo. Asomarse a sus surcos provoca vértigo. Pueden creerlo.