David Hockney y Los Ángeles [California Dreamin’]

Huyendo de la Inglaterra plúmbea y represora de los setenta, el pintor buscó su paraíso, y su libertad sexual, en la felicidad de postal que prometían los chorros de sol entre palmeras, los colores planos y la simplicidad sin matices de la alegre megápolis


FRANCISCO J. R. CHAPARRO
Descubrir el arte


El itinerario más corto que lleva de Londres a California pasa por la imaginación. Envuelto en la atmósfera densa de Londres, que es el vapor que la máquina de la supervivencia exhala desde la superficie, el artista camina despistado sin medir sus pasos, tiene la cabeza en otras latitudes. Mucho antes de decidirse a tomar un avión rumbo a la lejana California, su mente ya ha cambiado la Inglaterra fabril y gris de mediados de los setenta por el sol absoluto. Estamos en 1964 y David Hockney (1937) es una de las promesas más sólidas de un grupo de artistas que ha cruzado fugazmente el Royal College de Londres para toparse a la salida con Inglaterra, la Inglaterra de siempre, en la que un puñado de inconformistas lucha por abrir las puertas de la posguerra a golpes con el ariete de los Beatles. Él ha cumplido y se marcha.

Contradiciendo a las crónicas felices de la década prodigiosa, Hockney ha vivido atormentado por la carga de su sexualidad, explica sutilmente en una pintura oscura, algo así como un cruce misterioso entre Dubuffet y Bacon, complicado por los preceptos a los que obliga el culto a la modernidad artística. California brilla ahora esplendorosa en el horizonte del pintor inglés prometiendo un futuro paradisíaco en que llevar una existencia festiva y sencilla. Un lugar hecho de tópicos, en resumidas cuentas, un lugar en el que vivir la vida que se ha soñado antes, una vida que se parece sospechosamente a un decorado de Hollywood.

Hockney se acomoda en la sala de espera del aeropuerto –le suponemos sus gafas de sabio excesivo y una maleta- y aguarda un avión que, tras posarse para tomar impulso en Nueva York, le soltará en Los Ángeles, la ciudad “donde todo es posible”. Había visitado Estados Unidos por vez primera en 1961 y otra vez más antes de su marcha definitiva. Con recortes de revistas que importaba desde EEUU, revistas de un erotismo inocente para consumo personal y artístico, había ido construyendo poco a poco un modesto imaginario californiano (Domestic Scene, Los Angeles, Man taking a shower in Beverly Hills) que le despegaba cada vez más del plúmbeo suelo inglés, hasta llegar a este justo momento, 10.000 pies de altura, la silueta de Gran Bretaña perdiéndose en la niebla tras la ventanilla del avión.

Todo era verdad

Las guías turísticas se afanan en presentar una realidad inédita que el visitante desinformado podría perderse. No la que Hockney lleva en su bolsillo. Fantaseando, la imaginamos de color llamativo y unas grandes letras brillantes, C-a-l-i-f-o-r-n-i-a: “Encontré lo que esperaba. Lo que esperaba estaba basado en cierto modo en alguna evidencia de los que Los Ángeles era en verdad, así que no era una completa fantasía, se basaba en lo que había visto en algunas revistuchas, fotos y cosas así”. David Hockney aterriza en California, no con afán de explorador moderno, sino dispuesto a introducirse en la postal más típica posible. Y ahí la tiene: sonrisas californianas, el sol californiano y chillón cayendo en picado desde lo alto, derramándose entre las hojas de la palmera californiana, extendiéndose californianamente en la arena infinita de las playas, ahogándose en el océano Pacífico propiedad de California que retiene su perfil de azul sinuoso, adonde van a morir enormes carreteras solitarias, luminosos bulevares, barrios y barrios compuestos de coquetas casas con su porción de césped. “Yo nunca había visto casa como ésas”, confiesa; desde luego, no en su Bradford natal, en el norte de Inglaterra, ciudad que parece germinada bajo la lluvia, moho urbano; desde luego no en esa Londres entumecida, ahora ya a 8.000 kilómetros de distancia, si no más.


El mundo del American way of life, el estatuto de la clase media consumidora y feliz que estaba a punto de dar un golpe de estado artístico en nombre de la cultura de masas, se le presenta a David Hockney en su hábitat natural. “Dios mío, este sitio necesita su Piranesi, Los Ángeles podrían tener un Piranesi, así que ¡aquí estoy!”, eswcribe Hockney, sólo que, en vez de construcciones pintorescas contempladas por casuales paseantes de ruinas, lo que hay son lugares cualquiera construidos en geometría sincera a la manera norteamericana, espacios que son ya una abstracción de edificios más complicados, muertos antes de nacer en la papelera del arquitecto. En estas extraordinarias casas de coleccionistas inicia su serie de interiores californianos con retratos (Berverly Hills Housewife, Fred and Marcia Weisman, Beverly Hills, Christopher Isherwood and Don Bachardy). Y en la parte de atrás de esas casas tiene lugar un encuentro maravilloso: la piscina. ¡La piscina! ¿Cómo nadie había reparado antes en ella?

El molde de Warhol

El agua venía siendo un tema recurrente para Hockney por varias razones. Primeramente, generaba escenas sugerentes de cierta intimidad, como en sus pinturas de escenas bajo la ducha. Ya como simple desafío pictórico, el agua es de por sí fascinante. A Hockney se le ha intentado meter a presión injustamente en el molde de un Warhol inglés, hedonista, indolente, pero a diferencia de Andy -siendo maliciosos- a David Hockney se le presupone un profundo interés por el arte de la pintura. El tema del agua propicia un cambio drástico en su carrera, que evolucionará de una modernidad afectada en los inicios a dominios más fríos, casi hiperrealistas (Three chairs with a section of a Picasso mural; Neat cushions). La pintura al óleo, material demasiado exigente, se convierte en este preciso período en una traba para la mano rápida, que pide grandes superficies geométricas de pocos tonos y colores vivos según dicta la realidad que va a ser pintada. A David Hockney le surge entonces una duda trascendental: ¿cuántos botes de pintura acrílica caben en el maletero de un Bercedes Benz descapotable?

La pintura acrílica es a América en los libros de texto lo que el óleo es a Flandes. Jackson Pollock lo que a Van Eyck. Seca mucho más rápido, permite menos sutilezas, pero se deja extender mansamente en superficies homogéneas como las que necesita Hockney, como las de ahí fuera. Viendo las fotos que ya por estas fechas toma con su Polaroid, Hockney parece decirse a sí mismo "¡no toques nada!". California es suficientemente atractiva por sí misma. Bajo esas capas de color brillante se esfuman rasgos insignificantes, que arrambla la brocha empapada de pintura express en su paso seguro por el lienzo. El resultado simpatiza con una estética impersonal que a mediados de los sesenta está haciéndose cada día más sexy. No pronunciaremos la palabra pop.

Bien pertrechado, Hockney se zambulle así a placer en su tema favorito de estos años. "La apariencia del agua de la piscina puede ser controlada, incluso su color puede ser elegido por el hombre, y sus ritmos danzantes reflejan no sólo el cielo sino, gracias a su transparencia, la profundidad del agua misma". Un tipo de perfección espontánea. La abstracción, la esquematización geométrica de las formas, el soplo helado de la cámara de fotos, nada consigue capturar por entero la naturaleza definitiva del agua, el medio primario por excelencia que California custodia en miles de piscinas. Ningún procedimiento para representar el agua es terminante y ése es un reto que seduce a Hockney (Four differentes kinds of water pouring into a swimming pool), un artista inquieto al que no puede reconocérsele un estilo más que otro a la hora de describir su carrera. La estela de pintura -casi una ironía expresionista- que simula el chapuzón de la serie de Splash (Little splash; Splash; A bigger splash) constituye un pasaje excelente de la reducción contemporánea de lo esencial a lo más esencial aún, del virtuosismo pictórico, del fogonazo de la impresión que lucha contra lo limitado del medio.

"Me apasiona la idea de pintar algo que dura dos segundos", declara satisfecho. En la pintura de la etapa californiana de Hockney todo está muy claro pero, por desgracia, de ese todo se diría que es de algún modo insuficiente, periferia de un vacío insatisfactorio. "Adoro la claridad -dice-, pero también la ambigüedad; por eso es por lo que me encanta Piero... para mí, la magia reside en los espacios, no en los objetos". Piero es Piero della Francesca. Aunque los términos California y Quattrocento podrían conformar juntos la combinación más caprichosa de una partida de Trivial, es verdad que en muchas de sus pinturas, especialmente en sus retratos de interior (Henry Geldzahler and Christopher Scott; Mr. and Mrs. Clark and Percy) comparece esa planicie estética, ese desarrollo horizontal a modo de vitrina fantástica tan cara a los primitivos italianos. Sólo que la de Hockney es una vitrina desocupada, sin tensión alguna, falta de algo.

Echando la vista atrás, se diría que la pintura de Hockney ha sido conquistada a fines de los setenta por una existencia contemplativa, el amodorramiento de los pueblos marineros. Comparada con sus inicios, no hay rastro de contenido alguno, sino entrega absoluta a la anécdota hueca. Hockney parece un Tom Wolfe sin aguijón, divirtiéndose en un cóctel al borde de la piscina. Alguien le gasta una broma, cae vestido al agua y... ¡splash! Nada más. De modo que, cuando la vida se torna menos propicia, el pintor se encuentra desprovisto de medios expresivos con los que afrontarla, encerrado en un lenguaje que considera una conquista personal a la que no está dispuesto a renunciar de cualquier manera. La ausencia en Hockney (como en Study of an artist, Poll with two figures o Pool and steps) parece más la del anaquel del supermercado en el que falta nuestra cerveza favorita que una ausencia sentida.

Ruptura sentimental

La separación de su pareja Peter Schelesinger abre un período de reflexión profesional para Hockney, agudizada por una crisis personal que le cala hasta los huesos. La tormenta le ha pillado ensimismado en problemas técnicos superficiales que no permiten más tema de conversación que ellos mismos (A lawn being sprinkled, Rubber ring floating in a swimming pool). Como reconocerá más tarde, estaba intentado sacar del medio acrílico unas posibilidades expresivas que éste no podía entregarle. El retrato, en el que se ha volcado en estos años, exige un detalle que supera al simple reconocimiento visual del paisaje genérico, aspira a capturar la realidad más honda de la persona retratada.

Una disputa ésta entre lo que se quiere hacer, lo que se puede hacer y lo que se ha de hacer, que Hockney resuelve según la parábola del nudo gordiano. Abandona la pintua perfeccionista figurativa, la pintura acrílica, abandona California y más tarde la pintura misma. "Tengo un miedo enorme a repetirme a mí mismo", es la confesión que lo explica todo.

Hockney vuelve a Europa a principios de los años setenta. Aunque las historias agradecen un final redondo, aquí se nos hace imposible: su marcha de California es temporal, y volverá a ella cada cierto tiempo hasta instalarse en Hollywood Hills en 1978, donde reside cuando no descansa en su refugio de la costa. Pero California no será nunca más cobijo seguro del final de la escapada, sino hogar, un lugar donde se está, no al que se va. Esta etapa de Hockney recuerda al drama ordinario del final del verano, el verano de su carrera. El agua del mar, que deja un beso de sal en las ventanas de su casa de Malibú, carece en septiembre de la potencia eléctrica del cloro californiano. Ya saben, las palmeras se inclinan ante el otoño lluvioso, los días se hacen tardes, las tardes se disuelven en un licor espeso. Los turistas se van. Las piscinas se vacían.

'Home', el mundo se acaba


ADRIÁN MASSANET
Blogdecine




Vamos a ver cómo lo digo para que me crean. No…me parece que nadie me va a creer. Somos así de tercos, de necios. De hecho a mí mismo tampoco me creo a veces. Lo voy a decir igual: no es que el mundo se vaya a acabar, es que el mundo ya se ha acabado. Dicen que podemos dar marcha atrás y deshacer la cloaca de mundo en que vivimos. Pero tengo la sensación, cada vez mayor, de que es una falacia. Es demasiado tarde. Al menos esa es la sensación que me queda después de ver esta joya de película documental.

Mientras espectáculos de dudoso nivel estético como ‘Watchmen’, ‘Terminator Salvation’, ‘Harry Potter y el misterio del príncipe’ y otros de similar catadura, inundan las pantallas para destrozarle el gusto al espectador, empleando cientos de millones de dólares para ello, y queriendo contarnos grandes dramas de altura planetaria, otro cine se abre camino y nos habla de verdaderos dramas planetarios, de hechos que nos atañen a todos, que nos afectan y de los que somos responsables. ¿Qué necesidad más grande puede cubrir el cine?

Un documental excepcional

Si ‘Tierra’, un monumental esfuerzo (que aunque desequilibrado e irregular, resultaba de una innegable fuerza visual) para unir y dar capítulo final a todas las partes de la serie original, se erigía en un alegato sobre la fragilidad de la vida y en un homenaje a la belleza de este planeta, ‘Home’, auténtico sueño personal de su realizador Yann Arthus-Bertrand (que tuvo que pedir dinero y apoyo a muchisimas personalidades del mundo de la moda, el arte y los deportes para poder sacar adelante este proyecto) es la constatación de que la actividad humana en el planeta es una catástrofe.

Este hombre es un afamado fotógrafo, especializado en tomas aéreas, cuyos trabajos seguro que muchos lectores habrán podido admirar en los grandes almacenes, pues suya es la famosa imagen del corazón de Nueva Caledonia que hemos podido ver impresa en tantas portadas, y suyos los libros ‘La tierra desde el aire’ y ‘La tierra desde arriba’, extraordinarios tomos de fotografía, auténticos superventas, y piezas de gran prestigio que le han valido el reconocimiento mundial como fotógrafo y defensor de la naturaleza.

En ‘Home’, Arthus-Bertrand realiza un ejercicio que en ficción (¿por qué será que el documental me parece, cada vez más, un reducto de libertad en el audiovisual?) sería un verdadero suicidio audiovisual: todos los planos son de la misma distancia focal. Aún así, y pese a que en un principio tal elección parece un obstáculo para el disfrute total de sus imágenes, poco a poco vamos entrando en su propuesta estética, y al final no podemos despegar los ojos, y la conciencia, de su narración.

Él mismo narra la historia, una historia que, tal como dice, nos concierne a todos y es la de todos, y su voz es la de un hombre cultivado, comprometido, apasionado y dolido. Pero también la de un hombre que aún conserva un rayo de esperanza. En la versión española, el gran actor Juan Echanove es el encargado de la narración, y he de decir que sorprende mucho su trabajo por su sobriedad, su sensibilidad y su escasa teatralidad, tres características de las que adolecen tantos narradores en lengua castellana.

El documental ofrece un crescendo admirable, desde la explicación, tremendamente bien escrita, de la disposición de los minerales y de los elementos básicos de nuestro planeta, para a continuación desarrollar un lúcido y espeluznante retrato de nuestra llegada a la Tierra como ser civilizado (esa palabra me parece una falacia grotesca) con cientos de imágenes grandiosas que nos dan una idea exacta de las barbaridades que estamos cometiendo contra nuestro hogar. No exagero si digo que ver esta película le quita a uno las ganas de todo.

Y aunque al final sí que podemos rozar un rayo de esperanza; sobre todo porque gracias a filmes como este uno se percata de que hay por ahí gente que vale la pena, no sólo banqueros, empresarios, cantamañanas, lelos; también cineastas y fotógrafos a los que les importa algo el mundo en que viven. Ahora que el mundo se acaba, es un consuelo…

Adorno: el filósofo de la belleza


A cuarenta años de su muerte, las ideas del autor de la "Teoría estética" tienen una vigencia indiscutible. Esta nota se centra en el impacto de su obra filosófica, pero toca también aspectos personales. Además, un análisis sobre su teoría musical



MARCELO G. BURELLO
Revista Ñ




En una carta a su querido Walter Benjamin, en quien tuvo un aliado pese a todos los desacuerdos (o acaso gracias a ellos), Adorno confiesa, no sin orgullo: "De mi existencia empírica muy pocas cosas merecen señalarse; sí, en cambio, de la intelectual". En verdad, esta declaración podría aplicarse a toda su vida, ya se la considere segmentada en fases o como una continuidad. Pues al leer las diversas biografías de Theodor L. Wiesengrund Adorno, desde la inteligente y concisa de Hartmut Scheible –lamentablemente no traducida al español– hasta la monumental e indiscreta de Stefan Müller-Doohm, no se puede dejar de tener la sensación de que este controversial pensador careció de una existencia externa.En él, pareciera que la verdadera, la única trayectoria es el proceso intelectual, sin gran correlación directa con los problemáticos contextos en los que ocasionalmente se hallaba. ¡Ni siquiera el régimen nazi parece haberlo jaqueado!

Tras una cómoda etapa de formación que describe un triángulo con vértices en Frankfurt, Viena y Berlín, el ascenso y consolidación de Hitler lo llevan a Inglaterra, donde estudia en Oxford, y luego a los Estados Unidos, con estaciones en Nueva York y en Los Angeles, y todo eso sin problemas burocráticos, aun siendo medio judío y (neo)marxista. Seres queridos y colegas padecen y mueren, por causas naturales o a manos de los nazis; Adorno continúa investigando, enseñando, y sobre todo, escribiendo.

Ya concluida la guerra, no puede asistir a los sepelios de su padre, un comerciante de vinos a quien progresivamente fue borrando de su vida (al extremo de quitarse el apellido, Wiesengrund), ni de su amada madre. En 1948, a pedido de Thomas Mann, ofrece un breve autorretrato en el que define sus filiaciones: "Mi padre era un judío alemán; mi madre, cantante, es hija de un oficial francés de origen corso –originariamente genovés– y de una cantante alemana. He crecido en una atmósfera dominada completamente por intereses teóricos (también políticos) y artísticos, sobre todo musicales". La templanza de Gretel Karplus, su esposa desde 1937 (se habían casado en Londres, con Max Horkheimer como testigo), aportaría la suya para que los repetidos deslices extramatrimoniales del filósofo quedaran confinados a la esfera íntima, cual aventuras sin épica.

Esa aparente calma exterior, sin embargo, comenzó a resquebrajarse a fines de los 60, cuando el eminente intelectual y profesor –justamente a raíz de esa función– se vio confrontado por la agitación juvenil que recorriera América y Europa. Cuestionado por lo que su ya brillante discípulo Jürgen Habermas osara calificar de "fascismo de izquierda", Adorno se hallaba de pronto en el centro de la opinión pública, en un terreno ajeno y hostil: sin ambigüedades ni posiciones personales, ahora tenía que tomar partido ante los antagonismos dados, sin "mediaciones" (uno de sus conceptos favoritos). Y su álbum personal, hasta entonces tan discreto, súbitamente se pobló de imágenes llenas de contenido político: se lo ve en actos de protesta contra el gobierno y junto a otras personalidades (como Heinrich Böll), o bien asediado por estudiantes que lo repudian con gestos obscenos, e incluso rodeado de los policías a los que llamó para hacer desalojar el Instituto de Investigación Social, que a la sazón dirigía.

En el verano de 1969, con su seminario interrumpido por los estudiantes, y consagrado a la elaboración de la que estimaba una obra cumbre, la Teoría estética (que planeaba dedicar a su venerado Samuel Beckett), buscó algo de paz en una escapada vacacional a Suiza, el paraíso neutral. Y lo hizo junto a su mujer, que seguía a su lado pese a las infidelidades. El 6 de agosto, "perdido el lazo con su juventud y con toda la juventud", como lo describiera su amiga la poetisa Marie L. Kaschnitz, un infarto acabó con él. Aunque sus antecedentes cardíacos no eran los mejores y él mismo se había confesado "muy deteriorado" en una última carta a Herbert Marcuse (de cuya muerte, coincidentemente, acaban de cumplirse los treinta años), nada hacía prever que una excursión por las montañas acabaría en semejante fatalidad.

Una opinión médica imputó la falla cardíaca a las recientes crispaciones de público conocimiento; como siempre, nada se dijo del ámbito privado, aunque a nadie sorprendió que Gretel intentara suicidarse tiempo después, tras ordenar el legado de su marido, que para ella y su círculo íntimo seguía siendo el travieso "Teddy".

Por un momento, tras el funeral (en el que contra todas las predicciones no hubo disturbios), pareció que su muerte sería también el fin de sus ideas. La tajante ruptura con los estudiantes universitarios, la anhelada obra maestra que quedaba inconclusa, y la entronización de Marcuse, un "temperamento divergente" que ahora parecía eclipsarlo como filósofo de la época... muchos factores hacían suponer que su nombre podría desvanecerse como el de un académico más. Sin embargo, bastó con que sus colegas –con Horkheimer y Habermas a la cabeza– lo reivindicaran ante la sociedad, con que las protestas juveniles se diluyeran, y con que hasta Marcuse mismo le reconociera su deuda intelectual en su último libro, para que la vigencia del pensamiento adorniano empezara a hacerse evidente. Y de hecho, el impacto de su obra escrita ha sostenido desde entonces un notable in crescendo, aún en nuestro siglo. A tal punto, que en el prólogo a las Conferencias Adorno 2003, editadas por Suhrkamp (la editorial "oficial" de todos los integrantes de la Escuela de Frankfurt), el compilador lamenta la fácil apropiación nacional de la figura de Adorno que con motivo del centésimo aniversario se perpetró en Alemania, que a la sazón hizo de él "un súper-yo colectivo". Y más allá de la explotación por parte del mercado editorial, la repercusión de sus ideas se constata al interior de las disciplinas que lo vieron brillar: la filosofía, la sociología, y esa indefinida y punzante actividad que conocemos como "crítica cultural". Pues si en algo suscribió Adorno a la "Teoría crítica" de su amigo Horkheimer fue, precisamente, en la negación a pensar en forma abstracta, objetiva, y especializada; de ahí que sea tan feliz la definición de "intelectual filosofante" que Habermas le tributara, en un ensayo hoy recogido en sus Perfiles filosófico-políticos (libro, de hecho, dedicado a Adorno).

En efecto: el abordaje y el vocabulario de Adorno no han dejado de tener eco en otras teorías y otras obras, al menos desde que su esposa y su editor Rolf Tiedemann se apresuraron a publicar la inacaba Teoría estética. Pues junto a la Dialéctica de la Ilustración, publicado recién después de la guerra, el último gran texto adorniano pronto se volvió una referencia imprescindible en el pensamiento de Occidente. (En nuestro idioma, los avatares editoriales quisieron que sendas traducciones aparecieran con apenas un par de años de diferencia, allá por 1970; los avatares políticos, a su vez, determinaron que la recepción de las mismas recién se consumara con el retorno de la democracia.)

Hoy, con más perspectiva, puede afirmarse que este tratado de estética sui generis es una de las obras clave de la filosofía del siglo XX. De la filosofía, en general, y no sólo de la estética. Pues el gran tema del pensamiento filosófico del siglo pasado fue el lenguaje, y se requiere un alto refinamiento estético para enfocarlo con el radicalismo y la originalidad característicos de Adorno, que no por azar había fulminado justamente en esta área a su archienemigo Martin Heidegger (en cuya "jerga de la autenticidad" veía una tétrica continuidad del nazismo).

No hay duda de que Adorno introdujo cambios profundos en el trabajo con la cultura, tanto en lo escritural como en lo actitudinal. Términos tales como el remanido "industria cultural" o "negatividad" se han naturalizado en el glosario de las Humanidades, mientras que las pretendidas neutralidad y sistematicidad del trabajo en Ciencias Sociales han quedado más que contrariadas por su incisiva producción.

A cuatro décadas de su temprano deceso, sentimos una impotente curiosidad por saber qué habría dicho este singular pensador sobre los temas de hoy: el posmodernismo, la globalización, Internet, el terrorismo... Pues si bien es cierto que Adorno no pudo o no quiso aceptar algunos desarrollos culturales básicos (como los medios audiovisuales, sobre los que sólo dejó algunas páginas negativas), no es menos cierto que siempre se sintió llamado a dejar constancia de su lúcida y estimulante opinión, nunca desinformada.

Muchos de quienes le endilgan un elitismo retrógrado ignoran ciertas ocupaciones, preocupaciones y declaraciones suyas, como la que le formulara a Hans Magnus Enzensberger con motivo de su común interés por la radio: "Renunciar a los medios de masas [...] sería testarudo y un gesto de conservadurismo cultural". Y es que por la deliberada densidad de su estilo, con el que se resistía a ser leído ligeramente, él mismo fue quizás el mayor responsable de su imagen de "dinosaurio", impidiendo entrever la dimensión espontánea y sensual: humana. Su virtuosismo al piano (reconocido incluso por Schoenberg, quien confesara "no soportarlo"), su proyecto de llevar a la ópera el Tom Sawyer, sus amoríos, y su pasión por los animales (¡que hasta lo volvió un seguidor de la serie Daktari!), parecen datos de otra persona, siéndole tan propios como lo fueron. Paradójicamente, para no quitarle su capacidad única de provocación hoy quizás haya que tener presentes sus aspectos más ligeros.

Baluches de Pakistán, Vivir en el arcén de Punjab


Los baluches bajo control de Islamabad viven en un estado de excepción desde que su territorio fuera incorporado a Pakistán en 1948. Se trata de un pueblo cuya asimilación ha sido deliberadamente ignorada por la comunidad internacional, que tiene su propia agenda para la región. Baluchistán declaró su independencia el 11 de agosto de 1947, tres días antes que Pakistán


KARLOS ZURUTUZA
Gara




Una mujer camina lentamente por el desierto de Dera Bugti, cargada de leña para su cocina. Se dirige hacia su aldea de Pir Koh. Le basta con seguir durante unos cientos de metros el gasoducto que va hacia el norte, hacia Punjab. Ha tenido suerte ya que no es fácil encontrar leña en el desierto de Dera Bugti. Islamabad también tuvo suerte cuando encontró gas bajo este pedregal. Gracias a él, los punyabíes han cocinado, calentado sus casas en invierno y producido electricidad durante medio siglo. Paradójicamente, el gas todavía no ha llegado a Pir Koh.

«¿Qué nos ha dado Pakistán?», se pregunta en voz alta Akhtar Mengal en su domicilio de Quetta, la capital de Baluchistán Este. «Los punyabíes (la etnia dominante del país) nos han confiscado todo: nuestras propiedades, nuestros recursos y, sobre todo, nuestros derechos», continúa Mengal, líder tribal del clan homónimo, además de presidente del BNP (Partido Nacionalista Baluche). Difícilmente habrá en Quetta una casa más vigilada y, en consecuencia, más custodiada que la suya.

«¿Por qué se ha olvidado el mundo de nosotros?», exclama el sardar (líder tribal) de los Mengal.

Puede que el mundo se haya olvidado realmente de los baluches pero, ¿se ha olvidado alguien de Baluchistán? Veamos: Obama lo necesita para su oleoducto TAPI (Turkmenistán-Afganistán-Pakistán-India), Irán e India para el IPI (Irán-Pakistán-India), y lo mismo Qatar. China está construyendo su puerta al Golfo Pérsico por el puerto de Gwadar, mientras que Australia, Canadá y Chile extraen toneladas de oro y cobre de sus enormes reservas, las segundas más grandes de toda Asia. El saqueo será presumiblemente mucho más atroz cuando se levante la veda del petróleo y el uranio escondidos bajo el desierto baluche...

«Ni siquiera nos contratan para trabajar en todos estos proyectos; la mayoría son obreros llegados de Punjab y de otras partes de Pakistán», se queja Bari, otro treintañero de Quetta sin empleo.

«Islamabad dice que no podemos acceder a dichos empleos porque somos analfabetos, porque no tenemos educación. ¿Dónde vamos a estudiar si nadie aquí construye escuelas?», se lamenta.

La tasa de analfabetismo entre los baluches de Pakistán ronda el 80% de la población, una cifra escalofriante de la que Islamabad no duda en culpar a los líderes tribales: «Si el pueblo llano aprende a leer dejará de sentirse a gusto en una sociedad tribal», es el argumento que se esgrime desde el Gobierno central.

Sea como fuere, el descontento de la mayoría de los baluches es evidente. No en vano, se han producido cinco levantamientos armados contra Islamabad desde que Baluchistán Este fuera incorporado forzosamente a Pakistán en 1948, tras la retirada de los británicos. El último comenzó en 2003 y perdura hasta hoy. Pero, lejos de recular, Islamabad no cede en una política basada en la represión y el desprecio total hacia este pueblo. Y si alguien levanta la voz, se le encarcela o, simplemente, se le hace desaparecer.

Cadáveres andantes

Tanto AHRC (Asian Human Rights Comission) como International Crisis Group han denunciado la desaparición de más de 7.000 activistas políticos y sociales desde 2005. Uno de los casos recientes más conocidos ocurrió el pasado mes de abril en Quetta. Tres activistas políticos fueron raptados a punta de pistola en el despacho de su abogado y arrojados posteriormente desde un helicóptero. Kashkol Ali era el letrado en cuestión.

«La justicia no existe en Pakistán», afirma Ali, sentado en la misma butaca desde la que presenció el secuestro. «El control del país está en manos del MI y del ISI, los servicios de inteligencia. No hay juez, ni político, ni policía que se atreva a enfrentarse a ellos», afirma.

Las afirmaciones de este testigo de un juicio sumarísimo son corroboradas por el kafkiano testimonio de Imdad B., miembro de la ejecutiva central de la BSO (Organización de Estudiantes Baluches). Tras ser abducido en Quetta en 2005 junto con seis compañeros y torturado posteriormente durante dos meses, sus raptores le «entregaron» después a la Policía en la provincia de Punjab.

«Tuvimos los ojos cerrados en todo momento. Sabíamos que nos habían metido en un avión, pero no a dónde íbamos», explica este joven tocado con un kulla (gorro tradicional) rojo. «Tras entregar a cuatro de nosotros a la policía en algún lugar de Punjab, los periódicos al día siguiente publicaron esta noticia: `Las fuerzas de seguridad capturan a unos terroristas baluches que planeaban poner una bomba en el aeropuerto de Hyderabad'», relata.

Imdad afirma desconocer las causas por las que finalmente fueron puestos en libertad. Fue entonces cuando empezó la segunda parte de su odisea: denunciar ante la Justicia lo que había ocurrido.

«Lo has pasado mal pero ya estás libre. ¿Por qué te empeñas en buscarnos problemas a los dos?», asegura el joven activista que le dijo el primer juez. Y el segundo, y el tercero... Cuatro años más tarde, Imdad sigue intentando interponer una denuncia.

A los miles de desaparecidos hay que sumarles las decenas de miles de desplazados. En los últimos tres años, más de 80.000 familias baluches se han visto obligadas a emigrar a las afueras de Quetta o a las provincias de Sindh y Punjab, tras haber sido destruidas sus aldeas.

Zaki D. también es miembro de la Organización de Estudiantes Baluches. Desde la sede de la organización en Karachi muestra un vídeo en el que un pueblo de adobe es bombardeado desde un helicóptero. Puede que se trate de uno de los Cobra que Teherán cedió a Islamabad en los 70 para combatir a la insurgencia baluche, que amenaza siempre con extenderse al Baluchistán bajo control iraní; o cualquiera de los que Washington le regaló a Musharraf para luchar contra los talibán.

En su libro «Descent into Chaos» (Ed. Penguin, 2008) el periodista paquistaní Ahmed Rashid asegura que de los 10 billones de dólares que la Administración USA ha destinado a Pakistán para desarrollo desde el 11-S, el 90% se lo ha llevado el Ejército.

Los generales se defienden alegando que su país es el mayor proveedor de cascos azules de la ONU: 10.000 en 2007.

Agua amarilla

En Chagai muy pocos saben leer y, desgraciadamente, a nadie le resultan ajenos el hambre, el desempleo, los desaparecidos... Pero sin duda la mayor preocupación en esta región montañosa y fronteriza con Afganistán la constituye el agua. Y no es que falte, como ocurre en muchas otras regiones de Baluchistán, donde apenas se producen precipitaciones. No, aquí hay mucha en depósitos subterráneos. El problema es que produce cáncer. En aras de equilibrar fuerzas con India, archienemiga de Pakistán, Islamabad realizó aquí cinco detonaciones nucleares en 1998. Las aldeas cercanas al monte Raspoh, donde se realizaron las pruebas, fueron evacuadas, algo que no ha evitado que los abortos espontáneos, las malformaciones y los casos de cáncer se hayan disparado entre la población local en los últimos años.

Tras abandonar su aldea en Raspoh, Wazeer se fue a vivir con su hermano a la vecina Dalbandin. Asegura que el agua salía amarilla tras las pruebas, aunque a Wazeer hace ya tiempo que se le olvidaron los colores. Como a muchos en esta localidad, un cáncer de ojos le ha dejado ciego. Nadie le dijo que era mejor no lavarse la cara con ese agua.

«Punjab nos ha tratado como a las bestias durante más de 60 años. ¿Cómo pudieron los británicos dejarnos en manos de esta gente?», se lamenta este anciano, con una mirada translúcida que se pierde entre el estupor y el olvido.

Viejos pecados de juventud

Indagación en el nebuloso pasado intelectual de Emil Cioran



EDUARDO FEBBRO
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Filósofo del nihilismo identificado con Francia, país de su exilio, Emil Cioran tuvo sin embargo un pasado intelectual en su patria natal. La aparición en Francia de La transfiguración de Rumania, publicado en Bucarest en 1936, reavivó la cuestión del pasado de notables intelectuales rumanos como Ionesco, Eliade y el propio Cioran. En el libro se traslucen su fascinación por el nazismo, un nacionalismo exacerbado y manifestaciones abiertamente antisemitas.

El pasado puede ser glorioso u oscuro, pero algún día surge de su distancia y llega a la luz. El filósofo de origen rumano Emil Cioran, heredero inigualable de los moralistas del siglo XIX, ha tenido lo que se llama en francés su part maudite, su zona de sombra celosamente protegida, separada de su prestigio internacional y ausente de las obras publicadas desde que vino a vivir a Francia durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, los años jóvenes de Cioran en Rumania, de Cioran becario en Berlín, los años de sus primeros escritos, están marcados por una fascinación por el nazismo, por un antisemitismo de alta intensidad y por un virulento fascismo al cual adhirió con su pública simpatía por el movimiento fascista rumano de la Guardia de Hierro. Algunos intelectuales expían los “errores de juventud” (Günter Grass) con arrepentimientos públicos; otros, como Cioran, eligen la expiación silenciosa, el reconocimiento a media voz de que algo se hizo mal pero que ese algo ya está muy lejos.

Parte de ese pasado ya había sido excavado por Alexandra Laignel-Lavastine en un ensayo publicado en 2002 y en el cual trazaba los dudosos compromisos políticos de juventud de tres grandes intelectuales rumanos: el mismo Cioran, el dramaturgo Ionesco y el ensayista Mircea Eliade. En su recorrido a través del universo rumano de los años ’20 y ’30, la autora del ensayo extrajo documentos que esbozaron la silueta de auténticos pensadores orgánicos del fascismo europeo de las primeras décadas del siglo XX. El rechazo frontal del parlamentarismo y el ultranacionalismo fueron los fundamentos ideológicos de la juventud de Eliade y Cioran. Ambos adhirieron sin reservas al movimiento fascista rumano encarnado por el Movimiento Legionario, la Guardia de Hierro fundada en 1927 por Constantin Codreanu. Cioran se convirtió en un activo militante de este grupo ultranacionalista y antisemita.

El historiador Michel Winock también siguió los senderos que antes se detenían en la cortina de hierro. El artículo consagrado a los tres intelectuales (Cioran, Eliade, Ionesco, tres rumanos y el fascismo) muestra cómo, “en búsqueda de identidad nacional, fascinados por la Italia de Mussolini y, a partir de 1933, por la Alemania hitleriana, muchos intelectuales rumanos cultivaron una cultura nacionalista, antidemocrática y antisemita en la cual participaron tanto Cioran como Eliade. Ambos, en su itinerario francés de posguerra, se esforzaron por camuflar esos compromisos imposibles de justificar”. Ese pasado vuelve hoy con más vehemencia en las páginas de dos libros: un número especial de la prestigiosa publicación Les Cahiers de L’Herne y la traducción completa del libro más controvertido de la juventud de Cioran: La transfiguración de Rumania. En el primero están muchos de los artículos que Cioran escribió en la prensa rumana y cuya lectura provoca una reacción física inmediata: frotarse los ojos. Entre 1933 y 1935 Cioran estuvo en Berlín como becario de la fundación Humboldt. Al igual que tantos otros jóvenes, fue sensible a las sirenas del nacionalsocialismo, al que calificó de “barbarie creadora”. En esos escritos de juventud ya latía el Cioran posterior, incluso si el contenido de los textos recuperados dista de representar al Cioran nihilista en que se convirtió cuando llegó a Europa occidental y puso un muro entre él y su vida anterior.

Los estragos de las ideologías, el engaño de las doctrinas y las consecuencias de las “farsas sangrientas” Cioran los denunció recién a partir de 1949. La condena de ese pasado nunca expresada públicamente por Cioran aparecía, a lo sumo, en una conversación al pasar, en su correspondencia o en las notas encontradas luego de su muerte. Hay huellas de ese arrepentimiento en algunas de sus reflexiones inéditas. Laurence Tacou, el responsable de la edición de los Cahiers, explicó que la divulgación de esos textos tenía como meta “mostrar a ese Cioran pre francés que molestaba a fin de que se pudieran juzgar con pruebas y no con citas recortadas sus compromisos, incluidos los más penosos, y sus contradicciones”.

De esa época data el libro más penoso de Cioran, La transfiguración de Rumania, publicado en Bucarest en 1936 y traducido por primera vez al francés este año. Esa obra es un himno desesperado a la energía de la juventud, una oda a la violencia de la revolución social y nacionalista y, también, un lastimoso compendio contra los judíos, los húngaros y los tziganos: “El judío no es nuestro semejante, nuestro prójimo, y sea cual fuere la intimidad que mantenemos con él, un abismo nos separa”.

Estas dos obras de y sobre Cioran ayudan a comprender su silencio posterior, su refugio no sólo en París sino en el idioma francés, en su lógica depurada y su estética capaz de contener las pasiones. Alain Paruit, amigo de Cioran y uno de sus traductores, lo defiende cuando dice que “es preciso poner el libro en el contexto de una época de odios y de locura, en la cual tantos intelectuales, y no sólo en Rumania, sucumbieron ante los delirios ideológicos tanto de extrema izquierda como de extrema derecha”.

Como muchos fugitivos o exiliados, Cioran descubrió al objeto de su odio en París. Su amistad con el escritor, cineasta y poeta rumano judío Benjamin Fondane cambiará para siempre su percepción de los judíos. A través de su amistad con Fondane y de la vida en París bajo la ocupación nazi, Cioran evolucionará hacia la admiración: “El hombre es un Judío fracasado”, escribió. Fondane fue arrestado por la policía francesa en marzo de 1944, al mismo tiempo que su hermana Line. Ambos fueron internados en Drancy antes de ser deportados a Auschwitz en mayo del mismo año. La amistad con Fondane humanizó al compulsivo Cioran. En 1946, en una carta enviada a sus padres desde París, Cioran escribía: “En el fondo, todas las ideas son absurdas y falsas. Sólo permanecen los hombres tal como son, sin que importe su origen y sus creencias”. En esta amistad transformadora también intervino Victoria Ocampo, que fue amiga y protectora de Fondane. En 1939, Fondane le entregó a Victoria Ocampo una copia del manuscrito de su obra más importante, Encuentros con León Chestov. Ocampo narró ese momento, la cena que precedió la entrega y la intuición de Fondane de que nunca más volverían a verse. Tuvo razón. La obra recién se publicó mucho después de la muerte de Fondane.

Un misterio espeso cubre aún los dos períodos de Cioran, el rumano y el francés, un misterio formado por el trío Cioran-Eliade-Ionesco. Los tres hombres, unidos por una fuerte amistad, mantuvieron en perfecto secreto las sombras de sus vidas anteriores. Bajo las luces del éxito y del reconocimiento mundial, Cioran, Eliade e Ionesco nunca traicionaron el secreto de sus juventudes tentadas por lo extremo.

Vacaciones en internamiento

CARLOS FERNÁNDEZ LIRIA
Público




Bajo el sol de agosto, unos cuantos signos extremos anuncian nubarrones. Algunos siglos de rapiña y terrorismo colonial han desembocado en un mundo en el que la mitad de la población mundial sobrevive con menos de dos dólares diarios, al tiempo que las 84 mayores fortunas personales superan el Producto Interior Bruto de China y sus 1.200 millones de habitantes. El presidente del BBVA cobra 4,37 millones de euros (unos dos millones de pesetas diarias ) y tiene una indemnización por despido de 93,7 millones de euros; mientras tanto, la patronal ha exigido a Zapatero el despido gratis (el libre ya existe) y el PP se ha rasgado las vestiduras ante la intransigente negativa del Ejecutivo. Camps, en Valencia, va a habilitar un registro para dar identidad a los fetos y embriones; Berlusconi, en Italia, legisla para considerar delincuentes a los sin papeles y a todo el que les ayude, por ejemplo, alquilándoles una casa.

Este verano, los turistas han viajado a los hoteles de Senegal o el Caribe; mientras tanto, los senegaleses y los caribeños que visitan España pueden pasar el verano en un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE). Sea como sea que hayamos desembocado en estas polaridades surrealistas, el hecho es que este planeta se ha convertido, para la mayor parte de su población, en una trampa mortal. Centenares de millones de refugiados y desplazados viven en campos de concentración. Y la crisis está convirtiendo el sistema económico internacional en una nueva solución final para gran parte de la población mundial. Ahora que ese concepto ya queda lejos, no se entiende cómo la población alemana pudo durante tanto tiempo mirar hacia otra parte teniendo Auschwitz delante de sus narices. Pero Auschwitz no estaba más cerca que los CIE de Aluche, en Madrid, o de Málaga. Por supuesto, es verdad que los CIE no son campos de exterminio, pero son los síntomas terribles de un mundo que para millones de personas se ha convertido en un campo de exterminio. La decisión de Berlusconi de criminalizar la existencia de los pobres es, sin duda, fascista. Pero la situación en España no es tan distinta: aquí el inmigrante ilegal tiene derecho a existir, pero no a buscarse la vida. Y el artículo 318 bis de nuestro Código Penal también castiga con prisión cualquier género de colaboración con la inmigración ilegal. Por su misma situación de ilegalidad, el inmigrante es sujeto de una infracción administrativa (prevista en la Ley Orgánica de Derechos y Libertades de los Extranjeros en España) que conlleva como sanción la expulsión de nuestro país. Incluso para garantizar que dicha expulsión se pueda llevar a cabo, puede ser internado durante 60 días en un CIE, aunque penalmente no exista nada contra él. En Italia son considerados criminales y se les interna, aquí se les interna aunque no lo sean. Esta es la lógica europea.

Podemos mirar hacia otro lado, pero la realidad sigue ahí. Los inmigrantes internados en los CIE aseguran no haber recibido la asistencia de abogados de oficios. Esto sería una negligencia del aparato de justicia que acaba con la idea misma del Estado de Derecho. En general, son detenidos sin intérprete. Muchos han sido apaleados e insultados. Hay historias terribles en las que a veces se ha detenido y repatriado a inmigrantes separándoles de su familia. Algunas mujeres han pasado semanas en un CIE teniendo que dejar a sus hijos en la guardería. En estos centros, los inmigrantes aguardan como los turistas de un vuelo chárter a ser suficiente número para llenar un avión que les repatríe. Y en no pocos casos se les repatría a un país que no es el suyo, en el que aterrizan sin dinero ni recurso vital alguno. Es como si queriendo viajar a Londres uno se encontrara que le han dejado en Kabul, desnudo y sin ninguna posibilidad de demostrar su identidad. Las condiciones higiénicas de los CIE son peores que las de las cárceles. Muchos inmigrantes tienen que hacer sus necesidades en los patios; por la noche, en el lavabo de las celdas, porque permanecen cerradas hasta las ocho de la mañana. Estamos hablando de centenares de personas apiñadas, muchas de ellas enfermas, con dolencias que van desde el sida a la gastronteritis. No se ha habilitado ninguna plantilla de asistentes sociales. Se ha denegado la entrada a las ONG, incluso a Cruz Roja (que hasta ahora había entrado hasta en los campos nazis). ACNUR (Agencia de la ONU para los Refugiados) y CEAR (Comité español de ayuda al refugiado) han tenido muy difícil cumplir con su papel. El motivo es que los inmigrantes no son fácilmente clasificados como refugiados. Todos ellos son, sin duda, refugiados de este mundo que se ha convertido en un matadero, pero no siempre cumplen con el protocolo del refugiado político que maneja la Cruz Roja. Aunque la verdad salta a la vista: esa gente no hace otra cosa que huir de un campo de concentración. Esto es lo que el capitalismo y el neoliberalismo han hecho de sus países. Cuando un campo de concentración es tan grande como un país, como un continente, incluso como un hemisferio, es fácil sucumbir a ciertos espejismos.

Nuestras leyes de extranjería han convertido Europa en un Auschwitz invertido en el que los verdugos nos rodeamos de alambradas para protegernos del exterminio generalizado. Es chocante que haya filósofos que llamen a esta realidad nada menos que “patria constitucional”. Los nazis celebraron los privilegios genéticos de su raza aria. Nosotros celebramos nuestros privilegios históricos genocidas y los confundimos con obras del Derecho Constitucional. Así acabamos creyendo que tenemos derecho a ellos. El resultado, por ahora, no está siendo muy distinto. Pero puede empeorar.