Crímenes en las mansiones de Nueva York


La autora de La trama del pasado descubre a S. S. Van Dine, el equivalente en Estados Unidos de Agatha Christie, aunque con más tiros y menos veneno. Dandi culto y mordaz, fue un personaje tan fascinante como su detective, Philo Vance



CRISTINA BAJO
La Nación




La novela policial que transcurría entre salones de fiestas, bibliotecas centenarias y casas de la campiña inglesa se desbarrancó, después de la Gran Depresión norteamericana, en la literatura negra, la de crímenes violentos en hoteles de mala muerte y callejones oscuros, con pistoleros y prostitutas que flotaban entre millonarios, aristócratas, marginales y desposeídos.

Por su origen victoriano, siempre se consideró a Gran Bretaña, si no la madre, el hogar de la novela de salón. Y la reina indiscutida de ese mundillo fue Agatha Christie. Pero la querida Agatha tuvo su equivalente en Estados Unidos, y fue un caballero tan genial y leído como ella, quien, tomando el encanto de esa Inglaterra de tés a las cinco en punto y ancianas que cuidaban sus jardines, lo llevó a una Nueva York donde, a pesar de las fastuosas propiedades de la Quinta Avenida o las casonas a orillas del Hudson, había más tiros y menos veneno que en las obras de la Christie. Y aunque Philo Vance (el investigador cuyas aventuras se desarrollan en la Nueva York de los años 20) se pasea con su bata color carmesí por la terraza de uno de los más lujosos edificios residenciales mientras espera a su amigo (que hace el papel de Hasting o de Watson), sentimos que el clima de la ciudad no es precisamente el de aquel ambiente bucólico donde sucederá lo imprevisto; en las novelas de S. S. Van Dine, el crimen se intuye de inmediato.

Los fanáticos del género buscan a Van Dine con empeño en las librerías de usados. Él mismo dijo una vez que un escritor de novelas policiales no podía escribir más de seis buenos argumentos; escribió once, y hubiera escrito más, pero murió a los 52 años. Salvador Bordoy Luque, en el estudio preliminar a Obras escogidas de Van Dine editadas por Aguilar-El Lince Astuto (donde publicaban a la crema de los imaginadores de crímenes), dijo que se le puede considerar uno de los clásicos de la novela policíaca, "un maravilloso escritor".

Su verdadero nombre era Willard Huntington Wright y nació en 1888 en Vancouver, Canadá, aunque fue ciudadano del mundo: residió en Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Alemania. Tuvo una esmerada educación; cursó en Harvard y estudió arte en Múnich, pintura en París y música en Londres. Podemos ver, en el personaje de sus novelas, un reflejo del Huntington Wright de aquellos años:

Vance reunía cualidades y habilidades asombrosas. Era coleccionista de arte, pianista notable y conocedor profundo de estética y psicología. Aunque americano, había sido educado en Europa. Gozaba de desahogada posición, y empleaba gran parte de su tiempo en cumplir las obligaciones sociales que le imponían sus relaciones. Pero no era un ocioso o un diletante. Era cínico y despreocupado; para aquellos que lo conocieron superficialmente, pasaba por un esnob. Pero yo, que lo traté íntimamente, pude descubrir el verdadero carácter de aquel hombre: el cinismo y la despreocupación, lejos de ser una pose, surgían espontáneamente de su naturaleza sensible y misantrópica.

Una especie de Dr. House, pero con mejores modos y más capital.

Según la tradición de la época, el investigador Philo Vance tiene una tendencia intelectual a resolver misterios y poco que ver con la policía, aunque uno de sus mejores amigos sea el fiscal de distrito de Nueva York.

A Van Dine le pasaban cosas curiosas: escapó de la muerte cuando un terrible dolor de cabeza le hizo abandonar su despacho en Los Angeles Times diez minutos antes de que, por problemas sindicales, los hermanos McNamara volaran el edificio. Poco después, durante la Primera Guerra Mundial, fue uno de los miles de norteamericanos que se embarcaron en el último viaje del transatlántico Lusitania, hundido por los alemanes. Se salvó del desastre, pero los nervios lo obligaron a recluirse en un sanatorio. Por entonces escribió su primera novela (muy alejada del género que luego adoptaría), pero tanto ésa como las siguientes pasaron desapercibidas.

Padeció una grave enfermedad que lo retuvo en cama dos años. Los médicos le aconsejaron lecturas livianas, y gracias a sus amigos, que buscaban libros para él, se dedicó a leer novelas policiales. Cuando dejó la cama, había reunido 75 años de literatura de suspenso en unos mil volúmenes.

Estudió en ellos la técnica que requería este tipo de obras y, como un Sherlock Holmes perdido en Nueva York, se le ocurrió escribir novelas de suspenso para lectores cultos, entendidos y mundanos. Bautizó a su detective Philo Vance.

"Durante el invierno pasado en Egipto, Vance se había interesado en la labor del Dr. Bliss (quien trataba de localizar la tumba de Intef V, el faraón que imperaba sobre el Alto Egipto durante la dominación de los hyksos), que se prestó a acompañarlo en su viaje de exploración al Valle de los Reyes." Nada de Ramsés, Tutankamón o Nefertiti: tenemos que vérnoslas con Intef V y la dominación en el Alto Egipto de los hyksos. De alguna manera, Van Dine consigue que, llevados por la erudición del protagonista, tengamos la impresión de ir conociendo poco a poco a este dandi irónico, sagaz y de increíble cultura.

A medida que leía sus libros, y sin tener de dónde obtener dato alguno acerca de él, yo me preguntaba qué aspecto tendría Wright, cuántas serían sus obras y por qué había elegido firmarlas con seudónimo. Hacia 1961 conseguí las Obras escogidas y encontré las respuestas. Dice Salvador Bordoy Luque en el prólogo: "Según The Herald Tribune , de Nueva York, Huntington Wright era un exótico. Al igual que Philo Vance, era un diletante y le placía posar de dandi. Usaba una barbita que le daba aspecto mefistofélico y, según Ernest Boyd, era el hombre más atractivo e inverosímil que había conocido, brillante, conversador y buen oyente". También era elegante y adinerado. Su verdadera identidad, en momentos en que sus libros se vendían por miles, tuvo en jaque a los círculos literarios.

¿Por qué usaba seudónimo para los libros de suspenso? "Porque temía, a causa de mis escritos anteriores, firmar con mi nombre -escribió-; elegí un antiguo apellido familiar acompañado de las iniciales S. S." Esas iniciales (que respondían a la palabra steam-ship , buque de vapor) se volvieron un acertijo para lectores y periodistas. Raro caso el de un autor de obras serias pero aburridas que debe ocultar su nombre para preservar la excelencia de sus obras de suspenso.

No tuvo empacho en usar el recurso de Agatha Christie: la previa enumeración alfabética de personajes, aclarando el protagonismo de cada uno, lo cual es útil en narraciones de tramas complejas. Además, le gustaban las ilustraciones e insertaba planos de la escena del crimen, facsímiles de la nota del secuestrador y otras ingenuas lindezas.

El primer libro suyo que cayó en mis manos fue La serie sangrienta , publicada por editorial Austral; en buen inglés: The Greene Murder Case . Los ingredientes: una vieja mansión, una familia rica y dividida, corrientes ocultas de amor-odio, el tema del niño con la identidad cambiada, libros de ciencia forense de los mejores científicos alemanes que tratan el sonambulismo, la parálisis psicológica, la histeria y las tendencias asesinas. Es la novela más británica de Van Dine, y acierta en la composición de uno de los personajes femeninos (Ada), aunque no era buen pintor de mujeres: siempre parecían histéricas, duras o desagradables. Como la anciana señora Greene, en su silla de ruedas, que protesta porque sus hijas han tenido graves desconsideraciones; una, dejarse asesinar; la otra, resultar herida. No obstante, el personaje es creíble, y ahí notamos el genio de Van Dine. La tercera hija, Sibella, a la que nada le ha pasado, es altiva y arrogante, lo que la hace antipática, pero la dulce Ada -la que fue herida- soporta en silencio sus sarcasmos. ¿Cómo ve el autor a Ada, en cama y vendada? Frágil, pálida, aniñada, silenciosa, asustadiza. Está leyendo un libro. Un libro infantil.

Ada, tartamudeando, proporciona datos que señalan a Sibella, que reacciona agresivamente. La otra se refugia en el pecho del médico, el pretendiente de Sibella, quien se dedica a consolar a la tórtola. Los Greene apenas pueden soportarse, pero deben hacerlo: el patriarca les ha dejado una herencia descomunal para repartir entre todos, siempre que consigan vivir veinticinco años bajo el mismo techo.

Los motivos de los crímenes se van diversificando a medida que mueren los herederos. Aparecen papeles con símbolos extraños; en la biblioteca, alguien deja libros sobre venenos expuestos indiscretamente. El ama de llaves tiene un secreto y el mayordomo, otro; aparece un segundo testamento y, entre dos habitaciones, hallan un pasadizo donde los enamorados intercambian tiernos mensajes.

Las pistas despistan, pero todo se resuelve gracias a Vance, que con inteligencia evita la última muerte: la de la persona que se interpone entre la herencia y el asesino. Este caso, como todos los otros, estaba tomado de un episodio real.

Para los que quieran salir de cacería, aquí van otros títulos: El visitante de medianoche ; El escarabajo sagrado ; Matando en la sombra ; El dragón del estanque . Wright también escribió un trabajo que firmó con su verdadero nombre: Antología cronológica de las grandes novelas de detectives , considerado el canon de la crítica detectivesca. Bien podía darse el lujo, ya que en aquellos años de reclusión leyó los mejores autores (ingleses, alemanes, franceses y norteamericanos) del género.

Huntington Wright murió en Nueva York, el 11 de abril de 1939. Fueron sus maestros Edgar Allan Poe, Arthur Conan Doyle, Edgard Wallace y G. K. Chesterton. Creo que, desde algún universo paralelo, estos encauzadores de intrigas dedicados a preservar la justicia para las víctimas y restablecer el equilibro social, estos maestros, digo, estarían orgullosos de él.

El género abandonado


La comedia no goza de buena reputación en el cine contemporáneo, frente al aplaudido exceso de dramas. También se pueden tratar asuntos serios con gracia


JAVIER MARÍAS
El País



Pese a ser libros graciosos algunas de las obras maestras indiscutidas de la literatura universal -El Quijote, Tristram Shandy, El sueño de una noche de verano, Alicia en el País de las Maravillas y hasta Los viajes de Gulliver-, el humor y la comedia no gozan de mucha reputación entre los críticos y estudiosos actuales. Es como si cualquier asunto, por importante que sea, resulte "rebajado" si es acometido con ligereza y con ironía y sin aspavientos, y en cambio el tono grave y campanudo venga inmediatamente premiado, aunque los asuntos que con él se traten sean baladíes o trillados o impostados. Lo peor -lo que hace pensar que estamos ante una tendencia general de nuestro tiempo, que no se limita a lo literario- es que con el cine ocurre lo mismo. Es sorprendente comprobar cómo en una época que se presume menos ingenua que cualquier otra anterior -bueno, el presente siempre cree eso-, los críticos y los espectadores son más fáciles de engañar que nunca, y cómo el "gesto" de los autores -sean literarios o cineastas- acaba predominando sobre lo que en verdad dicen sus obras. Alguien presenta su nueva película como "muy profunda" o "muy desgarrada", como "coral y mestiza", como una "denuncia" de esto o lo otro, como "una reflexión sobre las miserias del ser humano contemporáneo", y acto seguido parece como si casi nadie fuera capaz de distinguir lo anunciado por ese autor de lo que contempla luego en la pantalla. Se supone que la misión de los críticos es justamente esa, distinguir sin dejarse persuadir por la grandilocuencia, pero ya casi nunca lo logran. Si una película tiene el ademán ampuloso, o se ocupa con enorme solemnidad de un tema "serio" -el paro, el maltrato a las mujeres, la explotación de los países pobres, el Holocausto, la eutanasia, algo social a poder ser-, al instante se califica tal película con dos de los adjetivos más falaces y tontos de cuantos se tienen a mano, a saber: "necesaria" e "imprescindible". Falaces y tontos porque no hay ninguna obra de arte -ni siquiera del pasado- que sea una cosa ni la otra. Es cierto que el mundo no sería el mismo si no hubiera habido literatura ni cine, pero sí lo sería si no hubiera existido la obra de cualquier autor determinado, con las posibles excepciones -sólo posibles- de Shakespeare y de John Ford, los cuales, dicho sea de paso, cultivaron la comedia, y no sólo como género, sino que la hicieron aparecer también, aquí y allí, en sus mayores tragedias. O, expresado de otro modo, nunca se permitieron presentar éstas con el gesto ampuloso. El que es bueno de verdad nunca lo necesita. Sólo lo necesita el farsante.

Se aplauden incondicionalmente películas solemnes y huecas como las de Lars von Trier o González Iñárritu o hace ya más años la horrenda El piano de Jane Campion, por no hablar de españolas como Mar adentro, Los lunes al sol o alguna de Medem, y las loas son tan unánimes y conminatorias que quien no se suma a ellas es visto como un hereje. Les llueven los premios y el reconocimiento, por lo que no es nada extraño que los cineastas con ambiciones artísticas no se atrevan a rodar jamás una comedia. Las que se hacen son estrictamente comerciales, facilonas y chuscas, es decir, sin ambiciones, cosa que sí tenían las comedias clásicas auténticas, las de Billy Wilder y Lubitsch y Capra, las de Donen y Cukor y Minnelli y Edwards, las de Hawks y Leisen y Chaplin, las de Dino Risi y Comencini en Italia, las de Mackendrick y Crichton en Inglaterra, las de Berlanga y Ferreri en España. Las suyas son comedias profundas, si la combinación es aceptable -y no veo por qué no-, que maravillan por su ingenio y su ritmo y su gracia, pero que además no se olvidan nada más salir de la sala. El apartamento y Primera plana y El bazar de las sorpresas, Ser o no ser y La fiera de mi niña y Luna nueva, Desayuno con diamantes y Mi desconfiada esposa y Página en blanco, La escapada y Todos a casa, El verdugo y Bienvenido, Mr. Marshall, todas ellas dejan huella y emocionan, a la vez que divierten sin cesar y arrancan de vez en cuando la carcajada. Uno las ve con una sonrisa en el rostro, pero es una sonrisa emocionada. ¿Hace cuánto tiempo que eso no nos sucede? Extrañamente, sólo hay retazos de aquello en películas con cierto humor de mala sombra, como algunas de Tarantino o de los hermanos Coen.

Ahora pasan por comedias obras que carecen enteramente de varios de los elementos característicos del género: la elegancia, la ausencia de subrayados, la sutileza, la complicidad de buena ley con el espectador, y por supuesto la alegría, aunque fuera una alegría melancólica a veces. Pasan hoy por comedias memeces rudimentarias como Sexo en Nueva York o Guerra de novias, por mencionar dos que me he tragado hace poco, cosas amorfas y ñoñas, sin guión y sin encanto. También pasan por tales las películas que protagonizan una serie de "cómicos" detestables y sin atisbo de gracia que no comprendo cómo tienen éxito: Ben Stiller, Adam Sandler, Will Ferrell, Rob Schneider, los ya veteranos y sosísimos Steve Martin y Jim Carrey, y el más reciente y abominable, un tal Seth Rogen que al parecer hace reír a los jóvenes "modernos" (?). Hasta Woody Allen ha recurrido a algunos de ellos en un par de ocasiones, y no sé qué es más deprimente, si tal rebajamiento o su caída en el más absoluto ridículo en cuanto ha puesto una cámara en España. Y, dicho sea de paso, es significativo que a Allen le lleguen los mayores elogios cuando se pone trascendente, como en la tramposa y autoplagiaria Match point -una pobre variación de Delitos y faltas-, y abandona la comedia. Otro tanto puede decirse respecto a Clint Eastwood: cuanto más tremendista y afectada es la historia que cuenta, como en Mystic river o en Million dollar baby, más parabienes recibe, mientras otras películas suyas menos pretenciosas y severas y "griegas", como Deuda de sangre o Gran Torino, son despachadas como "menores" rápida y despectivamente. Parece que vivamos en un mundo pomposo y dramático y grave, en el que no tienen cabida la gracia ni la ligereza.

Nada, pues, incita a hacer comedia, menos aún alta comedia. En cuanto un actor o una actriz interpretan un papel de loco, o de idiota, o de ciego, o de fea -si la actriz es guapa-; si hacen el histérico en la pantalla, o aparecen en ella desgarrados o histriónicos, o imitando a un borracho o a un drogadicto o a alguien real con una nariz postiza, o poniendo acentos raros, se los premia en el acto con un Oscar: es algo sabido que, cuanto peor y más exagerado y risible esté un buen actor en un film, más posibilidades tiene de llevarse la ignominiosa estatuilla. En cambio, lo que es casi seguro es que no la conseguirá jamás nadie por su actuación en una comedia, y sólo así se explica que nunca la obtuviera uno de los mejores intérpretes de la historia, Cary Grant, y que Jack Lemmon sólo la alcanzará como principal por un pesadísimo y mediocre papel dramático: el pecado de ambos fue participar en demasiadas películas de ese género hoy casi abandonado y que sin embargo, a los que aún crecimos con él, nos enseñó algunas de las mejores lecciones. Una de ellas, por cierto, fue no ir por la vida como van tantos críticos y espectadores de este siglo nuevo -con la solemnidad pintada en la frente-, y saber que en todas las situaciones, hasta en las más tristes y dramáticas, siempre hay algo que nos hace gracia, y que así nos alivia o nos salva.