Céline, el profeta de la decadencia


GISELLE DEXTER/ROBERTO BARDINI
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«Rencorosos, dóciles, violados, robados, con las tripas fuera y siempre jodidos (...) Hemos nacidos fieles y así morimos». El autor de esta frase es un médico, físico y viajero francés a quien nadie conoce por su verdadero apellido: Destouches. En cambio, los ambientes literarios y culturales de todo el mundo reconocen su talento magistral como escritor bajo el nombre que eligió para entrar -sin saberlo, entonces- por la puerta grande de la literatura: Louis Ferdinand Céline (1884-1961). La frase citada pertenece, precisamente, a la obra que lo consagró internacionalmente: Viaje al fin de la noche.

Céline sucumbió, junto con un grupo de jóvenes y talentosos intelectuales franceses, a lo que Benito Mussolini llamó «la tentación fascista», en el período que va de la Primera a la Segunda Guerra mundiales. Este «pecado», con variantes, también se dio en Bélgica, Holanda, Noruega, Finlandia, Croacia, Polonia y Hungría. Ninguno de estos países, sin embargo, contó con una congregación de autores tan brillante, trágica y malograda como la de Francia. Entre sus principales exponentes figuran, entre otros, Pierre Drieu la Rochelle y Robert Brasillach. A todos ellos se les aplicó, según los casos, la ley del «encierro, destierro o entierro»; todos ellos recibieron el despectivo apodo de colabos, es decir «colaboracionistas» con el enemigo.

Una intelectual italiana antifascista y feminista, María Antonietta Machiochi, define a Céline como «el más genial de los escritores nazifascistas». A muchos historiadores, literatos y críticos les resulta muy difícil digerir esta doble realidad que incluye el reconocimiento a su genialidad como escritor y su identidad «políticamente incorrecta». Y, por si fuera poco, hay que agregar una faceta más: su rabioso antijudaísmo.

«Uno de los gigantes de nuestra época»

Lo cierto es que no existe polémica acerca de su talento. Casi todos los prólogos a sus obras incluyen -junto con el repudio a su elección ideológica- las alabanzas al estilo literario: «escritura hablada», «anárquica expresividad», «grafía desquiciada». Entre las etiquetas también hay que incluir «absoluto cinismo», «pesimismo radical», «nihilismo deslumbrante». Sus admiradores políticos, incluso, lo llaman «el profeta de la decadencia europea»... Y se podría continuar.

Uno de sus adversarios políticos, Jean Paul Sartre, quien antes de convertirse en filósofo existencialista había sido simpatizante comunista, escribe en 1946: «Tal vez Céline sea el único que permanezca de todos nosotros». Etienne Lalou, novelista, cronista de L’Express y productor de radio y televisión, dice: «Céline ha restituido al francés hablado sus títulos de nobleza y, sin él, una parte de la literatura moderna no sería lo que es». Lalou, un creador distante del nazismo y el fascismo, lo llama «uno de los gigantes de nuestra época».

Céline es voluntario en la Primera Guerra Mundial, de la que regresa con el 75 por ciento de su cuerpo mutilado. Al terminar el conflicto, comienza a estudiar medicina. Egresa en 1924, con una tesis sobre el médico húngaro Felipe Ignacio Semmelweis (1818-1865), a quien un colega contemporáneo definió como «un poeta de la bondad». Esa tesis se convertirá en 1937 en Semmelweis, una bella biografía sobre el investigador que luchó contra la fiebre puerperal hasta el último día de su vida. En la nota preliminar de este libro, el novelista español Juan García Hortelano (1928-1992) escribe:

«La agresividad, componente indispensable de la obra maestra, alcanza en Céline al universo entero y verdadero. En el caos, el asesinato, la injusticia, el terror y la debilidad juegan la partida; el que pueda envidar, gana; sólo perderán los débiles, para quienes la opción se limita a la fuga o la muerte. Céline, en absoluto partidario del suicidio, es el primer escapista que, refractario a la mentira, no huye. Tampoco se apiada (...). Destruye el mundo, minuciosamente (...), con el arma que supo manejar. Céline es un lenguaje nuevo. Del francés hablado, mal hablado, destiló un sistema de ruptura de la lengua, en el que reside toda su gloria».

Novela «irreductible y salvaje»

Recién recibido de médico, Céline se alista en la marina. De 1924 a 1928 integra misiones de la Sociedad de Naciones (antecesora de la ONU) en África y Estados Unidos. Por su cuenta, visita la Unión Soviética. Al regreso a Francia, trabaja en una clínica estatal en Clichy, un suburbio al norte de París, donde prácticamente sólo atiende a pobres. En 1940, se presenta nuevamente al ejército como voluntario pero es rechazado por las secuelas de sus heridas anteriores.

Su obra incluye los siguientes títulos: Viaje al fin de la noche (1932), Muerte a crédito (1936), Mea Culpa (publicado luego de su regreso de la Unión Soviética, 1936), Bagatelles pour un massacre (1937), L’école des cadavres (1938), Les Beaux Draps (1941), Guignol’s Band (1943), Casse Pipe (1949), Feerie pour une autre fois (1952), De un castillo a otro (1957), Norte (1960) y Rigodon, publicada después de su muerte.

Con Viaje al fin de la noche gana el premio Renaudout. Ferdinand Bardamu, el protagonista de la novela, es un héroe desilusionado y castigado que vive experiencias extremas, siempre al borde del abismo: herido en la Primera Guerra, enamorado de una prostituta sin futuro, víctima de un trabajo embrutecedor en las colonias francesas en África, perseguidor del «sueño americano» -que no se parece al del publicitado mito- y de nuevo en Francia como médico rural de campesinos miserables.

Las reflexiones de Viaje al fin de la noche sobre la condición humana son amargas. Robert Saladrigas escribe en «Céline, el recluso de Dinamarca» (La Vanguardia, Cataluña, 24 de julio de 2002): «Novela única, irreductible, salvaje; un sólido monumento literario contra el que nada han podido el tiempo, los tifones de la historia ni la aberrante ideología de quien la escribió con un talento que desborda cualquier esquema en el que se pretenda encajarla. Es difícil no pensar en una poderosísima creación de la naturaleza que resulta literalmente abrumadora». En Viaje al fin de la noche se lee:

«Los hombres se aferran a sus cochinos recuerdos, a todas sus desgracias, y no se les puede sacar de ahí. Con eso ocupan el alma. Se vengan de la injusticia de su presente revolviendo en su interior la mierda del porvenir. Justos y cobardes que son todos, en el fondo. Es su naturaleza. (...) Os lo digo, infelices, jodidos de la vida, vencidos, desollados, siempre empapados de sudor; os lo advierto: cuando los grandes de este mundo empiezan a amarlos es porque van a convertirlos en carne de cañón».

Antisemitismo instintivo, anarquismo rabioso

En Bagatelles pour un massacre, Céline afirma que «Francia es una colonia del poder internacional judío» y dice que le gustaría aliarse con Hitler. «Él no ha dicho nada contra los bretones o los flamencos. Nada de nada. Sólo se ha referido a los judíos, porque no le gustan los judíos. Tampoco a mí». Luego agrega: «Digo con toda franqueza lo que pienso: preferiría tener una docena de Hitlers que un Blum omnipotente. Al menos, puedo entender a Hitler».

[León Blum (1872-1950), dirigente del Partido Socialista Francés, fue miembro de la cámara de representantes desde 1919 hasta 1928 y desde 1929 hasta 1940. En los años 30 integró el Frente Popular, una coalición de partidos izquierdistas que obtuvo la mayoría en la cámara en 1936. Blum accedió al cargo de primer ministro y adoptó una política de no intervención ante la explosiva situación europea pero, contradictoriamente, aumentó el presupuesto armamentista. A mediados de 1937, solicitó poderes extraordinarios pero les fueron denegados por el Senado y dimitió. En marzo de 1938, durante otra crisis de gobierno se le pidió nuevamente que ocupara el cargo de primer ministro y presidió una segunda legislatura que sólo duró un mes].

Robert Brasillach comenta acerca de Bagatelles pour un massacre: «El antisemitismo instintivo halló su profeta en Louis Ferdinand Céline». La cuestión reaparece en L’Ecole des cadavres: «Personalmente encuentro a Hitler o a Mussolini, admirablemente magnánimos, infinitamente más a mi gusto, destacados pacifistas, en una palabra, dignos de 250 premios Nobel», escribe Céline. Y asegura: «Quien más ha hecho en favor de los obreros no ha sido Stalin, sino Hitler».

En Les Beaux Draps critica a la burguesía, impulsa medidas sociales, propone un salario único. Recomienda nacionalizar los bancos, la produccion minera, los ferrocarriles, las compañías de seguros y los grandes almacenes, así como la industria pesada en general. El libro es tan virulento que el propio régimen colaboracionista de Vichy, pro nazi, no lo tolera y prohíbe la distribución. La crítica a la burguesía es una característica de toda su obra; por ese motivo muchos izquierdistas lo leen y, en cierta forma, lo admiran. Otros, lo consideran, en el fondo, más anarquista que fascista.

Un destino trágico

Después de la caída del régimen de Vichy, la vida de Céline será una sucesión de sufrimientos que parecen copiados de sus propias novelas. Y parece confirmarse que la vida imita al arte hasta en sus aspectos más desgarradores.

Radio Londres, portavoz de la Resistencia Francesa, ofrece una recompensa por su captura, vivo o muerto. En 1944, Céline se retira de Francia junto con las tropas alemanas. Hace una escala en Alemania, donde paradójicamente sus libros están prohibidos. De ahí, busca refugio en la neutral Dinamarca. El Consejo Nacional de los Escritores, vinculado con la Resistencia, divulga una «lista negra» con doce autores colaboracionistas; él, desde luego, es uno de ellos.

En septiembre de 1945, un juez le dicta orden de arresto por «traición a la patria». Poco después, una denuncia anónima informa a la embajada francesa en Copenhague que el fugitivo se encuentra en esa ciudad. El 17 de diciembre de 1945, Céline es encarcelado. El novelista permanecerá en una celda de la prisión de Vestre Faengsel durante 16 meses. Céline sale en libertad el 24 de junio de 1947, sin cargos, con 40 kilos menos.

El juicio al escritor «maldito» se lleva a cabo el 21 de febrero de 1950, en París, en ausencia de acusado y de un abogado defensor; lo condenan a un año de prisión, pena inferior a la cumplida con carácter preventivo en Dinamarca. Puede regresar a Francia recién el primero de julio de 1951. A seis años de terminada la guerra, toda su obra ha sido destruida.

Pretexto para «una partida de caza»

Céline se establece con su mujer y decenas de gatos y perros en Meudon, cerca de París. En 1953 abre un consultorio médico para atender a personas sin recursos. Se hace imprimir tarjetas de presentación en las que se lee: «Louis Ferdinand Céline - Ave del paraíso». Recibe siete u ocho cartas diarias con insultos y amenazas; y otras tantas llenas de admiración y elogios. Unas y otras lo tienen sin cuidado. Escribe: «Anarquista soy, he sido, sigo siendo. ¡Y me traen sin cuidado las opiniones!»

Poco a poco, Céline recupera el prestigio literario que, a pesar de todo, le pertenece. Pero el sistema se lo devuelve a regañadientes, haciendo constar siempre que había sido -y continuaba siendo- un «maldito». En 1953, la editorial Gallimard edita nuevamente sus libros. De la larga lista de sus obras, cuatro continúan prohibidas a casi medio siglo de haber sido escritas: Bagatelles pour un massacre, L’école des cadavres, Les Beaux Draps y Mea Culpa. Y esto en Francia, país que se reconoce a sí mismo como cuna del liberalismo, precursor de la moderna democracia, practicante del lema Igualdad, fraternidad, solidaridad.

El marginado vuelve a escribir. Relata sus experiencias durante el exilio en De un castillo a otro (1957), Norte (1960) y Rigodon, publicada póstumamente. En 2002 se divulgan sus Cartas de la cárcel. Son casi 200 mensajes originalmente escritos en el áspero papel de baño carcelario, recopilados por su biógrafo François Gibault. «Sufro mi destino. No sé de qué crímenes soy culpable. Pero esta incertidumbre puede durar -me temo- años», dice Céline en una de sus cartas. Y en otra: «Es duro tener un mundo entero de odio contra uno».

En el prefacio, Gibault explica que Céline «sabía lo que había escrito antes de la guerra y por qué lo había escrito». Pero cuando se descubrió el genocidio judío «aquellos panfletos adquirían un cariz trágico que nadie había descubierto ni denunciado en el momento de su publicación, mientras que él mismo aparecía como un asesino». Sus escritos, elaborados para evitar la guerra, «pero con las exageraciones sin las cuales Céline no habría sido el que era y que aparecían a la luz de los acontecimientos como incitaciones a la matanza, servían de pretexto, pese haber sido escritos antes del genocidio, para una partida de caza en la que el objetivo era él».

Carlos Manzano, traductor de Cartas de la cárcel -y de la mayoría los libros de Céline en español- respalda las afirmaciones de François Gibault: «El sentía desprecio por los alemanes, nunca fue colaborador de los nazis. Siempre lo negó y nunca se pudo demostrar nada; después, cuando volvió a Francia, se encerró y nunca quiso hablar con la prensa ni con nadie».

«En este mundo vil, nada es gratuito»

En mayo de 2002, el primer manuscrito de Viaje al fin de la noche fue subastado en París por casi un millón 800 mil dólares. Las 876 páginas del original -llenas de tachaduras y correcciones- quedaron en Francia ya que la Biblioteca Nacional interpuso su derecho prioritario para que el texto no salga del país. Para los especialistas, el hallazgo del texto tiene un valor inestimable, ya que permite comprender los mecanismos mediante los cuales se construyó una de las obras más importantes y sombrías del siglo XX. Durante más de 40 años, el original fue motivo de las más increíbles versiones: se decía que fue perdido, recuperado y quemado por Céline; también que estaba oculto en Argentina, en manos de nazis refugiados.

La suma que se pagó por el histórico escrito de Céline superó el monto en que fue subastado, en 1988 por la casa Sotheby’s, el manuscrito de El proceso, de Franz Kafka: un millón y medio de dólares. El texto del primer tomo de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, otro clásico, fue rematado en 2001 por Christie’s en poco más de un millón de dólares.

Dejemos algunas reflexiones finales por cuenta de Andreu Navarra Ordoño, autor de «Céline: el hombre enfadado» (revista Babab Nº 11, Madrid, enero de 2002), quien define a Viaje al fin de la noche como «una de las más feroces sátiras contra la civilización occidental». El escritor español se pregunta: «¿Es injustificado desentenderse del mundo cuando éste se ha convertido en una estafa universal, en algo así como una trampa a gran escala? ¿Cómo no hubiera podido enfadarse ante semejante espectáculo? ¿Niega Céline alguna vez las acusaciones de que fue objeto? En absoluto. Sí nos ofrece sus reflexiones, nunca alegaciones».

Céline falleció en Meudon en 1961, a los 77 años. En algún momento de su vida, escribió: «En este mundo vil, nada es gratuito. Todo se expía: el bien, como el mal, se paga tarde o temprano. El bien mucho más caro, lógicamente».

Giselle Dexter es historiadora uruguaya residente en Estados Unidos y Roberto Bardini es periodista argentino radicado en México

Neil LaBute: «No hay mucho que decir sobre la gente maravillosa»


Llegó en julio a Barcelona para trabajar en el Obrador de Dramaturgia de la Sala Beckett. Prepara una versión de Un funeral de muerte



IMMA FERNÁNDEZ
El Periódico de Catalunya




–Ya estuvo el año pasado y ha vuelto este julio al espacio de creación teatral organizado por la Sala Beckett. ¿Qué le atrae de la propuesta?

–El lugar y la atmósfera son como estar de vacaciones y el trabajo era un gran reto: debía crear una obra muy rápidamente a partir de una charla con los actores. En una noche tuve que escribir 30 páginas. Me encanta trabajar con los actores y los españoles tienen tanto talento como los de Estados Unidos.

–Su fuente de inspiración fueron de nuevo las relaciones de pareja.

–Sí, la obra iba de una expareja que se encuentra al cabo de diez años. Las relaciones implican un trabajo muy duro, pero muchos prefieren no resolver los conflictos, olvidar. Si uno quiere algo: familia, trabajo, amor..., hay que luchar por ello.

–¿Por eso duran poco las parejas?

–Sí, además existe una despersonalización; vivimos todo en constante movimiento, todo se hace rápido: internet, la tele... y la manera de relacionarnos también. Todo es muy accesible y desechable al instante. Si no gusta algo o alguien, adiós.

–¿Nos tratamos como objetos?

–Sí, hay gente que tira las relaciones en vez de intentar mejorarlas. Un actor de Hollywood me hizo la analogía entre su matrimonio y su coche. Me dijo: «Se rompió. Qué voy a hacer. P, pues como el coche, ¡comprarme uno nuevo!» Pero es que hasta los autos se pueden intentar arreglar.

–Ha triunfado en la escena con su trilogía sobre la apariencia (Gorda, La forma de las cosas y Reasons to be pretty). ¿Tan superficiales somos?

–Los norteamericanos, y no somos los únicos, somos muy buenos en eso. Te lo dicen en la tele: solo lograrás el éxito si estás en un club, tienes dinero, belleza... Cuando voy a Nueva York veo a todos comprando cosas para estar más guapos. Nos gusta ganar, ser importantes, destacar... En La forma... muestro de lo que somos capaces por complacer a alguien: estás tan preocupado de lo que piensan los demás de ti que olvidas quién eres tú, pierdes tu esencia.

–¿Por qué le atrae tanto escarbar en las inmundicias del ser humano?

–Porque hay más conflictos en ese lado oscuro. Sobre la gente maravillosa no hay mucho que decir y el hombre tiene la capacidad de ser malo. Cuando hice En compañía de hombres se dijo que era un filme muy misógino; yo no lo creo. El protagonista no era feliz, hacía cosas crueles, burlarse de mujeres, por diversión. Hay hombres así. Cazadores. Quieren a una mujer y cuando la tienen, ya no les interesa. Se sienten jugadores.

–¿El hombre es un lobo para la mujer?

–La crueldad de la caza es un trazo más masculino, las mujeres son más sutiles. Me interesa la batalla de sexos, las diferencias de género. Los hombres dan mucha importancia a cosas superficiales: la casa, el coche, quién tiene los pechos más grandes, quién la tiene más grande... y los niños lo ven y tienen esas influencias.

–¿Cómo ser mejores?

–La honestidad es un buen sitio para empezar. Ser honestos con nosotros mismos y con lo que queremos. A veces para complacer a los demás mentimos. Hay que ser valientes, decir: quiero a esta mujer gorda. Pero muchos traicionan y se traicionan; están casados y desean probar..., o incluso siguen juntos y al cabo de años se reprochan la traición.

–Ahora prepara una versión de Un funeral de muerte. ¿Por qué?

–Me encantó y quería hacer una comedia. La gente te encasilla y yo deseaba demostrar que puedo hacer comedia. Creo que va a ser muy divertida. Estará Chris Rock, con quien hice Persiguiendo a Betty. También estoy adaptando La mujer de al lado, de Truffaut, una historia de examantes.

–¿Le gustaría trabajar en España?

–Sí, claro. Barcelona es bonita; a la gente le gusta el cine y el teatro; Javier Bardem es increíble...