'Mapa de los sonidos de Tokio', Isabel Coixet (2009)




AIDA M. PEREDA
Lumpen


La superabundancia de publicidad generada para presentar la nueva película de Isabel Coixet, ‘Mapa de los sonidos de Tokio’, ha contribuido sin duda a alimentar el nivel de exigencia para la autora de ‘La vida secreta de las palabras’, ‘Mi vida sin mí’ o la imprescindible ‘Cosas que nunca te dije’. La cineasta, que prometía salirse de los tópicos orientales y dar a conocer el Japón más real y desconocido para los turistas, ha decepcionado con un filme tan bello como hueco.

Estamos cansados de leer que la trama que atraviesa este thriller romántico surgió a raíz del sorprendente enfado de una limpiadora de pescado del Mercado de Tsukiji a ser fotografiada por la directora catalana en una de sus visitas al país nipón. Pero precisamente, la génesis de la historia ya es de por sí equívoca. Creer que en un lugar a todo el mundo le encanta hacerse fotografías dada su popular pasión por las cámaras, ya es partir de un arquetipo, generalizado o no, pero un cliché al fin y al cabo, lo cual sirve de arranque de una sucesión de tipismos sobre la cultura -o mejor dicho la estética- del mundo oriental vista desde el prisma de Occidente.

Coixet es devota del cine de Koreeda y de los libros de Haruki Murakami, con quien comparte, además de su predilección por los personajes abandonados, especial atención a la música que acompaña sus relatos. En líneas generales, se aprecia su inmersión en el cine oriental, desde la meticulosidad de Ozu hasta el preciosismo de Wong Kar-Wai. De este modo, es una película de ritmo pausado y en la que se calla más que se habla. De hecho, en uno de los diálogos del filme, él le dice a ella algo así como “no todo es comer y follar, también tenemos que hablar”, frase con la que queda muy bien definida la película, en la que gastronomía y erotismo cobran especial importancia. Sin embargo, el silencio que intenta imitar no es tal. La mano de la realizadora catalana se hace visible en la necesidad de incluir un narrador para que articule la historia de los protagonistas, lo que pone de relieve la dificultad occidental de contar sin necesidad de palabras.

Para el reparto contó con Rinko Kikuchi, nominada a un Oscar por su papel de adolescente sordomuda en ‘Babel’, quien borda su interpretación como asesina a sueldo que trabaja en una lonja de pescado, y a quien le encargan matar a un vendedor catalán de vinos, encarnado por Sergi López, culpado del suicidio de la querida hija de un ejecutivo japonés. No sabemos si Kikuchi hace un real esfuerzo interpretativo o si en realidad su hermetismo y misterio son marca de la casa, pero el resultado es perfecto. Por su parte, Sergi parece falto de expresividad, tal vez debido a un intento de parecer excesivamente afectado. De todas maneras creo que es por culpa del doblaje y que en la versión original se disfruta de una interpretación al nivel de ‘Janis y John’, ‘Lisboa’ o ‘Harry, un amigo que os quiere’. Desgraciadamente no en todas las ciudades es posible ver cine subtitulado.

Este cosmopolitismo al que nos tienen acostumbrados últimamente los realizadores parece emerger no de una necesidad de contar una historia en un lugar, sino más bien al revés, de la necesidad de un lugar para contar una historia, y si ese lugar es remoto y está de moda, mucho mejor. Y ‘Mapa de los sonidos de Tokio’ viene a ser un poco eso, una panorámica de una ciudad fascinante por su exotismo, en donde lo que menos importa es la historia. Y es que la directora dibuja con trazo muy difuso una relación que transcurre de forma predecible desde su comienzo y termina con un desenlace precipitado y nada original seguido de dos guiños humorísticos que chirrían con el tono trágico que intenta desprender la película.

La fotografía, eso sí, está muy cuidada. Enmarcada en decorados muy recargados para mi gusto, y con la cámara temblando en algunas ocasiones, pero con un resultado que bien podría ser de postal. En definitiva, la cineasta se queda con lo curioso y más superficial de Japón, con sus karaokes, parques de atracciones, cementerios y Love Hotels. Todo parece metido con calzador. Incluso la incomiable labor sonora, que recibió un premio en el Festival de Cannes, se sostiene a duras penas, pues a pesar de que el narrador se dedique a grabar sonidos, parece más bien una excusa para justificar el sugerente título del filme, ya que no quedan hilvanados en la trama. En cuanto a la música, elegida con mimo como en todos sus filmes, Coixet vuelve a recurrir a la sensibilidad que desprende Anthony & The Johnsons, esta vez con ‘One Dove’. También aparece la clásica ‘Enjoy the silence’ de Depeche Mode e incluso una versión en japonés de ‘La vie en rose’ de Édith Piaf. Aunque acertada, se echa de menos una selección más arriesgada y desconocida.

En mi opinión, el filme carece de frescura y resulta artificioso e impostado en su conjunto, con una intensidad exagerada. En definitiva, Coixet se ha olvidado del fondo y se ha perdido en la forma. Ojalá en su próximo proyecto retome la profundidad y el desgarro de sus historias.

Las guerreras del sari rosa


Sampat Pal es una leyenda viva. Activista y feminista, antiviolenta pero no sumisa. Hace tres años fundó su propio ejército en una de las zonas más deprimidas de India. Casi cien mil mujeres batallan hoy contra la corrupción política, los abusos de poder y la violencia de género. ‘El País Semanal’ viaja a Uttar Pradesh para conocer su lucha


QUINO PETIT
El País




Andaos con ojo, maridos violentos, policías untados, políticos corruptos, burócratas indolentes... Ahí fuera hay una mujer dispuesta a no dejaros pasar ni una más. Se llama Sampat Pal. No está sola. Tiene detrás a otras 100.000 como ella. Lucharán juntas hasta donde haga falta contra la injusticia en India. Son las guerreras del ejército de los saris rosas.

Su comandante en jefe acariciará tu rostro cuando le mires a los ojos por primera vez. No hay que dejarse engañar. También parece querer sacarte las entrañas mientras te sondea. Así es Sampat Pal. Impredecible. Cariñosa cuando quiere. Agresiva si es necesario. Puro nervio. Un terremoto de 47 años y poco más de metro y medio de estatura. "¡Gulabi Gang vencerá!", grita al conocer cualquier fechoría merecedora de la intervención del Gulabi Gang, la banda del color rosa. Sus huestes responden al grito de guerra blandiendo los lathis, esos garrotes que emplean como único medio de defensa personal. "Hoy habrá movida", susurra Sampat guiñando un ojo. Y sube al jeep que zumbará por la destartalada carretera de Atarra. Cien soldados esperan ansiosas la llegada de su líder para llevar a cabo una marcha por las calles de Fatehpur.

Atravesamos el corazón de Bundelkhand. Esta deprimida región al norte de India pertenece al Estado de Uttar Pradesh, el más poblado del país, con 175 millones de habitantes. La pobreza campa aquí a sus anchas, lejos del milagro económico orquestado por el primer ministro, Manmohan Singh, a principios de los noventa cuando ocupaba la cartera de Finanzas. El monzón que asoma a principios de julio está a la vuelta de la esquina. El calor y la humedad son sencillamente insoportables. Esquivamos vacas, tractores rebosantes de fardos de paja, camiones, bicicletas y motocarros atestados de gente. La carretera es un río humano. Hombres, mujeres y niños caminan desde primera hora hacia las bombas de suministro de agua en busca de aseo y refresco. Sampat señala el pueblecito de Kairi desde la ventanilla del vehículo. "Ahí nací yo". Ahí comienza esta historia.

La pequeña Sampat vio la luz entre arrozales, búfalos, ovejas famélicas que beben en aguas inmundas y parias tendidos a la sombra de los chamizos. Nada de todo eso parece haber cambiado en cinco decenios. Hija de pastores, ambos analfabetos y miembros del clan de los Gadaria, estaba destinada a no ir al colegio. Debía aprender a cuidar rebaños y a elaborar chapatis, las deliciosas hogazas de pan indio. Su familia sólo esperaba de ella que se convirtiera pronto en joven esposa. Demasiado pronto.

La niña mostraba interés por aprender otras cosas. El alfabeto, por ejemplo. Su tío Kakka convenció a sus padres para que la dejaran ir a la escuela durante dos cursos. Pero nadie pudo evitar que contrajera matrimonio a los 12 años. "Perdí la virginidad siendo impúber", ha contado en el libro sobre su vida, El ejército de los saris rosas, publicado en España por la editorial Planeta. Hoy, con la mirada perdida y los ojos vidriosos, rememora: "Aquella terrible experiencia me hizo desarrollar una especial empatía hacia el dolor y el sufrimiento de las mujeres". Quizá fuera el detonante de todo lo que vendría después. Una vida entregada al activismo social. Desde la organización de talleres de costura para mujeres hasta la fundación, en 2003, de una especie de ONG para el desarrollo y la financiación de pequeños grupos de trabajadoras. Sampat también comenzó a mediar en conflictos entre vecinos y familiares. Y a enmendar la plana a maridos violentos. "Llevábamos a cabo actividades cada vez más combativas. Me seguían las trabajadoras. Un día pensé: '¿Por qué no llevar un uniforme que nos distinguiera al realizar nuestras acciones? Podría significar que algo nuevo estaba pasando en este rincón de India. Algo hecho exclusivamente por mujeres".

Así nació, en marzo de 2006, el ejército de los saris rosas. Con apenas 25 soldados, de entre 40 y 60 años. Muchas de ellas, viudas. "Hoy somos casi 100.000. Quise crear una unión femenina, una unión poderosa", explica su fundadora. "El color rosa que vestimos significa revolución. Luchamos contra la dominación masculina imperante, contra los padres que no permiten a sus hijas recibir educación y apañan sus matrimonios siendo niñas. Ayudamos a mujeres maltratadas, pero también a pobres y parias humillados por los brahmanes de casta superior. También nos enfrentamos a los pradhans, los jefes de gobierno de los pueblos. Muchos son corruptos, no se preocupan de dar trabajo a los necesitados, ni llevan a cabo un reparto justo de la propiedad de las tierras".

El 'jeep' se detiene a las afueras de Fatehpur. Un centenar de mujeres vestidas de rosa se arremolinan en torno al vehículo. Han venido caminando desde varios pueblos a la redonda. Muchas de ellas son dalits o intocables. Forman parte de las castas más bajas del sistema indio. Algunas no tienen dónde dormir. Están hartas de la falta de agua potable, de las irregularidades y cortes en el suministro eléctrico, de que los gobernantes se repartan las tierras del pueblo e impidan que los ciudadanos puedan trabajarlas, de vivir bajo el umbral de la pobreza, pero sin acceso a los documentos que reconocen esa condición y facilitan la compra de alimentos de primera necesidad. "¡Gulabi Gang vencerá!", gritan todas al ver a su comandante en jefe bajar a duras penas del vehículo. Hace tres meses sufrió un accidente al caer de un tractor. No será obstáculo para que marchen juntas hasta el centro de la ciudad. Pretenden entregar en mano al magistrado de distrito un memorando donde denuncian todas estas injusticias.

Hemlata Patel, de 40 años, es responsable del Gang en la zona. Asegura tener bajo su mando entre 2.500 y 3.000 soldados.

-¿Por qué se alistó en este ejército?

-Para combatir por las que visten el sari rosa. Nos juntamos para luchar. Somos compañeras de batalla. El resto del tiempo, cada una sigue su vida. No estoy aquí por dinero. Tengo tres hijos y un marido. Y me apoyan.

Hemlata presenta a una de sus reclutas más jóvenes. Manja tiene 25 años. Es hermosa y fuerte. "Estaba desesperada. Sin trabajo, sin familia, nada. Ahora tengo fe en que las cosas pueden cambiar si luchas. Juntas sentimos que tenemos fuerza. Mucha fuerza. Es todo lo contrario a estar sola y triste. Unidas nos enfrentamos hasta con la policía, si es necesario. Y no tengo ningún miedo de hacerlo. Sé que todas estas mujeres estarán junto a mí para defenderme".

Las soldados despliegan una pancarta: "Vamos, mujer. ¡Despierta! Enfréntate a los ataques contra ti. Abraza la antorcha de la luz contra la injusticia". Es la una y media de la tarde. La marcha arranca bajo un bochorno de casi 50 grados. Una marea rosa se cuela entre los coches. Alzan sus garrotes. Interpretan cánticos. Los hombres observan el espectáculo, entre desconcertados y nerviosos, desde las puertas de los talleres, los comercios, los cafetines y puestos de mangos. Media hora más tarde, la concentración toma pacíficamente la Corte de Distrito de Fathepur, sede del Gobierno provincial.

Hasta el despacho del magistrado de distrito, Saurabh Babu, llegan gritos de guerra. "¿Dónde estás, magistrado?, ¿por qué no quieres hablar con nosotras?". Babu se lo pensará 20 minutos antes de salir. Dos hombres con fusiles guardan sus espaldas. Sampat Pal sube el tono. Estalla como un volcán para denunciar cómo dejaron sin tierra al marido de esta mujer. O por qué aquélla tiene dificultades para dar agua a su bebé. La vida no es fácil aquí en Uttar Pradesh.

Quizá lo verdaderamente importante, con independencia de la menor o mayor diligencia con la que este dirigente afronte los problemas que acaba de conocer de primera mano, es que hoy no podrá escurrir el bulto. Al menos por un día, reconocerá cuánto hay de verdad en lo que está escuchando. Si no mueve ficha después de esta visita, sus problemas irán en aumento. La comandante en jefe advierte: "Estaremos pendientes de lo que seas capaz de hacer. Y si no haces nada, volveremos. Quizá no seamos tan educadas la próxima vez". Sampat Pal está satisfecha. Arenga a sus tropas antes de despedirse: "¡Cuidaos, permaneced atentas a los problemas de las mujeres! Recordad esto siempre: unidas sois más fuertes".

Al día siguiente visitamos el cuartel general de la banda en Atarra. El austero bajo de una pequeña vivienda sirve de oficina y morada. Una estancia compartida con Jay Prakash. Su mano derecha. "Él es mi guía. Un amigo. Un hombre muy honesto. Lamentablemente, soy analfabeta. Él lleva el papeleo de la organización. Nos conocimos en 2004, cuando yo estaba formando los grupos de trabajo de mujeres. Hoy compartimos pensamientos, ideología. Vivimos bajo el mismo techo, pero cada uno tiene su familia. Él la suya y yo la mía". Y punto.

Esta mañana también hay un policía en la morada de Sampat Pal. La visita no se parece en nada a los violentos registros que sufrió en el pasado tras ser falsamente acusada de mantener contactos con la guerrilla naxalita, de origen maoísta. "Tener enemigos es inevitable cuando diriges un ejército", asume ella. "Algunos me han amenazado de muerte. A los corruptos no les interesa que las cosas cambien por aquí". La comandante conversa apaciblemente con el agente entre aromas de pachuli y el lamento de las aspas de un ventilador. Junto a ellos, sentados en un banquito de madera, cinco miembros de la misma familia atienden al parlamento. Un joven escuálido muestra la brecha en su cráneo. Se ha visto envuelto en una trifulca familiar provocada por la disputa de la propiedad de una casa. El muchacho se llama Sushil. Tiene 24 años. Aparenta más. "Conozco muchos problemas como éste. Problemas pequeños, de cada familia", justifica el policía con desgana. Sampat le ha invitado a su casa para hacerle entender que debería ocuparse de estos asuntos. Y el agente se saca un moco mientras escucha.

La mujer que ha venido con su familia a pedir ayuda a las guerreras de rosa tendrá que alistarse si quiere recibir amparo. El peaje son 170 rupias por el ingreso y otras 100 por el sari. Así funciona esto. Nada aquí es gratuito. "Pero es la mejor forma de que el compromiso se convierta en algo a largo plazo y no en solución rápida a un problema concreto. Nuestro Gang se fundó para afrontar empresas con muchos frentes abiertos. Es necesario formar parte de esta historia con todas las consecuencias. Ahí reside también buena parte de nuestra fuerza".

Así empiezan muchas. Como esta mujer desamparada. Así empezó Sampat Pal. Harta de que ninguna administración escuchara sus quejas. Y de que hasta su marido le aconsejara olvidarse de los problemas de otros. Conflictos que conforman el paisaje cotidiano de los casi 50.000 habitantes de Atarra. Por eso cada vez más mujeres se lanzan en brazos de la fundadora del Gulabi Gang.

-¿Es usted feminista?

-Sí. Me gusta lo que eso significa. Trabajar para otras mujeres. Y hacerlo en su compañía. Empujarlas a que sean independientes, a que tomen las riendas de su vida.

-Usted se declara antiabortista.

-Estoy en contra del aborto y el divorcio.

-¿Defiende el uso de la violencia?

-No. Estoy en contra de la violencia. Pero si es necesaria para protegerme, por supuesto que la empleo. Hasta donde mi lathi me permita. Hay otras armas, cuchillos y pistolas. Pero no creo en su uso. Si tenemos que ser duras, lo somos con el lathi, propio de los pastores de esta tierra. Si me atacan, me protejo. No sé poner la otra mejilla.

Relativamente al margen de las peripecias de su madre y esposa, la familia de Sampat sigue con su vida en la vecina localidad de Badausa. Munni Lal, de 55 años, es su marido. Permanece sentado a media mañana junto a la puerta de su vivienda. Hace unos años repartía helados y cubitos de hielo con una bicicleta. Ya no trabaja. Sus cinco hijos y algunos de los 11 nietos le acompañan. "Me gusta lo que hace mi mujer, creo que está bien", afirma. "Al principio tuvimos muchos problemas con los vecinos. A ella y a mí nos acusaban de meternos en los asuntos de la gente. Por eso nos mudamos de Gadaria a Badausa en 1995".

-¿Echa de menos a su esposa?

-A veces. Quisiera tenerla más conmigo.

Y ella, reconfortada por las palabras de su marido, responde: "Una de las cosas que le agradezco es que no me haya dejado". Enseña orgullosa a su familia. Y se muestra satisfecha por lo que ha logrado. "Hice todo lo que soñaba. Y aquí tienes a mis hijos; han recibido una educación, son personas de provecho. Habrán podido echarme de menos, pero yo nunca dejé de estar pendiente de ellos. Creo que mi caso demuestra que se puede ser independiente, tener un trabajo y una vida, y cuidar de una familia".

Hay que seguir la marcha. Otras mujeres esperan escuchar estas palabras. Conducimos hasta Allahabad. Allí florecerá la vis política de Sampat Pal entre discursos, cantos y consejos, no sin antes enfrentarse a una mujer de la localidad de Mau que ha desahuciado a su cuñada y llevarla hasta la comisaría de policía. La comandante en jefe del Gulabi Gang concurrió a los comicios legislativos de 2007 como independiente. Sólo obtuvo 6.500 votos. No guarda un buen recuerdo de su fugaz carrera de candidata. Ni de lo que rodea a los partidos.

-¿Qué opinión le merecen los políticos?

-Aquí, en Uttar Pradesh, ni los políticos ni la burocracia explican lo que hacen con el dinero público.

-¿Y Kumasi Mayawati, jefa de Gobierno de Uttar Pradesh, erigida ante los de su casta como la reina de los intocables?

-¿Qué puedo decir de ella? Juega con la gente. Primero pensé que podría ser una salvadora de los pobres. Pero es un espejismo. Está traicionando a su gente, a los parias, al reunir a todas las castas en su partido.

-¿Recibe su ejército algún tipo de subvención pública?

-En absoluto. No queremos dinero corrupto. Nuestros únicos ingresos son las cuotas de las afiliadas y las donaciones.

-¿Y usted de qué vive?

-De explotar unas tierras familiares.

La máxima autoridad en el territorio donde Sampat Pal ejerce la gran parte de su actividad es el magistrado de distrito de Banda. Ranjan Kumar ronda la treintena y lleva dos años en el cargo. Recibe a media mañana, recostado en un sillón de cuero de su enorme despacho. "Sampat Pal no es nada extraordinario", asegura displicente. "No es muy diferente al resto de líderes locales que suelen aparecer. Qué quieres que te diga, me merecen más respeto los elegidos por el pueblo". El joven Kumar reviste su discurso con la grandilocuencia propia de las élites burocráticas. "Si tenemos conocimiento de que se hace algo ilegal, lo investigamos. Estamos abiertos a la gente aquí, de diez a doce de la mañana. La policía también está abierta". Ante las quejas ciudadanas, argumenta: "Es cierto que cuanto más desciendas en la burocracia, la actividad se reduce. Cuatro magistrados de distrito tenemos 650 localidades bajo nuestra responsabilidad. Vigilar el dinero hacia abajo no sólo es difícil, sino imposible. Mi departamento recibe del Gobierno alrededor de 30 millones de rupias de presupuesto para un año. Con esa cantidad gestionamos, entre otros, el programa rural de empleo garantizado de 100 días anuales, al que van destinados unos diez millones de rupias. Los ciudadanos dicen: 'Dadnos dinero'. Pero no reclaman cosas para el interés común. Viven por su único interés. Si los pueblos no demandan cosas concretas, la burocracia permanece inactiva. Por ejemplo: quisimos implantar el suministro de agua potable, pero los vecinos nos dijeron que preferían seguir con el sistema de bombas de presión. Ante eso, ¿qué más puedes hacer?".

No lejos de este despacho y su aura oficialista, a unos cinco kilómetros, vive Krishna Gupta. Tiene 46 años. Fue de las primeras que se enrolaron en la banda de Sampat Pal. Todo lo que recibe de la burocracia son 300 rupias (menos de cinco euros) mensuales de pensión. Tiene su pierna derecha inutilizada por la polio. Acude a trabajar cada mañana a la oficina de Correos. Nadie quiso escuchar su historia cuando acudió a la comisaría para denunciar malos tratos de su marido. "De él sólo he recibido palizas y malas palabras desde que nos casamos", cuenta. "Jamás me habló de amor. Incluso hoy, su comportamiento es muy abusivo. Nunca he sentido cariño por parte de mi familia. Sólo lo encontré en mis amigas, en las mujeres con las que comparto lucha".

Ellas decidieron un día que la situación de Krishna era insostenible. Sampat reunió una avanzadilla y se enfrentaron a su violento marido. "¡No vuelvas a ponerle tus sucias manos encima! ¿Has entendido?". La respuesta de él fue una amenaza. Sampat no quiere entrar en detalles, pero Krishna reconoce que tras un segundo encontronazo con las del sari rosa su marido nunca volvió a pegarle. Al asomarse al retrovisor de su vida, Krishna encuentra una infancia llena de confusión y tristeza. "Me casaron con 11 años. Él tenía 26. Lo recuerdo como algo extraño, casi irreal. Eres una niña y, de repente, de un día para otro... ¡llega hasta la puerta de casa la procesión de tu matrimonio!". Sampat y Krishna se parten de risa fundidas en un abrazo. Cómplices. Refugiadas en una carcajada ante lo que han soportado. Krishna tiene tres hijos. Dio a luz al primero con 13 años. "No sé ni cómo llegué a ser madre". Las dos amigas pasean por la orilla del río Mandakini, entre viejos sadhus y niños que chapotean en sus aguas. Como Krishna, cada vez más mujeres de India sienten que ya no están solas. Un torrente de color rosa corre por Uttar Pradesh. Sampat Pal está dispuesta a escuchar sus problemas. Y a empuñar el lathi contra la injusticia. "Mis sueños se hicieron añicos de niña", suspira Krishna. "Hoy soy feliz. Mis hijos están sanos. Tengo trabajo. Y sé que mis amigas, que este ejército luchará por mí si alguien vuelve a intentar hacerme daño".

'El ejército de los saris rosas', de Sampat Pal, está editado por Planeta.

Quentin Tarantino habla de "Bastardos sin gloria": "Conviví con esta película durante toda una década"


Lejanamente inspirado en un spaghetti war film de Enzo Castellari (Aquel maldito tren blindado), Tarantino se atreve a desacralizar la guerra, el nazismo y la Shoá misma. “Nunca me creí los clichés de las películas de guerra”, afirma el director de Pulp Fiction


ALAN COLLINO
Página 12





En inglés existe la palabra exhilarating, cuya traducción al castellano es sólo aproximada. Exhilarating es lo que está entre el entusiasmo y la excitación. Exhilarating suelen ser las películas de Quentin Tarantino, y es posible que Bastardos sin gloria, que se estrena el jueves próximo en Argentina, sea la más exhilarating de todas. Exhilarating, desde el momento en que la banda de sonido pasa, sin transiciones, del tema principal del spaghetti western Un dólar marcado a Para Elisa, sobre unas bucólicas imágenes francesas y unos vehículos amenazantes al fondo. Son los primeros segundos de Inglourious Basterds, y ya ahí se advierte que el tipo que la hizo está dispuesto a todo. A mezclar lo trash con lo sublime, por ejemplo (o, mejor dicho, lo considerado trash y lo considerado sublime), hasta invertirles el sentido.

En Bastardos sin gloria Tarantino se atrevió a desacralizar cuestiones como la guerra, el nazismo, la Shoá misma, reconvirtiendo todo eso en una ficción descabellada, que no le debe a nada que no sea su deseo de narrar esa historia, de esa manera y ninguna otra. Hasta tal punto es producto del deseo, que termina ardiendo. La historia detrás del opus 7 de QT es tan larga y serpenteante como sus películas. Lejanamente inspirada en un spaghetti war film del romano Enzo Castellari (acá se estrenó, a fines de los ’70, como Aquel maldito tren blindado), lo único que quedó de esa fuente de inspiración fue la idea de un comando integrado por una serie de impresentables, que lleva a cabo una misión suicida en la Alemania de Hitler. ¿Pero cómo, eso no era Doce del patíbulo? Sí, claro, es a Doce del patíbulo a la que il bastardo Castellari le robó todo, con diez años de atraso.

Sobre esa base de cocción el chef empezó a agregar ingredientes, hasta terminar con un guiso que les debe a todas las cocinas y, a la vez, a ninguna que no lleve su firma. Hay un cazador de judíos llamado Hans Landa, tan despiadado como cualquier otro, pero con un sentido del show que los oficiales nazis no suelen tener. Una sobreviviente judía, dueña de un cine y con sed de venganza. Un soldado alemán, presunto héroe de guerra y cinéfilo como el que más, un soldado británico que en la vida civil era crítico de cine (?) y un proyectorista negro, en medio de la Francia ocupada. En una misma escena aparecen, uno al lado del otro, Churchill (interpretado por un renacido Rod Taylor) y Mike Myers (sí, el de Austin Powers).

También está Goebbels, con una prótesis nasal que tal vez sea la que Nicole Kidman tiró a la basura tras el rodaje de Las horas. Y Hitler, claro, que grita tanto como Bruno Ganz en La caída. Pero por su aspecto bufonesco parece escapado de ¿Dónde está el frente?, de Jerry Lewis. Daría la impresión de que sólo en una película de Tarantino todo esto puede llegar a dar un resultado coherente, asombroso, excitante. Emocionante, incluso. En una palabra, exhilarating.

–¿Cómo se siente, estrenando finalmente Bastardos sin gloria, una película que le llevó una década desarrollar?

–Es raro. Es como que durante todo ese tiempo conviví con esta película. Tenía escenas escritas y ahí estaban, depositadas en alguna parte de mi cabeza, mientras me dedicaba a Kill Bill o A prueba de muerte. En más de una oportunidad pensé en abandonar el proyecto, suponiendo que había quedado viejo para mí. Pero llegué a la conclusión de que, por más que nunca la filmara, tenía que terminar el guión. Aunque más no fuera para sacármela de encima y pasar a otra cosa. Así fue como la terminé.

–¿En ese tiempo fue desarrollando el guión de forma orgánica o lo armó de a pedazos?

–En verdad, lo que llegó hasta la versión final tal como lo escribí en un principio fueron algunos personajes y los dos primeros capítulos. El resto cambió todo. Tuve que cortar muchísimo, porque lo que tenía era un guión como de 600 páginas, que daba más para una miniserie que para una película. No es una manera de decir: estaba por convertirlo en miniserie. En ese momento me di una última oportunidad de hacerlo película, y empecé a cortarlo por última vez. Ahí lo logré, finalmente.

–¿Cómo se le ocurrió la idea de un comando judío que lucha contra los nazis?

–Esa idea deriva de la película de Castellari. Que a su vez deriva de Doce del patíbulo. O sea que si uno se va para atrás no llega nunca hasta la primera idea (risas). En verdad, el personaje de Aldo Raine, el líder del comando, es previo a todo lo demás. El tipo es del sur, de Tennessee, y la idea es que ya antes de la guerra había combatido contra el Ku Klux Klan, y que si sale vivo de Alemania va a volver y va a seguir haciendo lo mismo. El tipo libra algo parecido a una guerra santa, cuyo objetivo reside en eliminar a los nazis de la faz de la Tierra. Por eso recluta combatientes judíos: porque van a estar más motivados para emprender esa guerra.

–Pero a la vez, en la película se menciona que el personaje de Pitt es mitad indio cherokee...

–Claro, por eso lo de la guerra de resistencia es algo que lleva en la sangre... Por eso también lo de cortarle el cuero cabelludo al enemigo. Toda la técnica de combate es la misma que llevaron a cabo los apaches, durante su guerra contra el hombre blanco: las emboscadas, la desacralización de los cadáveres enemigos, el dejar los cuerpos para que los otros los vieran.

–Usted también nació en Tennessee, como Raine. ¿Y no tiene sangre cherokee, también?

–Tengo, sí. Me siento tan representado por ese personaje que la idea original era hacerlo yo mismo. Si la hubiera filmado en el momento en que empecé a escribirla lo habría hecho yo. Después ya no, porque más allá de algún papelito ocasional ya no me interesa actuar.

–El tema del comando en realidad es sólo una de las líneas de la película.

–Siempre pasa lo mismo cuando escribo: empiezo con una idea que me interesa, pero después voy a parar a cualquier parte. No me pongo barreras, no me preocupa desviarme o perder la dirección original. Dejo que mis personajes vayan a donde sea, y los sigo. En este caso, lo del comando fue lo primero, y después me fui yendo para otra parte.

–Otras partes, en plural, ¿no?

–Sí, a mis guiones nadie puede acusarlos de ser escuálidos (risas).

–También está el personaje del proyectorista negro. Es raro ver, en una película de guerra, un negro que no sea soldado estadounidense.

–Sí, porque había pocos. En Estados Unidos estaba lleno, porque en el siglo XIX los traficantes de esclavos los llevaron allí. Recién en la posguerra surgieron corrientes emigratorias de Africa hacia Europa. De hecho, ése es el motivo por el cual los nazis persiguieron judíos, y no negros: porque negros casi no había. Y a los que había no los perseguían, porque no constituían un problema. En época de los nazis era peor ser negro en Alabama que en Alemania.

–¿Usted no había escrito un episodio en el que aparecía un escuadrón de basterds negros?

–Sí, y estoy pensando en una posible precuela en la que aparezcan ellos.

–¿A propósito, por qué basterds, así, con “e”, cuando la escritura correcta es con “a”?

–No sé muy bien. De pronto me vino esa idea, me sonó bien y lo dejé.

–Es la primera vez que en una película suya aparece la historia real: la Segunda Guerra, Churchill, Hitler, Goebbels, el actor de la UFA Emile Jannings... ¿Cómo se planteó la relación entre historia y ficción?

–Mire, lo que cuento en la película no ocurrió, pero pudo haber ocurrido. Esa première jamás se realizó, pero poco antes de la caída del nazismo Goebbels produjo una película que se llamaba Kolberg, que contaba la resistencia –heroica, por supuesto– de los vecinos de un pueblito alemán, frente al avance de las fuerzas napoleónicas, a comienzos del siglo XIX. Era una obvia metáfora de la situación en la que se encontraba Alemania en ese momento, frente al avance aliado. Por supuesto que ganaban los alemanes.

–¿Esa película llegó a estrenarse?

–Sí, en enero de 1945, cuatro meses antes de la caída nazi. Goebbels no la presentó en un cine, ante la plana mayor del nazismo, que en ese momento tenía otras preocupaciones. Pero pudo haberlo hecho. De haberlo hecho, habría sido una oportunidad única para quien quisiera cometer un atentado y volarlos a todos juntos de la faz de la Tierra. A eso me refería antes, cuando le decía que lo que yo cuento en Bastardos sin gloria no sucedió, pero pudo haber sucedido.

–Todas sus películas están llenas de referencias al cine. Pero acá el cine ocupa un lugar mayor que nunca, ¿no?

–Bueno, todas las líneas de la película convergen en una sala de cine. Allí se libra una “guerra” de películas. Una es la que quiere estrenar Goebbels. La otra es la película que piensa proyectar la propietaria del cine, una chica judía a la que le masacraron la familia. Ella invierte la historia, ya que lo que pretende es convertir la sala en algo parecido a un gigantesco horno crematorio, con todos los nazis adentro y aprovechando que el celuloide es altamente combustible.

“Seguimos siendo el segundo país del mundo en cifras de desaparecidos, tan sólo por detrás de la Camboya de Pol Pot"


Entrevista con Miguel Ángel Rodríguez Arias, investigador de Derecho Penal Internacional, en el Día Internacional de los Desaparecidos


SALVADOR LÓPES ARNAL
Rebelión




Miguel Ángel Rodríguez Arias (Barcelona, 1977) es investigador de Derecho Penal Internacional de la UCLM (Universidad de Castilla-La Mancha) y autor de las primeras investigaciones jurídicas en España abordando la cuestión de los desaparecidos del franquismo como “crímenes contra la humanidad” no prescritos y no sólo como cuestión de “memoria”, dando lugar con las mismas a actuaciones de la Audiencia Nacional. Junto a otros tres estudios publicados en la revista Jueces para la Democracia demostrando las actuales violaciones de derechos humanos en nuestro país a la luz de la jurisprudencia internacional1, es autor de El caso de los niños perdidos del franquismo: crimen contra la humanidad (Tirant Lo Blanch, Valencia), investigación en la que se basó el juez B. Garzón para abrir el caso de las desapariciones infantiles durante la dictadura. En la actualidad, Rodríguez Arias cuenta en su haber cuatro premios nacionales e internacionales de investigación.

Si le parece podríamos empezar dando cuenta del significado político-cultural del Día Internacional de los Desaparecidos que celebramos este 30 de agosto de 2009.

El Día Internacional de los Desaparecidos fue impulsado en 1981 por FEDEFAM (Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos-Desaparecidos). Día tras día, los familiares de las miles de personas que han "desaparecido" soportan el desgarrador sufrimiento de no saber qué ha sido de sus hijos, sus padres, sus cónyuges, o hermanos y eso es lo que se quiere recordar junto a la denuncia de las políticas pro impunidad que permiten que eso siga siendo así. Y eso es exactamente lo que sucede en el caso español, aunque prácticamente hasta el 30 de agosto del año pasado nada de esto ha sido tenido presente entre nosotros y queda aún mucho camino por recorrer; a pesar de que seguimos siendo el segundo país del mundo en cifras de desaparecidos, tan sólo por detrás de la Camboya de Pol Pot y aunque trágicamente sigamos teniendo más desaparecidos en España que en toda hispanoamérica, donde hemos acudido a pretender darles lecciones y son ellos los que deberían dárnoslas a nosotros en este campo.

Usted ha escrito recientemente un artículo que ha titulado “Ciento cincuenta mil muertos en el armario de la Presidencia española de la Unión Europea”. ¿Qué muertos son esos? ¿Por qué están guardados en algún armario?

En realidad se trata de 340.000 víctimas del franquismo, ciento cincuenta mil desaparecidos, y otros 190.000 ejecutados previa escenificación teatral de un juicio-farsa o muertos en circunstancias no esclarecidas en las cárceles de Franco. Lo titulo así porque esa es la cifra, 143.353 desaparecidos del franquismo, oficialmente conocida tras las actuaciones de la Audiencia Nacional, aunque todavía no sepamos a ciencia cierta cuantos miles de niños perdidos siguen desaparecidos en vida y no estén incluidos en el cálculo. Todas esas víctimas son el “muerto en el armario” de unas autoridades que quieren liderar Europa en su próxima Presidencia europea, a partir de 2010, desde la violación del Convenio Europeo de Derechos Humanos, como si tales decenas de miles de desaparecidos, los cientos de fosas clandestinas y sus familias que les aguardan no existiesen.

Ciento cuenta mil escribe usted, 143.353 puntualiza. ¿Cómo se ha realizado ese cálculo? ¿No es una exageración teniendo en cuenta la población de España en aquellos años y el número de fallecidos durante la contienda y los numerosos republicanos que tuvieron que exiliarse al triunfar el fascismo internacional en nuestro país?

Como bien dice la desproporción de dicha cifra, no sólo en términos absolutos sino relativos de un país menos poblado y que además acaba de salir de una cruenta guerra, es lo que me lleva a hablar de “cifras de genocidio”, el de los defensores de la Segunda República española, del que todavía no se ha tomado ni remotamente conciencia en nuestra sociedad empezando por nuestros propios representantes. Esas cifras resultan de las investigaciones de la Audiencia Nacional, de la propia Condena de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa de 17 de marzo de 2006 – citando a su vez, en su punto 642, cifras admitidas por el propio régimen lo que nos debe llevar a pensar que podrían ser incluso superiores – y como digo ni siquiera contabiliza el caso de los niños perdidos del franquismo que algunas fuentes apuntan que podrían ser varios miles (hay quien habla de 30.000) pero todavía sin contrastar.


Se habla y se ha hablado de “los desaparecidos” de las dictaduras militares de Chile, Argentina o Uruguay, entre otros ejemplos, pero poco -o con escasa insistencia e incidencia- de los desaparecidos españoles durante el franquismo, ¿por qué? ¿No es extraño un silencio tan sonoro treinta años después de la muerte del dictador golpista?

Hay que pensar que el nivel de exterminio durante, y después, de la guerra contra la población civil española (“guerra civil” se queda corto), exilio forzado, persecución y represión sostenida en el tiempo respecto de los que sobrevivieron a todo ello no tiene parangón; los cuarenta años de dictadura para modelar a su antojo un país desde la más absoluta impunidad tampoco. El franquismo sociológico sigue siendo una realidad entre nosotros, presente de manera difusa y con distinta modalidad en todo el arco político y social y hará falta tiempo y constancia para borrar su huella y desaprenderlo. La transición hacia el reestablecimiento democrático no puede considerarse concluida mientras sigamos siendo el segundo país del mundo con ciento cincuenta mil personas en fosas clandestinas como ya he mencionado, y sigue habiendo temas tabú como el de la devolución de las requisas de bienes y papel moneda y el de las indemnizaciones, imprescriptibles, a los trabajadores forzados por parte de los empresarios de Franco que sacaron buen provecho de la dictadura.

¿Conoce usted un caso similar en la postguerra europea al que ha sucedido en España con estas personas desaparecidas?

El caso de los desaparecidos de la antigua Yugoslavia, de hecho, y como he demostrado en mi última investigación aplicando por primera vez dicha jurisprudencia europea al caso español, la condena por violación de derechos humanos de las autoridades serbias post Milosevic en el caso de las fosas de Srebrenica -por no emprender una investigación oficial efectiva e independiente de cada fosa, y no revelar el paradero a sus seres queridos, incurriendo así en “trato inhumano” y violación del “derecho a la vida familiar"- debería ser un aviso para navegantes en toda regla para nuestro Gobierno.

Me refería a la inmediata postguerra. Estaba pensando en Alemania o en Italia tras la derrota del fascismo.

No, salvo alguna posible excepción, las víctimas de Hitler o Mussolini fueron honradas y reconocidas como luchadores anti fascistas, los responsables juzgados, en ningún caso sería planteable que víctimas como las más de 300 de las matanzas de las fosas ardeatinas en Roma –considerado un lugar para la memoria y el homenaje protegido por el Estado– estuviesen todavía en la fosa clandestina dispuesta por los verdugos, con los familiares clamando para que se los devuelvan, con especuladores inmobiliarios al acecho de los terrenos cuando no simplemente construyendo encima de los cadáveres insepultos de todas estas personas, defensores de nuestra República, ¿qué más se puede decir?. Cuando se reflexiona despacio y mirando a nuestro entorno sobre todo lo que se está haciendo con los desaparecidos de Franco en España no es posible creer que todo esto esté pasando de verdad.

A veces se oye hablar, muy poco desde luego, o se elaboran documentales sobre los niños desaparecidos durante el franquismo. Hablaba usted de ellos hace un momento ¿De quiénes eran esos niños? ¿Qué familias les acogieron? ¿Se tienen cifras aproximadas? ¿Saben ellos ahora quienes fueron sus verdaderos padres?

El caso de los “niños perdidos” del franquismo presenta varias facetas. En un principio las víctimas fueron netamente pertenecientes a familias de defensores de la República, puestos a salvo en el extranjero por las colonias infantiles de Victoria Kent, o fueron robados de los brazos de sus madres ilegalmente detenidas por pura razón de parentesco en centros de detención de distinta índole, así como niños de los entornos maquis, también como forma de represalia ante acciones guerrilleras. Después en los años sesenta -tenemos niños perdidos todavía rondando los cuarenta años de edad, como da pie a pensar el presunto caso de la maternidad de Odonell y otros-, el componente de indefensión social ante el abuso cobró más relevancia. En todo caso el problema de todo este caso es que es de mucha mayor complejidad que el de las fosas al tratarse de desaparecidos en vida, y requerirse instrumentos específicos del Estado para la búsqueda e identificación como una Base Nacional de Datos Genéticos y una Comisión Nacional de Búsqueda de Desaparecidos, una unidad policial específica de búsqueda de niños perdidos, etc, como en Argentina y otros países. Pero, para empezar, no tenemos ni tan siquiera una “investigación oficial efectiva e independiente” promovida por nuestras autoridades, como exige el Tribunal Europeo de Derechos Humanos respecto de nada de esto, por qué centros pasaron los niños, de qué titularidad eran los centros de detención materno-infantil, etc, etc, sin dicha investigación oficial, como he demostrado que es la obligación del Estado en un atento examen de una veintena de sentencias vinculantes para nuestro país, el velo de impunidad todavía existente es completo.

Habla usted del reciente caso de la maternidad de Odonell. ¿Podría explicarlo brevemente?

Se trata de un caso que llegó también a la prensa nacional hace unas semanas, denunciándose la situación de niños presuntamente separados de sus familias al nacer al decírseles que habían fallecido, pero de enfermedades altamente improbables que daría pie a un verdadero estudio de la OMS en su incidencia en dicho centro, y lo más determinante, sin devolver el cuerpo que es lo que en todo caso determina la situación de desaparición. Vivos o muertos debían ser entregados a sus familias, o debería decírseles hoy dónde quedaron enterrados, de ser ello así. Por eso, una vez más, debe ser una investigación oficial efectiva e independiente la que lo esclarezca todo.

¿Qué actividades realizan las familias de esas personas desaparecidas? ¿Han recibido alguna ayuda pública en su democrático y razonable empeño de búsqueda?

De verdad, lo de que las familias busquen a desaparecidos que se llevó el Estado, es el completo mundo al revés, en cualquier otro lugar del mundo está reconocido que es el Estado el que debe hacerlo, y su único fundamento es que al hacer la ley de la memoria le copiaron a Franco su Orden de primero de mayo de 1940 "sobre exhumaciones e inhumaciones de cadáveres asesinados por los rojos", como también he podido demostrar. No se trata de que el Estado dé subvenciones -Franco daba exenciones fiscales–. El único rol de esas familias es el de ser tratadas con el respeto y consideración que merecen y que la fiscalía las tenga puntualmente informadas de cuantos avances se puedan realizar en la persecución penal de los asesinos de sus seres queridos arrebatados o, de no ser ello posible, del estado de la localización e identificación de sus seres queridos. No sé cuanto tiempo hará falta para explicarle a nuestra ciudadanía y que se alcance una conciencia clara de que hemos vivido, y seguimos viviendo, en la anormalidad jurídica y que a quien hay que copiarle es al Tribunal Europeo de Derechos Humanos no a Franco como se ha hecho. ¿Es así como se educa además a la ciudadanía en el alcance de sus propios derechos humanos internacionalmente reconocidos, a base de generar confusiones graves en torno a elementos básicos?

¿Por qué cuando se habla de terrorismo en España no se habla de estas situaciones que, sin apenas atisbo de duda, parecen fruto de acciones que pueden ser calificadas de terrorismo de Estado?

Creo que los crímenes del franquismo pueden ser calificados como terrorismo de Estado, como también lo fueron los de la Dictadura argentina, pero que el concepto de crímenes contra la humanidad es mucho más exacto y favorable para las victimas por los efectos que les reconoce el Derecho Penal Internacional desde Nuremberg. De hecho, creo que hay que tratar de avanzar hacia la comprensión de los crímenes del franquismo como un “genocidio” con todas las letras y a pesar de distintos aspectos jurídicos cuestionables surgidos post Nuremberg que lo dificultan, sustancialmente que la Convención de 1948 elimina la figura del genocidio político, aunque antes sí que ésta resultaba reconocible. Creo que ese es el nuevo concepto por revisar en todo este tema, como antes hubo que revisar la cuestión del franquismo como algo mucho más allá de la “memoria histórica”. Lo que hizo el franquismo con los defensores de la República española, desapariciones y todo lo demás –la práctica totalidad de crímenes internacionales que existen–, fue un genocidio. Y todo eso sigue impune y ni siquiera los derechos reparatorios de sus victimas encuentran un normal cumplimiento.

¿Qué opinión le merece la ley de Memoria Histórica y su cumplimiento?

Tengo un artículo pendiente de publicación en prensa nacional en los próximos días titulado «La “ley” de la memoria no es ley: fórmula de Radbruch y objeción de conciencia ante una injusticia insoportable», creo que ello y mis consideraciones previas, ilustra suficientemente mi valoración jurídica de la ley. Mi conciencia me impide reconocer como derecho, ni nada que se parezca, la regulación que hace la “ley” de la “memoria” de temas como la situación de los desaparecidos (copiada-pegada directamente de Franco), o la consideración como derecho “con vicios de forma y fondo” de los fusilamientos. Yo no puedo llamar derecho al asesinato de decenas de miles de personas. Y no puedo entender como alguien pueda hacerlo aunque sólo fuera por motivos estrictamente de humanidad y compasión hacia sus familiares.

Entonces, en su opinión, ¿por qué se ha obrado de esa forma? ¿Por miedo? ¿Por la correlación de fuerzas existentes? ¿Por qué no se ha sabido hacer mejor?

Para mi todo esto es una cuestión de posibilismo político irreflexivo, llevado por su propia inercia, en ausencia de un efectivo freno o control, ni político ni social ni periodístico –algún medio nacional debió haber alzado la voz alto y claro para decir que no era correcto encomendar a los propios familiares octogenarios el desentierro de sus seres queridos asesinados y que había que poner el empeño necesario en buscarles a todos con los medios del Estado, que había que respetar sus derechos humanos y el derecho internacional– hasta representar un caso de “banalidad del mal” tal y como lo definiese Hannah Arendt: se regula irreflexivamente, sin una verdadera toma de conciencia ética de las repercusiones materiales y humanas de la acción política en este campo, el dolor en el que siguen sus familias, etc.

Déjeme apuntarle unos ejemplos. Un hospital de Burgos lleva el nombre de un general golpista, amiguísimo y colaborador del general golpista Franco. En Barbastro, a las orillas del Vero, puede verse una Iglesia con una inmensa placa llena de símbolos fascistas. En Artica ha sido destrozada una placa que recordaba a los 17 fusilados en el pueblo. Varios historiadores, y no sólo de una impresentable extrema derecha, no dejan de reconstruir permanentemente el pasado de antiguos dirigentes del franquismo como, por ejemplo, el de José Mª Areilza, conde Motrico. ¿Cómo puede soportarse sin gritos enrabietados una cosa así? ¿Cómo concebir la aceptación de tamaño disparate?

Todo ello forma parte de esa necesidad que apuntaba de terminar de verdad con el franquismo difuso entre nosotros, y más cosas tan solo muy tardíamente rectificadas como el hecho de que el derecho de asociaciones estuviese regido hasta 2002 por una ley de la dictadura del año 1964 mínimamente parcheada. Durante años ese ha sido el modelo de participación democrática que se ha seguido lactando, siendo como es el movimiento asociativo un elemento esencial, una primera escuela. El lastre y la huella de esos cuarenta años debe ser examinado en 360 grados, desde la perseverancia, y el compromiso con lo mejor de los valores democráticos republicanos que nos arrebataron con la imprescindible ayuda de Hitler y Mussolini.

¿Sigue siendo España el país de los niños perdidos? ¿Cómo deberíamos actuar entonces? ¿Qué hacer, si me permite la eterna y necesaria pregunta?

Eso es lo que a mi juicio sigue siendo y de ahí que ese fuese el título de la introducción de mi libro sobre el tema y hasta de mi blog personal. Esa es mi convicción. Es de donde venimos y lo que seguimos siendo. Para cambiar todo esto bastaría con dar normal cumplimiento a unos instrumentos internacionales de sobra conocidos y claros en su significado. Para conseguirlo tenemos un largo camino por delante, sea en denuncia y concienciación dentro de España como de actuación internacional ante distintos tribunales y organismos de derechos humanos.

Dos preguntas finales. La primera, discúlpeme, algo personal. Usted es joven, nació después de la muerte del dictador. ¿Qué le mueve a realizar todas estas investigaciones y denuncias? ¿Su ideal de justicia, tiene acaso familiares afectados…?

Siempre me orienté vocacionalmente hacia el Derecho penal internacional, ya desde mis años de formación en Italia y Alemania, y me parecía claro que, enmascarando toda la cuestión de los crímenes contra la humanidad del franquismo como “memoria histórica”, en España se estaban llevando a cabo políticas pro impunidad incumpliendo Nuremberg, derechos humanos y todo lo que uno se pueda imaginar. Pero, sobre todo, no podía evitar una sentida gratitud, una sensación de que les debemos algo muy importante, a todos aquellos que defendieron nuestra República en unas circunstancias aterradoras y con prácticamente todo en contra. ¿Cómo voy a guardar silencio y no utilizar mi formación permitiendo que gente que debería avergonzarse de las ilegalidades que está cometiendo sigan tratando así a las personas que los defensores de nuestra República dejaron atrás, a sus propias familias y seres queridos, que les sigan negando sus derechos humanos?. La gente de mi generación no hemos podido hacer nada antes por ninguno de ellos, pero a sus familias sí que las podemos defender y hacer lo que pueda estar en nuestra mano para que nuestro Estado respete sus derechos. Y pienso que los defensores de nuestra República habrían querido que hiciésemos lo posible para que sus familias estuviesen bien. ¿Qué menos que eso les debemos? A partir de ahí poco importa el trabajo que tengamos por delante. Ellos enfrentaron algo infinitamente peor por todos nosotros, y el derecho está de nuestra parte, aunque no lo esté todavía en nuestro propio país por la transición inconclusa.

Una última cuestión que creo enlaza consistentemente con algunas de sus consideraciones anteriores. El Gobierno de Aragón, un gobierno PSOE-PAR, no un gobierno del PP o de derechas nacionalistas, estudia multar a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica por la apertura de una fosa. La sanción podría llegar hasta los 300.000 euros. Según creo, la Dirección General de Patrimonio, dependiente de la Consejería de Cultura y Turismo, remitió a finales del pasado mes de julio de 2009 una carta a la ARMH con el fin de conocer si el colectivo había cometido una infracción de la Ley 3/1999, de 10 de marzo, del Patrimonio Cultural Aragonés, con la exhumación de una fosa común en Calatayud (Zaragoza). La carta solicita a la ARMH un informe de la exhumación llevada a cabo con "el fin de valorar la posible incoación de un expediente sancionador". El Gobierno aragonés considera que la exhumación se llevó a cabo sin la correspondiente autorización necesaria para realizar, no es una errata, “excavaciones arqueológicas”. Para la ARMH es "lamentable que el Gobierno de Aragón quiera tratar la exhumación de una fosa común, promovida en este caso por la hija de uno de los fusilados, Esther Tabuenca, como si se tratara de un resto arqueológico anónimo que no fuera consecuencia de un delito permanente; uno de los más graves que se recogen en el derecho internacional humanitario". ¿Cómo puede pensarse políticamente una cosa así? ¿Qué pensar de un agravio de tamaña magnitud?

Ello es un claro ejemplo ilustrativo de esa “banalidad” de la que hablaba antes, junto con algún otro igualmente claro relativo a la negativa a que el Estado sea el que busque a los desaparecidos como es debido, para no generar un conflicto de competencia en materia de salubridad mortuoria, competencia de las Comunidades Autónomas, no del Estado Central... Como decía Hannah Arendt, en el juicio de Eichmann en Jerusalén, son argumentos y actitudes burocráticas, por completo desconexas del referente humano de fondo, que le sobrecogen a uno y le dejan sin palabras. La banalización del dolor ajeno llevada a la práctica del poder puede amparar cualquier cosa; ése es su peligro.