Lobos Negros: Más de veinte años aullando


ÀLEX ORÓ
Efe eme




“Ocho grandes aullidos” es una recopilación de seis grandes éxitos y dos temas inéditos de Lobos Negros, le veterana banda de rock and roll de Talavera de la Reina. El lanzamiento de este CD es una buena excusa para hablar con Luis Martín, el inquieto líder del grupo, quien nos explica cómo un combo como Lobos Negros ha podido sobrevivir a los vertiginosos cambios que ha experimentado el negocio musical en los últimos años y nos da cuenta de los númerosos proyectos de futuro de los Lobos Negros.

¿Qué ha cambiado en el panorama del rock en España desde que empezasteis vuestra carrera en 1987?

Prácticamente todo. Mira, tú mismo me estás haciendo una entrevista por internet en una revista para internet. Antes no existía esto. Ahora se mueve todo o casi todo por esta vía, y cualquier chaval sabe manejar internet. Antes la música era la banda sonora de algo, la identificacion de algo, de nuestra forma de ser, de vestir, nos identificábamos con un artista, nos identificábamos con un movimiento. Acuérdate que había tribus urbanas… La música tenía mucho protagonismo en nuestras vidas, ahora todo lo contrario, la música es “un medio para”… no es una parte nuestra. Está enlatada en un posavasos que vale 20 céntimos. El CD y el egoísmo de las multinacionales se han cargado los principios básicos de la música. Antes, por el mero hecho de tener un grupo ya eras famoso, grabar era lo difícil. Ahora es todo lo contrario, la fácil es grabártelo, lo difícil es promocionarlo. También es cierto que ahora hay menos cultura musical, la cantidad de chavales que tienen un grupo, triunfan y no saben ni quién es John Fogerty. ¡¡¡Penoso!!! La televisión también es culpable de que todo haya cambiado a peor. Se exige un mínimo de audiencia a las cadenas y todo vale con tal de que tu cadena televisiva tenga ese mínimo de audiencia. Vivimos en un mundo de desidia, apariencias y donde se te valora por lo que tienes o generas, no por lo que sabes. En mi opinión, lo cuantitativo ha superado a lo cualitativo, es decir, la cantidad se impone a la calidad.

Vivisteis los estertores de La Movida… ¿os sentíais influenciados por el pop y el rock que se hacía en España a finales de los ochenta o preferíais fijaros en bandas internacionales?

Yo creo que un poco de todo. Oíamos en Radio 3 bandas acojonantes que venían de fuera pero también había grupos muy buenos en España con un sello muy personal. La Movida Madrileña fue algo irrepetible, todos copiábamos de todos y todos bebíamos de todos, y cuando digo todos, me refiero a poetas, escritores, dibujantes, fotógrafos, etc. Ese fue el éxito de la movida madrileña. Empezaron los festivales –como decia Diego A. Manrique, las romerías del rock and roll– y la masificación de cualquier evento, la comercialización y la etiquetación de La Movida Madrileña y con ello creo que su declive. Seguimos fijándonos en bandas, está claro que siempre hay que estar a la última y disfrutar con lo que venga siempre que tenga un mínimo de interés

Actuáis habitualmente en el extranjero, ¿creéis que se os reconoce más fuera que en España?

Pues sí, por desgracia y por suerte. Recomiendo a todo el mundo que viaje y compare. La cultura hace ricos a los países y de eso algunos presidentes no se dan cuenta. En México cada vez somos más conocidos.

¿Cómo afecta la crisis a una banda como Lobos Negros, que tiene un gran prestigio pero no es una formación superventas?

Hasta cierto punto pienso que las crisis de vez en cuando son buenas, limpian la escena musical, revindican lo duradero y de calidad. Ahuyentan a los especuladores, el que realmente no le gusta la musica y está por dinero acaba dejándolo… Es decir, con las crisis acabamos dándonos cuenta de que realmente lo que perdura es por algo. Si a eso le sumas que grupos como Lobos Negros no tiene un caché muy alto porque nunca han estado de moda, pues fíjate, tocamos más que nunca y para un público que realmente te aprecia. Además casi siempre después de una crisis surgen ideas y movimientos nuevos, eso espero.

Estáis promocionando “Ocho grandes aullidos”, una recopilación de éxitos de Lobos Negros. ¿No se os ha quedado un poco corta? Creo que tenéis material para editar un disco más extenso.

Sí, tienes un poco de razón en lo que dices. Cuando se hizo ese recopilatorio se pensó más en tener un disco para ofrecer a los agentes de zona, managers, concejales, etc. Es más un disco de trabajo que un disco de promocion. Se aprovechó que yo estaba haciendo la serie de “Plutón Verbenero” de Álex de la Iglesia para incluir las fotos de la contraportada. Más o menos el objetivo se está cumpliendo. Por cierto, ahora en septiembre empieza de nuevo la serie y en el último capítulo toco un intrumental precioso que se llama ‘Marte, el planeta que abre los miércoles’. Llegará el día que hagamos un recopilatorio en condicciones, la caja, el diez pulgadas, y muchas más cosas.

¿Cuáles son vuestros proyectos a corto, medio y largo plazo?.

En breve, en un mes más o menos, sale un pequeño libro sobre las ocurrencias de los Lobos Negros en gira por Castilla la Mancha, con Óscar, el batería de los Imperial Surfers. No tiene desperdicio, además Óscar es toda una eminencia y un personaje en Malasaña, barrio rockero de Madrid, aparte de un excelente pintor de pósters, cómic, lo que quiera. Tenemos en nuestras manos el nuevo documental del grupo, “Lobos Negros: sus pecados más canallas. Cuero gasolina y chili”, que os vais a divertir mogollón. Es un nuevo genero rockabilly y rock and roll absurdo. Lleva quince clips de todas las épocas, imprescindible para cualquier musicófago. Saldrá a la venta el año que viene. También está a punto de salir un grandes exitos de instrumentales, otra faceta nuestra que venimos desarrollando desde los 80, con dos o tres extras y una portada del pintor Yllán, otro malasañero famoso en medio mundo. Lentamente estamos grabando temas para un disco nuevo, todo composiciones inéditas, aunque no tenemos fecha para editarlo. El disco se llamara “Vota Elvis”. Bueno, seguro que hay más projectos pero ahora no me acuerdo… Sí, en varias películas aparecerán temas de Lobos Negros, pero eso os lo cuento más adelante.

Los coste humanos de la II Guerra Mundial


Entre los hechos menos conocidos de la contienda, resalta el historiador Fontana, están los crímenes de Japón y los millones de vidas perdidas en la posguerra

JOSEP FONTANA
Sin permiso




Se nos suele ofrecer una visión de la II Guerra Mundial que se compone sobre todo de escenas de batallas terrestres y navales: Stalingrado, El Alamein, Normandía, Midway, protagonizadas por tanques, aviones, acorazados o submarinos. Pero si tomamos en cuenta lo que la guerra significó en términos de su coste en vidas humanas, que se cifra en torno a los 70 millones, su historia se transforma por completo.

Lo primero que sorprende es descubrir que la supuesta contienda mundial fue, sobre todo, una guerra entre alemanes y rusos: de los 20 millones de militares muertos, unos 16 millones corresponden a las pérdidas de los ejércitos soviético y alemán, mientras que las de los ejércitos de Francia, Reino Unido y EEUU, sumadas, pasan muy poco de un millón.

De los 20 millones de militares muertos, 16 eran de los ejércitos soviético y alemán.

Más importante aún es percatarse de que una de las características que distinguen esta guerra de las que se produjeron anteriormente en la Historia es el hecho de que hubo muchas más muertes civiles que militares: por lo menos dos de cada tres de los fallecidos en la guerra fueron hombres, mujeres y niños asesinados al margen de cualquier proceso legal, aniquilados en campos de internamiento o de trabajo, o víctimas del hambre causada por la contienda.

Las batallas nos ofrecen espectáculos terribles: los 60.000 soldados alemanes muertos en Stalingrado y la destrucción producida en Kursk, la mayor batalla de todos los tiempos, en la que participaron millones de hombres, 13.000 tanques y 12.000 aviones. Jrushchov, que recorrió aquel campo días más tarde, recordaría toda su vida los centenares de tanques que empezaban a oxidarse bajo el sol del verano, después de haber ardido con sus tripulaciones dentro, y el olor a muerte que se extendía por todos lados. O la última gran batalla de la guerra, la de Okinawa, donde murieron 70.000 soldados japoneses y 12.000 norteamericanos y donde perecieron también más de 100.000 de los habitantes de la isla, atrapados entre el fuego de ambos bandos.

Dos grandes carnicerías

Investigadores nipones experimentaron armas bacteriológicas en los presos chinos.

Y, sin embargo, estos no son más que episodios menores en comparación con las dos mayores carnicerías de la guerra, que fueron el holocausto nazi y el más olvidado, pero no menos atroz, de los japoneses en su intento de conquista del continente asiático.

En el caso de los nazis, se habla siempre de los cerca de seis millones de judíos exterminados, pero se suele olvidar que no fueron las únicas víctimas, sino que hay que incluir, entre otros, a más de tres millones de prisioneros de guerra soviéticos que fueron internados en reductos vigilados, sin alimentos para sobrevivir. La Guía del Holocausto de la Universidad de Columbia admite que, en una definición amplia, se puede considerar que las víctimas del holocausto nazi fueron unos 17 millones.

Mientras los crímenes nazis recibieron amplia publicidad al término de la guerra, no sucedió lo mismo con los de Japón, a quien se atribuyen de 20 a 30 millones de víctimas civiles, en especial de etnia china, pero que se benefició de una ocultación que favorecieron los norteamericanos, interesados en conseguir su colaboración en la Guerra Fría.

En comparación con la amplia difusión de lo sucedido en campos como el de Auschwitz, se habló mucho menos de las atrocidades cometidas por los japoneses con los prisioneros de guerra y los civiles en los cruceros de la muerte y en unos campos de concentración en que se les obligaba a trabajos agotadores. O se habló mucho más de Mengele que del general Ishii Shiro, que dirigía el centro de investigación de armas bacteriológicas de Pingfan, cerca de Harbin (en Manchuria), conocido como "unidad secreta 731", donde un millar de investigadores japoneses experimentaron armas bacteriológicas con los presos chinos y practicaron la vivisección sin anestesia en seres humanos. Se decidió echar tierra sobre las responsabilidades de quienes habían participado en esta infamia y se les ofreció inmunidad a cambio de los resultados de sus investigaciones.

Para satisfacer las demandas de venganza, se escenificó en Alemania una representación de castigo en el proceso de Núremberg, que dictó 12 sentencias de muerte, al igual que se hizo en otro proceso similar en Tokio. Pero la realidad fue que hubo poco empeño en castigar a los que habían cometido estos crímenes. Muchas sentencias de muerte a miembros de la Gestapo o de las SS fueron conmutadas al poco tiempo, de modo que algunos estaban a los pocos años en cargos directivos de las grandes empresas alemanas. Y los industriales, que se habían beneficiado explotando inhumanamente a los trabajadores esclavos, salieron bien librados. En especial los japoneses, que se niegan todavía hoy a pagar ninguna indemnización, alegando, como hace Mitsubishi, que es discutible afirmar que los japoneses invadieran China y que esta compleja cuestión debe dejarse para que la aclaren en el futuro los historiadores (en 2008 el general Tamogami, jefe de la fuerza aérea japonesa, sostuvo públicamente que la ocupación de territorios asiáticos la habían hecho para liberarlos del imperialismo occidental).

Millones de expulsados

Pero la existencia de estos casos de impunidad, de los que se beneficiaron sobre todo las clases dirigentes, no implica que la derrota no causara numerosas víctimas, de las que no se suele hablar y que no se agregan a las listas de las de guerra, como en estricta justicia debería hacerse. El mayor de los daños sufridos por los derrotados fue, en Europa, el del desplazamiento de civiles, en especial de alemanes, no sólo de las tierras ocupadas después de la conquista nazi, sino de regiones en que sus familias vivían desde hacía mucho tiempo. Todo comenzó con la despavorida marcha hacia el oeste de los que habitaban en la Prusia oriental, en Pomerania y en Silesia, ante el avance de los ejércitos rusos. En el verano de 1945, apenas acabada la guerra, cinco millones de alemanes habían participado en esta fuga. Y ése era tan sólo el comienzo. Lo peor fue la expulsión, en los tres años siguientes y de acuerdo con medidas aprobadas en Potsdam por las potencias vencedoras, de otros siete millones de hombres y mujeres que habitaban en Polonia, Checoslovaquia, Rumanía o Hungría.

El coste total en términos de vidas humanas de esta sangrienta posguerra europea, como consecuencia de los malos tratos, violaciones, linchamientos y suicidios que sufrieron los expulsados, en especial los que vivían en Polonia y Checoslovaquia, puede haber sido de unos dos millones de civiles, sin contar otros tantos, o tal vez más, entre los soldados presos en manos de los vencedores.

Japón se vio igualmente obligado a repatriar a cerca de siete millones, que no eran sólo los soldados, sino los numerosos civiles que se habían instalado en Corea, Manchuria y Taiwán.

Esta mirada hacia atrás sobre los costes humanos de la II Guerra Mundial debería no sólo cambiar nuestra percepción del drama de esta guerra, sino hacernos más sensibles a los costes humanos de la violencia que reina hoy en un orden mundial desquiciado, que sigue cobrándose vidas humanas en los últimos 10 años, por ejemplo, unos cinco millones en el Congo ante la indiferencia general.

Gamer, generación Xbox


BLANCA VÁZQUEZ
La República Cultural




¿Es que quizá algunos realizadores empiezan a preguntarse, a través de su marca de agua de películas de acción desenfrenada, hacia donde vamos con el hipercrecimiento tecnológico que bautiza generaciones cada tres años? Mark Neveldine y Brian Taylor, que gustan de trabajar a dúo, insinúan y entremezclan algo de sesera con toneladas de acción en su último y espídico metraje, Gamer. Pero no se hagan ilusiones altermundistas luchadores contra el sistema de plástico que nos engulle. Neveldine y Taylor priman sobre todo lado oscuro y crítica social en esta particular película la acción pura y dura. Aunque lo hacen de forma diferente, entrando en los lodazales del videojuego. Sí, la película llama la atención por su estética de juego entre el espectador y la gran pantalla, es decir, casi como los gamers-protagonistas de esta futura sociedad, nos vemos inmersos en una vorágine de movimientos de cámara, disparos y explosiones por doquier, que tenemos que seguir con extrema atención para no perder los puntos de atención. Pura adrenalina en un entorno gris cemento combinado con apariciones coloristas de la cada vez más artificiosa vida real en la que lo mediático y su viral del entretenimiento se convierten en la tarima bajo la que la sociedad permanece neutralizada. Una buena víbora (etiquetada como puta mediática) encarna, adecuadamente, este dilema en una interpretación, que se pierde al final en túneles oscuros del argumento, de Kyra Sedgwick, nuestra detective preferida Brenda Johnson.

Pero la estrella indiscutible de esta fábula de la interrelación vida online/realidad es un actor con cierto aquél, Gerard Butler, el viril cachas de 300, convertido aquí en avatar humano, que recién viene de un fresco y divertido papel en RocknRolla, de Guy Ritchie, y a la voz de pronto estrenará una de esas yanquis comedias mediocres que no pueden faltar en todo actor que empieza a prosperar, La cruda realidad. Es curioso el cine y sus modas, se acercan, asimismo, por la autopista cinematográfica los estrenos de Avatar, de James Cameron, o la inminente Distrito 9, de Neil Blomkamp, con su estética de letal videojuego.

El mismo Butler afirma en una entrevista que la cinta de esta pareja de realizadores neoyorkinos (que por cierto no son aficionados a videojuegos tan actuales como la saga Call of Duty, Halo, Second Life o similares, por extraño que parezca) “es como una peli de arte y ensayo hecha hasta el culo de cocaína, con tela de acción y adrenalina”.

“Los jóvenes, al igual que algunos animales, poseen un instinto exquisito para detectar la llegada de cambios atmosféricos; así, nuestra generación presintió, antes que nuestros maestros y universidades, que con el viejo siglo también se acababa algo en los conceptos del arte, que empezaba una revolución o, cuanto menos, un cambio de valores” , subraya en sus extraordinarias memorias Stefan Zweig sobre su primera juventud a finales del siglo XIX. Ciento quince años más tarde los jóvenes siguen marcando los cambios y la tecnología es su atmósfera. Quizá demasiado tajantes, Neveldine y Taylor afirman que a los chavales el cine les da igual, sólo les interesan las redes sociales y los videojuegos y se propusieron con Gamer volver a sentar sus culos en las butacas, con una historia en la que un tipo de las Fuerzas Especiales, Kable/Butler, acusado de asesinato forma parte de un juego online, Slayers, en el que tiene que sobrevivir a 30 batallas para conseguir la libertad. El problema es que él no es quien maneja sus movimientos, sino un chico de diecisiete años. Encerrados, Kable y sus compañeros gladiadores (entre los que John Leguizamo hace una pequeña pero intensa aparición), en una lugar restringido para que se desarrolle el juego y pueda ser visionado por todo el planeta, consigue nuestro héroe escapar de una forma muy curiosa. Pero a lo que difícilmente puede escapar es a las nanocélulas implantadas en su cerebro para obedecer órdenes de un genio-maniaco, Ken Castle (Michael C. Hall), el inventor de Slayers, así como de Society, un mundo virtual al estilo Second Life o los Sims, en el que de nuevo los avatares son personas humanas y donde el sexo es la deformada fantasía. Precisamente es la mujer de Kable, Zoe Bell, la que está atrapada como muñeca-actriz para Society. Alguien tiene que contrarestar tanta inmundicia, y ahí están los Hackers, militantes subversivos con una estética de videojuego de los años ochenta, quienes plantarán cara al sistema y ayudarán a Kable y su mujer a enfrentarse a Castle.

En todo caso el argumento no es muy sólido, tiene no pocas goteras por aquí y por allá, y a grandes rasgos se extrae una pequeña historia que sirva como excusa para el resto, que es la innovación en la puesta en escena y el entretenimiento de imaginar como sería la posibilidad de algo así. Comparemos con el caso de una película porno a la que han procurado poner un poco de tema, pero sin esmerarse demasiado, no vaya a ser que se desvíe al espectador de su objetivo.

Al margen del divertimento que pueda suponer, Gamer es una manera, si se quiere, de cuestionarse hacia donde vamos con tanta singularidad tecnológica, la telerrealidad que explotan los mismos instintos de siempre, sexo y violencia a raudales, manifestados bajo otros medios o escenarios, o conmovedoramente expresado con las imágnes de Wall-e: ¿acabaremos como ese obeso personaje que apenas puede moverse y obedece solo a sus deseos incontrolados a través de una Red social virtual? ¡Horror, paren aquí que yo me bajo!