"El Palacio de los Sueños", Ismail Kadaré (2009)


KEPA ARBIZU
Lumpen




Salvo para los galardonados, no es fácil saber cuál es el beneficio que se esconde detrás de la infinidad de premios literarios que existen hoy en día. Esta vez debo confesar que gracias a la concesión del Premio Príncipe de Asturias de este año a Ismail Kadaré, he podido acercarme a la obra de este, para mí, desconocido escritor. Así que por esta vez , algo en claro, por lo menos personalmente, he sacado de tal reconocimiento.

Nacido en Albania hace 73 años, su literatura es reconocida principalmente, o por lo menos así se ha publicitado, por su oposición, a partir de cierto momento, al régimen comunista que estuvo vigente en su país de la mano de Enver Hoxha. Al margen de consideraciones puramente políticas, no creo que sea un halago delimitar la obra de un artista de una manera tan concreta, tanto en el tiempo como en el lugar. En principio ésta debería subvertir esas coordenadas por medio de una vocación mucho más universal. El propio escritor así lo ha dicho, explicando que su visión no trata de una época ni de unos mecanismos de poder específicos, aunque es cierto que su obra suele situarse en zonas delimitadas, sino de percepciones mucho más generales. Por lo tanto a la hora de analizar sus cualidades, o lo contrario, deben ser observadas de una manera más genérica y desde una perspectiva más lejana.

Todo lo dicho hasta ahora es aplicable a su libro “El palacio de los sueños”. Se trata de la historia de Mark-Alem, perteneciente a una familia poderosa y de alta influencia aunque venida algo a menos, que es aceptado dentro de un organismo dedicado a analizar los sueños que los súbditos deben contar. Institución representada por un enorme edificio con características totalmente deshumanizadas. No es casualidad que el protagonista cada vez que debe ir de un sitio a otro se pierda con el consecuente agobio y asfixia. Es fácil asemejarlo al castillo kafkiano tanto por lo opresivo como por su naturaleza irracional.

La reflexión central del libro gira en torno al poder burocrático y su obsesión por controlar al individuo, en este caso por medio de los sueños, origen según los controladores de todas las acciones, pensamientos y actividades. Por lo tanto su vigilancia y dominio es de vital importancia. Esta imagen tiene tanto en común con el gran hermano orwelliano como con el mundo feliz de Huxley. Cada uno de ellos incide en un aspecto pero los tres reflexionan sobre el dominio que se ejerce sobre el ciudadano desactivando su pensamiento crítico.

También es destacable el desarrollo personal que sufre el protagonista. Desde los inicios en que su tarea le crea cierto desagrado va evolucionando, a la vez que su posición en el organigrama, hacia una aceptación donde el poder, el status y el ego personal toman relevancia en sus prioridades. No es menos interesante la idea que se deja entrever en un par de ocasiones respecto a la manipulación que se hace de los sueños, extrapolable a cualquier conducta social. Siempre queda en el aire si verdaderamente son puros y espontáneos, inventados o lo más siniestro de todo, surgen como el resultado de una incitación por parte de las altas esferas, dicho de otra manera, ¿qué es antes, el huevo o la gallina?

Kadaré, para desarrollar todas estas ideas, utiliza un lenguaje algo plomizo, pretendidamente falto de fluidez que le permite acrecentar ese ambiente de neblina que acompaña toda la narración. Tanto en las descripciones de la ciudad, decadente al estilo de Gotham City o Blade Runner, como en los comportamientos de las personas, repetitivas y mecánicas, queda patente dicho método. Sólo al final, cuando se desencadena la acción, se torna algo más articulado y vivaz.

El resultado es una obra sobrecogedora, no únicamente por la atmósfera siniestra e intrigante que rodea a toda la narración, sino por las verdades que se esconden detrás. Aquellas que nos hablan de la eterna necesidad del poder, sea del color que sea, de supeditar a los individuos bajo su control anulando lo más temido e incontrolable para la burocracia, la libertad.

"Old Joy", un clásico reciente a recuperar


JULIO VALLEJO
Pasión por el cine




En un mundo cinematográfico repleto de efectos visuales y películas en 3-D, las cintas pequeñas y sencillas parecen estar perdiendo poco a poco lugar en nuestras carteleras. Algunas, como Old Joy, no se llegan a estrenar en las salas españolas. Solo el DVD nos permite recuperar unas joyas del séptimo arte que hablan más de la vida que cien superproducciones.

Dirigida por Kelly Reichardt en 2006, Old Joy aborda uno de los elementos fundamentales en la existencia de cualquier ser humano: la amistad. El filme nos cuenta la historia de Mark y Kurt, dos viejos colegas que deciden hacer un viaje a una fuente de aguas termales que se encuentra en medio de un bosque. Mark está asentado, tiene pareja y está a punto de ser padre, mientras que Kurt es un hombre a la deriva que parece no haber encontrado su lugar en el mundo.

Ambos quieren revivir, como bien indica el título del filme, el viejo gozo de la amistad adolescente y juvenil. Sin embargo, algo falla. El tiempo parece haber dejado su huella en ambos: Mark no parece consciente del cambio de la relación con su amigo y Kurt quiere revivir un paraíso perdido, la amistad que les unió, imposible de recuperar. Ambos terminarán siendo conscientes de estar viviendo el fin de una época y de una relación, por lo menos tal y como la concebían cuando tenían unos años menos. Todo ello ocurre en una película de escasos diálogos y repleta de miradas que dicen mucho más que cualquier palabra.

El tercer largometraje de Reichardt demuestra que la forma de hacer de hacer cine de esta realizadora está tan lejana de los productos “mainstream” como de la autoría autoconsciente de algunos directores. De lo que no puede escapar es de la influencia de un cierto cine independiente empeñado en mostrar sin aspavientos la vida íntima del ciudadano corriente.

Reichardt opta por un ritmo acertadamente lento, donde la atmosférica banda sonora de Yo La Tengo ayuda al espectador a reflexionar sobre lo que está viendo. Si a ello sumamos la sabia utilización del silencio, nos daremos cuenta que el largometraje nos ha introducido casi físicamente en el mundo íntimo de los dos amigos.

No obstante, y aunque el trabajo de la cineasta norteamericana sea impecable, sería injusto no destacar las excelentes interpretaciones de un contenido Daniel Johnson y un impresionante Will Oldham, encargado de dotar de melancolía a su algo perdido personaje.

Con estos ingredientes no resulta extraño que el filme se haya convertido en una película de culto entre la parroquia indie. Su prestigio, fraguado en su exhibición en numerosos certámenes cinematográficos, ayudó a Reichardt a realizar Wendy y Lucy, una pequeña y bonita cinta sobre el algo atropellado viaje de una joven y su perra por la geografía estadounidense. A la espera de su estreno en nuestras pantallas, los más inquietos pueden entretenerse y emocionarse viendo Old Joy, una película que en nuestro país se puede encontrar en el pack Festival Internacional de Cine de Gijón, editado por Avalon en 2008.

Terrible oscuridad. John McGahern, Cuentos completos


MERCEDES MONMANY
ABC




Considerado uno de los mejores cuentistas de la literatura irlandesa posjoyceana, John McGahern (1934-2006) estuvo marcado por una infancia y adolescencia de gran dureza que le perseguiría literariamente a lo largo de toda su obra. Sus seis únicas novelas publicadas y sus distintas recopilaciones de cuentos llevaban inscritas la aridez y la enloquecedora falta de afectos en la que había crecido y que, en lugar de devastarlo anímicamente, lo formaron como persona y como escritor. El reducido y claustrofóbico infierno en que vivió en sus primeros años produjo páginas de altísima calidad literaria, cristalizadas con una concisión y sequedad estremecedoras, sin sentimentalismo o manipulación emocional en busca de la compasión ajena.

Nacido en Dublín, pero crecido en la profunda y más apaleada Irlanda rural, que en épocas no lejanas había sufrido la plaga de hambrunas que diezmaron muchas de sus devotas y numerosas familias católicas, McGahern se quedó muy pronto huérfano de madre, una bondadosa maestra de pueblo, y se trasladó a vivir a un recóndito lugar en el condado de Roscommon, donde su padre había sido destinado como policía local. Su primera novela publicada, The Barracks (1963), ambientada en los cuarteles donde vivían, daba ya cuenta de aquel universo desolado.

Último suspiro

Pero sería con su terrible y de nuevo autobiográfica novela La oscuridad, de 1965, cuando se produjo el escándalo. Un escándalo que revelaría con toda su crudeza lo que había dado pie a tan siniestro y singular Bildungsroman, el mismo que seguiría escribiendo y traspasando a la literatura, obsesivamente, hasta su último suspiro escrito, el libro Memoir, publicado un año antes de su fallecimiento.

Ausente ya su adorada madre del ámbito familiar, el pequeño John (Mahoney en la novela) se quedó, con sus hermanos, en manos de un violento maltratador casero, su padre, que sufría constantes cambios de humor y que los golpeaba sin cesar. Un ser perturbado y cruel al que probablemente el cargo de sargento en un pequeña comunidad amedrentada preservaba impunemente de toda culpa y de cualquier mirada o acusación «inconveniente». Un primo cura, cómplice silencioso, y en ocasiones activo, de toda aquella brutalidad y abusos sexuales, era el mentor en cierta manera y el encargado de orientar al vivaz e inteligente Mahoney hacia la salida más recurrente en aquellos días: el sacerdocio.

Ansias de escapar

Mahoney, sin embargo, tenía grandes dudas acerca de su vocación y, en cambio, sí tenía muy claro el propósito de seguir sus estudios como fuera, siempre a pesar de su fracasado y vengativo padre, que ingeniaría mil artimañas para torpedear sus ansias de escapar de aquella espiral de ignorancia, sumisión, odio y recelo hacia todo lo que de bueno pudiera ofrecer la vida. Pero el pequeño era tenaz, y a contracorriente de «la intensidad del odio» y del aborrecimiento mutuo, no dejó nunca de lado la esperanza ni quiso expulsar de su vida «el anhelo de confiar».

El libro, como era de esperar para la época en la que se publicó, en la que una perfecta conjunción Iglesia-Estado aún cerraba a cal y canto toda posibilidad de lavar los trapos sucios familiares en público, fue prohibido y acusado de «pornográfico». McGahern sería expulsado de su trabajo de profesor y se vería obligado a emigrar a Inglaterra, donde permaneció varios años, antes de regresar a su Irlanda natal.

Por su parte, sus célebres Cuentos completos, que verían la luz por primera vez en 1992 (con algunos añadidos posteriores), y entre los que destacan «Corea», «Reloj de oro» o «Paracaídas», obtendrían un enorme éxito de público y lo devolverían al lugar natural que se merecía entre Joyce, Frank O?Connor, Brendan Behan o Flann O?Brien. Ambientados algunos de ellos en un Dublín urbano, poblado de melancólicos y grises amores muchas veces fracasados, en la recopilación tenía un lugar privilegiado la presencia de lo que más conocía y había vivido, incluso a su regreso tras años de exilio: la Irlanda rural de las carreras de galgos, de la pesca en los ríos, de las apuestas y los partidos de fútbol, de las miserias familiares, de las leales y silenciosas amistades; y sobre todo la Irlanda introspectiva de las pocas palabras y las innumerables pintas de cervezas consumidas en la taberna de cada lugar, a última hora del día.

Willy Ronis, fotógrafo del París de la calle


MOKHTAR ATITAR
El País




Willy Ronis, exponente de la fotografía de la segunda posguerra mundial, ha fallecido este sábado a la edad de 99 años. Hijo de un refugiado ucranio judío y una profesora de piano lituana, el joven Willy Ronis estuvo en contacto con la fotografía toda su vida, ya que su padre tenía un estudio en el barrio parisino de Montmartre. Sin embargo tiró de él la profesión materna, y durante su adolescencia jugó más con la música que con la fotografía. Pese a todo se tiene constancia de que su primera fotografía la firma a los 16 años.

No fue hasta 1932, una vez cumplido con el servicio militar, cuando entra de lleno en la fotografía. El cáncer que padeció su padre obligó a Ronis a hacerse cargo del estudio. El joven fotógrafo no aguanta entre las paredes del estudio, y decide salir a retratar el exterior, primero deportes de invierno, para más tarde retratar la vida urbana de París.

Es la capital francesa en ese tiempo cuna de fotógrafos apegados a lo humano. Coincide y comparte experiencia con otros grandes como Doisneau, Cartier-Bresson o Robert Capa. Los objetivos de las cámaras se fijan por aquel entonces en la agitación social que vive Francia durante la década de los treinta. A partir de 1936, año en el que vence la izquierda francesa agrupada en el Frente Popular, Ronis empieza a publicar en la revista Regards una serie de trabajos sobre los movimientos sociales, entre ellos las huelgas de obreros en Citröen.

La Segunda Guerra Mundial hace que Ronis cuelgue las cámaras. Por su origen judío, huye del París ocupado por los nazis y se instala en la Francia de Vichy. Trabaja en las taquillas de un teatro, como ayudante de decorados en el cine, o como pintor de bisutería, oficio en el que conoce a su futura Marie-Anne, a la que retrata y convierte en su principal modelo, en obras como El desnudo provenzal.

El fin de la contienda hace que Willy Ronis retome la fotografía. Y lo hace a lo grande y con otros grandes: en 1946 entra a formar parte de la agencia Rapho, junto a Doisneau y Brassaï. El humanismo que impregna su estilo es ya indiscutible. Ronis retrata la vida cotidiana, como por ejemplo al Pequeño parisino, un niño que corre llevando debajo del hombro una baguette más grande que él. "La aventura no solo se mide en kilómetros", dirá sobre su fotografía. "Las fuertes emociones no se encuentran solo en Partenón. Emoción, si eres digno de ella, será sentida detrás de la sonrisa de un niño que vuelve a casa con los libros del colegio, un tulipán en un jarrón tocado por un rayo del sol, o el rostro de una mujer enamorada".

Sus retratados son eso: niños que corren por los barrios populares de la capital, que se esconden para jugar debajo de unas escaleras, el beso de una pareja de enamorados, y como escenario siempre París. "En los diferentes géneros en los que he trabajado", decía en una entrevista en mayo pasado a Mediapart, "no me gustaba mucho el retrato [posado]. Me gustaba mucho más el movimiento, la gente en la calle, los hechos, las cosas que se mueven". En esa misma entrevista confesaba que durante toda su vida solo trabajó con tres. "Es el fotógrafo quien hace la fotografía, no el aparato", sentenciaba.

La década de los cincuenta es para Willy Ronis su época dorada, convirtiéndose en el primer fotógrafo francés en firmar en la revista LIFE. Edward Steichen (director de fotografía por aquel entonces del MOMA de Nueva York) lo incluye junto a Izis, Cartier-Bresson, Brassaï y Doisneau, en la exposición Cinco fotógrafos franceses, y poco después en Family Man (1955), la gran muestra que recoge el trabajo de 273 fotógrafos con el ser humano como centro exclusivo de las obras.

En los años 60 las fotografías que imperan en la prensa son las instantáneas impactantes, "y a mi", confesará tiempo después, "la fotografía de impacto, no me interesa". El "fotógrafo parisino", como el mismo se autodefinía, se dedicará desde entonces a la fotografía de publicidad, de moda y a los desnudos así como a dar clase del oficio, dejando un tanto de lado ese estilo que compartió con Robert Doisneau (captar el instante de la vida cotidiana y convertirlo en una obra de arte). También célebres son sus autoretratos. Uno de ellos (Nirvana), lo tomará bien entrados los 80 años mientras salta en paracaídas.

Legión de honor de la República Francesa (máxima condecoración de su país), Willy Ronis también fue premiado con el Gran Premio de las Artes y de las Letras de Francia en 1970. En 1983 dona toda su obra al estado francés, pero no es hasta 2001 (¡a los 91 años!) cuando decide colgar definitivamente sus cámaras, con un desnudo como última fotografía firmada por él. El pasado mes de julio acudió al encuentro de fotografía de Arles, compartiendo con el público experiencias de toda una vida dedicada a la fotografía.

Los bancos retoman el beneficio tras haberse saneado a cuenta de todos


Las entidades financieras han vuelto a la senda del beneficio, gracias a la inyección económica de los bancos centrales y administraciones públicas. Mientras la mayoría de ciudadanos se encuentra al borde del abismo porque desconoce si mantendrá su empleo, la élite económica se prepara para repartirse los enormes beneficios. La crisis no es para ellos


JUANJO BASTERRA
Gara




Dos años después de que se desatara la crisis de las hipotecas basura en Estados Unidos, que condujo a la debacle financiera más importante desde 1930, y que se ha extendido a la economía real, algunas informaciones anuncian que se ha vuelto a una cierta normalidad entre las grandes entidades financieras, que han logrado números positivos y cierran operaciones de compra e, incluso, ofrecen a sus directivos importantes emolumentos económicos por su gestión. Se sabe, como explicó Sandro Pozzi en un reportaje reciente en «El País» que los «seis titanes bancarios» de Estados Unidos ya han reservado 52.000 millones para pagar a sus ejecutivos, lo que supone un 20% más que en el primer semestre de 2008, mientras existe un debate en el seno de la UE para reducir las mejoras salariales extras a los altos directivos de las empresas. No deja de ser una declaración de intenciones que no encontrará un eco en la realidad, porque continuarán percibiendo emolumentos escandalosos, de una u otra manera, si se compara con los salarios del resto de los trabajadores.

Mientras unos bancos, aquellos que recibieron enormes ayudas económicas van bien, otros no. En Estados Unidos continúa el goteo de quiebras. En 2009 son ya 84 bancos los que han cerrado, frente a los 26 de 2008, según la Corporación Federal de Garantía de Depósitos (FDIC). BBVA se aprovechó de la quiebra del Guaranty Financial Group, de Texas, para su adquisición. Esa corporación federal ha rebajado las condiciones que exige para estas compraventas.

¿Normalidad?

Algunos expertos financieros, sumidos en esta ola positiva que recorre en la actualidad la actividad económica, señalan que se habría vuelto a un estadio anterior a la quiebra de Lehman Brothers el 15 de setiembre de 2008, que marcó un antes y un después en la crisis financiera a nivel mundial. En Estados Unidos puede ser, porque los grandes bancos han presentado muy buenos resultados a pesar de la crisis y después de los más de 500.000 millones que las arcas publicas pusieron a su disposición para su saneamiento. Algunos de ellos todavía no han devuelto las inyecciones millonarias del sector público, como Bank of America (105.000 millones de euros) o Merrill Lynchs que obtuvo 13.000 millones de euros a cambio de acciones preferentes de la entidad, que tendrá que pagar a tasas del 8%, lo mismo que otros 24 bancos medianos y pequeños que lograron 24.415 millones para evitar la crisis. Los grandes como JP Morgan Citigroup o Goldman Sachs han salido adelante con operaciones de concentración y de compra de entidades bancarias, que les han permitido recuperar la capitalización bursátil. El resto de los bancos mundiales, sobre todo los europeos, recibieron al menos en ayudas directas 250.000 millones.

Durante los siete primeros meses de 2009, los bancos del continente europeo captaron 11.600 millones de dólares de nuevo capital, los de Estados Unidos llegaron a los 48.300 millones y los británicos a los 26.000 millones. Este hecho muestra la vuelta a la creciente actividad financiera especulativa en los dos centros por excelencia del neoliberalismo mundial.

Todavía, sin embargo, existen ciertas nebulosas que muestran la dificultad de la salida airosa en la actividad financiera, sobre todo en el Estado español. Salvo el grupo Santander y BBVA, que parecen estar al margen, y ya en agosto han superado su nivel de capitalización bursátil de un año antes, al alcanzar los 124.739 millones y los 66.870 millones, respectivamente

El prestigioso analista John Mauldin en la segunda quincena de agosto puso en cuarentena el modelo financiero español en un trabajo para la firma «Variant Perception». Expresó que el sistema bancario e hipotecario español «todavía no ha producido el verdadero `crash'» o que «los bancos españoles están escondiendo pérdidas», porque entiende que «no ha estallado en toda su dimensión» la burbuja inmobiliaria, a pesar de que la política del Banco de España de obligar a realizar mayores provisiones ha ralentizado ese deterioro de la actividad.

Millón de viviendas sin vender

Existen, a su juicio, alrededor de un millón de viviendas sin vender en el Estado español y los préstamos pendientes de pago a los promotores han pasado de 33.500 millones de euros en 2000 a 318.000 millones en 2008. Mauldin añade la tasa de paro creciente en el Estado español como un factor que acelerará esa situación crítica.

Lo cierto es que los bancos siguen ofreciendo beneficios. La Asociación española de la Banca (AEB) ha presentado esta semana los resultados conjuntos del primer semestre de 2009. Los bancos obtuvieron un beneficio neto atribuido de 8.551 millones entre enero y junio, lo que supone un 12,1% menos que el mismo período del año anterior, pero en esta ocasión los bancos han destinado 9.097 millones, es decir una cantidad superior a los beneficios, a dotaciones para insolvencias y provisiones, porque entienden que la morosidad ascenderá de manera importante, teniendo en cuenta que el paro no ha tocado techo.

También es significativo que las compañías que cotizan en el Ibex 35 de la bolsa española han entregado en dividendos a sus accionistas un total de 20.058 millones de euros en el primer semestre, un 43,7% más que hace un año, según reconoce la compañía Bolsas y Mercados Españoles (BME).

Una de las preguntas que hay que hacerse es si es real esa vuelta a la normalidad económica. Está claro que no para la mayoría, pero sí para la élite, que obtiene de nuevo enormes beneficios con la especulación financiera, mientras la clase trabajadora pierde su trabajo o tiene ante sí la amenaza de reducción de los salarios y el empeoramiento de las condiciones laborales.

Aprovecharse de la situación

Está claro que los empresarios se quieren aprovechar más de la crisis actual. Es lo que está ocurriendo con el debate sobre la fiscalidad de las rentas de capital. Hay que tener en cuenta que éstas tributan al 18%, mientras que las rentas de trabajo lo hacen por un 23%. Además, la élite económica y empresarial invierte en los conocidos SICAV (sociedades de inversión mobiliaria de capital variable) que tributan sólo al 1%. Para crear una sociedad de esas es necesario 2,4 millones y juntar a cien socios.

En el Estado español existen, según la CNMV 3.400 sociedades, con 439.395 socios, que manejan un patrimonio de 27.000 millones. También hay que recordar que con datos cerrados de las haciendas forales, los empresarios y las rentas procedentes de actividades económicas declaran unos ingresos de algo más de ocho mil euros menos que las rentas que declaran los trabajadores. También los empresarios se han beneficiado de la reducción del Impuesto de Sociedades, ya que sólo la mitad de las empresas lo paga y a un tipo medio del 17,1%, cuando debía hacerlo al 32,5% o el 28%, en la actualidad.

No obstante, aunque la ola que predomina en el mercado económico mundial es de optimismo, persisten muchas dudas sobre la seguridad del mercado financiero español. Todas las entidades todavía se miran de reojo. Hasta que el Banco Central Europeo en octubre del año pasado puso los miles de millones de euros en circulación a bajo interés a disposición de las entidades financieras, éstas bloquearon el mercado interbancario por desconfianza mutua y cerraron el grifo de los préstamos a empresas y particulares. También deberíamos de preguntarnos si cualquiera de nosotros, que podemos estar inmersos en el pago de una hipoteca en el mejor de los casos, no hubiéramos estado en este momento de crisis en una mejor situación si el Banco Central Europeo (BCE) nos hubiera entregado miles de euros a un interés del 1%, como lo ha hecho con los bancos. Sin embargo, las hipotecas variables medias que pagan los usuarios en estos momentos se encuentran próximas, en el mejor de los casos, al 3%, según los últimos datos del Banco de España, es decir a un interés que, al menos, es el triple de la financiación que bancos y cajas han logrado desde octubre de los fondos de la institución que dirige Jean-Claude Trichet.

Ganancias millonarias

Dos años después de que se conociera que los especuladores la habían liado, resulta que los defensores del neoliberalismo no sólo les han defendido, sino que les han entregado financiación privilegiada para que salgan de nuevo a flote. El objetivo es salvar el sistema capitalista. Para que unos pocos hayan mejorado su rentabilidad y hayan vuelto al sistema, la mayoría los trabajadores están sufriendo las peores consecuencias de esta crisis provocada por los especuladores: los bajos salarios, peores condiciones de trabajo y largas listas de paro.

Según un informe de «Expansión», el Banco Central Europeo (BCE) ha ganado 15.200 millones con el dinero que desde el pasado 15 de octubre ha prestado a la banca en las diferentes subastas, mientras que la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos ha ganado en dos años 13.500 millones por los intereses de los préstamos que ha facilitado a la banca durante los dos años de crisis.

David Sylvian: «El artista sabe cuándo se avecina algo»


JESÚS LILLO
ABC




Voluntariamente alejado del mundo del pop y de unos escenarios que, asegura, jamás volverá a pisar para interpretar sus viejos éxitos, encerrado en su estudio para producir obras de encargo o álbumes cada vez más caprichosos y abstraídos, David Sylvian reivindica en Manafon (Samadhi Sound) la poesía mística de R. S. Thomas y el valor de la duda como motor de la creación. «Como en los poemas de Thomas, la pregunta es qué le da sentido a la vida... Quizá no tenga sentido, pero le aseguro que esa búsqueda termina por dárselo», dice el ex líder de Japan.

Manafon, cuyo título remite al pueblo de Gales en el que Thomas fue sacerdote a mediados del siglo pasado, presenta a un Sylvian que respira hondo sus reflexiones, en forma de baladas, sobre improvisaciones musicales. «Da igual que el mensaje llegue a alguien. R. S. Thomas tenía fieles en su pequeña parroquia, pero eso era accesorio en su obra. La creación es fundamental en sí misma. El hombre actual ha perdido el valor de la búsqueda de una meta. Se busca el placer y se desconoce el concepto de perseguir un objetivo».

¿Volverá a poner los pies en el suelo tras «Manafon», de esta etapa presuntamente final?

Le aseguro que esto forma parte del mundo real.

Pero visto desde muy arriba.

En nuestra vida diaria funcionamos en distintos niveles. Si nos ocupamos de una cuestión emocional, preferimos no analizarla para no aniquilarla, pero todos los niveles se activan a la vez. Si buscamos la frecuencia justa en cada momento, es posible seguir viviendo con los pies en la tierra. Manafon permite conectar en cada momento con un perfil distinto.

¿Por eso ha fabricado poemas con un vocabulario técnico, de laboratorio?

En una canción pop sería muy difícil meter palabras como las que aparecen en los versos de Manafon... Todo depende del contexto. Las palabras muy poéticas son demasiado poéticas para la poesía, valga la redundancia; en cambio, las palabras que aparecen en un periódico económico pueden llegar a ser poéticas si la puesta en escena es la correcta.

Ese conflicto también determina la música del álbum.

Las estructuras proceden del folk, pero su desarrollo melódico está inspirado en las improvisaciones de Christian Fennesz y el resto de la banda que me acompañó durante las sesiones de grabación. En 2004, instalado en Viena y después de muchos cambios, el grupo que me secundaba quedó reducido a cuarteto. No había canciones entonces, y lo que salió de allí me lo llevé, intacto, a mi estudio. No había planes previos, sólo la intuición de lo que quería expresar.

¿Sabía ya lo que buscaba?

Lo intuía... El artista sabe cuándo se avecina algo, y busca la forma de expresarlo. Durante muchos días, estos músicos interpretaban piezas maravillosas, pero no lo que yo estaba buscando. De repente, aparece lo que quieres.

¿No hubo reglas?

La única era mantener las estructuras, dejar las cosas como estaban, sin romperlas. Los músicos se miraban entre sí, pero no a mí, porque son creadores que no permiten que les digas que repitan lo que han hecho o que modifiquen un determinado elemento. Confiar en maestros de la improvisación como Evan Parker, Keith Rowe y Otomo Yoshihide es similar a buscar oro: a veces encuentras unas cuantas pepitas, pero también puedes dar con un enorme filón.

De vuelta a su estudio, ¿no tuvo la tentación de manipular esas grabaciones, de fabricar sus canciones a partir de un material tan valioso?

Lo hice sólo en determinadas piezas y de manera sutil. Manafon quedó tal cual, y también Small Metal Gods... Podía haberme dedicado a recortar, retocar y cambiarlo todo de sitio, pero ese no era el tema. Estaba obligado a conservar el momento exacto e íntegro de esa creación. Busqué la armonía con otros elementos, como la guitarra, pero de forma ligera y cuidadosa, para respetar y conservar esa obra de arte. Es una cuestión de experiencia... Haber trabajado mucho te permite saber cuándo debes respetar las cosas que valen la pena.

Luego vendrán las remezclas.

Por el momento ya hay dos... Apareció un compositor japonés y se puso a trabajar sobre el material existente, pero decidí parar. No quiero hacer un disco entero de remezclas.

¿Ahora las rechaza?

Aunque le resulte extraño, no soy lo que se dice un amante de las remezclas. Blemish me ofreció la posibilidad de llevar a cabo futuras colaboraciones con remezcladores con los que me interesaba trabajar, y los dejé hacer, pero Manafon es distinto. No quiero que nadie lo manipule.

¿Por qué el proceso de producción de «Blemish» fue tan rápido y «Manafon» le ha llevado tanto tiempo?

En realidad, Manafon ha sido aún más rápido, pero mientras lo terminaba vinieron muchos proyectos que tuve que atender.

Como la gira «The World Is Everything», su despedida de las tablas. ¿Será posible disfrutar «Manafon» en vivo?

El concepto de este disco es incompatible con el argumento de un concierto: sería dar pasos hacia atrás, pasar de la improvisación a algo fijo, con reglas. La posibilidad de hacer Manafon en vivo depende de mi capacidad para formar una banda que pueda desarrollar esa mezcla entre improvisación y composición. En cualquier caso, no sería Manafon, sino su idea.

¿No se plantea llevar el álbum a los museos, o a las bienales que usted frecuenta?

Eso sólo tendría sentido si alguien le diera otra vuelta a la idea. No basta con poner la música y enchufar un vídeo... Para hacerlo de una manera digna no suele haber presupuesto.

Sin giras, con una elitista editorial que funciona por correo... ¿De qué vive David Sylvian?

Lo peor que le puede pasar a un músico es verse forzado a salir de gira para alimentar a sus hijos, y yo no tengo ese problema. Durante la última gira, pensé que podía superar la situación y apropiarme de mis viejas canciones una vez más, pero me faltó corazón. No había alma sobre el escenario, porque mi cabeza estaba en otro sitio, en Manafon. Recuperarme de todo aquello y volver a componer me llevó tres meses. ¿El dinero? Siempre hay algún proyecto pendiente, pero tendré que inventar algo para sobrevivir.

"No nos pueden matar a todos"


ENTREVISTA: 66º Mostra de Venecia HANA MAKHMALBAF Directora

Descendiente de una de las grandes familias del cine iraní, a sus 21 años ya es dueña de una filmografía personal y política. 'Green days' es su urgente visión de la 'revolución verde' que surgió tras las últimas elecciones en su país



TONI GARCÍA
El País

Hana es la última aportación de la saga Makhmalbaf al mundo del cine. En 2004 y a los 16 años presentó su primera película, Joy of Madness, algo que sucedió precisamente en el festival de Venecia. Su padre, el guionista y director de cine, Mohsen Makhmalbaf, es el portavoz del líder opositor iraní Mir Hosein Musavi y su hermana Samira es, posiblemente, la cineasta más conocida del país.

En 2007, Hana se ganó a público y crítica con Buda explotó por vergüenza (Premio Especial del Jurado en el Festival de cine de San Sebastián) reivindicando una aproximación personal al séptimo arte. Su último trabajo, Green days presentada ayer en Venecia, es no sólo un filme que sigue la trayectoria de fuerte concienciación político-social que identifica a la cineasta, sino el proyecto que cierra el círculo familiar de resistencia al actual régimen iraní. Gira en torno a las recientes elecciones en Irán y la consiguiente revolución verde que inundó las calles del país de manifestantes reclamando la anulación de las elecciones. La realizadora explica la historia de Ava, una chica con problemas psicológicos, que achaca a los sucesos políticos que están transcurriendo en su país. "Primero hubo esperanza, una oleada de esperanza que sacudió Irán... No nos merecíamos lo que llegó después", dice la benjamín de los Makhmalbaf.

La prensa italiana, muy aficionada a las etiquetas de consumo inmediato, ha bautizado al filme como "película express" (por la rapidez con la que ha sido ejecutada y presentada), pero el término no parece agradar a Hana, que a sus 21 años, recibe a EL PAÍS con el aplomo de una veterana: "esta película había sido concebida mucho antes de las elecciones. No la rodamos rápidamente y de forma descuidada, nos tomamos el proceso de filmación con la calma habitual, pero aceleramos todo lo posible la edición y la post-producción para tenerla lista antes. No puedo contarte cómo la sacamos del país porque el circuito que seguimos lo utilizan ahora otros directores de mi país. En cuanto estuvo fuera de Irán nos instalamos en casa de amigos y la montamos lo más rápidamente posible". A la menor de las Makhmalbaf la acompaña su hermano Maysam, que también ejerce de traductor. Hana luce el pañuelo verde que en Irán se identifica con los opositores y viste de negro riguroso.

"La oposición al gobierno de Mahmoud Ahmadineyad es ahora todo el pueblo de Irán. Hay muchísimas Neda [una joven estudiante de filosofía, presuntamente abatida por las fuerzas de seguridad del gobierno iraní, cuya agonía fue capturada en un vídeo de 40 segundos -emitido por la CNN- y convertida en un símbolo de la oposición del país] y muchos otros dispuestos a dar la vida por nuestra libertad. Mi familia está comprometida con esa causa desde hace 30 años. No es la primera vez que intentamos ser libres, primero nos lo impidió el imán Jomeini y ahora Ahmadineyad, pero eso no va a hacer que la gente renuncie: lo intentamos hace 30 años, volvimos a intentarlo hace 12 y hace cuatro, nadie debe dudar que volveremos a intentarlo en el futuro". Al preguntarle por su papel en el movimiento opositor y los peligros que conlleva la militancia de su familia, la cineasta parece tenerlo muy claro: "Yo soy sólo una más en esa lucha, arriesgo lo mismo que los demás, no me siento más expuesta y hay algo evidente: no nos pueden matar a todos".

Green days se filmó en pleno proceso electoral y su rodaje finalizó cinco días después del mismo, entre acusaciones de fraude electoral masivo: "no son acusaciones, hay un sinfín de pruebas que muestran que se produjo un fraude masivo. La gente de Irán estaba celebrando la victoria de la oposición en la calle y todos daban por hecho que el cambio se había logrado. Nadie contaba con que países como China y Rusia seguirían comerciando con Irán y que no obligarían a Ahmadineyad a retroceder. Mientras todos esos países sigan tratando comercialmente con Irán será difícil que logremos ser libres. Por ese motivo deberían avergonzarse".

Makhmalbaf levanta el tono cuando se le pregunta por lo que está pasando actualmente en Irán: "Ahmadineyad nos ha convertido a todos en nómadas. Todo el mundo en mi país sabe que en sus cárceles se tortura, se viola y se mata. Irán sufre hoy un régimen militarizado, pero ni siquiera el gobierno podrá confiscar todos los ordenadores y los teléfonos móviles y por ese motivo siempre acabaremos sabiendo lo que está pasando. De todos modos, algo va a pasar en Irán y va a ser muy pronto: el pueblo no va a quedarse con los brazos cruzados".

La abominación que no cesa


El patrimonio de los 10 más ricos del mundo es superior a la suma de las rentas nacionales de los 55 países más pobres. La sociedad debe cuestionar al capitalismo que glorifica la riqueza de unos pocos


JOSÉ VIDAL-BENEYTO
El País



El pasado mes de enero ocupé este mismo espacio con el mismo tema y la misma indignación. Lo que entonces llamé El arma del crimen apuntando a los paraísos fiscales, lugares de la inmundicia financiera, hoy tengo que centrarlo en el aplauso que reciben los grandes protagonistas de guante blanco de la economía criminal, con Bernard Madoff a la cabeza, cuyas fechorías desbordan los límites de lo repugnante, lo que no impide que cosechen los elogios de muchos de nuestros contemporáneos.

Todo comenzó con el triunfo absoluto del yo en el universo de los valores y la emergencia de su soberanía en la sociedad con la exaltación absoluta del sujeto, propulsor sin límites de la intimidad de masa, pero indisociable sin embargo de su vocación de triunfador social, derivada de su radical inscripción colectiva. Porque ésta es la extraña matriz de la ideología del individuo, en la que lo de uno, el sujeto en cuanto tal, es indiferenciable de lo de todos, su condición de producto social, y de ahí la lectura turbadora de la conjunción de lo público y lo privado. Conjunción en la que lo que se nos aparece como la expresión más acabada de lo propio, como lo más irreductiblemente de uno, es, al contrario, la materia subjetiva más contaminada por las determinaciones comunes que vehicula masivamente la sociedad. Determinaciones cuyo repertorio es muy limitado, en virtud, por una parte, de la propia limitación entitativa de sus posibilidades y, por otra, de la presión de la oferta real con que golpean los medios de comunicación, instrumentos privilegiados de la estrategia del vendedor, que domina el mercado y practican las grandes empresas.

Ahora, además, ideología y política se han sumado a esta estrategia, que ha hecho suya el liberalismo económico radical, una de cuyas formulaciones programáticas más populares son los Diez mandamientos para el éxito que nos propone Dany Robert-Dufour en su obra La Revolución cultural liberal, de los que pueden servir de muestra estos tres que traduzco del francés: "Tu única guía será el egoísmo", "Violarás las leyes sin que consigan cogerte", "Los otros serán sólo instrumentos para el logro de tus objetivos".

En una línea más atenuada y de recibo, pero respondiendo sustancialmente a la misma orientación, se inscriben los preceptos del Consenso de Washington, formulados por John Williamson, en los que se resume la quintaesencia de la política económica de los grandes organismos económicos mundiales, celosos guardianes del credo liberal -Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio, Departamento del Tesoro de Estados Unidos, Ministerios de Hacienda de los principales países occidentales- cuya hermética defensa de la doctrina y de la práctica del neoliberalismo no admite una sola excepción, y cuya sustancia resumen estos tres principios que completan los mandamientos de Robert-Dufour: 1. Libertad total para los intercambios de bienes, capitales y servicios. 2. Desregulación absoluta de la vida económica sin ningún tipo de reglas. 3. Reducción drástica del gasto público, establecido en volúmenes mínimos y sometido a rígido control presupuestario sin ninguna excepción. Como dicen sus promotores, "el único gasto público productivo es el que no se hace". Esta glorificación del individuo y de sus obras tenía que traducirse, en una radicalización de la desigualdad tanto entre individuos como entre los colectivos, en especial países. Nunca los ricos han sido tan ricos, ni los pobres tan pobres. Más de la mitad de la población mundial tiene que conformarse con menos de dos dólares diarios, y más de 1.300 millones de personas intentan sobrevivir con un dólar al día.

Cada tres segundos muere un niño por causa ligadas a la pobreza y frente a ello cada día se multiplica vertiginosamente la fortuna de los más ricos. Emanuel Saez y Thomas Piketty, grandes especialistas de esta aritmética de la ignominia, nos recuerdan que, en EE UU, el 1% de los habitantes situados en la cumbre patrimonial disponen de una fortuna superior a la suma de las que tienen los 170 millones de estadounidenses con menos recursos. Robert Reich, de la Universidad de California, sostenía en un artículo en el Wall Street Journal que un director ejecutivo medio (un CEO, en sus siglas en inglés) gana hoy 364 veces más que un empleado medio, cuando hace 40 años apenas llegaba a 20 veces más. Lo cual, además, nada tiene que ver con la eficacia de su gestión. Como vemos en tantos casos.

Por ejemplo, en el de Stan O'Neal, director ejecutivo de Merrill Lynch, con pérdidas superiores, durante su mandato, a los 10.000 millones de dólares entre préstamos de riesgos fallidos y cuentas negativas de su gestión ordinaria, que recibió en su despedida 161 millones de dólares, o Hank MacKinnell, presidente de Pfizer, que perdió durante su mandato 137.000 millones de dólares en valor de mercado y se llevó a casa algo más de 200 millones.

Con carácter más general, en los últimos 30 años se ha confirmado y generalizado la práctica de los contratos blindados, conocidos popularmente como paracaídas dorados, que aseguran a sus titulares una cuantiosa retribución cuando dejen de ejercer sus funciones. Para limitarnos a nuestro país y a un solo caso, que fue objeto de controversia en la prensa, el presidente de Endesa, Manuel Pizarro, y su consejero delegado, Rafael Miranda, si hubiera funcionado la OPA que organizaron, su relevo hubiera costado 17 millones de euros. Un ejemplo francés: el superpatrón de Carrefour Daniel Bernard, que se negó a aumentar el salario a sus empleados y puso en la calle a más de mil y que, cuando dejó la empresa después de haber acumulado en provecho propio 171 millones de euros, arrambló con 38 millones como prima de salida.

Con todo, lo más oprobioso es lo que se califica como la actividad de los fondos buitres contra los países pobres -de la que me he ocupado en este diario-, fondos especializados en comprar las deudas comerciales de los países más desvalidos e intentar revenderlas con sustanciosos beneficios. El caso más sonado últimamente ha sido el de la financiera Donegal International, que compró por menos de cuatro millones de dólares a Rumania una deuda de Zambia de 11,4 millones de euros, que la Alta Corte de Londres había convertido en ejecutiva y por la que luego Donegal pedía a ese país africano 55 millones de dólares.

Y luego no digamos que ese desafuero y todas las otras fechorías globales son inevitables como consecuencia de la situación mundial. El último informe anual de la ONU sobre Desarrollo de los Recursos Humanos desmonta una vez más el mito de que la pobreza global deriva necesariamente de un conjunto de circunstancias inmodificables por los escasos recursos disponibles frente a tanta población desasistida. Y de ahí la malnutrición, las cuantiosas enfermedades, la explotación y el crimen, el analfabetismo, la mortalidad infantil. Lacras que podrían eliminarse si se pusiera fin a un orden social, cuyo objetivo principal es aumentar la riqueza de los ricos. Conductas que aplaudimos con las dos manos. Porque ¿qué puede justificar que el patrimonio de las 10 primeras fortunas del mundo sea superior a la suma de las rentas nacionales de los 55 países más pobres? ¿Cuándo dejaremos de tolerar tanta ignominia, cuando pondremos fin a tanta abominación?


José Vidal-Beneyto es director del Colegio Miguel Servet de París y presidente de la Fundación Amela.