'Backspacer', Pearl Jam (2009)





KEPA ARBIZU
Lumpen


Los tiempos han cambiado. Los jóvenes de generaciones pasadas adornaban sus carpetas con pegatinas de Nirvana y Eddie Vedder entre otros. No soy tan ingenuo como para creer que eso era consecuencia de una mayor cultura musical que la actual. El grunge por aquella época era un negocio, cosa que no impide reconocer que detrás de todo aquello había unos discos, unas canciones y una música de nivel que sirvió en cierto modo para revitalizar el rock.

De todos los grupos pertenecientes a esa generación que conoció la popularidad en la década de los noventa, a excepción de los imprescindibles Mudhoney, sólo Pearl Jam ha construido una carrera de largo recorrido. Al margen de las manías o fobias que suelen levantar aquellos que alcanzan la fama y el respeto mayoritario, hay que admitir que cuentan con, por lo menos, tres discos que cualquier amante del rock debería escuchar, “Ten”, “Vs” y “Vitalogy”. Los dos primeros recrean un ambiente dramático repleto de guitarras y el otro contiene un rock de márgenes más amplios y gran pegada.

Precisamente para su último trabajo, “Backspacer”, han contado de nuevo con el productor de alguno de sus primeros discos, Brendan O’Brian. El motivo, recuperar la fuerza pasada. Y creo que esta es la palabra clave, fuerza. Eso es exactamente lo que se echa de menos en sus nuevas composiciones. Cuando me refiero a este término no lo utilizo como sinónimo de aceleración o ruido sino como medio para transmitir intensidad, elemento clave y esencial en ellos. Es una lástima pero “Backspacer” no eleva el listón de los prescindibles últimos trabajos, si exceptuamos la apreciable banda sonora que Eddie Vedder realizó para la película “Into the wild”.

Complicado saber cuáles son los motivos por los que Pearl Jam se ha instalado en esa especie de monotonía que, sin ser una pérdida total de capacidades, sí supone una decepción para los que escuchamos sus temas con esperanza. No sería descabellado barajar el reciente cambio político en EEUU, uno de los caballos de batalla del grupo, y su condición de responsables padres de familia, como motivos de su falta de chispa. Aunque también son muchos los ejemplos prácticos que harían tambalearse esta teoría.

Y hay que reconocer que el primer tema con el que nos encontramos era un buen primer paso y que podía sugerir algo interesante. “Gonna see my friend” es un pildorazo rockandrollero lleno de cadencia. Progresivamente se va a ir deshaciendo esa esperanza, “Got some” o “The fixer” sin ser fallidos no desprenden ninguna sensación habitual de los grandes temas de Pearl Jam. Ambos se acercan peligrosamente a esos ritmos emocore, pretendidamente llenos de sentimiento pero sin lograr transmitir grandes sensaciones. “Johnny Guitar” con las mismas características resulta algo más entretenida al igual que la adrenalítica “Supersonic”.

Respecto a las composiciones más lentas creo que es donde Eddie Vedder, de un tiempo a esta parte, se encuentra más cómodo. Mientras que los ritmos acelerados llegan a sonar monótonos y sin grandes novedades, la ecológica y suave “Just breathe” o la emocionante “The end” sí elevan el nivel del disco. Algo parecido sucede con los medios tiempos, guitarreros eso sí, de “Force of Nature” o “Amongst the waves”, que recuperan el dramatismo habitual de la formación consiguiendo un buen resultado.

Lejos queda el grunge y el torbellino que dejó a su paso. Pearl Jam fue una de las caras visibles de dicho movimiento pero en ningún momento cayó en el camino autodestructivo de otros grupos. Ellos continuaron con su tarea, la de hacer rock sin limitaciones. No parece “Blackspacer” un disco que marque una época, ni siquiera que atraiga a muchos oyentes nuevos, pero eso no anula lo que fueron, y son, estos chicos de Seattle.

Peter Handke, poeta del Yo


El austríaco Peter Handke es un autor polifacético: Novelista, dramaturgo, guionista, director de cine y también poeta. Desde la semana próxima, «Vivir sin poesía» pone al alcance de los lectores españoles toda su Obra Lírica


JAIME SILES
ABC




Como casi todos los poetas europeos de su generación, el austríaco Peter Handke, nacido en 1942, concibe la escritura como una continua y concéntrica reflexión sobre el yo y el lenguaje: «Con la palabra YO comienzan las dificultades», dice el undécimo poema de su primer libro, y la angustia de los límites del habla sirve tanto de autoironía como de estímulo a este inteligente, crítico y lúcido creador, más atento a las percepciones y perplejidades que la ficción del yo procura que a los juegos fónicos que la representación língüistica produce. Esto es lo que lo diferencia tanto del carácter metafísico que impregna la obra de Ingeborg Bachmann como del letrismo y la poesía visual y concreta de Ernst Jandl, a la que, por el uso de las mayúsculas y el ludismo de la tipografía, da la impresión de aproximarse a veces.

Su tradición, a la que no son ajenos los dos citados nombres, se acerca más al Schopenhauer que influirá en Nietzsche y en Mauthner y que será el punto de partida del mejor Wittgenstein. La crisis del sujeto, tan presente en la filosofía austríaca de finales del siglo XIX, y la del lenguaje, representada por la famosa carta de Hoffmannsthal, vuelven a darse cita en Handke, pero de otro modo, que es el que nos lo hace contemporáneo no en tal o cual parte de sus libros, sino en su totalidad.

Políticamente incorrecto

Vivir sin poesía reúne su obra poética publicada hasta la fecha: los treinta y ocho poemas de El mundo interior del mundo exterior del mundo interior, los diecinueve de El fin del deambular, el unitario Poema a la duración, que tradujo Eustaquio Barjau hace algún tiempo, y los tres movimientos de Leben ohne Poesie, con el que en 2007 ha querido titular la edición de su poesía completa.

No es casual que las citas que abren su escritura poética sean de un romántico como Jean Paul, ni que su primer libro se exprese en las más diversas formas, con entimemas y epiqueremas incrustados en el discurso lírico, poemas en prosa llenos de definiciones gramaticales aristotélicas, oraciones nominales puras, coordinaciones mecánicamente repetitivas, asíndeton acumulador, articulado laconismo, objetivaciones directas, tono discursivo, un irracionalismo controlado por la sintaxis propia de la lengua coloquial, parodia de distintos estilos formulares, utilización literaria de la enumeración propia de la esquela, los títulos de crédito de las películas y del hit-parade, narratividad y diálogos, todo ello con un sistema referencial que aúna la música y la filosofía con el cine y el fútbol, y que no tiene reparos en adoptar los modos de la confesión, incluso cuando ésta es «políticamente incorrecta», como en la biografía de la frase «No soy ni un nacionalista ni un igualitario / No soy un adorador de la dictadura ni el defensor de una mal entendida democracia», o en «Mentira histórica».

Visión del mundo

En el primer Handke hay un alto grado de provocación y una serie de temas tan obsesivos como recurrentes, que, si no son del todo los mismos, sí enlazan con los que su prosa paralela o coetánea ofrece: el lector reconoce cuanto de unitario y común hay en aquélla y en ésta, que es tanto su visión del mundo como su idea del lenguaje, o al revés, ya que en Handke mundo y lenguaje son lo mismo.

El segundo libro supone una experimentación de otro modo: en lo que él mismo llama «un segundo yo» y que obliga a disponer los poemas como si fueran dípticos de un «confuso balbucear». Lo que predomina ahora es el poema breve y, sobre todo, el fragmento, la estructura del haiku y la economía verbal al servicio del análisis del recuerdo y de la percepción.

En su tercera etapa se advierte el poema sentido como movimiento en espiral: Handke intenta intuir y fijar «el aliento de la duración», que no está en lo temporal sino en «lo maleable», que se convierte en «una calma», en una «espera» y en «una redención» y que hace al yo menos solipsista que solidario. El yo no se conforma con una «letanía de palabras aisladas», el poema largo sirve de cauce al monólogo interior, y la filosofía de Bergson desplaza ahora a la germánica. Y el cambio no es sólo de tema sino también de forma, porque todos los textos últimos, aunque próximos en su visión del lenguaje y del mundo, difieren entre sí.

"Los niños explotados ignoran qué es la vida"

ALBERTO MARTÍN VIDAL
Público



Kailsah Satyarthi visitó Barcelona para dar una charla en la Universitat Internacional de la Pau. Con tono pausado, desgrana las razones por las que millones de niños en el mundo son explotados y critica duramente la pasividad de los gobiernos, aunque se muestra optimista de cara al futuro.

¿Por qué existe aún la explotación infantil?

Es una práctica de siglos. Para acabar con ello hace falta voluntad política. Para los políticos no es una prioridad: los niños no votan, no tienen voz, y eso es clave. Los políticos piensan que si tenemos buenas infraestructuras, este problema desaparecerá, pero es más complejo: hacer una escuela no quiere decir que automáticamente los niños vayan a asistir. Otra razón es que los niños son los trabajadores más baratos, y eso para el mercado cuenta. Cuando las empresas entran en una cadena de subcontratar, la solución acaba siendo el trabajo barato. En tercer lugar, faltan colegios y profesores en todo el mundo. Unos 72 millones de niños nunca han ido al colegio. Y 150 millones han dejado la escuela antes de los 11 años. Se calcula que en el mundo faltan 15 millones de profesores.

Existe el tópico de que las familias piden a sus hijos que trabajen.

No es cierto. En India trabajan 60 millones de niños y tenemos 65 millones de adultos en paro. Es muy grave y significativo que haya tanto trabajo para niños y no lo haya para adultos, es un problema grave. Simplemente son baratos, o gratuitos. A los padres no les dan trabajos y a los niños, cuando crecen, tampoco.

¿En qué otros países hay exlotación infantil?

Unos 140 países explotan niños. La mayoría de África, Asia y Latinoamérica, pero también en zonas de centro Europa y Europa del Este, y de otros países europeos. España es un país donde no ocurre, pero el problema aquí es que se trafica con niños para la prostitución u otros trabajos.

¿En qué condiciones viven los niños laboralmente explotados?

A mediados de mes [en julio] rescatamos 66 niños en Delhi que estaban trabajando en una fábrica de zapatos. La mayoría recibían golpes y tenían cicatrices. También sufrían malnutrición, en algunos casos habían abusado de ellos, tenían problemas en la piel. Muchos iban desnudos o descalzos: trabajaban haciendo zapatos y ellos nunca habían tenido.

¿Cómo consiguen los explotadores encontrarles?

Normalmente son captados por los traficantes en sus pueblos natales. Engañan a los padres, que son gente iletrada. Les dicen que les van a dar una educación. Les dan algo de dinero como adelanto y se los llevan, diciéndoles que podrán visitarles cuando quieran. Pero viven a centenares de kilómetros y es muy difícil seguirles el rastro. Los niños son tratados como animales, trabajan al menos 12 horas al día. La comida se la hacen ellos, siempre patatas y arroz. Viven en una pequeña habitación sin ventilación ni luz natural donde trabajan con productos químicos. Diez o 15 niños viven en habitaciones de 20 metros cuadrados. A veces les pegan, no tienen medicinas... Ésa es su vida. Han perdido su infancia, sus estudios, sus sueños y aspiraciones. Ignoran lo que es la vida.

¿Qué secuelas les quedan?

Algunos tienen enormes traumas para siempre, pierden la confianza en sí mismos. En nuestros centros tratamos de darles confianza, herramientas sociales, pero arrastran el trauma para siempre. También las secuelas físicas pueden ser graves.

En España el trabajo infantil era habitual a principios del Siglo XX. ¿Qué considera que es clave para que eso se interrumpa?

La sociedad y los gobiernos tienen que entender que la educación es poder, riqueza y equidad. Los países que lo entendieron prohibieron el trabajo infantil. En Inglaterra también existía, los niños hacían trabajos tan duros como limpiar chimeneas. El Parlamento Británico lo prohibió, implementó leyes e hizo fuerza para que todos los niños tuvieran educación. Y eso funcionó. Otro buen trabajo es el que ha hecho la Iglesia, porque ayudó a concienciar a la gente de que los niños no deben trabajar y deben ir al colegio. Pero hizo falta un gran cambio mental para que los niños dejaran de verse como fuerza de trabajo.

Usted insiste en pedir reformas educativas.

En India la educación no está bien orientada. No vivimos en una economía agrícola ni industrial. Es una economía del conocimiento, es necesaro orientarla a la información y los ordenadores. Los niños de los países pobres necesitan una educación de calidad porque si no, a la larga, eso creará más problemas a esos países.

¿Cuánto tiempo hace falta para que la explotación desaparezca?

Estamos avanzando muy deprisa. En India, China, Brasil la gente está expuesta al conocimiento, incluso en los pueblos, gracias a la televisión y a los teléfonos móviles. La gente habla, y eso crea curiosidad en los pueblos. Quieren cambiar su vida, y ven que eso llega a través del medio y la educación. Hace 20 años la gente creía que la educación no servía para nada; hoy la gente pide un cambio que obliga al Gobierno a cambiar. Y además, la presión de los medios contra las empresas que se benefician del trabajo infantil nos benedicia, como lo ocurrido recientemente con la compañía alemana Merck KGBA. Pienso que en 10 o 20 años el trabajo infantil puede haber desaparecido.

¿Cuál es la última frontera?

Lo más difícil de combatir son algunas mentalidades, como la de la gente de clase alta quien no le importan los niños explotados. Eso da alas a la esta situación.

Zodiacs, efervescente cuenta atrás


RAFA GARCÍA-MORENO
Sonicwave magazine





“3, 2, 1…”, cuarto trabajo discográfico de Zodiacs, se publicaba a mediados de abril. En él, el trío de Getxo se supera con estas nuevas composiciones repletas de power pop, new wave, rock and roll y alguna leve incursión a terrenos hasta ahora nada explotados como es la psicodelia. Una docena de canciones producidas por ese músico maltratado que es Alex Olmedo (La Naranja China) y que aprovechamos para reivindicar. No te los pierdas en tu ciudad si paran a repostar o a interpretar sus canciones. Ignacio responde a nuestras preguntas.

“3,2,1…” es una amalgama de garage, new wave, power pop, rock and roll clásico… también hay incursiones a la psicodelia y canciones acústicas.

En efecto, hemos dejado correr libremente nuestras influencias en cada uno de los temas porque contábamos con suficiente tiempo en el estudio, toda una novedad para nosotros. Hemos grabado canciones pensando en sonidos de referencia, inspirándonos en uno u otro grupo, pero al final todo suena a Zodiacs y me encanta poder decir esto.

Alex Olmedo (La Naranja China) se ha encargado de la producción.

Sí y ha sido un acierto. Es un tipo que entiende muchísimo de todo tipo de música y que además le gusta lo mismo que a nosotros. Alex ha sabido dirigir las canciones y las ha hecho sonar casi exactamente igual que en nuestra imaginación. Además es un buen amigo y un descojono, así que el trabajo ha sido intenso pero gratificante y divertido. Nos ha enseñado mucho. Es un gran productor.

Incluís un homenaje lisérgico a Roky Erickson

Porque me encanta. Cuando escribí sobre esa música busqué un tema especial, más lisérgico y surrealista así que un flote de ácido le pegaba bastante. Luego pensé: "si los Replacements cantaron a Alex Chilton y Big Star ¿por qué no los Zodiacs cantamos a Roky Ericksson y 13th Floor Elevators?" Los arreglos de ese tema suenan genial, es una de nuestras favoritas y curiosamente no suena a los Elevators ni a Roky.

También a las groupies en "Llegan Las Chicas". ¿Tenéis muchas seguidoras?
No sé si hay más número de tías que de tíos entre nuestros seguidores, pero siempre hemos cantado a las mujeres. Además de para ellas, el tema va de los artistas que se las van tirando y luego no saben vivir sin ellas, a los que las necesitan para alimentar su ego.

Háblanos de ese CD extra con versiones de Costello, Nerves…

Se llama "Por Un Puñado De Extras" y lo cierto es que merece la pena pillarlo porque además de los 12 temas del disco anterior incluye 12 más. El "Hangin On The Telphone" que llamamos "Me cuelgas el Teléfono", "Welllcome to the working week" adaptado como "Odio Trabajar Aquí", una versión de Malcom Scarpa y otra de Rubi y Los Casinos. Además numerosos temas en directo colaborando con Fito (nuestro "Nada RabW¥Igual") y una versión del "Kdep on Rockin in the free world" con Hash (gran banda vizcaína de Rock and Roll con la que hicimos más que maldades juntos)

Fanta ha elegido una canción vuestra para un anuncio televisivo.

Compusimos la canción para Fanta. Ellos nos dieron la letra y nos pidieron que imprimiéramos nuestro rollo de banda al spot. Trabajamos en ello y en dos días tenían la canción en su mesa. Les encantó y nos divertimos bastante, era algo nuevo para nosotros. Todo un reto del que hemos aprendido un montón. Además nos gusta mucho el resultado. Por cierto, mucho mejor mi voz que la del puberto que canta en el anuncio. El tema dura 3,11 minutos y suena mejor que el resto del disco...

¿Qué tal fue la gira con Fito y Fitipaldis?
Una pasada. Los conciertos, la gente que conocimos, toda la organización, Fito que es un tío fantástico, los Fitipaldis, Lasttour... De verdad que todo fue una maravilla y cualquier cosa que diga no será suficiente para describir el año completo que vivimos de gira.

En algunos conciertos de esta gira he leído que os insultaban, ¿es así?

¡Claro! ¡Energúmenos hay en todas partes! No nos importó nada, es más, estuvo bien porque eso curte mucho... y además, que se jodan porque se tragaron nuestro bolo entero.

Qué tal está funcionando la presentación del disco, veo que no paráis.

Genial, nos encanta salir a tocar. La gente se sabe los temas y eso da mucho subidón. No paramos porque nuestro manager es un tirano, un explotador, un ser despreciable...

La alimentación como instrumento de dominación

MIGUEL ÁNGEL PÉREZ PIRELA
perezpirela.blogspot





Plantea Bourdieu “Eso que me gusta y eso que encuentro bueno es, de hecho, eso a lo que estoy acostumbrado a comer; eso que consume mi clase social de origen”. La gastronomía es entonces reenviada a un proceso de distinción, a partir del cual las élites afirman su diferencia con relación a las otras clases”.

Es innegable que uno de los signos de diferenciación entre las clases está determinado no solamente por eso que se come, sino también por cómo y dónde se come. Es erróneo por ello pensar que se pueden realizar elecciones culinarias y dietéticas sólo a partir de una supuesta autonomía contemporánea. Eso que comemos depende de fuertes determinaciones sociales, no sólo a nivel cultural, sino también a nivel económico y social: “En los años de 1940, en Estados Unidos, Lewin mostró que la consumición de un producto, y de forma más general las elecciones alimentarias, no dependen de decisiones individuales, sino del resultado de una serie de interacciones sociales. Para que un alimento sea consumido por un individuo, es necesario que el mismo llegue a él”.

Ese punto es esencial para el análisis filosófico-político, sociológico o incluso moral de la alimentación. El proceso que permite a un alimento llegar hasta la mesa de quien lo come es arduo y complicado. El mismo depende de una serie pasos, pero también de muchos intereses.

Según Poulain “Los análisis de los movimientos que atraviesan el espacio social alimentario (deslocalización y relocalización, de la alimentación, transformación de las prácticas, desarrollo de la obesidad, exacerbación de los sentimientos de crisis…) muestran cómo la necesidad biológica de comer y la expresión del hambre son socialmente modeladas” […] La alimentación… es siempre a la vez socialmente construida y biológicamente determinada. Los modelos alimentarios aparecen como el resultado de una larga serie de interacciones entre lo social y lo biológico, como la agregación compleja de conocimientos empíricos.

Desde la siembra, cosecha o producción de un alimento, pasando por su distribución y, más tarde su venta, servir un plato de arroz en una mesa cualquiera implica un sistema que no puede ser pasado por alto. Sistema a partir del cual pueden, por una parte satisfacerse las necesidades de un pueblo o sociedad o, por otra, hacerlo dependiente de normas de producción y distribución impuestas. De hecho, es innegable que fenómenos alimentarios acaso inexplicables, a nivel de desigualdad de la distribución de los alimentos y de la calidad de los mismos, son en ocasiones producto de dicho sistema.

A la luz de lo antedicho, cómo explicar, por ejemplo, el hambre en ciertas regiones del planeta. El hambre es, claro está, un hecho biológico, pero también un fenómeno social, político y sobre todo moral. Audrey Richards “considera que el hambre es el principal factor determinante en las relaciones humanas, primero que todo en el seno de la familia, y más tarde en los grupos sociales más amplios, el pueblo, un grupo de edad o estados políticos”.

Todo ello nos permite entonces comprender la importancia y el rol que posee la alimentación en las relaciones humanas. La misma estructura al individuo en ámbitos tan trascendentales que tocan, por ejemplo, la alimentación que la madre ofrenda al hijo que –de hecho educa y forma en él una identidad– hasta la utilización de la misma como un arma mortal de guerra en conflictos entre pueblos.

Hoy día nos encontramos delante de una postura capitalista y neoliberal que reduce el alimento a mera mercancía.
De hecho, notamos una actividad alimentaria que, cada vez más, es acaparada por la industria agroalimentaria y que coloca la sociedad en una posición de pasividad en relación a las modalidades que han de ponerse en práctica y vivirse en el mundo de la alimentación.

Como afirma Poulain, en su obra "Sociologies de l’alimentation", las cada vez más grandes cadenas de alimentación con sus enormes ciclos de distribución, aunados a una concentración y monopolización de las actividades que realizan, “separan los consumidores del origen natural de los productos, los cortan de su ambiente social tradicional”.

A partir de 1930 a nivel planetario cambios sociológicos sin precedentes modificaron los modos de vida y sobre todo trastocaron fundamentalmente los lazos que unían los consumidores a los alimentos: producción, transformación y comercialización alimentaria organizaron definitivamente, estructuraron y dieron ritmo a la sociedad rural; los paisajes mismos de los países se transformaron a lo largo de los ciclos de producción; el alimento se convirtió poco a poco en simple mercancía, y la gran distribución dio nacimiento al consumidor; al inicio de los años 1960, los supermercados hacen su aparición y toman, en una generación, una posición dominante.

Como consecuencia de la pérdida de contacto con la filial de producción, el alimento se transforma en un simple objeto de consumo sobre el cual reinan los ‘jefes de productos’ y los ‘especialistas en marketing’.

De todo ello surge un fenómeno tan sintomático como el de el hambre: “Comida en abundancia, pero de menos en menos identificada, conocida y sobre todo de más en más angustiante".

Se deja de un lado el hecho que comer es también un acto que une al hombre con la naturaleza, con lo real. La cocina y las costumbres de mesa de una sociedad son una manera original de organizar las relaciones entre la naturaleza y la cultura. Industrializada, la comida suscita interrogantes, que pueden rápidamente transformarse en angustias. ¿De dónde proviene ésta? ¿De cuáles transformaciones fue objeto? ¿Por quién fue manipulada?

Estamos hablando entonces de una separación cada vez más neta entre el hombre y su alimento que se ve reflejada en un desconocimiento de eso que se está comiendo. Dicho desconocimiento afecta de forma directa la percepción del consumidor en relación con eso que come, dando como resultado natural una desconfianza en los productos alimentarios.

Ello se radicaliza a la luz de los escándalos que a partir de los años setenta se han ido dando: en 1968, los movimientos ecologistas ya criticaban la “comida industrial”; en 1970 el ternero y el pollo con hormonas están en el tapete; en 1996 la crisis de la vaca loca y en 2006 los temores de la gripe aviar.

En fin, Como comenta Fischler en su libro El omnívoro, “Si no sabemos eso que comemos, no sabremos en qué nos transformaremos y no sabremos quiénes somos”.