El debate de la prostitución


CARLOS PARÍS
Público


¿Regular el ejercicio de la prostitución? ¿O erradicarla? Si queremos orientar el debate por un camino humana y éticamente correcto –más allá de los importantes intereses que en este terreno se mueven y de las fáciles soluciones conformistas, que no contrarían a tales intereses–, habría que partir de dos principios básicos. En primer lugar, los seres humanos no pueden ser considerados y tratados como mercancías. En segundo lugar, la utilización del propio cuerpo, para la prestación de servicios sexuales, económicamente retribuidos, no es un trabajo. A estos dos principios negadores podríamos añadir un tercero de carácter afirmativo: las relaciones sexuales entre seres humanos, en una sociedad emancipada, deben ser libres, mutuamente consentidas y desarrolladas en condiciones de igualdad.

El primer axioma difícilmente será negado. Su no aceptación representaría rebajar absolutamente la dignidad propia de la condición humana y entrar en contradicción con todas las declaraciones de los derechos humanos. Sin embargo, sólo ha sido reconocido tras la larga lucha que abolió la esclavitud. Una institución que fue defendida como “natural”desde Aristóteles y vindicada como fuerza de trabajo necesaria para mantener la economía. Y aún subsiste en ocultas formas de esclavitud laboral. Y también en la práctica de la prostitución. Muy llamativa y masivamente en el tráfico de mujeres. Conducidas desde países del Este de Europa, después de que estos accedieron a los beneficios del capitalismo, desde África, desde Iberoamérica, engañosamente, bajo pretendidas ofertas de trabajo, para ser obligadas a ejercer como prostitutas en condiciones de singular coacción y violencia. Una situación criminal que es responsable del 90% de la prostitución en España. El reconocimiento de la perversión que semejante comercio supone ha llevado, hoy día, a la persecución legal y policial de semejante actividad. Aunque la eficacia con que es combatida resulta muy débil.

Pero la falta de libertad no se reduce a estas situaciones extremas de coacción, engaño y violencia. Una fuente de la prostitución es la miseria. Gran número de mujeres, partiendo de la pobreza extrema, se han dedicado a tal actividad, como posibilidad de subsistir y, en el caso de las madres, de atender a sus hijos. Otra situación, más minoritaria, es la de transexuales que no encuentran otra forma de sobrevivir. En estos casos podríamos hablar de prostitución voluntaria, pero no libre, en cuanto no se da una coacción física pero sí unas condiciones económicas que obligan a elegir un ingrato destino que, sin ellas, no se hubiera deseado. Y queda, finalmente, el reducido ámbito de la prostitución de lujo. Mujeres que, sin padecer pobreza, se entregan a esta práctica, a fin de disfrutar de bienes a que no accederían por otra vía. Sin embargo, bajo la pretensión de libertad, no deja de actuar la sutil e invasora propaganda que ilusiona con el escaparate de tentadoras formas de vida y de fácil éxito.

Ciertamente, no deja de haber prostitutas que se declaran libres, aunque, a veces, bajo la declaración, se descubre la presión de los beneficiarios del negocio. Surge, entonces, la propuesta de mantener su situación, pero mejorarla, convirtiéndolas en “trabajadoras del sexo”. Propuesta capciosa y conformista, que favorece a los empresarios del sexo. Sin embargo, en ella el cuerpo de la mujer sigue siendo una mercancía y no se puede considerar a la prostitución como un trabajo, tal como declararon las Naciones Unidas, en el año 2003.

Pero, más importante que los argumentos de autoridad, me parece el análisis comparativo del trabajo con la práctica de la prostitucion, en que se revela una diferencia esencial entre ambas realidades. En una actividad laboral se vende “la fuerza de trabajo”, como decía Marx. Pero no el cuerpo y la realidad personal. Aquello que se vende es algo exterior, una actividad que es retribuida. Y que puede ser tanto una actividad física, en el trabajador manual, como intelectual en las profesiones llamadas liberales. En la prostitución aquello que está en venta –o alquiler– es el propio cuerpo, que se entrega al prostituidor. Y el cuerpo no es separable de la personalidad, del ego y la individualidad.

Un elemento clave en el debate sobre la prostitución es el reconocimiento de la degradación deshumanizadora que implica la relación sexual mercantilizada. Y que hace inaceptable su práctica en una sociedad de personas libres. El cuerpo de la prostituida, en cuanto objeto de pago, se convierte objetivamente –quiérase reconocerlo o no– en una mercancía. Y el prostituidor se despoja de su personalidad para convertirse en puro dinero. En caricatura, podríamos sustituir su cabeza por una bolsa de monedas.

La relación es de asimetría, frente a la igualdad que debe regir las relaciones sexuales entre humanos. Y de claro dominio. El prostituidor tiene el poder económico y satisface su voluntad. La prostituida sólo posee su cuerpo desnudo y ofrendado al poderoso. Muchas veces, hasta quedar exhausta de múltiples entregas. Nos encontramos en la culminación del patriarcado. Pero, del mismo modo que la alienación en los Manuscritos de Marx no sólo afectaba al proletario, sino también al capitalista, aquí la degradación se extiende de la víctima al varón prostituidor, dominado por incontenibles impulsos y reducido a un saco de monedas.

¿No se ha abolido la esclavitud? Liberar a nuestra sociedad de estos viejos atavismos para crear un mundo de seres libres, es lo que defendemos, junto a los grupos feministas, el colectivo de hombres abolicionistas.

Carlos París es presidente del Ateneo de Madrid. Filósofo y escritor

La década en la que Hollywood se convirtió en Babilonia


La detención de Roman Polanski vuelve a poner el foco sobre los años en los que él, Francis Ford Coppola, Dennis Hopper y Martin Scorsese, entre otros, se colaron en el mercado grande del cine y lo convirtieron en un descontrol. ¿O no fue para tanto?




GEOFFREY MACNAB
Página 12




Al menos en el imaginario popular, los ’70 fueron la era dorada de los excesos en Hollywood. Fue la década en la que los estudios fueron copados por una nueva generación de artistas y cineastas inconformistas, principalmente varones, cuyo brillo creativo era igualado por sus salvajes hazañas de hedonismo autoindulgente cuando estaban fuera de servicio. Treinta años después, mientras los medios zumban con las noticias sobre el arresto en Suiza del director Roman Polanski, de 76 años, y las revelaciones sobre las relaciones incestuosas entre la estrella de The Mamas and The Papas, John Phillips, y su hija Mackenzie, esa era dorada de excesos empieza a verse un poco más raída.

Por supuesto, hubo una larga cantidad de mitología en el modo en el que el Hollywood de los ’70 ha sido conmemorado. El exceso no estaba sólo en las vidas privadas de las figuras clave de Hollywood; también estaba en las historias locamente exageradas que ellos y otros contaban sobre eso. Si la cocaína y las orgías hubieran sido tan abundantes como creen algunos cronistas, entonces la década seguramente no habría entregado películas como El Padrino, Barrio Chino, Mi vida es mi vida, El francotirador, Cutter’s Way, Apocalypse Now!, Desde el jardín y las otras obras maestras que fueron producidas con tanta facilidad aparente.

De todos modos, libros como el de la productora Julia Phillips, You’ll Never Eat Lunch in this Town Again; Easy Riders, Raging Bulls de Peter Biskind y The Kid Stays in the Picture del ex director de estudio Robert Evans, proveen disfrutables recuentos escabrosos de la decadencia fogoneada a base de sexo y drogas de esa época. Fue una era anterior al sida. Los directores eran jóvenes y lo suficientemente vanidosos como para pensar que la promiscuidad tenía pocos riesgos y que las drogas no iban a agotar sus cerebros. Había una sensación de derecho de pernada, la noción de que los mejores cineastas eran el equivalente a los viejos señores feudales, que tenían el derecho a copular con las mujeres de sus vasallos en sus noches de boda. Las sesiones de fotos con estrellitas eran sólo otro ejemplo del síndrome de acoso sexual que ha prevalecido en Hollywood desde los primeros días del sistema de estudios.

En Hollywood, los hombres mayores a menudo jugaban el papel del favorecedor tanto como del explotador. Tal como lo muestra el excelente documental Roman Polanski: Wanted and Desired (2008), de Marina Zenovich, la relación del director con la adolescente Nastassja Kinski, a quien conoció a mediados de los ’70 y a quien fotografió para una revista, ayudó a ubicar a Kinski en el camino al estrellato. Hay muchos otros ejemplos de parejas de la vida real cuyas historias igualan a las de los personajes de George Cukor en Nace una estrella. La joven aspirante saca afuera a la estrella que anida en ella. Su carrera florece. El flota sin rumbo hacia la oscuridad.

Difícilmente se pueda culpar a los directores por comportarse con tan poco cuidado después de que Hollywood los dejara entrar en los ’70. Este año marca el 40º aniversario de la película que los ayudó a voltear las barreras: Busco mi destino (1969). Antes de que Peter Fonda y Dennis Hopper entraran a escena de sopetón, el viejo sistema de Hollywood a menudo había parecido herméticamente sellado al mundo exterior. Los estudios se regían por líneas estrictamente reglamentadas. Los actores estaban bajo contrato. Los directores hacían más o menos lo que les decían.

Al leer las Historias de Patt Hobby o Crazy Sunday, de F. Scott Fitzgerald, y hojear los libros Hollywood Babilonia de Kenneth Anger, uno se da cuenta de que el alcohol, el sexo y las drogas existieron en Hollywood mucho tiempo antes de los ’70. En los ’20 existió el escándalo de Fatty Arbuckle. En 1921, Roscoe Conkling Arbuckle, el desenfrenado y bebedor comediante que se había hecho inmensamente popular con la comedia muda, fue acusado de asesinar a una joven estrellita llamada Virginia Rappe, quien murió en turbias circunstancias después de una fiesta salvaje en un hotel de San Francisco. La cobertura del escándalo que hicieron los medios sensacionalistas contrasta con la idea de que el periodismo de celebridades amarillista es un fenómeno novedoso.

Busco mi destino

Este año, en Locarno, el director William Friedkin (Contacto en Francia, El exorcista) habló elocuentemente sobre el “gran cambio” que tuvo lugar en el cine norteamericano tras Busco mi destino. “La película fue hecha por muy poco dinero, por gente que era completamente desconocida, y fue un gran éxito. Era sobre la cultura de drogas norteamericana. Los estudios de Hollywood empezaron a buscar a otros jóvenes directores para que hicieran más películas de ese tipo.” El propio Friedkin, Francis Ford Coppola, Peter Bogdanovich y Martin Scorsese estaban entre las figuras que se colaron en el nuevo Hollywood. Las películas que hicieron estaban básicamente influidas por el trabajo de cineastas europeos. A su turno, los espectadores empezaron a estar más y más interesados en el “nuevo” Hollywood.

Los jefes de los estudios deben haber sentido incomprensión e incluso revulsión ante la nueva subcultura de Busco mi destino, pero eso no los frenó para que dieran luz verde a películas de jóvenes e iconoclastas directores a los que probablemente no hubieran recibido en sus oficinas unos pocos años antes. La historia de Jack Nicholson es el emblema de la súbita transformación en la suerte de tantos jóvenes cineastas y actores. En 1968, Nicholson había sido un actor desempleado que vivía en el sótano de Harry Dean Stanton y que trabajaba con Bob Rafaelson en un muy tonto guión para la película de los Monkees, Head. Después de que interpretó al abogado George Hanson en Busco mi destino, ya estaba en su camino a convertirse en un icono norteamericano.

Pero, cualquiera hayan sido las similitudes entre los escándalos que hubo en el Hollywood de los ’20 y los ’70, las dos eras fueron fundamentalmente diferentes. Para los ’70, el viejo sistema de los estudios había colapsado. Más aún, como lo explica William Friedkin, los cineastas estaban apasionadamente interesados e influidos por los eventos de fines de los ’60 y principios de los ’70. “Estados Unidos estaba pasando por un colapso emocional. Empezó con el asesinato de John Kennedy, después vino el de Martin Luther King, luego el de Robert Kennedy y más tarde la aparición de la guerra de Vietnam, en la cual el país tropezó muy mal y nunca terminó de recuperarse realmente”, sugiere Friedkin. “Los ’60 terminaron con los asesinatos de Sharon Tate y otra gente sin ninguna clase de motivo, a cargo del clan Manson, un grupo de personas drogadas que no tenían objetivos y estaban medio a la deriva en la cultura norteamericana.” Friedkin, Coppola, Scorsese y compañía emergieron en este período, con películas que reflejaban el trastorno en la sociedad que los rodeaba. “Reflejábamos lo que podíamos percibir, que era paranoia y miedo irracional por todos lados. Ciertamente, mis películas de los ’70 reflejan exactamente eso.”

Swinging London

Lo que sucedía a principios de los ’70 en el Hollywood de El exorcista y El Padrino había sido parcialmente anticipado en la industria cinematográfica británica a fines de los ’60. El Swinging London había producido una serie de películas muy crudas e inquietantes. Performance, de Donald Cammell y Nic Roeg, que había sido filmada en 1968, pero no se estrenó hasta dos años más tarde, tomó los ingredientes de una película de gangsters del East End y de una película de estrellas de rock de los ’60 y los mezcló para hacer un film de terror fantasmagórico. Ya fuera Blow Up de Michelangelo Antonioni (1966), Extraño accidente de Joseph Losey (1967) o los psicodramas febriles de Roman Polanski, Repulsión (1965) y Cul-de.sac (1966), los mejores films hechos en Gran Bretaña en esa era invariablemente tenían un núcleo muy oscuro.

El hecho de que hicieran películas tan intensas e inquietantes no significaba que los directores del Swinging London o del Hollywood de los ’70 fueran a vivir vidas austeras y monásticas. Por supuesto, hicieron totalmente lo contrario. El director polaco Jerzy Skolimowski, quien conoció a Polanski en la escuela de cine y coescribió su primera película El cuchillo bajo el agua (1962), recientemente testificó cuán asombroso era para los jóvenes cineastas del bloque soviético durante la era comunista experimentar la vida en Londres a fines de los ’60. Skolimowski llegó a la ciudad cuando su película Barrera (1966) se presentó en el London Film Festival. Paró en el hotel Savoy. Polanski lo llevó a recorrer la ciudad. “Roman vivía en Belgravia. Yo estaba muy impresionado con la situación”, recuerda Skolimowski. “Roman me presentó a una partecita de la escena londinense. Me explicó qué era King’s Road.” Polanski incluso lo llevó al Playboy Club, donde conoció a Victor Lowndes. “Era todo un suceso para un tipo joven. De repente estaba en la pista de baile con esas conejitas. Como tipo joven, tuve una vida salvaje, igual que Roman. Eramos muy parecidos en nuestras aventuras.”

Era la austeridad de sus antecedentes combinada con sus naturalezas rebeldes y la evidente abundancia de tentación en oferta que guió a tantos otros directores, también, a comportarse tan salvajemente. Había algo épico e incluso heroico en su abuso autoinfligido. También había una sensación de batalla edípica. A menudo ellos tenían desconfianza y desprecio por quienes les pagaban, que pertenecían a una era diferente de Hollywood, y veían como una cuestión de honor nunca conformarse u obedecer.

Basura y mugre

Mucho de lo que se ha escrito sobre los ’70 ha sido intencionadamente exagerado. Friedkin se ha quejado de que el libro Easy Riders, Raging Bulls estaba basado en “basura y mugre” y en “los enojos de ex novias y ex esposas”. A menudo uno se da cuenta de que los biógrafos e incluso los mismos protagonistas son parte de un proceso de creación del mito. Todas esas historias sobre las fechorías de Sam Peckinpah o la ingesta de drogas y el comportamiento errático de Hal Ashby parecen agrandados. Cuando Julia Phillips va tan lejos como para contar lo que había en su cuerpo la noche en la que ganó el Oscar por El golpe, uno no puede evitar preguntarse cómo puede recordar todos los detalles farmacéuticos si estaba tan “volada”.

La escritora británica Lucretia Stewart describió hace poco cómo, cuando era una escolar a fines de los ’60, estaba de moda “no sólo admirar a la Lolita de Nabokov como trabajo de arte sino también abrazarlo de todo corazón, tomarlo como ejemplar”. Stewart escribió sobre adolescentes de escuelas británicas que jugaban a la ninfa con depredadores de más edad sin siquiera darse cuenta de lo que estaban haciendo. Ese es el tema del excelente y melancólico nuevo film de Lone Scherfig, An Education, basado en las memorias de infancia tremendamente disfrutables de Lynn Barber.

Hay un largo trecho del Hollywood de los ’70 –de Polanski, Robert Evans, Jack Nicholson y compañía– a los suburbios londinenses de principios de los ’60 que se muestran en la película de Scherfig. Lo que captura el film, de todos modos, es la excitación, la pasión y finalmente la extrema sordidez de los precoces affaires de las estudiantes con los tipos más grandes y ostensiblemente más experimentados. La ironía es que el tipo mayor, interpretado por Peter Sarsgaard, es realmente el naïve. Es probable que los espectadores se pregunten cómo corno él pensó que iba a salirse con la suya cuando lo vieron levantándose a la adolescente en la parada del autobús. Es la misma pregunta que puede hacerse sobre las figuras casi de sátiro del Hollywood de los ’70, quienes a menudo parecían pensar que tenían sus propias licencias para transgredir.

Malversación

Irónicamente, el mejor libro sobre el Hollywood de los ’70 no tiene nada que ver con el sexo y las drogas. Indecent Exposure: a True Story of Hollywood and Wall Street, de David McClintick, no es sobre Jack Nicholson o Roman Polanski. En cambio, narra la historia nefasta y totalmente irresistible del jefe del estudio Columbia, David Begelman. Ex agente que había representado a Judy Garland, Begelman era un jugador empedernido. Era popular y exitoso. Con él al timón, Columbia disfrutó grandes éxitos con películas como Shampoo y Encuentros cercanos del tercer tipo. Begelman lo tuvo todo: status, dinero, poder. Incluso caía bien. El único problema era que fue un sinvergüenza de primer orden. Su larga y lenta caída, que terminó con su suicidio en un hotel de Los Angeles en 1995, empezó cuando fue capturado falsificando cheques por cantidades relativamente insignificantes y malversar dinero del actor Cliff Robertson. Cuando Robertson se quejó, fue al actor a quien se criticó. Hollywood cerró filas alrededor de Begelman y Robertson fue a parar a una lista negra.

Lo fascinante de la historia de Begelman, narrada expertamente por el periodista de investigación McClintick, del Wall Street Journal, es el modo en que muestra los chanchullos y la corrupción como endémicos de Hollywood. La malversación y falsificación en baja escala eran vistas como delitos muy menores. La comunidad de Hollywood reacciona con desdén a lo que claramente ve como nimios ajustes de cuenta hechos por aburridos reporteros y actores descontentos. Si un jefe de estudios quiere robar, ¿por qué no debería poder hacerlo? Si a un cineasta le encanta a una aspirante a estrella, eso también viene con el territorio.

“La malversación ocasional, el fraude y el engaño –con lo serios que son– constituyen síntomas de una corrupción más sutil y omnipresente, una corrupción que es más difícil de combatir que el robo directo”, concluye McClintick. “Es la corrupción del poder y la arrogancia... La corrupción inevitablemente domina una enorme y glamorosa institución cuando esa institución está firmemente controlada por un puñado de personas, y miles de miles de otras personas están clamando por entrar.” McClintick escribe sobre el Hollywood de los ’70, pero su lenguaje es extrañamente familiar al encontrado en Barrio Chino (1974) de Polanski, una película con incesto y corrupción en su núcleo.

“Lo arruinamos”

En el Hollywood de los ’70, los bandos en pugna eran más complicados que lo que parecían a simple vista. La generación de Busco mi destino, disgustada por el escándalo de Watergate y la guerra de Vietnam, no estaba interesada en los chanchullos y la malversación. Al parecer, eso era territorio de una generación más vieja. Puede que Begelman haya florecido en el “nuevo Hollywood”, pero sus raíces se remontaban a los primeros tiempos del negocio del espectáculo. El modo de vida salvaje de los cineastas más jóvenes que cobraron prominencia en los ’70 era, seguramente, al menos en parte motivado por su deseo de mostrar su desdén hacia los conservadores ejecutivos y oficiales corporativos de los estudios.

Era inevitable que el “nuevo Hollywood” durara poco. El libro de Peter Biskind tiene un capítulo final titulado “Lo arruinamos”, en referencia a una famosa frase de Busco mi destino. La combinación de derroche de gastos y derroche de vida ayudó a sabotear las carreras hollywoodenses de Coppola, Michael Cimino, Polanski y demás. Sus petulancias eran manifiestas, ya fuera porque creían que podían hacer lo que quisieran en pantalla, a cualquier costo, o comportarse como querían fuera de la pantalla, al costo que fuera en cuanto a vidas rotas.

El público también fue cómplice. Roman Polanski: Wanted and Desired muestra muy claramente que los excesivos abusos de los cineastas de ésas eran más que acompañados por el comportamiento igualmente sórdido de los medios y el sistema judicial. Esto, en su momento, fue fogoneado por el apetito del público por leer sobre los trapos sucios. Los estándares dobles son impresionantes. Como ha vuelto a ponerse en evidencia hace algunas semanas, al público le encanta escuchar sobre esto. Todavía se compra la idea de que el Hollywood de los ’70 fue lo más cercano que tuvo el siglo XX a la Roma de Nerón o Calígula. La desaprobación está matizada de curiosidad lasciva. Los comentaristas de derecha se deleitan desenterrando viejas fechorías con todos sus detalles truculentos, así pueden indignarse sobre eso otra vez. Y no se dejará que en el camino se interpongan el hecho de que un juez corrupto quebrantó su palabra o que muchos de los reportes de entonces (y desde entonces) fueran salvajemente inexactos. La idea del Hollywood de los ’70 fue establecida hace muchos años y no será ahora que se la cambie.

La tragedia de los latinos en Estados Unidos

PERCY FRANCISCO ALVARADO GODOY
Rebelión




Cuando Dante Alighieri escribió la Divina Comedia en la ciudad italiana de Florencia, justo en los albores del Medioevo, no pudo imaginar que uno de los más famosos versos del Infierno, que dice: “Abandone toda esperanza quien entre aquí”, cobraría notable trascendencia para los millones de personas de origen latino que hoy viven en los Estados Unidos de América.

La tragedia cobra mayores dimensiones cuando los latinos ocupan un lugar preponderante no solo dentro de la composición poblacional, sino también dentro de la maquinaria económica de la gran nación. Es por eso que, cuando la Oficina del Censo de los Estados Unidos acaba de informar que los latinos representan alrededor de 50 millones de personas dentro de la población en ese país, la situación social de los mismos se ha deteriorado ostensiblemente. Junto a la marginación, falta de oportunidades y de empleo, crisis de la vivienda, carencia de acceso al seguro de salud, alto costo de la vida, persecuciones y redadas anti inmigrantes, discriminación y falta de acceso a la educación superior, los latinos padecen una crisis vivencial que los empuja hacia un Infierno de dimensiones impredecibles.

La misma Oficina del Censo norteamericana informó que el nivel de pobreza de los latinos en Estados Unidos creció a un 21.5 por ciento en 2007, elevándose todavía más en el 2009.

Un acuciante problema sufrido por los latinos se dio a conocer el pasado 4 de septiembre de 2009, cuando se informó que el índice de desempleo entre los latinos residentes en Estados Unidos se elevó al 13 por ciento en el mes de agosto, según datos ofrecidos por el Departamento de Trabajo. Este aumento del desempleo en los hispanos se debió de manera particular a la pérdida de 65, 000 puestos laborales, según Ken Simonson, economista principal de la Asociación de Contratistas Generales. Esta cifra se incrementa notablemente al 16,8 % si se tiene en cuenta a los latinos que solo laboran a tiempo parcial.

La situación del desempleo desde el 2007, solo comparable a la falta de empleo en las recesiones posteriores a 1945, alcanzó la increíble cifra de una pérdida neta de 6,9 millones de empleos. Hoy por hoy, 14,9 millones de norteamericanos carecen de oportunidad laboral, empujados al enorme ejército de desempleados.

Lo preocupante es que para septiembre del 2009 esta situación se ha agudizado notablemente, con un incremento del 9,8 %, provocado por la pérdida de 53 000 puestos de trabajo en comparación con agosto, según nuevos datos del Departamento de Trabajo de los Estados Unidos. Los hispanos representan casi el 13 % de los desempleados.

Otro de los graves problemas enfrentados por los latinos en Estados Unidos es la imposibilidad de los jóvenes de ese origen de acceder a la educación superior. De acuerdo a una encuesta del Centro Hispánico Pew, publicada hace solamente tres días, casi la mitad de los latinos jóvenes se ven en la imposibilidad real de acceder a las universidades. Este hecho se complica aún más debido a la falta de retención escolar de la juventud latina luego de arribar a los 18 años, situación que alcanza la alarmante cifra del 67 % de deserción escolar. Es lamentable, pues, esta terrible conjunción de pobreza y el cierre de las puertas para proveer a cada joven latino de las posibilidades de desarrollo personal en la vida. No hay futuro a la vista dentro de esta terrible sobrevivencia.

La situación de pobreza y falta de oportunidades afecta directamente a la población infantil de origen latina en los EE UU. De acuerdo con datos preparados por el Foro de Estadísticas de Infancia y Familia, tomando datos referidos al 2007, se dio a conocer en el día de ayer que cerca del 30 % de los niños latinos residentes en ese país sobreviven por debajo del umbral de pobreza, aún cuando los mismos representan el 22 % de la niñez en Estados Unidos.

El infierno que padece la niñez hispana se profundiza aún más cuando el 27 % de los mismos padece una acentuada inseguridad alimentaria, el 36 % de los niños latinos son hijos de madres solteras afectadas por el desempleo o los bajos salarios y con un limitado acceso a los seguros médicos.

La falta de atención médica se refleja en el hecho de que más de un 20 % de los niños latinos carecía de seguro de salud en el 2007, situación que se ha acentuado en los dos últimos años.

Sumado a esto, se dio a conocer el pasado 25 de septiembre que cerca de 400 mil niños en su mayoría de origen latino se encuentran trabajando bajo extremas condiciones en la agricultura, según informó Davis Strauss, director de la Asociación de Programas de Oportunidades para los Trabajadores del Campo (AFOP). El dilema de la niñez vinculada a labores fue trágicamente expuesto por Ernie Flores, presidente de la Junta de Directores de la AFOP, quien alertó que: “un 20 por ciento de las muertes en la agricultura de este país corresponde a menores de edad.”

La incongruencia de la Ley de Estándares del Trabajo Justo se pone de manifiesto cuando permite a los infantes de 12 años de edad, realizar labores en el campo, mientras se les prohíbe hacerlo en oficinas con aire acondicionado o en actividades de servicio. Es como empujarlos a una virtual esclavitud desde tempranas edades, empujándolos a las drogas, la pobreza y la frustración.

De acuerdo con un informe de la Oficina del Censo, publicado el 10 de septiembre pasado, 46,3 millones de personas carecen de seguro médico en EE UU y cerca de 40 millones vive en la pobreza, es decir, cerca de 30 % de la población en Estados Unidos. Una parte considerable es de origen latino.

La crisis de las coberturas del seguro médico llevó al presidente Barack Obama a destacar en un discurso pronunciado ayer en la Casa Blanca, frente a integrantes de la Asociación de Enfermeras de EEUU, lo siguiente: “En los últimos doce meses, se calcula que las filas de personas sin seguro han aumentado en casi seis millones de personas, es decir, 17.000 hombres y mujeres cada día".

La acuciante recesión que experimenta la economía norteamericana y el consiguiente déficit fiscal, llevan al gobierno a aplicar recortes presupuestarios que afectan directamente a las capas más pobres de la sociedad y, entre ellas, a los pobladores de origen hispano. Estos recortes, según el Wall Street Journal, contemplan “despidos masivos, recortes de salarios a los empleados públicos, suspensiones laborales, vacaciones sin paga, planes de retiro anticipado, reducción de fondos para los jubilados, la educación y la salud pública, y recortes en los programas para paliar el hambre.”

Tal es el panorama que hoy afecta a los más pobres en los Estados Unidos, cuando esta nación desvía incontables recursos materiales y financieros para mantener su política guerrerista en el mundo. La sociedad de desigualdades sobre la que se sustentan los resortes del capitalismo norteamericano ofrece al latino solamente exclusión y frustración, sazonada en una cruel incertidumbre.

"El enemigo de todos nosotros es el cinismo", Billy Bragg


PATRICIA TUBELLA
El País




Media ya un cuarto de siglo -y por el camino, toda una leyenda- entre aquel joven cantautor que abanderó con su música la lucha de los mineros británicos frente a Margaret Thatcher y la respetada figura que hoy encarna Billy Bragg en la industria. A excepción de la mata de pelo canosa, y quizá de un talante más templado, pocos cambios han operado en la personalidad y la obra del trovador del proletariado inglés.

La cita es en domingo, en el Royal Festival Hall londinense. Sus composiciones aún se nutren de las complejas relaciones personales y de la perenne reivindicación de justicia social. "No creo en un mundo en el que puedes amar a alguien pero no querer a la humanidad", dice Bragg, en paráfrasis libre del pensador marxista italiano Antonio Gramsci, para resumir el espíritu de su álbum más reciente, Mr. love & justice (2008). Lo presenta en una gira española que arranca mañana.

Amor y justicia, la simbiosis de ambos elementos, conforman el material de un disco con aires de country-soul que el artista y su banda The Blokes desgranarán en Madrid (mañana), Barcelona (15 de octubre), San Sebastián (16) y Bilbao (18), junto a esos puntales de su repertorio, como New England, que siguen reclamándole en todos los conciertos. Con Mr. love & justice, uno de sus mejores trabajos, Bragg explora su lado más íntimo, las reflexiones desde la madurez de los 52 años que presentan especial carga emotiva en los temas You make me brave o I keep faith, esta última "el tipo de canción que más me gusta, personal y al mismo tiempo política". Porque, siempre músico y activista a partes iguales, Bragg no deja de lado las inquietudes sobre el mundo de hoy, ese lamento que por ejemplo entona en el tema O freedom contra la merma de libertades en aras de la obsesión por la seguridad. "Aunque vivamos en un tiempo sin ideologías", reconoce, "sigue habiendo causas que mueven a la gente, ya sea la lucha contra el cambio climático o la exigencia de responsabilidades a los bancos".

Fascinado por la escena punk de finales de los setenta, pero finalmente rendido ante el blues y el folk con mensaje político, cuando Steven William Bragg se decidió a emprender una carrera musical en solitario armado de una guitarra "la música pop era la forma que teníamos los jóvenes de transmitir lo que pensábamos, había esa dinámica de cambiar el mundo". La delicadeza y pasión de sus canciones, el compromiso personal de sus letras, se tradujo en un insospechado éxito comercial de su primer trabajo de estudio, Life's a riot with spy vs spy (1983), en su recordada aparición en el programa musical de BBC Top of the pops, donde se solidarizó con la huelga de las minas interpretando Between the wars, y en una coherente y sólida carrera de 12 álbumes.

Entre sus trabajos más queridos brillan los dos volúmenes de Mermaid Avenue en los que musicó junto a la banda Wilco canciones inéditas de Woody Guthrie. Todo un homenaje al decano de los cantantes folk estadounidenses y su decisiva influencia en la música popular.

El artista que charlaba de poesía con el recaudador de impuestos (Talking with the Taxman about poetry, 1986) al tiempo que pedía el voto para los laboristas, no se identifica hoy con un partido que "ha abandonado a los trabajadores". Bragg se prodiga en los foros políticos, es autor de un sinfín de artículos en la prensa y del libro El patriota progresista (2006), una respuesta al auge de la ultraderecha del BNP en Barking, su querido barrio del East End londinense que finalmente ha abandonado para instalarse en un pueblecito de la costa inglesa.

Aunque, al igual que su admirado Bob Dylan, se declare convencido de que "los músicos no pueden cambiar el mundo", sus iniciativas sociales le desdicen: ha conseguido reunir a dos de sus antiguos ídolos de The Clash, Mick Jones y Nicky Topper, por primera vez en cinco lustros, para grabar una nueva versión de la canción Jail guitar doors, cuyos beneficios sufragarán el envío de guitarras a las cárceles. Padre de un adolescente, admite que los jóvenes de hoy "ya no ven en la canción protesta una vía para hacer carrera", pero sigue declarándose un optimista impenitente: "El enemigo de todos nosotros no es el conservadurismo, sino del cinismo, que destruye la esperanza en un mundo mejor".