La catástrofe perfecta, de Ignacio Ramonet


BLANCA VÁZQUEZ
La República Cultural




Aviso; Hace falta prepararse delicadamente en un Spa, digamos un fin de semana, para afrontar ensayos como el que tengo entre las manos. Por más que sepamos e intuyamos como se ha tostado y gratinado la presente crisis (más la anteriores y posteriores) entrar de lleno en los detalles de fondo y de superficie le dejan al lector con tal ira y resquemor que ratifica la crónica alergia a políticos de colores y rugosidades varias que cada vez más porcentaje de la población está experimentando.

Ignacio Ramonet es uno de esos intelectuales que bien podría haberse colado entre las líneas y cuevas de la prensa tóxica y masiva. Pero no. Ha preferido formar comunidad y solidaridad con muchas otras voces tan interesantes como la suya, en digamos uno de los diarios (digitales) que, hoy por hoy, escupe verdades sin red, Rebelion.org, y por muy director que fuera de Le Monde Diplomatique, este profesor de la Sorbonne, consultor de la ONU, colocado a la izquierda de Dios, usa justo, justito, de la diplomacia. Aprovecho para recordarle desde aquí que aún me debe una entrevista, pues me dejó tocando a su puerta y con las ganas.

La catástrofe perfecta es un ensayo resumen, una gamuza Mister Proper a tanta malinformación repartida en los medios desde que esta crisis aguda empezó a hacerse notar, allá en el comienzo del 2007. Hay que tener sangre fría, muy a lo british, para leerlo de un tirón y digerir con flema todos los puntos clave, clara y ordenadamente expuestos, que desde la era Reagan y Thatcher han provocado la hecatombe en la que nos encontramos, y de la que, yo pesimista de sangre caliente, dudo que salgamos en un largo, muy largo período. ¿Por qué este pesimismo?.

A poco que se lea aquí y allá sobre la economía aplicada en esos años, las soluciones de tirita actuales y la insistencia en no bajarse del burro equivocado, el lector solo puede adivinar un tropiezo continuo con la misma piedra, una y otra vez, y así hasta que llegue el momento en que el fútbol y el circo ya no mantengan a las fieras drogadas, y éstas apunten hacia una nueva revolución social, pacífica o no. En todo caso ésto se adivina muy lejano, en algún tramo del presente siglo. No olvidemos los cambios habidos en el siglo XX, que ya comenzaron a partir del 17.

El ensayo de Ramonet contiene una introducción, dos partes y cerrando el volumen las perspectivas de futuro. En la Introducción se toma nota de lo que esta crisis puede significar, el fin no del capitalismo, pero sí de la economía desregulada, la culminación de la era ultraliberal, el capitalismo mafioso y la globalización financiera, que se están llevando por delante a las clases medias de todo el globo. ¿Puede ello significar el advenimiento de algún tipo de revolución? Quizá sí, o al menos una revisitación a John Maynard Keynes, y la vuelta a papá Estado para estimular la economía y vigilarla. Vaya, que ponga un poco de disciplina en esta cueva de hienas a que ha llevado el neoliberalismo y los alegres experimentos de Milton Friedman y sus compinches: Joseph Schumpeter y Friedrich von Hayek. Tres sujetos que como poco deberían ser despojados de todos sus bienes y dejados a cero para que prueben sus teorías de la autorregulación del mercado desde la nada absoluta.

En la primera parte, titulada la crisis del siglo, Ramonet acude a una extensa bibliografía, entre la que The Shock Doctrine de Naomi Klein se alza en una de las principales referencias, obra de la que en la sección de especiales de esta vuestra revista os hablamos extensamente. La catástrofe perfecta rebusca con brocha fina por la arqueología del Crac, desde las ideas preconizadas por los tres economistas nombrados más arriba y el fanatismo económico que les llevó a colaborar con gobiernos dictatoriales, Chile, Indonesia, Venezuela, Rusia y Polonia, varios países de África y Asia Oriental. Para llevar a estas naciones al buen camino neoliberal, Washington no dudará en ejercer presión sobre ellas, recurriendo a los "asesinos financieros", profesionales muy bien pagados que estafan por miles de millones de dólares a diversos países del globo, dirigiendo el dinero del Banco Mundial, de la Agencia Estadounidense de Desarrollo Internacional (USAID), y otras organizaciones “humanitarias” hacia los cofres de las grandes compañías y los bolsillos de grandes familias. Es una lucha a muerte del mercado contra el Estado, en la que se destruye todo lo colectivo y la palabra “público” produce urticaria. Esto crea una mercantilización generalizada que genera enormes e insalvables desigualdades al privatizar servicios y necesidades básicas: sanidad, educación, agua, electricidad, vivienda, transporte… Los organismos mundiales que han atado y bien atado todo este proceso de desintegración de lo colectivo y público son considerados “Poker del Mal” (FMI, Banco Mundial, OCDE y OMC), ejerciendo verdaderas dictaduras en las políticas económicas de los estados. Sin que se salven ni los gobiernos socialdemócratas en los que teníamos alguna esperanza.

Expone el autor, a seguido, el shock que supuso Internet en progreso para la información y las telecomunicaciones, toda una revolución digital, con la que muchos especuladores vieron llegado su sueño. Pero ni siquiera la galaxia Internet se libró de la burbuja que acabó explotando, y a finales de los años noventa y principios del año 2000 desaparecieron tres cuartas partes de las empresas de la Net-economy. También se repasan los escándalos financieros que avergonzaron al sistema financiero estadounidense, Enron, Bear Stearns, Citigroup, Merril Lynch, con la complicidad de auditoras como Grant Thornton, Deloitte&Touche, Ernst & Young, PwC, seguidos de escándalos europeos como el de Parmalat, o la feria de las subprimes (créditos hipotecarios de alto riesgo) que se extendió como un virus de gran contagio por todo el planeta.

Librados a su propia suerte, los mercados demostraron que no funcionan, y que Freiedman conocía muy poco el género humano y su codicia dejada al libre albedrío sin supervisión ni vigilancia. Hasta el mismo Alan Greenspan se cuestiona hoy día la superioridad del sistema de mercado libre, del que era devoto creyente. Le sigue en este interesante ensayo la especulación de los hidrocarburos, y con ello la subida de alimentos, titularización de activos, crédito-defaults swaps, hedge funds, paraísos fiscales por doquier, etc todos bien trabajaditos para producir el derrumbe del dogma neoliberal que deja a los responsables políticos con cara de idiotas y sin soluciones viables, como no sean las de insuflar dinero público a instituciones que juegan a la ruleta rusa. Y así tropezar una y otra vez con la misma piedra. ¿Quien osa decir que los poderosos no son socialistas y comunistas? Ellos saben aplicar, a su manera, el socialismo en momentos de crisis, como el presidente Bush en la primavera de 2008 cuando se negó a firmar una ley que ofrecía cobertura médica a nueve millones de niños pobres, y ayudar seguidamente sin mirar el monto a los rufianes de Walt Street y la banca. Vive la politique!

Llegados a la segunda parte, Ramonet se centra en el desgaste de los recursos de la tierra y la urgente necesidad de salvar al planeta y con ello a la humanidad. El mancillamiento ecológico se ha acrecentado siguiendo la aceleración de la globalización neoliberal, además de que la población mundial crece a un ritmo sin precedentes. Hecha el autor un buen rapapolvo a la izquierda, que dice, navega a ciegas, obsesionada por la urgencia, y desprovista de hoja de ruta, averiada y decadente, sin programa ni organización.

Finaliza recalcando algo que todos sabemos, pero parece que nadie es capaz de proponer, la cuestión social. El único proyecto político aceptable para el futuro debe tener como eje central la actuación colectiva. La sociedad del egoísmo debe ser superada pues solo lleva a crisis y más crisis, y una rampante pobreza que se extiende a todos poco a poco. Soluciones, muy fácil: supresión de paraísos fiscales ya, aumento de los impuestos a los ingresos del capital, y la aplicación de impuestos a todas las transacciones financieras. Hace falta una nueva economía y una nueva geopolítica. Tal vez comience el pequeño cambio con Obama (yo me muestro más pesimista, aunque Ramonet quiere creer, como Scully y Mulder), en todo caso la solución pasa por dar un mayor control político a los ciudadanos, a base de votar decisiones continuamente. El gigante China es un tema al que presta el autor especial atención, el segundo país más contaminante después de America, cuyo milagro económico se basa en la represión y la explotación de un inmenso ejército de trabajadores.

Pequeño volumen absolutamente recomendable, La catástrofe perfecta no intenta crear pánico, solo concienciar de cómo nuestras decisiones diarias mueven estas teorías tan equivocadas. Tenéis aquí, pues, un buen menú para ir recapacitando en los "qué, cómo, por qué, para quien, cuando", preguntas claves para no dejarse guiar por los intereses de unos pocos que tienen tanto, preguntas aún más necesarias cuando los medios masivos andan ya anunciando a bombo y platillo que Estados Unidos vuelve al jauja económico, en tan solo unos pocos meses desde la crisis, ¿cómo es posible que se nos tome con tanta desfachatez por imbéciles? Buenas noches y buena suerte, y no dejen de comprar en el pequeño comercio.

'Mi vecino Totoro', el hermoso misterio de la infancia


ADRIÁN MASSANET
Blogdecine




No es difícil recordar el panorama de la animación japonesa de mediados de los años ochenta. Lo que nos llegaba a España, que conocía un fabuloso éxito, eran series de muy pobre calidad, tanto en su escritura como en su formalización, y la mayoría de los analistas, que no tenían mucho interés en estudiar a fondo éste fenómeno más allá de nuestras fronteras, despreciaban estos productos y, por extensión, cualquier producto japonés. En aquel tiempo no sabíamos, pobres ignorantes, lo que podía dar de sí, estéticamente hablando, esa prodigiosa industria.

Sin embargo, algunos privilegiados (yo contaba unos diez años), pudimos ver dos películas creadas en aquel lejano país que nos dejaron asombrados. La primera fue ‘Akira’, que aún hoy resulta asombrosa en sus imágenes, y la segunda fue ‘Mi vecino Totoro’, que nos descubrió un talento ahora premiado en festivales internacionales y venerado como un gran maestro del cine, que aquí firmó una de sus más hermosas, libérrimas, inclasificables y conmovedoras películas.

Es duro ser niño

Más que ninguna otra película de su director, inclusiva la última de ellas, esta bella película indaga con gran sensibilidad y compasión en los misterios, no siempre luminosos, a menudo lóbregos, que rodean la más esencial de nuestras etapas vitales, la que algunos definen como la verdadera patria del hombre. Miyazaki observa a la niñez como el paradigma de libertad absoluta, entendida no sólo desde un concepto físico y social, sino sobre todo desde un plano netamente imaginativo o, incluso, espiritual. Los niños como poseedores únicos y exclusivos del mundo tal como es, incluidos todos sus secretos, espíritus y dioses.

Pero la niñez no está exenta de oscuridad, que para Miyazaki es el símbolo supremo de la infancia. La oscuridad o incluso la desesperación, consecuencia de lejanía o enfermedad de una madre, o de un cambio de residencia, traumas que las niñas intentan superar con la ayuda de un padre bondadoso y, sobre todo, de una naturaleza exhuberante, la verdadera protagonista de la película, capaz de refugiar a Satsuke y Mei, de divertirlas, de subyugarlas, de darles ilusión.

En cierto sentido, Totoro es una metáfora, un símbolo y una parábola al mismo tiempo. Representación de las necesidades y los anhelos más profundos de las dos niñas, fuerza liberadora de su aprendizaje emocional. Nos sentimos niños de nuevo (es decir, libres de nuevo) siguiéndolas por esta peripecia contemplativa y lúdica, despojada de todo prejuicio y convencionalismo, que existe por el mero objetivo de hacer sonreir. Y como Miyazaki es un hombre de una vasta humanidad, y de una amplísima cultura, que sabe aplicar ambos rasgos a una historia sencilla con unos personajes llenos de vida, sabe arrastrarnos al fondo de esta poco convencional historia de aprendizaje emocional sin atavismos formales y sin forzarnos a ir a donde no queremos. Porque queremos.

Con ‘Mi vecino Totoro’ se dan la mano el poderoso minimalismo visual de Yasujiru Ozu, con un desaforado sentido de la fantasía, más basado en la filosofía oriental tradicional que en los pastiches audiovisuales de su tiempo, todo mezclado con una ligera base de panteísmo y exacerbado respeto por la naturaleza, pues para Miyazaki es la conexión con la naturaleza, la aceptación de nuestra unión con ella, lo que nos salva, nos reconforta y nos hace libres, y los seres que en ella habitan los únicos que pueden guiarnos hacia es libertad.

Es una pena que este anhelado estreno cinematográfico haya conocido tan pocas copias y pases, y en tan pocas ciudades de nuestro país. Ya que decidían hacernos disfrutar, muchas más personas debían poder tener la opción de verla en pantalla grande. Pero ya se sabe con las distribuidoras españolas. Tarde mal y nunca.