Micah P. Hinson: Personalidad y carácter


Micah P. Hinson, como en las historias de redención, ha logrado dejar atrás una biografía digna de la mejor narrativa del realismo sucio. Las canciones le han ayudado. Esas emotivas canciones que hunden sus raíces en lo más profundo de la tradición musical norteamericana. En noviembre visitará los escenarios españoles


AINHOA REBOLLEDO
Efe Eme




Micah P. Hinson es un cantautor de Texas que, hace apenas diez años, estaba en la cárcel porque una mujer le había llevado por una mala vida llena de excesos. Al cumplir su condena, su familia le dio la espalda y estuvo viviendo en la calle como un vagabundo hasta que encontró un trabajo y pudo pagarse un motel. Una vez allí, alguien le prestó unos instrumentos con los que empezó a componer sus primeras canciones. El hombre, con estos antecedentes vitales, posee una personalidad especial, tiene carácter y lo vuelca en sus canciones. Este año ha publicado su sexto disco, un album de versiones titulado “All Dressed Up and Smelling of Strangers” y ya está componiendo las canciones de su siguiente disco. Durante el mes de noviembre visitará España para presentarlo y recordar algunas de sus antiguas composiciones. Una gira imprescindible.

¿Cómo elegiste las canciones que versionaste para “All Dressed Up and Smelling of Strangers”? ¿Las elegiste según tus gustos musicales?

Fue un proceso jodidamente difícil. Se le ocurrió a mi discográfica del Reino Unido y pensé que se trataba de una idea genial. Así que me puse con ello. Al principio, se suponía que serían solamente canciones compuestas por bandas de Texas; después sólo canciones de grupos de Estados Unidos… Pero cuando ya estaba sumergido en el proyecto, me di cuenta de que no iba a ser tan fácil. Así fue como me decidí por estas canciones en concreto. Al final lo único que debían tener las canciones era SIGNIFICADO. Estas son canciones que me han conmovido, me han formado, me han enseñado cosas… Todo lo que un joven de Texas que crece en el desierto puede querer.

Grabaste tu primer disco cuando eras muy joven y ahora ya tienes un nombre en la industria musical. ¡Y ni siquiera tienes 30 años! ¿Qué esperas del futuro, en términos musicales? ¿Alguna evolución en el sonido?

Sí, resulta jodidamente extraño, ¿verdad? El otro día estaba trabajando en unas nuevas canciones, de repente paré y pensé: “¡Ay, Dios! ¡Estoy trabajando en mi séptimo disco!” ¡Qué cosas! Y sí. Soy bastante joven. Me engaño a mí mismo pero por suerte lo seguiré haciendo mientras viva. Probablemente no dejaré huella en la gente y, de la misma forma que me han conocido, me olvidarán y seguirán adelante. Y eso estará bien. De todas formas, tengo un PLAN B. Pero sí, siempre habrá una evolución. Puedo ver una evolución entre “The Baby and the Satellite” y “The Gospel of Progress”; entre “The Gospel of Progress” y “The Opera Circuit”; entre lo que hice con “The Red Empire Orchestra” y las versiones de “All Dressed Up and Smelling of Strangers”… y ahora, entre esas versiones con lo que estoy trabajando en estos momentos: todas las canciones son diferentes y extrañas y personales y únicas, creo, por sí mismas. Así que, sí. La evolución es algo clave. Es la única forma de sobrevivir. Si las mariposas no pudieran desarrollar esas formas redondas tan hermosas con forma de ojos que tienen en las alas, ¿no estarían muertas ya?

Tu biografía, ese pasado lleno de excesos y problemas… siempre se menciona cuando alguien escribe sobre ti. ¿Te molesta o crees que es necesario hablar de eso para entender lo que has hecho hasta ahora y sigues haciendo en términos musicales?

Tampoco me molesta demasiado, salvo cuando dicen mentiras [se ríe]. Sinceramente, ya han soltado unas cuantas. He leído cosas bastante divertidas sobre mí como que esnifaba matarratas. Dos, que mis padres eran encantadores de serpientes. Tres, que mi cumpleaños es en marzo. Cuatro, que mi segundo nombre es “Prendergast”. Esas cosas me hacen gracia. Pero no, mientras digan la verdad, no me molesta. Claro que si no fuera por esas experiencias vitales, no estaría donde estoy ahora, contestándote estas preguntas. Esa época me enseñó algo, lo más importante: siempre hay que aprender algo de todo. Si no fuera por eso, nada de eso hubiera valido la pena. No sé tú o los lectores de EFE EME, pero no quiero resultar una pérdida de tiempo. Pero, entonces, ¿saber eso ayuda a la persona que escucha alguno de mis discos? Creo que cada persona es un mundo. ¿En qué les ayuda? ¿Les hace sentir cosas? He ahí la cuestión de toda esta mierda de las canciones de Micah P. Hinson: las personas y lo que sientan al escucharlas. No lo que yo sienta.

LITERATURA, SOLISTAS, GRUPOS Y DYLAN

¿Hay alguna influencia literaria en tu música? ¿Qué tipo de literatura te interesa?

Diría que no. Trabajo mucho las letras de mis canciones. He escrito dos novelas e intento publicarlas. Veremos cómo va. Seguramente salga mal. Principalmente, leo a personas como Dr. Thompson, Bukowski, Kerouac, Burroughs… Leo a cualquiera que escriba sobre la suciedad y las tripas de la vida. Eso es muy importante para mí. Sin las tripas, la existencia humana sería una mariconada y algo superficial.

Últimamente, sobre todo en Estados Unidos, han surgido muchos songwriters. Aparentemente, ahora mismo hay más songwriters y menos grupos. ¿Piensas lo mismo? ¿Por qué crees que se da este fenómeno?

Sí, creo que estás en lo cierto. Creo que se da este caso porque, para las discográficas, resulta más barato contratar a un solista que a un grupo, y para un solista resulta más fácil ganar dinero ya que los se benefician son él o ella y la gente que elija, como por ejemplo representantes, agentes, etc. Y también tienes que pensar en el “efecto furgoneta de grupo”. Cuando empecé a componer “The Gospel of Progress” no había muchos solistas por ahí; sólo unos pocos estaban tocando por donde podían. Ahora, cinco años después, ya están por todas partes; los que son buenos y los malos, claro. Normalmente no le presto demasiada atención a la música que se hace ahora. Y no quiero quedar como un estúpido, porque no es lo que pretendo. Sí, de alguna parte saldrá un grupo o un solista que escucharé mucho y adoraré. Pero vivo en una puta burbuja. Es como el fontanero que va a casa y se arregla su propio fregadero. Cuando alguien puede distanciarse de la música que compone –en mi caso, mi música es mi vida así que prácticamente no salgo de mi burbuja– estoy casi seguro de que le resulta difícil encontrar un buen grupo o solista; todos esos hijos de puta con los que compito… Aparentemente, desde mi punto de vista, si una persona es realmente buena, alguien, en alguna parte, me la enseñará para que la escuche. Pero normalmente, la mayoría de los artistas no me impresionan. No quiero quedar como un puto egocéntrico, o decir que soy mejor que cualquier otra persona, en lo musical o en lo personal. Sólo intento explicar por qué muchas cosas no me entran. Cuando escucho mucha música actual, me pongo de mal humor. Así que siempre paso rápidamente a Patsy Cline o a Brenda Lee. Esas chicas me mantienen cuerdo. Pero de todos los grupos que están sonando ahora, sólo salvo a unos cuantos: The Twilight Sad, Toppie Haynes, Blonde Redhead, Josh T. Pearson y Bosque Brown.

¿Cuáles son tus influencias musicales? ¿Qué le debes a Bob Dylan?

John Denver, The Cure, My Bloody Valentine, The Pixies… No creo que le deba mucho a Bob Dylan. He crecido con él, claro. He escuchado ‘Like a Rolling Stone’ y ‘Mr. Tambourine Man’, ‘The Man in Me’ pero ni yo ni nadie de mi familia, tuvo nunca un disco de Bob Dylan, nunca, nunca, nunca. Ni uno sólo. Empecé a prestarle atención cuando escuché ‘The Man in Me’. Así que un día, durante una gira por Inglaterra, encontré un grandes éxitos de Dylan por dos libras, un disco doble, una ganga. Empecé a escucharlo. Decía grandes cosas. Y para mí, lo más importante, es que decía cosas que, aparentemente, la gente se había olvidado de escuchar. Eso es Dylan para mí. Alguien que compone sobre un país que está en medio de la confusión. Escribe canciones sobre eso, lo vive, se moja bastante, y ahora, veinte o treinta años después, nada ha cambiado y sus letras aún tienen vigencia. Eso es lo que me gusta de Dylan, y por esa razón canto su canción en mi último disco: porque NADA HA CAMBIADO [en referencia a 'The Times Are A-Changing']. Y eso me parece asombroso y triste a la vez y, lo más importante, me parte en dos el alma.

¿Qué songwriters o grupos te han llamado la atención últimamente?

Phoenix: Los vi en un “late night”, aquí en Estados Unidos. Me cautivaron. La mayoría de los grupos pop tienen canciones de dos minutos, pero no. Phoenix se aleja de eso. Llega la rima, pegadiza como ella sola, llega el estribillo, aún más pegadizo, entonces piensas que la canción ya está PERO ME CAGO EN LA PUTA ¡NO!, vuelve a engancharte una y otra vez. Es genial. The Twilight Sad: Acaban de sacar un LP titulado “Forget the Night Ahead” es genial, ¡un sonido precioso! Además el cantante y yo estamos grabando en un proyecto conjunto; creo que seremos algo así como Simon & Garfunkel pero con un escocés y un cantante de hillbilly. David Bazan: “Curse your branches”. Siempre he adorado a este tipo, así que no es “nuevo” pero su nuevo disco te hará levitar. ¡Sensacional!

¿Cómo serán tus conciertos en España? ¿Tocarás principalmente canciones de “All Dressed Up and Smelling of Strangers” o también tocarás tus clásicos?

Bueno, los conciertos de noviembre serán algo distinto de lo que he hecho hasta ahora. He contratado a una banda española, los cuatro vamos a montar en cólera: yo cantando y con la guitarra, alguien tocando la guitarra eléctrica, el bajo, la percusión, y el teclado. Podremos lograr el sonido propio de “All Dressed Up…”. Además, probablemente aprendamos algunas de mis nuevas canciones de mi próximo disco –saldrá el año que viene– y luego otras que creo que al público le gustará escuchar pero ahora en una forma más completa. Como por ejemplo ‘Don’t you’, ‘Patience’, ‘As Last Our Promises’, ‘You’re Only Lonely’, entre otras. Será una gira muy especial. Tengo muchas ganas y creo que al público le gustará. Además, me gusta llevar un telonero. Así no voy tan presionado y puedo salir a cantar mucho más relajado al tener tiempo para preparar mis cosas antes del concierto.

Una última pregunta, ¿quién es la mujer que sale en las portadas de tus discos? ¿Puedes contarnos algo de ella?

Esa zorra tan hermosa es mi mujer, Ashley Bryn Hinson. Tengo la suerte de tener una mujer tan asombrosamente bella a la que no le importa que le saque fotografías en blanco y negro, medio desnuda. Así que yo me aprovecho de eso. Las portadas de mis discos representan una belleza limpia, pura, más que algo sexual. El mundo en el que vivimos ya tiene suficientes símbolos sexuales [se ríe]. Pero sí. Creo que algo de atracción sexual tiene que haber ya que se trata de una mujer en medias, pero la intención es analizar la historia que hay detrás de la fotografía: ¿qué siente esa mujer? ¿En qué proyectos está sumergida? ¿Qué ha pasado? Eso es lo que estoy buscando, mi obra artística y su aspecto, todo eso resulta muy importante para mí. Quizás sea tan importante como la música. Creo que la gente se olvida de eso: tienes que conseguir que tu disco sea lo suficientemente bonito, y que sea lo suficientemente bueno, para que la gente quiera gastarse su dinero en él. Es otra forma de crear la obra artística que la gente quiere. Algo que haga que merezca la pena tener un puto Mp3 o una grabación. Pero así es. Es mi adorada mujer. Siempre trabajamos en las fotografías y en la parte artística de mis discos. Siempre estamos trabajando entre disco y disco. Sólo para asegurarnos de que tenemos la fotografía adecuada, con la luz bien medida… Así que cuando llega el momento de publicar un disco, tenemos mucho donde escoger. La amo, es un sueño, es un milagro. Es mi salvación.

El cielo es azul, la tierra blanca. Una historia de amor, Hiromi Kawakami


CARE SANTOS
La tormenta en un vaso




Hace algunos meses visité Tokio. Me llamó la atención la presencia de hombres vestidos de ejecutivo a todas horas y por todas partes. En el metro, en los parques, en las calles, en los bares. Ahora, mientras escribo esto, me pregunto qué me pareció tan raro: al fin y al cabo, ejecutivos los hay en todas las ciudades del mundo. ¿Por qué, entonces, Tokio me resultó, la mayor parte del tiempo, una especie de ciudad tomada por los hombres de traje, corbata y maletín? Intento contestar y aventuro esta explicación: porque estaban incluso en los lugares donde no deberían haber estado. Especialmente en los izakaya, restaurantes al alcance de casi cualquier economía, donde los trabajadores japoneses acuden en tropel después del trabajo, para festejar que han terminado la maratoniana jornada laboral tomando una copa con sus compañeros de oficina. Como si no llevaran con ellos bastantes horas, siguen ese ritual en el país de los rituales, y luego se marchan a sus apartamentos a dormir, porque no les quedan tiempo ni energías para ninguna otra cosa.

Y si ahora recuerdo todo esto es porque esta novela de biorritmo lento comienza en un izakaya. Es allí donde se encuentran sus dos protagonistas: Tsukiko, una mujer de 38 años, sola y cínica, y quien fue su maestro en la escuela, el profesor Matsumoto, a quien ella llama, simplemente, "el maestro". Entre ellos surge al principio una relación de amistad basada en lazos tan sutiles que parecen inexistentes, o que a veces se confunden con la vanalidad, para luego dar paso a algo más intenso cuya naturaleza es clara y profundamente orietal: un amor tan liviano que ni siquiera el lector siente su peso. Sólo su caricia. Una caricia como de pluma de ave en la espalda, para entendernos. Pura sofisticación nipona.

La novela se llama originalmente Sensei no Kaban, algo así como El maletín del maestro. Con ese título se estrenó el telefilme que en 2003 catapultó a su autora, Hiromi Kawakami, de autora para mujeres treintañeras y cuarentonas a flamante escritora de moda. Si su literatura ya la había hecho merecedora del Premio Akutagawa en 1996, fue el Tanizaki, conseguido por este libro en 2001, la que la hizo alcanzar el estrellato. Aunque después de leerla y disfrutarla por sus propios méritos, no me cabe duda de que su éxito tiene mucho que ver con el de Haruki Murakami, ese tsunami que ha barrido las librerías del mundo occidental con historias donde la sutileza es la protagonista.

Y es que la novela de Kawakami es familia muy directa de novelas como Tokio Blues, Al Sur de la frontera, al Oeste del sol o After Dark. Historias de biorritmo lento, donde los silencios son tan importantes como los diálogos, donde la psicología de los personajes pesa como una carga de esponjas y donde las atmósferas subrayan unas relaciones que se mueven entre el pasado turbulento, la soledad lacerante y la necesidad casi enfermiza de relacionarse con alguien de una vez. Tal vez el toque femenino hace a los personajes igual de complejos pero menos atormentados -lo cual les otorga una humanidad muy interesante-, sumidos en su cotidianeidad más insulsa. Una excusa, tal vez, de la autora para reflexionar sobre el sentido del vacío. El vacío existencial que tanto se parece al silencio, a la palabra que no llega, al gesto deseado que no se produce. La espera. En esta novela, todos esperan, aunque sólo algunos lo saben.

Tsukiko, la protagonista, parece haber renunciado a toda vida amorosa cuando se reencuentra con su maestro, y el sencillo gesto de pedir las mismas viandas para cenar se le antoja una mágica ristra de posibilidades. Se entabla entonces una relación basada en las omisiones, que les llevará a compartir paseos por mercados, inventarios domésticos e incluso alguna campechana reunión de antiguos profesores, hasta que Tsukiko le suelta a bocajarro a su mentor que está enamorada de él, y el hombre se sorprende. Y el lector también.

La historia de amor, siguiendo las buenas costumbres japonesas, no puede ser más minimalista ni menos apasionada. Aquí todo ímpetu brilla por su ausencia, nadie se despeina en la refriega amorosa, nadie pierde la oriental compostura. Sin embargo, uno termina de conocer esta crónica de pequeños detalles con la sensación de haber asistido no sólo a la ceremonia del acercamiento absoluto entre dos seres, sino también a la del amor verdadero.

Por cierto, hablando de amor verdadero y de sutileza: ¿a quién se le ha ocurrido ese ominoso subtítulo de la cubierta, "Una historia de amor"? Sí, ya sé, se trata de un gancho para lectores desinformados (además de occidentales), pero ni por ésas. Los lectores, que se informen o se dejen sorprender, diría el maestro de la historia, y los editores, que contegan su deseo de dar demasiadas explicaciones.

Dicho esto, sólo me queda añadir que cada pequeña peripecia de las muchas que cuenta este libro es una delicia. Las lecciones que el maestro destila a cada nuevo encuentro, la rebeldía entregada de su alumna, la adoración que se profesan, las muchas conversaciones sin hilo conductor aparente, la colección de jarras para el té que el maestro guarda en un armario, la visita a la tumba de la vieja esposa fugada... todo constituye un motivo para no dejar de leer, para permanecer hasta el final aferrado a esta trama hipnótica de resortes tan poco evidentes.

Murakami flota en el ambiente, sí. Pero es probable que gracias a él muchos lectores lleguen a estas páginas. Me parece un estupendo efecto secundario. Al fin y al cabo, toda la literatura es un enorme entramado de pasadizos comunicados. Y, por supuesto, con más de una puerta falsa, que cada lector debe descubrir por sí mismo.

'El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante'. Cuando Greenaway hacia gran cine


CARLES
Cineahora




De lo mejor y de lo peor. El ser humano es capaz de humillar, torturar y asesinar. Pero también de tener sensibilidad artística o capacidad de sabiduría. Puede destruir o construir, como demuestra El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, una extraordinaria película de Peter Greenaway que cuenta, además, con la siempre brillante Helen Mirren.

Por un lado tenemos a ese repulsivo mafioso, Albert Spica (Michael Gambon), que se pasa más de media película vociferando, pavoneándose, intimidando, ofendiendo y atacando a propios y extraños. Capaz de obligar a un desdichado a que se trague defecaciones de perro para luego orinarse encima de él, de clavarle un tenedor en la mejilla a una mujer, de hacerle comer a un niño de aspecto angelical los botones de su traje e incluso su ombligo (!), y de cometer crímenes pasionales. Y que, al mismo tiempo, intenta exhibir su dudoso buen gusto volcándose en los placeres de la mesa, rodeado de lujo, o se retrata como un desgraciado, perdido sino tiene a su esposa Georgina (Helen Mirren).

Por otro lado, los oropeles del poder no disimulan la crueldad. Los aromas de las esencias más delicadas se entremezclan con los hedores corporales. Y los más exquisitos manjares de la alta cocina van unidos a los residuos de la bajeza de las cloacas, porque aquello que comemos, por delicioso que sea, tendrá el mismo destino una vez alimentado el cuerpo.

El buen gusto... Por el otro lado, es un manjar cinematográfico que intenta ser TOTAL abarcando el mayor número posible de bellas artes.

Encontraremos danza y música (el niño cantor o las bailarinas); pintura (el gran cuadro que preside el comedor); teatro (en muchas ocasiones por su puesta en escena); poesía (en sus imágenes y contenido), literatura (los libros tienen su presencia, o el guión que se inspira en las venganzas jacobinas del Siglo XVII), arquitectura o escultura (los decorados). Y también las artes menores: el perfume, la gastronomía o el sexo.

Greenaway cocina estos ingredientes, para nada contradictorios, con una gran belleza plástica. Soberbia la fotografía de Sacha Vierny, apabullante el uso cromático en los decorados (azul para la entrada, rojo para el restaurante, verde para la cocina o blanco para los servicios públicos), y fabuloso el vestuario diseñado por Jean-Paul Gaultier, con el detalle que los vestidos de las mujeres cambian según la estancia en que se encuentren.

... Y el mal gusto. El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante posee una textura que casi se pude tocar y oler, condimentada por la magnífica partitura minimalista que compone Michael Nyman. Una puesta en escena barroca y con unos travellings laterales impresionantes.

Y, sin embargo, la belleza que respira la película se baña también en tragedia, brutalidad y locura, hasta desembocar en un final no apto para estómagos sensibles, y que enlaza con el canibalismo. ¡Toda una experiencia! ¡y de pesada digestión!

De lo mejor de Greenaway, junto a El vientre del arquitecto (1987) o The pillow book (1995), o séase, cuando aún hacia un cine interesante.