Utopians, prenden fuego al cono sur


RAFA GARCÍA-MORENO
Sonicwave magazine




Algo está pasando en Argentina cuando en las últimas semanas han pasado por nuestro magazine diversas formaciones con esa nacionalidad. Primero fue Capsula, después Nube 9 y ahora es turno de Utopians, cuarteto que graba para la discográfica estadounidense No Fun Records. “Inhuman”, título de su nuevo trabajo, está compuesto de once píldoras de proto punk, new wave y power pop imparable y electrizante.

Hablarnos de la historia de Utopians

La banda está formada por Larry en la batería, Gooz en guitarras, Mario en bajo, y yo (Barbi) en voz y guitarra. Con Larry nos conocimos cuando teníamos doce años y armamos un grupo antes de decidir que instrumento tocar. Éramos los típicos adolescentes con granos coleccionando vinilos y revistas de música. No teníamos Internet así que nos la pasábamos en disquerías y ferias de coleccionistas, reemplazando los foros y Wikipedia por los relatos de los viejos de nuestra ciudad. Después de varios años tocando con diferentes músicos y nombres, yo pasé de la guitarra a cantar y armamos Utopians. Entró Mario, y al año después entro Gooz reemplazando a nuestro viejo guitarrista que sufrió una especie de colapso. Y ahí se terminó de formar Utopians, era diciembre del 2006.

“Inhuman”, ha sido editado por No Fun Records, discográfica estadounidense. ¿Cómo fue el contacto?

El proceso de Inhuman fue poco común para variar. Nosotros teníamos la idea de algún día grabar un disco. Ya habíamos grabado dos EPs, y nos comenzó a ir muy bien, era momento de tenerlo. Pero acá las discográficas independientes no pagan la edición del disco, y las multinacionales buscan productos más “regionales”. Y nosotros no teníamos nada de dinero en absoluto. Por otro lado yo venia escribiéndome con uno de los músicos de “The Ganjas”, un gran grupo de Chile del cual soy fan. Y él estaba también muy enganchado con Utopians, así que me ofreció editar él el disco por su cuenta. Me pidió que fuera a Chile en quince días con el disco, una semana antes de partir de gira para Europa. Así que nos tuvimos que ingeniar el modo de grabar un disco en dos semana, mezclado, masterizado, y sin dinero. Estando en Europa pensé que sería bueno aprovechar esta edición exclusiva de Chile y que salga también en Argentina. Ahí contacté con No Fun que es un sello de Detroit fundado por argentinos. Y ellos cedieron editarnos en el resto de los países.

Vuestro sonido es una mezcla de rock de garaje y protopunk (Patti Smith, Richard Hell…), new wave y pop.

El sonido del grupo es a veces un poco difícil de explicar para mí. Los cuatro tenemos gustos muy diferentes y lo hacemos notar mucho en nuestros instrumentos. En mi caso, Patti Smith, Iggy Pop & the Stooges son de los grupos que mas me marcaron, y me es difícil a veces dejarlo de lado. Pero por otro lado Gooz es fanático del grunge, y el rockabilly… Nuestro sonido es definitivamente el rejunto de cuatro personalidades musicales muy diferentes. Pero la comparación en sonido mas común que tenemos es el de la escena del CBGB lo cual me alegra.

En Chile y Argentina la acogida ha sido espectacular: buenas reseñas y comentarios del disco.

Buenos Aires es una ciudad con muchos más grupos que público, a veces puedes tocar diez años sin que nadie lo note, y a veces una semana basta para que salgas en todos lados. La verdad que para nosotros fue bastante gradual. Tocamos un par de años, abriéndonos lugar en la escena, y cuando sacamos el disco, la prensa fue más que benévola con nosotros. No esperábamos una respuesta ni tan inmediata ni tan positiva. Pero así fue.Por otro lado, En Chile fue diferente. Llegamos por primera vez como grupo, a presentar el disco, y antes de llegar ya habíamos salido en Rolling Stone, etc. Nos ayudo muchísimo la edición del disco, y hubo una respuesta muy buena, por eso volvemos seguido, además de los increíbles amigos que hicimos con los viajes. De todas formas aprendimos ya que no importa cuanta prensa tengas o en cuantas revistas salgas, lo único que realmente vale es tocar en vivo.

Habéis actuado en diferentes países de Latinoamérica (Chile, Argentina, Uruguay) y Europa (Alemania, Francia, Gran Bretaña y España).

Para nosotros lo mejor de tocar es viajar. Por eso intentamos hacerlo con la mayor frecuencia posible. Vamos con frecuencia a Chile y Uruguay, y a algunos puntos de Argentina. Europa es un lugar al que nos encantaría poder ir todos los años, la apertura musical del público, los lugares, la cultura, son fascinantes. Pudimos llevar a Utopians a Europa solo en formato acústico. Tocando en Inglaterra, España, Francia y Alemania durante tres meses. Nos encantaría ahora poder hacerlo de formato eléctrico y esperamos poder hacerlo entre este año y el que viene.

Incluso aparecisteis en la BBC inglesa

La aparición en la BBC fue algo definitivamente lejano a mis planes. Mientras estaba en Bilbao recibí un mail con la invitación al programa para tocar un par de temas y hacer una entrevista, en los días que tenía que tocar allá. La verdad es que cuando recibí el mail pensé que era una publicidad y no lo borre de casualidad. Hubo algo de ese evento que me hizo mucho ruido en la cabeza, y fue el hecho de pensar “¡estas cosas si pasan!”. Te da la esperanza que por el mismo camino pueden pasarte cosas geniales.

¿Para cuándo la conquista de Estados Unidos?

Nos encantaría ir a Estados Unidos. Tenemos varios lugares para tocar, y sabes que lo que hacemos puede lograr audiencia allá. Pero también es muy difícil para nosotros como argentinos. No solo por el dinero que nos tienen que pagar, sino porque necesitamos un contrato serio para que nos den visados. Los visados a Estados Unidos son muy complicadas, y a veces solo con un festival o una contratación importante te lo otorgan. Esperemos poder hacerlo en poco tiempo.

Me recordáis bastante tanto en lo musical como en la frenética actividad que desempeñáis a vuestros paisanos Capsula.

(Risas) Bueno los Capsula son amigos y artistas a los que admiramos mucho. No solo por el esfuerzo en lo musical, sino por el sacrificio extra de dejar tu país. Supongo que la parte frenética puede tener que ver con que conseguir algo en nuestra ciudad cuesta muchísimo esfuerzo, y suelen surgir dos tipos de personas de eso, una muy cansada y frustrada, o una imposible de frenar. Cuando veo a los Capsula en España, no me sorprende que les vaya bien, su música es fantástica, y están acostumbrados a el trabajo de hormiga forzado. El esfuerzo y el talento es una combinación imposible de ignorar.

¿Para cuándo nuevas canciones?

Estamos por ir a grabar a Chile nuevo material. Hay muchas nuevas canciones saliendo del horno. Estamos bastante excitados, ya que nuestro primer disco fue un inevitable rejunte de nuestras canciones. Y ahora tenemos la oportunidad de hacer un disco más reflejo de nuestro shows.

20 años de la caída del Muro de Berlín. Un aniversario orwelliano

GIULIETTO CHIESA
Megachip (Traducido para Rebelión por Gorka Larrabeiti)




Si hay algo que debería atraer la atención de los organizadores de los mil y un actos conmemorativos de la caída del Muro de Berlín es el hecho de que veinte años atrás, las expectativas, las hipótesis sobre el futuro que vendría, el cambio en la historia que se atisbaba, estaban completamente equivocadas.

Nada de lo que se escribió, se ensalzó, imaginó, supuso, elucubró, esperó ni temió, se hizo realidad... He aquí una manera interesante, tal vez la única realmente interesante, de conmemorar la caída del Muro.

Lamentablemente a nadie se le ha ocurrido. Los “celebradores”, que generalmente son modestos lacayos de los epígonos de los que se consideran los vencedores de la Guerra Fría, repiten la misma cantinela sin pensar mucho. Una de las cosas más tronchantes de estos meses preparatorios de la victoriosa efemérides es la vuelta a escena de Lech Walesa y Solidaridad: todo el mundo los invita para que nos cuenten que ellos fueron los primeros en hacer que el Muro se tambaleara antes de caer.

Oyendo remembranzas como ésa, siento un impulso casi instintivo de hilaridad, como cuando escucho a algunos que siguen, todavía hoy, como si nada hubiera pasado, citando a Francis Fukuyama, el cual (concedamos que con oportunismo notable y buen sentido de los negocios, pero no con perspectiva de futuro ni profundidad de mirada) sentenció que había llegado la hora del “fin de la historia”.

Para los jóvenes se trata ya de una antigualla, en este caso razón no les falta. Pero para los no tan jóvenes fue un momento muy emocionante descubrir que, en el extranjero, habían vuelto a descubrir al gran filósofo Hegel, enmarcado muy a su pesar en la celebración hollywoodiana de la realización del Espíritu, encarnada en los Estados Unidos de América.

Bromas aparte, sí que valdría la pena preguntarse por qué se ha caído en errores tan garrafales. Sabemos que el hombre es falible y que leer el futuro siempre ha sido difícil. Pero en este caso fue la ideología (en el exacto sentido marxista de “falsa conciencia”) la que jugó a todo el mundo una mala pasada, obnubilando cualquier ambición profética.

Pensaron que habían ganado y celebraron su victoria -y se trataba efectivamente de su victoria- sin saber cuánto iba a durar. El "cuánto" no les preocupaba, pues lo habían considerado enseguida como una victoria “final”, algo eterno, tal y como la bautizó Fukuyama deprisa. No podían imaginar que tan sólo diez años más tarde -y diez años es realmente un suspiro– se iban a ver celebrando un mar de problemas.

Así, pues, para decirlo sin rodeos, la celebración se realiza bajo la bandera del "fin del comunismo". Sólo que ocurre cuando la sociedad de los ganadores (a la que no podemos llamar la sociedad del capitalismo porque, entretanto, es el capitalismo mismo el que se ha vuelto tan irreconocible que, mirándose en el espejo, como Dorian Gray, no puede dar crédito a sus ojos) se encuentra en medio de la crisis más grave de su historia.

Crisis múltiple, crisis de límites, crisis sin salida clara. Un callejón sin salida. Pero también ausencia de ideas, estupidez de las clases dirigentes, agonía de valores, comenzando por los de la democracia liberal, y terminando en el mundo actual en el que las élites se parecen cada vez más a las bandas criminales, y cuando no lo son ellas mismas, acaban asociándose a ellas y las cubren para así cubrirse.

En resumen: han perdido el control. Ante ellos se yerguen dilemas descomunales pero ninguna certeza. ¿Era esto lo que pensaban en 1989? Nada de esto se podía imaginar. Sin embargo, recuerdo que Mijail Gorbachov, cuando comenzó su perestroika, dijo una frase que se me quedó grabada: "perestroika para la URSS, pero también para el mundo entero ".

Como ha ocurrido en otros momentos históricos de transición, hay mentes que saben vislumbrar lo que va a suceder, aunque no lo dominen. Estaba claro que el final de la URSS iba a plantear enormes problemas, volteaba todo el panorama mundial, levantaba olas gigantes que iban a batir, como una serie de tsunamis (término que hemos inventado más tarde) contra todas las costas por lejos que estuviesen.

Algo muy similar había dicho, años antes, otro gran personaje del siglo XX, Enrico Berlinguer, con algunas advertencias que no fueron escuchadas, ya que, en el momento, no se entendieron: la austeridad, la cuestión moral, la diversidad inevitable que debe conservarse para los que aspiran a cambiar las cosas. Sucede que las mentes limpias desde el punto de vista ético pueden producir grandes ideas. Por lo general salen derrotados, pero esto no significa que su aportación se pierda.

Así que veinte años después de la caída del Muro sólo tenemos que celebrar la estupidez del Occidente victorioso, su ignorancia, y también su egoísmo. Pero este Occidente en crisis total e irreversible (o no sale de la crisis, o si sale, no será el Occidente que conocíamos) está tratando de aplicar normas orwellianas: quien controla el pasado, controla el futuro: quien controla el presente, controla el pasado. Para esto sirven las celebraciones de este aniversario. Sólo que ya no se controla el presente.

Creo, pues, que le tocará a la próxima generación el gran esfuerzo -si son capaces- de reescribir la historia que los ganadores han emborronado.

La Gran Recesión: segunda oleada


Nuevos textos ponen de relieve la necesidad de no tratar la crisis como un paréntesis entre dos etapas brillantes de enriquecimiento. Lo que vendrá después seguramente se parecerá poco a lo que había antes. Varios autores alertan de que la persecución indefinida del crecimiento económico es incompatible con un planeta finito

JOAQUÍN ESTEFANÍA
El País




A punto de cumplirse los dos años y medio desde el inicio de la crisis económica aparece poco a poco la segunda oleada de libros relacionada con la misma. Casi dos docenas de nuevos textos, algunos muy notables, con tres características iniciales: primero, la falta de consenso sobre el diagnóstico de la misma se va quebrando y emerge un relato potente sobre lo ocurrido; hay bastante coincidencia en que sólo conociendo el sistema económico dominante -el capitalismo-, desagregando sus componentes y relaciones, desentrañando su lógica, se puede interpretar la forma en que se comporta la economía. Segundo, la mayoría de los libros publicados son más críticos que los anteriores, son libros cabreados que se centran en los abusos perpetrados sobre todo en el sector financiero, y exigen reformas, en ocasiones bastante radicales. Y tercero, con discreción, muy minoritariamente todavía, como si les diese vergüenza saludar al tendido, empiezan a publicarse textos justificativos del neoliberalismo anterior (presentados como defensa del capitalismo), que opinan que las dosis de keynesianismo que se han aplicado para sacar al planeta de la anemia inversora y de la desconfianza tendrán consecuencias peores que las recetas propias de la revolución conservadora; entre un exceso y otro, es mejor el primero (que no reconocen como tal).

Algunos de los manuscritos editados no pertenecen estrictamente al ámbito de la Gran Recesión, pero ayudan a entenderla mejor. Son anteriores o muy anteriores a la misma y sirven para desvelar las tendencias a largo plazo de la economía mundial, sin concesiones a la coyuntura. Permiten ir hacia atrás para comprender el presente y acercarse al futuro. Entre ellos se pueden destacar el trabajo de Kindleberger sobre la década de los años treinta del siglo pasado, o los dos tomos del economista español Ángel Martínez González-Tablas -la obra de una vida- sobre la economía política mundial, que autoriza a utilizar el concepto de "fuerzas estructurantes" como ideas-fuerza profundas que dan espacio a un modelo de desarrollo emergente que tanto se cita y tan poco se profundiza. O el libro de Brenner sobre la turbulencia global, publicado previamente en la New Left Review, y que excepto en el epílogo no trata de los acontecimientos actuales, pero que tolera su interpretación.

Entre las críticas que sobresalen de una lectura transversal de los textos en cuestión hay algunas muy recurrentes: la ceguera de los economistas a la hora de prever lo que va a suceder, en el mejor caso por ignorancia y en el peor por estar presos de una ideología desreguladora que les impedía acceder a la realidad. Robert Skidelsky califica a estos últimos de "mayordomos intelectuales" de los poderosos, y Frédéric Lordon, de "intelectuales orgánicos de las finanzas" por haber defendido "la plaga de la innovación financiera" sin haber considerado nunca sus límites. Alguno de los libros publicados continúa en el interior de ese economicismo, sin apoyarse en las lecciones que pueden dar otras ciencias sociales como la sociología, la historia, la filosofía, incluso la política o pasiones como la codicia o la avaricia. Lo que Keynes denominaba animal spirits, que son revindicados ahora por Akerloff y Shiller.

Según estos últimos analistas, para comprender esta Gran Recesión hay que ir más allá de los responsables directos o de los chivos expiatorios (los banqueros, los reguladores, las agencias de calificación de riesgos, los fondos de alto riesgo, etcétera) y preguntarnos por qué encontraron los alicientes para abusar, o errar, sin que fueran denunciados: porque partían de unas ideas que lograron acomodarse prácticamente sin discusión. Lo que se ha denominado el pensamiento único: la autorregulación, que era en realidad una ausencia absoluta de regulación; el Estado es el problema y el mercado la solución; presupuestos equilibrados en sociedades con muchas necesidades; primero es crecer y sólo después distribuir; la inflación como prioridad económica absoluta... Ideas que llegan a la opinión pública mezcladas con los intereses creados de quienes las defienden (muchas veces, opacos), la política, las circunstancias de cada época y lugar. En resumen, la ideología dominante.

Esta segunda oleada de libros sobre la Gran Recesión todavía tiene como protagonista principal al sistema financiero. No únicamente, pero sobre todo. Será la próxima generación de libros la que ahonde en las huellas que va a dejar en la economía real y en las secuelas en forma de empobrecimiento colectivo, paro y endeudamiento público y en sus efectos sobre la calidad de la democracia, en el sentido que le daba Stiglitz en el informe que presentó ante las Naciones Unidas el pasado mes de junio: la crisis económica ha hecho más daño a los valores fundamentales de la democracia "que cualquier régimen totalitario en tiempos recientes". El lado oscuro de la economía.

Un sistema financiero presentado, en palabras de Frederic Mishkin, ex gobernador de la Reserva Federal, como "el cerebro de la economía. Actúa como un mecanismo coordinado que asigna el capital, la savia de la actividad económica, a sus usos más productivos por parte de las familias y las empresas. Si el capital va a parar a usos equivocados o no fluye en absoluto, la economía operará de manera ineficiente y, en última instancia, el crecimiento económico será bajo". En este contexto, la historia financiera es definida (por ejemplo, por Ferguson) como una especie de montaña rusa llena de altibajos, burbujas y pinchazos, de manías y pánicos (otro homenaje a Kindleberger), de choques y conmociones. Y Guillermo de la Dehesa, que escribe desde dentro del sector, recuerda la fatalidad de ser adanistas y considerar algo excepcional las crisis financieras, pues esta que nos abruma sólo es la primera del siglo XXI de una cosecha documentada que se remonta a ochocientos años. Ramonet escribe que el capitalismo experimenta, en promedio, una crisis grave para cada diez años, pero una de la gravedad de la actual, sólo una vez cada centuria.

De la lectura de tantas páginas pesimistas se desprende la necesidad de no tratar la Gran Recesión como un paréntesis entre dos etapas brillantes en cuanto al crecimiento. Lo que vendrá después seguramente se parecerá poco a lo que había antes. Casi todos los autores pronostican una salida de crecimiento débil de la economía, con consecuencias para el empleo que durarán bastante tiempo. En este contexto, también aparecen varios libros que demandan el abandono del crecimiento económico tratado como una religión. E indican que la persecución indefinida del crecimiento es incompatible con un planeta finito. Coinciden en ello con el último informe del Banco Mundial sobre el desarrollo, que dice que siendo la disminución de la pobreza la máxima prioridad mientras la cuarta parte de la población de los países en vías de desarrollo siga viviendo con menos de 1,25 dólares al día, el cambio climático afecta al mundo entero. Esta es otra de las características más positivas de los libros comentados: la mayoría ha incorporado ya la dimensión ecológica a la lógica económica y reformista de las soluciones.

La democracia prudente

JUAN CARLOS MONEDERO
Público




El fallecimiento, a los 91 años, del general Sabino Fernández-Campo, ha logrado que la prudencia, ejemplificada en su trato agradable, sea una vez más presentada como la virtud principal de la democracia. Prudencia entendida como amabilidad, pero también como información limitada, como desmovilización de la queja, prudencia para cambiar lo mínimo con el fin de que las cosas no muden en exceso.

A nadie beneficia el descrédito de los políticos, se repite. La tarea del juez Garzón procesando a políticos ladrones no sería sino uno más de sus atentados contra la prudencia. Como si detrás de los políticos actuales sólo cupiera el precipicio. Gürtel y Santa Coloma serían señales de una sociedad enferma, no de una clase política herida de posfranquismo. Deben tratarse, pues, con suma prudencia. La prudencia sólo sopla en una dirección. Una autoamnistía permanente brindada a sí mismos por aquellos que tienen prudentes puntos de vista sobre la inconveniencia de dar excesiva participación a pueblos interesados en otros menesteres.

Sabino Fernández-Campos era, nos recuerdan, pura prudencia. Cuando murió la secretaria de Dolores Ibárruri, Irene Falcón –combatiente por la República, perseguida, presa, torturada, exiliada– los medios callaron. Esa misma semana moría la madre del rey Juan Carlos. Toda la prensa alabó su esencial papel durante la Transición (habría logrado que el rey hablara con su padre, al que no le hacía mucha gracia perder su empleo en favor del hijo). Formas de construir la historia. Los que lucharon por la democracia se han estado marchando uno a uno en estricto silencio. Para despedirse a paso de vencedores, aún hoy, es necesario haber pertenecido al otro bando.

Una valoración se ha repetido del general que un día se levantó contra el Gobierno republicano: “Discreción, lealtad y prudencia”. Fue un militar que durante toda su vida –incluso en democracia– defendió la conveniencia del golpe que sumió a España en una guerra civil y desembocó en una dictadura militar durante cuatro décadas (a la que sirvió puntualmente en el Ministerio del Ejército). Sus grandes hitos democráticos consistieron en frenar información sobre la disonancia cognitiva entre la práctica y la teoría católica, apostólica, romana y matrimonial de la Casa del Rey; en tapar indiscreciones sexuales, sentimentales o económicas de ese entorno; en gestionar las lucrativas amistades del rey –Alberto Cortina, Alberto Alcocer, Javier de la Rosa, Manuel Prado y Colón de Carvajal, Mario Conde– y en construir las necesarias y prudentes distancias cuando esas mismas amistades se convertían en peligrosas.

Le debemos, dicen, la frase que detuvo el golpe del 23-F. Alfonso Armada, ex preceptor del rey y secretario general de la Casa del Rey, ni estaba ni se le esperaba la noche del 23-F en la Zarzuela. ¿Es que tenía sentido lo contrario? ¿Por qué quería reunirse con el rey? Y en definitiva ¿tiene tanto poder una frase? Ante las dudas, ¿no sería más saludable para la democracia española que Fernández-Campos hubiera contado todo lo que sabía? Prudencia.

Las democracias se construyen sobre palabras, no sobre silencios. Por eso la memoria es un oficio de palabras y, como el lenguaje, es colectiva. Los olvidos se alzan sobre el silencio de los cementerios y sobre la violencia de la exclusión. La democracia, incluso, es un grito. De ahí el Discurso fúnebre de Pericles, el de Bolívar en Angostura, Lincoln en Gettysburg, Azaña y su Piedad y perdón, Gandhi y su no violencia, la resonante voz anticolonialista de Guevara en la ONU o de Mandela ante sus jueces-carceleros. Quien hurta información a los pueblos quizá sea prudente, pero está por demostrar que sea demócrata.

La democracia española, desde la Transición, viene guardando silencio y obligando a impostar la voz para lograr un espacio público. Han hecho falta 30 años para entender que el medio de comunicación por excelencia de la Transición era, sobre todo, un negocio. Hemos guardado silencio respecto de los 150.000 patriotas asesinados por Franco y que están enterrados en campos y cunetas; guardado silencio sobre el éxito del 23-F, que disciplinó a la España indómita, sentó las bases para la mayor gloria de la monarquía y aseguró el buen comportamiento del PSOE; silencio sobre la falta de soberanía de nuestro país y silencio sobre los escasos mimbres democráticos del conjunto de los partidos heredados de 40 años de dictadura. La monarquía nacional católica española ha construido su hegemonía con silencios. Infante significa “el que no fona”. Los infantes siempre necesitan a un adulto. Quien no tiene voz, necesita tutela. Pueblos sin voz condenados al silencio y permanentemente vigilados. Un sentido común sostenido con silencios. Prudencia democrática.

Una carta enviada por un jubilado a un diario resumía toda esta sátira. Mientras daba su paseo diario escuchando la radio, oía al rector de la Universidad Nacional Autónoma de México dar las gracias por el Premio Príncipe de Asturias recibido. En su agradecimiento citó al exilio republicano, sin el cual la UNAM nunca hubiera tenido el mismo desarrollo: “Aquellos extraordinarios hombres y mujeres del exilio español que nos enriquecieron hace 70 años”. En ese momento, cuando el abuelo caminante esperaba el atronador aplauso de la gente que ocupaba todas las localidades del salón Covadonga del Hotel Reconquista de Oviedo, sólo sintió en sus oídos el estruendo de un estremecedor silencio. Nadie en aquella sala consideró conveniente regalar un simple aplauso a ese roto y reconstruido exilio antifranquista, republicano y demócrata.

Seguro que fue también una cuestión de prudencia.