Shane Meadows, con los pies en el suelo


CÉSAR GUISADO/TALI CARRETO
Freak Magazine




Es el director que le ha dado un soplo de aire fresco al más que manido, Ken Loach mediante, cine social inglés. Con "This is England", entrañable historia que descubrió a muchos el verdadero origen del movimiento skin, su nombre comenzó a sonar por estos lares. "Somers Town" fue su segundo estreno en España y volvió a convencernos con su mirada honesta e hiperrealista. Y ahora nos sorprende presentándose en el Festival de Cine Europeo de Sevilla con "Le Donk & Scor Zay-Zee", un rockumental basado en un personaje cómico, Le Donk, un roadie y músico fallido, creado por su amigo y colaborador habitual Paddy Considine. Una suerte de experimento a lo Sacha Baron Cohen pero sin culos, pelos púbicos y pollas. Con más clase, vaya.

Muchos se sorprenderán que hayas apostado con "Le Donk & Scor-zay-zee" por la comedia y por una especie de rockumentary. ¿Supone esto un cambio de registro en tu filmografía a partir de ahora o simplemente apetecía un cambio de registro?

"This is England" fue una película muy trabajada, con un montaje muy largo y doloroso y también una historia muy personal. Después de hacer una película tan personal, Paddy (Considine) apareció con este personaje que él llamaba Le Donk y desde ese momento tuvimos claro que queríamos hacer algo con él. El productor con el que trabajo habitualmente, Mark Herbert, tuvo la oportunidad de entrar al backstage de un concierto y pensó que sería una buena oportunidad para llevarse al personaje y ver como funcionaba. También queríamos conectar la película a un control total de la creatividad, por eso la financiamos nosotros. La película iba a ser cómica porque evidentemente el personaje es cómico, pero también queríamos hacer cine como se hacía en sus orígenes, con un equipo de rodaje pequeño.

Vuelves a trabajar con Paddy Considine, uno de tus actores fetiche, y también tratas de nuevo con una de tus grandes pasiones, la música. ¿Parece que te apetecía recuperar cosas que te gustan de verdad para esta película?

Sí, el personaje era tan real, Le Donk está presente en todo momento, y se trataba de buscar el corazón y el calor de la historia. Todo lo que fue surgiendo en la película es real, nadie sabía si íbamos a ser capaces de subirlos al escenario hasta la misma mañana en que conseguimos que subieran. Todo era real, no hicimos ninguna toma apañada. Ha sido una experiencia de lo más estimulante, sin oportunidades para hacer segundas tomas, todo era completamente instintivo. Hoy en día, con un cine con tanto dinero y tantos intereses a veces, es muy complicado ser instintivo.

Entonces ¿cómo definirías la película? ¿Ficción, documental...?

La cosa es que todos menos el personaje de Paddy son reales, todo lo que ves es completamente real. El equipo de rodaje era tan pequeño que el tipo que hace de novio al principio de la película era también el asistente de cámara y el montador. El resto de componentes del equipo hacen de ellos mismos en la película.

Ya que hablamos de Paddy y música: fundaste una banda con Paddy Considine (actor, visto en "Dead Man Shoes", "24 Hour Party People" o "Bosque de sombras) y otros amigos, llamada She Talks To Angels, en homenaje a la canción de los Black Crowes. ¿Sigue cantando o ya sólo lo haces en la ducha?

Hay muchísima gente haciendo música que son infinitamente mejores que yo, Paddy sí que sigue relacionado con la música y tiene una banda, Riding The Low, pero yo estoy totalmente centrado en el cine y ésta es mi verdadera pasión.

Aunque ya eras conocido en los circuitos de festivales, a partir de "This Is England" tu nombre comienza a ser conocido por el gran público, al menos en España. ¿Pensaste en algún momento que una historia tan localista, en principio, como aquella iba a ser entendida en países como el nuestro?

Funcionó en todo el mundo. La idea central de la película es un niño perdido que está intentando encontrar su lugar, y eso es algo totalmente universal. Todo el mundo recuerda la música de la película e incluso esa época con cariño. Una de las mejores cosas de la película es que retrata la época antes de internet y de la revolución digital. No hace mucho tiempo de aquello, unos veinte años, pero parece toda una vida. En aquel tiempo a todo le costaba mucho más arrancar, era incluso más tribal. Ahora con internet hay mucha tontería y todo corre como la pólvora... La película se llamó "This is England", pero con unos cambios en el guión se podía llamar, "This is Spain" o "This is France"...

A veces las historias más locales son las más universales...

Simplemente tienes que ser sincero contigo mismo. El público se da cuenta si algo no es natural, tenemos que ser sinceros con nuestra cultura. Yo nunca he intentado hacer algo a lo Hollywood, y creo que hay algunos directores que intentan hacer algo a lo Hollywood y resulta que al final no parece ni una cosa ni la otra. Ahí es donde fallan. Tienes que ser puro y real, ésa es la mejor fórmula.

Tu trabajo siguiente, "Somers Town", muchos la compararon con "Los cuatrocientos golpes" de Truffaut. ¿Lo consideraste un ejemplo a seguir cuando decidiste rodar esa película? ¿O tenías otros modelos en mente?

No, fue más bien un accidente. "Somers Town" surge de un colaborador, Paul Fraser, que la escribió más bien pensando en un corto. Nunca se pensó en sacar una película, era un proyecto paralelo para ayudar a un amigo. Pero acabó surgiendo así y fue una experiencia fantástica, con el rodaje en blanco y negro y con actores que no hablaban inglés.

La gran mayoría de tus filmes tienen mucho de autobiográfico, ¿no hay nada mejor para un narrador de historias que mirar sus propios zapatos?

Creo que hay que empezar por ahí. Cuando haces películas sólo debes filmar lo que puedes contar, y hacerlo de la manera más honesta. Cuando eres joven es bueno hacer cine de esta manera, contando lo que conoces, porque así lo puedes contar de la manera más exacta. A medida que te vuelves más viejo te puedes ir alejando un poco. Mi próxima película será la menos autobiográfica de todas.

Considero tus películas una efectiva mezcla de cine americano y europeo, ahí está la huella de directores como Mike Leigh, Lindsay Anderson, Alan Clarke, Mike Leigh... pero también Scorsese y otros cineastas norteamericanos. ¿Te han llegado propuestas del otro lado del Atlántico?

Me gusta tener un control absoluto sobre mis películas, y eso es algo muy difícil de conseguir allí. El ambiente en los estudios no te permite mantener este control, tienes que tener mucho cuidado con quien te financia. Pero sí que me gustaría hacer películas que llegaran al gran público americano.

Tienes en tu filmografía uno de los cortos quizás más breves del mundo, "The Stairwell", rodado con un móvil y que sólo dura 39 segundos. Además en tus inicios rodaste alrededor de una treintena de cortos... ¿sigues creando historias que lucen mejor en cortometraje? ¿O ya sólo te dedicas a los largos?

Yo estoy continuamente pensando y trabajando en cine, así que siempre tengo sketches en mente. Creo que igual que un pintor hace bocetos, como cineasta siempre estoy pensado en pequeñas historias. Se puede decir que pienso en corto.

En tus películas importa mucho la figura del actor. ¿Te gusta siempre ayudar a crear una interpretación lo más realista posible?

A veces tienes un papel o un personaje escrito al cien por cien, pero cuando llega el actor viene con un personaje nuevo y le aporta muchas cosas que no habías pensado... Me gusta trabajar con los actores. He tenido personajes que tenían un papel muy corto y que al final en el rodaje han crecido mucho gracias al actor.

En tu página de IMDB puede leerse una declaración tuya: "Cuando no estoy feliz con mi trabajo, soy como Marlon Brando en ‘Apocalypse Now'". ¿Pensaste alguna vez hacer las maletas y pirarte a la jungla?

Muchas veces, pero ahora he encontrado un grupo de gente y una situación en la que puedo trabajar a gusto y hacer las películas que quiero.

La 'cantante calva' llora a papá


Francia celebra el centenario de Ionesco, creador del 'teatro del absurdo'. Una exposición recoge el legado de uno de los grandes dramaturgos del siglo XX


BORJA HERMOSO
El País




Jacques Derrida deconstruía el concepto, Ferran Adriá la tortilla de patatas y Eugène Ionesco, el lenguaje, "instrumento de exclusión y alienación". En cualquiera de los casos -el sein und zeit heideggeriano, la manduca de diseño o el teatro del absurdo-, el lema parecía ser algo así como "por la desmembración, hacia la esencia", que no es lo mismo que desmembrar impunemente la esencia, ejercicio muy del gusto de algunos políticos de hoy.

Así que, ateniéndose a esa profesión de fe, Ionesco parió hace 59 años a la cantante calva, que no era ni calva ni cantante, de hecho no había cantante calva alguna, pero igual da, ya que le sirvió al dramaturgo para establecer su verdad de las cosas: usar el blah-blah-blah del mundo moderno para, desde el cruce de caminos donde se dan la mano la angustia, el humor y el sinsentido, contar el meollo: la soledad del hombre y la insignificancia de su existencia. Había nacido, sobre las planchas del Théâtre des Noctambules de París -11 de mayo de 1950- el teatro del absurdo o, mejor dicho (el término nunca gustó a Ionesco), el teatro de la burla.

Tantas cosas después, Francia celebra no sólo la partida de nacimiento de un género teatral denostado y admirado por el que también pulularon Beckett y Adamov -Arrabal, en menor medida-, sino también y sobre todo el centenario del autor de obras como La cantante calva, El rey se muere, Rinocerontes o Las sillas. "Antiobras teatrales", como le gustaba decir al interesado, Eugène Ionesco (Slatina, Rumania, 26 de noviembre de 1909-París, 28 de marzo de 1994).

El guateque conmemorativo está a la altura de la propia dimensión de quien fuera uno de los autores dramáticos más representados en todo el mundo y de quien sigue siendo campeón mundial del teatro en número de representaciones para una misma obra (la propia cantante calva y La lección, puestas en pie cada noche desde hace 52 años en el diminuto Théâtre de la Huchette del Barrio Latino, cerca ya de las 17.000 funciones).

Sobre todo, los fastos del centenario Ionesco quedan resumidos en la fascinante exposición que la Biblioteca Nacional de Francia dedica al escritor hasta enero del año próximo. No es para menos: el material que se abre a los ojos del visitante sintetiza a la perfección el catálogo de honores y de disgustos: entre los primeros, haber sido el único autor inmortalizado en vida por el sanctasantórum de la biblioteca de La Pléiade gloria de las letras francesas, haber podido codearse con lo más granado de la gravedad literaria en la Academia Francesa, o haber logrado el pasaporte para su nombramiento como Gran Sátrapa del Colegio de la Patafísica. Entre los segundos, haberse granjeado la enemistad sincera de los grandes paladines del teatro ideológico y comprometidogama Bertolt Brecht Roland Barthes y los teóricos de la revista Théâtre populaire, el mismísimo Sartre o JeanJacques Gautier, el temible crítico de Le Figaro, que le crucificaron por escapismo y ausencia de mensaje.

El valor máximo de la exposición de la BNF (comisariada por Noëlle Giret sobre una insólita escenografía de cajas de cartón reciclado y soporte audiovisual y vertebrada en "ocho obsesiones ionesquianas", a saber, el lenguaje, Dios, la muerte, la acumulación, el compromiso, la crítica, la iluminación y la pintura) se refiere a la procedencia de su contenido. Manuscritos, correspondencia personal, dibujos, croquis preparatorios de obras como los de El rey se muere, guiones cinematográficos, fotografías, pinturas del propio Ionesco o de amigos como Miró, Giacometti, Vieira da Silva, Alechinsky o el propio Arrabal, objetos personales como el librito del método Assimil para aprendizaje rápido del inglés, germen de La cantante calva... En resumen, un pequeño tesoro procedente de los propios archivos personales de Ionesco: unos archivos que, en teoría, no existían pero que acabaron saliendo a la luz. Expliquémonos.

Víctima confesa de un profundo horror a la celebridad y a la posteridad ("no es absurdo el mundo, pero sí la posición del hombre en el mundo"), Eugène Ionesco nunca quiso oír hablar de atesorar los recuerdos. Romper, destruir, quemar. Pero traicionera y afortunadamente, su fiel esposa Rodica, fallecida en 2004, fue haciendo caso omiso a su voluntad y guardando viejas cajas de zapatos, carpetas olvidadas, vanos de escritorio el legado de aquel electrón libre.

El conjunto, recién donado a la Biblioteca Nacional por MarieFrance Ionesco, hija del escritor, permite asomarse al anticomunista feroz y al feroz antifascista, al depresivo, al metafísico, al agnóstico que quería creer ("para mi padre, que quiso ser monje pero le faltó fe, el arte era un sustitutivo de la religión", explica MarieFrance Ionesco confortablemente sentada en el saloncito del 96, Boulevard de Montparnasse, donde vivieron los Ionesco desde 1964), al tipo que colocó el individualismo innegociable en la cima de las opciones morales.

Allí, en el interminable apartamento, sigue incólume el minúsculo gabinete donde el autor de La búsqueda intermitente dictaba a una secretaria lo que escribía en sus cuadernos cuadriculados de colegial. Allí están, colgados de las paredes como mirando de reojo al visitante, los folios viejos, los iconos rusos, los aguafuertes de Chagall, el rancio butacón donde Ionesco se sentaba para descolgar el teléfono y llamar al intendente del teatro de turno: "¿Qué, cuánto hemos recaudado esta noche?".