José Emilio Pacheco: “¿Cómo me va a conocer el lector español si somos tantos poetas en la misma lengua?”


Dicen que al poeta mexicano José Emilio Pacheco (1939) no le gustan las entrevistas, pero él niega la mayor, aunque sólo sea porque su esposa, Cristina, “ha hecho más de 2.000 en prensa, radio y televisión”. Su problema es que “para ser un buen entrevistado necesitas ser Oscar Wilde o Borges”, y él presume de no serlo, de ser “pésimo, sin ingenio”. Sin embargo, el poeta, que el próximo jueves recibe en Madrid el premio Reina Sofía de Poesía, rezuma inteligencia y humor. El Cultural conversa con él, ofrece sus ultimísimos poemas inéditos así como otros tres inéditos, reunidos en Contraelegía (Universidad de Salamanca), y analiza su trayectoria de la mano de Joaquín Marco


NURIAZ AZANCOT
El Mundo




Autor de culto para los amantes de la poesía hispanoamericana del siglo XX, un José Emilio Pacheco algo achacoso, agobiado por cien mil compromisos, nos sorprende con su divertido escepticismo. Por una parte, reconoce haber encontrado, “por suerte y desde hace muchos años, la mayor generosidad por parte de los poetas españoles”, pero tampoco deja de apuntar que “no es culpa de ellos que el público lector de España no me conozca. ¿Cómo me va a conocer si somos tantos en tantos países de la misma lengua?”. Con una confesión así, la primera pregunta parece obligada:

-Si no le conocemos aún, ¿cuál sería su autorretrato?

-Es imposible trazar un autorretrato sin photoshop verbal. El único autorretrato posible, porque es involuntario, es el que está en los poemas. Los poemas no mienten, yo sí.

-En sus poemas late cierta tensión de fondo entre el compromiso político, la responsabilidad cívica, y la tensión poética: ¿cómo logra mantener el equilibrio?

-Sólo puedo escribir sobre lo que me afecta y me preocupa. No me digo: “Voy a hacer unos versos en que se manifieste mi responsabilidad cívica”. Es algo menos voluntario de lo que suponemos.

-Sin duda, pero, ¿cuál debería ser la relación entre la poesía y la realidad/actualidad?

-No creo en el debe. No impondría a nadie la obligación de escribir poemas “sociales” o lírica abstracta. Me limito a juzgar los resultados. Hay miles de poemas políticos abominables, pero no tantos como pésimos poemas de amor.

Bajo el tiempo inclemente

-Fue amigo de Octavio Paz, pero no quiso conocer a Pablo Neruda por timidez. También trató mucho a Luis Cernuda y se carteó con Aleixandre...

-Sí, tuve una relación de cuarenta años con Paz, a veces, como era inevitable, muy difícil y en otras muy cercana, como sucedió por fortuna en el último año de su vida. Debo mucho a las enseñanza de Paz y aún me sé de memoria partes enteras de Piedra de sol. Pero no sólo fui tímido con Neruda, también con Aleixandre: jamás me atreví a importunarlo en Velintonia, 8, aunque él nos escribió a todos los autores de esa época. Esta función de Aleixandre me parece que no se reconoce como se debe. Otro tanto puedo decir de Max Aub. En cambio, con Cernuda me ocurrió algo siniestro. Por el desorden aludido guardé la única carta suya que me envió en la edición 1958 de La realidad y el deseo. Alguien se llevó de mi casa el ejemplar y la carta. De modo que en la Correspondencia de Cernuda, tan bien editada por James Valender para la Residencia de Estudiantes, figuran no sus líneas sino las mías, por desgracia.

Ahora, sin embargo, José Emilio Pacheco prefiere no hablar de los poetas españoles contemporáneos que lee y admira, porque “han sido tantos y durante tantos años los que me han ayudado que su enumeración parecería un intento servil de congraciarse”.

-De todas formas, ¿cómo ve a los poetas de su generación?

-Los veo a la luz de un epigrama anónimo:“Bajo el tiempo inclemente/ Llegué a los días extraños / De ver vieja a la gente/ Que es de mi edad y mis años.” No sé cuál es mi generación: nací el 30 de junio de 1939, muy tarde para ser de la generación de los treinta y muy temprano para formar parte de la generación de los cuarenta. Pero de mis más o menos contemporáneos y amigos puedo afirmar que tienen sin duda las cualidades que yo no poseo.

-¿Y cuál es su relación con los poetas jóvenes de su país, esos que aprenden en la escuela sus versos?

-Son tantos que sólo me es posible conocer a unos cuantos, o unas cuantas, porque el número de mujeres es abrumador en la nueva poesía mexicana. Con ellas y ellos mi relación es magnífica ya que no tengo ínfulas de magisterio ni busco crear un discipulado. Cuando alguien me pide consejos respondo que se los doy con mucho gusto, sólo que a cambio de que ellos me aconsejen también, porque en éste ya no tan nuevo siglo las muchachas y los jóvenes son los nativos y nosotros los inmigrantes que llegan de otra época y de otro mundo.

-Tras varios años de silencio, ahora coinciden en España y México Como la lluvia, La edad de las tinieblas, y Contraelegía, el libro del Premio que editó en la Universidad de Salamanca Francisca Noguerol. ¿A qué se debe esa coincidencia?

-A no saber planificar una carrera literaria. Trabajé mucho en la década que termina. Para no inflar mi bibliografía no quise publicar cuadernos aislados. Preferí reunirlos en un libro, Como la lluvia, tal vez demasiado extenso y variado e imposible de comentar. Chus Visor en España y Marcelo Uribe, el editor de Era, en México, me hicieron ver que la última sección, los poemas en prosa, formaban un volumen aparte y lo publicamos como La edad de las tinieblas. La antología del Premio tiene un excelente estudio de Paqui Noguerol. Con su inteligencia y su sabiduría me ha enseñado muchas cosas acerca de mí mismo.

Lo que no ha tenido que aprender, desde luego, es que al escribir un poema sólo pretende eso, porque al terminarlo “él me dirá qué buscaba yo”. Y que no hay fórmulas secretas ni “regla general”: “Hay unos poemas, muy pocos, que han salido de primera intención tal como están y otros que son producto de incontables versiones”

Secreto desorden

-¿Cuál es su rutina de trabajo? ¿Es de verdad tan desorganizado como presume?

-No presumo: me avergöenzo y sufro mucho por mi desorden. Quisiera ser organizado y metódico pero tuve una reacción neurótica contra la disciplina militar de mi padre. Lo que sí intento es no dejar de trabajar nunca. Ya que es imposible e indeseable hacer poemas todos los días, he hallado un camino intermedio en las versiones poéticas que saldrán el año próximo. Tal vez serán el último libro en la historia que se ha llevado cincuenta años de trabajo. Comencé en la escuela con los epigramas griegos y termino ahora con los haikus japoneses y la versión de los Cuatro Cuartetos de Eliot que publicará Alianza después de 25 años de prometerlos para la semana próxima.

La angustia de los emails

-¿Y cómo se lleva con el ordenador, Internet, el e-book y demás inventos?

-No pretendo ser lo que no soy. Pienso en la décima de Moratín sobre los niños que en Francia hablan el francés con la fluidez y la perfección que nunca alcanzará un anciano en ningún otro lado. El mundo electrónico es para quienes nacieron en él. Empleo con gusto el ordenador. Es la máquina de cantar con la que soñó Antonio Machado porque resulta ideal para ver los poemas que son objetos sonoros pero también visuales. Encuentro muchas cosas valiosas en Internet pero si pasan de tres páginas necesito imprimirlas para leerlas. Respecto de la correspondencia, es un motivo de angustia. En tres meses de ir y venir porque el Reina Sofía coincidió con la generosísima celebración de mis 70 años, he acumulado 2.400 correos. ¿A qué horas, con qué fuerzas voy a responderlos? Cada persona espera la contestación a la que tiene derecho y yo no puedo dársela. Es terrible.

Casavella vuelve a la pista de baile


Una monumental colección de ensayos, una película y la edición definitiva de 'El día del Watusi' rescatan a uno de los grandes cronistas de la Barcelona moderna


JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
El País



"La vela que ardía por los dos cabos era su único modo de estar en el mundo. Emocionarse con esa combustión era un fin en sí mismo. Lo único importante, qué fácil es decirlo, consistía en no resignarse. En la actualidad, se echa de menos ese talante. Se echa mucho de menos esa lucha infatigable contra el miedo a vivir". La cita es de Francisco Casavella, que también escribió que en el infierno hay un lugar reservado para quienes empiezan sus artículos con una cita.

El escritor barcelonés se refería al cineasta estadounidense John Casavettes, pero bien podría estar hablando de sí mismo. Casavella murió en diciembre pasado de un paro cardiaco. Tenía 45 años y, meses antes, el premio Nadal no había hecho más que confirmarlo como uno de los mejores narradores de su generación. Ahora, casi un año después de su desaparición, se publica un libro que demuestra que el Casavella ensayista raya a la misma altura que el novelista.

Elevación, elegancia y entusiasmo (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores) reúne, bajo un título tomado del saxofonista John Coltrane, mil páginas de ensayos, crónicas y artículos sobre literatura, música y cine: desde el primero que publicó en 1984 en Cairo, la revista de cómic, hasta el último, publicado en este periódico el mes mismo de su muerte. "Sus ensayos conservan la audacia del escritor de ficción", afirma el filósofo José Luis Pardo, que se siente "identificado" con la exigente mezcla de alta cultura y cultura popular que practicaba Casavella.

Para el novelista, que defendía "la belleza intrincada y sutil bajo una apariencia tibia", la música pop era la "forma de entretenimiento con posibilidades artísticas de más fácil acceso". Sin la pausa orquestal de los JB's en un directo de 1970, decía, "nunca hubiera entendido del mismo modo cierto punto y coma de Stendhal en Rojo y negro cuando ese punto y coma supone una noche de amor".

Así, Gato Pérez convive con Faulkner y el soul con Saul Bellow. Y todo ello sin dejar de ser intransigente con la calidad: "Una cosa es mezclar ambos mundos y otra que todo dé igual", recuerda Pardo."Era un trabajador meticuloso con una cultura enorme al que se ha querido reducir a escritor juerguista", añade Jordi Costa, que la próxima semana presenta en Madrid el libro junto a Pardo. Costa, que firma también el prólogo, propone también leer Elevación, elegancia y entusiasmo como una novela de formación protagonizada por "un dionisíaco con la lucidez de George Steiner". Un erudito hedonista en medio de la pista de baile.

En sus páginas aparece fragmentariamente el autorretrato de un muchacho llamado Francisco José García Hortelano que se buscó el pseudónimo Casavella para no competir con el autor de El gran momento de Mary Tribune. Esa novela fue la que despertó su vocación literaria cuando no era más que un botones adolescente en una sucursal de La Caixa que, para leer en horas de trabajo, escondía su ejemplar en el falso techo del lavabo. El mismo Casavella resumió así aquellos años: "Trabajaba por las mañanas, fingía que estudiaba por las tardes, escuchaba música hata que me sangraban las orejas, me tocaba con las chicas hata la luxación y, en fin, supongo que ustedes imaginarán sin esfuerzo cuál era el tercer sumando de esa operación llamada 'joven punk drogado".

Con poco más de 20 años dejó el trabajo para dedicarse a escribir. Después de una novela que quedó inédita, Rompeolas, Casavella dedicó la mili a escribir El triunfo (publicada por Versal en 1990 y reeditada luego por Anagrama). Aquella trepidante historia de rumberos del barrio chino escrita en "rumbarama y jergacolor" le valió la etiqueta de cronista de la Barcelona canalla y lanzó al mundo una buena noticia: Juan Marsé ya tenía heredero.

El propio Marsé, que descuelga el teléfono de su casa y cuenta que acaba de comprarse Elevación, elegancia y entusiasmo -"son estupendas sus reseñas sobre literatura norteamericana"- cuenta también que ambos compartían "vivencias y paisaje urbano. Pero no hay que arrimar el ascua a mi sardina. Él tenía un mundo muy personal".

En un ensayo sobre el autor de Si te dicen que caí, Casavella advierte contra la narración saturada de reflexión. "Las ideas son veneno para la gran narrativa", escribe. Marsé está de acuerdo: "Las ideas deben quedar reflejadas orgánicamente en la acción sin que se note el engranaje".

Si en Elevación... está la teoría, la práctica está en El día del Watusi, un novelón de 1.200 páginas publicado por Mondadori en tres tomos entre 2002 y 2003. Destino acaba de publicarlo ahora en un solo volumen, como quería originalmente su autor. Es además la versión definitiva del "relato más o menos secreto de los últimos 25 años de Historia de España" contada a partir de las peripecias de un muchacho pobre que descubre los engranajes del poder en la Barcelona de la transición.

El cortometrajista Rodrigo Rodero (Kundas) eligió El idioma imposible, la tercera parte de El día del Watusi, para su primer largometraje, que se estrena la próxima primavera. "Me interesaba la mezcla de ambiente marginal y peso poético, la historia de amor entre los protagonistas, autodestructiva, brutal", explica Rodero. Andrés Gertrudix (El orfanato) e Irene Escolar (Los girasoles ciegos) darán vida a los personajes de Casavella. "¿Filmar el libro entero? Una película así sólo la podría hacer Scorsese".